No al plagio


Capítulo once: Quizás


17 de septiembre de 1999, Ministerio de Magia.

Estaba siendo un estúpido y no lo podía negar. Pero no estaba dispuesto a perder la oportunidad que se me había dado de tener una familia; era la segunda, ya que la primera me fue arrebatada sin poder disfrutar de ella, sin poder grabar recuerdos bellos en mi mente.

Suspiré, dejando salir todo el estrés que la situación me provocaba. Observé mi despacho con los ojos llenos de tristeza, pues no negaría que me pesaba en los hombros las consecuencias de mis actos. ¿Dónde estaba la cordura cuando la necesitaba? ¿Dónde estaba la sangre fría que me estaban enseñando en la academia y que tuve por muchos años pensando en matar a Voldemort o morir en sus manos? No tenía idea alguna de donde estaba, sin embargo, la ansiaba con una desesperación en el alma porque el temor se apoderaba poco a poco de mi vida y acciones.

«Si sigo así perderé a mi esposa y a mi hijo».

Yo no amaba a mi esposa, ni siquiera había amado a Ginny; la segunda fue la consolación carnal que ocupaba para desestresarme y olvidar toda la porquería que me rodeaba en esos años. No obstante, tenía claro que con un poco de empeño, viendo más allá de los malos recuerdos, podía surgir eso que tanto añoraba sentir por alguien y que alguien sintiera por mí: amor.

Pansy era una persona que, a primera vista, te inspiraba quererla golpear o hacerla desaparecer del mapa. En mi caso fue distinto, ya que lo primero que pensé al verla fue en hechizarla para quitarle la cara de perro que tenía. Me reía cada vez que recordaba que estuve a punto de hacerlo si no hubiera sido por Hermione, que evitó que lo hiciera, alegando que era de muy mala educación y poco ético atacar a alguien que no había hecho nada para merecerlo. Ella estaba loca, ¿quién no pensaría en hechizar a Pansy la primera vez que la veía? Su sola presencia te hacía repudiarla y eso fue lo que hice; es más, el sentimiento de odio hacia ella crecía cada vez que la veía coquetear descaradamente con Draco o con cualquiera que se le pusiera enfrente. ¡No se daba a respetar! Era una bruja descarada que solo quería que todos tocaran su suave piel, que admiraran sus largas piernas, apenas cubiertas por la tela de la falda… que de falda casi no tenía nada por lo corta que era.

Me fastidiaba ser testigo de sus atrevimientos, de encontrarla casi todos los días con un hombre diferente. Aunque debía aclarar que no los encontraba en situaciones indecorosas, pero la mirada de todos ellos la recorrían como lobos acechando a su presa listos para saltar sobre ella y devorarla sin piedad. Me mataba que Pansy parecía ofrecérseles en bandeja de plata.

Sí. Ese sentimiento tenía nombre y lo seguía teniendo: celos. Siempre sentí celos de todos aquellos que pudieron disfrutar de una plática amistosa con ella, de poder acercarse invadiendo su espacio personal sin que ella pusiera el grito en el cielo. Odié y envidié a Draco por poder degustar de su piel antes de que yo lo hiciera, de que perteneciera a su casa y que la tuviera cerca, porque yo tenía que verla de lejos. Me tenía que conformar a verla como mi enemiga de casa y de bando en la guerra, a desearla de lejos y a soñar que la hacía mía hasta agotarme, hasta sentir que estaba saciado de ella.

En cada momento compartido con Ginny imaginaba que era Pansy la que estaba en su lugar; de puro milagro nunca se me salió su nombre al acabar. Otro suspiro irrumpió el silencio en mi oficina, me estaba volviendo loco por su culpa. ¿Habitaría en mí algún gen de los Black o sería que la compañía de Sirius me había hecho daño? Porque sentía en mis venas el correr de la locura cuando veía a la morena a la cara.

—Merlín… Esa cara de perro se había convertido, en un año, en una mujer más deseable y hermosa / —solté con burla.

Y no era mentira, esa mujer había obtenido unas curvas preciosas que me encargaba de explorar cada vez que llegaban los días quince y treinta de cada mes ―excepto en febrero que era antes, benditos fueran por siempre los febreros―; en fin, mi mujer era una morenaza de fuego que desprendía sensualidad por donde sea. Era afortunado de tenerla conmigo… ¿Era afortunado cuando estuve a punto de matarla junto a mi hijo? No. Era un imbécil que perdió la cabeza dejándose llevar por la locura. Era obvio que convivir con Sirius me había afectado más de lo normal; me contagió su demencia o puede ser que los dementores se encargaron de dejarme en ese estado después de tener contacto con ellos.

Mi hijo. De solo pensarlo las lágrimas se aglomeraban en mis ojos; nunca iba a dejar de despreciarme por mis hechos. ¡Morgana! ¿Cómo haría para obtener el perdón de esas dos personas que lo eran todo para mí?

Y lloré. Lloré hasta que mis ojos se me habían hinchado sabiendo que Pansy jamás me perdonaría la fechoría que le hice. Quizás mi hijo o hija no lo hiciera, pero tenía muy presente la promesa que me hizo mi mujer: no me dejaría acercarme a mi bebé. Por mucho que yo haya respondido a su pulla, sabía que ella cumpliría con su palabra si no hacía algo para evitarlo.

Me dolía ser consciente de que hiciera lo que hiciera nunca sería suficiente para dejar de sentirme la peor escoria en el mundo.

—A veces me hago el tonto al decir que no te amo… entonces ¿cómo se le llama a esto que siento por ti, mujer? ¿A esto que me carcome por dentro y me duele con tu rechazo?

Mi cama se había vuelto fría desde que ella no dormía conmigo, la soledad en la noche era mi tortura… vivir en esa casa era una tortura. Una risa amarga salió de mis labios, pues vivía con Pansy en una gran casa, pero de nada servía tenerla tan cerca si no podía disfrutar de su calor corporal o de su voz. Porque no me hablaba la mujer, me ignoraba por completo.

—Me castigas con tu silencio… ¿Hacía bien en responderte con encierro? —La respuesta era demasiado obvia.

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—¡Es que no puedo creer que siga insistiendo y que, sobre todo, se atreviera a no dejarme salir de la casa! ¡Tengo derecho a salir de estas cuatro paredes! ¡Soy su esposa, no soy su juguete de aparador! —grité exasperada; las lágrimas corrían por mis mejillas.

Estaba sola en la mansión que se había convertido en una prisión para mí; mi marido me tenía aislada del mundo en ella. Había cerrado todas las chimeneas para impedir que saliera, sin embargo, sí podían venir a visitarme. La cuestión aquí era: ¿Quién me vendría a visitar si ni mandar lechuzas para avisar puedo hacer? No tengo nada para comunicarme ni siquiera mi varita que el cerdo para matadero se había encargado de decomisarme hace unos días.

«—No la necesitas en la casa me dijo como pretexto para quitármela».

La verdad es que ese mote le quedaba como anillo al dedo: era un cerdo que no tenía consideración alguna conmigo. Estaba segura que la advertencia que le había hecho el medimago ese día que me dieron de alta le entró por un oído y le salió por el otro; creo que no captaba que me hacía más daño manteniéndome en cautiverio, encerrada en contra de mi voluntad.

«¿Así quiere que lo perdone? Está muy equivocado s piensa que es la manera correcta de lograr tenerme a sus pies como había insinuado la última vez que hablamos. Porque desde que estoy en la casa no le he dirigido la palabra».

Iba a meterse un palo en el trasero si seguía cometiendo esos errores garrafales.

—Tu padre es demasiado idiota, ¿sabes? —farfullé a mi vientre; el coraje hacía que estuviera en llanto desconsolado—. Yo no sé qué tiene en la cabeza, no comprendo su manera de ser; no se parece en nada de ese Harry Potter que conocí hace unos años. ¿Dónde está ese humilde niño que entregó su vida para el bien del mundo que conozco? ¿Será posible que tenga que atenerme y resignarme a vivir toda mi vida con un esquizofrénico? —murmuré con temor a un posible ataque de su parte, otra vez.

No concebía nada en verdad, mi única meta era huir del hombre que me provocaba un temor con tan solo saber que llegaba a la casa. Las veces que me lo topaba podía ver en sus ojos arrepentimiento, determinación y algo más que me había dado tanto miedo ponerle nombre, pero que al final opté por ponerle como es: demencia.

«¿Es posible que mi marido ya está siendo afectado por todas las secuelas que vivió en la guerra?».

—Si es así… ¿Qué me espera? ¿Más golpes de magia? —Posé mis manos sobre mi vientre, creyendo que podía resguardarlo de esa manera—. ¿En qué nos metió ese cáliz, bebé?

En un pozo sin salida, a eso nos había condenado mi propia magia: a vivir siempre con recelo de aquel que habitaba en mi hogar, del que dormía a una pared de distancia. A sentirme en constante asecho y peligro porque ya no tenía la seguridad que antes me había proporcionado ese mismo hombre. Nuestras peleas anteriores al incidente eran como un juego para mí, nunca las tomé en serio, puesto que no creía que tuviera que cuidarme las espaldas de él.

Todo era tan confuso y, a la vez tan claro, que me mareaba terminando por sacar todo en forma de vómito en el retrete. Así de mal me tenía; una mujer embarazada no debería pasar por tanto. Y eso no lo comprendía Harry, que se empeñaba en hacer las cosas de manera errónea.

El temor se acrecentaba con cada segundo sabiendo que Harry pronto llegaría a la casa, quería irme de la sala de estar para no verlo y estaba a punto de irme cuando la chimenea cambió de color. Respiré entrecortadamente al intuir quién sería el que estaba entrando a la casa: Potter.

No me había equivocado: el cuerpo grande de Harry salió con premura de la chimenea y yo solo pude hacerme chiquita en mi lugar, trataba de pasar desapercibida en ese pequeño sillón. Incluso cerré los ojos fingiendo estar dormida, no obstante, fue en vano.

—Sé que estás despierta, pequeña —susurró en mi oído; me sobresalté al saber lo cerca que estaba—. Necesitamos hablar.

El silencio fue lo único que le contestó, no iba a quitar la ley del hielo que tenía con él. Sería muy estúpido de mi parte olvidar todo lo que me hizo. Lo escuché suspirar; su aliento golpeó en mi cuello y podía jurar que su nariz acariciaba de manera superficial mi mejilla.

—Bien. Quédate de esa forma, pero escúchame —murmuró con suavidad—. He estado haciendo las cosas de mala forma, lo he entendido muy bien, y sé que lo único que estoy logrando es que me odies más de lo que ya lo haces. Sin embargo, te dije que no iba a estar dispuesto a perderte, Pansy. Fueron muchos los años que tuve que soportar verte en los brazos de otros cuando deseaba ser yo el que tuviera ese privilegio y, ahora que lo tengo, no te dejaré ir. Si lo hago será porque he muerto en el proceso.

La tranquilidad con la que había hablado me había dejado helada en mi lugar. Retuve la respiración con fuerza en mis pulmones; mi cuerpo se paralizó al analizar con detalle lo que acababa de decir.

—A lo mejor estoy loco. No me importa. —Sentí su mano posarse en mi vientre desnudo y casi lloro del horror, pensando lo peor—. Lo que me importa es que me puedas llegar a perdonar. Soy consciente de que lo que les hice es la peor bajeza que pude haber hecho. Abre los ojos, Pansy ―me ordenó.

Mi cuerpo empezó a temblar; no obedecí a la primera, pero el temor terminó por doblegarme a su pedido. Abrí los ojos y los desvíe a la mano que estaba posada en mi vientre. Harry la acariciaba haciendo círculos justo donde el bebé se refugiaba. Una lágrima escurrió de mis ojos, porque por mucho que quisiera, no iba a negar que siempre soñé con el día que quedara embarazada. Siempre imaginé que sería la mujer más feliz del mundo cuando ese día llegara, casada junto a un hombre que me tolerara y respetara, tampoco tenía la ilusión de que me amaría ya que sabía que mis padres me casarían a la fuerza tarde o temprano. No obstante, sabía que ellos buscarían al mejor postor, que me cuidaría, que me daría toda la protección y la estabilidad económica en un mundo donde, si no tenías dónde caerte muerto, no valías nada.

—Mírame… por favor. —Su voz me sacó de mi ensoñación; lo obedecí—. Perdóname, mi amor.

«¿Mi amor? Para ser su amor me trata como si fuera su enemigo».

Sus ojos… sus bellos ojos esmeraldas. Esos ojos que podían hacerte temblar por saberte deseada por ellos o podían hacerte temblar por el peligro que pueden desprender. Aunque en esta ocasión, me hacían temblar por la fuerza del dolor reflejado.

Quise creer en ellos, lo juro. Quise perderme en su mirar y acortar la distancia, que era efímera, de nuestros labios…

Pero no sería así. Me lastimó y no fue lo que me hizo físicamente a mí, sino el hecho de que su explosión de ira fue provocado por no querer a nuestro pequeño bebé al tal grado de quererlo muerto. Eso fue lo que me hizo repudiarlo y lo que evitó que cayera en su red.

—Estás enfermo si crees que me voy a dejar llevar por tus palabras bonitas, Potter —siseé con todo el odio que pude impregnar; su apellido se oyó como si fuera el peor insulto en la tierra—. Ojalá te pudras en el infierno.

Nuestras miradas se conectaron con intensidad, desafiándose la una a la otra a actuar o a negar lo dicho. Su mano se tensó en mi cuerpo y mi rostro pétreo casi estuvo por caer.

¿Me lo esperaba? Sí. Sería demasiado para mí decir que no me esperaba su reacción. La verdadera cuestión era: ¿cómo iba a reaccionar yo?

Sus labios se apoderaron de los míos con tal rapidez que apenas y pude reaccionar, traté de empujarlo con fuerza para separarlo de mí, pero él se movió con agilidad, atrapándome entre sus brazos. Me cargó aunque recibiera patadas de mi parte, ya que los brazos me los había inmovilizado. Su lengua delineaba en contorno de mis labios y, de vez en cuando, presionaba sobre ellos, exigiendo entrar.

Cuando me di cuenta, estaba sentada sobre su regazo y él había usurpado mi lugar en el sillón. Llevó mis manos a mi espalda para evitar que siguiera empujándolo. Tenía tanta rabia que tomé su labio inferior con mis dientes y encajé mis colmillos en él hasta hacerlo sangrar. No me conformé con eso y le solté un cabezazo en la nariz. Lo escuché gruñir una grosería antes de que tomara su varita y me hiciera un petrificus totalis.

—Basta, Pansy. Le harás daño al bebé.

«¡TÚ LE HICISTE DAÑO PRIMERO, ANIMAL! No me vengas a decir lo que le puedo provocar a mi niño, tú no tienes ningún derecho».

Sus pulgares quitaban de mi cara los restos del llanto. Sollozaba interiormente de impotencia porque no me podía mover y por el nerviosismo de las consecuencias que tendría por golpearlo.

—Tranquila, cariño. No haré nada, tienes todo el derecho a reaccionar de esa forma y no te lo impediré. —Sus manos acunan mis mejillas—. Lo que no te voy a permitir es que le hagas daño a nuestro bebé, ya suficiente daño le hizo su padre para que ahora su madre también se lo haga.

Me jodía que tuviera razón. Era una mala madre que se olvidaba de lo delicado que estaba su peque y se aventaba como salvaje a golpear a su padre.

—Así que contrólate, que me podrás golpear todo lo que quieras cuando estés más dispuesta en salud. —Lo miré extrañada; mis dedos estaban empezando a salir del efecto del encantamiento—. ¿No te das cuenta de que prefiero que tengas una reacción a mi presencia, sin importar si son golpes de tu parte, a tener que soportar tu indiferencia a diario?

SSتHG

22 de noviembre de 1999.

Esa mañana me desperté con unas gatas terribles de vomitar todo lo que había cenado la noche anterior. Salí corriendo lo más rápido posible de la cama con una meta en mente: el retrete.

Esa cosa se había vuelto mi mejor amiga en las últimas semanas, ya que me veía en mis peores momentos y siempre estaba para sostenerme en cada uno de ellos. Tenía la cara hundida en ella cuando sentí unas ligeras caricias en mis brazos y que, después, tomaban mis cabellos para apartarlos de mi cara. Me sentía asqueada con todo eso.

—¿Te sientes mejor? —preguntó mi acompañante con su voz llena de aparente indiferencia, pero que estuviera aquí conmigo y mimándome, hablaba más que sus propias palabras.

—No. Me siento muy mal… como todas las mañanas —carraspeé un poco para poder hablar; mi voz sonó ronca por el ácido expulsado—. Nunca pensé que estar embarazada se sentiría horrible, de haberlo sabido hubiera huido del mundo mágico con tal de no preñarme de nadie —murmuré con un toque de burla.

Obtuve un bufido como respuesta antes de que me ayudara a levantarme del piso. Era una como muñeca de trapo en sus manos, se me olvidaba que él era fuerte y que yo era pequeña a su lado. No paró en eso sino que me empezó a quitar la ropa que traía puesta… Los primeros días me avergonzaba que lo hiciera, pero comprendí la verdadera motivación de sus actos: un baño después de sacar la bilis por la boca es la mejor forma de relajarse.

Por detalles como esos, no podía dejar de pensar en que si estaba haciendo bien en darnos una oportunidad a una relación donde solo sería sexo y no sentimientos. Porque cada vez que pensaba en ello… mi corazón se estrujaba y no quería ponerle nombre a eso.

¿Acaso noto anhelo en tus pensamientos? —me preguntó seria Ébano; decidí ignorarla—. Por mucho que no me hagas caso sé lo que piensas y cuando te deje sola Severus en el baño, hablaremos.

Me limité a asentir, de acuerdo con ella, las hormonas me estaban jugando una mala pasada y no podía permitirme caer en sus juegos amargos.

—Báñate. Y cuando estés lista, me buscas en mi despacho. Te estaré esperando para que vayamos a desayunar… más te vale no tarda tanto, mocosa —me advirtió al acabar de quitarme la ropa y de meterme en el jacuzzi.

Si pensé que su actitud iba a cambiar después de lo que pasó entre nosotros el mes pasado, estaba muy equivocada. El hombre seguía siendo el mismo sarcástico que buscaba la primera ocasión para hacerme enojar con sus pullas o echarme en cara lo poco inteligente que era en sus clases. Tiró a la basura todas mis expectativas de llevar una relación normal, aunque no podía negar que se controlaba un poco…

«¡Mentira!».

¡Por Merlín! Era la mejor de su clase junto a Luna y se atrevía a dejarme en ridículo frente a todos en el aula. Era tan frustrante tener que asistir a sus clases sabiendo que sería una hora llena de tortura. Ni hablar de cuando dejaba que hiciéramos una poción relativamente apestosa, a ninguna encinta dejaba salir con el pretexto de que eran pociones que no hacían daño a los fetos y que teníamos la obligación de cumplir con la clase… ¡Lo peor era que si nos atrevíamos a ensuciar su adorado laboratorio con las arcadas que provocaban sus pociones, nos castigaba hasta que entráramos en labor de parto! Ya se lo había aplicado a una joven, lo bueno es que ella tenía ya ocho meses de embarazo y hacía una semana dio a luz a una hermosa niña.

Era tan injusto con las muchachas y conmigo, literalmente, era el único maestro que no se compadecía de ninguna las madres y futuras madres.

—Como ordenes, papá —contesté poniendo los ojos en blanco con fastidio.

—Vaya… la leona sacando sus garritas. —Me miró desde arriba con una ceja alzada en falsa sorpresa—. Debería tener cuidado, no vaya a ser que se rasguñe usted misma con ellos —terminó con una mueca mordaz dirigiéndose a la puerta.

—Bien que te encanta que las deje marcada en tu espalda —cuchicheé, pensando que ya se había ido.

—Usted lo ha dicho… tengo el placer inigualable de sentirlas en mi piel… Lo malo aquí es que usted no está lo suficientemente preparada para soportarlo —me contestó, mirándome sobre los hombros.

«Hijo de toda su Eileen madre».

Me dieron ganas de arrancarle la cabeza en ese momento. Tuve que hacer tripas corazón para no abalanzarme sobre él y hechizarlo hasta quitarle esa sonrisa estúpida de su cara.

—¡Vete de aquí, atrevido! ¡Te detesto cuando te levantas con ese humor horrendo que llamas felicidad! —grité, salpicando el agua de la bañera—. ¡Y no me esperes, que no tengo ganas de desayunar contigo!

Parecía una niña inflando los mofletes y manifestando mi berrinche golpeando la superficie del agua. Escuché la risa ronca de Snape antes de que se dignara a cerrar la puerta; dijo algo que no entendí muy bien, pero tenía que ver con que no me estaba preguntando si tenía ganas o no de estar con él en el desayuno.

Ya que estamos solas, hablemos con verdad, niña. —Dejé de mover los brazos al escucharla—. Tenemos que ser sinceras la una con la otra, de eso dependen nuestros poderes.

—Lo sé muy bien, Ébano. No es necesario que me recuerdes que la confianza entre nosotras es lo que no mantiene vivas —contesté en medio de un suspiro cansado—. Pero no entiendo qué quieres que te diga si ya sabes lo que tengo, las hormonas me hacen pensar cosas que no son reales.

No trates de echarle la culpa a tus hormonas, niña. Entiende que va más allá de un simple calentón lo que estás sintiendo y ya entiendo varias de tus reacciones con él… Revisé tus recuerdos y noté varias cosas que te has dedicado a pasar por alto.

Sentí que el agua dejó de calentarme porque la temperatura en mi cuerpo empezó a bajar a niveles insospechados.

«¿Qué fue lo que vio?».

—¿De qué ha-ablas? —La escuché soltar una risilla burlona en mi mente.

De que te has empeñado a ocultarte lo que el pocionista te provoca desde que tienes trece años, especialmente desde que los defendió, a ti y a tus amigos, de Lunático.

«Merlín…».

No te atrevas a negarme que desde ese día lo viste de forma distinta… más humano. Por eso empezaste a apoyarlo y a defenderlo cuando nadie lo hacía. Tampoco estoy diciendo que estás enamorada de él, no. Pero no puedes decir que no te hizo sentir cosas positivas cada vez que se acercaba a ti para revisarte tus pociones o cuando te «regañaba» siseando en tu oído con esa voz tan sensual que tiene…

—Son pu-uras imaginaciones tuyas, Ébano. A lo mejor sí dejé de verlo como el estúpido neandertal que es o el idiota defiende Slytherin o como el murciélago de las mazmorras desde ese día, pero de ahí a que me hiciera soñar con él despierta, que me hiciera sentir en un mundo diferente cada vez que daba sus clases de pociones y que me hiciera sentir un dolor nefasto cuando supe que había matado a Dumbledore. Estás muy mal de la cabeza, loba.

Cuando caí en la cuenta de lo que había dicho, la loba solo silbó en asombro; sentí que iba a morir a causa de los cambios bruscos de temperatura en mi cuerpo. Fue tanto lo que me alteré que acabé vaciando una vez más lo que no tenía en el estómago.

Por lo menos fuiste sincera, Hermione —dijo, tratando de ocultar la burla en su voz, no le funcionó.

—Por favor… dejemos el tema por la paz. Acabarás matándome un día de estos.

Yo sé que esas palabras quieren decir: te amo, Ébano, eres la mejor.

«Odio a esa loba cuando se pone en ese plan».

SSتHG

Esa niña ya se estaba tardando mucho en el baño y yo ya no tenía la paciencia para seguir esperando a que saliera por su propia voluntad. Mi ceño estaba fruncido de tal manera que me estaba empezando a doler la cabeza.

«Mocosa estúpida, siempre tengo que hacer yo las cosas».

Me levanté decidido de mi asiento con unas ganas de sacarla de las greñas de ese baño y me importaba un rábano que se enojara conmigo. Llegué a la puerta y esta se abrió dejando ver a la causante de mi enojo enfundada en su uniforme que, con cada día, hacía que se remarcara su figura. Ya estaba echando panza, se notaba que sería una enorme barriga.

«Ya me imagino los dolores que tendré cuando esté más llena».

—¿Se puede saber por qué tardaste tanto en salir de ese baño? —La miré con los ojos incendiados.

—Porque me estaba bañando, ¿o acaso no sabes lo que se puede hacer en un baño cuando uno se mete a bañar? —me contestó, desafiante.

—Claro que sé lo que se puede hacer cuando uno se mete a bañar, Granger. Lo que me sorprende… es que a usted le guste jugar en el baño… Se me hubiera dicho… la hubiera acompañado… en sus juegos con gusto —dije con sarcasmo y burla.

Sus ojos se abrieron y sus mejillas se inflaron en ofensa. Desde que hacía más de un mes nos pusimos de acuerdo en decirnos las cosas de frente, no había parado en hacer exactamente eso.

Era como si me hubieran quitado un tapón de la boca y todo lo que pensaba cuando la veía salía sin pudor alguno de mis labios. Me afectó demasiado darme cuenta de que ella ya no es una niña y que era una mujer que cualquier hombre desearía tener a su lado.

Lo que sentía por ella era puramente carnal y así seguiría para siempre; el tiempo del amor había pasado para mí y no iba a empeñarme a ser amado o a amar cuando no tenía ganas de eso.

Eres un gran mentiroso, Severus —dijo Esteban, risueño.

—¡Severus! ¡Ponme atención!

Salí de mis pensamientos con tremendo grito que pegó esa mujer. Puse los ojos en blanco con tedio, ni pensar a gusto me dejaban hacer.

—No grites mocosa, esos gritos déjalos para otra ocasión. —Si me iba al infierno por molestarla de esa forma, me iba con una sonrisa en la cara.

La tomé del brazo para salir del despacho, no hice caso a sus quejas de que no la escuchaba, de que era un bruto que no media su fuerza, de que no tenía consideración con su esposa embarazada y otras nimiedades más.

—¿Sería tan amable de callarse? Le recuerdo que fuera del despacho soy su profesor y me debe respeto, si no tendrá que soportar las miradas de reproche de los de su casa por ser la responsable de una baja considerable en sus puntos —bufé con impaciencia.

—Para lo que me importa, yo puedo hacer con esos puntos lo que me plazca porque yo soy la que recolecta más del setenta por ciento de ellos.

Esa chiquilla tenía un encanto oscuro que salía a relucir en casos como estos. Siempre supe que era una muchacha poco modesta, que le encantaba llamar la atención de los que estaban a su alrededor, pero no de forma vulgar como hacían otras, sino con su propio toque, con su inteligencia y su conocimiento. Muchos alumnos la llegaron a ver como un fastidio andante o una biblioteca a la mano, pero ella logró hacer lo que nadie más pudo: llamar mi atención.

Por lo tanto, no podía permitir que una mocosa de Gryffindor tuviera ese honor sin pagar antes las consecuencias. Le tomé tanto amor a hacerla cabrear por cualquier cosa. Era un atractivo que muchos habían notado en ella, hormonados como Corner, Viktor e incluso Draco pudieron ver esos encantos que el lerdo de Weasley vio demasiado tarde… más bien, que no supo valorar.

Cuando llegamos al comedor, todos los alumnos detuvieron sus actividades para vernos. Todos los días era lo mismo, no podían creer que ella estuviera embarazada de mí y de forma natural, sin la necesidad de llegar a otros recursos.

Lo bueno de eso era que la urraca que tenía a mi lado se había callado por completo al entrar. Sus mejillas se habían tomado un precioso tono rojizo que hacía resaltar sus ojos miel.

Lo bueno es que es pura carnalidad lo que sientes por ella, hombre. Un poco más y me harías creer que no es solo eso —se burló el perro—. Soy lobo, no perro —gruñó; punto para Severus.

Sentí las manos de Granger posarse en mi antebrazo, hacía cirulos con su pulgar en él de forma inconsciente y yo no era nadie para sacarla de su error. Llegados al lugar donde ella se sentaba a lado de su inseparable amiga Luna, era la única mujer que había vuelto a estudiar de su generación, dejé que se acomodara en el asiento.

Levanté la mirada, manteniendo mi semblante indiferente, para observar a mi alrededor. Todos estaban atentos a los movimientos que hacíamos.

«¿Por qué no darles buenos motivos para hablar?».

Me acerqué a la espalda de Granger y pasé una mano desde su hombro hasta su espalda baja, llamando la atención de esta. Hermione alzó su rostro en respuesta y pude apostar en ese momento que se imaginaba lo que tenía planeado hacer, porque la marca ardió como alentándome a que lo hiciera.

Agaché mi rostro a su altura y, acunando sus mejillas con mis manos, planté un beso en sus labios. Tuve que contener mi rostro impasible cuando ella abrió sus labios dándome paso a su cavidad, casi se me escapó un gruñido cuando su lengua hizo contacto con la mía.

Cabe aclarar que Estaban estaba que se ahogaba de la risa mientras se escuchaban jadeos sorprendidos por todo el comedor. Como en la posición en la que estaba tenía vista clara a la mesa de profesores, abrí los ojos para ver el impacto en ellos: Minerva estaba tosiendo pues se había atragantado con el té que estaba tomando, Remus sonreía con un sonrojo en sus mejillas aunque nadie podía pasar por alto la mueca de satisfacción que cubría su rostro por lo que veía, Hagrid se había caído de su silla por la impresión, y podría seguir, pero volví a ponerle atención a mi pequeña esposa.

—Creo que con esto es suficiente para que hablan por meses —susurré sobre sus labios al cortar el beso.

—Eres un idiota, Severus.

—Puede que lo sea, Granger. Pero soy el idiota que te hace llegar al cielo y salir de él las veces que deseé.

Me iba a pelear y la corté mordiendo su labio inferior. La solté cuando escuché otro golpe seco, se había desmayado otra persona.

«Qué exagerada era la gente».

—Diez puntos menos para Gryffindor por ofender a su profesor, Granger —informé con jactancia al levantarme y darle la espalda—. Y si replica serán veinte más.

Y sin más, me fui mi lugar en la mesa de profesores. Me serví lo que siempre desayunaba y, notando que seguían sin salir de su estupor los alumnos, amenacé con dejarles tarea extra a todos, si no se ponían a comer y si seguían con su actitud neófita cada vez que me veían interactuar con mi esposa. A los chicos los amenacé con hacerles tomar una poción que evitaría que tuvieran una erección por un mes y a las mujeres les advertí que cada vez que tuvieran sexo verían la cara de Voldemort en sus acompañantes.

Era obvio que no lo haría, pero tenía la suficiente fama para que creyeran que sí era capaz de hacerles eso.

Tan dulce como siempre.

—No sería yo sino lo hiciera de esa forma, ¿no crees?

Tienes mucha razón. Ya se merecían un susto de esos, a veces suelen ser demasiado idiotas para su propia salud mental.

—Ni me lo digas, llevo años soportando a estos idiotas por una baja paga. Tendré que pedirle a Minerva un aumento de sueldo si quiere que siga operando en esta escuela.

¿Así como la que tomaste en el cumpleaños de Hermione?

Sabía que tarde o temprano iba a sacar ese tema. El cumpleaños de Hermione empezó siendo un desastre, ya que se me había olvidado que cumplía ese día… ¡No tenía idea de nada! Tampoco se dignó a decirme, cuando nos casamos, cuándo era su cumpleaños. Sumándole sus cambios de humor por su estado, tuve a una mujer gritándome toda la tarde lo desconsiderado e insensible que era. Me llegó a pedir el divorcio porque no podía comprender como teniendo casi un año de casados no tuviera los huevos suficientes para preguntarle su cumpleaños, pero sí los tenía para dejarla embarazada. La correteé hasta el Ministerio para impedir que fuera a hacer un show tamaño Corazón de Bruja y El Profeta.

Por Salazar, fue el peor día de mi vida, pero… pero la noche fue fantástica.


(Capítulo beteado por MrsDarfoy)

Besos, inesUchiha.