HISTORIA ORIGINAL DE MATHIAS MALZIEU


Al día siguiente, Antonio da un concierto en un cabaret de Marbella, una ciudad balneario situada a unos cien Kilómetros de Granada. «Es una buena ocasión para verlo y estar con él sin la presencia de Iván», me dice Francis. Me presta su traje más hermoso y su sombrero de la suerte. Le pido encarecidamente que me acompañe y acepta con la misma naturalidad que el primer día. Durante el camino, el miedo y la duda rivalizan con el deseo. Jamás hubiera creído que sea tan complicado mantener a nuestro lado a la persona que más queremos y deseamos en el mundo. Antonio me ofrece su amor sin exigirme nada, sin mezquindades ni problemas. Yo también le ofrezco todo lo que soy y lo que tengo y, sin embargo, él recibe menos. Quizá sea que no sé ofrecerme de manera correcta. Pero tengo claro que pese a ello no voy a dejar escapar el tren mágico al que me he subido en los últimos meses, aquel en cuya locomotora crepita con fuerza mi pasión. Le aclararé que a partir de esta misma noche estoy dispuesto a cambiarlo todo, a aceptarlo todo, con tal de que él me ame. Y todo volverá a ser como antes.

El escenario, minúsculo, está instalado a orillas del mar. Y sin embargo el mundo entero parece haberse reunido a su alrededor. En primera fila, el inefable Iván. Se diría que es un tótem con el poder de hacer temblar todo mi cuerpo.

Mi cantante entra en escena, taconea con una violencia inaudita, fuerte, más que fuerte. Es un lobo hoy. Un blues ocre se mezcla con su flamenco. Parece que le invade una fuerza hasta la fecha desconocida. Con su ropa de reflejos naranjas está más bello que nunca. Lo cierto es que hay demasiadas tensiones a exorcizar esta noche.

De repente, su pierna izquierda atraviesa las tablas, luego su pierna derecha, en un estrépito muy fuerte. Me precipito a ayudarlo, pero la gente no me deja pasar, y mientras gritan no se mueven y observo cómo el joven se hunde sin poder remediarlo. Busco su mirada pero no parece reconocerme, a lo mejor la ha despistado el sombrero de Francis. Iván se precipita hacia él, sus grandes piernas avanzan eficazmente entre la multitud. Me esfuerzo contra un mar de gente. Iván gana terreno. En pocos segundos, alcanzará sus brazos. No puedo dejarlo entre esos brazos. El rostro de Antonio se crispa, está herido y él no es de los que se quejan por nada. Me gustaría ser médico, o, mejor, el mago capaz de volver a ponerlo en pie inmediatamente. Trepo entre la gente, entre brazos, hombros y cabezas, como en el tren fantasma. Lo voy a atrapar, lo voy a atrapar. Se ha hecho daño, no quiero que sienta dolor. La gente se apresura ahora contra el escenario, ávida por ver qué ha pasado. Alcanzo a Iván. ¡Impediré que las tablas del escenario lo devoren aún más! ¡Esta vez voy a ser yo!

Salvaré a Antonio, y al hacerlo, me salvaré en sus brazos. Desde las profundidades de mis engranajes un súbito dolor atraviesa mis pulmones. Iván me ha adelantado. Sus largos brazos recogen a Antonio y yo lo observo todo a cámara lenta; todo discurre ante mis ojos. He debido dejarme desbordar por mi sueño de salvarlo. Él envuelve su cuerpo. Mi reloj rechina. Lleva a Antonio como una desposada. Mi español se queja, pero Iván no lo suelta. Desaparecen ambos por el camerino.

Contengo un grito, tiemblo un poco. ¡Socorro, Alice! Envíame una armada de corazones de acero. Tengo que derribar esa puerta. La empujo con todas mis fuerzas pero sigue cerrada. Me dispongo a recuperar aliento y parte de mi energía sobre las tablas del escenario. Percibo mi reflejo en el cristal. Tras varias tentativas y mientras estudio la situación, la puerta se entreabre. Veo a Antonio tumbado en los brazos de Iván. Sus pantalones, ligeramente arremangado, sembrado de gotas de sangre que brotan de sus pantorrillas. Parece que Iván acaba de morderlo y que se dispone a devorarlo.

— ¿Qué te ha pasado? —dice él acercando su mano a mi cabeza para acariciar mi chichón. Esquivo su gesto. Mi corazón ha detectado el soplo de ternura, pero no lo ha asimilado de verdad. Mi cólera lo domina.

La mirada de Antonio se endurece. Iván estrecha su cuerpo contra su pecho, como si quisiera protegerlo de mí. Oh, Alice, debes notar el temblor de mi cuerpo allá donde estés. Mi reloj palpita incesantemente. Antonio le pide a Iván que salga. Él se comporta con la caduca cortesía de un judoca. Pero antes, deja dulcemente a Antonio en una silla; tiene miedo a que se rompa. Sus gestos delicados me resultan insoportables.

— ¿Has besado a Iván?

— ¿Perdón?

-¡Sí!

Me invade la ansiedad.

—Pero ¿cómo puedes creer una cosa así? Solo me ha ayudado a sacar la pierna de ese escenario podrido. ¿Lo has visto bien, no?

—Lo he visto, pero ayer él me contó...

— ¿De verdad piensas que quiero volver con él? ¿Crees que sería capaz de hacerte eso? ¡No entiendes nada!

El miedo a perderlo y el dolor en la cabeza forman un remolino eléctrico que ya no controlo. Voy a vomitar, siento la angustia como un fuego en mi estómago e incluso afecta a mi cerebro. Parece que voy a sufrir un cortocircuito. Pronuncio palabras terribles, palabras solemnes de las que puedo arrepentirme. Quisiera poder rebobinarlas de inmediato, pero la hiel hace su efecto. Siento cómo los lazos que nos unían se rompen uno a uno. Hundo nuestro barco a golpes de frases cortantes; debo detener esta máquina de escupir resentimiento antes de que sea demasiado tarde, pero no lo consigo. Iván abre la puerta despacio. No dice nada, tan solo mete la cabeza, para mostrar a Antonio que vela por él.

—Va todo bien, Iván. No te preocupes.

Sus pupilas brillan con una tristeza infinita, pero los pliegues que rodean su linda boca anuncian cólera y desprecio. Esos ojos esmeraldas a los que tanto he adorado no arrojan ahora más que lloviznas y nieblas vacías. Es la más fría de las duchas posibles, que tiene la ventaja de reconectarme con la realidad de la situación. Estoy rompiéndolo todo, lo veo en el espejo partido de su mirada, hay que dar marcha atrás, y lo más deprisa que se pueda. Me juego el todo por el todo, abro bien las compuertas de lo que siempre quise esconderle. Sé que tendría que haber comenzado por ahí, que lo hago todo desordenado, pero intento invertir el motor, otra vez.

—Te quiero, porque soy un perturbado del corazón de nacimiento. Los médicos me prohibieron formalmente enamorarme, mi corazón-reloj es demasiado frágil para resistirlo. Y sin embargo he puesto mi vida en tus manos, porque, más allá del sueño, me has dado una dosis de amor tan fuerte que me he sentido capaz de enfrentarlo todo por ti.

Ni el menor hoyuelo en el horizonte de sus mejillas.

—Hoy lo hago todo al revés porque ya no sé cómo ponerme para dejar de perderte y eso me enferma. Te quie...

— ¿Podrías morir al enamorarte?

Su mirada, firme, no se aparta de mi figura. Oh… Alice, creo que le he ocultado los datos más importantes de mi persona. Bajó los hombros completamente derrotado y con timidez le explico las tres reglas de vida que tengo. Su mirada se va llenando de furia, puedo ver que ese volcán está a punto de explotar y saldré chamuscado.

-¿Por qué no me has dicho? ¡Pudiste haber muerto! ¡Pude haberte matado sin saberlo!

-Antonio-

-¡No! ¡No quiero escuchar más tus gilipolleces! ¡Vete ya, no quiero volver a verte!

El cortocircuito se intensifica, pone mi reloj al rojo. Los engranajes entrechocan con un rechinar lúgubre. Mi cerebro arde, el corazón me sube hasta la garganta. A través de mis ojos, estoy seguro de que puede deducirse lo que está sucediendo.

-No soy más que un farsante, ¿es eso? Muy bien, vamos a verlo, ¡y que sea ahora mismo!

Tiro con todas mis fuerzas de las agujas. Es horriblemente doloroso. Agarro la esfera con las dos manos y, como un loco, intento arrancar el reloj. Quiero expulsar este grillete y arrojarlo a la basura ante sus ojos, ¡para que lo entienda al fin! El dolor es insoportable. Primera sacudida. No ocurre nada. Segunda, aún nada. La tercera, más violenta, se transforma en una catarata de cuchillazos. Escucho su voz a lo lejos que me implora:

«Deja eso... ¡Arthur, Deja eso!»

Un bulldozer arrasa con todo en mis pulmones. Ciertas personas creen que cuando llega la hora de morir vemos una luz blanca cegadora y muy intensa. Sin embargo, yo no veo más que sombras. Sombras gigantes hasta donde alcanza mi vista y también veo una tormenta de copos negros. Una nieve negra que recubre progresivamente mis manos, luego mis brazos separados. Parece que nazcan rosas rojas, hasta tal punto que la sangre perfora el suelo polvoriento. Luego las rosas se borran, y mi cuerpo entero desaparece también. Estoy a la vez relajado y nervioso, como si me preparara para un largo viaje en avión.

Un último ramillete de chispas nace bajo mis párpados: Antonio bailando en equilibrio sobre sus pequeños pies, mi querida doctora Alice inclinada hacia mí, dándole cuerda al reloj de mi corazón, Magnus vociferando su swing a golpes de «Oh When the Saints", Antonio sonriéndome, Antonio sonriéndome, Antonio sonriéndome... Los gritos llenos de espanto de Antonio me sacan finalmente de ese estado segundo. Levanto la cabeza y la contemplo.

Tengo dos agujas rotas entre mis manos. En su mirada, la tristeza y la cólera han dejado su lugar al miedo. Sus mejillas se ahuecan, sus cejas en acento circunflejo recortan su frente. Sus ojos, ayer repletos de amor, parecen dos cascadas salvajes. Tengo la impresión de que me observa una hermoso muerto. Me invade un inmenso sentimiento de vergüenza, mi cólera hacia mí mismo sobrepasa la que siento por Iván.

Él sale de su camerino pidiendo ayuda. La puerta retumba como un disparo. En mi sombrero se estremece un pájaro que Francis debe haberse olvidado de sacar. Tengo frío, cada vez más frío. He aquí la noche más fría del mundo. Así me tejieran el corazón con atizadores de hielo, me sentiría más tranquilo. Pasa por delante de mí sin volverse, y desaparece en la oscuridad con un aire de cometa triste. Escucho un ruido de focos y juramentos en español.

Mi cerebro le pide una sonrisa a mis recuerdos, pero el mensaje debe de haberse perdido por el camino. Unos cuantos metros por encima del escenario, un rayo destripa el cielo. Florecen los paraguas como flores de una primavera fúnebre; empiezo a cansarme de este estado moribundo. Sostengo mi reloj en la palma de la mano izquierda. Hay sangre en los engranajes. Mi cabeza da vueltas, ya no sé mover las piernas.

Doblo mis rodillas como un esquiador debutante en su intento por avanzar. El pájaro cantor tose con cada uno de mis espasmos; a mí alrededor veo pedacitos de su madera rota por todas partes. Me invade un sueño pesado. Me evaporo en la bruma pensando en Jack el Destripador.

¿Terminaré como él, incapaz de lograr nada más que historias de amor con mujeres muertas? Lo he vivido todo por Antonio, mis sueños, la realidad, nada ha funcionado. ¡Hubiera deseado tanto que lo nuestro funcionara! Sin embargo, me creía capaz de todo por él, de pulverizar copos de luna para cubrir de brillo sus párpados, de no dormir nunca más hasta los trinos de los pájaros que bostezan a las cinco de la mañana, de atravesar la tierra para reunirme con él al otro lado del mundo... ¿Y cuál ha sido el resultado? Un relámpago atraviesa en eslalon los árboles para terminar su trayecto en la playa silenciosa. El mar se ilumina por un instante. ¿Tal vez Antonio tiene aún algo que decirme?

En el instante siguiente, el interruptor de espuma sume de nuevo a Marbella en la oscuridad. Los espectadores huyen como liebres de corral. Es hora de que vuelva a empaquetar mis cacerolas de sueños.


Llegamos al momento decisivo... El próximo capítulo será el mas largo y el último. ¿Será el final del libro o la película? Quien sabe, tendrán que esperar~ Nos vemos, quizá tarde un poco mas en subir el siguiente puesto que es mas largo y requiere infinita edición. Pero no dejaré abandonado este proyecto, lo prometo.