En cuanto los chicos fueron presentados y el Tratado de la Traición leído, los dos nuevos tributos fueron conducidos al interior del Edificio de Justicia, para que pudieran despedirse de sus familiares y amigos antes de ir a la arena. Como plazo para lo mismo tenían una hora, tras la cual eran sacados nuevamente del edificio y conducidos a la estación, desde la cual partirían, ya sí, al Capitolio. El año pasado, cuando me presenté voluntaria en la repesca, no pude disfrutar de dicho privilegio, pues tenía que llegar a la ciudad cuanto antes, aunque pensándolo con frialdad ahora que todo aquello había quedado atrás, me alegraba de no haber podido hacerlo. Tener que enfrentarme a mis padres después de haberme ofrecido a ir a los Juegos no era algo que me hiciera especial ilusión.
Si bien conocía el procedimiento que había de ser efectuado con los tributos, no sabía que era lo que tenía que hacer yo ahora. ¿Reunirme con sus familiares para intentar calmarlos? Sería algo lógico, teniendo en cuenta que yo había vivido en primera persona lo que era ir a la arena. ¿O acaso mi cometido era ir ya hacia el tren, a esperar allí a los chicos para comenzar a instruirlos? Algo perdida me acerqué a Dust, bajando del escenario, con la duda escrita en las facciones de mi rostro. Me daba miedo hacer algo que no fuera lo apropiado o lo correcto, no olvidaba que Ice me había dejado caer que, si me desviaba de los planes que él tenía para mí, lo iba a pagar muy caro. Hasta la fecha no había desobedecido tal consejo, me había quedado con Dandelion como avox, no había dicho nada más de la ideología política de mi difunto hermano, y cuando me sacaban en la televisión nacional, solo me deshacía en elogios hacia el Capitolio por la vida tan cómoda que me había otorgado mi título de vencedora.
―¿Qué se supone que tengo que hacer ahora?―le pregunté al hombre, mientras que Athenea se acercaba a nosotros con sus andares saltarines―¿También tengo que entrar en el Edificio de Justicia?
―De momento, lo único que tienes que hacer es ir analizando lo que has visto―me respondió―Aunque tu tiempo será limitado, pues normalmente los mentores solemos ir al tren antes que los tributos para poder ver las cosechas de los demás distritos y saber quienes van a ser los rivales de nuestros chicos.
―¿Crees que alguno de ellos será un profesional?―preguntó Athenea, arrugando levemente la nariz―No he visto que estuvieran tan decididos como Chrysta el año pasado.
No sabía como decirle a aquella mujer que los profesionales en el Distrito 12 habían acabado, al menos durante una larga temporada. Estaba casi segura de que no sabía de mi intento por construir aquí un Centro de Entrenamiento, y dudaba que fuera a hacerle mucha gracia conocer que, después de haber alcanzado la fama el año pasado por haber sido la escolta de una ganadora, fuera a gustarle la idea de volver a los clásicos baremos del distrito minero. Sabía que éramos uno de los distritos menos apetecibles, aunque la actuación que Jack y yo tuvimos en los anteriores Juegos nos dio algo de renombre, pues conseguimos que el Distrito 12 diera a los dos finalistas. Puede que este año las cosas no fueran a sernos tan fáciles a los que integrábamos el equipo del distrito minero, pero yo, por lo menos, iba a luchar para salvar un poco las apariencias. Si había podido con los tributos de los otros distritos, bien podría conseguir que los míos de este año lograran llegar a la victoria, al menos uno de ellos.
―Mi querida Athenea―ronroneé, mientras le dedicaba una mirada algo mordaz―Nunca juzgues a un libro por su portada. Puede que esos chicos sean máquinas de matar escondidas bajo un aspecto desamparado.
Dust soltó una carcajada, mientras que me aferraba de un brazo y tiraba de mí en dirección a la estación. Athenea, sin dejar de refunfuñar, siguió nuestros pasos algo retrasada, mientras que poco a poco la multitud congregada para la cosecha se iba disolviendo. Pensé que, ya que iba a irme de nuevo al Capitolio por sabe Dios cuanto tiempo, podría despedirme de mi familia, pero viendo que la estación cada vez estaba más cerca y nadie mencionaba nada al respecto, llegué a la conclusión de que las despedidas solo estaban permitidas a los tributos. Lo cierto es que si te parabas a pensarlo, tenía bastante lógica, pues yo volvería con completa seguridad, mientras que nadie garantizaba el regreso de alguno de aquellos chicos de la arena.
―¿Qué es lo que se supone que hacen los mentores durante el transcurso de los días que pasan los tributos en el estadio?―inquirí, con cierta curiosidad. Nadie me había hablado bien de la función del mentor, lo único que sabía era que se encargaban de buscar patrocinadores y de gestionar los regalos de los mismos. Había llegado a la conclusión, después de lo vivido en la arena, que el mentor, de un modo o de otro, tiene que estar pendiente de sus tributos para que los regalos de los patrocinadores lleguen en el momento preciso. Dust, por ejemplo, me envió una pomada cicatrizante cuando acababa de salir de una pelea con una alianza rival, o una olla de sopa cuando Jack y yo moríamos de hambre en las montañas.
―Cada cosa a su tiempo―fue la respuesta del aludido―No vas a ganar nada pensando en lo que tienes que hacer en ese momento si te descuidas en los pasos previos. Desde que se leyeron los nombres, como te dije antes, empieza nuestra función, y ahora lo principal es analizar a la competencia para ir preparando a nuestros chicos. Y ese trabajo te lo voy a dejar a ti―añadió.
―¿Por algún motivo en especial?―pregunté automáticamente. Esperaba que, ya que este era mi primer año, Dust fuera a ayudarme con todas mis tareas, para que me fuera haciendo a la idea de lo que tendría que hacer todos los Juegos del Hambre que siguieran, hasta que surgiera un nuevo ganador del 12.
―Por el simple hecho de que tú tienes más experiencia que yo catalogando a la gente―señaló.
El tren apenas si estaba cambiado desde la última vez que lo usamos cuando entramos en él, pero en vez de ser conducida al vagón donde se encontraba mi dormitorio, me llevaron a un compartimento donde había un televisor y varias sillas. Recordé que ahora veríamos las demás cosechas para ir haciendo una lista sobre los demás tributos, de modo que pedí a uno de las personas del Capitolio que rondaban por el tren que me trajeran papel y lápiz.
―Vamos a hacer las cosas bien―dije cuando vi las miradas sorprendidas de Athenea y Dust.
Cuando lo demandado me fue entregado, encendimos el televisor, el cual comenzó con la cosecha en el Distrito 1, siguiendo en orden sucesivo hasta el 11. Era imposible quedarse con las caras de todos los tributos, de tal modo que me centré en los que me parecían más llamativos, para luego, más adelante, intentar trabajar con aquellos que me resultaban menos reseñables. El Distrito 1 aportaba un par de chicos con los clásicos rasgos del mismo, es decir, rubios y con los ojos claros. El 2 este año enviaba a un chico de aspecto fibroso y a una chica de rasgos duros y afilados que se presentó voluntaria; el 4 mandó a una niña pequeña y a un chico de unos quince años de aspecto imponente. Me llamó la atención la chica del Distrito 7, que rondaría los diecisiete años y que, a pesar de no provenir de un distrito profesional, mostraba una decisión en sus rasgos que, de forma automática, me recordó a mí en los viejos tiempos, cuando no era más que una tributo que se preparaba para luchar por su vida. Sabía bien que este año una alianza con los profesionales quedaría seguramente fuera de nuestras opciones, pero iba a intentar que esa chica se aliara con alguno de mis tributos. Recordaba bien como el año pasado ningún chico del 1, 2 o 4 llegó más allá de los cinco finales, y tal vez este año esto se repitiera.
Los Distritos 8, 9, 10 y 11 no tuvieron nada reseñable, enviaban a chicos desnutridos, bastante débiles, con el miedo en los ojos. En último lugar, vimos de nuevo la cosecha del 12, ocasión que aproveché para intentar analizar a mis tributos poniéndome en la piel del mentor de otro distrito. ¿Qué imagen daban mis chicos este año? ¿Los consideraría como posibles aliados para mis tributos? Sunflower todavía podía ser tomada algo en cuenta, pues había mantenido el rostro sereno durante todo el evento, dándome algo con lo que poder trabajar. ¿Se creería la gente del Capitolio que esa chica era una profesional? Podía intentarlo.
Poco después, Darius, el pequeño Darius, era llamado a subir al escenario. Se mirara por donde se mirase, aquel niño no tenía nada reseñable; poseía la complexión esquelética de los crónicamente hambrientos, y se pudo ver con claridad como se echaba a llorar, hasta que me vi a mí misma en pantalla, susurrándole que dejase el llanto a un lado, momento en el cual el niño enjugó su rostro y trató de mantenerse frío.
Las cosas estaban bien claras: no teníamos muchas opciones este año.
Una hora más tarde, los tributos subieron al tren, y este salió de la estación. Athenea desapareció junto con ellos, pues una de sus obligaciones era enseñarles a los chicos las dependencias del mismo, mientras que Dust y yo nos quedábamos en la sala del televisor, rumiando lo visto y tratando de hacer planes. Ambos coincidimos en el punto de que este año lo íbamos a tener muy duro si queríamos una alianza con los distritos profesionales, pero señaló que mi idea de intentar aliarnos con la chica del 7 no sonaba muy descabellada.
―Todo depende de lo que nuestros chicos hagan en los entrenamientos―repuso el hombre encogiéndose de hombros.
A pesar de que los chicos no tenían que venir a hablar conmigo hasta la hora de la comida, le pedí a Athenea que una vez que les hubiera enseñado el tren, los condujera al vagón donde nos encontrábamos nosotros. Conocía bien el desconcierto que se sentía cuando eras arrancado de tu distrito y conducido a un futuro campo de batalla, por lo que creía que, una charla con ellos para explicarles lo que estaba por venir y tratar de calmarlos era primordial.
Cuando escuché los finos tacones de la capitolina acercarse, cerré el cuaderno donde había ido tomando notas de los demás tributos y lo coloqué medio oculto detrás de mi espalda. No quería que esos chicos supieran que yo ya estaba analizando a los tributos de este año, pues dudaba que eso los calmase mucho. Me había decidido a ser la ayuda que ellos necesitarían hasta que llegara el momento de ir a la arena.
Athenea entró la primera, seguida de Darius y Sunflower. Los tres tomaron asiento, y los dos tributos me lanzaron sendas miradas inquisitivas, como si fueran animales camino del matadero, esperando a que el ganadero diera el visto bueno para su sacrificio. Suspiré, pues no sabía si iba a lograr lo que me había propuesto.
―Quiero deciros antes que nada―comencé―que voy a intentar ayudaros pase lo que pase. Hay mentores en otros distritos que seleccionan a uno de sus tributos como su favorito, y le dan la espalda al otro―le lancé una mirada de reojo a Dust, pues no olvidaba que el año pasado él hizo lo mismo con Jack y conmigo; le negó a este la ayuda para volcarse de lleno con mi persona, lo cual me pareció algo injusto―pero eso no entra en mis planes. No os voy a mentir, ganar los Juegos no es fácil, yo misma soy la prueba de ello; el año pasado estuve a punto de morir en varias ocasiones, mas al final logré alzarme con la victoria. ¿Sabéis por qué?
―Porque no te rendiste en ningún momento―habló Sunflower. Era la primera vez que la escuchaba hablar desde la cosecha, y me alegró ver que su voz sonaba decidida. Tal vez no estaba todo perdido―Seguías luchando incluso aunque supieras que ibas a morir.
―Y eso fue lo que me salvó la vida en ocasiones―contesté a la chica―La constancia es un arma proverbial de los tributos, pues si no dejas que todas las dificultades que vas a tener te superen, conseguirás más probabilidades para salir viva de la arena. Aunque eso no es todo―añadí―pues aunque seas perseverante, si no tienes patrocinadores, poco vas a conseguir. Cuando estás en la arena, muerta de frío, de sed o de hambre, un simple trozo de pan puede suponer la diferencia entre vivir o morir. Sin patrocinadores no podéis ganar, ningún tributo puede, por muy profesional que sea. Y me temo que conseguirlos es algo que no puedo hacer yo sola, de modo que os voy a pedir que colaboréis conmigo en este terreno. Quiero que obedezcáis todas mis órdenes, por absurdas que os parezcan, incluso si os pido que os cortéis un dedo. Si me obedecéis, podré conseguir que la mitad del Capitolio pague por vosotros, de tal modo que tendréis la victoria no asegurada, pero sí mucho más cerca. ¿Estáis conmigo?―pregunté, tendiendo una mano a cada uno. Ambos se miraron unos instantes, y luego las aferraron―Trato hecho, pues―dije con firmeza.
Pude ver por el rabillo del ojo como Dust sonreía en señal de aprobación, aunque no me sentía tan tranquila como cabría esperar. Aunque les había prometido patrocinadores, sabía que me iba a ser muy complicado cumplir esa promesa.
Y aquí os dejo un nuevo capítulo más. Intentaré ir publicando una vez a la semana, aunque no puedo deciros el día porque la universidad apenas si me deja tiempo para escribir, de modo que pido que seáis un poquito pacientes.
¡Nos leemos!
