Disclaimer: Los personajes pertenecen a Meyer. Yo solo les he dado una historia alternativa.

Bad Things

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Capítulo 12

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La antesala enmoquetada era anodina, colores tostados y pálidos inundaban el lugar haciendo que los detalles se desdibujasen, excepto por un par de coronas de flores que custodiaban la puerta.

El último paso.

Tomé la mano de Edward y recibí un ligero apretón.

Cruzamos aquella puerta con él rodeándome la cintura, reconfortándome. Mi intención era permanecer en segundo plano, evitar llamar la atención. No era necesario que Lucy y su familia se percatasen de nosotros.

Pero tan pronto como pusimos un pie dentro me vi rodeada y embriagada por el olor de mi niñez. Mi madre me abrazaba con fuerza, llorando contra mi pecho. No me había dado cuenta hasta ese momento de que yo era ligeramente más alta. No tardé un segundo en devolverle el abrazo, intentando retener las lágrimas en una batalla corta que ellas, sin duda, ganaron.

Cuando abrí los ojos, ambas estábamos recuperando la compostura, aunque los suaves sollozos se escapaban sin remedio. Me acarició la cara, apartándome el pelo y colocándolo suavemente tras mis orejas. El gesto maternal no pudo más que agrandar el nudo que atenazaba mi garganta. Era la primera vez en mucho tiempo que no veía nada más detrás de su mirada, el viejo rencor no estaba. No sabía si era por el momento en el que estábamos o si esto tendría vuelta atrás y me encontré deseando que fuese algo permanente. Le sonreí débilmente y le besé la mejilla. Me estrechó una vez más entre sus brazos y me dejó ir.

Edward la saludó y yo me enfrenté a la habitación. Estaba presidida por un ataúd cerrado y un puñado de gente estaba allí congregada, algunos sentados y otros simplemente de pie, mostrando su apoyo.

Antes de poder detenerme estaba delante de aquella pieza de madera que en pocos minutos se iba a fusionar con mi padre para siempre. Ambos se convertirían en pequeñas partículas, ceniza, polvo. Pasé lentamente mi mano por la tapa, notando el acabado suave del barniz. Este iba a ser mi adiós, sin poder tocarle una vez más, sin poder verle o… Con ambas manos acaricié la superficie una última vez, mandando una silenciosa plegaria y una despedida.

Al girarme Paul estaba allí, dejándome mi espacio. Me acerqué sin dudarlo y le abracé.

—Lo siento mucho —susurré en su oído.

—Es la pérdida de ambos. —Me abrazó un poco más fuerte antes de dejarme ir.

Me di cuenta de que sus ojos estaban rojos y las oscuras ojeras demostraban el poco descanso que había tenido. Hablamos poco y en voz baja. Allí nadie elevaba la voz. Nunca había ido a un velatorio, pero no distaba mucho de lo que me imaginaba. Aunque al principio me sorprendió ver que, en su mayoría, la gente charlaba sobre cosas triviales. Lo que al principio podría haber considerado una falta de respeto, lo acabé identificando como una forma de enfrentarse al dolor. Una distracción que familiares y amigos necesitaban para, por unos pocos minutos, centrarse en algo más que en la muerte.

Un chico alto y de ojos claros se acercó para llamar a Paul.

—Mamá pregunta por ti —le dijo indicando con la mano hacia ella.

—Dile que voy enseguida. —Se dirigió a mí en cuanto se alejó de nosotros. Se dio cuenta de que lo seguía con la mirada—. Chris es el tercero. Bueno, el cuarto. —Nuestros ojos se cruzaron y quedó claro que yo era la tercera hermana.

Volví a mirar a aquel chico al que no debería llevarle más de tres o cuatro años y apenas escuché la despedida murmurada de Paul. Se inclinaba para hablar con Lucy, ella era inconfundible para mí. Había fijado su rostro en mi mente aquella única vez que la había visto. No había reparado en ella al entrar, estaba sentada y rodeada de gente que se inclinaba para darle el pésame.

Me acerqué a Renée y a Edward y nos sentamos al otro lado de la sala. Mi madre sentada en la orilla de su silla, buscando el continuo contacto conmigo. No hablamos de lo que este acercamiento suponía para ambas, sabíamos que este no era el momento. Además parte de mí temía que fuese algo de unas cuantas horas, hasta que la ceremonia terminase.

Mientras ambos seguían con la rutina del velatorio buscando temas sin importancia, yo escuchaba a medias, sin poder apartar la mirada de Lucy y su familia. Parte de ellos también mi familia. ¿Nadie se preguntaba quiénes éramos? Paul debía haberlo arreglado.

Parte de mí sintió lástima por él, por tener que llevar sobre los hombros el más oscuro secreto de su padre y no poder pararse a descansar o a llorarle sin atar bien todos los cabos sueltos que mi madre y yo representábamos.

—¿Quiénes creen que somos? —Mi voz ronca hizo sonar el murmullo como un reproche. Renée suspiró, cansada, vencida. Tampoco era fácil para ella, había llegado al final del camino y se había encontrado con un enorme muro. La realidad más allá de sus cuatro paredes donde ella seguía siendo esposa de Charlie, donde ella tenía su puesto sin dudas, sin cuestiones. Y ahora…

—Somos unas primas de Charlie. —Apretó mi muslo y me pidió comprensión con una mirada triste—. Estaba muy unida a él en la niñez y hasta la muerte de nuestros respectivos padres.

La voz se le había estrangulado ante la mención de la muerte, como si decirlo tan cerca del cuerpo de mi padre hiciese más real la pérdida. Le pasé el brazo sobre los hombros y la atraje en un breve abrazo. Paul no podía eludir su promesa y tenía que mantener los secretos incluso en estos momentos, pero mi madre… ella ni siquiera podía llorar al hombre de su vida libremente.

La sentí temblar entre mis brazos y sus lágrimas empaparon mi hombro.

—Estoy aquí —pronuncié estrangulada. Nadie nos garantizaba nada. Teníamos el ahora y, a pesar de todos los reproches que había cargado sobre sus espaldas, era consciente de las partes difíciles y duras que tenían… tenía que afrontar—. Te quiero, mamá.

Las palabras brotaron de mis labios haciéndome sentir ligera dentro de toda aquella tristeza. Ella lloró más fuerte, besó mi mejilla y mientras me borraba el carmín me correspondió con un "y yo a ti" que me calentó por dentro.

Nos sonreímos temblorosas y, abrazadas, miramos hacia el centro de la sala, a aquel lugar donde Charlie descansaba.

Habían pasado por mi cabeza preguntas, como si de verdad se habían creído la historia, o por qué nadie venía a hablar con nosotros. Pero todas esas cuestiones dejaron de tener importancia.

El sacerdote entró en la sala. Rezó por el alma del difunto y con agua bendita indicó el momento en el que los portadores llevarían el ataúd a la sala crematoria. Solo la familia directa podía asistir. Así que esperamos en aquella habitación hasta que, en una urna, nos lo trajesen de vuelta.

El paseo hasta el cementerio fue breve y silencioso. Colocaron la urna en el nicho y antes de taparlo con la lápida pronunciamos una nueva oración. La losa estaba sin tallar, Renée me había dicho que en dos días le pondrían la definitiva. Me alejé de Edward ligeramente y observé a mi alrededor más allá de las caras tristes y las flores; y me maravillé del césped verde, los frondosos árboles y el pequeño lago. A Charlie le gustaba la naturaleza, sin duda le habría gustado este cementerio.

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La muerte de Charlie abrió una nueva ventana en mi vida, una que compensaba aquella puerta que yo había cerrado hacía tanto tiempo. Cuando nos fuimos de Evansville dos días después, no solo me traje a Edward conmigo, también vinieron en el pequeño equipaje que llevaba, un conato de relación real con mi madre y el inicio de una amistad con mi hermano mayor.

"Hermano mayor" seguía sonando raro.

Renée experimentó un cambio general, creí que seguiría siendo esa mujer doliente que se lamentaba constantemente por su mala suerte. Que la pérdida de papá haría que se hundiese más en la autocompasión. Pero, sorprendentemente, sacó una vena luchadora que yo desconocía.

Por fin tomó las riendas de su vida, puso a la venta la casa de mi niñez —la que la ataba a todos esos recuerdos— y se fue a un apartamento de alquiler en el centro. Al principio me pareció una locura, no pensé que estuviese superándolo, creí que había perdido el norte por completo. Sin embargo, estaba empezando a vivir después de tantos años atada a una realidad que no le pertenecía.

Se deshizo del coche, ya que ahora no lo necesitaba para llegar al trabajo e ingresó en una compañía de teatro para aficionados. Era feliz interpretando obras clásicas para un público pequeño. No gastaba en exceso, aunque ya no se moderaba tanto como antes. La Renée austera había desaparecido, como nos demostró un tiempo después viniendo a vernos.

Paul y su pequeña familia se convirtieron en una constante en nuestras vidas. Llegué a conocer a Chloe, y los pequeños me llamaban tía. Aunque no nos veíamos muy a menudo, las nuevas tecnologías sin duda facilitaban el contacto.

Tardé menos de lo que esperaba en sentirme "bien", en regresar a la normalidad. En cierto modo, me ayudó que en Forks solo Edward supiese el drama que había sido mi vida familiar. Porque a pesar del rechazo que había mantenido durante tanto tiempo, al final había vuelto a abrir el corazón a mis padres justo antes de perderlo a él. El que mis amigos entendiesen esa pérdida (la que cualquier hijo experimenta ante un padre que se va) me ayudó y aunque nunca lo olvidé dejé aquel rencor que ya no tenía sentido encerrado en un cajón.

A pesar de mí misma, me sorprendí al sentirme baja tantos días. Edward estuvo apoyándome en ese duelo que meses atrás no habría logrado imaginar. Me encontré emocionándome cuando los pequeños de Paul mencionaban al abuelo durante una videoconferencia y aguantando las lágrimas con los anuncios del día del padre en la televisión.

Edward me sostuvo a cada paso del camino y esta etapa afianzó más nuestra relación. Creo que fue en aquel entonces cuando dimos el paso definitivo del enamoramiento al amor real. Estaba convencida antes, por eso había tomado la decisión de quedarme en Forks y, más tarde, de mudarme con él. Pero aquellos momentos nos llevaron a algo más. Ese cambio en el que no solo te mueves por rutina, sino que te miras después de un beso de buenos días, de un tiempo acurrucados y lo ves todo con nuevos ojos.

Mi vida había dado un cambio completo. Con catorce años solo pensaba en huir, con dieciocho en olvidar de donde venía y, ahora, casi cuatro años después me encontraba por fin cómoda en mi propia piel, en paz con mi pasado y anhelando el futuro.

FIN

Muchas gracias por leer, espero que os haya gustado. Este es el final de la historia, pero aún quedan dos capítulos más, un outtake y el epílogo.

Gracias a Dra. B. Swan por su asistencia y beteo; y a May Blacksmith por dejarme mi rinconcito en su blog.

Nos leemos.

Ebrume.