Mis queridos, espero que disfruten el cap! Este es uno de los tranquilitos, desde el otro... no puedo prometer mucho.

Abrazos por montón.


Capítulo 12: A golpes y gritos

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¿Sería muy cursi si digo "hogar, dulce hogar"? preguntó Merlina observando con ojos brillantes su entorno. Ella y Severus, junto con los pequeños Drake y Agatha quienes estaban durmiendo en una gran cuna que flotaba, acababan de mudarse del castillo a la casa.

Con anterioridad habían hecho las compras necesarias muebles, cocina, camas, sillas y mesas ― para poder vivir con las comodidades básicas, pero todo estaba embalado en las cajas que decoraban la sala.

―La verdad, es que sí ―contestó Severus dando un análisis exhaustivo con la mirada al interior.

―Sí, tienes razón. Ni siquiera parece casa. Mejor nos ponemos a ordenar ―dijo ella mientras conducía la cuna de los chicos hasta una de las habitaciones. Sonrió al verlos dormidos, casi tomados de la mano, plácidamente.

Regresó a la sala y ya Severus había armado una silla del juego de la mesa del comedor.

―¿No deberíamos barrer primero? Está todo con polvo ―preguntó Merlina a Severus, quien pasaba la mano por sobre la tela que recubría la esponja de la silla.

―No creo que importe demasiado el polvo ―contestó girándose a mirarla.

―¿Cómo que no? ¿Desde cuándo te gusta vivir en la mugre?

Entonces, caminó hasta a ella y la tomó de la cintura.

―Con una silla basta y sobra.

Pero ni siquiera la silla fue necesaria. Una pared fue suficiente para hacer de "lecho del amor".

―Ahora sí deberíamos comenzar ―dijo Severus cuando volvieron a estar vestidos ―. Tenemos que limpiar.

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Merlina sonrió ante el recuerdo, pero luego recordó que esa misma noche, cuando habían terminado de ordenar, Severus regañó a Merlina porque sin querer había derramado un poco de bebida sobre la alfombra.

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―¡Lo siento! Me dio sed luego de estar limpiando, armando y volviendo a limpiar, ¡sólo quería beber un poco de agua!

―Es jugo lo que estás tomando, Morgan. ¡Tú vas a tener que limpiarlo!

―Ni que fuera tan difícil. Para tu información, fui la celadora de Hogwarts. Además, el limpiador de la Señora Skower hará todo el trabajo, ¿cuál es el problema?

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La mancha nunca salió. Quedó como un círculo rosado jugo de frutilla, porque la tela de la alfombra no era tan buena. Severus y Merlina habían tenido que dar prioridad a la calidad de otras cosas de la casa, y en algunos objetos, como la alfombra, no invirtieron demasiado.

Y siguió cavilando sobre varias situaciones más, similares: tenían discusiones estúpidas ― que siempre, por lo general, las comenzaba Severus ―, luego momentos explosivos de pasión que borraban todo rastro de frialdad en ello.

―Una vez se enojó porque me emborraché en una fiesta de cumpleaños de mi primo ―Merlina ya había narrado esos y otros relatos a Carmen, quien la oía con atención ―. Bueno, creo que dije algunas cosas demás. Estábamos hablando de cosas del pasado, y dije que había pintado de verde a Severus una vez para hacerle una broma, y eso le hizo enojar porque "le estaba avergonzando". De todas maneras, no era algo para que exagerara.

―¿Cómo era su intimidad?

―Siempre ha sido muy buena… satisfactoria, pero… ―Merlina frunció el ceño y recordó la única ocasión que había sido diferente y especial a otras veces: cuando ella había recuperado la memoria. Severus le había dicho cosas que jamás se había atrevido antes a contarle, y fue precisamente la vez que le propuso matrimonio ― Nunca ha habido algo de romanticismo de parte de él. Luego comenzaron a crecer los niños y, cuando estábamos juntos, era una manera de escapar de la "familia" más que para estar el uno con el otro.

―¿Así lo has visto siempre, Merlina? ¿O es que ahora te acabas de dar cuenta?

A Merlina se le ensombreció la mirada. Parecía ser que siempre habían sido una pareja más física que química.

―Sí… ―la miró horrorizada ― Ahora me acabo de dar cuenta que nuestra vida ha sido una farsa.

Merlina, concluyó que Severus jamás había hecho un esfuerzo por añadir un poco de romanticismo a sus vivencias íntimas. No era precisamente descariñado, pero siempre que le hacía una caricia espontánea, la miraba como si estuviera con estreñimiento: realmente le costaba. Sin embargo, era diferente con los niños, le salía natural. Tal vez era porque siempre terminaba haciéndoles cosquillas o molestándolos un poco para que no se notara precisamente como el "padre amoroso ideal". Le gustaba verse bien macho y serio. Ella sabía que era así, siempre había sido así. ¡No pedía que cambiara! Pero… ¿Por qué jamás habían podido ser como una pareja común y corriente? ¿Cenar a la luz de la vela de vez en cuando? ¿Salir a ver alguna obra de teatro? ¿Caminar de la mano, sin temer que las demás personas los señalaran? Severus, difícilmente era de los que se quedaba en la mañana un rato más en la cama para conversar y estar en calor humano. Ni siquiera recordaba la última vez que habían paseado de noche para ver las estrellas, o salir para ver un atardecer juntos. ¿Lo habían hecho alguna vez, en realidad?

La tercera sesión se realizó al otro día. Carmen se había visto un poco apretada de agenda ―atendía a más pacientes ―, pero dijo que no influía en nada, porque básicamente trataba de que Merlina se continuara expresando. Fue allí cuando pudo hablar de los extraños celos de Severus y las locas suposiciones acerca del celador.

―Es sólo un muchacho, yo creo que me ve como una madre.

―Como tú lo describes, suena a una relación muy sana. Ahora, no hay que olvidar el mal de Edipo, Merlina. No digo que no hables con el muchacho, pero mantén distancia para evitar problemas que vayan afectar aún más tu relación.

Merlina asintió, diciendo que pondría distancia de forma inmediata si notaba algo extraño.

―Bueno, Merlina. En esta sesión pasaremos a la etapa cuatro ―explicó Carmen la semana siguiente, en la cuarta sesión de tratamiento ―. Esta es una etapa de desahogo. No hay preguntas, sólo actos.

―¿"Desahogo"? ¿Cómo es eso? ¿Tengo que gritar? Cooper de nuevo está limpiando los calderos afuera. Aún Severus anda buscando excusas para regañarlo, así que he dejado que se quede acá para que huya un rato de sus amenazas. Pero no se me ha acercado de manera extraña ―añadió, temiendo que Carmen le dijera algo. Sólo quería ayudar a Cooper como Dumbledore la había ayudado a ella. No quería que su trabajo se hiciera un infierno.

―Con un hechizo se puede hacer que el muchacho no oiga nada. No obstante, esto es algo silencioso, o casi ―dijo ignorando el comentario final de la bruja. Se reincorporó. En esa ocasión estaba vestida con una túnica de lana amarillo canario. Extrajo su varita y con una floritura hizo aparecer, colgada del techo, una bolsa de boxeo pequeña con forma de lágrima.

―¿Tengo que golpear la bolsa? ―indagó Merlina arqueando una ceja. No parecía ser un gran desafío.

―Exacto. ¿Tienes alguna fotografía de Severus?

Merlina rió. Al ver la quietud de Carmen se puso seria.

―¿De verdad?

―De verdad.

―Sí. Ya vengo ― dijo y fue a su habitación para revolver en los cajones y sacar la única fotografía en que Severus salía solo y de plano frontal. Se veía del torso para arriba, mirando de un lado a otro, bufando. Merlina se la había tomado con zoom en una de las fiestas de Hogwarts a la que él la había invitado. Cuando regresó, se la extendió a Carmen, quien la cogió y la pegó en la bolsa.

―Ahora sí. ¿Lista para comenzar?

―¿Es en serio? ―volvió a preguntar, sin ocultar su estupor.

Carmen arqueó las cejas.

―¿Hay algún problema con esta etapa?

―Es que… Es raro. Es un tanto violento, ¿no?

―¿Algunas vez le has querido pegar a Severus? ―preguntó sin demostrar acusación en su voz.

―Sí ―contestó ella con cierto embarazo.

También lo había hecho en más de alguna ocasión, pero por situaciones particulares y desesperadas, que estaban fuera de un contexto familiar o de pareja "normal".

―Por lo tanto, no tenemos problema alguno. Lo único que tienes hacer es golpear la cara de Severus tanto como quieras. Flexiona los brazos. Eso. Y golpea como cual boxeadora.

Merlina se la quedó mirando con los entrecerrados, esperando que hubiera algún truco en ello. Carmen se cruzó de brazos y sonrió con la boca y los ojos como siempre lo hacía. Tenía una mirada pacífica y las mejillas tan llenas que daban ganas de apretárselas.

Finalmente, la bruja decidió dar el primer golpe. Fue uno suave, desganado por la vergüenza que le provocó golpear un objeto inanimado. La bolsa hizo un movimiento leve. Carmen asintió.

―Continúa, Merlina. Observa la cara de Severus y golpéala.

Los ojos de Merlina se enfocaron en la enfurruñada mirada de Severus y continuó dando golpes suaves, hasta que Carmen le habló. Se había vuelto a sentar, muy de piernas cruzadas y desparramada en el sillón.

―Eso, Merlina, sigue. Esa es la cara de tu esposo, la cara de la persona que te oprime, que te acusa sin motivos, que se aprovecha de tu buena voluntad y cariño…

Los golpes de Merlina se comenzaron a hacer más fuertes.

―… Quien no te demuestra romance como tú deseas, quien te utiliza sólo para satisfacer sus necesidades, quien te ha tratado dominar por tantos años…

Y los golpes continuaron, cada vez más rápidos y brutales. La bolsa se movía rápidamente, como el corazón de Merlina que saltaba con fuerza en su pecho. Comenzó a sudar como un cerdo y los brazos le empezaron a doler, pero se sentía tan bien…

Maldito imbécil, mira lo que le hago a tu cara, ¡mira cómo te golpeo!

―¡Aayyy! ―de pronto el puño de Merlina no fue demasiado rápido y la bolsa se devolvió estampándosele en toda la cara con una energía que no esperaba.

Retrocedió muerta de dolor, tapándose la cara con ambas manos, sintiendo que un líquido caliente le corría por los labios. Un tanto asustada, miró sus manos empapadas de sangre.

Carmen estaba en su mismo lugar, imperturbable.

―¡Eso ha sido increíble! ―dijo Merlina sin aliento, sintiendo el sabor de su propia sangre, olvidándose del dolor. Estaba llena de adrenalina. Sacó su varita casi de forma inconsciente y se señaló su propia cara para parar la hemorragia.

―Se siente bien, ¿no?

―Muy bien. Creo que debería continuar…

―No, ya hemos terminado con este paso. No quiero que termines con calambres. Ahora, Merlina, pasaremos al tiro al blanco ―explicó con una pizca de entusiasmo.

―¿Tengo que lanzar flechas?

―Dardos, Merlina, dardos.

Así fue como Merlina terminó tratando de lanzarle dardos a la misma fotografía de Severus que estaba, esta vez, pegada a la cara de un pequeño oso de peluche. Este se ubicaba en la pared del fondo, tras el escritorio, sostenido con un encantamiento para que no se moviera de su lugar.

Creyó que iba a ser pan comido acertarle, pero resultó tener más mala puntería de lo que pensaba.

―¡Vamos, Merlina! ¡Se te está escabullendo! Se escabulle como serpiente, como culebra y víbora que es, ¡míralo! Se está riendo en su interior, con esa risa frívola y burlona ―la animaba Carmen sin moverse de su asiento. Estaba comiendo galletas de un bol que había hecho aparecer y hablaba con la boca llena, sin avergonzarse ni un poco. Tampoco le importaba a Merlina, quien lanzaba los dardos una y otra vez, cada vez más desesperada.

Luego de veinte minutos, por fin pudo darle justo en la nariz a la fotografía.

―¡Sí! ¡Sí, lo hice! ―celebró saltando con energía, hablándole a la imagen del profesor de Defensa ― ¡Ja, ja!

Aliviada, se echó en el sillón.

―Aún no terminamos con la etapa del desahogo, Merlina ―indicó Carmen haciendo aparecer un cojín azul en su mano. Se lo lanzó y ella lo agarró en el vuelo.

―¿Qué tengo que hacer con esto?

―Tienes que gritar en él ―explicó Carmen desde la comodidad de su asiento, volviendo a tomar una galleta para comerla.

―Ya… ―Merlina se encogió de hombros. Hasta el momento, la terapia estaba resultando ser un éxito, así que ya no quería cuestionar nada de lo que le dijera Smith.

―Siéntate en el sofá, sin recostarte. Eso. Coloca la pequeña almohada en tus muslos… así mismo. Y ahora, agáchate, afirmando el cojín y grita en él con todas tus fuerzas.

Merlina así lo hizo. Gritó fuerte, y cuando trató de separarse, se dio cuenta que tenía el cojín pegado su cara. Lo trató de quitar, pero le fue imposible. Se sintió nerviosa. ¿Estaba Carmen tratando de matarla?

―Tranquila, Merlina, es un almohadón mágico. Puedes respirar con normalidad. Sólo que no se quitará hasta que esté satisfecho con tus gritos.

―¿Cuánto tengo que gritar? ―preguntó Merlina con la voz amortiguada, pero aliviada. Sí podía respirar, tal cual como si estuviera sin nada en la cara.

―Eso no lo sé. Sigue gritando, gritando a todo lo que den tus pulmones. El Cojín del Desahogo es el que tiene que estar satisfecho con el pago de gritos.

Merlina gritó, y gritó hasta que empezó a sentir que algo le raspaba la garganta. Tras tres minutos sintió sabor a sangre y le dolían hasta la faringe. Tosió y tragó saliva: el cojín parecía no estar aún conforme.

―Carmen, ¿y si me quedo con esta cosa pegada en la cara para siempre? ―preguntó con voz ronca, arrepintiéndose casi de hablar. Le dolía la garganta y ya la podía sentir inflamada.

―No será así. Continúa gritando… ¡Mmm! Merlina, te he sacado esta botella de licor de chocolate que tenías en el mueble bajo el escritorio, ¡Está delicioso! No importa, ¿cierto?

―Bebe lo que quieras… ―dicho eso, tomó aire y gritó con toda la energía que logró imprimir en ello.

Entonces, el cojín azul desapareció, dejándola libre y haciéndola sentirse más feliz que nunca.

Carmen dejó el vaso pequeño de licor sobre la mesa y se puso de pie para aplaudir a la colorada y despeinada Merlina, que respiraba agitada por la emoción.

―Creo que no podré volver a hablar ―dijo con una voz que apenas se le entendió.

―Pero ha valido la pena, ¿no? Siéntate. ¿Cómo te sientes ahora?

―Muy bien. Cansada, pero bien. Me duelen los brazos tanto golpear el saco, me duele la nariz y la garganta. Pero estoy muy bien.

―Esa era la idea. Esta sesión ha terminado, Merlina, y yo me iré, pero tú no saldrás de tu despacho, y tampoco abrirás la puerta a nadie, no hasta que hagas lo que diré a continuación ― cogió del brazo a Merlina y se sentó junto a ella en el sillón largo ―. Escribirás una lista de aspectos positivos y negativos de Severus Snape y de tus hijos, Drake y Agatha, por separado, ah, y la pequeña Phyllis ―otra vez, en medio del aire, hizo aparecer un libro de tapas de cuero rojo y se lo entregó a Merlina. Ella lo hojeó: estaba en blanco ―. También escribirás sobre ti y sobre la relación tuya con cada uno de ellos, sin dejar de separar las cosas buenas de las malas. Pueden ser recuerdos, hechos, características, lo que tú quieras, del modo que se te antoje escribirlo. Lo principal es que no te guardes nada.

"Ahora, escúchame bien. No las releerás, no las borrarás, sólo las escribirás, y seguirás avanzando, aunque te tome toda la noche. No te comunicarás con nadie. No puedes salir de aquí. No quiero que te contamines, ¿me entiendes?

―Sí. Si me da sueño, ¿puedo tomar café?

―Sí, pero no más de dos tazas ―se puso de pie e hizo desaparecer los rastros de migas de galletas, el plato y el vaso. Se acercó un poco más a Merlina y le puso una mano en un brazo amistosamente, con una sonrisa dibujada en su cara redonda ―. Apenas me vaya, debes comenzar la tarea. Nos vemos mañana.

―¿Mañana? ―reiteró Merlina sorprendida ― Pensé que harías una pausa.

―No puedo esperar a leer ese libro ―le guiñó un ojo.

Carmen tomó su bolso de tela y se marchó de allí, sin dejar rastro de su presencia, como un fantasma. McGonagall no le había preguntado nada acerca de cómo iba la terapia, y nadie, por fortuna, se había enterado que ahí había una persona que estaba controlando el humor de Merlina. Cuando cerró la puerta tras su largo y delgado cuerpo, Merlina se sentó, dejando el libro abierto. Destapó un tintero negro y tomó su mejor pluma.

Alzó los ojos al cielo, aún sintiendo los dolores que invadían su cuerpo, y se dispuso a escribir.

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―Profesora ―Rebecca Lestrade estaba levantando la mano desde su asiento, cerca de los pupitres finales, al lado derecho del pasillo. Era una muchacha de séptimo de Slytherin, rubia y de ojos fríos. Era casi como una versión femenina de Draco. Si no hubiese sido porque era cronológicamente imposible, Merlina hubiera jurado que era su hija. Aunque, era mucho más inteligente, sacaba buenas notas; Draco había sido del montón. Ella, era una nerd con clase. Tenía algunos seguidores de Slytherin, sobretodo muchachos.

Seguro es la típica santurrona que hace votos de castidad, pero que en realidad los tiene desvirgados a todos.

Merlina se obligó a levantar la mirada de unos trabajos que estaba revisando, para variar. Por más que quisiera, no podía actuar como Severus, quien prefería ignorar a los estudiantes gran parte de las veces, o hacerse de rogar hasta el último.

―¿Sí, señorita Lestrade? ―inquirió casi sin voz. Esa mañana, se había limitado a hacer aparecer las instrucciones en la pizarra, sin hablar. Durante la noche, la garganta se le había inflamado mucho más. Debió de haber ido donde Madame Pomfrey, pero no había tenido tiempo. Se quedó dormida, porque en la noche había permanecido hasta tarde escribiendo lo que le había solicitado su terapeuta.

―Mi caldero tiene el fondo desgastado. Creo que alguien lo limpió mal y le sacó un pedazo ―alegó con petulancia. A Merlina no le gustó nada su tono de voz.

Se imaginó que a Simon se le había pasado la mano con la raspada de calderos la noche anterior.

―No tenemos más calderos, señorita Lestrade. Se tendrá que conformar con ese. El fondo es grueso, así que no debería suceder nada ―explicó con toda la amabilidad que pudo, y lo más fuerte a lo que le dio la voz.

―¿Y si me sucediera algo? ¿Y si me explota el caldero? ―preguntó moviendo demasiado la cabeza.

Había Hufflepuffs y Slytherin de séptimo año. Algunos se habían quedado mirando la escena desde el inicio, pero en esa ocasión, todos levantaron sus cabezas y se quedaron mirando, alertas.

―No explotará ―replicó ella con calma.

―Pero, ¿y si explota? ¿Me llamará "idiota" antes de llevarme a la enfermería?

―Señorita Lestrade, no quiero discutir con usted. Limítese a seguir las instrucciones; no le sucederá nada ―contestó la profesora con tranquilidad.

―Pero, usted dijo "no debería suceder nada", eso quiere decir que no está segura del todo.

Merlina se mordió el labio inferior por unos segundos antes de responder.

―Si lo desea, puede llamar a Cooper para que haga una búsqueda de algún otro caldero disponible.

Rebecca rodó los ojos con arrogancia.

―Yo no voy a ir a buscar a Cooper. Usted es la profesora ―sonrió con sarcasmo ―. Usted es la que debe hacerse cargo de todo esto. Después de todo, es su clase.

Merlina sonrió con los labios mirando hacia su mesa. Estaba tan relajada, que en realidad no quería pelear. No había alcanzado a ir a desayunar ―por levantarse tarde ―, así que no se había topado con Severus. Estaba en paz, tranquila gracias a la terapia del día anterior y no iba a permitir que le arrebataran el sentimiento tan fácilmente. Por eso, tomó la mejor decisión.

―Señorita Lestrade, tome su mochila y retírese de la clase ―dijo sin inmutarse. La muchacha abrió los ojos a todo lo que le dieron.

―¡No puede echarme!

―Sí puedo. Usted no quiere cooperar, y tampoco quiere seguir instrucciones, yo no tengo tiempo de ir; como ve, estoy revisando sus trabajos. Lo mejor para las dos, es que se vaya de…

―¡No puede echarme! ―replicó la chica, más alterada, levantándose de su asiento con brusquedad.

Varios soltaron gritos ahogados y se echaron hacia atrás por el abrupto movimiento de la muchacha.

―Ya lo hice, Lestrade. Por favor váyase, que está distrayéndolos de su trabajo y hará que pierdan la clase si sigue aquí ―contestó sin alterarse, moviendo sus manos con suavidad. La mayoría de los estudiantes la miraron con extrañeza. ¿Desde cuándo la profesora Morgan estaba tan tranquila?

Rebecca tomó su mochila con brusquedad, chillando como un ratón, y se la colgó de tal manera al hombro, que pasó a llevar el caldero y lo hizo caer. Éste se fue al suelo con un ruido metálico duro y rodó hasta que la chiquilla dio un portazo al salir del lugar.

Todos aguardaron a que Merlina reaccionara, que saliera corriendo tras la chica, pero se quedó allí, observando el caldero, que se había detenido a los pies de Basil Harker, un chico de Hufflepuff de nariz muy respingada y grande.

―No te preocupes, Harker. Déjalo ahí. Todos, continúen con la poción, por favor.

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Estaba dictando las maneras de distinguir y cazar demonios de agua a la clase de quinto de Gryffindor y Slytherin cuando alguien golpeó con violencia la puerta. Todos se quedaron en silencio, incluido él. ¿Quién osaba ir a interrumpir su clase en un momento como ese?

Espero que no sea Merlina, pensó, recordando que no la había visto bajar a desayunar. Bueno, él no le había hecho nada como para que ella tuviera que ir a verlo, nada "reciente". Decidió ignorar el llamado a la puerta y continuó dictando a su clase, con un siseo bajo, pero claro.

La puerta sonó de nuevo, más fuerte que antes.

La clase siguió con la mirada al profesor que caminó hasta la puerta, con su capa negra ondeando tras él como grandes alas de murciélago. Abrió la puerta y se topó con alguien que no hubiera imaginado. De hecho, por una fracción de segundo, pensó que quién diablos era esa muchacha hasta que le vio el blasón de Slytherin bordado en la túnica.

―Ah, señorita Lestrade ― frunció el ceño y miró ambos lados del pasillo vacío ―. ¿No debería estar en la clase de Pociones?

―Sí, pero su esposa me acaba de echar ―escupió la chiquilla sin una gota de vergüenza o miedo al estar ante su jefe de casa. Arqueó una de sus finas cejas y se cruzó de brazos, apoyándose en un pie.

Severus entrecerró los ojos y frunció los labios.

―Señorita Lestrade, como ve, yo estoy en clases ―la muchacha frunció el ceño. Severus supo que era un dolor en el trasero ―, pero ―añadió con suavidad ―, aguárdeme hasta que termine.

Dicho eso, le cerró la puerta en la cara y siguió dictando las maneras de distinguir y cazar a demonios de agua.

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A la hora del primer recreo, Merlina intentó reparar el caldero y le resultó con éxito. No quería tener más problemas como había sucedido en la clase anterior. Luego de ello, comió un sándwich que hizo aparecer en su mismo escritorio, para continuar revisando trabajos.

Al segundo recreo, fue a buscar a Cooper para hablarle acerca del caldero. No podía permitir que ocurriera algo como eso. Era cierto que los calderos de peltre de Hogwarts eran buenos, pero sí Rebecca Lestrade tenía algo de razón. ¿Y si hubiera ocurrido algo?

―Lo siento mucho, profesora ―se disculpó el muchacho mirándose los pies ―. Pensaba repararlo hoy. Sólo que no sabía cómo.

―No pasa nada, pero es mejor que tengas algo más de cuidado, ¿no? No quiero más accidentes en mi clase, y creo que ya tuve suficiente con la primera vez, aunque no haya tenido nada que ver con el caldero ―replicó amablemente con una voz desgastada.

―¿Está enferma?

―Algo así.

―Entonces, ¿puedo volver a su despacho a limpiar los calderos hoy? Me ha resultado ser una buena forma de huir de… ya sabe… el profesor Snape. Prometo ser más cuidadoso.

―Por supuesto, siempre que los dejes impecables, como lo has hecho hasta ahora ―Merlina sonrió con amabilidad y le dio una palmada amistosa en el brazo al chiquillo ―. Ahora debo continuar con la clase.

A la hora del almuerzo bajó a comer junto con todos y se topó con la mirada inquisidora de Severus, que la observaba desde su asiento. Hubiese sido natural que Merlina sintiera una sacudida en su estómago o algo por el estilo, pero no sintió nada… Lo que le hizo sentir fatal. Miró su plato y de pronto, toda la paz que había sentido durante el día, se esfumó.

Pero verás a Carmen y ella te dirá qué hacer.

No tuvo altercados el resto del día: el caldero había sido reparado, nadie sufrió accidentes. Nadie la increpó y todos obedecieron. Pero hubiese preferido sentir paz y que todos los estudiantes la atacaran antes de sentirse tan vacía.

―¡Vaya! Merlina, ¿por qué esa cara? Pensé que habíamos quedado bien ayer ―comentó Carmen frunciendo sus cejas en expresión de preocupación, tras sus grandes lentes.

―Lo estaba ―reconoció ―. Pero… pero… Vi a Severus y no sentí nada… nada… ―suspiró ―. Como si ya no estuviera enamorada.

Carmen se sentó donde siempre y sonrió ampliamente.

―Eso es normal, Merlina, es un efecto del relajo. Tranquila. Antes de continuar con lo que sea que me quieras decir, debemos partir con el libro.

Merlina asintió y se recostó en el sillón.

―¡Accio libro! ―convocó. El libro que estaba en su escritorio flotó hasta sus manos. Se estiró para tendérselo a Carmen. Esta negó con la cabeza ― ¿Qué?

―Quiero que tú lo leas para mí, Merlina. Soy toda oídos… y comienza con tus hijos primero.