No es por hacerme la zukulemtha, pero ya extrañaba escribir para ustedes. De verdad, lo echaba mucho de menos. Pude haber actualizado hace unos cuantos días antes, pero me entretuve bastante, como es mi costumbre, en mil porquerías diferentes y se me fue el tren. Lo siento. Este periodo de hiatus ha resultado ser una experiencia horrible, que espero no se repita jamás.
Como siempre, quiero darles las gracias a todos y todas por su paciencia, apoyo y amor. De no ser por ustedes habría renunciado hace mucho. Los adoro.
Este capítulo tiene un montón de cosas que siempre quise hacer, desde el uso de armas de fuego hasta la sensación de que están corriendo contra el tiempo. Ya saben, soy una perra loca, así que si en algún momento sienten que algo está fuera de lugar, no duden en hacérmelo saber. Enjoy!
Kuroko no Basket y todos sus personajes son propiedad de Tadatoshi Fujimaki. Yo no poseo nada, sólo los feels y las ideas retorcidas.
Capítulo 12
Tácticas de Supervivencia
Tenían tres objetivos claros: infiltrarse en el perímetro del edificio, destruir El Virus del Legado, y escapar por los túneles subterráneos, todo eso sin causar demasiado alboroto y reduciendo al mínimo el nivel de bajas. Se habían divido en tres equipos, defensa, ataque y vigilancia, de ahí se dividieron a otros sub-grupos, todos con nombres diferentes y órdenes precisas destinadas a un propósito en especial, pero al final el plan seguía siendo el mismo: largarse de ese sitio.
Kagami quedó en el sub-grupo de ataque Amatista, cuya principal función era la de eliminar todas la amenazas que se acercaran a los alrededores del edificio. Ellos se encargarían de de mantener a salvo a el sub-grupo Diamante, probablemente el más importante de toda la misión, pues se encargarían de destruir el virus. Incluso si todo fracasaba y terminaban muertos, eliminar el virus sería suficiente victoria como para que todos recibieran la muerte como héroes. Así que, sin importar lo que hiciera falta, era una prioridad mantenerlos vivos.
Todavía era las once y cuarenta y cinco de la noche del domingo. El golpe se produciría a las doce medianoche, pero antes debían ajustar los últimos detalles. Viajar ligeros no era una opción; necesitaban ropa, comida y agua, porque sólo Dios sabe cuánto tiempo durarían en esos túneles antes de encontrar un lugar seguro en la superficie donde alojarse. También, les haría falta utensilios de medicina, y aunque en ninguna casa había mucho de eso, al menos el alcohol, el papel higiénico y otras cuantas chucherías podrían llegar a ser útiles. Lo último que querían era que, después de todo lo que habían peleado, fueran muriendo a causa de una herida infectada, o haberse pinchado con uno de los hierros oxidados de las alcantarillas y llenarse de tétanos.
Taiga aceptó todo eso de buena gana; por una parte, tenían toda la razón en ser precavidos y pensar en cada una de las posibles situaciones con las que podían toparse. Por otra, odiaba tener que cagar tanto equipaje. En un principio se quejó, pero sólo bastó con que Okamura, el líder de Yosen –resulta que así es como se llamaba–, ayudara a aligerar la carga* para que el pelirrojo accediera fácilmente a llevar todo lo que pudiera. Dejaría de ser un maldito por un rato por el bien de todos.
Por ahora estaba en la casa de Tōō, rodeado de un montón de gente a la que apenas conocía a la espera de que llegara el momento de comenzar. Por supuesto, Riko estaba ahí, siendo parte de su grupo, también uno de los hombres de Kaijou, Moriyama –no es como si hablara demasiado con él, pero tener otra cara conocida lo ayudaba a no sentirse tan perdido–, además del imbécil de Aomine y Nijimura, con quien por el momento no había cruzado más palabras de las necesarias. Todos terminaban de arreglar su parte del equipaje, tan liviano como una hoja de papel, y una vez más Kagami agradeció a Okamura por su mutación –aunque tristemente mirarlo a la cara lo hiciera más difícil–.
―¿Estás bien? ―preguntó Aida, acuclillándose a su lado y poniéndole una mano en el hombro izquierdo.
Estaba completamente vestida de negro, igual que el resto del grupo. Él había creído que sería una estupidez demasiado parecida a lo que hacían en las películas, pero después de considerarlo por un rato se dio cuenta de que, ciertamente, el color negro sí resultaba perfecto para un delito de noche, para así poder confundirse con la oscuridad. Claro, los zapatos blancos de interiores sería lo único que posiblemente podría llegar a darles problemas, pero comparado con el gran alboroto que formarían, ¿quién se detendría a mirarle los pies a todos? ¡Por favor!
Asintió con la cabeza levemente, sin molestarse en apartar los ojos de su tarea. La enorme bolsa de lona que intentaba cerrar estaba llena a reventar de comida y ropa –las cuales, por cierto, no eran suyas, pero eso era lo de menos considerando que nadie estaba siendo quisquilloso con lo de llevar únicamente lo que le pertenecía. Si de algo estaba consciente es que cuando se convirtieran en fugitivos ya nada sería de nadie–, pero aún así se esforzó en cerrarla.
―Sí, todo bien ―respondió―. Terminando de cerrar esta mierda antes de que se abra en pleno ajetreo.
Ella asintió de vuelta, ayudándolo a cerrar la maldita cosa. No parecía nerviosa, pero seguramente lo estaba. Todos lo estaban. Gracias al cielo que estaba en el alejado pasillo de la lavandería, donde casi nadie podría ver el ligerísimo temblor en sus manos.
Riko, en cambio, sí pareció notarlo.
―Está bien que tengas miedo; yo tengo miedo. Qué digo, estoy aterrada como el infierno ―rara vez se podía escuchar a la chica maldiciendo, pero Kagami no dijo nada. Él mismo maldecía como camionero de Texas con toques de taxista de Nueva York, así que no existía nada que decirle. Incluso si pudiera―, pero eso está bien siempre y cuando no permitamos que el miedo nos domine. No podemos fallar; un solo error y todo lo que hemos planeado se irá al caño. Recuerda lo que te dijo Akashi durante sus sesiones: controla tu mente.
Taiga terminó de cerrar la bolsa, echándosela al hombro y poniéndose de pie. Su líder lo imitó, encaminándose de vuelta al vestíbulo con el pelirrojo detrás de ella. Ahí estaban desperdigados otros de los miembros del grupo Amatista, metidos en lo suyo, y no pudo evitar lanzarles una mirada de reojo.
Estaba bastante seguro de no haberlos vistos nunca, ni siquiera en los entrenamientos colectivos. Bueno, a Mibuchi sí que lo conocía –el sujeto no paraba de poner mala cara cuando se cruzaban en aquella casa–, pero al tipo de Kirisaki Dai'Ichi amigo de Imayoshi –quien miraba a todo el mundo como si estuviera a punto de saltarles a la yugular para arrancárselas con los dientes– y al otro que Nijimura había llevado casi a rastras y de vez en cuando le daba un manotazo fuerte en la nuca no los reconocía para nada, ni siquiera por asomo.
Cuando recién llegaron Riko les había dicho sus nombres, pero todavía le era difícil recordarlo. A veces escuchaba cómo Nijimura atravesaba un pasillo a paso rápido gritando «¡Haizaki!», a lo que le seguía una virulenta refriega mezclada con insultos y demás. De vez en cuando Aomine también se sumaba, sólo para terminar aporreado por el de ojos color plata. Al parecer, según la chica le dijo, el tal Haizaki había sido parte del grupito de mocosos en Teikou, y ahí donde estaba era un mutante con suficiente poder para que por un tiempo se le incluyera en la Generación X. Por qué ya no, era un motivo que Aida desconocía, así que simplemente dejó a Kagami con las ganas de saberlo.
El otro, por otro lado, tenía fama de ser el padre de los hijos de puta –por algo era tan amigo de Imayoshi–, y las pocas veces que se dignó en intercambiar palabras con Mibuchi –otro que parecía conocerlo a la perfección– lo hacía como si estuviera más que dispuesto a diezmar un ejército con un mondadientes. Si no estaba equivocado, se llamaba Hanamiya. A Riko le caía en la punta del hígado y Taiga ni siquiera se atrevió a preguntar por qué. Vaya él a saber con qué le saldría su líder si le hacía una pregunta fuera de lugar.
Ella se detuvo al pie de la escalera, agachándose a recoger su mochila y ajustarla sobre sus hombros, abrochando las correas sobre su pecho y cintura. Kagami hizo lo mismo. Se aseguró de tener la bolsa bien sujeta a la espalda, y como se sentía tan liviana tuvo que comprobar dos veces que no importara cuánto saltara y corriera, no se desprendería de su cuerpo.
Unos pasos rápidos, seguidos de un borrón de color azul proveniente de la terraza atravesaron el vestíbulo. La mancha, obviamente, resultó ser Aomine. El maldito se movía tan rápido que a veces era difícil incluso seguirle el rastro azul que dejaba detrás suyo, pero ésta vez simplemente se detuvo en una esquina y se echó su equipaje encima. No se molestó en decir nada, pero su mala cara era suficiente para que Kagami correspondiera de la misma manera. Maldita suerte la suya, habiendo tanta gente tuvo que quedar en el mismo equipo que ese idiota.
Más atrás llegó Susa, otro de los miembros de Tōō a los cuales no había visto nunca hasta ese día, seguido de un tipo de Yosen cuyo cabello increíblemente plateado, ojos afilados y piel ligeramente escamosa le recordó inmediatamente a una serpiente.
―Falta poco ―murmuró Susa, acomodándose su parte del cargamento. Según tenía entendido, nadie se quedaría fuera de cargar algo, excepto el equipo Diamante tal vez―. En cuanto comencemos con esto ya no habrá marcha atrás.
―Susa-san, ya comenzamos con esto ―replicó Riko, poniendo los brazos en jarras a la altura de la cadera―. Si vamos a hacerlo será mejor terminar bien parados.
El sujeto de Yosen se ajustó la bolsa y clavó sus ojos de reptil en todos los presentes de un rápido vistazo.
―Los que quedemos ―completó.
Y nadie fue capaz de refutar eso.
Al cabo de un rato Nijimura llegó a la sala, casi arrastrando al tipo alto y porte amenazante detrás suyo. Su expresión denotaba lo dispuesto que estaba a saltarle a la yugular con los dientes al mayor, aunque claramente eso no intimidaba en absoluto al de ojos plata.
―¿Ya estamos todos aquí? ―inquirió Shuuzou, soltando a Haizaki y cruzándose de brazos. Se asió la bolsa a la espalda sin rechistar―. Bien.
―Tres minutos ―anunció repentinamente la voz de Hyuga, amplificada por la telepatía de Akashi, o quizás de Kise.
El aviso hizo que todos se pusieran en alerta. Kagami sintió los músculos de su cuerpo tensarse, listos para cualquier cosa, y el fuego en sus venas comenzó a arder. La piel le cosquilleaba, llena de adrenalina, y casi tuvo que cerrar los ojos para volver a enfocarse.
Controla tu mente.
Controla tu mente.
Controla tu mente.
Controla…
Riko se tronó los dedos, intentando relajarse, pero sus hombros estaban tan tensos que parecían tallados en piedra. No la culpó. Ahí donde estaba, probablemente era la persona con más interés en salir, si es que eso era posible. No lo había dicho en voz alta, pero no era demasiado difícil adivinar cuál era su mayor motivación para largarse de ahí: su padre, la oportunidad de verlo otra vez.
Por un momento, Taiga también deseó tener a alguien esperándolo detrás de esas paredes, ya fuera Alex o Tatsuya, pero desechó ese pensamiento casi de inmediato. Es más, sólo de imaginarlo se sintió enfermo.
―Dos minutos y treinta y siete segundos ―volvió a decir la voz de Hyuga, resonando en la mente de todos como si fuera un gran micrófono.
Por un instante, Kagami recordó cuando la telepatía lo tomaba fuera de aviso, y casi le dio risa. Era tan estúpido.
―Concéntrense en el objetivo, no lo pierdan de vista ―indicó la seria y casi autoritaria voz de Akashi. El pelirrojo fue apenas consciente de que, sin razón aparente, Haizaki ponía mala cara y le tocaba la sien a Nijimura con los dedos índice y corazón de su mano derecha, manteniéndose ahí. El mayor también torció el gesto―. Y más importante aún, no caigan. Ninguno de ustedes.
Hubo un momento de completo silencio, tan intenso que Taiga ni siquiera se atrevió a formular algún tipo de pensamiento. Su sangre ardía con tanta fuerza que por un segundo efímero temió prenderle fuego accidentalmente a algo. O alguien.
Riko suspiró una gran cantidad de aire, como si hubiera estado reteniendo la respiración.
―No lo haremos ―declaró simplemente, hablando por todos.
Y absolutamente nadie se quejó de que lo hiciera.
No estuvo muy seguro de lo que pasó después. Seguramente alguien dijo algo más, probablemente Akashi, pero él no se enteró de nada. Estaba medio en las nubes a causa del terrible y casi incontrolable murmullo que podría su sangre enardecida, a punto de estallarle en llamas, y cuando volvió a ser consciente de su entorno fue únicamente para escuchar tres palabras:
―Ya es hora.
Antes de que pudiera hacer siquiera una exhalación, Haizaki ya se había alejado de Nijimura, dándole con la palma abierta en la espalda a Aomine, antes de que éste saliera corriendo, tan rápido como una bala, dejando atrás únicamente un ligero reflejo color azul. Un segundo después, el de cabello trenzado hizo lo mismo, desapareciendo a una velocidad impresionante.
Kagami parpadeó de manera convulsiva, sintiendo cómo los ojos se le encendían en llamas. Era una sensación rara, una de la que apenas había tenido oportunidad de acostumbrarse cuando Akashi le enseñaba a manejar su cerebro, pero casi inmediatamente se adaptó a las flamas que le lamían la piel y abrasaban sus párpados.
Controla tu mente, se dijo internamente.
Todos echaron a correr, saliendo de la casa y mezclándose con la oscuridad de la noche. Perdió de vista a la mayoría, incluyendo a Riko, pero eso no lo atemorizó. Conocía a la chica, sabía que ella era perfectamente capaz de sobrevivir a cualquier cosa. Se concentró, entonces, en no morir él mismo.
Corrió en línea recta, directo a las marquesinas, encontrándose directamente con dos guardias que vigilaba de espaldas a las residencias, ignorantes de su presencia o del plan que todos ellos estaban llevando a cabo. Sin la menor de las dudas atacó al primero, agarrándolo con la mano abierta en la cara y dejando que de sus dedos emanara la mayor cantidad de fuego que pudo expulsar.
El tipo chilló, tanteando inútilmente el antebrazo del pelirrojo, alertando inmediatamente a su compañero. Sus ojos parecieron a punto de salírseles de las cuencas antes de correr a su lado.
―¡Ey! ―graznó el otro guardia.
Kagami resopló molesto y soltó al desgraciado, que cayó al suelo entre jadeos violentos y encaró al recién llegado, quien lo esperaba con la pistola en alto.
Calentar metal a distancia fue una de las primeras cosas que aprendió Taiga cuando despertó su mutación, hacía lo que lo parecían milenios, y hacerlo le resultaba tan sencillo como respirar. El sujeto dejó caer el arma en cuanto ésta comenzó a quemarle, arrojándola al piso con una maldición enredada entre los dientes y el odio desbordándose de sus ojos.
―¡Fenómeno bastardo! ¡Vas a morir!
El pelirrojo se pasó la lengua sobre los dientes, que le sabían a acero hirviendo, y casi de forma involuntaria esbozó una sonrisa llena de desprecio.
―Inténtalo.
El guardia se arrojó contra él, furioso y entorpecido por la ira, lanzando un golpe que fácilmente pudo esquivar. Kagami mandó su puño contra el rostro del hombre, impactando su mandíbula y disfrutando secretamente la manera en que sus nudillos le quemaron la piel, dejando una fea abrasión de color rojo adornando el golpe.
El tipo resolló, adolorido y furibundo, lanzando una patada hacia las costillas de Taiga, la cual conectó con éxito contra su cuerpo. Soltando el aire de sopetón a causa del ataque, no pudo ver cuando el guardia arrojó en codo directamente a su rostro, dándole de lleno en la nariz.
El pelirrojo se cubrió momentáneamente el área afectada, la sangre bajando lentamente desde sus fosas hasta la barbilla, entrándole ligeramente a la boca e impregnando su saliva del asqueroso sabor a óxido.
Escupió con fuerza.
―¿Ya cansado? ―se burló el hombre del gobierno, disimulando la mueca de dolor que torcía sus labios―. Disfrutaré viendo como mueres y lanzan tu cadáver a las cloacas.
Kagami se tronó los dedos, con la repentina sensación de que la lengua se le había convertido en una llamarada viva.
―Pues veamos como lo intentas.
Pero en el preciso momento en que terminó de hablar sintió cómo era sujetado del cuello, con rudeza, jalándole la cabeza hacia atrás y doblándole las rodillas hasta hacerlo caer. Escuchó jadeos ruidosos, fuertes, como si su agresor tuviera algún tipo de problema respiratorio, pero fue el olor a carne quemada la que lo informó de que su atacante era el otro guardia.
El tipo sacó la pistola y la colocó en su sien.
―Vete directo al infierno, escoria ―masculló.
―No lo creo.
El sonido de un hueso rompiéndose, seguido del grito escalofriante del guardia fueron las últimas cosas que escuchó antes de que el maldito aflojara su agarre, cayendo al suelo con estrépito. El arma se deslizó de su mano y aterrizó a varios metros de distancia, lejos del pelirrojo y cerca del otro agente, quien sin dudarlo más de una vez se abalanzó hacia ella. Kagami hizo lo mismo.
Rápido, impulsado por el rugir de su sangre furiosa en las venas, Taiga se apresuró a coger la pistola, distrayéndose solamente un segundo para averiguar quién fue el que le salvó el pellejo, aunque en realidad eso lo tenía sin cuidado. Dividió su atención, entre llegar a tiempo al arma y enfocar su mirada en la sombra de color negro que se levantaba sobre el guardia y lo arrastraba lejos de la pistola, dándole la oportunidad perfecta de sujetar agarrarla en sus manos.
―¡Cuidado! ―gritó la sombra negra, alertándolo.
Inmediatamente, impulsado por el instinto, se tiró al suelo, sólo para escuchar el sonido de tres disparos provenientes de sus espaldas. Era el tipo de la cara chamuscada, todavía tratando de matarlo. De dónde había sacado la otra pistola, no tenía idea, pero tampoco le sorprendía; esos desgraciados estaban armados hasta los dientes, y tampoco se exaltaría si alguno de ellos se sacaba un arma del culo.
Aprovechando la pausa entre el cuarto disparo y el quinto, Kagami se puso de pie cargó la pistola, imitando lo que tantas veces había visto en las películas, y simplemente disparó.
Un solo tiro, directo a la cabeza.
No se detuvo a pensar lo que hizo. No tenía el tiempo ni la mente para hacerlo. Simplemente se dio la vuelta, encarando al otro guardia, que observaba la escena entre impactado e iracundo, todavía a merced del hombre-sombra.
Le apuntó a la cabeza.
―¡Espero que te pudras en el Infierno, mutante de-!
No hubo necesidad de apretar el gatillo. Antes de que lo hiciera, aquella sombra negra adquirió un brillo peculiar, traslúcido, como si estuviera hecho de cristal, y agarrándolo de la cabeza le rompió el cuello con un ruido que, estaba seguro, no olvidaría hasta el día de su muerte.
El cuerpo cayó al suelo como si fuera una cáscara vacía.
―Hey, ¿estás bien? ―inquirió la sombra.
Kagami lo miró, dándose cuenta de que era Nijimura, convertido de pies a cabeza en un trozo de diamante puro, únicamente reconocible por sus zapatos blancos rayados con tintas de colores y la muñequera de su antebrazo. Comenzó a moverse entre los cadáveres, revisándolos a fondo y extrayendo cualquier cosa que le pareciera útil.
Durante un momento, menos de lo que dura un latido de corazón, Taiga sintió el más profundo de los ascos nacerle en el pecho, tan fuerte que estuvo a punto de doblarse y vomitar como condenado, pero logró sobreponerse enseguida. Tenía que controlarse. Controlarse, o terminaría igual que esos guardias.
Controla tu mente.
―Dije, ¿estás bien? ―espetó el mayor, volteándose para encararlo. Era difícil leer su expresión en ese estado, pero resultaba bastante obvio que estaba al borde.
Sacudiendo la cabeza, el pelirrojo asintió.
―Bien.
Nijimura le sacó el cinturón a ambos cuerpos y le tendió uno. El otro se lo ajustó a la cintura.
―Toma. Úsalo. Te hará falta si planeas sobrevivir ―recogió el arma del difunto, revisándola como si fuera un experto, y después de la asió a la correa―. Conserva esa ―indicó, apuntando a la que el pelirrojo tenía en la mano―, puede serte de ayuda.
―Está bien.
Hablaban en susurros, como si fueran niños haciendo una travesura, y por más ridículo que resultase, así es como realmente se sentía. Probablemente Nijimura estuviera más centrado, o eso transmitía, pero Kagami comenzaba a sentirse verdaderamente estúpido.
El mayor se acercó a la otra pistola, aquella que Taiga había calentado en la mano del guardia, y se la entregó.
―Suerte ―farfulló.
Él asintió, y ambos echaron a correr en diferentes direcciones. No necesitaban más palabras.
El siguiente tramo de la marquesina se encontraba deliberadamente limpia, exceptuando por algunos cuerpos de encontró a su paso, y su llegada al edificio escolar fue más fácil de lo que creyó al principio.
Entró por una de las puertas traseras, cerca de las salidas que daban hacia los gimnasios de baloncestos y voleibol, desviándose al pasillo de oficinas administrativas.
―Estoy en el edificio ―avisó mentalmente. Caminó agazapado, como un tigre acorralado, agudizando sus sentidos todo lo que pudo.
―Entendido ―respondió otra voz, la de Kise. Seguramente él mantenía el vínculo psíquico, dado que Akashi debía de estar ocupado.
Caminó con pies ligeros a través de los corredores, tratando de hacer el menor ruido posible, absorbiendo cualquier rastro de calor corporal a su alrededor. Dejó que las llamas de sus ojos menguaran, convirtiéndolas en un simple resplandor naranja, casi pudiendo sentir el aire sofocante del verano metiéndose por su nariz. No era muy agradable, pero resultaba mejor que el asqueroso frío de los inviernos.
Estaba doblando hacia el final del pasillo, cerca entrando en el corredor de la cafetería, cuando escuchó un ruidillo. Ligero, parecido al de un clip cayendo desde una altura considerable, pero fue más que suficiente para ponerlo en alerta. Las flamas de sus ojos llenaron por sus párpados, y la sangre comenzó a rugirle como un torrente, furiosa y caliente. Sacó la pistola, guiándose de la tenue, casi imperceptible chispa de temperatura que dos segundos antes no había sido capaz de percibir.
Arrastró lentamente los pies, sintiendo cómo aquel calor viajaba rápidamente por el aire y se metía por sus lastimadas fosas nasales, embotándole la lengua del sabor del fuego. Se deslizó en la próxima esquina, girando hacia la derecha, y apuntó el arma como había visto que hacían en las películas: el brazo derecho extendido y el izquierdo de apoyo, justo debajo de la muñeca.
―Voltéate y estás muerto ―amenazó.
Pero el desconocido se volteó, levantando las manos en señal de rendición, y antes de que Kagami pudiera siquiera verle la cara ya había caído al piso, sosteniéndose la garganta con fuerza, mientras sentía cómo el aire escapaba de sus pulmones a bocanadas.
¿Cómo sucedió eso? Hacía menos de un minuto parecía tener la ventaja, y ahora se encontraba en el suelo, a punto de convulsionar, sintiendo su sangre volverse espesa y su fuego una simple chispa.
―¿Kagami? ¡Mierda, lo siento!
Y así de rápido como llegó, así mismo desapareció. La presión en su cuello se desvaneció, y el dolor intenso, como si estuvieran arrancándole la médula, remitió lentamente hasta transformarse en un leve escozor.
―¡Mierda, mierda, mierda!, ¡lo siento!
La voz se le hacía conocida, como si la hubiera escuchado en la televisión, o tal vez un sueño, y supo de quién a quien le pertenecía cuando se dio cuenta que resonaba dentro de su cabeza.
Parpadeó varias veces, todavía con la garganta estrujada, y se encontró con la mirada preocupada de Kobori, quien se había puesto de rodillas a su lado.
―¿Estás bien? Mierda, lo siento mucho ―se apresuró a decir, escupiendo las palabras como si apenas pudiera formularlas―. Pensé que eras uno de los otros.
Kagami sacudió la cabeza, medio mareado, pero recogió el arma y se puso de pie. El de Kaijou lo imitó.
―Sí, estoy bien ―volvió a sacudir la cabeza y tosió un poco, solo lo suficiente para quitarse la molesta sensación de ahogo de una vez por todas, y retomó por completo su papel de imbécil intocable―. ¿Qué mierda me hiciste? Estaba seguro que moriría.
Kobori hizo una mueca, pero todos los rastros de angustia ya habían desaparecido por completo de su rostro. Estaba concentrado otra vez.
―Radiación. Doce horas a mi lado te deja enfermo por el resto de tu vida. Un ataque directo, te mata en un minuto.
Comenzaron a avanzar, caminando juntos pero envuelto en sus propios pensamientos. Taiga se mordió la lengua, intentando no preguntar algo más allá de lo adecuado, cosa que a él se le daba extremadamente bien.
―Ah ―farfulló, y se sintió como el idiota más grande de la Tierra.
Tal vez más tarde, pensó, podría preguntarle a Kuroko, pero entonces recordó qué estaban haciendo, en qué grupo estaba el peliceleste y que la posibilidad de que ambos terminaran vivos eran muy pocas. Quizás, con un poco de suerte, el equipo Diamante destruiría el virus, pero siendo realista quien más probabilidades tenía de sobrevivir en ese grupo era Akashi, y no Tetsuya. Ni siquiera Miyaji y su invulnerabilidad.
A decir verdad, ni siquiera tenía mucha confianza en que él mismo llegaría con vida a las dos de la madrugada.
―¿Tienes alguna idea de dónde están los demás? Estamos demasiados dispersos y faltan… ―Kobori le echó una ojeada al reloj de su muñeca, sin dejar de caminar por ningún momento― siete minutos para que Diamante se infiltre.
―Nosotros nos dividimos. Ya deberían estar por llegar.
El mayor torció el gesto, estresado, y Kagami no pudo evitar copiarle. Sentía la sangre cosquillearle fervientemente, salvaje y caliente, a punto de abrirse paso por sus poros e incendiarlo todo. Se pasó la lengua sobre los dientes, todavía percibiendo el sabor a oxido en su paladar, e inmediatamente le invadieron las ganas de escupir.
―Iré al piso de arriba. Tú quédate y vigila si alguien viene. Estamos contra el tiempo ―indicó el de Kaijou―. Si algo se mueve, dispara primero y pregunta después.
El pelirrojo asintió y se descolgó la otra pistola, entregándosela a Kobori, quien simplemente la agarró y se escabulló por las escaleras.
Su concentración se deshiló; dejó vagar sus pensamientos en diferentes direcciones, sin alejarse demasiado del momento en que estaba ni de lo que sucedía. Pensó en sus compañeros, sus amigos, donde estarían y si sobrevivirían a ello. Pensó en Alex y Tatsuya, en su padre, en su madre… Pensó en Kuroko, cómo estaría, y el deseo ferviente, casi enfermizo de que sobreviviera. Por encima de cualquier cosa.
―¿Hay alguien por ahí? ―preguntó, registrando el más leve rastro de calor a su alrededor―. Kise, ¿puedes escucharme? Dime si hay alguien aparte de mí y Kobori en el edificio.
La respuesta tardó al menos treinta segundos en llegarle.
―Fukui-san y Hayama-san están en camino.
―Están a cuarenta metros del edificio ―intervino Takao, el líder de vigilancia en del equipo Rubí―. Hay cinco guardias de por medio. Dos a trece metros y tres a veinte.
―Danos cuatro minutos ―declaró Fukui.
―Que sean dos y medio.
Las voces venían de todas partes, como si dentro de su cabeza hubiera una gran conferencia y el mundo entero estuviera invitado, mas no le disgustó. Al contrario de lo que esperaría, se alegró de saber que podía escucharlos, aunque fuera de manera psíquica. Al menos así sabía que estaban vivos.
―Estoy en el edificio ―anunció la voz de Wakamatsu, uno de los tipos de Tōō que apenas conocía.
―Y yo ―añadió Kasamatsu.
―Igual ― esta vez fue Midorima.
Hubo más avisos, diferentes matices mentales que no siquiera se molestó en identificar y clasificar –aunque sabía perfectamente que tarde o temprano tendría que hacerlo–, y simplemente caminó a través de los pasillos, nuevamente concentrado y con los sentidos alerta, asegurándose de que no hubiera ningún tipo de amenaza cerca, solamente ellos.
―Faltan cuatro minutos para infiltrarse en el edificio administrativo.
La voz de Hyuga lo sorprendió, sacándolo momentáneamente de base, pero simplemente sacudió la cabeza y siguió. Estaban contra el tiempo, estaban bailando al filo de acantilado y sin alguno de ellos no podía sentirlo es que realmente no estaba comprometido con la misión. Sintió un apretón en el pecho, con si alguien hubiera metido la mano en su tórax y estrujado el corazón contra las costillas, cuando pensó en Kuroko y los otros, a punto de meterse en el lugar más protegido de la puta cárcel y destruir el virus. Si algo llegara a pasarle, a él o a cualquiera de sus amigos… Realmente no sabía si tendría ganas de seguir viviendo. Bueno, si es que quedara vivo.
―Llegué ―avisó Haizaki, con esa voz de burro drogadicto que tenía resonando como cortadas dentro de su cabeza.
―¿Sabes dónde está Nijimura-senpai? ―inquirió Kise, y sonaba tenso.
El otro rechistó, o más bien gruñó.
―¿Acaso soy su niñera o una mierda así? Él es de diamante, puede cuidarse solo.
―Eh, Zaki-chin es el único que puede entrar en la mente de… Ah, sí, estoy en el edificio ―declaró Murasakibara.
El rechinido de una puerta abriéndose hizo que Kagami se detuviera, alzando el arma y dejando que sus llamas incendiaran sus ojos hasta que las sintió lamer frenéticamente sus párpados. Se agazapó con cautela, listo para cualquier cosa, y prácticamente aplastó el gatillo contra la yema de su dedo.
―Un paso más y decoraré el piso con tus sesos ―amenazó, y el rugido furioso en que se había transformado su voz casi lo asustó. Se parecía al crepitar del fuego contra la madera, o el carbón. Peor aún, se escuchaba como si estuvieran cremando un cadáver.
La puerta se abrió por completo, y un borrón color azul salió disparado de la pequeña abertura. Aomine.
―Tranquilo, idiota, que soy yo ―escupió con desagrado, como si el simple hecho de dirigirse hacia el pelirrojo le produjera náuseas. Pues ya eran dos―. Además, ya quisieras ver el día en que una bala pudiera alcanzarme.
Kagami lo miró con el ceño fruncido, molesto. Remitió las flamas de sus ojos hasta convertirlas en una chispa. Se dio la vuelta y comenzó a caminar.
―Jódete, sabes. No tengo tiempo para tu mierda.
El otro echó a correr, transformándose en una mancha de color azul difuso que desapareció en menos de tres segundos.
―Puta ―espetó Aomine, masticando la palabra con tanto desprecio que fue como si lo dijera en persona.
El pelirrojo, por supuesto, hizo lo propio.
―Cretino.
Giró en la esquina más próxima, encontrándose cara a cara con Hanamiya, el amigo con cara de asesino de Imayoshi, y Riko, a unos cuantos metros de distancia. Ella tenía el ceño profundamente fruncido, arrugando la nariz en un claro gesto de molestia, pero parecía bajo control. Él, por el contrario, parecía continuar dispuesto a matar a cualquiera que decidiera acercársele más de dos metros.
―Kagami-kun―suspiró la chica, aliviada―, que bueno que estás bien.
Los miró a ambos, y asintió. No vaya a ser que el sujeto se sintiera ofendido por ignorarlo.
―Sí, también es bueno… verlos. A ambos.
El rostro de Hanamiya se deformó en una mueca fea, llena de desprecio y algo parecido al odio, pero al final chistó la lengua, y echó a andar en la dirección opuesta, yendo hacia el pasillo principal.
Riko bufó y fingió no haber visto nada.
―Faltan alrededor de dos minutos y cincuenta tres para que el equipo Diamante de el golpe ―anunció Hyuga.
Comenzaron a seguir los pasos del otro, recorriendo el corredor con pasos firmes y decididos. Kagami se percató, aunque de una manera muy efímera, que Aida también tenía un cinturón de guardia sujeto a la cintura, con tres armas listas para ser usadas.
Casi se echa a reír.
―¡Hey! ―gritó una voz, la de Nijimura, y ambos voltearon para encontrárselo.
Venía entrando corriendo por uno de los pasillos adyacentes, el que daba hacia la cafetería, y su piel, que en ese momento era de piedra, comenzó lentamente a transformarse en carne y hueso. Fue algo sorprendente de ver.
―Nijimura-kun ―murmuró Riko, soltando un suspiro―. Faltan dos minutos para el ataque. Los demás están esperando en corredor especial.
Era extraño no tener una conversación psíquica, pero no se sentía mal del todo. Más como si estuviera haciendo algo en lo que estaba oxidado.
El mayor asintió, siempre serio y con los ojos trozos de plata hirviendo, y comenzó a caminar.
Entonces, sin el menor de los avisos, Riko lanzó un grito, fuerte y doloroso. Ambos chicos voltearon, asustados, viendo como la muchacha se sujetaba la cabeza con fuerza y comenzaba a sangrar por la nariz, antes de caer de bruces al suelo.
―¡¿Riko?! ―jadeó Kagami, acelerado―. ¿Qué demonios-?
Antes de terminar la oración, el pelirrojo fue asalto por un dolor severo, indescriptible, que comenzaba en la médula y se esparcía por todo el cerebro, quemándolo y carcomiéndolo como si fuera ácido. Gruñó entre dientes, atenazado por el dolor, e igual que Aida comenzó a sangrar por la nariz, dejando un reguero sanguinolento por todo su rostro.
Cayó al piso. Sintió cómo la gravedad jalaba de él, de espaldas, hasta estrellarse finalmente en el cemento. Jadeó con violencia, tratando de alejar aquella agonía que sólo parecía incrementarse, pero lo único que logró fue entrar en estado de shock.
―¿Qué diablos? ―maldijo Nijimura, adoptando inmediatamente su forma diamantina. Observó a sus compañeros, quienes comenzaban a temblar de manera incontrolable, al tiempo que de las orejas les salía un hilillo delgado de color rojo―. Demonios, maldición, ¿qué rayos pasa…?
Frenético, con la adrenalina corriendo a través de sus venas como pólvora, agarró a cada uno de ellos y los arrastró hasta el lugar de encuentro, donde el resto de sus compañeros estaban en el mismo estado que Riko y Kagami, como si estuvieran a punto de morir. Recorrió con la mirada el espacio cerrado, observando sus rostros y tratando de pensar lo más rápido posible en una solución, aunque no tuviera ni las más putísima idea de que hacer.
Localizó varios cabellos de colores ―azul, verde, púrpura―, el de sus chicos, y vio con horror cómo todos ellos se encontraba igual que los demás. Midorima tenía la esclerótica completamente negra, mientras que el iris se había tornado rojo, igual que siempre que utilizaba sus poderes, pero esta vez tenían un brillo opaco, como si estuviera muriendo.
Solo de pensarlo la sangre se le congeló en las venas.
Aomine estaba más lejos, vibrando como una máquina, casi desdibujado, pero lo suficientemente claro para ver la sangre fluir de su nariz. Murasakibara estaba igual, y a falta de más colores, Nijimura se giró sobre sus pies y comenzó buscar.
Haizaki.
Lo encontró al otro extremo del corredor, temblando, prácticamente hecho un ovillo contra el cemento. Le sostuvo la mano, y en el instante en que cambió de diamante a piel y músculo, sintió inmediatamente el tirón psiónico que producía el contacto directo con el mocoso.
Dolió, como siempre, pero se pasó de rápido.
―¿Alguien me oye? ―gritó, y su la desesperación que teñía su mente casi le sorprendió. Estaba al borde―. Maldición, maldición. Necesito saber si alguien puede escucharme. Todos los demás cayeron como fichas de dominó, y no sé por qué. Si alguien me escucha, si alguien puede…
―¿Nijimura-san?
La voz de Akashi. Clara, perfecta, como si estuviera hablando a su lado. Percibió un leve tono de ansiedad, casi imperceptible, pero suficiente para despertar lo poco de quedaba de pánico dentro de Shuuzou.
―¿Akashi?, ¿qué demonios pasa? Todo el mundo simplemente cayó, y están sangrando, como si alguien los hubiera atacado mentalmente. ¿Qué rayos está pasando…?
Se hizo silencio, profundo, roto por los continuos jadeos forzosos de Haizaki y los demás. Tragó grueso. No podía esperar más. Si continuaba sosteniendo la mano del otro terminaría…
―Es una fractura mental** ―anunció el pelirrojo, y esta vez fue más que evidente su agitación―. Le dispararon a Ryota.
Aligerar la carga*: la mutación de Okamura es le da la habilidad de condensar las moléculas a voluntad, es decir, puede hacer que cualquier tipo de materia, orgánica o no, cambie de peso. Para que puedan entenderme, lo que quiero decir es que puede hacer que una pluma sea tan pesada como un árbol, o que, por el contrario, sea tan ligero como una pluma. No importa cuántas cosas llevaran los chicos en sus maletas, continuarían siendo tan livianas como si estuvieran vacías.
Fractura mental**: se le llama fractura mental cuando un telépata, o alguien que está utilizando la telepatía sufre un accidente, mayormente físico, y éste se transmite al resto de las mentes a la que estaba conectada, enviando ráfagas de zumbidos psiónicos para reducir el dolor que padece. Este tipo de fenómenos son poco frecuentes, más que nada por el hecho de que tiene que ser algo muy grave para que un telépata comience a transmitir de manera involuntaria sus vibraciones mentales, y la única forma de que éstas no maten o hieran irreparablemente a los otros es si alguien con una telepatía mayor es capaz de romper el vínculo.
Seguramente muchos/as deben estarse preguntando de qué va la mutación de Haizaki, y como me siento feliz por haber vuelto con ustedes, se los explicaré: él tiene la habilidad de absorber el psique de los demás a voluntad, sean mutantes o no, lo que le permite no solamente replicar sus mutaciones, sino también de retenerlas, aunque solo por corto tiempo. A diferencia de la de Kise, él necesita hacer contacto físico con la otra persona, y aunque eso parece tedioso, al hacerlo también absorbe los recuerdos de los propietarios, teniendo la ventaja de aprender de primera mano cómo controlar el poder obtenido. Gracias a esta habilidad es que Nijimura pudo hablar telepáticamente con Akashi, ya que al estar su mente temporalmente conectada con la de Haizaki, su escudo mental se ve reducido casi completamente.
La mayor desventaja de esta mutación es que, si nuestro querido Zaki-chin mantiene contacto físico por demasiado tiempo –dígase un minuto y medio, o dos– puede llegar a absorber completamente a la otra persona, convirtiéndola en una parte permanente de él, dejando al otro en coma o posiblemente muerto.
Eso es todo. Gracias, mil gracias por esperarme y apoyarme durante este largo tiempo de hiatus. Ustedes significan todo, y es gracias a sus comentarios que estoy aquí de vuelta. Los amo.
Estoy escribiendo un long-fic de Free!, situado en el siglo XIX, y tal vez lo publique. Es un ReiGisa, así que si les gusta la pareja estén pendientes (?), que pronto haré el estreno. También, estoy beteando un fanfic de Marvel, grandioso, y si todo lo que les he explicado en las notas llamó un poco su atención, pásense por mi perfil y échenle un vistazo. Se llama Warsong: Here Comes Tomorrow. ¡Yay!
Y sin más, me despido. Ya saben, déjenme un review, follow, fav, lo que sea, todo lo que me den será bien recibido y ayudará a que no caiga en depresión clínica. Los amo, los adoro a todos.
Besos. Cuídense.
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