Capítulo XII: El amargo sabor de la traición
Pasó una semana desde el encuentro íntimo entre Ginny y Miranda y la pelirroja se hallaba sentada en su celda, pensando, sus ojos rojos de tanto llorar. Y lo que le daba más rabia era que había estado derramando lágrimas por la misma persona en los últimos siete días, evidenciando lo mucho que significaba Hermione para ella y, aunque Ginny todavía tuviera ciertas reticencias a admitir que sentía cosas distintas a la amistad por la castaña, ya estaba siendo cada vez más difícil alejar a Hermione de su mente. Ginny no tenía ni la más remota idea de por qué se sentía atraída por la castaña, no sabía qué había hallado de especial en esa interna en particular, pero el sentimiento era irreprochable. Imposible de soslayar.
Fuera de todo lo que cargaba en su mente, una parte de la pelirroja quería hallar a Hermione, abrazarla, apretarla contra una pared y besarla hasta que sus labios se hicieran trizas. Pero, siempre cuando esa mitad pugnaba por salir a flote, la otra mitad se elevaba como un coro de monstruos infernales para acallar a la parte rebelde. Ginny se sentía como dividida en dos; una parte de ella quería hacerle caso a su mente y la otra quería prestar más atención a su corazón. Como consecuencia, la pelirroja se quedaba como en blanco, sus conciencias inmersas en una dolorosa y desconcertante paradoja. "Sólo tu corazón sabe lo que es correcto o no" había dicho Hermione, pero el suyo estaba anegado en el sufrimiento, latiendo con menos fuerza cada vez que evocaba la imagen de la castaña y Sylvia abrazadas, con la piel al aire, besándose, haciendo lo que a Ginny le habría gustado hacer…
De golpe y porrazo, al recordar lo que había visto hace una semana atrás, Ginny sintió unas ganas casi abrumadoras de demostrarle a Hermione lo que sentía por ella, como que se sentía en la necesidad de ser mejor que esa estúpida de Sylvia, motivada por sus sentimientos. Aunque no creía que fuera amor, sí se trataba de una atracción que no podía entender, ni menos explicar. ¿Cómo una chica podía explicar con palabras sensatas por qué se sentía atraída por otra chica? No había forma de hacerlo. La única manera de descubrir sus verdaderas emociones era actuando sobre sus deseos. Ya sabía que tocar y besar a otra mujer no era, ni por asomo, el acto extraterrestre y fuera de lugar que le había descrito su madre y otras personas. Lo único en lo que debía poner cuidado era en la forma en que se aproximaría a ella. Ginny creía que lo mejor era comenzar de forma suave, caricias en zonas lo más alejadas de la intimidad posible y besos ligeros, meros roces de labios. Deseaba que Hermione se sintiera cómoda con ella y no como si estuviera cayendo en una ratonera. Y para lograrlo, necesitaba despejarse de toda la tristeza anterior, distenderse, echar unas cuantas risas al aire y adoptar un pensamiento más positivista, desplegar un aura contagiosa que cautivara no sólo a Hermione, sino que a la gente que la rodeaba.
En resumen, necesitaba volver a ser la persona que era antes de caer en prisión.
El día siguiente, Ginny se levantó de buen humor, producto de un largo y tranquilo sueño. Pese a que no llegaban los rayos de sol a su celda, una sensación como de querer saltar muy alto se apoderó de su anatomía y se puso de pie en fracciones de segundo. Debían ser como las nueve de la mañana, lo que significaba que las celdas estaban a punto de ser abiertas para que las internas bajaran a desayunar. Dos minutos después, el sonido de metal friccionar con metal reverberó en toda el Ala Sur de la prisión y las prisioneras salieron en fila india, bajando las escaleras las que estaban en pisos superiores y marchando hacia el complejo principal de la prisión, donde estaban los comedores, las barracas de los gendarmes y la oficina del alcaide.
En el comedor, las mujeres del Ala Sur tomaron todos los puestos que estaban en el lado sur del recinto y los monstruos del Ala Norte se sentaron en los puestos del lado norte. Aunque esto se hacía, en teoría, para prevenir peleas, éstas podían surgir prácticamente de cualquier conversación. Ginny, ya acostumbrada al ambiente tenso del desayuno, se reunió con las amigas de Hermione, quien todavía debía pasar una semana más en el Agujero del Demonio por su comportamiento en el pasillo principal del Ala Sur. Miranda ya había partido de Nueva Nurmengard y había enviado una carta a cada una de sus amigas, incluida Ginny, diciendo que había logrado encontrar un trabajo provisorio antes de retomar su puesto en la firma diseñadora de lencería en la que laboraba antes de caer presa. Cuando Ginny leyó la carta, se dio cuenta que había una postdata en el pedazo de pergamino que sostenía con sus dos manos sobre la taza de leche grumosa que tenía por desayuno. Decía que le había gustado mucho lo que habían hecho en los baños de la prisión y que ella estaba destinada a ser una amante sutil y sensual, cualidades que las mujeres lesbianas y quienes les gustaran probar cosas nuevas ansiaban hallar en sus compañeras. Ginny se puso ligeramente colorada cuando terminó de leer su carta. Laura y Stephanie se dieron cuenta del rubor de su amiga y tuvieron que taparse la boca con las mangas de sus uniformes para suprimir las risas. Luna parecía no prestar atención a sus amigas, sino que miraba hacia el techo, como esperando que algo o alguien cayera desde el techo.
-Déjanos ver la carta Ginny –pidió Laura, con una expresión de perrito necesitado en su cara-. Queremos saber lo que te escribió Miranda. Anda, vamos. No seas tímida.
La pelirroja dudó por unos momentos antes de pasar su carta a sus amigas, no pudiendo evitar ponerse roja otra vez. Laura y Stephanie se juntaron hombro con hombro para leer juntas la postdata de la cara de Ginny. Después de leer, ambas adoptaron una expresión más seria, pero no menos alegre.
-Bueno, creo que Miranda te tiene en alta estima Ginny, pese a que te conoció poco –dijo Stephanie, devolviendo la carta a la pelirroja, quien esperaba que las dos se rieran con lo que Miranda había escrito-. Una amante sutil y sensual. Es lo que toda mujer, lesbiana o no, desea.
-No me hagas sonrojar –murmuró Ginny, aunque en el fondo se sentía profundamente halagada por las palabras de Miranda. Luego miró a sus amigas y se dio cuenta que Stephanie la miraba fijamente a los ojos, pero no se trataba de una mirada empalagosa, como la que mostraban muchos hombres para hacer méritos frente a una chica. Ginny se sorprendió al ver la mirada de la pelirroja (tanto Ginny como Stephanie tenían el cabello rojo). Stephanie no era lesbiana ni estaba interesada en experimentar con otras chicas, pero había algo en los ojos de ella que transmitía un deseo por probar algo que nunca había hecho en su vida.
-¿Qué sucede? –inquirió Ginny, tratando de no sonar acusadora.
Stephanie se tomó su tiempo para responder.
-Bueno, es que Miranda era una de mis mejores amigas aquí en la prisión y aprendí a confiar en todo lo que hace y dice. Y, si ella dice que eres una amante sutil y sensual, yo le creo. –La pelirroja hizo una pausa para ordenar sus ideas y tratar de no ponerse colorada-. Bueno, lo que pasa es que quiero comprobarlo por mí misma. Me animé a hacerlo, no sé cómo pero me entraron las ganas.
Ginny apenas podía creer lo que estaba ocurriendo. Bastó un cambio de actitud para que, de la noche a la mañana, ella se convirtiera en un objeto de deseo. Bueno, aquello era una exageración, pero al menos estaba en buen camino para convertirse en lo que deseaba ser. Decidió aceptar la petición de Stephanie, una porque sentía curiosidad por sentir el deseo de otra mujer y otra porque podría ayudarle a sentirse más cómoda con otra mujer, con miras a acometer la tarea más importante y la que su corazón más deseaba.
Hermione.
Laura observaba con atención la electricidad fluir entre Ginny y Stephanie. Aunque ella tampoco era lesbiana ni tenía intenciones de experimentar con nadie, fruto de una excelente relación con su novio, podía percibir las ganas de ambas pelirrojas por estar juntas como si estuvieran escritas en grandes caracteres sobre la mesa. Luna mientras tanto, había dejado de mirar al techo y estaba concentrada también en Ginny y Stephanie. Había captado algo que ninguna de las presentes se había dado cuenta. Parecía ser que Ginny era una mujer muy diferente a las que conocía, era más especial de lo que ella misma creía. Y la rubia entendió que, aunque Ginny se atreviera a probar con otras chicas, sólo con Hermione podría encender fuegos artificiales.
A medida que pasaban los días, Ginny iba ganando en confianza y felicidad, algo realmente difícil de conseguir dentro de una prisión. Las brutas del Ala Norte siempre trataban de aguarle el panorama a la pelirroja, pero ella siempre se escurría por recovecos ocultos que aquellas brujas sin cerebro no podían saber de ningún modo. Su estrecha amistad con Stephanie no sólo el enseñó a ser más vitalista, sino que la otra pelirroja conocía mejor que nadie los rincones ocultos de la prisión y andar por ellos para evitar a los ogros que merodeaban por los pasillos del Ala Norte. Y, desde luego, después de varios días en los que ambas pelirrojas conversaban animadamente, con frecuentes colaboraciones de Laura y Luna, ambas se atrevieron a hacer lo que acordaron en un principio. Era la tarde del séptimo día desde que Ginny decidió introducir todos esos cambios en su vida, y ella y Stephanie se dirigieron hacia los baños, evitando cualquier riesgo de violación y se encerraron en un cubículo, como había hecho con Miranda hace dos semanas atrás. Este cubículo era algo más espacioso que el resto y podían permitirse hacer otras cosas.
-Estoy un poco nerviosa –confesó Stephanie, secándose algo de sudor en su frente-. Jamás he hecho algo como lo que estoy a punto de hacer, pero quiero sentir esa sutileza y esa sensualidad de la que habló Miranda.
-Yo tampoco he hecho esto muchas veces –admitió Ginny, con una leve sonrisa en su cara-, pero esta vez me siento más preparada que antes. ¿Estás lista?
Stephanie asintió.
Las manos de esta última se elevaron y acariciaron con algo de tiento e rostro terso y suave de Ginny. La pelirroja sintió la mano sedosa de Stephanie deslizarse de forma trémula por sus mejillas e hizo lo mismo, pero con más confianza. Luego de varios momentos de caricias robadas, Ginny tomó la parte posterior del cuello de Stephanie y jaló suavemente hacia ella, cosa que sus labios estuvieran más próximos que antes. Sus respiraciones se cruzaban, sus aromas se mezclaban.
-¿Te atreves? –preguntó Ginny en un susurro. No sabía de dónde estaba sacando tanta confianza para comportarse de esa forma, como si el espíritu de Miranda se hubiera, de alguna forma, colado en su interior. Stephanie asintió nuevamente.
Ginny se acercó a la otra pelirroja, tomándole las mejillas con suavidad y, lentamente, su boca se acercó a la de ella. Los labios de Stephanie temblaban un poco al darse cuenta que iba a ser besada por otra mujer por primera vez. Y, después de unos momentos que pudieron parecer semanas, ambos labios se tocaron y se mezclaron.
Stephanie sintió que sus vellos se erizaban a causa de los nervios, pero la sensación fue pasajera. Era muy familiar lo que estaba sintiendo, como si ya lo hubiera hecho antes. Por supuesto que lo había hecho antes, pero con chicos, por lo que le resultó extraño que resultara tan similar a sus demás experiencias. Ginny estaba sintiendo algo similar, pero con la confianza y la felicidad que sentía en su interior, todo pasaba a ser más sencillo y el hecho de estar besando a otra mujer ya no era una experiencia abrumadora, sino que parte de su vida. Y, mientras abandonaba los labios de Stephanie para estimular dulcemente su cuello, se dio cuenta que las dudas surgían cuando uno estaba preocupado, triste o confundido, mientras que éstas se evaporaban cuando uno se sentía contento, despreocupado y libre.
-Me gusta mucho –gimió Stephanie, justo en el momento en que el cubículo contiguo se abrió y se cerró casi al instante. Ginny se encogió de hombros y siguió lamiendo lentamente el cuello de la otra pelirroja, mientras que sus manos buscaban tranquilamente los pechos de Stephanie para poder acariciarlos también. Ella casi saltó cuando se dio cuenta de las intenciones de Ginny pero aquello le hizo darse cuenta que Miranda tenía razón; la pelirroja que la estaba tocando era sutil y, al mismo tiempo, sensual. Si no lo fuera, no sentiría carne de gallina ni reaccionaría de esa forma cada vez que Ginny la tocaba en un lugar distinto.
Y Ginny y Stephanie siguieron en lo que estaban por diez minutos más hasta que ambas tuvieron suficiente y salieron del baño, charlando alegremente acerca de la primera vez de Stephanie con otra chica. Y, aunque ella estaba dispuesta a pasar por ello una sola vez, ahora sabía cómo reaccionaba su cuerpo cuando alguien la estimulaba de la forma correcta y, por lo tanto, tenía las armas para elegir al mejor hombre que pudiera encontrar.
-Gracias por darme esta experiencia Ginny –dijo Stephanie, dándole un breve pero apretado abrazo-. Ahora sé qué buscar en un hombre, sé cómo me tiene que hacer sentir.
-Me alegro que haya sido de tu ayuda –repuso Ginny mientras subía las escaleras que la conducían a su celda-. Espero que seamos siendo amigas después de esto.
-Cuenta con ello –dijo Stephanie, y se dirigió en dirección contraria, directo a su celda. Ginny se encaminó a la suya propia justo cuando la campana que señalaba el fin del recreo. La celda se cerró sola tras ella y Ginny pudo comprobar que Hermione había regresado del Agujero del Demonio. Estaba sentada en su litera, mirándola con ojos vacíos, como si no pudiera ver su entorno, su expresión ausente. No obstante, pareció reaccionar cuando vio a su compañera de celda acercarse.
-Ah, ya llegaste.
Ginny se dio cuenta al instante que la voz de Hermione ya no sonaba como antes. Había un ligero tinte de desdén en su hablar, mezclado con un profundo resentimiento que no podía imaginar de dónde provenía.
-¿Qué te ocurre? –quiso saber Ginny, sinceramente preocupada por su amiga.
-Nada –respondió la castaña con la misma voz desdeñosa y resentida de antes-. A menos que "nada" signifique que una de tus mejores amigas te haya vendido al alcaide por una tontería.
Ginny no entendía las palabras de Hermione.
-¿Qué estás diciendo?
De pronto, la castaña se puso de pie. Su rostro ya no lucía ausente, sino que furioso, lleno de rabia.
-¡Estoy diciendo que TÚ me delataste al alcaide por algo que ni siquiera hice! ¡Según tu testimonio, decías que yo estaba desnuda, besándose con esa Sylvia en el corredor del Ala Sur! ¡Yo ni siquiera estaba en el Ala Sur! ¡Yo estaba en el baño en ese preciso momento!
Ginny, de improviso, entendió a lo que estaba refiriéndose Hermione.
-Hermione. Yo no te delaté. Fue… fue Miranda. Yo… estaba demasiado dolida como para ir con el alcaide. Estuve llorando toda la tarde por lo que vi.
-¡Sí, échale la culpa a alguien que ya no está libre en la prisión! –exclamó Hermione con rabia mal contenida-. ¡Yo misma escuché al alcaide decirme que tú había visto todo y corriste hacia ella para acusarme! ¡Supongo que quieres quedar bien con ella para que te haga más favores!
La pelirroja desconocía a la mujer que tenía enfrente. No hallaba ninguna forma de solucionar el asunto de forma pacífica, no con una Hermione temperamental.
-No sé de qué estás hablando Hermione –dijo Ginny con voz queda-. Y no fui donde el alcaide para acusarte de nada. Como dije, estaba muy dolida con lo que vi, después que me prometiste que no te meterías con Sylvia, ¿recuerdas?
-¡Te dije que no me metí con Sylvia! ¡Yo estaba en otro lugar!
-Pero yo y Miranda te vimos…
Ginny no pudo completar la frase. Hermione le había propinado una virulenta bofetada en la mejilla derecha de la pelirroja. Lágrimas se derramaron de los ojos de Ginny, mirando a la castaña tristemente.
-¡Esta bien! ¡No creas ninguna palabra de lo que digo! ¡Pensé que éramos amigas y que me ibas a apoyar! ¡Parece que todo lo que vivimos juntas fue una mentira! ¡ME TRAICIONASTE!
Ginny no hallaba ninguna palabra con la cual apaciguar el turbulento ánimo de Hermione. Se limitó a quedarse de pie, mirando a la castaña como si fuera la primera vez que la viera apropiadamente.
-No me vuelvas a dirigir la palabra nunca más. Mañana voy a solicitar un cambio de celda para alejarme de ti, maldita puta.
Y Hermione se trepó a la litera superior, sin molestarse en gastar una mirada en Ginny. Ella se quedó de pie por un par de minutos, para luego recostarse lentamente en su litera, sin poder evitar derramar lágrimas. Se quedó mirando el colchón de la cama de su ex amiga por un tiempo indeterminado, hasta que el dolor fue demasiado grande para poder soportarlo. Esto era aún más doloroso que las violentas violaciones de los ogros del Ala Norte.
Ginny no pudo más. Se recostó de lado y lloró miserablemente en su cama. Parecía increíble que hace media hora atrás estuviera tan contenta.
Parecía ser que el calvario en Nueva Nurmengard no tenía fin.
