Korite sudaba a mares mientras frotaba aquellas extrañas prendas de ropa sobre las piedras, tratando de dejarlas lo más limpias posible. A pesar de que notaba el rostro siendo recorrido por diferentes gotas de sudor que incluso llegaban a metérsele en los ojos, no apartó las manos de su labor en ningún momento, fiel a la disciplina que le habían inculcado desde pequeña: cuando se llevaba a cabo una tarea, por nimia que sea, había que concentrarse en la misma, ignorando el calor, el frío o el cansancio. Por ese motivo, a pesar de que la cueva subterránea donde las gerudo lavaban la ropa en aguas calientes alcanzaba temperaturas similares a la de una sauna, la chica seguía centrada en su trabajo.

Normalmente a ella no solía tocarle hacer la colada, pues su puesto solía estar en las cocinas, pero desde que la hyliana llegó también tenía que lavar su ropa, no porque ella se lo hubiera ordenado, sino porque las demás se negaban a tocar esos vestidos. Consideraban casi una ofensa que la extranjera no se hubiera molestado siquiera en pedir algunas ropas más propias de la tribu, sino que hubiera seguido vistiendo las ropas que había traído con ella, por lo que Korite, que se compadecía al verla sudar con aquellos vestidos tan gruesos, decidió que ella los lavaría.

No era fácil dejarlos limpios, por mucho que frotara y refrotara en el agua caliente. La tela de la que estaban hechos no transpiraba muy bien, por lo que a pesar de los perfumes y del aseo diario al que la hyliana se sometía, las prendas siempre llegaban oliendo fuertemente a sudor. Korite se dejaba los dedos frotando la ropa con aceites y polvos para sacar la suciedad de la misma, empleando todas sus fuerzas en el proceso a pesar de que luego le dolían los brazos. Si bien era cierto que, al igual que las demás apenas había tenido contacto con la forastera salvo en los casos más necesarios, tenía la impresión de que no era tan altiva como las demás creían. Las otras pensaban que se negaba a pedir ropajes de la tribu por considerarse superior a la misma, mas Korite sospechaba que tal vez no lo hacía por el simple hecho de que la ropa que había traído con ella eran los últimos vestigios que tenía de su hogar. A veces no podía evitar reflexionar sobre como debía sentirse aquella joven, lejos de todo lo que siempre había conocido y teniendo que vivir en un lugar difícil donde las demás la ignoraban.

Sacó el vestido del agua, frunciendo el ceño al percatarse de que el olor no había salido del todo. Volvió a colocarlo sobre la piedra que usaba a modo de tabla de lavar y aunando todas sus fuerzas, volvió a frotar con saña, apretando la prenda contra la piedra lo máximo posible.

Le dio la impresión de que todo sucedía a cámara lenta: el vestido se enganchó con algún saliente o simplemente de tanto frotarlo estaba pasado; fuera como fuese la tela se rasgó al mismo tiempo que Korite frotaba. La gerudo sacó la prenda del agua, sus ojos horrorizados abiertos de par en par. Había destrozado uno de los vestidos de la hyliana, cosa que no le agradó en absoluto. Suspirando, dejó la prenda destrozada a un lado, mientras que se mordía el labio. Iba a tener que comprarle uno nuevo para compensar el que le había roto, aunque dudaba que pudiera encontrar una prenda de ese tipo en la Ciudadela Gerudo. Lo único que solían vender eran atuendos tradicionales de la tribu…


La ropa se pegaba al cuerpo de Zelda como si fuera una segunda piel, el sudor cubriéndola por completo mientras observaba manteniendo una pose tensa al nudillo de hierro que la acechaba. A pesar de su aspecto amenazador, la princesa sabía bien que su peculiar contrincante no haría nada que fuera demasiado complicado para su nivel de lucha, pero a pesar de esa pequeña confianza que la hacía no temer la confrontación, permanecía alerta, pues aunque su enfrentamiento con aquella criatura no fuera ni por asomo similar a los que tuvo con Aveil, tampoco era un paseo por el campo.

Habían pasado otras dos semanas desde que Ganondorf intercediera por ella cuando fue derrotada por la gerudo y, desde entonces, había sido él quien se había encargado de llevar el entrenamiento de la joven, conjurando monstruos a los que la hacía enfrentarse, argumentando que Aveil y las demás serían incapaces nunca de dejar de humillar a su esposa. La princesa mentiría si dijera que no agradeció el cambio, aunque al principio estuviera aterrada, temiendo que el hombre la torturase del mismo modo que habían hecho las demás; aunque tuvo que admitir que se equivocó cuando comenzó a entrenar bajo su supervisión cada mañana y se fue percatando de que realmente sus habilidades iban mejorando. Primero la hizo luchar contra moblins, escurridizos pero no especialmente complicados y, desde hacía unos días, la hacía enfrentarse a los nudillos.

La primera vez que Zelda vio a aquella criatura recubierta por una armadura que casi parecía impenetrable y sosteniendo aquella hacha que bien podría partirla en dos, sintió verdadero temor, hasta el punto en que Dragmire tuvo que deslizar su mano por el filo del arma para demostrarle que a lo máximo lo único que le haría serían unos cuantos cardenales.

Respirando agitadamente por el esfuerzo y el calor, se preparó para defenderse, mientras que interiormente lamentaba que el aprendizaje de la lucha que seguían las gerudo no fuera más similar al que seguían en Hyrule. Zelda había visto entrenar a sus soldados, siempre siguiendo unos pasos previos, casi como si bailaran. Primero aprendían las fintas y los movimientos y luego los llevaban a la práctica, cosa que nada tenía que ver con el entrenamiento que seguían en el desierto. Allí aprendían a base de la experiencia, por lo que desde un principio se enfrentaban entre si, con el objetivo de que cada uno fuera desarrollando la táctica de lucha que más se le adaptara. Zelda, con su esbeltez y poco peso, había descubierto que lo suyo era la velocidad y la agilidad y en eso la estaban entrenando.

—Atácala —Zelda escuchó la voz del gerudo a sus espaldas dando la orden al nudillo. El aludido no se hizo de rogar, pues con una serie de pesados pasos, comenzó a avanzar hacia Zelda, que lo observaba parada en su sitio, tensa. Su objetivo era evitar el golpe del enemigo y luego ser capaz ella misma de golpearle con la espada en cualquier punto de la armadura. Aunque no corría peligro real, no le interesaba mucho ser golpeada, pues ya tenía varios cardenales por todo el cuerpo producto de sus fallos.

Cuando el nudillo alzó el hacha, dispuesto a golpearla, la princesa se deslizó a un lado, justo cuando el arma comenzaba a caer sobre ella. Aprovechando que el filo del hacha se quedó clavado en el suelo, dándole una momentánea ventaja, avanzó con pasos rápidos hacia el enemigo y lo golpeó con su espada justo en el centro de la armadura, logrando que éste se quedara inmóvil. Zelda suponía que normalmente esas criaturas seguirían atacando tras un primer toque, pero aquel en concreto se quedó inmóvil, cosa que sucedía siempre que ella "ganaba".

A pesar de que había logrado el objetivo propuesto, Zelda se encontraba tan agotada que la alegría que pudiera haber sentido brillaba por su ausencia. Sudaba a mares y notaba que las ampollas que le habían salido en las manos de sujetar la espada se le habían vuelto a abrir. El dolor era tan punzante que sus dedos soltaron el arma mientras alzaba las manos ensangrentadas, estudiando el resultado de sus esfuerzos. ¿Cuándo dejarían de sangrarle de ese modo? Sabía que hasta que no se le endurecieran iba a seguir sufriendo, pero tal vez quedaban semanas y semanas de práctica para que la piel de sus manos se volviera callosa como las de las demás. Cuando Ganondorf la tocaba cada noche notaba su tacto áspero sobre su piel debido a las miles de horas que habría dedicado a la lucha. Comparativamente hablando, las manos de la princesa eran las de un recién nacido frente a las de su esposo, a pesar de las ampollas que las cubrían.

Se tocaba una de las heridas cuando notó la fría mordida del acero en su cuello, cosa que la hizo tensarse, temiendo un peligro.

—Nunca debes tirar tu arma —la voz de Dragmire sonó cerca de su oído, con un tono severo, el que siempre usaba cuando la adiestraba —Si esto fuera real, ya estarías muerta.

—No es más que un entrenamiento —murmuró la aludida. Odiaba ser tan quejica, pero el dolor que notaba en sus manos la desconcentraba sobremanera —No podía seguir sujetando la espada, me dolían demasiado… ¿No puedo curármelas yo?

Desde que era pequeña y debido a la Trifuerza que portaba, Zelda era capaz de sanar heridas, cosa que había hecho incluso consigo misma cuando sufría caídas o similar. Su mayor deseo en ese instante era aplicar su habilidad de sanación en las heridas de sus manos, pero las palabras de Ganondorf la hicieron deshechar la idea como siempre que la proponía.

—El dolor es parte del aprendizaje —sentenció con firmeza, mientras retiraba la hoja que había aplicado sobre el cuello de la princesa —Ninguno de nosotros tomó atajo alguno cuando empezamos a entrenar, y tú no vas a tener un trato diferente. Demuestra que a pesar de ser hyliana tienes fortaleza.

Zelda frunció el ceño ante aquella última frase. Si bien debía admitir que las últimas semanas el Rey Demonio se había portado de una forma más amable con ella (si es que entrenarla con disciplina castrense y no insultarla tan a menudo cuando hablaban de vez en cuando podía ser tachado como amabilidad) a veces tenía algunos momentos como aquel, en los que cargaba contra la raza de la joven. Zelda había decidido que lo mejor que podía hacer ante esos comentarios era guardar silencio y fingir que nunca habían sido pronunciados, pues no quería tener otro enfrentamiento como el de la primera noche. Hasta la fecha había sido él quien medianamente la había tratado "bien" por lo que mejor no perder la poca amabilidad de la que disfrutaba.

El hombre tampoco añadió palabra alguna, tal vez sospechando que la había irritado o simplemente por mera desidia. Fuera como fuese, tomó las manos heridas de la princesa y, sin mediar palabra, las untó con un ungüento de fuerte olor que siempre llevaba consigo cuando la entrenaba. Aquella pasta era el único alivio que estaba permitido y Zelda se había sorprendido de que, día tras día, cuando acababa de entrenar, fuera él quien le untara las manos. Quizás era tradición de aquel pueblo que el enseñante aliviara el dolor del alumno…

Admitía, de todos modos, que era extraño ver a alguien que en cierto modo la odiaba calmar sus heridas. Zelda admitía que aquel comportamiento comenzaba a confundirla sobremanera, pues no sabía a que atenerse cuando Ganondorf se ocupaba de ella en un ámbito distinto al privado. ¿Puede que estuviera decidido a dejar a un lado sus diferencias? No era una idea descabellada, aunque no olvidaba quién había sido aquel hombre y quién seguía siendo…

Ganondorf, por su parte, intentaba controlar su lengua para no soltar otro comentario como el previo. Estaba dispuesto a llegar hasta el final para conseguir que la princesa acabara sometida a su voluntad por completo, por lo que se estaba empeñando con todas sus fuerzas en ganarse su confianza para obtener posteriormente su afecto. Claro que le estaba siendo más difícil de lo esperado pues los sentimientos no entraban del todo en su naturaleza, salvo el odio; fingir por tanto que sentía cierto aprecio por la princesa le estaba siendo complicado ya que no tenía idea alguna sobre como proceder. Se había limitado a hacerse cargo de sus entrenamientos y a intentar pasar más tiempo con la joven, que seguía empeñada en permanecer en silencio ante él.

—¿Mejor? —se obligó a preguntarle. Si se interesaba por ella era señal de que la apreciaba, ¿no? O al menos eso creía.

Zelda asintió, sus ojos fijos en sus manos, adoptando una postura que hizo aflorar viejos recuerdos de miles de años atrás en la mente del gerudo, de cuando ella aún era una diosa y no se había reencarnado en un cuerpo mortal…

Sintió una punzada en el pecho ante aquellas imágenes del pasado y se odió por caer con tanta rapidez en los sentimientos de aquel entonces. Recordando el desplante de Hylia hacia Demise, su arrogancia y su desdén, apartó lejos de si aquellos recuerdos. No podía consentir que su mentira acabara atrapándole, a fin de cuentas Zelda no era más que una herramienta para conseguir Hyrule de una vez por todas.


Bajo la Ciudadela Gerudo se extendían varios manantiales que surtían a la ciudad de agua y en los que las mujeres aprovechaban para lavar sus atuendos, como hacía Korite con los de la princesa. También, aprovechando algunas fuentes de agua caliente, se habían construído estancias subterráneas con amplias piscinas de agua casi hirviendo donde las mujeres realizaban su aseo diario. La gran mayoría acudía a mediodía, justo después de entrenar, para quitarse el sudor y el polvo para lo que quedaba de jornada.

Zelda, a pesar de que odiaba sentirse sucia, prefería esperar a que las demás hubieran abandonado los baños para entrar ella, pues no se sentía cómoda desnuda ante las demás, a pesar de que el agua en el que se bañaban era oscura por lo que no se veía nada. Se aseaba deprisa, queriendo acabar antes de que oficialmente comenzara el turno de tarde, cuando Dragmire solía bajar a aquellas termas. A pesar de que cada noche él la tomaba, seguía sintiéndose algo incómoda en presencia del hombre, por lo que evitaba las situaciones que pudieran provocar un encuentro.

Apoyada contra el borde de piedra de la piscina, sus ojos se deslizaban por las paredes de la estancia, labradas en la misma piedra y tenuemente iluminadas por las velas que había en nichos en las mismas, su mente volando hacia Hyrule.

Día tras día había esperando una respuesta a su carta, pero Madun no le había escrito. ¿Acaso el correo tardaba tanto en llegar hasta su castillo? No podía ser otro motivo, pues no contemplaba la opción de que Madun simplemente no quisiera responderle. ¿O es que tal vez le habría pasado algo, o se encontraba enferma? De hecho le extrañaba que nadie le hubiera enviado carta alguna, ni siquiera Impa. La princesa se sentía más sola que nunca, aún a pesar de las tentativas de acercamiento de su marido hacia ella. Le agradaba ver que se estaban aproximando poco a poco, aunque aún temía decir algo que lo enfureciera. Nunca habían discutido más allá de la primera noche, pero había sentido tanto pavor al ver que él podía dominarla por mucho que se debatiera que prefería evitar la confrontación. Aparte también quería intentar limar las asperezas entre ellos dos, quizás para poder paliar el odio y la rivalidad que habían compartido en sus vidas pasadas. Había visto su actitud con sus heridas e interiormente albergaba la esperanza de que tal vez Ganondorf no fuera tan malvado como aparentaba…

—¿Lady Dragmire? —una voz femenina hizo que la joven se apartara del bordillo, escondiendo su cuerpo en el agua lo máximo posible. Sin esperar respuesta alguna, vio que una mujer gerudo se aproximaba hacia ella, portando un paquete en sus manos. Se trataba de Korite, aquella chica que le había servido el té cuando llegó y que desde entonces había estado más pendiente de la princesa, casi como Madun allá en Hyrule. Si bien Zelda no quería la presencia de nadie en esos momentos, prefería a Korite antes que a Aveil o a las otras, pues al menos aquella chica parecía apreciarla en cierto modo.

—¿Qué pasa? —Zelda la observó con recelo. No era normal que una mujer fuera a buscarla mientras se aseaba, por lo que debía de suceder algo fuera de lo común para que ella estuviera allí.

La gerudo avanzó hacia el borde de la piscina, dejando el paquete ante ella. Se acuclilló en aquel lugar, observando a la princesa con cierta expresión de vergüenza.

—Vengo a disculparme —dijo con voz firme —Ha de saber que, desde que llegó, he sido yo la encargada de limpiar su ropa… —se detuvo unos instantes, como si estuviera buscando las palabras adecuadas —El caso es que hoy, mientras lo lavaba, he roto uno de sus vestidos —añadió agachando la cabeza —Lo froté con tanta fuerza que creo que acabé desgastando el tejido y se rasgó por la mitad…

Zelda suspiró. Aunque le dolía saber que una de las prendas que había traído consigo desde casa, uno de los pocos pedazos de su hogar que aún le quedaba, se había roto, no podía enfadarse con ella. No parecía haberlo hecho con mala intención, pues de lo contrario no habría ido a disculparse de aquella manera. La gerudo parecía estar esperando alguna respuesta por su parte, retorciéndose las manos, haciendo que las pulseras de oro de sus brazos tintinearan entre si.

—No pasa nada —respondió finalmente la aludida —Un fallo puede tenerlo cualquiera…

—He ido a buscar algo para compensar el vestido que he roto —volvió a hablar Korite, haciendo un gesto hacia el paquete que había traído consigo —Lo he pagado de mi propio bolsillo.

Picada por la curiosidad, Zelda avanzó nuevamente hacia el borde, extendiendo los brazos para rasgar el envoltorio. Dentro había un top de color negro con cintas en los bordes en tonos dorados y una falda hasta media pierna en los mismos tonos que la parte de arriba, un atuendo típicamente gerudo.

—No hacía falta que me comparas más ropa —la joven estaba desconcertada ante el gesto, el primero amable por parte de una de las mujeres de la tribu —Tengo más vestidos.

—Es cuestión de honor —respondió Korite —Destrocé algo suyo cuando era mi labor limpiarlo, por lo que debo reponerlo. Aunque entiendo que quizás no quiera esta ropa, a fin de cuentas es gerudo…

Zelda notó la duda y el recelo en aquellas palabras. Nunca se le pasó por la cabeza pedir ropajes de la tribu temiendo que se burlaran de ella y no se los dieran, pero aquella mujer había aparecido allí con aquel atuendo para suplir uno que ella había roto sin querer. Tal vez si se esforzaba más en integrarse en la tribu las demás dejarían de verla como a alguien que desdeñaba sus costumbres y comenzaban a tratarla como a una igual.

—Lo llevaré encantada —respondió. Quizás si se vestía como una más podía intentar hacer un pequeño acercamiento con Dragmire, tanto para intentar saber por qué motivo se comportaba de un modo algo diferente con ella como también para enterarse de una vez sobre las supuestas matanzas que Hyrule llevó a cabo sobre las gerudo, esas que le había mencionado en su noche de bodas. Quizás de ese modo pudiera llegar a conocer mejor a su marido y a entender, al menos en parte, el motivo por el que siempre había sido un azote para su reino.


He decidido subir hoy porque la semana que entra quiero ponerme a estudiar como una posesa, de modo que hasta el fin de semana no iba a poder subir nada.

Muchas gracias a josmadarta36, TheDreamingArtist y Annie por comentar. Me agrada que os guste tanto este fic, ya que soy consciente de que no es lo que se suele escribir en este fandom, ya que lo que más abundan son los Link x Zelda y yo quería innovar (y para qué negarlo, traer algo de mi personaje favorito que es Ganondorf). También intento ser consecuente con lo que escribo, motivo por el que todo lo que sucede tiene consecuencias más adelante, nada pasa porque si. Es lo que tiene ser filóloga, que aplicas los criterios de la teoría de la literatura hasta a los fics que escribes XD.

En cuanto a los demás, ¿por qué no dejar un review? Vamos, que el botoncito no muerde y me animáis a seguir escribiendo mientras compagino estudiar y diseñar el cosplay...