¡Hola~~!
Espero que pasarais un feliz Halloween. Yo me lo pasé como una enana ;)
Quiero daros las gracias por todos los reviews y favoritos y follows que recibo. Es un gran apoyo para mí y me anima a terminar de escribir esta historia. Me dan la vida, así sé lo que pensáis, si os gusta o no cómo va la historia, el leer vuestras apuestas. ¡Os adoro muchísmo!
Este capítulo es... digamos decisivo para nuestra protagonista.
En fin, espero que este capítulo os guste tanto como yo he disfrutado escribiéndolo (Sé que digo lo mismo en todos los capítulos, pero amo esta historia)
1 besito muy grande
Ciao~~
Capítulo 12
Gilbert la había llevado por los pasillos del palacio hasta el exterior. Elizabetha se sorprendió de lo grande que era aquel edificio, no sería difícil perderse por alguno de aquellos recovecos. Una vez que salieron fuera, Elizabetha se sorprendió al verse frente a unos jardines perfectamente cuidados. No eran muy grandes y estaban rodeados por las murallas del palacio, aunque no por eso dejaban de ser espléndidos. Sacados de un pequeño cuento de hadas.
Ambos caminaban en silencio desde que habían salido de la biblioteca, con algún que otro comentario trivial y sin ninguna importancia, aunque todavía podía notar el tono distante de Gilbert. Pararon frente a una pequeña fuente y Elizabetha se giró.
—¿Y bien? —murmuró Elizabetha.
Gilbert suspiró y entrecerró los ojos, pero no contestó. Elizabetha alzó una ceja y le refrescó la memoria.
—Me dijiste que querías poner en claro lo que sucedería si le ocurriría algo malo a tu hermano. Muy bien. Pues entonces, creo que me puedo llegar a hacer una idea de lo que me ocurrirá —contestó mirándole fijamente—. Si hago algo a tu hermano que le provoque algún tipo de daño, en cualquiera de sus variantes, te encargaras de que llegue a pagar las consecuencias, ¿verdad?
Gilbert no pudo evitar sonreír socarronamente.
—Exacto. Aunque yo lo habría expresado mejor —contestó sonriendo.
—Seguro… —murmuró la castaña poniendo los ojos en blanco—. Bueno, cuéntame cosas sobre Ludwig —le dijo al albino con una pequeña sonrisa.
—¿Qué quieres saber? —sonrió el albino sentándose sobre el bordillo de la fuente y esperando a que la castaña le acompañara. Elizabetha se sentó tras unos cuantos minutos de duda y le miró.
—¿Cuáles son sus asignaturas favoritas? ¿Y su comida preferida? No sé, ese tipo de cosas.
—Creo que es mejor que lo conozcas tú misma. De todas formas, te permito hacerme una pregunta sobre Ludwig, sobre lo que sea.
Elizabetha frunció el ceño, suspiró y cerró los ojos, pensando con seriedad y determinación la pregunta. Estaba segura de que no podía desperdiciar aquella oportunidad, puesto que no parecía que Gilbert fuera a darle más oportunidades. Sonrió al haber encontrado la pregunta perfecta.
—¿Qué ha sucedido con su madre?
—¿Con nuestra madre? —repitió Gilbert alzando una ceja—. ¿Qué tiene ella que ver con todo esto?
Elizabetha sonrió y le miró.
—El rey dijo que necesitaba un poco de mano femenina. Si no la necesitara, sería porque vuestra madre estaría con vosotros —explicó—. ¿Y bien? —preguntó y tras ver la mirada del albino, intento relajar el rostro y pedirlo de forma que no resultara algún tipo de burla—. Dijiste que contestarías a cualquier pregunta que hiciera.
Un bufido salió de los labios de Gilbert y la miró fijamente.
—Muy bien. Escúchame bien porque no pienso repetirlo otra vez —dijo acercándose a ella y bajando el tono—. Nuestra madre está muerta. Murió hace unos meses. Y Ludwig no lo acaba de entender. Es todo. No vuelvas a preguntar más —contestó.
Aquello resultó insuficiente para Elizabetha. Aunque, más que insuficiente, le pareció extraño. Gilbert se acababa de poner a la defensiva, tal y como había estado cuando le había hablado en la biblioteca.
—Gilbert, yo… —se mordió el labio inferior y sacudió la cabeza, sonriendo levemente—. ¿Me podrías describir a Ludwig?
—¿Describírtelo? —Elizabetha asintió y el albino la miró con cierta sorpresa en su rostro—. Ludwig es… Como cualquier otro niño de su edad. No —hizo una pausa—, es mejor. Es listo, muy listo. Inteligente, perspicaz, audaz, valiente, es tierno y cariñoso, pero muy vergonzoso. Pocas personas le conocen bien. Le gustan muchísimo los juegos de guerras y podrás decir, como a cualquier otro niño. Pero no. A él le gusta coleccionar los soldaditos de diferentes batallas y recrear las guerras tal y como ocurrieron. El mismo número de muertos, las mismas acciones —suspiró—. Sus últimos profesores decían que estaba loco, que tenía un trauma con ello, pero me enfadé y…
—¿Y…? —preguntó Elizabetha haciendo énfasis en la conjunción.
Gilbert sonrió nerviosamente.
—Ludwig es el mejor hermano del mundo y no soportaría que alguien le hiciera algo malo.
—O tú te vengarás, ¿no? —terminó la castaña—. No sé porqué, pero me da que tú has tenido algo que ver con que el resto de tutores dejaran tan prematuramente el trabajo.
—Imaginaciones tuyas —sonrió y se levantó de la fuente.
Elizabetha le observó de espaldas. Miraba hacia el palacio, o al menos, eso parecía, y permanecía callado. Aquella mañana había salido un poco el sol y calentaba muy poco con sus rayos. Se reprendió a sí misma por no haber cogido algo de abrigo pero, la verdad, es que no tenía nada de abrigo. Bufó molesta y cerró los ojos. Andrei tendría que haberla llevado a comprar algo…
—¿Te ocurre algo? —preguntó él girándose ligeramente, mirándola por encima del hombro.
—¿Dónde está Andrei? —preguntó, reprendiéndose por no haber reparado en la ausencia de su primo desde que había salido de su habitación.
—Se marchó esta mañana temprano —dijo.
La castaña se levantó de golpe y le miró acusadoramente.
—¡¿Cómo?! ¡¿Y por qué no me habías dicho nada antes?! —preguntó molesta poniendo los brazos en jarras.
—¡Y yo qué sabía! —se quejó Gilbert mirándola fijamente—. Pensé que ya habías hablado con él sobre su repentina marcha. Y es normal, teniendo en cuenta el estado tan delicado de Nadya.
—¿Qué le ha pasado a Nadya? —ahora sí que la había asustado con aquella oración.
Gilbert parecía sorprendido por la pregunta. El tono de Elizabetha había sido de preocupación máxima, angustiado, temeroso.
—¿No te lo ha dicho? —preguntó parpadeando ligeramente. Ella solo negó—. Nadya está embarazada de poco más de tres meses, pero el médico lo ha catalogado como un embarazo de alto riesgo por todo el estrés que ha sufrido en estos pocos meses. No es nada malo como puedes ver, pero como podrás comprobar es normal que Andrei saliera corriendo hacia su casa, ¿no?
Con un suspiro y cerrando los ojos, Elizabetha sintió como su corazón se aliviaba un poco. Aunque tenía la pequeña impresión de que el estrés de Nadya había sido por su culpa, y eso la angustiaba, volviendo al punto de inicio irremediablemente. Como también le angustiaba no saber nada de su padre.
—Gracias al cielo —Gilbert pareció divertido por su expresión de tranquilidad, aunque cambió su rostro cuando la vio temblar durante una milésima de segundo.
—¿Tienes frío? —preguntó y Elizabetha asintió—. ¿Y tu ropa de abrigo?
Elizabetha soltó una carcajada.
—¿Realmente crees que me han dejado traerme alguna pertenencia? —alzó una ceja y negó con la cabeza—. No. Lo único que tengo junto a mí es una muñeca, un collar y el anillo que me dio Roderich. Nada más —pareció acordarse de algo—. Bueno, no. Y el vestido de cucaracha que me hizo poner Andrei para salir del barco y llegar hasta aquí.
—¿Vestido de cucaracha? —rió—. ¿Tan horrible era?
La castaña se encogió de hombros y comenzó a caminar por el jardín, siendo pronto seguida por el albino.
—Un vestido completamente negro que no dejaba al descubierto ni un solo trozo de piel. Y cuando digo "ni uno solo", quiero decir nada. Ni siquiera el cuello o el rostro. Casi parecía el traje de una monja…
—¿Y tienes algo más que ponerte? —preguntó interrumpiéndola. Elizabetha le miró pero no contestó—. Tu silencio lo dice todo. Será mejor que vayas entonces. No quiero que mi hermano se muera de un ataque cardiaco por culpa de tu vestuario.
—¡Oye!
—Le pediré a una de las doncellas que te acompañen a comprar algo de ropa.
—No puedes obligar a una pobre muchacha a acompañarme —contestó frunciendo el ceño—. Tendrá cosas mejores que hacer que estar conmigo.
—Entonces se lo diré a Francis.
Los ojos verdes de ella se abrieron de par en par y se giró para impedírselo.
—¡No! ¡Ni se te ocurra!
Pero no la escuchó. Gilbert se encogió de hombros y caminó hacia el palacio dejándola sumida en sus pensamientos antes de perseguirle.
De poco sirvieron sus quejas y gritos. Gilbert le pidió a Irma, la doncella mayor que le habían asignado, con cierto "grado" de amabilidad que le acompañara a comprar todo aquello que necesitara. La verdad es que no tardaron demasiado. Irma era una mujer bastante diligente e inteligente y sabía a ciencia cierta a que determinadas tiendas ir para obtener grandes descuentos. Elizabetha no pudo evitar sonreír melancólicamente. Le recordaba tanto a Nadya, con la diferencia de que no era tan dicharachera como ella. Irma era más seria y silenciosa, ecuánime con las palabras, como si tuviera que economizarlas, por miedo de las posibles represalias. Pero, estaba segura de que al final podrían tener una buena relación.
Y aunque, una vez de vuelta en el castillo, la doncella se había mostrado igual de fría, Elizabetha estaba segura de que le parecía extraño el hecho de que hubiera recibido dinero del príncipe para que se comprara ropa. Eso, desde cualquier punto de vista, resultaba extraño a la vez que sospechoso. Era parte del servicio y, si recibía un trato superior a los demás, era exclusivamente porque se había convertido en la amante del príncipe y… ¡Antes muerta que considerarse de semejante manera! Ella no era de nadie y jamás lo sería… El destino ya se lo había demostrado apartando a Roderich de su lado. ¿Por qué? No creía haber sido mala persona y, aún así, ahí estaba, sentada en la cama de su habitación sin hacer nada más que mirar el armario en el que habían guardado todo. Sin contar con la idea que se le estaba pasando por la mente y que no hacía más que agobiarla.
Tenía que hablar con alguien… ¿Pero con quién? El rey estaría lo suficientemente ocupado como para concederle una audiencia, después de todo, ya se la había concedido aquella mañana para proponerle aquel trabajo tan descabellado que todavía no sabía cómo había aceptado. Con el príncipe tampoco iría a hablar. De eso nada, antes se moriría con tal de no ir a hablar con Gilbert. No… Una sonrisa surcó su rostro y se levantó con rapidez. Ya sabía a quién debía de ir a ver.
Caminó con rapidez por los pasillos del palacio, sin saber muy bien hacia dónde dirigirse. Le costaría mucho el arreglárselas por todos aquellos recovecos que tanto se parecían. Tras varios minutos de deambular como un alma perdida, se encontró de lleno con un camarero de palacio.
—Disculpe —dijo mientras se ganaba una mirada altiva y extrañada de parte del hombre—. Yo… Creo que me he perdido y… —al parecer se estaba impacientando por la mirada de hastío con la que la estaba obsequiando—. ¿Sabes dónde puedo encontrar al señor Von Bismarck?
—Por ahí —contestó secamente señalando la puerta de la que había salido antes de girarse y desaparecer en dirección contraria.
Se mordió los labios ante su comportamiento. ¿A qué venían esos modales tan rudos? Le había preguntado con la mayor amabilidad posible y él le había contestado de tan mala manera… A no ser que ya estuvieran esparciendo rumores totalmente falsos en contra de su persona. Caminó hasta la puerta y se colocó el vestido antes de llamar. Una voz grave y anciana resonó por el ambiente, invitándola a pasar.
—Buenas tardes, señor —contestó tímidamente mientras daba unos cuantos pasos dentro de la habitación.
—Señorita Strauss, qué placer verla esta tarde —dijo levantándose con una amable sonrisa—. ¿A qué debo esta dulce visita?
—Verá yo… —Elizabetha se aclaró la voz y le miró tras inspirar—. Me gustaría haceros una petición.
—Por supuesto, querida. Por favor —señaló uno de los sillones frente a su escritorio, en el cual la muchacha se sentó—. ¿Y bien?
—No quiero parecer grosera ni nada por el estilo pero, el dinero que he gastado hoy en las compras de mi vestuario, me gustaría que se me descontaran del sueldo.
Von Bismarck pareció sorprenderse, parpadeando varias veces como si no hubiera entendido la totalidad del mensaje.
—¿Cómo, querida?
—Tuve una conversación con el príncipe Gilbert y él me preguntó si tenía más ropa que la que llevaba y, al contestarle que no, me mandó junto a una doncella al centro a comprar —contestó terminando de contar la historia a grandes rasgos—. No quisiera ser una molestia y más con ese asunto y yo…
El hombre sonrió y entrecerró los ojos.
—Con que el príncipe, ¿eh? —repitió en voz baja mientras su sonrisa se acrecentaba ligeramente—. No os preocupéis. Hablaré con el rey de su propuesta, pero no sé si la aceptará. Como habéis podido comprobar, es alguien sumamente… convincente.
—Muchas gracias.
—No hay que darlas —contestó quitándole hierro al asunto—. Y decidme, ¿ya habéis conocido al príncipe Ludwig?
Elizabetha asintió con la cabeza y sonrió levemente.
—Sí, sí que lo he hecho. Me parece un jovencito algo reservado pero… —hizo una pequeña pausa, buscando las palabras adecuadas—, dulce a su manera. Y quiere a su hermano con locura.
—Aunque no lo parezca, son muy cercanos. Solo que Gilbert es más ruidoso y a veces un poco insoportable —ella frunció el ceño y el hombre solo pudo soltar unas cuantas risas—, pero no es mala persona.
—Bueno… Yo no estaría tan segura como usted pero haré el esfuerzo de darle un voto de confianza.
Von Bismarck comenzó a escribir algo en una hoja antes de volver a hablar.
—¿Y cómo te desenvuelves por el castillo? —un silencio tenso y un fuerte sonrojo en las mejillas de la muchacha le hizo conocer la respuesta—. Un desastre, ¿eh?
—¡Es que todos los pasillos son iguales! —se quejó, saliéndole de pronto un tono aniñado que solo había utilizado con su padre—. No sé cómo lo voy a hacer mañana para comenzar con las clases del príncipe.
—No te preocupes, te acostumbrarás. No es muy complicado.
Elizabetha salió del despacho tras intercambiar varias palabras más con el señor Von Bismarck y caminó por el pasillo, intentando hacerse una imagen mental del palacio. Caminaba siguiendo el pequeño camino que formaban las alfombras, observando el complejo entramado de sus hilos de colores, cuando escuchó una voz que le hizo girar la cabeza.
—Oh, mon amour. ¿Qué estás haciendo tan solita?
—¡Oh! Eres tú… —murmuró mirándole de refilón—. ¿Qué quieres?
Francis soltó unas cuantas risas y cambió el peso de pie, cruzándose de brazos casualmente.
—Qué fría, chérie. Dime algo, ¿te has perdido?
—No, no lo he hecho —contestó pero tras observar los ojos azules divertidos del francés, frunció el ceño y torció la boca—. Bueno, tal vez.
—¿Quieres que te ayude a llegar a… dónde sea que quieres ir?
—A mi habitación, tal vez… —suspiró—. La verdad es que no sé a dónde quiero ir.
—Bueno, pues puedo acompañarte a tu habitación, chérie —contestó haciendo una pequeña reverencia.
Un escalofrío le recorrió al escuchar ese ronroneo empalagoso, grave y seductor porque, aunque quisiera negarlo, aquel hombre tenía cierto magnetismo atrayente. Era alto, iba bien peinado y vestido, tenía unos modales exquisitos y sabía cómo hablar con las mujeres, siempre y cuando no se fijara mucho en sus intenciones algo pervertidas. El francés le tendió un brazo para que la permitiera acompañarla pero algo se lo impidió.
—Francis —le llamó Gilbert—, Antonio te reclama.
Elizabetha se giró y le observó fijamente. Iba vestido con un elegante traje y una camisa blanca, los zapatos lustrosos brillaban con las tonalidades de las velas. Francis tomó una de las manos de Elizabetha y la besó con caballerosidad, para después marcharse por el pasillo grácilmente. Gilbert se giró hacia ella y la miró de arriba abajo.
—¿Todavía no estás lista? —preguntó secamente.
—Eh… ¿Para qué no estoy lista?
—Para la cena —contestó tras poner los ojos en blanco.
—Yo… Es que no tengo hambre.
Sonrió sarcásticamente y le tendió el brazo.
—Permíteme que lo dude—contestó secamente Gilbert—. No es por mí, pero Ludwig estará en la cena con nosotros y podrás preguntarle lo que quieras, además de que quiero ver qué has hecho con el dinero que te he dado.
—Pero yo no… Yo no he comprado ningún vestido de fiesta. De hecho tengo el dinero que ha sobrado para dártelo de nuevo.
—Espera… ¿No te has comprado ningún vestido de fiesta? —preguntó incrédulamente—. ¡¿Entonces en qué te has gastado mi dinero?!
Elizabetha se cruzó de brazos y frunció el ceño, acribillándole con la mirada.
—Me he ido de fiesta con Irma —respondió—. ¿Qué crees que he comprado? Ropa para trabajar y otras cosas que necesitan las mujeres. Y, por mucho que te cueste creerlo, un vestido de fiesta no está entre el vestuario de mis competencias —y antes de que se atreviera a contradecirla, le cortó—. Soy institutriz, no una dama de alta sociedad completamente ociosa.
—Ya, pero…
—Pero nada. Soy la señorita Strauss, la institutriz del príncipe Ludwig. Una empleada más de este enorme palacio. Y como tal, tengo que cenar junto al servicio.
Gilbert frunció el ceño y negó con la cabeza.
—Pese a que seas la institutriz, no me olvido de quién eres y mucho menos de la familia que tienes.
—Ya pero…
—Me da igual. Vístete y bajarás a cenar con nosotros —sentenció—. Me dan igual los rumores o cuchicheos. Ahora, te llevaré a tu habitación.
—¡A ti no te darán igual, pero a mí sí! —exclamó— Imagínate si esta situación llega a oídos de gente que no tiene porqué conocer mi paradero —cerró los ojos y negó con la cabeza—. No, no quiero ni imaginármelo. No quiero ocasionar más problemas y no es necesario que me acompañes —dijo Elizabetha cruzándose de brazos tras soltar toda aquella retahíla—. Yo misma sabré encontrar el camino hacia mi invitación, gracias.
—¿Estás completamente segura? El palacio es una construcción grande y compleja y, como habrás podido comprobar, su interior es prácticamente igual.
Elizabetha bufó y le miró fijamente a los ojos rojos.
—Gilbert, ¿en qué momento decidiste comportarte así conmigo?
—¿Comportarme cómo?
—Primero, eres frío y sarcástico conmigo para después darme toda una charla y mandarme a comprar ropa con dinero tuyo. Y ahora, eres una mezcla entre la caballerosidad y la burla de la jocosidad. ¿Cómo tengo que interpretarlo?
Gilbert soltó una risa sarcástica y negó con la cabeza.
—Todo eso de lo que has hablado es el reflejo de mi asombrosa persona —contestó sonriente, recuperando la misma actitud de siempre, la misma que había tenido en su casa de Londres—. Es normal que te sientas atraída por mi brillante personalidad. ¿Necesitas sentarte para evitar tirarte encima de mí?
¿Debía tomarlo en serio? ¿Estaba flirteando con ella o es que era tonto perdido? Por algún motivo, no se sentía cómoda en su presencia, como si él fuera alguien muy interesante y ella se sintiera tan poquita cosa a su lado… ¡Qué tontería! Gilbert Beilschmidt era solo un hombre, ni más ni menos, como lo era el carnicero, el panadero, el platero o cualquiera de los demás que había conocido a lo largo de su vida. Algunos eran más valientes que otros, algunos más atrevidos al hablar o a la hora de vestirse; algunos eran más corteses y otros demostraban la cortesía que habían aprendido de un modo tan brusco que le parecía que no querían ser educados, sino que en realidad lo hacían porque les costaba menos esfuerzo que ser groseros. Pero no todos tenían un título a sus espaldas y las responsabilidades de todo un reino.
Aunque tenía que reconocer, también y aunque le doliera en el alma, que no había conocido jamás a ningún hombre tan apuesto. Ninguno tenía la voz tan grave, que con su tono le provocara un extraño efecto sobre ella. Y, si los comparaba entre sí, a Gilbert y Roderich, no podía encontrar nada en lo que se parecieran. Pero, no quería pensar en ello ahora mismo. Estaba muy cansada y lo único que quería hacer era descansar.
—Te aseguro que sé muy bien lo grande que es el palacio. De todas formas, tampoco es una gran hazaña encontrar la habitación en la que dormí ayer por la noche.
—¿Y desde ahí sabes ir al comedor?
Elizabetha sonrió y asintió con la cabeza.
—No tienes por qué preocuparse por esa nimiedad, yo misma lo encontraré.
—Parece que no estás a gusto con mi presencia. ¿Puedo preguntar el por qué? —alzó una ceja mientras esperaba a mi contestación.
—No se trata de eso, así que no pongas palabras en mi boca que jamás he pronunciado.
—Oh, la he vuelto a ofender… Parece que se me da muy bien —exclamó divertido.
—No me ha ofendido, pero si se tratase de un deporte olímpico, serías medalla de oro —contestó sarcásticamente.
Gilbert soltó unas cuantas risas y negó con la cabeza.
—Eres como un soplo de aire fresco, señorita Strauss —comenzó haciendo hincapié en el apellido—. Tal vez sí que seas lo que mi hermano necesita… Solo espero no equivocarme.
Gilbert le tendió de nuevo el brazo y espera a que Elizabetha se lo acepte, lo cual hizo con cara de muy pocos amigos. Ambos caminaron por los pasillos pasando puertas y más puertas hasta llegar a un rellano, en el que Gilbert giró hacia la izquierda. Elizabetha se sintió aliviada en el fondo, pensando que tal vez había sido buena idea que Gilbert le acompañara, después de todo, ella habría girado a la derecha.
Allí ya no se veían tantas velas, pero había algunas colocadas en las jambas de las puertas y en los apliques de la pared. Volvieron a girar a la izquierda y subieron un corto tramo de escaleras que iba a dar a otro amplio pasillo. En la tercera planta, Gilbert se detuvo. Se quedaron mirando la puerta sin hablar. ¿Qué podían decirse? "Gracias por acompañarme hasta la puerta de mi dormitorio. Sin tu ayuda, no habría llegado nunca." No, eso nunca. Sería como avivar un fuego, alimentar el ego de aquel príncipe egocentrista.
Gilbert se giró, la miró, y le cogió la mano. Su piel parecía fría en contraste con el calor que él desprendía. Elizabetha trató de apartar la mano, pero la agarró con más fuera y entonces desistió, ya que pensó que sería muy grosero seguir forcejeando. Aunque, también era muy grosero que se tomase semejantes libertades.
—¿Por qué quieres apartar la mano? ¿Te doy asco?
—No, no me das asco, pero quiero apartarla porque no me la vas a soltar. Y, además, no deberías cogerme la mano de ese modo.
—¿Por qué no? —preguntó con una sonrisa.
—Porque no es correcto.
Gilbert le sonrió y, por un momento, se le pasó por la cabeza la estúpida idea de alargar la mano y colocarle aquel mechón castaño rebelde y rizado en su sitio para que así volviera a recuperar su peinado sin imperfecciones. La observó fijamente a los ojos. No entendía el porqué, pero aquellos ojos verdes le atraían de un modo sobrenatural y sus labios… Mejor apartar la vista de ellos si no quería sucumbir. No pudo evitar fruncir el ceño cuando notó como ella volvía a forcejear por librarse de su agarre. Pero no se lo permitiría. La tenía cogida por la muñeca, suave pero firmemente, y sabía que solo la soltaría cuando hubiera acabado. ¿El qué? Todavía no lo sabía.
—Parece que tu naturaleza es apasionada, ¿verdad? —preguntó—. No sé si el señorito habría aguantado.
Elizabetha frunció el ceño.
—También creo que tienes una larga vida por delante. Una vida agradable, si es que crees en esas cosas.
—¿Una vida larga y agradable? ¿Ahora te dedicas a leer la palma de la mano como una hechicera? —preguntó Elizabetha con una sonrisa triunfal al conseguir librarse de su agarre—. Ha sido muy amable por tu parte el acompañarme a mi habitación, Gilbert. Te agradezco que te hayas tomado la molestia.
Su sonrisa se volvió más amplia cuando Elizabetha entró en la habitación e intentaba cerrar la puerta, tras lo cual se acercó y olió su pelo. Por un momento, la castaña le miró perpleja. Se pasó la mano por la sien, y se colocó el pelo en su sitio, desconcertada por aquel gesto.
—Hueles a rosas —dijo, tironeando un poco de ella, hasta sacarla de nuevo al pasillo—, o a violetas. No sabría muy bien asegurarlo. ¿Te perfumas el cabello o te pones algún tipo de esencia cuando te lo lavas?
Ningún hombre le había hecho nunca una pregunta como esa, de calibre tan íntimo. Ni siquiera su padre, que a veces, parecía desconcertado al vivir con una mujer.
—¿Me está preguntando una cosa así para ver si me pongo nerviosa? ¿Para ver si me arrancas alguna risita de niña tonta o me pongo a llorar? —inspiró profundamente y le acribilló con la mirada—. Siento decirle, señor, que no haré nada de eso. No soy ninguna cría y conozco bien a los tipos de su calaña. No sois más que un hombre irritante, príncipe Gilbert —contestó Elizabetha comenzando a tratarle de nuevo de usted.
Gilbert sonrió y le acarició la mejilla, acercándose a ella como si fuera un felino.
—Que fascinante es usted… Señorita Strauss. ¿Volvemos al mismo juego? ¿La he vuelto a molestar?
—¿Podéis dejarme entrar de nuevo en mi habitación? Me encuentro cansada —contestó haciendo la intentona de volver a entrar, pero Gilbert se lo impidió.
—Señorita Hérderváry… —no debería decir su nombre de aquel modo, pero no pudo evitar pronunciarlo de aquella manera tan cariñosa—. Elizabetha…
—Por favor… —pidió Elizabetha de nuevo, deslizando su mano hacia arriba hasta ponerla sobre la de Gilbert. Lentamente, le quitó la mano del cerco de la puerta y sostuvo su mano en el aire. Entonces, él extendió la otra y cogió la de Elizabetha.
¿No debería cerrar ya la puerta?
En aquel momento, Gilbert hizo algo totalmente sorprendente y escandaloso. Se inclinó sobre ella y apretó sus labios contra la mejilla de Elizabetha. Un beso. Nunca la habían besado, nunca más allá de sus familiares o de Roderich.
Quería que siguiera y al mismo tiempo que se separase y parase con aquella afrenta. Ella no era ninguna de sus amantes. Pero, sus labios eran tan cálidos, suaves y reconfortantes; la respiración de él era tan calmada y cálida, realmente era excitante. ¡No, basta! Elizabetha se echó hacia atrás y Gilbert la miró algo azorado. La confusión estaba impresa en sus ojos, como si él no supiera muy bien qué era lo que acababa de pasar. Se separó de ella y le hizo una leve reverencia. ¿Sería para disculparse o simplemente era por cortesía?
Elizabetha esbozó una rápida sonrisa de nerviosismo y entró en su habitación. Cerró la puerta y apoyó su frente contra la madera. No pudo evitar ponerse los dedos en las mejillas. Se había marchado, ya no era capaz de escuchar sus pasos por el pasillo, ahogados por la alfombra, más el recuerdo de su beso aún permanecía allí, confundiéndola e inquietándola. ¿Por qué se sentía así?
—¿Has visto eso, mon ami? —ronroneó una voz con un acento meloso.
—Por supuesto que lo he visto —contestó otra algo divertida—. ¿Crees que ya ha llegado el momento en el que pasará página?
El rubio sonrió y se encogió de hombros mirando a su amigo español.
—Quién sabe, Antoine, quién sabe…
Ambos continuaban mirando desde el otro lado del pasillo el umbral en el que habían visto todo lo sucedido. El forcejeo, las palabras, la actitud cariñosa de Gilbert, hasta el beso y el momento incómodo que ambos habían vivido en apenas unos segundos. El castaño miró al rubio que no hacía más que reírse.
—¿Qué es tan gracioso, Francisco?
—Te he dicho que no me llames Francisco. Mi nombre es Francis —contestó frunciendo el ceño y mirando a los ojos a su compañero—. Creo que esto se va a poner muy interesante, ¿no opinas lo mismo?
—Sí, puede que tengas razón. Pero Gilbert va a necesitar ayuda, no es una lumbrera, precisamente —contestó.
—Habló…
Ambos se dieron media vuelta para dirigirse hacia el comedor cuando Francis recibió un golpe en el brazo.
—Y no me llames Antoine, Francisco.
