Capítulo 11

A la mañana siguiente, a primera hora, hicieron una breve parada en Londres y, mientras Terry atendía algún negocio que tenía allí, el cochero llevó a Candy a dar una vuelta de un par de horas por lo que ella consideró la ciudad más emocionante del mundo.

Cuando llegaron, al día siguiente, al barco, el sol se hundía en el mar en la línea del horizonte. Candy captó con avidez las imágenes y los sonidos de aquel puerto marítimo mientras contemplaba a los estibadores en su subir y bajar por las tablas, cargados con unas enormes cajas que transportaban sin esfuerzo sobre los hombros, al tiempo que las enormes gróas levantaban las cargas de los muelles para bajarlas en los barcos. Los impresionantes buques de guerra de altos mástiles iban cargándose con provisiones y poniéndose a punto para salir a juntarse con los otros navíos de guerra en la zona de bloqueo de las colonias americanas o bien a seguir la batalla con los franceses en el mar. Veía pasear a los fornidos marineros por los muelles, abrazados a unas mujeres que llevaban colorete en las mejillas y unos vestidos que habrían hecho parecer recatados los camisones de boda de Candy.

El capitán del Viento a favor les dio la bienvenida al subir a bordo y les invitó a tomar «una sencilla cena» en su camarote. Aquella «sencilla» cena estaba compuesta por catorce platos, cada uno de ellos servido con un vino distinto, así como una animada conversación sobre las guerras que estaban librando los británicos contra franceses y americanos. En Morsham, cuando Candy había leído sobre las sangrientas batallas terrestres con las tropas de Napoleón y sobre los enfrentamientos marítimos, todo le había parecido de lo más remoto e irreal. Ahora, sin embargo, con los buques de guerra anclados a su alrededor, la guerra le parecía algo tan tangible como temible.

Pero cuando Terry la acompañó al camarote, Candy, alentada por el capitán, había bebido tanto vino que estaba algo aturdida y somnolienta. Una vez colocado el equipaje en su sitio, Candy sonrió, optimista, preguntándose si a su marido le apetecería hacer el amor aquella noche. Le había notado algo distante desde su vuelta de la reunión de la noche anterior en Londres y no habían hecho el amor en la posada del sur de la ciudad en la que se detuvieron. Allí se limitó a darle las buenas noches con un beso y a mantenerla abrazada hasta que se durmió.

—Puedo hacer de doncella de la señora? —le preguntó Terry, ya en el camarote, y sin esperar la respuesta, empezó a desabrocharle la larga hilera de botones forrados con seda rosa de la espalda.

—Se balancea el barco? —preguntó ella, dispuesta a aguantarse en la pequeña mesa de roble que tenía a mano.

—Esto es un barco y no una barca —respondió él con una carcajada—, y quien se balancea eres tu, preciosa, a consecuencia, me temo, de haber abusado del vino durante la cena.

—El capitán estaba tan decidido a que los probara todos...—protestó ella—. Es un hombre muy agradable—añadió, encantada con el mundo en general.

—No opinarás lo mismo cuando te despiertes por la mañana—bromeó Terry.

Se volvió con gesto atento mientras ella se cambiaba y luego la metió en la cama y la arropó.

—No viene a la cama conmigo, milord? —preguntó ella.

A Candy no le gustaba tener que dirigirse a él llamándole «Excelencia» o «milord», pero la duquesa le había precisado con gran seriedad que debía utilizar esos tratamientos, a menos que su marido le diera permiso para tratarle de otra forma. Y Terry no lo había hecho.

—Me iré un rato a cubierta a tomar el aire —respondió él, deteniéndose un momento para sacar la pistola de la chaqueta y metérsela en el interior de la cintura del pantalón azul marino.

Antes de que Terry subiera la escalera que llevaba a la cubierta superior, Candy dormía ya como un tronco.

Cuando llegó a la barandilla, cogió uno de los puritos que solía fumarse después de cenar. Protegiendo la llama con las manos, lo encendió y se quedó allí de pie observando el canal y planteándose el complicado problema de Candy.

Después de haber pasado años relacionándose con mujeres sofisticadas, materialistas y frívolas —y de condenar todo lo relacionado con el sexo basándose en ellas—, se había casado con una muchacha ingenua, sincera, inteligente y generosa.

Y no sabía que hacer con ella.

Candy tenía una idea insensata y quijotesca de él: lo consideraba como una persona noble, dulce y «bella», cuando él sabía bien que era un amargado, un desilusionado y un vicioso. En su breve vida, había matado ya a más personas de las que se veía capaz de contar y se había acostado con tantas mujeres que ya ni se acordaba de la mitad de ellas.

Candy creía en la franqueza, la confianza en él y estaba totalmente dispuesta a intentar que él hiciera suyas aquellas creencias. Pero Terry no estaba para franquezas, confianzas o amor.

Ella era una tierna soñadora; él, un realista insensible.

En realidad, Candy era tan soñadora que incluso creía que «algo maravilloso» iba a suceder, y no era de extrañar, puesto que decía también que en primavera la suciedad olía a perfume...

Candy pretendía que él viera el mundo como lo veía ella—fresco, lleno de vida, con su belleza natural—, pero ya era demasiado tarde para ello. Todo lo que podía hacer era intentar mantener el mundo así para ella todo el tiempo que pudiera. Lo que no haría sería compartir su universo imaginario. No le apetecía. Él no era de allí. En Devon, Candy estaría a salvo de los corrosivos efectos de la alta sociedad, a salvo de la vida disipada y de la crispada sofisticación de su mundo —el mundo en el que él se sentía cómodo—, en el que nadie esperaba que tuviera sentimientos como el del amor; en el que no tenía la obligación de confiar ni de rebelar sus pensamientos y sentimientos...

Temía la expresión de dolor que iba a ver en el rostro de ella cuando comprendiera que no tenía intención de quedarse en Devon, pero, a pesar de todo, no se quedaría. No podía quedarse.

Ante él, el canal ocupaba todo su campo visual: la oscura superficie traspasada por un gigantesco rayo de luna. Con gesto irritado, lanzó el purito y luego recordó que era el último que le quedaba. Había dejado la caja en casa de Susana, en Londres, dos noches atrás.

Inquieto después de tantos días de encierro forzoso en el coche y de intentar en vano encontrar una solución mejor al problema de Candy, se volvió hacia el barco y echó una ojeada al embarcadero, donde a la luz de las tabernas se veían marineros borrachos haciendo eses, con el brazo sobre el hombro de alguna prostituta que les acompañaba.

A unos cuatro metros de allí, dos hombres se escondieron en las sombras del barco y quedaron fuera de su vista, agachados entre las amarras enrolladas.

Con la idea de comprar tabaco en la taberna del otro lado del embarcadero, Terry se dirigió hacia la planella que daba al muelle. Dos sombras surgieron de entre las cuerdas y le siguieron, expectantes.

Terry sabía que el embarcadero era peligroso de noche, sobre todo a causa de los grupos de reclutamiento que circulaban por allí, que se abalanzaban sobre cualquier desprevenido para embarcarlo al servicio de Su Majestad, y éste se despertaba descubriendo que tenía el «honor» de convertirse en marinero durante meses o años hasta que el barco volviera a puerto. Por otra parte, Terry iba armado, y todo lo que veía en el muelle eran marineros borrachos, de forma que, después de haber sobrevivido unos cuantos años en medio de las sangrientas batallas en España, creía que tenía poco que temer en los pocos metros que le separaban de la taberna.

—No te muevas, estúpido... Deja que llegue al muelle —dijo una de las sombras a la otra mientras seguían a Terry en la plancha.

—A que demonios esperamos, pues? —preguntó la segunda sombra a su compinche, más tarde, en la oscuridad, bajo los aleros de la taberna, donde había desaparecido su presa—Lo que teníamos que haber hecho era pegarle en la cabeza y arrotarlo al agua, y habría sido mejor hacerlo cuando estaba en el barco.

El otro sonrió irónicamente.

—Tengo una idea mejor... no nos dará tanto trabajo y será más directo.

Terry salió de la taberna con tres puros que había colocado discretamente en el bolsillo interior de la chaqueta. Ahora que ya los tenía no sabía si le apetecía encender uno. Tras él se movieron las sombras, crujió un tablón y Terry se puso en tensión. Sin alterar el paso, se metió la mano en la cintura para coger la pistola pero, antes de alcanzarla, notó una explosión de dolor en el cráneo que lo llevó al negro túnel de la inconsciencia. Allí quedó flotando, a la deriva, hasta encontrar al fondo una acogedora luz que parecía hacerle señas.

Candy se despertó de madrugada con los gritos de los marineros que circulaban por encima de su camarote, preparando el barco para zarpar. Si bien tenía la sensación de que le habían embutido lana en la cabeza, le hacía ilusión estar en la cubierta cuando soltaran amarras y el barco se hiciera a la mar. Mientras se ponía un vestido de color lila y se abrigaba con una suave capa del mismo tono, pensaba que su marido había tenido la misma idea que ella.

Ya estaba levantado y fuera del camarote.

Una franja de tonos grises y rosados surcaba el horizonte cuando Candy llegó a cubierta. Los marineros trabajaban apresuradamente, eludiéndola al desenroscar los cabos y revisar las jarcias. Ante ella, el primer oficial se había situado con las piernas totalmente separadas, dándole la espalda e impartiendo órdenes a los hombres que subían a los mástiles. Buscó a su marido, pero tuvo la impresión de ser el único pasajero en la cubierta. Durante la cena, Terry había dicho al capitán Farraday que le gustaba estar en cubierta cuando soltaban las amarras y el barco zarpaba.

Recogiéndose la falda, Candy se acercó al capitán, que entraba en la cubierta.

—No habrá visto por casualidad a mi marido, capitán Farraday?

Al ver la impresión de impaciencia en el rostro de él, le explicó rápidamente la razón por la que le estaba robando su tiempo:

—No está en nuestro camarote ni tampoco en cubierta. Puede encontrarse en alguna otra parte del barco?

—No es probable, Excelencia —respondió el otro, ausente, con la vista fija en el cielo, que se iba iluminando, calculando el tiempo que faltaba para que saliera el sol—. Y ahora, si me disculpa...

Desconcertada, intentando no hacer caso del cosquilleo que le producía la intriga, Candy bajó al camarote y se quedó allí de pie observando la estancia con aire inseguro. Decidió que tal vez Terry había salido a dar un paseo por el puerto, cogió el abrigo de color tostado que él había dejado en una silla al entrar en el barco la noche anterior, llevó la prenda hacia el armario para colgarla y de camino acercó la suave y fina tela a su mejilla, aspirando el leve perfume de la fragante colonia de Terry. Él estaba acostumbrado a que un ayuda de cámara recogiera lo que iba dejando, pensó Candy, sonriendo ante la idea, al colocar luego el pantalón de conjunto en el armario. Se volvió para buscar la chaqueta azul marino que se había puesto la noche anterior para subir a cubierta. No estaba en el camarote, como tampoco estaba el resto de la ropa que llevaba la noche anterior.

El capitán Farraday comprendió su preocupación, pero no estaba dispuesto a perder la corriente favorable y así se lo manifestó. Una terrible premonición de desastre se apoderó de Candy y la hizo temblar, aunque sabía por instinto que las súplicas no surtirían efecto alguno con aquel hombre que tenía delante.

—Capitán Farraday —dijo, plantándose ante él y en el tono que ella creía que imitaba la autoritaria voz de la abuela de Terry—, si mi esposo está herido en alguna parte del barco, usted será el culpable, no solo de las heridas, sino de haberse hecho a la mar en lugar de llevarlo a tierra para que le vea un médico. Además —siguió, haciendo un esfuerzo por estabilizar su voz—, a menos que no hubiera comprendido lo que me contó ayer mi marido, él es propietario de una parte de la empresa a la que pertenece este barco.

Continuara...