Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son de la grandiosa Meyer, la historia tampoco, solo hago una adaptación, cualquier cosa que les resulte conocida tampoco es mía. Al final de la historia diré el nombre de la novela. Gracias por leer.

Summary: Bella es una amable maestra de niños sordos, su mayor sueño es viajar a París, justo cuando su sueño se hace realidad se dará cuenta que las dos cosas qué le heredó su papá, el amor por el francés y la lengua de signos no fueron al azar. Las divertidas aventuras y alguien muy especial que irrumpirá en su vida harán que el regreso a Estados Unidos sea más difícil de lo que pensó.

Capítulo 12: Armas de mujer.

-¡Tuppersex!

A pesar del fogoso tono de Irina, Bella no estaba muy convencida. Tomaban un capuchino de media tarde en el Café Vulturi antes de bajar al metro.

-No sé yo. – dudó arrepentida de haberle pedid ayuda. – Somos hermanas, pero apenas nos conocemos. No tengo suficiente confianza para invitar a Alice.

Sí, Bella y su hermana inesperada habían almorzado juntas días atrás, a propuesta de Alice, para poder hablar con calma y conocerse la una a la otra. Otra tarde, Bella propuso que le hiciese de guía por París, ya que conocía poco de la ciudad. Una excusa que les dio pie a charlar de muchas cosas, como que Jasper era profesor de matemáticas en la Soborna y que se conocieron en un tren porque por confusión les habían asignado a los dos el mismo número del museo asiento. Esa tarde se pusieron al día de sus respectivas vidas en el incomparable entorno del museo D'Orsay. Alice le contó que nació sorda por efecto de un antibiótico contra la gripe que prescribieron a su madre durante el embarazo. A la pregunta de Bella, su hermana afirmó que no tenía intención de probar con un implante cloquear porque aceptaba su sordera como parte de ella y se quería a sí misma tal como era.

Limaron asperezas, se sacaron de dentro mucho dolor y pensamientos retenidos que no les hacían ningún bien, sobre todo a Alice. Se confesaron muchas cosas, conversaron ilusionadas sobre su amor por la docencia, pasión que Alice compartía también con su marido. Desde ese día, y puesto que la comunicación audiovisual está al alcance de la mano, mantenían un contacto casi a diario. Bella estaba muy contenta, porque aceptar la presencia de la una en la vida de la otra era el primer paso hacia el cariño.

La insistencia de Irina atrajo de nuevo su atención. La rubia trataba de convencerla sobre el acierto de invitar a Alice para asistir a la reunión de Tuppersex que había organizado. Pero Bella dudaba que fuera una buena idea.

-¡Pero si es perfecto!- discutió Irina. – Una noche de risas es lo que necesitan tú y Alice, solo chicas, ya verás, lo pasaremos de miedo.

-¿Tú crees que le gustaría?

Sacó el monedero y dejó en la bandejita el importe de la cuenta más la propina. Irina abrió el bolso para pagar su parte, pero Bella prohibió que lo abriera siquiera.

Mientras caminaban hacia el metro, Irina volvió a insistir.

-Mira, no conozco apenas nada de la comunidad sorda. Pero dudo mucho que Alice haya participado con sus amigas en un Tuppersex.

-¿Por qué no? No creas que los sordos viven en una burbuja; están tan al día de todo como podemos estarlo tú y yo.

Dijo aquello recordando su primer día de prácticas, cuando todavía estudiaba Magisterio. Toda inocente, comenzó a repasar en lengua de sordos, ante una clase de Primaria: desayuno, matemáticas, camión, maestra, amigos y otros conceptos básicos. Sus alumnos la miraron como si fuera medio tonta y le enseñaron a ella, también en lengua de signos, todas las palabrotas habidas y por haber.

-Pues no creo que haya asistido nunca porque en las fiestas Tuppersex se habla mucho, todo se explica de palabra. – rebatió Irina, mientras bajaban las escaleras y buscaban el sitio menos concurrido del andén. – No me imagino yo a una intérprete explicando con gestos de mímica cómo se usa cada juguetito erótico.

-Podría haber participado incluso sin intérprete porque la mayoría de sordos lee los labios. No creo que sea una novedad para ella y no veo por qué iba a apetecerle venir con nosotras.

-¿Tú te has empeñado en echarme a perder todos los argumentos? – dijo elevando la voz sobre el silbido del convoy que se acercaba. –Tanta excusa con que a tu hermana no le hará gracia, a ver si lo que pasa es que eres tú la que no tiene ganas de asistir al Tuppersex.

No hubo tiempo para una respuesta, porque en ese momento se abrieron las puertas del metro y todo el mundo se olvidó de la tradicional cortesía francesa para convertirse en una horda inmisericorde, capaz de arrollar a un anciano con muletas con tal de pillar asiento en un vagón a reventar. Ellas dos se agarraron como pudieron de una barra de cerca de la puerta, porque hacían transbordo en la siguiente parada.

Bella no le confesó el motivo de su reticencia hasta que no se hallaron sentadas en el siguiente convoy de la línea 2, que por suerte para ellas iba a medio vacío, ya que les quedaban ocho estaciones por delante hasta llegar a Clinnancourt. Irina se había empeñado en que la acompañara en una tarde de compras, algo a lo que Bella no estaba en absoluto acostumbrada.

-Puede que tengas algo de razón. Y no es que no me apetezca. – se sinceró. – Lo que ocurre es que todo esto es nuevo para mí.

-No es para menos. Es lógico que aún estés impactada con la novedad de encontrarte con una hermana a los treinta.

Bella negó con energía.

-No me entiendes. No es el hecho de haber conocido a mi hermana, lo que me resulta raro es todo esto de compartir una noche de chicas. Te parecerá extraño pero yo no tengo amigas, solo conocidas.

-Lo siento, pero no me la creo.

-De pequeña, mi madre y mi abuela no hicieron mucho porque me relacionara con otras niñas salvo las que veía en el colegio. Durante la adolescencia, mi madre se encargó de espantar a todas las amigas que hacía. A todas les ponía pegas y defectos.

-No te lo tomes a mal, pero tu madre parece una persona algo difícil.

-Dominante. – aclaró Bella. – Confunde las cadenas con el cariño.

-Un poco egoísta por su parte. – opinó; y miró dudosa a Bella por si había ido demasiado lejos. – Bueno, nadie es perfecto.

-Pues no. Pero es mi madre y no tengo otra. – asumió. – Supongo que como no lo aprendí con la edad que tocaba, carezco de habilidades sociales. No tengo empatía con las mujeres.

-¿No te parece que estás exagerando, Bella?

A pesar de que Irina lo dijo convencida, ella creyó que aquella afirmación era una especie de caricia en el lomo para consolarla.

-En cambio, con los hombres no tengo problema.

-Mira que lista. – dijo riendo.

Bella le dio un empujoncito.

-No seas mala. Lo que trato de explicarte es que todo esto me resulta nuevo, fiestas de chicas, ir de compras… Es triste decirlo, pero no sé hacer amigas.

-¿Ves como exageras? Yo soy tu amiga. – sonrió. – ya tienes una y para toda la vida. Uy, a ver…

El metro acababa de detenerse y se levantó para ver en qué estación estaban. – menos mal, aún quedan cuatro paradas. Solo faltaba que nos pasáramos de largo. – Volvió a sentarse junto a Bella, le dio una palmadita en la rodilla y retomó la conversación. – En resumidas cuentas, ese Tuppersex te hace más falta de lo que imaginas, y si se apunta tu hermana, mejor que mejor, ¡Ya verás cuando descubras lo divertido que es compartir risas con otras mujeres! ¿Qué? ¡Vienes o no!

-No sé. – dudó, rebuscando el móvil en el bolso. – Me parece que me estoy metiendo en un lío.

Tecleó un mensaje en wathsapp con el pulgar. – ¡Hola! ¿Videollamada? Y esperó la respuesta. Segundos después, sonaba el pitido y vio en la pantalla un escueto OK. Miró a un lado y a otro, pero como los viajeros iban en su mundo, leyendo o dormitando mirando el techo, no tuvo reparo en hacerlo rodeada de gente. Tecleó en la pantalla táctil y le tendió el móvil a Irina.

-Sostenlo por favor. – pidió; e indicó que lo levantara un poco cuando Alice apareció en la pantalla. – Así, ahí va bien.

Irina asistió a la conversación muda entre las hermanas, pero no pudo evitar intervenir. Giró el móvil e hizo un poco el tonto ante el aparato, sacando la lengua. Luego le guiñó un ojo a Alice. Al ver que sonreía alegre y la saludaba con la mano, le envió un beso al aire y volvió a colocar el teléfono de cara a Bella. No hablaron mucho más. Se despidió de ella con otro beso mudo y pidió a Irina que le devolviera el iPhone para pulsar el fin de llamada.

-Madre mía, tantas llamaditas me van a costar una fortuna. – meditó, recordando lo escandalosamente caro que era telefonear mediante compañías de distintos países.- Alice, mi hermana ha dicho que sí. Ya puedes apuntarnos a las dos en ese Tuppersex.

-¡Bien!

Bella la miró con una pregunta en la punta de la lengua. Y la hizo.

-A todo esto, ¿tú por qué tienes tanto interés?

Irina sonrió con malicia.

-Porque la vendedora es amiga mía, y si le lleno la noche, me lo agradece con algún regalito.

-Pillina…

-No puedo evitarlo, nací así de avispada. – dijo echándose a reír.

Bella la miró pensando la suerte que había tenido al conocerla; Irina contagiaba alegría.

-Alice me ha dicho que eres muy grande.

-Sí. Sobre todo eso.

La sonrisa se le borró del rostro. Y lo dijo con un tono derrotista que indignó a Bella. Le cogió una mano entre las suyas.

-No quiero volver a oírte hablar como si fueras una perdedora. – avisó.

Irina le sostuvo la mirada y arrugó la frente, con gesto de desafío.

-Yo no lo haré, si tú dejas de vestir como una perdedora.

A Bella le sentó muy mal el comentario. Su madre ya se había encargado de recordarle cada día de su vida que carecía de gusto para vestir. Trató de disimular, pero Irina no era tonta y supo que era el momento de darle un respiro. Se levantó y le pidió a Bella que lo hiciera también porque la megafonía anunció que llegaban a Barbés-Rochechouart.

-¿Esta es la primera lección de amistad femenina? – comentó Bella, ya en el andén, para deshacer el incómodo silencio.

-Más o menos. – confirmó Irina elevando los hombres. – Si una amiga no te habla con sinceridad, no te fíes de ella, porque entonces, no es una amiga.

-¿Qué tiene de malo la ropa cómoda?

Irina sacudió los rizos a modo de negativa y se cogió de su brazo con cariñosa complicidad.

-Nada en absoluto, mientras no lo conviertas en una postura ante la vida.

-Mi madre es la elegancia personificada. – confesó Bella. – Siempre me he sentido inferior en ese aspecto.

-¿Lo ves? Te vistes con ropa aburrida para llevarle la contraria.

-Irina, no juegues a los psicólogos conmigo, por favor.

-¿Sabes cuál es mi teoría? Colores alegres para momentos negros. Cuanto más torcido se me presenta el día, mas me arreglo yo. Gustarte es el primer paso para sentirte bien.

-Voy a nombrarte mi personal shopper. – decidió Bella, con inesperada ilusión. La idea de gustarse a sí misma la seducía muchísimo.

-Además, eso de la comodidad es una excusa. ¿Crees que yo no visto cómoda? Con tanto trabajo y todo el día de acá para allá, si vistiera con ropa de pose y de no puedo ni respirar, no podría resistirlo.

Atravesaron los dos corredizos al aire libre del metro aéreo, descendieron al nivel de la calle esquivando a la gente que iba y venía con prisas.

-Cada persona es como es. – Dijo Irina, - Si yo tuviera un cuerpo como el tuyo, me encargaría de resaltarlo para que todo el mundo se fijara en mí cuando voy por la calle. Y a ti te gusta pisar fuerte, amiga mía: triturar el asfalto diciendo "Aquí estoy yo", ¿o no?

Bella sonrió porque era cierto, por eso siempre llevaba tacón alto.

-La vida se ve de otra manera encima de unos tacones. – expresó Bella con mucha complicidad ante la rubia de cabello rizado.

A Irina le gusto la respuesta, mostraba una buena disposición.

-Yo no sé lo elegante que es o deja de ser tu madre.- continuó. – Hay mujeres que confunden clase con ropa aburrida, estilo con colores apagados y buen gusto con gastar una fortuna. Yo te aseguro que se puede ir monísima por muy poco dinero. Se trata de saber escoger.

-Ese es el problema. – Alegó Bella. – Que yo no sé.

-¿Cómo que no? Tal como vas ahora mismo, demuestras que sí sabes elegir los colores y lo que te sienta bien. Tenemos que conseguir que aprendas a sacarte más partido todavía. Con esas curvas que me tienen muerta de envidia, ¡Tiene delito que no las resaltes! – Exclamó vehemente. - es muy sencillo, cuando te pruebes algo, si te encanta la mujer que ves en el espejo, da por seguro que gustarás a los demás. A ver de dónde sacamos el tiempo para ir más veces de compras.

Bella escuchó una lista larguísima de tiendas de ropa, más o menos estilosa a buen precio, - o eso decía Irina -, de las que solo le sonaron Zara y Primark.

-Quizá hagas una buena inversión con los complementos, en esos sí hay que gastar un poco más, por eso le llamo inversión. Recuerda: bolso y zapatos pocos pero buenos. Cuidado con las telas; colores sí, pero no somos chicas semáforo. La bisutería discreta, no te preocupes por eso que hasta en los chinos hay gangas y una infinidad de cosas muy monas. Y…

-Frena… Frena… - pidió Bella con las manos en alto. – No olvides que estoy desempleada.

Justo en ese momento salían de la estación al bullicioso boulevard Rochechauart.

-¡Uy, madre mía! Cuánto problema me vas a dar. – rumió con gesto de fatiga la rubia; y le señaló la acera de enfrente. – Ahí tienes el primer secreto.

Bella nunca había visto un centro comercial tan insólito. Todos los bajos de los edificios, hasta donde se perdía la vista, se mostraban abarrotados. Miles de manos rebuscaban gangas en los expositores instalados en plena acera. Uno tras otro, los locales lucían idénticos y feísimos rótulos de color rosa y azul eléctrico.

-Chic parisien para tiempos de crisis. – anunció Irina con entusiasmo. - ¡Bienvenida al Tati!

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Dos días después, Edward le pidió que fuera a verlo jugar al rugby con una ilusión disimulada tan torpe que Bella se derritiera y lo acompañó dispuesta a animarlo como una auténtica fan. Se trataba de un partido benéfico del equipo amateur de Edward contra un combinado compuesto por algunos jugadores de la selección francesa, otros del equipo parisino Stade François y antiguas glorias del rugby. Uno de los compañeros de Edward tenía un hijo al que habían diagnosticado una enfermedad reumática poco frecuente y aprovechaban cualquier ocasión para recaudar fondos.

Edward salió del estadio con la bolsa al hombro y el pelo mojado. Bella, al verlo, se levantó del banco donde lo esperaba. Habían ido hasta Saint Denis en el RER. Como después estaban invitados a cenar en casa del padre de Edward y su segunda esposa, Bella supuso que ese era motivo por el que habían dejado la moto en la cochera.

Cuando llegó a su altura, ella lo recibió con un beso largo. Edward la tomó por la cintura y juntos caminaron hacia la estación.

-¿Qué te ha parecido?

-El resultado es lo de menos. – comentó para subirle el ánimo, ya que su equipo había sufrido una estrepitosa derrota. – Ah, pero como se te vuelva a acercar el melenudo ese con cara de animal…

Edward la miró sin poder contener la risa, al ver lo antipático que le había caído el polémico come árbitros Sebastián Chabal.

-El melenudo ese es el mejor jugador de Francia. – informó, a pesar de que la estrella estaba en el ocaso de su carrera.

-Pues como te ponga una mano encima y me lo encuentre de cara, se va a enterar de quién soy yo.

Con un beso impetuoso, Edward le agradeció que lo protegiese con tanto afán. Aunque no había motivo porque aquel era un deporte de encontronazos y eso era algo que Bella no acababa de entender.

-No sabes nada de rugby.

Ella alzó un hombro.

-La primera vez que vi jugar al rugby fue en la película aquella de Matt Damon.

-De Morgan Freeman. – la corrigió, picado.

Bella sonrió con malicia.

-Si fueras mujer, te acordarías más de Matt Damon.

Edward afiló la mirada. Su conciencia aplacó el conato de celos recordándole que el rubio ese era bajito y, a su lado, no tenía ni media bofetada.

-Y del director, ¿te acuerdas?

-Harry el sucio, ¿no?

Estupendo, no se acordaba del nombre. Como siempre, el director no era más que una línea de tantas en los títulos de crédito. Llegaron a la estación del RER y él bajó las escaleras con la consoladora certeza de que, aunque en su vida recibiese un galardón como director, si algún día una obra suya ganaba un premio, sería él quien subiría a recogerlo. Ya que las películas pertenecen al productor que es quien pone el dinero.

Edward pagó por un bono de metro y una vez pasaron por el torno, se lo dio a Bella porque iba a usarlo más que él. Ella sintió curiosidad, porque le había comentado que su padre residía en una exclusiva zona de viviendas unifamiliares en las estribaciones de Porte Maillot, junto al lado del Bois de Boulogne.

-¿Vamos a ir directo a la cena?

-No. – respondió Edward. – Antes pasaremos por casa a recoger la moto.

Bella se alegró porque quería arreglarse un poco. Ya empezaba a conocer el plano de metro de París; siguió a Edward mirando los carteles, algo extrañada.

-Entonces, ¿A dónde me llevas en dirección contraria?

Edward la miró, satisfecho de que se hubiese dado cuenta, porque eso significaba que se estaba acomodando en la ciudad como una parisina más. Le dio un beso rápido antes de responder.

-A comprar un casco para ti.

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El trayecto en el tren fue el momento escogido para Edward para sincerarse. Quizá para que Bella no se extrañara al ver el trato distante esa noche entre él y la nueva familia de su padre. Ella se guardó mucho de opinar e hizo muy pocas preguntas. La conclusión que extrajo fue que Edward no le perdonaba a su padre que abandonase a su esposa, la mujer que se lo dio todo durante más de un cuarto de siglo, para ir detrás de una jovencita que solo tenía cinco años más que su propio hijo. Bella intuía que esa animadversión se vio acrecentada por la triste coincidencia. Y es que, aun no habían firmado el divorcio cuando Elizabeth la madre de Edward, le diagnosticaron la enfermedad. Edward le contó con dolor cómo, al mismo tiempo que su madre se consumía, su padre disfrutaba de una nueva vida. Se casó por segunda vez cuando la que fue su esposa durante años ya estaba desahuciada. Bella no compartía sus argumentos, albergar la esperanza de que sus padres se reconciliasen era propio de quinceañeros, y para entonces él ya tenía veintisiete años. Era un hombre inteligente y sensato para reaccionar con tal inmadurez, y también para considerar la decisión de su padre una deslealtad cuando la realidad era que se acabó el amor que los unía. Bella quiso creer que toda la antipatía y la rabia que notaba en su voz, junto con la injusta idea de culpar a su padre de la muerte de su madre, era fruto del infierno que le tocó vivir como hijo único y la impotencia de verla apagarse hasta morir en la cama de un hospital.

-En cuanto a lo laboral, desde que acabé los estudios quise mantenerme al margen de él. – le explicó. – Tampoco he recurrido a su ayuda económica, cuando monte la productora, preferí echar mano exclusivamente de lo que mi madre me dejó.

Bella desconocía si estaba hablando de dinero en metálico, pero no preguntó. Sí comprendió que entre esos bienes se encontraba el magnífico piso de Rue Sorbier. Y había que reconocer que, estuviese o no detrás el motivo de no recurrir a su padre, le sacó partido con astucia al dividirlo.

-A pesar de todo, sigue siendo tu padre y no creo que te hubiese negado su ayuda de habérsela pedido.

Edward fijó su vista en el suelo del vagón y negó con la cabeza.

-Lo que tengo o lo que consiga en el futuro será siempre por mí mismo. No quiero que nadie piense que mi apellido me ha puesto las cosas en bandeja.

Como vio que Bella escuchaba sin entender a qué se refería, continuó.

-Hay apellidos que son un lastre, sobre todo si quien lo lleva antes que tú es un personaje popular. El éxito de los padres es una dificultad añadida para los hijos que quieren desatacar por méritos propios. En mi caso se triplica, porque mi padre también se dedica al medio audiovisual.

-Soy extranjera y no conozco a más famosos franceses que los tres o cuatro que salen en las revistas.

-No es un personaje de esos.

El RER paró y ellos bajaron para hacer transbordo con el metro. Fue en la misma estación donde Edward la tomó del brazo y la hizo detenerse ante un cartel publicitario gigante.

-Ahí lo tienes. – indicó. – Él es mi padre.

Bella contempló el enorme plano de medio cuerpo. Y comprendió lo que quería decir Edward cuando hablaba de la fama capaz de anular a los hijos. Ante sí tenía en imagen gigante al hombre que cada medio día se metía en todos los hogares de Francia. Carlisle Cullen, el popular y respetado presentador de las noticias del canal 5.

Carlisle era tan blanco como Edward, pero diferían en cabello, mientras que Edward lo tenía en un tono cobrizo, Carlisle lo llevaba rubio y con un pulcro peinado hacia atrás, sus ojos eran de un azul claro y su sonrisa, esa sonrisa de medio lado tan petulante como la de Edward, pero a ambos les hacía ver tan simpáticos y guapos.

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-Estás preciosa.

Bella sonrió de pura dicha. No había hecho más que arreglarse el maquillaje, darse un par de golpes de cepillo y cambiarse los vaqueros que llevaba por otros de pitillo oscuros. Y lo cierto es que el resultado le entusiasmaba. Qué bien hizo acompañando a Irina aquella tarde de compras. La blusa negra entallada con diminutas mangas de farol y escote en pico le resaltaba el talle y el escote. Y las sandalias de tacón le estilizaban las piernas, ya largas de por sí.

-Gracias por mirarme con unos ojos tan generosos. – musitó dándole un beso leve para no marcarlo con el pintalabios.

Edward le acarició la barbilla con un dedo y lo deslizó hasta el lóbulo de su oreja.

-Cuánto te gusta atribuirme méritos que no me corresponden. – dijo dándole un golpecito al pendiente que le hizo oscilar. – No es lo mismo ser guapa a sentirse guapa. Es esa diferencia la que te hace brillar como una estrella.

Bella se abrazó a su cuello. A veces Edward decía unas cosas que le daban ganas de abrazarse a él y echarse a llorar. Él la besó en el cuello despacio y también la abrazó.

Esa tarde, Bella disfrutó del paseo en moto como nunca, bien agarrada a Edward, porque atravesaron París de extremo a extremo. En casa de los Cullen, Carlisle y Esme; quién Bella vio al instante lo amable y carismática que era; los obsequiaron con un cálido recibimiento. A Bella le encantó comprobar que Carlisle era un hombre sencillo y campechano, a pesar de su fama mediática.

No le extrañó la frialdad de Edward, ya conocía su postura con respecto a guardar las distancias con su padre. Si le llamó la atención, en cambio, el poco interés que mostraba por Seth, ese niño de complexión menuda, cabello castaño indomable y ojos azules como su padre. Tenía solo seis años y además era su hermano, razones de peso para haberlo tomado en brazos y haberle gastado alguna broma para recompensar la alegría con la que corrió hacia ellos en cuanto se abrió la puerta, qué menos.

El niño se habría conformado con una sencilla muestra de camaradería fraterna. A Bella le dio lastima ver como seguía a Edward como un cachorro con ganas de jugar, sin que su hermano mayor se percatase siquiera de su presencia.

La cena transcurrió con la educada y algo falsa cordialidad propia de quienes comparten mesa pero poca cosa más. Bella no se sintió incómoda, tenía la sensación de estar en su propia casa. Sus reuniones familiares transcurrían en un clima muy similar. Sí notó, con cierto malestar, que Edward se limitaba a responder cuando le hablaban pero rara vez era quien iniciaba conversación. Por fortuna, Carlisle era un gran conversador y Esme un verdadero encanto de mujer, a la que Edward no sonrió ni una sola vez.

Como Bella era habladora por naturaleza, disfrutó de la cena gracias al matrimonio, que se volcó con ella para que se sintiera a gusto. A pesar de los años de diferencia, Carlisle y Esme contagiaban felicidad. Hacían buena pareja, la saltaba a la vista lo compenetrados que estaban y el pequeño Seth era su alegría, sobre todo de Carlisle. A Bella le tocó la fibra sensible ver cómo se le caía la baba con su hijo inesperado, o muy desead y por fin hallado, a una edad en la que pocos se atreven con el reto de una nueva paternidad.

Pero lo que llegó a rayar la indignación de Bella fue la actitud de Edward hacia el pequeño Seth.

-¿Qué tal en el cole? – fue lo único que le preguntó.

Seth se lanzó a contarle las mil y una cosas a su hermano mayor que Esme se encargó de interrumpir, por miedo a que tanta charla molestara a Edward. Bella notó que esta se andaba con pies de plomo para no incomodar a su hijastro.

-Eso está genial. – fue lo que respondió Edward cuando el niño se quedó callado. Nada más.

No era la primera vez que veía a una persona que se siente incómoda ante los niños por la simpe razón de que no sabe cómo tratar con ellos. Estaba segura de que ese era el caso de Edward, conociendo la nobleza de su carácter era capaz de asegurar que no se trataba de desapego hacia su hermanito. Pero resultaba indignante que no se esforzara en superar su escolio.

Para compensar, ella volcó toda su energía en escuchar al pequeño, en preguntarle cosas, con el único motivo de seguir escuchando y demostrarle así que le importaba cuando decía. Mientras se entretenía con Seth, Bella fingió que no se daba cuenta de la mirada de agradecimiento de Esme.

A la hora de las despedidas, Bella se acuclilló para despedirse de Seth, consciente de que para los niños es un importante detalle que un adulto se agache para hablar a su altura.

-¿Qué tal si me das un beso?

Ella puso su mejilla y el niño le dio un beso con un sonoro ruido.

-Y ahora otro aquí. – indicó; giró la cara y le señaló con el dedo la otra mejilla. – Es para que ambas estén parejitas, ¿vale?

Seth movió la cabeza de un lado a otro con una sonrisa enorme, como si acabase de aprender algo en verdad raro. Ella se levantó e hizo una mueca al ver que Edward revolvía el pelo con un parco:

-Hasta la vista, campeón.

Muy correcto, muy civilizado y punto final.

No quiso hablar de ello hasta que llegaron a casa. Fue en el patio, mientras Edward cerraba con llave la cochera, cuando Bella se aventuró con las sugerencias, a pesar de que intuía que estaba adentrándose en un terreno pantanoso.

-Creo que deberías hacer un esfuerzo por prestarle más atención a Seth.

Edward giró la cabeza y le lanzó una mirada retadora.

-No sé qué quieres decir. ¿Qué es lo que según tú hago mal?

Bella notó que se acababa de poner en guardia y le molestó, porque su intención no era atacarle.

-Edward, los niños necesitan saber que lo que dicen es importante para los demás.

-Muy bien, ¿y?

-Que oír no es lo mismo que escuchar. Seth es tu hermano.

-Un hermano que podría ser hijo mío. – se defendió pasándose el casco de una mano a la otra. – No puedo tratarlo como a un hijo, porque no lo es. Tampoco puedo hablarle como a un hermano porque, en primer lugar, se presentó en mi vida cuando yo ya llevaba veintiocho años como hijo único. Y en segundo lugar, ¿Qué quieres que te diga? Un niño de seis años no es la imagen de hermano que tengo asumida.

-Pues deberías hacerlo.

-Tú estás acostumbrada porque trabajas con niños pequeños, pero para mí son extraños.

-Creo que no le prestas la atención que merece.

-Isabella, basta. – replicó Edward. – Que te gusta mucho sacar las cosas de quicio. Vamos a dejarlo ya.

No insistió. Bella dio un giro a la conversación con un tema del que sí le gustaba hablar y subieron los siete pisos comentando los avances del documental.

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Rer: Los trenes RER de París son trenes regionales que, además de llegar a lugares cercanos, complementan la red de metro cuando circulan por el centro de la ciudad. El significado de RER es Réseau Express Régional.

Tsssss Edward tiene su carácter, y pobre Seth el si lo quiere mucho :/

Gracias por los comentarios, alertas, favoritos y todo nos leemos en el próximo capitulo se vienen cosas interesantes…