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El humo hacía llorar sus ojos. Kallian torció el gesto, maldiciendo la congestión nasal, y optó por respirar a través de la boca.

El banquete en honor a los extranjeros se había dilatado más de lo previsto, y le preocupó que el disgusto únicamente se hiciera evidente en ella. No obstante, evidente podría no ser la palabra adecuada cuando se escondía detrás de una capucha, disuelta en la oscuridad de un rincón de la sala, no tan lejos de Anora que, en caso de ser necesaria, resultara inútil.

Evidente no era la forma correcta de expresarlo (no estaba segura de que fuera la forma correcta de describir nada acerca de ella), en cambio podía decir que nadie daba indicios de compartir su urgencia por ver llegar el fin de la velada. Kallian había prometido a Soris ayudar con las goteras en el techo, la temporada de lluvias empezaba y los chubascos eran, como cada año, un problema dentro de la casa de su padre. El sol ya se había puesto, y ella seguía en palacio. Se obligó a detener el tamborileo de los dedos sobre su antebrazo, pero su desesperación se manifestó entonces en el movimiento frenético de su pie izquierdo. Lo observó agitarse con los ojos entrecerrados, irritada consigo misma y jurándose entrenar aquel detalle hasta erradicarlo, pero por ahora era el único medio para desahogar su impaciencia.

Al cabo de unos instantes, cambió de posición, relajando un poco la espalda sobre el muro. Hubo un lapso durante el cual la intención de acercarse a la reina para señalar la hora -la jornada del día siguiente prometía cansancio- fue igual de fuerte que su voluntad recién descubierta de escolta. No obstante, empujó la idea de vuelta a su origen. No era nadie para exigir nada de la reina.

Se irguió, los talones juntos, echando los hombros hacia atrás y elevando el mentón. Aguzó el oído.

La música no era desagradable, de hecho, las melodías de las panderetas, las flautas e incluso aquellas producidas por la zanfona manipulada sin mucha habilidad eran un atributo de la reunión que Kallian estaba disfrutando genuinamente. Parpadeó y se restregó la nariz con el dorso de la mano. Estaba mintiendo. La música, sí, y la singular indumentaria antivana. Su vista examinaba los ricos brocados, las telas lisas que brillaban como un metal pulido bajo la luz de las velas, los diseños ostentosos, su moda aparatosa y vibrante, carga de complicados detalles que su memoria se esforzaba en retener para luego. Su posición como vigía le impedía distraerse por largos periodos, pero incluso con su vista clavada en Anora lograba aprender algo del contraste entre los estilos.

Se restregó un párpado cerrado con un puño, el olor hacía llorar sus ojos.

Anora estaba entretenida por la charla de la diplomática. Una mujer casi tan pequeña como lo sería un elfo, delicada. Su charla debía ser interesante, pues desde su lugar, Kallian no reconoció en la reina signos de fatiga y hartazgo maquillados de cortesía. La embajadora y su gente, a decir verdad, no daban signos de peligro, salvo para sus ojos y nariz, claro estaba, con esos asquerosos aceites que habían insistido en vaporizar para deleite de la realeza.

Quizá, que no representaran ningún peligro le amargaba la velada más de lo que era capaz de admitir. La mayor emoción en su vida estaba amparada bajo Anora y un pertinaz deseo de protegerla que había desarrollado desde su investidura como reina. La Gran Clériga de la Capilla de Ferelden había puesto sobre la cabeza de la hija de Loghain Mac Tir una corona y en los adentros de Kallian Tabris había bramado un instinto nacido del miedo a perder algo demasiado importante otra vez. Nunca lo pondría así frente a ella, en las ocasiones que hubo de responder a la curiosidad de Anora sobre el motivo detrás de sus acciones, ella respondió que era más entretenido jugar al protector que flojear en la elfería. La verdad era tan terrible como decir que más allá de esa labor, su vida no tenía mucho significado, era simplemente una elfa más tratando de sobrevivir a la miseria. Era aterrador caer en la cuenta del poder que había otorgado a la figura de esa humana: mamá había muerto para protegerla y ella había llegado a la conclusión de que debía retribuir el precio de aquél sacrificio con uno propio, ¿qué mejor que cuidar de la joven gobernante?

La reina no podía saber nada de eso. Contaba con ella para arreglar las cosas. Todas las cosas. La necesitaba viva, se dijo mientras ponía su peso sobre un solo pie. La necesitaba viva y en el trono con sus ideas diferentes y la promesa de reformar el futuro. La necesitaba, entre otras cosas, para volver su vida interesante mientras jugaba a la espía cuando no estaba trabajando para la modista.

Resopló y arrugó la nariz. El olor penetrante de los aceites antivanos le provocaba náuseas, incluso desde la distancia. No soportaría parapetarse a menos de cinco pasos de cualquiera de esas personas, pero quizá la reina estaba acostumbrada a los aromas de tierras demasiado exóticas para su gusto. Después de todo, ella no era más que una orejas de punta de la elfería. ¿Qué podía saber una rata callejera sobre fragancias si su olfato cada día era asaltado por los fuertes olores del mercado y el puerto? Su relativa proximidad con la corte no significaba que estuviera inmersa en cada detalle de la nobleza.

Oh, Andraste lo impidiera.

—Puedes retirarte.

Había escuchado el cliqueo del metal antes que la voz del teyrn obstaculizara su siguiente pensamiento, de modo que la repentina cercanía no la cogió desprevenida. Apartó la vista de Anora para realizar una reverencia rápida. Luego, inspeccionó el salón, atenta a cualquier situación extraña. Todo se hallaba en paz.

—Un poco más —pidió en voz baja—. Continúan comiendo, alguien podría haber vertido veneno. Soy mejor que nadie en este palacio detectando toxinas.

—Estos antivanos son inofensivos.

—Aun así...

—Eres demasiado arrogante para una elfa —Loghain Mac Tir señaló con una nota fría. Debajo de la capucha oscura, sus orejas enrojecieron—. La reina puede sobrevivir sin su sombra durante una noche.

El sonrojo alcanzó sus mejillas. La sombra de la reina, repitió para sí, avergonzada y furiosa. El teyrn lo utilizaba como un título mordaz cada vez que la tenía al alcance de su ronca, siseante voz de general.

Pero Kallian no era una sombra. No en un estricto sentido. En el peor de los casos, era una informante. Una espía. No vivía esperando que la reina se moviera para seguirla, actuaba de forma independiente en los rincones vedados a la dignidad de Anora Mac Tir, como un par de ojos que prestaba en beneficio del futuro de su gente. Una conspiración contra la actual reina fereldena significaba la llegada de otra ante la cual los elfos podían no valer siquiera el esfuerzo de un pensamiento. La necesitaba, y muerta no servía de nada.

Ella no era una sombra, ella no podía ser solo la imagen de alguien más proyectada en el suelo. La emponzoñada reflexión le escocía directamente sobre el orgullo. Su madre no había sacrificado la vida para que ella terminara así.

Kallian giró y le ofreció al general una mirada venenosa. Estaba casi segura que el humano se tragaba los rumores que comenzaban a circulaban entre la aristocracia sobre la particular cercanía entre su hija y cierta persona de índole furtiva que no era Erlina su doncella elfa. Kallian sofocó un bufido. En palabras de Anora, una aventura de esa naturaleza era impensable, porque en el idilio se sobreentendía el placer, y ambas, tal parecía, habían pronunciado votos en contra de cualquier esparcimiento que proveyera dicha en exceso.

—Su sombra evitó que la mataran la última vez —gruñó, pero tiró otro poco de la tela que cubría su cabeza y pasó a un costado del general sin hacer amago de otra cortesía. Había mantenido discusiones con el general Mac Tir una docena de veces y ella jamás se iba victoriosa. No tenía sentido oponerse a él, y Kallian tampoco estaba segura de querer. Cada desavenencia con el Héroe de Río Dane la obligaba a marcharse con un sentimiento desagradable.

Apretó los labios y respiró lentamente. Su inquietud por el bienestar de Anora persistía en los bordes de cada nuevo pensamiento que surcaba su mente. Alguien ya había atentado contra la joven soberana. Luego de meses de investigaciones, nadie había dado con el verdadero responsable. Se sospechaba de algunos banns, y se había castigado a un par de supuestos cómplices, pero el esquema mayor del complot no se desvelaba para ellos todavía. Nadie se atrevía a descartar la influencia de intereses extranjeros, y aquella había sido la razón de su presencia durante el banquete ofrecido a los antivanos. Por otro lado, el asesino, la herramienta última de la conspiración, había muerto y la confesión representaba prácticamente nada. Había mordido su lengua para desangrarse poco después de haber sido puesto en la mazmorra. Una acción que los consejeros habían tachado de extrema lealtad. A Kallian le parecía más el acto desesperado de alguien que teme represalias peores que la muerte, pero había tenido la precaución de no prodigar su opinión -la opinión de una orejas de punta, al fin y al cabo- con los consejeros reales. No era como si ellos pudieran distinguirla de cualquier otro sirviente, al menos.

Por otro lado, Anora se había puesto como energúmena con ella, lo cual era ya muy extraño. Cuando advirtió el destello del metal entre los cortesanos, Kallian cayó sobre el atacante antes de que este lanzara una daga envenenada. Todo por instinto, porque el brillo que desprendía un filo llegaba a ser de lo más familiar cuando se vivía la vida cínica y problemática de la elfería. Porque ya había sido perseguida y acorralada y golpeada y conocía los movimientos deliberados, falsos en extremo, de un actor.

Anora la había apretujado por los hombros y la había zarandeado, mirándola enloquecida de arriba abajo. No la había herido, le repitió hasta el cansancio y cuando se dio cuenta de que no era eso lo que la reina temía, no supo si era orgullo u horror lo que la embargó. «¿Lo has matado?». Kallian respondió lo que sabía: no era seguro, pero no lo creía. Los guardias se habían hecho cargo del atacante, empujándola de vuelta a las sombras. «Allí debes quedarte. Lo inusual se lo reportas a uno de mis guardias y vuelves a tu lugar». La mezcla de horror y satisfacción somatizada en sus entrañas como un vacío y un remolino fue suficiente para dejarla sin habla.

Kallian maldijo por lo bajo. Si el teyrn hablaba de su encuentro, la reina volvería a sermonearla. Como si Valendrian y su insistencia con el matrimonio no fueran molestia suficiente.

«No lo hagas por ti, hazlo por ellos», había dicho el hahren la última vez que la atrapó en su camino de vuelta a casa. «Hazlo por Soris y Shianni».

Descendía por los estrechos peldaños de unas escaleras de caracol que la llevarían a las dependencias de la servidumbre, cuando el fastidio de su casamiento la atrapó para otra ronda de asco y remordimiento. Aunque hacía un par de años su padre había decidido encargarse del asunto, los resultados no alcanzaban a ser de la complacencia de nadie: Kallian no iba a casarse con un desconocido, y la familia de un varón dispuesto a viajar con cierta regularidad a Denerim no aceptaría una dote menos que extraordinaria además de una lista de ridículas garantías. O simplemente no estaban interesados en una mujer de veintidós años, solo Andraste y su divino esposo sabrían si era capaz de procrear a este punto.

No lo era. Fijarse en los niños de la elfería, con el pellejo pegado a los huesos, descalzos y con la ropa tan remendada que era mayormente parches, no la hacía desear que fuera diferente. Flynn no la hacía desear que fuera diferente. Él y su familia eran la prueba del fracaso de aquella tradición. Casos similares abundaban en todo el distrito. Para ella, era una bendición no ser capaz de traer otra alma al mundo para sufrir en la miseria élfica.

Si su mente planeaba torturarla hasta la locura, iba por buen camino, pues la imagen de su padre detonó en la gloria de una mirada cansada y preocupada. El fracaso en un matrimonio arreglado era un precio muy bajo en cuanto acudía a ella la certeza de estar fallándole a papá. Después de todo, ella sabía defenderse y enviudaría muy rápido si el hombre con quien tuviera que casarse no era tan listo como para mantenerse en su lugar.

Cruzó el distrito mercantil y arribó a la elfería, con Anora y Cyrion asidos a las lóbregas esquinas de su mente.

—Qué descaro el tuyo —le recriminó la voz de su primo al llegar. Estaba recargado sobre el muro a un costado de la puerta—. Me has dejado todo el trabajo.

—¿Aún te asustan las alturas, Soris? —Arqueó una ceja.

—¿Aún te asusta la gente?

Kallian le respondió con un gesto en blanco.

«Sí, todavía». No era algo que le confesaría a nadie. A veces ni siquiera se permitía a sí misma admitirlo. Todo eso tenía que ser pasado. Todo eso había sido incinerado con el cuerpo de su madre. No podía volver. La idea de no haber obtenido nada a cambio de lo que había dejado en el bosque aquella noche sería el remate a una injusticia de por sí imperdonable. Tenía que haber regresado a casa convertida en otra persona. Su madre a cambio de todos sus miedos, esa había sido la transacción. Mamá a cambio de su ingenuidad. Mamá a cambio de cada una de sus debilidades.

La vida de Kallian a cambio de los ojos miel que la miraron colmados de ternura noche tras noche antes de dormir durante diez maravillosos años.

Sintió que las lágrimas se le amontonaban en los ojos y giró sobre sus talones para darle la espalda a Soris.

—Leah, estaba bromeando. —Sin virar, Kallian le restó importancia con un movimiento lánguido de su mano.

—Necesito comprar algo.

Con aquello indicó que estaría con Alarith y comenzó a caminar rumbo a su almacén. No obstante, se detuvo frente al vhenadahl y miró hacia arriba. Un capricho hizo presa de ella: escalar por las ramas hasta la cima y encaramarse en su antiguo mirador. Hubo de pasar un rato convenciéndose de que aquello sería una estupidez, ya no era una niñita. Cerró los ojos, apretó los puños y se mordió el labio inferior.

—¿Piensas subir?

Ahogó un suspiro al reconocer la voz de Flynn. Se había convertido en un sigiloso muchachito, pero que hubiera resultado no ser el inepto que ella había esperado no lo hacía menos inoportuno y molesto. Tal vez todo lo contrario ahora que podía deslizarse en silencio hasta provocarle un respingo.

—¿Por qué haría algo como eso? —gruñó ella.

—Pues... porque tienes cara de querer subir.

—Es tarde, ya deberías estar en tu casa.

Por el rabillo del ojo advirtió la actitud atemorizada del muchacho. Había hundido la cabeza entre los hombros y emitido una especie de gimoteo. Kallian le prestó más atención y sintió su sangre hervir al mirar su rostro. Sujetó el mentón de Flynn y lo obligó a elevar la cara. Sobre un pómulo tenía un magulladura reciente. No preguntó quién lo había golpeado.

—Tu madre y tú estarían mucho mejor sin él.

Los ojos ambarinos de Flynn se abrieron un poco más, pero por extraño que fuera no parecía estar asustado ante la sugerencia de Kallian. Lucía más bien...

—Estoy cansado —confesó en voz baja. Ella sintió un tirón en la boca del estómago y lo soltó—, pero no quiero ir a casa.

Kallian se sorprendió boqueando como un pez, sin palabras de consuelo porque nunca había sido la mejor fuente de aliento o serenidad.

—No quiero ir a casa —repitió, esta vez con un sollozo antes de pegar la cara contra su estómago y hundirse allí para llorar.

Le rodeó la cintura con sus brazos flacos mientras hablaba de forma entrecortada. Lo dejó estar así hasta que las sacudidas de sus hombros disminuyeron en frecuencia y fue quedándose en aparente calma abrazado a ella. Tabris vaciló antes de poner una mano sobre su cabello espeso y revuelto, y con la yema de los dedos acarició su cabeza.

—Es tarde para estar aquí afuera.

Se liberó de Flynn, cuidando ser lo más delicada posible cuando lo sintió aferrarse con más fuerza a ella. Se alejó unos pasos, dispuesta a volver a su hogar. Flynn se quedó hipando y en el gesto Kallian identificó a un niñito. Era solo un niño, maldita sea.

—Vamos, si no llegamos pronto, Soris habrá acabado con todo.

Kallian solo podía pensar en injusticia a medida que se acercaban a casa. Una emoción harto familiar se instaló en sus entrañas.

Ira.


Todo un honor.

El silencio de la estancia se espesó como plomo líquido. Alistair contó los segundos. Uno, dos, tres, cuatro... El resuello de su respiración retumbó en sus oídos de repente, acompañado de tirón en la boca del estómago. ¿Cuánto tiempo llevaba respirando pesado? Le dolían los dedos por la fuerza con que apretaba los puños. Sin embargo, no apartó la vista. Ellos lo sabrían y no le concederían ni un ápice de tranquilidad. Pasar desapercibido no era exactamente una técnica en la que sobresaliera, incluso si se esforzaba mucho en ello. No necesitaba a los otros encima de él porque la primera Angustia que presenciaba había ido terriblemente mal.

No necesitaba a sus compañeros recordándole aquello en lo que se convertiría. Le causaba dolor de cabeza reflexionar en el papel que estaba obligado a representar dentro de la orden. A veces, el simple y desnudo deseo de salir corriendo y no parar, lo abordaba con una intensidad que se manifestaba como un hormigueo implacable en las extremidades.

Al final, el cuerpo de la joven maga se desplomó, desfigurado y envuelto en el humo del fuego de su último hechizo. El hedor de la carne quemada se alzó entorno a él. Alistair estaba inmóvil, clavado en el suelo. Parpadeó tras unos segundos, tenso, aterrado, y... oprimido por una rabia que no le estaba permitido expresar, invisible en casi la totalidad de su expresión salvo por sus ojos delatores.

Los templarios envainaron las espadas y Alistair respingó. El comandante le dedicó varios gestos a uno de sus subalternos, y este salió apresurado por la única puerta.

—Esto es lo que pasa con los débiles.

No supo de inmediato que la voz se dirigía a él, y cuando lo hizo deseó que no fuera así. Se planteó fingir demencia y encaminar sus pasos hacia la salida como algunos de sus compañeros hacían con el permiso del Caballero Comandante. El punto de todo era no llamar la atención, ya se había ganado suficientes problemas en los días anteriores y al parecer, cada que abría la boca era capaz de agregar otro a la lista. Asombroso, casi podría considerarlo un don.

—La enviaron a combatir un demonio...

Alistair torció el gesto al escuchar su propia voz alentando la discusión con el templario. Por supuesto, se dijo mientras apretaba los dientes. Por supuesto tenía que abrir la bocota frente a uno de ellos.

Le había visto ingresar acompañada del Primer Encantador del Círculo. El semblante aterrado y los pasos inseguros que dio hasta el pedestal casi le impelieron a interrumpir la ceremonia. Estaba lívida de horror un momento antes de beber el lírio, pero no se opuso, y de hecho, mostró más valor del que su cuerpo -puro instinto- reflejaba. Alistair hubo de morderse la lengua para no intervenir con su desacuerdo de la manera más colorida posible, porque era solo una niña, más joven que él por todo cuanto sabía.

Y de cualquier manera, no abrió la boca y observó. En su fuero interno, no podía sino pensar que era un redomado cobarde.

Ahora ella estaba muerta y alguien se creía en derecho de juzgarla «débil».

—Y perdió. Ha obtenido lo que merecía.

Alistair apretó más la mandíbula, hasta percibir el rechinido de sus dientes.

No respondas. No respondas. No respondas.

No solo significaba cumplirle el capricho, sino ponerlo ante la puerta de otro castigo. Debía ser un poco más astuto que eso.

—¿Es por eso que tenéis sudor en la frente? —Vale, la astucia no era lo suyo—. Parecíais un poquitín asustado por la maga hace un momento —dijo con una especie de gruñido.

Alistair había decidido que si su comportamiento fue el de un completo cobarde antes, podía actuar con un poco más de agallas de una vez por todas. Era tarde, sin duda. Era tarde para la aprendiz... era tarde para él, porque estaba hasta el cuello en este honor que era servir a la Capilla. No tenía mucho que perder, de cualquier manera.

No tenía nada que perder, de hecho.


—Nosotros podríamos ayudar. —Jowan lo vio fruncir el ceño, descolocado. Luego, el templario echó un vistazo entorno, como si quisiera cerciorarse de que nadie lo miraba mientras hablaba con un mago—. Es decir, no por ti, obviamente, sino por ella.

—No sé de qué estás hablando —replicó Cullen, volviendo a mirar al frente. La insistencia del templario en fingir demencia agrió la sonrisa de su compañero aprendiz.

—¿Quieres que lo diga con todas sus letras? —Amell esgrimió aquél gesto astuto y peligroso, que en otro tiempo hubiera podido ser un simple signo de que tenía una travesura entre manos, pero que en la actualidad más valía asumir como una amenaza—. Bien. Puedo quedarme en la puerta mientras Surana y tú... eh, ¿qué es lo que hacéis?

—Conversar hasta caer dormidos de aburrimiento —terció Jowan, divertido. Luego, suspiró profundamente, alisando una arruga inexistente en su túnica—. A ti te gusta Neria, ¿no? A nosotros nos preocupa Neria —Lo intentó de nuevo. Su comentario se ganó una expresión dubitativa. Se le ocurrió que Cullen lucía como una presa ante la cuerda tensa de un arco, sin salida, ofuscado y aterrorizado.

—Habríamos preferido que su felicidad no proviniera de ti —gruñó Amell—. Pero tendremos que hacerlo valer.

El desencanto de Neria había alcanzado un punto alarmante. El encierro de Anders tuvo un efecto devastador sobre la voluntad de la joven maga. No recordaba haberla visto tan decaída desde los días de su reciente llegada al Círculo. Ella no dormía, le había dicho una de las magas de un dormitorio contiguo al de Surana, y cuando lo hacía, debía despertarla porque se debatía en sueños y temía que pudiera convertirse en una abominación.

No habían previsto la magnitud del golpe, y a veces temían que ya fuera demasiado tarde.

—Me preocupa la señorita Surana —admitió Cullen luego de un rato. Ambos magos habían compartido una mirada derrotada un segundo antes, pero prestaron atención en cuanto el templario habló—. No es lo que pensáis —aclaró con una autoridad en la voz que en lugar de ofenderlos, resultó una grata novedad a la típica actitud de Cullen—. Y tampoco necesitamos vuestros cuidados. —Amell rodó los ojos y Jowan se limitó a sonreír su mejor gesto de "jódete"—. Pero prometo mantenerme atento.

Jowan suspiró, la verdad era que habían esperado mucho menos del templario, y esto casi podían considerarlo una victoria. Quizá un poco de romance —hasta donde el término pudiera ser usado para describir la relación entre Cullen y Neria— avivara la fuerza de la maga, porque ellos se habían quedado sin opciones. Mirar a Neria deambular por la torre, lejana, añorando un descanso que el sueño común no le prodigaba, anunciaba una tragedia que ni Jowan ni Amell deseaban contemplar con demasiada fijeza.


N/A: No recuerdo si aquello de la primera angustia de Alistair lo leí en un foro, lo vi en el juego o lo descubrí en algún otro sitio, pero estoy -casi- segura de que no me lo he inventado.

Mil gracias por leerme, y a esas personas que me comentan cada vez (Frida, Katz, C2 y Ellis), he de pedirles disculpas por lo atrasada que voy respondiendo sus comentarios. Aprecio como no tienen idea el tiempo que se dan para comunicarme sus impresiones. Los amoadoro y este fic no sería lo mismo sin ustedes.