Ciclo zafiro.

Enero.

Ryugazaki Rei soltó un bostezo por quinta vez en apenas tres minutos, era uno de esos días en los que tenía que hacer doble guardia y definitivamente no era nada, pero nada agradable. Aun así, días más tarde, se daría cuenta de la suerte que había tenido al ser él quien guardara las puertas. De no haber sido así, no te habría visto llegar. Y era un espectáculo digno de verse.

Del pueblo al palacio solo había unas tres leguas, pero era suficiente para que el día estuviera casi a punto de caer cuando divisó la hermosa yegua blanca que había visto partir aquella misma mañana. ¿Qué hacías de vuelta? ¿Habría sucedido algo en el pueblo? ¿A tus amigos? Nagisa, al ver que Rei estaba distraído y no lo escuchaba, dirigió su mirada al mismo punto que estaba mirando el de ojos violetas. Y sonrió. De aquella manera tan pícara propia del rubio.

- Creo que Gou-chan me debe una cena – comentó, como si nada, sacando del trance a Rei y haciendo que este fuera abrir la puerta.

La yegua no se detuvo al atravesarla, sino que siguió hasta llegar a la misma puerta. Rei y Nagisa se dieron cuenta entonces de que, en realidad, no había sido los únicos en verla y que unos cuantos curiosos se habían reunido en el patio de palacio para ver de quién se trataba. Al ver que eras tú, la hermosa bailarina, las exclamaciones de sorpresa y los murmullos recorrieron todo el lugar.

- ¡Capitán Mikoshiba! – exclamaste al identificarlo entre la multitud.

- ¿Qué diantres haces aquí? ¡Acordamos ir por ti la mañana del tercer día, chiquilla loca!

Tu rostro se sonrojó aún más de lo que ya estaba debido al esfuerzo e inflaste los mofletes. ¡No tenías tiempo para esas tonterías! Estabas preocupada por él, si habías ido al galope había sido por aquella oscuridad. La oscuridad que habías visto en aquellos hermosos ojos rubíes. Mientras el sol caía y tú marchabas a paso seguro el miedo atenazó con fuerza tu corazón.

- Necesito ver a Rin.

- El sultán está… - arqueó una ceja, extrañado por las confianzas.

- ¡Necesito verlo, capitán Mikoshiba!

Algo en tu rostro, en tus ojos, en tu expresión, en tu tono de voz… nunca sabrías el qué, pero no importaba, ese algo lo había convencido lo suficiente para decirte dónde se encontraba Rin. Al escucharlo no permitiste sentirte sorprendida, sino que volviste a emprender la carrera hacia el lugar que había sido tu refugio durante el cautiverio. Más de una vez estuviste a punto de tropezar y te atreverías a jurar que casi atropellaste a la princesa Gou, pero no importaba. Nada importaba. No hasta que te aseguraras de cómo estaba Rin, al menos.

Las puertas de la gran biblioteca estaban abiertas, tocaste, pero no recibiste respuesta así que entraste con suavidad y lo encontraste. Estaba acostado en un diván contra la ventana, con un libro en las manos y una lámpara de aceite para poder seguir leyendo ya que solo quedaba una hora de sol y debía estar tan concentrado que ni siquiera escuchó el tintineo de las monedas de oro de tus ropajes.

- ¿Rin? – lo llamaste, cuando solo estabas a unos pasos de él.

El atractivo soberano alzó la vista con un gesto de confusión y sorpresa y tú te dejaste caer suavemente a sus pies, de tal forma que podías apoyar tu rostro en sus rodillas, antes de que procesara todo lo que estaba pasando.

- Rin, lo he encontrado. Por fin he encontrado el lugar en el que quiero estar, el lugar al que pertenezco – sonreíste, las lágrimas que reflejaban tu alivio cayendo por tus mejillas.- Por fin estoy en casa, Rin.

Matsuoka Rin, el sultán de Iwatobi, no podía articular palabra. Dejó el libro a un lado y se atrevió a tocarte, con suavidad, con delicadeza, como si pensara que podrías asustarte y salir huyendo como un cervatillo de ser más brusco. Un suspiro placentero escapó de tus labios ante su tacto que primero recorrió tus mejillas y luego bajó por tu cuello hasta posarse en tus hombros. Cuando tus ojos subieron los de Rin te devoraban, y sonreíste, porque no había oscuridad en aquellas pupilas. Rin estaba allí, contigo. No lo ibas a perder.

- Te quiero, Rin.

Y jamás olvidarías su sonrisa antes de besarte.

EXTRA.

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Punto de vista del lector, primera persona (T/N).

Rin me dejó en la gran cama de seda con más delicadeza de la que se esperaba del sultán en su noche de bodas. No se mostró agresivo a la primera, sino que se sentó sobre las dos rodillas y me miró. Me sonrojé cuando sus ojos rubíes pasaron de mi elaborado peinado lleno de hermosos rubíes hasta mis pechos bien ocultos aunque no bien disimulados y luego hacia mi vientre. Lo viste suspirar.

- ¿Sucede algo, alteza? – pregunté temerosa, ¿de repente había dejado de desearme? Pero Rin acarició mi mejilla y hundió la nariz en mi cuello para luego morder levemente mi hombro. Un gemido rebelde. El primero de la noche. Y ahí, el sultán perdió todo ese extraño autocontrol que había adquirido de repente.

Solté un suspiro cuando me acorraló contra el colchón y me besó con fuerza, introduciendo su lengua en mi boca sin ningún miramiento, casi sin dejarme reaccionar mientras sus manos pasaban de apretar con fuerza mi cintura a acariciar mis pechos. Dejé escapar un leve, rebelde y significativo gemido cuando el cálido tacto de sus manos se posó sobre la sensible piel, notando como mis pezones se erizaban ante el juego de sus dedos. Solté un quejido acusador cuando abandonó mis labios.

Respiré un segundo; comenzaba a perder el control sobre mi propio cuerpo, él me estaba poseyendo de todas las maneras posibles: corazón, cuerpo, mente, alma… solo quería abandonarme al placer que me proporcionaban sus acciones.

Me devolvió de golpe a la realidad cuando pasó su lengua por el aro de mis pechos, un gemido escapó de mi garganta, mis piernas temblaban… ¡quería gritarle que no parara! Pero ante la mirada excitada de sus ojos volví a quedar en silencio; por un momento no hizo nada, se dedicó a mirarme mientras respiraba con fuerza.

En ese pequeño instante que me dejó pensar, decidí que no era justo, claro que no lo era. Me alejé lo que pude de su cuerpo y de su alcance, apoyándome contra el cabezal de la cama, mientras los ojos que tanto me gustaban mostraban, en esta ocasión, confusión. Aunque, como resulta evidente, poco confiada debía verme: mi pecho subía y bajaba a una velocidad vertiginosa, me costaba respirar debido a la excitación, mi pelo estaba revuelto, mis mejillas alborozadas y, prácticamente, todo mi cuerpo temblaba de placer.

En sus labios se dibujó una pequeña sonrisa, pícara, como las que tanto me roban el aliento. No sé si lo hace queriendo o si es instinto, pero es increíble la cantidad de descargas eléctricas que envía esa sonrisa al centro de mi sexualidad.

Me acerqué, pero no le dejé besarme, cogí sus manos y las dirigí a mis pechos, él se mordió el labio y los masajeó con ansias mientras mis manos descendían hasta su pantalón; le noté detenerse, temblar antes incluso de tocarle, pero me deleité con su resoplido cuando desabroché todos los cordones del pantalón que se había puesto para la ceremonia y pude palpar su erección, prueba evidente de que estaba ardiendo.

- ¿Qué quieres que haga? – pregunté, él solo me miró, me agaché y pasé la lengua por la longitud de su pene, acaricié con mis manos sus testículos y le sentí flaquear.

Se dejó caer hasta quedar sentado, me miraba acusador, pero no se quejaba. Me acerqué a él gateando y cogí su miembro entre mis manos. Se le escapó un suspiro contenido cuando lo introduje en mi boca: grande, duro, caliente… y ansioso. Dibujé círculos con la lengua en la parte más sensible, mientras con fuerza moderaba masturbaba su glande. Y entonces lo escuché, le escuché gemir cuando su miembro tocó mi garganta, repetí el gesto dos o tres veces hasta que él agarró mi pelo y con relativa suavidad me separó, le miré confundida, obteniendo un gesto negativo de sus ojos.

- ¿Aún no? – subí, dándole besos por el cuerpo, deteniéndome en sus pezones y lamiéndolos con fuerza, hasta llegar a su cuello y ascender a su mejilla, donde deposité un inocente beso.

- Aún no.

Me sentó sutilmente sobre su pelvis, colocando su pene en la entrada de mi vagina, gemí cuando él me penetró de golpe y con fuerza, caí sobre su hombro, con la respiración a mil y el cuerpo latiendo. Dolía. Claro que dolía. Era mi primera vez, pero no se comparaba al placer que sentía. Ni un ápice.

- Rin… - le llamé, arrastrando su nombre mientras lo sentía dentro de mí sin ninguna barrera de por medio, mientras sentía lo grande y caliente que era.

- Dime – masculló, besando mi cuello, apretando con fuerza mis nalgas… conteniéndose para no hacerme daño.

- Hazme tuya, Rin.

No soy capaz de describir el placer que sentía en ese momento, no soy capaz de ponerle un adjetivo a las descargas de placer que recorrían mis extremidades sin descanso cuando él comenzó a aumentar la velocidad y la fuerza, dándome en aquel sitio que solo él había conseguido encontrar… regalándome oleadas de placer que, hasta su llegada, habían sido desconocidas…

Recuperé la conciencia cuando me hizo cambiar de posición, cuando se sentó y a mí con él, cuando agarró de nuevo mis caderas y comenzó a hacerme subir y bajar; sintiendo como entraba cada vez más y más, hasta que fuera no quedaba nada, hasta que dentro se perdía todo. Y gemía, claro que gemía, y quise gritar y gritar cada vez que rozaba el cielo con la yema de mis dedos. Como pude busqué sus labios, los besé con fuerza, mis uñas clavadas en sus hombros, mis piernas alrededor de su cintura.

Y entonces comencé a notarlo, más y más fuerte, dejé escapar un pequeño grito mientras decía su nombre, él buscó mis labios y, con una última embestida hasta el fondo, no soltando mis caderas, sentí cómo todo el placer que se había ido acumulando estallaba de repente y aumentaba al sentir dentro de mí algo caliente, húmedo… al sentir como Rin había llegado al orgasmo junto conmigo.

Me dejé caer sobre él, mientras sus brazos me abrazaban, ayudando a mi exhausto cuerpo a tumbarse sobre la cama que de ahora en adelante compartiríamos. De repente quedé inundada por su esencia, su olor penetró en mi nariz y me sentí dichosa, me sentí completamente llena cuando él salió con suavidad de mi interior y se tumbó a mi lado, conmigo sobre su pecho, me sentí completamente feliz cuando, una vez que hubo recuperado la respiración, una vez que su cuerpo se relajó, me besó la cabeza con dulzura. Subí la vista, le llamé, él me miró, sonreí y…

- Te amo.

… fue lo único que me quedó por decir.