Notas de la autora: el siguiente capitulo contiene escenas no aptas para publico menor de edad o sin criterio formado. Si no te gusta este tipo de escenas abstente de leerlo y si te gusta pues…disfrútalo.

Capitulo doce

Vino y Rosas

Primera Parte: ROSAS

Cuando Candy arribó a New York no tenia otra idea en la cabeza que volver a ver a Terry. Acompaño a Madame a su casa y en la noche a La Mansión, allí se encontró con el cuarteto de las pelirrojas.

- ¡Por fin te tenemos de vuelta Candy! –dijo Lulú

- ¿Que tal si nos vamos al escenario y cantamos las 5?

- ¡Si vamos anda di que si, además aquí solo hay damas!

- de acuerdo, nadie me reconocerá

Y así el quinteto de las pelirrojas deleitaron a las asistentes con un Show improvisado, el cual arrancó muchos aplausos. Después de aquella divertida reunión Candy con la ayuda de las chicas fue maquillada y vistiendo uno de sus sexys atuendos salió en la búsqueda de su adorado rebelde.

Sabia que Terry estaría en el teatro, con la ayuda de un viejo amigo que trabajaba allí había logrado entrar sin que la vieran y justo cuando el joven estaba en la azotea apareció al encuentro de él. Su corazón latía a mil, temía lo que ocurriría, pero a la vez lo deseaba.

- No sabes lo mucho que te esperé...

- No creo que más que yo de verte –dijo Candy modulando su voz para que sonara diferente

- Sé de un lugar en donde la podremos pasar mucho mejor –dijo Terry mientras que tomado de la mano de la chica se apresuraba a salir de la azotea

- Espera…es que yo no te he dicho…

- ¿Que…ocurre algo?

- Bueno, no… bueno, si...

- ¿Me vas a revelar quien eres?

- ¡¡No, eso no!!

- Entonces ¿que ocurre?

- Terrence… yo… yo soy virgen

- ¡En serio! - respondió sorprendido

- ¿Por qué habría de mentirte? de todos modos los sabrás cuando tu y yo…- dijo mientras las mejillas se le coloreaban

- Por supuesto, te creo –dijo acariciando su rostro- lo que no entiendo es por qué…

- ¿Por qué te escogí a ti? la verdad... - era muy difícil decirle que desde siempre lo había soñado, el estar con él, si eso le decía, sería descubrirse, aún no era el momento, así que mintió - me impresionaste desde que te vi

- Igual que tu a mi con todo y que nunca he visto tu rostro

- Por favor no insistas, tengo mis motivos

- De acuerdo no insistiré y te prometo ser cuidadoso- dijo mientras besaba otra vez sus labios esta vez con mas ternura- me vuelves loco Margot

Candy se sentía extraña, una mezcla de pasión y de dolor, estaba con el hombre que amaba pero él creía que ella era otra persona. Se dejó llevar por Terry y bajó las escaleras para luego subir al auto del joven. Terry condujo a una hermosa casa en las afueras, era un sitio que había comprado para si mismo, cuando necesitaba refugiarse en su soledad. La casa no era muy grande, pero si hermosa y más por el hermoso jardín de rosas que la rodeaba ya que Terry había mandado a diestros jardineros que lo cuidaran.

- ¡Que lugar tan hermoso!

- Si lo mismo pense cuando lo adquirí, sabes quise que vinieras porque siento que es un lugar muy hermoso para que tu y yo estemos juntos

- Oh, vaya – se sintió feliz pero algo desilusionada, el definitivamente estaba enamorado de Margot y no de Candy, lo había perdido, pero aun así no perdería la oportunidad que se le presentaba.

Terry por su parte se sentía extraño, esa casa la había comprado pensando en Candy, le hubiese gustado que ella hubiese sido la primera persona a la cual él le enseñaría ese lugar secreto, pero sin embargo había traído a Margot, la hermosa pelirroja de la cual no sabía nada, pero esa noche lo descubriría.

- Ven –dijo al bajar del auto y extendendole la mano a la joven

- Gracias –dijo ella aceptando y una vez que bajo Terry la acerco a él y volvio a besarla, luego de un solo movimiento soltó completamente su cabello

- Es una lastima que no me dejes ver tu rostro

- Es lo mejor

- Si así lo quieres, ven –dijo llevándola hacia dentro de la casa

Candy pensó que apenas entraran, el demonio que era Terry la devoraría sin contemplaciones pero para su sorpresa Terry la hizo sentarse frente a una chimenea, luego le dijo que lo esperara. Candy sintió que eso ya lo había vivido al verse frente a la chimenea. Poco después apareció Terry con dos copas de vino y le brindó una.

- Gracias –dijo Candy temblorosa mientras Terry la miraba sin tomar su copa la puso en la mesilla de centro y sin sentarse a su lado le extendió la mano

- Ven

- Pero…

- Bebe…te hará bien –dijo Terry mirándola con deseo

- Sabe muy bien- dijo mientras que Terry la observaba mientras se le acercaba otra vez y volvía a besar sus labios mientras que una mano acariciaba su cuello y la otra se introducía por su vestido en busca del centro de su hermoso pecho. Candy comenzó a gemir al sentir la caricia, estaba muy excitada

- ¿Te gusta? –dijo preguntó Terry

- Si, me encanta

- Me alegro que te guste, pero este es el comienzo de todos los placeres que puedo llegar a darte.- Terry se levantó del sillón y la llevó a la habitación. Candy quedó impresionada al ver la habitación, todo en color azul y negro, era, elegante varonil y olía exquisitamente. La cama estaba llena de pétalos de rosa y junto a la cama, la mesa de noche la adornaba un gran florero con hermosas y fragantes rosas.

Terry tomó su mano y mantuvo unidas las palmas y rodeó con la mano libre la nuca de la mujer, acercando su cara a la de él.

Su beso... pensaba Candy. Los mismos labios, el mismo contacto de hace 7 años atrás. Y, sin embargo, ahora era diferente. Entre ellos se habían interpuesto cosas que los habían separado, y ahora las circunstancias y la determinación de él los habían reunido.

Su beso. Ya no era codicioso. Hambriento, más bien, con un matiz colérico que no habría podido exhibir años atrás. Entonces se había mostrado furioso porque ella lo había rechazado. Ahora, en cambio él pensaba que estaba con otra mujer.

Sin dejar de sujetarla pegada a él, la sentó en la cama, luego la echó hacia atrás, quedó recostada sobre uno de los almohadones de la cama mientras que Terry se inclinó sobre ella y sin darle tiempo a recobrarse de la sorpresa, volvió a besarla, más bien la arrullaba con besos tan leves que podrían no haber sido otra cosa que la brisa... si no estuviesen allí sus labios tersos, su envolvente tibieza, y la respuesta del cuerpo de ella.

Candy lo había calificado de loco, pero ¿qué locura la afectaba a ella, que relajaba sus miembros, que cedía, que abría sus labios?

Un beso. Sólo un beso.

Con la boca del hombre posada sobre la de ella, el sabor y la humedad la hicieron contener el aliento una y otra vez. La tocó. Los dedos de Terry recorrieron los hombros y los costados de su cuerpo con urgencia.

Un pulgar, suave como un pincel de pelo de visón, le rozó un pezón. El estímulo reverbero a través de su vestido y su exquisita lencería de encaje

Candy no lo entendía. No entendía nada de cuanto se refería a él.

- Terry…

- No te pongas tensa - instó Terry -. No voy a hacerte daño. Te pones tiesa como un palo cuando no estoy besándote. De modo que necesito besarte todo el tiempo. - Sonrió fugazmente, contemplando la expresión abatida, frustrada de la mujer. Sembrando su discurso con leves caricias en el cuello y añadió- Me gusta cómo te queda ese color de Artemisa. Tus ojos... tan verdes. Del color del musgo –dijo admirando sus ojos a través de la mascara- Este vestido, aunque sea encantador, se interpone entre nosotros - alegó el hombre, y sus manos comenzaron a aflojar los tirantes del mismo; luego acariciaban la piel que iba quedando descubierta, como hubiese hecho para tranquilizar a un gato inquieto. Déjame que te desvista querida. Déjame ver…

Lejos, muy lejos, se agitaba el mar, y su sonido repercutía en las venas y el vientre de Candy. Las caricias de Terry transmitían los ritmos de la naturaleza.

Ese hombre, con sus mágicos ojos azules y su espléndido físico, había yacido con ella en su cama, había caminado junto a ella por la calle, la había perseguido durante siete años. Claro solo en sus sueños y fantasías.

Mientras descendía, Terry manoseaba torpemente.

- Debería ser más diestro en esto - se excusó- pero ha pasado mucho tiempo desde la ultima vez que te toqué

Candy nunca había considerado a Terry un hombre delicado. Antes bien, arrogante. Bestial, a veces. Pero sabía que, si bien él había manipulado miles de vestidos, no estaba refiriéndose a eso. Le hablaba sólo de ella, como si hubiese practicado el celibato durante estos últimos tiempos.

Además, actuaba como si así fuese. La elegancia que solía caracterizar sus movimientos había desaparecido, y ahora se afanaba inclinado sobre un brazo y con los pómulos sonrojados.

- El día que te conocí me volviste loco, solo verte cantar y bailar. Lo único que me podía imaginar era que lo hacías solo para mí

- Aquel día, yo no…la verdad es que cuando te vi fue por eso que me esmere en hacerlo mejor, además era la primera vez que cantaba

Terry escuchó con atención aquella declaración, Así que no pertenecía al grupo de las pelirrojas y ese día había sido su primera vez en el escenario. ¿Que misterios ocultaba Margot Fontaine?

Él le bajo el vestido, para ver sus hermosos senos y se quedó mirándola como si nunca pudiera saciarse.

- ¡Bella ... ! – susurró -. Tal como había imaginado.

Acalorada por el pudor, Candy trató de levantar las manos para cubrirse, pero él las retuvo. Las retuvo, besó las yemas de sus dedos, y las puso a los costados de la cabeza.

- Ojalá brillara el sol - dijo Terry, levantando la vista y contemplando desde la ventana, ceñudo, el cielo amenazador. Luego, volvió a mirarla a ella, a los flexibles pezones de un marrón rosado, y añadió -: Pero todavía ofrece bastante calor¿no es cierto, querida?

Los bordes del corpiño y la cintura del vestido empujaban sus pechos hacia él, que se inclinó sobre ella. Un temblor lo sacudió. Se humedeció los labios.

Candy se descubrió haciendo lo mismo.

- Te besaré ahí - anunció, apenas rozando el tórax de ella, el costado del pecho y casi, casi, el pezón -, y el placer será tan grande que me suplicarás pidiendo más.

- No... - dijo

No suplicaría.

- Sí, te lo aseguro.- dijo el con seguridad

Tenía razón. Y ella lo sabía. Cada una de sus caricias vibraba como una gran obra de arte en su eternidad. Sería capaz de hacer cualquier cosa para convertirse en su escultura... hasta de suplicar.

Entonces él la soltó y se estiró hacia el florero, de allí saco una flor encendida con el resplandor interior de una concha marina. Quitó las espinas del tallo, luego se la llevó a la nariz y aspiró su fragancia. Cerró los ojos con sensual deleite, y sus pestañas parecieron lanzas de color ámbar contra el dorado de su piel.

Después, abrió los ojos y sonrió con aire caprichoso. Sostuvo la rosa ante la nariz de Candy, y ella aspiró el perfume. Él retiró la rosa, y ella vio que cada uno de sus pétalos se curvaba con gracia.

- Los colores me recuerdan a ti - musitó Terry

Se mojó el dedo, y acarició con él el suave rojo de los pétalos exteriores; luego lo hincó en el corazón de la flor, donde el color se tornaba en un tierno albaricoque.

Candy observaba sus movimientos, comprendiendo lo que él deseaba hacerle comprender, transpuesto el límite del pudor, más allá de todo lo que no fuese esa oleada de deseo tan vehemente que la hacía temblar con su intensidad. Apretó los muslos intentando controlar la pasión que nacía en su vientre, pero supo que se había humedecido y que le dolía como si estuviese hinchado.

Terry bajó otra vez el pimpollo, esta vez hacia la boca de Candy. Sus pétalos aterciopelados se deslizaron levemente por ella, cosquilleándole en los labios. La flor siguió el contorno, y la fragancia se elevó hasta penetrar en las fosas nasales de la mujer.

- Esa boca tan bella... - dijo él- es tan dulce y carnosa

Casi no podía mover los labios, tan hechizada estaba por esa textura aterciopelado, por ese juego sensual.

- A los hombres nos gusta así. Uno puede especular cómo la sentirá cuando le bese el rostro, el pecho, las caderas... y cualquier otra parte de un hombre que una mujer desee besar.

Candy se olvidó de respirar. Olvidó todo lo que no fueran los ojos del hombre, cargados de intención e insistencia. Él sabía mucho, ella, muy poco. Jamás hubiese siquiera imaginado las cosas que él estaba haciéndole. Las cosas que insinuaba. Ni en sus sueños más secretos ella habría... ¿o sí?. Mejor dicho esto era mejor que sus sueños

- Estás ruborizándote, querida, y no sólo en tu rostro...

Con la rosa le acarició las mejillas, la frente, el mentón. En una miríada de sedosas pinceladas, cada pétalo rozaba sólo una minúscula porción de piel; aun así, la reacción vibraba en cada músculo de Candy

Guiada con extrema pericia por Terry, la rosa se demoró siguiendo el contorno de la mandíbula de la mujer.

Como si él se lo hubiese ordenado, ella arqueó el cuello y suspiró, y la flor prosiguió su avance irrevocable hacia la oreja. Aún de rodillas, él se inclinó más. La rosa... no, su lengua se deslizaba ahora lentamente siguiendo el pabellón de su oreja, hasta el centro. Candy levantó las manos y lo cogió del pelo.

- Margot - susurró, con tal suavidad que su aliento refrescó la carne húmeda de la mujer -. Quita las manos.

Candy casi había perdido la razón. Casi. Pero, al ver que él permanecía inmóvil a su lado, poco a poco comprendió que no continuaría con esa exquisita tortura hasta que ella le obedeciera. Y aunque se estremecía como si tuviese fiebre, no quería que él se detuviera.

Levantando un dedo tras otro, Candy fue abriendo las manos. Con movimientos lánguidos, las deslizó por el pelo de él, y después las dejó caer por su cuello, sus brazos, hasta que, por fin, a desgana, las apartó.

No sabía que al tocarlo se incrementaría su deseo, se volvería más dócil; jamás hubiese creído que él pudiera sentirse afectado, a no ser por el breve gemido que oyó junto a su oído. Sintió el impulso de volver a poner sus manos sobre Terry, pero éste se incorporó.

- No.

Candy extendió las manos hacia él. Terry negó con la cabeza y rozó sus propios labios con la rosa.

Una promesa de terciopelo. Sus ojos azul medianoche chispeaban con estrellas diurnas. Candy volvió a bajar las manos.

- Pon los brazos sobre la cabeza - pidió, con los labios deslizándose sobre los pétalos; por un momento, Candy los imagino sobre su propia piel -. Me gusta ver tus pechos alzándose, tan orgullosos. ¿Te he dicho que son hermosos?

Hasta su voz, profunda y baja, era un afrodisíaco. Hablaba entre susurros, como si los secretos entre ellos fueran demasiado importantes para compartirlos con la brisa. Candy levantó los brazos a los lados de la cabeza, y él, como recompensa, acarició la cara interna de sus palmas con la flor, pasándola luego por la yema de cada dedo.

Terry sujetó la rosa por el tallo y la hizo girar recorriendo el ancho de sus clavículas, de un hombro a otro.

- Eres bella y sensual. Tuve el buen sentido de admirarte cuando bailabas y cantabas

Y con un solo roce había puesto su piel en contacto con los aterciopelados pétalos de la rosa. Con minucioso cuidado, arrastró la flor hacia abajo siguiendo la dirección del esternón, hasta la línea en que la alta cintura del vestido la cubría.

Pero aún no la había tocado donde ella más ansiaba. Terry observaba cómo respiraba; sus ojos se ensancharon, luego se entornaron. Quería acariciarla, Candy estaba segura de ello. Sin embargo, siguió con su juego, dilatando el momento, atormentándole y atormentándose.

- Por favor - susurró ella -. ¿No querrías, por favor...?

Él soltó una carcajada, melodioso y auténtica. Entonces, ella hizo una inspiración más profunda, y la hilaridad de Terry vaciló y se extinguió.

- Espera. Déjame...

Arrancó un pétalo y lo soltó al viento. Flotó en círculos, hasta que por fin se posó sobre el pecho de la mujer. Otro siguió el camino del primero y se acurrucó en el hueco que había en la base del cuello de Candy. Después cayó otro, y otro, y otro más; cada uno flotaba en una corriente de aire y caía luego en un determinado lugar de su cuerpo. Uno le decoró los labios, otro se le prendió en el pelo. Por último, como si no se atreviese a confiar en el caprichoso viento, Terry arrancó el pétalo más pequeño, más dulce, más firme del interior de la flor, y lo colocó con esmero sobre su pezón.

Él no la tocó; sólo el pétalo lo hizo. - Mira - dijo.

Candy levantó la cabeza para contemplarse a sí misma, audazmente desnuda, cubierta sólo con pétalos de rosa. Casi ingrávidos, se mecían en la brisa y con el movimiento que la respiración imprimía a su pecho. El que estaba sobre su pezón se adhirió como una suave tela a la piel.

Terciopelo sobre terciopelo - dijo él.

Entonces extendió la mano y rozó, apenas, la piel de Candy con las yemas de los dedos.

El pétalo osciló sobre el súbito pico formado por el pezón erecto.

Candy se arqueó hacia la mano del hombre, deseosa de más, deseándolo ya. Esperó a que él la tocase, a que la tocase de verdad. Había llegado el momento. Sobradamente.

La expresión abstraída, absorta, de Terry desapareció, se esfumó, barrida por un súbito latido de urgencia masculina. Se deslizó junto a ella tendiéndose de lado. Se irguió sobre ella y la besó con fiereza, exigiendo la respuesta, como antes le había exigido que se sometiera. Ella respondió de buena gana, la boca abierta, codiciosa, reclamando una genuina satisfacción en premio por su control previo.

Sus manos se enredaron una vez más en el pelo de Terry, gozando de la tersa limpieza de sus mechones, de la firmeza de su cráneo. Quería dirigirlo, pero él no necesitaba ser dirigido. Había dicho que, cuando la miraba, sabía qué pensaba ella; tal vez fuera cierto, porque al instante sostuvo un pecho en cada mano. Mientras los abarcaba no dejaba de besarlos, acariciando con los labios la carne que la brisa, la rosa y el hombre habían vuelto receptiva. Cuando comenzó a succionar, ella ya no pudo contener su excitación dentro de sí. Sollozó y gimió, retorciéndose debajo de él.

- Sube esa falda para mí, querida - murmuró él -. Demuéstrame que me deseas.

Y así era. Lo deseaba con total intensidad. Lo deseaba en ese mismo instante. Recogió la falda y trató de alzarla.

Pero él la detuvo poniendo una mano sobre la de ella.

- Poco a poco – sugirió -. Tenemos todo el tiempo del mundo.

Le sonreía, acariciándola con gestos lánguidos e indiferentes, que de ninguna manera la engañaban. Sus ojos brillantes la contemplaban con febril ansiedad. Sus piernas se removían inquietas, y ponía un especial cuidado en no tocarla con otra parte de su cuerpo que no fuesen las manos.

No estaba incitándola. Ya no. Estaba tan frenético como ella, aunque, por alguna razón, reprimía con denuedo sus instintos.

Bien, no era el único capaz de incitar. También ella podía hacerlo.

Con torturadora indolencia, Candy fue alzándose la falda, y sonrió para sus adentros al comprobar que Terry se obligaba a mirar hacia cualquier otro sitio menos allí. No miró sus medias de seda, ni las ligas que las sujetaban, ni los zapatos de tacón alto. Pero cuando Candy detuvo el ascenso de la prenda a poca distancia de la cadera, demasiado pudorosa para desnudarse, sorprendió la mirada de él fija en su cara, con una hirviente intensidad.

- Arriba del todo, querida – instó -. Por favor.

Sería capaz de hacer cualquier cosa por él cuando la llamaba «querida» con ese tono. Con una sacudida de los dedos, se subió la falda hasta la cintura.

Esta vez, él bajó la mirada directamente hasta allí, y entonces murió cualquier incertidumbre virginal que Candy hubiese podido albergar. La piel se tensó sobre las facciones perfectas del hombre; sólo sus ojos parecían vivos. Pero ardían con el fuego de los cielos, hechizados y atrapados por la visión, por la proximidad de la mujer.

De la señorita Margot Fontaine

Terry extendió la mano, como atraída de manera irresistible, y alisó con la palma el fino algodón que cubría el vientre de la mujer. El calor de su mano contra la piel femenina le hizo flexionar los pies. Cuando abrió la hendidura de la prenda y rozó con suavidad los rizos bajo ella ocultos, Candy tuvo que morderse el labio para no proferir un grito. Era una caricia muy leve, pero que prometía más. Se movió en una sola dirección, hacia el mismo centro de su cuerpo, hasta que un dedo tocó la carne.

No era más que el punto superior de su hendidura, pero aun así Candy tuvo que apretar los muslos para impedir que temblaran.

Terry interpretó mal la reacción.

- No te cierres a mí. Ahora no.

Ella quiso protestar, pero si hablaba le temblaría la voz. Entonces¿qué otra cosa podía hacer, salvo levantar una rodilla?

- ¡Oh, mi dama de antifaz. Oh, querida!

Ella había alzado una rodilla, y él hablaba tan excitado como Zeus, cuando arrojó su primer relámpago. Candy supo que Terry la idolatraba. Se supo una diosa, digna de su dios. Quiso expresar su exaltación pero, cuando él abrió su oculta feminidad y la tocó, ella olvidó por qué. Desde el momento en que la había tendido sobre la cama, Candy había permanecido casi inmóvil, transfigurada por sus exigencias, por su propio asombro ante aquel diluvio de estímulos.

Ahora, ya no podía permanecer así. Sus caderas se alzaron, rotaron, tratando de atraerlo a él hacia su interior.

Él sonreía otra vez, muy complacido e intensamente fascinado.

- ¿Me quieres ahí dentro, querida? Dímelo. ¿Me deseas?

Los dedos del hombre dejaron de moverse, y ella misma quedó inmóvil. No podía oír más que la aspereza de la respiración de él y sus propios jadeos leves y rápidos. A pesar de la tibieza dentro del laberinto, se le puso la piel de gallina. ¿Eran señales de peligro o presagios de placer? No se atrevía a adivinar. ¿Lo deseaba? Sí, mucho, por mucho tiempo. Si lo decía, si lo admitía, si cedía, él gozaría de un triunfo mayor que el anterior, y su propio desastre personal sobrepasaría a cualquier otro que ella hubiese podido concebir.

No lo sabía. Sólo sabía que si mentía, si decía que no lo deseaba y él se retiraba, habría de lamentarlo el resto de su vida.

- Sí - confesó al fin -. Te deseo.

Terry suspiró con evidente alivio, y, lo más importante, su dedo se deslizó en el interior para continuar la tortura.

Candy ya no esperaba rechazarlo, pero se puso tensa. No había imaginado que lo sentirla tan extraño tan invasor. Necesitaba más confianza que la que tenía para permitirle entrar en ella.

Sin embargo, él debió de sentirse conmovido por cierta sensibilidad, pues murmuró, con la dulzura de un amante, sin dejar de entrar y salir con el dedo:

- El centro del laberinto. He vagado mucho tiempo tratando de encontrarlo.-

Otro movimiento. Dentro de Candy, la pasión comenzó a trepar otra vez. Su cuerpo se comprimió en torno del dedo; cuando él empleó el pulgar para presionar contra lo que era, sin duda, el punto más sensible de su ser, Candy perdió sus últimas e inútiles inhibiciones.

Lanzó un fuerte gemido y sus ojos se cerraron. Se concentró en un único punto justo donde estaba la mano del hombre.

- Ésta es mi chica. - Sonaba agitado-. Siempre un poco más lejos. Un poco más alto.

Sus palabras no tenían sentido, pero a Candy no le importaba. Sólo quería...

Entonces, una vaga molestia la detuvo. Oyó que Terry decía:

- ¿Puedes recibir un poco más, querida? Sólo un dedo más.

No podía, y quiso decírselo. Pero un segundo intruso se unió al primero, y el pulgar presionó con más firmeza aún. Ella se estiró. Sintió el dolor. Después, el dolor se esfumó.

Con la boca abierta, la besó en un pecho para aliviarla, y murmuró algo que parecía un elogio. Enloquecida por el ritmo de los dedos, Candy se movió intentando acercarse más a él y al destino hacia el cual él la empujaba, cualquiera que fuese.

Y lo alcanzó. Todo su cuerpo se estremeció, se contrajo, cada músculo de su cuerpo en tensión. Todos sus sentidos se inhibieron, excepto esa sensación de puro éxtasis recién descubierta. Se retorció, gimió y vivió, totalmente atrapada en su propio placer, dependiendo por entero de Terry para que él extrajese cada gota de goce de su ser.

Cuando por fin se hubo calmado, permaneció jadeando sobre la blanda cama y vio que Terry la contemplaba serio, con el labio superior orlado de sudor. Extendió lentamente una mano hacia él, en mudo ruego, y él se alzó sobre las rodillas. Se desabrochó los pantalones y comenzó a bajárselos. Por fin se revelaría; Candy esperaba, fascinada ante la perspectiva de ver qué aspecto tenía en realidad un hombre. De ver qué apariencia tenía Terry.

Pero él se detuvo y miró sus dos dedos, y luego a ella. Candy no supo si estaba disgustado o satisfecho. Sólo supo que su boca se curvó hacia abajo y sus cejas hacia arriba y que rió y gimió al mismo tiempo. Sin abrocharse los pantalones, pero sujetándolos con firmeza a la cintura, por fin le separó las piernas con la rodilla e hizo lugar para sí mismo. Apoyado en los codos, impulsó sus caderas contra las de ella con la impudicia del hombre que se siente seguro de sus derechos. Aunque decidiera quitarse los pantalones no tardaría en estar dentro de ella, y no habría podido detenerlo. Estaba demasiado mojada, blanda, lista para él como para presentar resistencia.

Con tímida expectativa, rodeó las nalgas del hombre con sus muslos, instándolo a acercarse más.

Terry cerró los ojos en un último esfuerzo extático, y descendió hacia ella, todo el trayecto hasta ella, cubriéndola desde el pecho hasta la ingle.

Entonces él la poseyó con una necesidad explosiva. Candy a pesar de haber sentido un leve dolor, como estaba tan excitada su respuesta fue instantánea y mas adelante agresiva, dejándose llevar por la tormenta de sensaciones; presa de una alegría intoxicante, meciendo su cuerpo a través de los cambios en el ritmo, de cada salvaje contorsión, que los llevó a cometer excesos en su feroz deseo de agotar al contrincante.

Terminó en una pacifica unión. Ella se derritió en torno a él, Terry se perdió dentro de ella y sus cuerpos, empapados de sudor, descansaron al fin.

Annie había llegado esa mañana a New York con sus dos pequeños, luego de despedirse de la señorita Ponny, la hermana María, la tía abuela, sus padres y su esposo. Salió rumbo a New York. Archie había insistido en acompañarla pero Annie se negó rotundamente. Al llegar a la ciudad quiso ira a despedirse de Candy, pero al llegar a la casa en donde la rubia vivía con Madame Delibe le habían informado que no estaba

- Que extraño, salió tan temprano –comentó Annie

- Buenos días pero que tenemos aquí Madame Annie –dijo Madame al verla en la entrada

- Buenos días Madame

- Pero ven entra –dijo haciéndola pasar- acompáñame a desayunar

- Pero es que no tengo mucho tiempo deje a los niños con la niñera solo vine a despedirme de Candy

- Veo tristeza en tus ojos

- Madame ¿que le hace pensar eso?

- Ven siéntate conmigo en el desayunador de la terraza, ven

- Esta bien –dijo Annie siguiendo a la dama

- A ver ¿deseas un poco de jugo de naranja o tal vez algo de café?

- Jugo esta bien

- A ver vayamos al grano, dime ¿te va mal en tu matrimonio?

- ¿Como lo sabe Madame?

- Conozco mucho de eso

- Siento que no le gusto a mi esposo

- Eres muy bella, como no

- Oh Merci Beacoup Madame. Pero no soy el tipo de mujer que suele enloquecerlo, lo he visto admirando fotos de mujeres hermosas, con cuerpos voluptuosos, yo soy mas delgada y aunque soy madre no tengo pechos exuberantes

- Pero puedes explotar esa sensualidad que llevas por dentro, es solo saber como

- ¿Pero como hago para saber?

- Ten –dijo mientras escribía en un papel un nombre y una dirección- ella es Madame Lacroix, es experta en hacer descubrir la sensualidad en una mujer, yo te enseñaría pero te vas a Francia y créeme que allá es la cuna de la sensualidad.

- ¿Cree que se pueda hacer algo conmigo?

- Oui, preciosa, mucho, mucho ya veras- Annie tomó el papel y lo guardó en su bolso

- Debo irme

- A revoir Madame Annie, que tenga mucha suerte y espero que vuelvas pronto

- Gracias Madame, ahora – Annie se levantó de su asiento y luego de darle un beso en la mejilla a Madame se dispuso a partir cuando tropezó con una hermosa mujer pelirroja, un poco más alta que ella, con un cuerpo de diosa y unos ojos dorados que brillaban hermosamente

- Oh perdón no la vi – se disculpo Zillah

- No discúlpeme a mi yo he sido quien no la vio –dijo Annie

- ¡Zillah pequeña viniste temprano! –dijo Madame

- ¡Zillah! – susurró Annie observando a aquella hermosa mujer

- Mucho gusto soy Zillah Grey –dijo la joven sonriente mostrando una hilera de dientes perfectos.

- Mucho gusto soy Annie Cornwell...

- Zillah ella es la esposa del primo de Candy –dijo Madame, Zillah al saber quien era aquella elegante dama sintió un estremecimiento pero como era una actriz después de todo disimuló lo mas que pudo

- ¡Oh un gusto señora Cornwell!

- ¿Así que usted es una de las alegres pelirrojas, Candy me ha hablado mucho de usted –dijo Annie observando con detalle a la mujer, la verdad era hermosa, ahora si no dudaba que fueran ciertas sus sospechas, su marido le gustaba aquella mujer ¿pero hasta donde habría llegado con ella? Se preguntó

- Ay Candy ella es mi querida amiguita, yo la convencí de que se volviera pelirroja, las chicas y yo esperamos que algún día se nos una

- Bueno debo irme, un gusto volver a verla Madame –dijo Annie- señorita Zillah un gusto conocerla

- Igual señora Annie –dijo Zillah ya que no podía llamarla señora Cornwell porque le dolía

Una vez que la dama se hubo retirado Zillah se sentó al lado de Madame Delibe.

-¿Y que te pareció?

- Es muy bella

- Tiene una belleza suave y delicada –dijo Madame- solo le hace falta que explote mas su sensualidad

- ¿Y porque tendría que hacerlo?

- Porque a su esposo le gustan las mujeres como tu

- ¡Madame!

- Si ¿como te sientes de verla? es una mujer agradable

- Lo sé, pero a Archie lo amo, claro que ya nos no veremos mas

- Quien sabe, su esposa vino a despedirse de Candy ya que hoy viaja a París y no regresa en dos meses

- Tanto tiempo –dijo Zillah algo excitada

- Oui

- ¡Oh!

- Y me imagino que tu cabecilla loca esta pensando en alguien que se queda solo

- Se que esta mal y mas ahora que conocí a su esposa

- Ves lo que te digo

- Pero ¿que puedo hacer? lo amo y se que esta mal

- Oui... muy mal

- No contestaré las llamadas de Archie

- Aunque digas que lo no lo harás terminaras haciéndolo cherie

- Pero Madame

- Todo esta en tus manos cherie, disfrutar dos meses para después perderlo todo

- Tiene razón Madame –dijo con desgano

Segunda Parte: VINO

Candy despertó en brazos de aquel ardiente hombre, el cual dormía plácidamente. No lo podía creer pero había logrado su sueño, sintió que la mascara se le había caído, en realidad se había soltado de un lado, así que se dispuso a arreglarla, al parecer sus movimientos despertaron a Terry. Miro el reloj de la pared y vio que aun eran las dos y media de la mañana y todo estaba oscuro.

- Hola mi amor –dijo con voz ronca y adormecida

- Hola¿estas bien?

- Muy bien, ven acá

- No…- trato de protestar

- Veo que se te ha caído la mascara, lastima que este todo oscuro, pero ahorita mismo lo resuelvo, encenderé la luz

- No, por favor no lo hagas

- Esta bien quieres seguir jugando, así será, pero cuando amanezca ya veras…

- Por favor no insistas, lo único que quiero es que me ames otra vez

- Sus deseos son ordenes mi alegre pelirroja – dijo riendo con suavidad, después la besó. Era increíble como Terry la llenaba con una multitud de sensaciones y mientras la estrechaba, el cuerpo de ella respondía con perversidad a la dura evidencia de su necesidad que Terry no tenía intención de negar. Esa noche no se contuvieron y dieran rienda suelta a su pasión. Mientras la besaba la tomaba al mismo tiempo. Fue una invasión veloz y urgente, buscando las cultas profundidades de ella para llenarlas de él. Para sumergirse en ella.

Fue un acoplamiento total. Si era una necesidad de ambos olvidar todo lo demás, sus cuerpos simplemente respondían a instintos salvajes, que se alzaban para responder a las demandas que cada uno hacía al otro. Había una intensa satisfacción en el modo en que sus cuerpos se movían juntos una regocijadora intimidad, un conocimiento que iba mas allá de la razón, una voracidad por obtener cada sensación posible: un éxtasis de satisfacción en el clímax que los invadió a los dos, un vinculo que fue muy real, sin importar cuan breve.

Terry se separó de ella, con suavidad, se acostó boca arriba; su cuerpo completamente inmóvil, excepto por el movimiento de su pecho mientras su respiración se iba a normalizando.

Candy no deseaba pensar esa noche. Volvió la cabeza y contempló a Terry, preguntándose que pensamientos vagarían por su mente. Si es que estaba en algo. Tal vez su cerebro se quedaba blanco en momentos como ese.

Candy sabía que no debería resentir su silencio, ni su absorción en si mismo. Pero sentía que no estaba bien que pudieran estar tan unidos unos minutos y alejados al siguiente.

- Creo que necesitamos un trago –dijo Terry

- ¡Magnifica idea! –dijo la joven intentando levantarse

- Quédate aquí - ordenó- yo lo traeré

Terry abandonó el dormitorio sin molestarse en ponerse la bata, sin cohibición alguna de su perfecta desnudez. ¡Oh cuan maravilloso e irresistible podría ser! Agradeció a la oscuridad que el no pudiera ver su rostro y de esa manera no tener puesta la mascara para contemplar a media luz la perfección de Terry.

El regresó con una botella abierta de vino y un par de copas. Candy se sentó, apoyándose en las almohadas. Terry sirvió el vino en las copas y le entrego una.

- Gracias –dijo Candy

- Ahora háblame de ti Margot

- Bueno ¿que se puedo decir?

- ¿De donde vienes¿que haces en New York?

- ¿Como que quieres saber de mi, para atraparme?

- Tal vez, pero eso no será problema, dentro de poco amanecerá

- ¿Que hora es?

- Son las tres y media de la mañana

Todavía hay tiempo

- Si mucho tiempo mi dama de antifaz, tiempo para conocerte y saber quien eres

Candy bebió un sorbo de vino. Era suave, dulce, con fuerte sabor afrutado y le acaricio la garganta como terciopelo liquido. Sospechó que debía contener bastante alcohol, porque un pequeño sorbo envió un zumbido intoxicante hasta su cabeza. Tenia que buscar la manera de escapar de Terry antes de que amaneciera. Pero que difícil le iba a ser ya que ese seductor era un demonio de tentación.

La mirada de el descendió hasta la boca de Candy, ardió allí durante algunos momentos y después apuro otro trago de su copa y la colocó sobre la mesa de noche, luego tomo la copa de la mano de Candy, también la dejó sobre la mesa de noche de ella y la recostó sobre las almohadas.

Luego se confundió con la de ella, disfrutando el sabor a vino en su lengua, efectuando una lenta danza erótica que resultaba más intoxicante que el vino.

El se mojo los dedos en la copa y ungió los pechos de ella con el liquido dulce y pegajoso. Pero no terminó ahí. Terry utilizó el vino sobre todo el cuerpo de ella, marcando caminos para seguirlos con su boca, llenándole el ombligo como si fuese una minúscula taza, para beber de él. Convirtió el vino exquisito en un perfume afrodisiaco, que lo incitaba a saborear todo el cuerpo de ella y Candy se perdió en un mundo de increíble erotismo, cautivada por lo que él le estaba haciendo.

Ella cerro los ojos y flotó sobre un suave mas de ondulantes sensaciones, sintiendo fluir su cuerpo, las diferentes corrientes de excitación; algunas mayores, otras menores, pero todas de hechizante intensidad. Estaba desecha, completamente flácida cuando Terry se deslizo dentro de ella y abrazó a Candy para que rodeara al suyo, creando oleadas del mas dulce placer.

Mientras tomaba posesión de su cuerpo con movimientos lentos y deliberados sentía que estaba muy dentro de ella. Lo sentía como una parte de si misma. Una parte necesaria. Y Candy sabía que se sentiría vacía cuando él la dejara.

Cuando terminó, el placer de sentir la escencia de su vida mezclarse con la de él, estuvo mezclado con el dolor de saber que no significaba lo que debería. Ella cerró los ojos mientras las lágrimas los llenaban y se desbordaban.

- No, no- murmuró el con voz apagada y la tomó en sus bazos estrechándola con fuerza mientas se colocaba de costado. La acurruco contra su pecho, acariciándole el cabello y depositando pequeños besos sobre sus sienes.

- No llores por favor

Pero Candy no podía contener las lagrimas. La suavidad y ternura de su abrazo lo hacía aún mas difícil, pero valientemente intento reprimir el llanto, sabiendo que estaba rompiendo el trato sobreentendido por tener un amorío.

- Estoy cansada, eso es todo- logro decir, tratando desesperadamente de explicar esa emoción

El nunca podría entender que tan incorrecto resultaba esto para ella. Saber que el amaba apasionadamente a una extraña y mas aun que el no sabría que era ella, su pecosa, había compartido su cama. Una mezcla de dolor, celos y tristeza se mezclaban en su interior. Terry era un amante maravilloso, cuantas mujeres habían sido sus amantes, cuantas habían descubierto la magia maravillosa que ese hombre poseía y que quería solo para ella.

- Ya esta bien, tranquila- murmuro él, acostándose boca arriba y llevándola a ella también, de modo que quedó recostada sobre su cuerpo.

El le acarició el cabello y la espalda sin parar, con movimientos suaves y tranquilizadores y poco a poco Candy logró contener las lagrimas. El esfuerzo la extenúo y no tuvo fuerzas para separarse de él.

"No debo pensar en esto", se dijo Candy. Era mejor dejar la mente en blanco. Todo había terminado. Ya formaba parte del pasado. El era sólo un cuerpo tibio, en confortable contacto con el suyo. La mejilla de Candy estaba apretada contra el corazón de él.

Una languidez profunda invadió el cuerpo de Candy. La somnolencia nubló su mente cansada. Se quedo dormida sin darse cuenta. No supo que Terry la acostó sobre las almohadas y la tapó con una colcha y le acarició los rizos rojos con ternura.

Eran ya casi las seis de la mañana muy pronto amanecerecia y como si algo que le avisara a Candy, no sabia, que despertó y vio a Terry durmiendo a su lado, se levantó lo mas suave que pudo a fin de no despertarlo, corrió y se vistió rápidamente y salió de la casa sin llamar la mas mínima atención. Al llegar a la vía mas cercana, llegó y paró un taxi y le dijo que la llevara a casa de Madame Delibe.

Terry despertó pensando que su misteriosa dama de antifaz aun se encontraba junto a él, levantó la cabeza y vio la luz del sol mezclarse por la rendija de la ventana.

- Vaya por fin amaneció- dijo el joven- vamos preciosa despierta y muéstrame tu bello rostro…- no había nadie, un par de almohadas estaban en el lugar de Margot - Pero ¿¿que es esto¡¡maldita sea como me pude descuidar. Pense que la había agotado lo suficiente como para que no pudiera irse…¡maldición…! - Terry se levanto y tomo una botella de whisky y se sirvió en un vaso- ¿¿Qué diablos me pasa, por qué me siento tan vacío?? pensé que si estaba con ella aunque sea solo una vez podría quitarme esta obsesión, pero no, algo me ata a esa mujer, una mujer a la que he podido verle bien el rostro. Pero esto no se quedará así, yo descubriré quien eres, así sea lo ultimo que haga.

Continuara….

Notas de autora

Hola queridas amigas espero que les haya gustado el capitulo, estuvo cachondo eh ji ji ji. Ahora si que se puso grueso el asunto, Porque pese a que pasaron una maravillosa noche juntos los sentimientos quedaron a flor de piel. Y nuestro querido Terry les aseguro que con lo que vendrá estaría aun más confundido que nunca. Ya sabrán lo que les digo. Bueno espero mandarlas pronto una continuación, por ahora me despido. Les mando un beso a las chicas que me han escrito ara pedirme un nuevo capitulo. Prometo apurarme en el próximo.

Con Cariño

Maruquel

P.D: Ya saben donde encontrarme si desean decirme algo MVillaverde25yahoo.es ó