No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Sarah J. Maas. Yo solo me divierto un poco.

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A Bella le parecía que apenas había cerrado los ojos cuando notó una mano en el costado. Gruñó y se estremeció cuando alguien descorrió las cortinas y dejó entrar el sol.

—Despierta.

Lógicamente, era Jacob.

Bella se revolvió bajo las mantas y tiró de ellas para cubrirse la cabeza, pero el capitán las agarró y las arrojó al suelo. Con el camisón enrollado en los muslos, la muchacha se estremeció.

—Hace frío —se quejó, y se abrazó las rodillas. No le importaba disponer únicamente de unos cuantos meses para derrotar a los otros campeones, pero necesitaba dormir. Habría estado bien que el príncipe heredero se hubiese planteado sacarla de Endovier un poco antes y darle así algo de tiempo para recobrar fuerzas; ¿desde cuándo conocía la existencia de la competición?

—Levanta —Jacob le arrancó las almohadas de debajo de la cabeza—. Estás haciéndome perder el tiempo.

Si el capitán percibió la cantidad de piel que Bella estaba enseñando, no dio muestras de ello.

Rezongando, la chica se deslizó hasta el borde de la cama y estiró un brazo para tocar el suelo.

—Traedme las zapatillas —murmuró—. El suelo está frío como el hielo.

El capitán gruñó, pero Bella no le hizo caso y se puso en pie.

Trastabilló y se arrastró hasta el comedor. Allí, sobre la mesa, le esperaba un abundante desayuno. Jacob señaló la comida con la barbilla.

—Come bien. El torneo empieza dentro de una hora.

Si estaba nerviosa, se guardaba mucho de demostrarlo. Bella suspiró exageradamente y se dejó caer sobre una silla con la gracia de un enorme animal. Luego le echó un vistazo a la mesa. Ni un cuchillo a la vista. Pinchó un trozo de salchicha con el tenedor.

—Y ¿se puede saber por qué estás tan cansada? —preguntó Jacob desde el umbral.

Bella apuró el zumo de granada y se limpió la boca con una servilleta.

—Estuve leyendo hasta bien avanzada la noche —contestó ella—. Le envié una carta a vuestro principito pidiéndole permiso para tomar prestados algunos libros de la biblioteca. Me concedió el deseo y me envió siete libros de su biblioteca personal que me ordenó leer.

Jacob negó con la cabeza sin dar crédito a lo que oía.

—No estás autorizada a escribirle al príncipe heredero.

Bella le dedicó una sonrisa tonta y tomó un poco de jamón.

—Podía haber ignorado mi carta. Además, soy su campeona. No todo el mundo se siente obligado a ser tan desagradable conmigo como vos.

—Eres una asesina.

—Si digo que soy una ladrona de joyas, ¿me trataréis con más gentileza? —agitó la mano con desdén—. No contestéis.

Bella se metió una cucharada de gachas en la boca, consideró que estaban insulsas y depositó cuatro montoncitos de azúcar de caña en aquella masa grisácea.

¿Serían sus competidores unos adversarios dignos de ella? Antes de que pudiese empezar a preocuparse, echó un vistazo a la ropa negra del capitán.

—¿Es que nunca lleváis ropa normal?

—Date prisa —se limitó a decir él. El torneo aguardaba.

De pronto, Bella perdió el apetito, y apartó el cuenco de gachas.

—Entonces, debería vestirme —se volvió para llamar a Sue, pero se lo pensó mejor—. ¿Qué clase de actividades voy a tener que llevar a cabo hoy? Lo digo para vestirme en consecuencia.

—No lo sé. No nos darán los detalles hasta que llegues —el capitán se levantó y tamborileó con los dedos en el pomo de su espada antes de llamar a una doncella. Cuando Bella entró en el dormitorio oyó a Jacob hablar con la criada—: Que se ponga pantalones y camisa..., algo holgado, nada recargado ni demasiado revelador, y una capa.

La doncella desapareció en el vestidor. Bella la siguió y se desnudó sin más ceremonias hasta quedarse en ropa interior, y disfrutó como una loca al ver que Jacob se ponía como la grana y se daba la vuelta rápidamente.

Unos momentos después, Bella frunció el ceño al verse en el espejo del comedor mientras seguía al capitán a toda prisa.

—¡Estoy ridícula! Estas calzas son absurdas y esta camisa es horrible.

—Deja de quejarte. A nadie le importa cómo vayas vestida —Jacob abrió la puerta que daba al pasillo y los guardias que había apostados fuera se cuadraron al instante—. Además, podrás quitártelos en los barracones. Estoy seguro de que a todo el mundo le encantará verte en ropa interior.

Bella maldijo entre dientes, se envolvió en la capa de terciopelo verde y echó a andar detrás de él.

El capitán de la guardia la condujo a buen paso por el castillo, que aún estaba helado por el frío matutino, y enseguida entraron en los barracones. Allí los saludaron unos guardias protegidos con armaduras variadas. Al otro lado de una puerta abierta se veía un enorme comedor, donde muchos de los guardias estaban desayunando.

Por fin, Jacob se detuvo en algún lugar de la planta baja. La gigantesca sala rectangular en la que entraron tenía el tamaño del gran salón de baile. A ambos lados había columnas que sostenían una entreplanta, el suelo estaba enlosado a cuadros blancos y negros, y las puertas de cristal de suelo a techo que ocupaban una pared entera estaban abiertas, con las vaporosas cortinas mecidas por la fresca brisa que entraba del jardín. La mayoría de los veintitrés campeones estaban ya diseminados por toda la sala entrenando con quienes solo podían ser los hombres de confianza de sus patrocinadores. Todos estaban meticulosamente controlados por guardias. Nadie se molestó en mirarla, salvo aquel muchacho vagamente guapo de los ojos grises, que esbozó una sonrisa antes de seguir disparando flechas a un blanco situado en la otra punta de la sala con una precisión desconcertante.

Bella levantó la barbilla y echó un vistazo a un armero.

—¿Esperáis que me ponga a usar una maza una hora después de salir el sol?

Tras ellos entraron seis guardias con las espadas desenvainadas se sumaron a las docenas que había ya en la sala.

—Si intentas hacer alguna tontería —dijo Jacob en voz baja—, ellos están aquí.

—No soy más que una ladrona de joyas, ¿recordáis?

Se acercó al armero. Qué decisión tan insensata, dejar todas aquellas armas a su alcance. Espadas, dagas de defensa, hachas, arcos, picas, cuchillos de caza, mazas, lanzas, cuchillos arrojadizos, garrotes de madera... Aunque normalmente prefería el sigilo de una daga, estaba familiarizada con cada una de aquellas armas. Miró a su alrededor y reprimió una mueca. Al parecer, el resto de los competidores también lo estaban. Mientras los observaba, con el rabillo del ojo vio moverse algo.

Felix entró en la sala flanqueado por dos guardias y un hombre fornido lleno de cicatrices que debía de ser su entrenador. Bella se irguió mientras Felix avanzaba hacia ella a grandes zancadas con una sonrisa bailando en los labios.

—Buenos días —dijo Felix con una voz profunda y áspera. Paseó sus ojos oscuros por el cuerpo de la chica hasta llegar a su cara—. Pensaba que ya te habrías ido corriendo a casa.

Bella sonrió sin separar los labios.

—¿Ahora que empieza la diversión?

Habría sido tan, tan fácil volverse, agarrarlo del cuello y estamparle la cara contra el suelo. Ni siquiera se dio cuenta de que estaba temblando de ira hasta que vio a Jacob.

—Resérvate para el torneo —dijo el capitán en voz baja.

—Voy a matarlo —susurró ella.

—Ni hablar. Si quieres cerrarle la boca, derrótalo. No es más que un bruto del ejército del rey. No malgastes fuerzas odiándolo.

Bella puso los ojos en blanco.

—Muchas gracias por salir en mi defensa.

—No me necesitas para defenderte.

—Aun así, habría sido agradable.

—Puedes librar tú sola tus propias batallas —dijo Jacob, y señaló el armero con la espada—. Elige una —al capitán le brillaron los ojos cuando la asesina se quitó la capa y la tiró a sus espaldas—. Veamos si estás a la altura de tu arrogancia.

A Felix le habría cerrado la boca... metiéndolo en una tumba sin nombre para siempre; pero ahora..., ahora pensaba hacer que Jacob se comiese sus palabras.

Todas las armas tenían un buen acabado y brillaban a la luz del sol. Bella fue desechándolas una tras otra, juzgando cada arma por el daño que podría causar en el rostro del capitán.

Se le aceleró el corazón mientras pasaba un dedo por los filos y los mangos de cada arma. No acababa de decidirse entre las dagas de caza y un encantador estoque con una guarnición llena de adornos.

Con aquello podría arrancarle el corazón a una distancia prudencial.

La espada brilló cuando la empuñó para sacarla del armero.

Tenía una buena hoja: fuerte, lisa y ligera. En la mesa no le dejaban un cuchillo de untar, pero ¿tenía acceso a aquello?

¿Y si lo cansaba un poco?

Jacob dejó su capa sobre la de ella y flexionó su musculoso cuerpo bajo los hilos oscuros de su camisa. Desenvainó la espada.

—¡En guardia! —exclamó, y adoptó una postura defensiva.

Bella lo miró aburrida.

«¿Quién te crees que eres? ¿Qué clase de persona dice: "En guardia"?».

—¿No vais a enseñarme primero lo más básico? —preguntó en voz baja para que solo él pudiese oírla, la espada le colgaba de una mano. Acarició la empuñadura y cerró los dedos sobre la superficie fría—. No sé si sois consciente de que me he pasado un año en Endovier. Se me podría haber olvidado.

—Con todas las personas que murieron en tu sección de las minas, dudo mucho que se te haya olvidado algo.

—Fue con un pico —contestó Bella sonriendo abiertamente—. Lo único que tenía que hacer era abrirle la cabeza a un hombre o clavárselo en el estómago —afortunadamente, ninguno de los otros campeones les estaba prestando atención—. Si consideráis que esa tosquedad está a la altura de la destreza en el manejo de la espada..., ¿se puede saber qué tipo de lucha practicáis vos, capitán Black? —se puso la mano libre sobre el corazón y cerró los ojos para dar mayor énfasis.

El capitán de la guardia arremetió contra ella con un gruñido.

Bella, no obstante, ya lo esperaba, y abrió unos ojos como platos en cuanto las botas de Jacob rechinaron contra el suelo. Giró el brazo, colocó la espada en posición de bloqueo y sus piernas se prepararon para el impacto del acero contra el acero. El ruido fue muy curioso y en cierta forma más doloroso que recibir el golpe, pero Bella no se lo planteó cuando el capitán volvió a cargar y ella paró el arma con facilidad. Al despertar de su letargo, notó un dolor en los brazos, pero siguió parando y desviando golpes.

El manejo de la espada es como bailar: hay que seguir ciertos pasos o todo se viene abajo. En cuanto oyó el ritmo, lo recordó todo rápidamente. Los otros competidores se desvanecieron entre las sombras y la luz del sol.

—Bien —dijo el capitán entre dientes, bloqueando su golpe al verse forzado a adoptar una postura defensiva. A Bella le ardían los muslos—. Muy bien —susurró. Él también era bastante bueno... Mejor que bueno, en realidad, aunque ella no pensaba decírselo.

Ambas espadas se encontraron con un ruido metálico y ejercieron presión sobre el acero del contrincante. Él era más fuerte, y Bella resopló como consecuencia del esfuerzo que tuvo que hacer para sostener su acero contra el del capitán. Pero, por fuerte que fuese, no era tan rápido como ella.

Bella retrocedió y fintó, y sus pies presionaron el suelo y se flexionaron con la gracilidad de un pájaro. Al verse sorprendido con la guardia baja, a Jacob solo le dio tiempo a desviar el golpe.

Bella le tomó la delantera y descargó el brazo sobre él una y otra vez, retorciéndose y girándose, encantada con el suave dolor que notaba en el hombro cuando su hoja se estrellaba contra la del capitán.

Se movía rápidamente: como una bailarina en un ritual del templo, como una serpiente en el desierto Rojo, como el agua que corre ladera abajo.

Él no se arredró, y Bella le permitió avanzar antes de reclamar la posición. El capitán intentó sorprenderla con un golpe dirigido a la cara, pero aquello solo despertó su ira; la asesina desvió el golpe levantando el codo, que se estrelló contra el puño de Jacob y lo obligó a bajarlo.

—Hay algo que debes recordar cuando te enfrentes a mí, Swan —dijo jadeando. El sol brilló en sus ojos marrones.

—¿Humm? —gruñó ella embistiendo para desviar su último ataque.

—Que nunca pierdo —añadió, y antes de que Bella pudiese comprender sus palabras, algo le segó los pies y...

Tuvo la horrible sensación de caer. Jadeó cuando su espalda chocó contra el mármol y el estoque salió volando de su mano. Jacob le apuntó al corazón con la espada.

—He ganado —dijo entre dientes.

Bella se incorporó apoyándose en los codos.

—Habéis tenido que recurrir a ponerme la zancadilla. Yo a eso no lo llamaría ganar.

—No es a mí a quien le están apuntando al corazón con una espada.

El ambiente resonaba con el ruido metálico de espadas que entrechocaban y de respiraciones fatigosas. Bella miró a los otros campeones; todos estaban entrenando. Todos menos Felix, claro, que al verla sonrió de oreja a oreja. Bella le enseñó los dientes.

—Tienes la destreza —dijo Jacob—, pero algunos de tus movimientos siguen siendo indisciplinados.

La asesina dejó de mirar a Felix y fulminó con la mirada a Jacob.

—Eso nunca me ha impedido matar —le espetó.

Jacob soltó una carcajada al verla tan agitada y señaló el armero con la espada mientras le permitía que se levantase.

—Elige otra. Algo diferente. Y que sea interesante. Algo que me haga sudar, por favor.

—Sudaréis cuando os despelleje vivo y os aplaste los ojos con los pies —murmuró recogiendo el estoque.

—Así se habla.

Bella devolvió el estoque a su sitio y, sin dudarlo, cogió los cuchillos de caza.

«Mis viejos amigos».

En la cara se le dibujó una sonrisa malévola.

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