NOTA DE LA AUTORA: ¡Hola de nuevo y gracias por los lindos reviews dejados en el capítulo anterior! Este capítulo lo trabajé mucho, ya que dará comienzo a nuevas situaciones a un tipo de transición en la historia. Espero que no se les haga muy denso y aún así les guste :)
12.
Los hermanos sean unidos
La primera palada de tierra cayó fuertemente sobre el económico cajón de madera. El peón del cementerio de Locust Grove no tenía más de dieciséis años y los escuálidos brazos le temblaban cada vez que intentaba levantar la pesada pala.
—Deja niño, lo haré yo —Merle se acercó al muchacho y con un suave empujón que casi le tira al piso, le apartó para tomar la pala.
Daryl y Merle eran los únicos presentes en el entierro de Charles y no era de extrañar: el viejo se había ganado merecidamente el odio y la repulsión del resto del pueblo siendo un hombre primitivo y violento. Si algo tenía que agradecer estuviese donde estuviese, era que sus hijos estaban allí.
Merle al fin estaba sobrio después de lo sucedido esa madrugada, y aunque Daryl aún no lograba explicarse cómo le había convencido, ni siquiera se animó a preguntar. No supo si se trataba de obligación, caridad o culpa teniendo en cuenta además de que su hermano no poseía ninguno de esos sentimientos.
—Pediré otra pala en la capilla para ayudarte —dijo Daryl mientras comenzaba a caminar.
—¿No crees que pueda hacerlo por mí mismo? Que el viejo esté muerto no significa que ahora sea yo el anciano de la familia —el mayor de los Dixon protestó mientras se sacaba las gotas de sudor de la frente.
La tormenta se había ido y el vapor que emanaba del suelo empeoraba aún más el calor. El cielo estaba totalmente limpio y el sol brillaba en todo su esplendor a esas horas del mediodía.
Los hermanos Dixon habían decidido que enterrarían a su padre lo más lejos posible de la tumba de Natalie, porque consideraron que no habría peor forma de torturar a su madre en el más allá (si había uno) que colocando a Charles junto a ella después de tantos años infernales.
Tampoco habían solicitado la presencia de un sacerdote. Charles no era religioso, al igual que tampoco lo eran Daryl y Merle, por lo que nuevamente, no había nadie más que ellos allí. Nadie más.
Merle lanzó el último montón de tierra y lo aplastó un poco con el lado de la pala, acto seguido, lanzó un escupitajo que si bien no lo hizo con ánimos de ofender la memoria de su padre, éste cayó sobre su tumba sin más.
—En fin, ¿hay que pagar la lápida? Yo no voy a poner un puto peso —dijo Merle mientras se acercaba a su hermano y lanzaba la herramienta al suelo.
—Sí. Igualmente por ahora no podré hacer nada, hace días no voy a trabajar y... —Daryl se dirigió a su hermano—...con los gastos de anoche si me queda para un paquete más de cigarrillos puedo estar agradecido.
—¿Tan cara te costó... —Merle pudo sentir cómo los ojos de Daryl se le clavaban de forma sanguinaria ante lo que estaba por decir— ... aquella mujer tan simpática?
—¿Hace falta que te recuerde que te pagué una habitación? Por cierto, me debes ocho dólares.
—Mierda. Perdón por hacerte gastar ocho dólares en esa jodida suite presidencial —Merle comenzó a ahogarse en una carcajada mientras golpeaba el hombro de su hermano— Por cierto, ¿dónde está Miss Simpatía? Cuando fuiste a llamarme hoy, ya no estaba contigo.
Daryl volvió sus ojos al suelo con preocupación y sacó el paquete de cigarrillos del bolsillo trasero de su pantalón junto con el encendedor. Colocó un cigarro en sus labios y le dio fuego apaciblemente. El hombre lanzó una bocanada de humo que se perdió rápidamente en el cielo celeste.
—Se ha ido con su familia —respondió Daryl sin más.
—¿Con el obeso de su marido?
—Ese pedazo de mierda no es su familia —le corrigió molesto el hermano menor —Según me dijo, sus padres y hermanas viven en el condado de Cherokee. Parece que va a animarse a decirles todo lo que le está pasando, o algo así. A su casa no puede volver, y a la nuestra no la voy a llevar. No contigo allí —explicó Daryl. Merle pareció molestarse.
—Hey, hey, hermanito. No soy un jodido violador, además, que tenga buen culo no significa que esté tan buena. Tú estás con ella y yo tengo códigos —Merle le arrebató el cigarrillo a su hermano menor para darle una pitada él y comenzó a apartase de la reciente tumba de Charles.
—Merle Dixon hablando de códigos, milagro del Señor —dijo Daryl sarcástico mientras comenzaba a seguirlo.
El hermano mayor se dio media vuelta y simulando tratar de violentar contra él, pasó un brazo por sus hombros y sonrió estúpidamente:
—Darylina, te invito unas cervezas.
—¿Tendré que pagarlas yo también? —cuestionó Daryl.
—Yo pago los ocho dólares que te debo, si de allí tú bebes más, no es mi responsabilidad -se justificó Merle.
Ambos hermanos salieron del pequeño cementerio, dirigiéndose al mítico bar donde Daryl una vez supo conocer a Carol. Tanto Merle como Daryl dejaron atrás a Charles y enterraron parte de su pasado. Nadie derramó lágrimas aquel día: Charles Dixon no se lo merecía.
Carol se bajó del tren con nada más que cinco dólares restantes de lo que Daryl le había dado y con la misma ropa que traía ayer. Aún le dolían las piernas y para su suerte las heridas de su rostro habían perdido un poco la inflamación. Ya tenía todo pensado.
El aire en la ciudad de Canton, en el condado de Cherokee, era diferente al denso y pesado que se respiraba en Atlanta. Ambas ciudades parecían que pertenecían a dos mundos diferentes.
La ciudad de Canton era pequeña, tranquila y plana. Corría una brisa refrescante que parecía hacer menos insoportable el calor del verano. Si bien era un día despejado, a Carol le pareció sentir como la piel de las piernas descubiertas por las pescadoras se erizaba un poco.
Fue mientras la mujer observaba el panorama de la ciudad natal que no había visitado en año y medio, que sintió como una voz chillona se le aproximaba por detrás. Era su madre, Roxanne Barrett (Barrett era el apellido de soltera de Carol).
—¡Hija mía! —exclamó la mujer de unos sesenta y cinco años mientras abrazaba a su hija fuertemente.
Como era de esperarse, Roxanne no tardó en sorprenderse al ver a su hija con el rostro herido y el cabello corto, pero lo disimuló muy bien.
Roxanne era una mujer recatada que usaba polleras largas hasta los tobillos y de estatura baja. Se recogía el plateado y alborotado cabello que supo heredar Carol, en un prolijo moño. Si bien parecía de ese tipo de abuelitas adorables, era una mujer con carácter y estrictamente vinculada con la vida armoniosa y las apariencias.
—Mamá, ¿cómo has estado? ¿Has venido tú sola? —preguntó una nostálgica Carol a la vez que sentía como un temor aumentaba dentro de ella.
Sus padres no sabían porqué estaba allí. Incluso ella les había dicho esta mañana muy temprano cuando les llamó, que llegaría con Ed. Mentalmente ya se estaba preparando para el debate familiar que tendría que soportar ni bien decidiese dar la noticia: quería divorciarse.
—No, no. Tu padre y hermanas han venido también. Están dentro de la estación. Ya sabes, tu padre no está para soportar estos calores —dijo abanicándose con la mano— Tu hermana Gina trajo al pequeño Matthew, ¡vas a ver lo gigante y sano que está, gracias a Dios! —Roxanne hizo una pausa— ¿Qué te pasó en el rostro?
—Ed y yo chocamos la semana pasada —mintió Carol y el asombro de su madre no fue menor— No te preocupes, estamos bien. Ya te contaré luego qué pasó —agregó.
—Oh, ¡gracias a Dios! —exclamó una agitada Roxanne— Querida, el cabello corto te queda muy bien. Jamás pensé que tomaras la decisión de llevarlo así. Te hace lucir más seria.
—Gracias mamá —Carol mostró una falsa sonrisa tratando de ocultar la ira que crecía en su interior. No, nunca se le hubiese ocurrido cortarse el cabello de no haber sido porque su marido se lo cortó en algún momento en el que estaba inconsciente.
La mujer pudo sentir como mientras entraban a la estación, la mirada de su madre buscaba repetidamente al yerno que nunca había llegado, y aunque no se había animado a preguntar en ese momento quizás por la felicidad de ver nuevamente a su hija y por la cantidad de preguntas que tenía que hacer de acuerdo a su "nueva apariencia", ya lo haría más tarde.
Carol era la mayor de tres hermanas. Estaba Georgina (Gina) tres años menor y madre de Matthew: su único sobrino varón de seis años y el predilecto de la familia. Luego estaba Cassandra (Cassy), de veintiocho, casada desde los veinte y madre de tres niñas, aunque en realidad deberían de haber sido cinco: había tenido dos abortos.
Cuando entraron al edificio, el anciano se paró de repente de su asiento y ante la mirada atónita de sus otras dos hijas y su nieto se dirigió tan rápido como sus piernas se lo permitieron a darle la bienvenida a Carol. La abrazó fuertemente como siempre lo había hecho.
Colocó sus manos en el rostro de Carol y le besó la frente tiernamente. Era Martin Barrett, un amoroso padre y abuelo, de más de setenta años, con varios problemas de salud pero enérgico como su cuerpo se lo permitía.
Aunque también era bastante chapado a la antigua, siempre se había comportado para con Carol de la forma que Roxanne nunca lo había hecho: Él le había dejado de jovencita vestir pantalones de jean y la llevaba de pesca siempre que podía, para alejarla de la mirada de su madre. El día que Carol se casó, fue quien le llevó hasta el altar y aunque nunca le gustó mucho Ed, siempre coincidió con su esposa de que a la muchacha se le iba a ir la vida siendo soltera.
—Mi Carol, por un momento pensé que jamás volvería a verte— dijo de forma perspicaz haciendo alterar un poco a su hija— ¿Qué te ha sucedido?
—Oh, tuvimos un accidente. Pero estamos bien, no te preocupes, pá.
—¿Es por eso que no hz venido Ed? —Gina hizo su aparición en escena de forma brusca cortando el buen ambiente que se había formado. De las hijas de los Barrett, Gina era la más amargada.
—Lo mismo estaba por preguntar ¿Dónde está Ed, Carol? ¿Se encuentra bien? —preguntó su madre.
Carol se apartó un poco de su padre mientras todos allí le miraban, incluidos Cassy y Matthew que también se hacían presentes en ese momento.
—A decir verdad, el resultó menos herido que yo. Tenía mucho trabajo y les envía disculpas —mintió la mujer mientras todos se miraban entre sí y Gina parecía no verse convencida con la respuesta— ¡Matthew, cariño! —saludó Carol a su sobrino y abrió los brazos en espera de un abrazo.
El niño no respondió. Se quedó allí parado, agarrado de la impecable falda de su madre sonriendo tímidamente. La última vez que Carol le había visto, era un niño vivaz y alegre. Parecía haberse apagado y no le extrañaba: con una madre como Gina cualquiera se apagaría.
Cassy se acercó a su hermana mayor y le abrazó levemente con mirada triste. Físicamente era la más parecida a ella, y siempre parecía tener ganas de llorar.
—Se siente muy bien tener a la familia reunida —dijo Cassy acariciando los cabellos lacios y rubios de su sobrino.
—No estamos todos. Falta Ed —protestó Gina de forma mezquina.
—Bueno, aquí tampoco veo a mucha gente —concluyó Carol— Por cierto Gina, ¿tú cómo estás?
—¿Cómo me ves? —preguntó la mujer acomodándose su falda negra inmaculada.
—Como siempre... —respondió Carol de forma sarcástica a la vez que su hermana parecía darse cuenta de lo que quería decir.
—Supongo que bien entonces —concluyó— Nuestros maridos y las niñas no han venido hoy, pero estarán mañana para el almuerzo familiar.
—Mañana nos reuniremos todos para agradecer que estés de nuevo aquí, aunque sea sólo por unos días, y por supuesto que estén sanos luego de ese accidente—-dijo su madre mientras todos comenzaban a caminar en dirección al exterior— Una pena que Ed no haya podido venir, pero bueno...
Carol tomó aire nerviosa. Su familia no había cambiado tanto. Como pasa con todo lo que hay en Canton, parecía que se hubiesen quedado en el tiempo. Si bien Martin, su padre, se veía menos saludable que hace año y medio y Matthew era ahora un niño introvertido, todo lo demás seguía de igual manera: su madre con su fanatismo religioso, su hermana Gina con los comentarios dolientes y las miradas despectivas, y finalmente, su hermana Cassy que parecía ser la infelicidad personificada.
Subieron a la amplia camioneta que manejaba Cassy y así se dirigieron hacia las afueras del pueblo, camino a una casona antigua del siglo XIX, rodeada de pastos verdes y flores amarillas a los lados de un camino de tierra que se extendía desde la carretera hasta el porche.
—Bueno, bajemos el equipaje de Carol —propuso su madre a la vez que bajaba de la camioneta para luego recordar que no había visto a su hija con ningún tipo de maleta.
Roxanne miró inmediatamente a su hija como indagándola, y Carol comprendió perfectamente lo que su madre le estaba preguntando sin usar palabras.
—No traje nada —confesó sin más— Las maletas que teníamos con Ed las perdimos en el aeropuerto en la Luna de Miel y bien... no iba a traer ropa en una bolsa de supermercado. Creo que en la casa debe de quedar algo mío, no he engordado tanto —se justificó tratando de parecer graciosa, pero por dentro estaba muriendo. Odiaba mentir y más aún si después tenía que confesar la verdad.
—Si tuvieses hijos al menos tendrías alguna mochila —dijo Cassy sonriendo— Yo tengo tres con diseños de Barbie para llevar todo lo que crea necesario... aunque podría tener cinco... —acotó hundiéndose nuevamente en la tristeza.
Las hermanas Barrett siempre habían sido de esa manera. Cassy era la más solitaria, mientras que Gina era la más corpulenta de las tres y prefería hacer daño a sus hermanas de forma psicológica ya que dolía más.
Carol nunca había entendido porqué Gina se comportaba así, pero tenía la vaga idea de que Roxanne, su madre, siempre había tenido la esperanza de hacer de Gina una monja.
Esto era porque Gina siempre fue la que se mostró más sumisa frente al carácter y exigencias de su madre, pero al parecer y por lo poco que le permitieron saber a Carol, esto cambió el día que encontraron a Gina, ya con diecinueve, apunto de tener sexo con un muchacho que estaba haciendo reparaciones en la casa Barrett.
Ni Carol, ni Cassy ni el mismo Martin sabían bien que pasaba, pero Gina y Roxanne estuvieron más de dos meses sin dirigirse la palabra y todas las noches, Roxanne cerraba con llave la puerta de la habitación de la chica con el fin de que no se escapase o hiciese algo propio de las "promiscuas".
Entraron a la casona y Carol se sintió extraña. Aquellas paredes blancas y el piso encerado a la perfección le traían miles de recuerdos, tanto buenos como malos.
Sin recorrer el resto de la casa, la mujer subió las amplias escaleras seguida por su madre y se dirigió como una niña a su habitación. Tristemente, se llevó una sorpresa al abrir la puerta.
La habitación estaba casi vacía a no ser por la cama que aún mantenía el colchón que siempre había sido suyo. Lo demás: libros, peluches, ropero, espejo, cuadros... todo se había ido.
—Como creí que venías con Ed... preparamos la habitación que era de Gina con una cama matrimonial —dijo su madre justificándose.
—¿Dónde... dónde están mis cosas?
—¿Importa eso? Ni que fueras a vivir de nuevo aquí, cielo —Roxanne atacó a Carol con sus palabras y ésta última sólo pudo suspirar decepcionada.
Se temía lo peor. Cada vez se estaba complicando más el hecho de tener que comunicarle a su familia su decisión. Ya ni siquiera tenía el rincón que le había pertenecido siempre y parecía que le hubiesen echado, borrado para siempre de la historia de la familia.
—Sí importa. ¿Dónde están mis libros, mi ropa...?
—Los vendimos, Carol ¿qué esperabas? La salud de tu padre lo necesitaba.
—Mamá, no somos pobres. Realmente no entiendo esa necesidad tuya de deshacerte de todo lo que le pertenece a tus hijas. Con Gina y Cassy hiciste igual —reprochó la mujer un tanto molesta.
Roxanne ya estaba perdiendo la paciencia. Tenía muy poca y odiaba que cuestionaran lo que hacía. Para suerte de ambas, Cassy se adentró en la habitación.
—Ma, ¿nos dejas unos minutos? —preguntó Cassy amablemente al notar el rostro de su madre. Ésta última asintió en silencio y se retiró.
Ambas hermanas se sentaron en el desnudo colchón de Carol.
—Me gustaría saber porqué hace esto —comenzó a hablar Carol con una angustia y preocupación que aumentaba.
—Quizás quiere asegurarse de que sus hijas jamás regresemos aquí —respondió la menor de las hermanas y Carol le miró entendiéndolo todo. Cassy era la más intuitiva de ellas, quizás ya se olía todo lo que pasaba.
—Mira, Carol, te puedo traer algunas prendas mías mañana. En mi cuarto papá y mamá dejaron algo de ropa de cama también, así que si quieres te la alcanzo —se ofreció.
—Te lo agradecería —respondió la mujer tratando de contener sus lágrimas.
Cassy salió de la habitación sin decir nada más y Carol quedó sola, rodeada de vacío en lo que una vez fue su cuarto.
Se acostó en la cama agarrándose las rodillas. Quizás no había sido buena idea tomar una decisión tan drástica como aquella, pero tampoco quería por nada en el mundo ser una carga para Daryl. Después de todo, no podía seguir viviendo más en el infierno que vivía con Ed y su familia debía saberlo lo más temprano posible, y cuanto antes mejor.
Carol sabía que no podía soportar más, si lo hacía, la última vez que la vería a su familia sería en un cajón el día de su entierro.
