Capítulo once
El día había empezado bien, continuado terriblemente con lo de Ryoga y Akane, y transcurrido lleno de felicidad y alegría para mi cansado corazón ante la propuesta de la mujer que adoraba.
Pero todavía no acababa. Porque las pesadillas nunca terminan cuando se supone que tendrían que hacerlo. Y porque al parecer el destino había agarrado saña conmigo y con ella, condenándonos para siempre.
Si tuve un error fatal ese día, fue, tal vez, el quedarme dormido. Tuve muchos errores, por supuesto, pero ese fue el peor de todos. Estaba agotado y sin embargo no lo puedo tomar como justificación, no hay pretexto que valga, ni razón que sea lo suficientemente buena. Me quedé dormido en la sala, mientras Akane terminaba de levantar los restos del desayuno y lavaba los platos. Tal vez no era en lo absoluto buena para la cocina, pero el té si lo sabía preparar, y fue el aroma de hierbabuena lo que terminó por arrullarme, tendido en el sofá.
Por fin dormía en paz… O simplemente, por fin dormía.
Y ella salió.
Lo que me despertó fue el sueño que tuve. Ella se iba de la casa, y dejaba todo en sombras, corría por las calles de Nerima pero yo estaba inmóvil en mi lugar, viéndola alejarse, luego se giraba para mirarme, con esa sonrisa capaz de hacer caer al mundo entero a sus pies, y se despedía de mi con la mano.
-Adiós, Ranma –me decía, y luego todo se volvía borroso.
Yo estaba helado, perdido en un desierto negro, y la veía de nuevo, en el suelo duro, como una muñeca que se ha quedado sin cuerda, o que perdió los hilos de su titiritero. Estaba tendida sobre una enorme mancha roja. Rojo escarlata… el rojo de su sangre. Y sus ojos miraban fijos al vacío, ya no a mi, nunca más a mi.
Un grito desgarrador escapaba de mi garganta destrozándome las cuerdas vocales y lanzando una última estocada a mi corazón. Entonces entendía que debía morir. Eso era todo, para eso había nacido… para morir en cuanto ella me dejara.
Desperté. Sudaba frío y mi corazón latía como el aleteo de un colibrí. La tarde había caído sin que me diera cuenta, y todo estaba demasiado silencioso. Miré hacia la mesa y ahí encontré una nota de ella, la mujer que sabía iba a perder, porque ¿qué no he sido claro en esta historia con el hecho de que Akane era demasiado para mi? Mi vida sólo valía para protegerla y amarla, si no podía hacer eso, entonces simplemente no valía. Tomé la nota entre mis dedos que eran como cubos de hielo, y leí las tres simples líneas que me dejaron estático.
Ranma, por favor entiende que esto lo debo hacer sola.
No puedo andar con miedo por la vida.
Espérame.
-¡Shampoo! –exclamé al tiempo que me ponía de pie de un salto, con el pulso reventando en mis oídos. ¡Había ido a ver a Shampoo! ¿Por qué? ¿Por qué tenía que ser siempre tan terca y obstinada? Sin su fuerza estaba perdida, ¡perdida!
Eso era un castigo, claro, el peor de todos, era mi karma volviendo siete veces para devorarme. ¿Y qué era eso de espérame? No podía creer que lo iba a hacer ¿cierto? No podía.
Salí de la casa tan rápido como un rayo, guiado por la desesperación y de nuevo por esa vieja amiga que tan bien me conocía ya; la angustia. Te tejado en tejado, con el pulso al cien y el viento revolviéndome los cabellos y hondeando mi camisa, corrí al hogar de Shampoo, pero al llegar noté que estaba cerrado y no había ni un alma dentro.
Por un instante me sentí en tierra de nadie, Nerima dejó de ser un lugar coherente para mi pues ninguna de sus calles me decía nada. ¿Dónde estaban? ¿Qué dirección pudieron haber tomado?
-Akane, eres una tonta –murmuré, sintiendo los cuchillazos de terror abalanzándose contra mi como una ola de acero.
¿Dónde? ¿Dónde? Cerré los ojos e intenté regularizar mi alterada respiración. Debía saberlo, siempre la encontraba no importando donde se metiera. Siempre, porque era mi corazón el que guiaba, y mi alma atada a la suya la que me jalaba hacia su lado. Entonces debía relajarme, respirar, pensar claramente. Tenía que soltarlo todo; las penas, el dolor, el miedo que era el más poderoso de todos los enemigos, y debía dejarlos ir.
Con los ojos cerrados me fui relajando. No había temor, no había nada, sólo mi alma, mis instintos básicos, todo el poder de mis presentimientos. Silencio, y aquello que había perdido pero sabía, seguía en el fondo de mi ser…confianza. Confianza en mi, que siempre fui el más seguro cuando de la vida de Akane se trataba. Ahora más que nunca, era el momento de demostrar que no llevaba tantos años entrenando para nada.
Eso era más vital y más importante incluso que Jusenkyo, porque lo que había en la mirada de Shampoo ya no era sano… no era lógico.
Entonces la sentí. ¿Habrá palabras para describirlo? Era el calor que me embargaba cuando estaba a su lado, el calor de su propuesta alejando todos mis miedos, era la felicidad, y la sentía allá, no muy lejos, en el bosque.
-Por Dios, Shampoo –murmuré para mis adentros mientras me lanzaba a la carrera como si la muerte me pisara los talones-. Te juro que si la tocas… Te juro que no tendré piedad.
Cuando el aire puro y fresco del bosque me llenó los pulmones, y los edificios quedaron atrás para ser suplantados por enormes robles y abetos y toda esa vegetación, comprendí que llegaría tarde… Muy tarde. No quería ser pesimista, pero no podía ignorar la voz turbia y ácida del más espantoso de los presentimientos, burlándose de mi, abrazándome entre sus fríos brazos.
En algo siempre tuve la razón, sin lugar a dudas, no tuve piedad.
Tal vez fue el monstruo que últimamente había salido a la luz para desatar mis palabras y dejar fluir mi furia… Tal vez siempre fui un monstruo dormido.
Pero ese día mantuve firme mi palabra, y desconocí por completo la piedad.
Si la bestia reventó en algún momento, estoy seguro de que ese fue.
Las vi, claro que si, porque sabía hacia dónde ir, ¿no lo he dicho ya? Y ahí estaban, en un claro de bosque, Akane con su suave vestido blanco, y Shampoo con su vestimenta china ajustada al cuerpo. Vi los árboles pasar a lado de mi como si corrieran en dirección contraria, mientras yo me acercaba a toda velocidad, enloquecido de preocupación.
Pero sin importar la distancia, ya iba tarde. ¡Muy tarde!
Escuché con el aliento atrapado en mi pecho, que Shampoo decía algo del contacto físico, algo como que las técnicas no eran necesarias ante la gente débil, y que para ella sería un placer hacerlo directamente. Con sus manos.
Si Akane respondió algo no lo escuché, porque el impacto de mi propia voz, de mi grito de guerra, me dejó sordo y estremeció el bosque hasta sus raíces.
Shampoo se lanzó a ella en el preciso momento en que yo llegaba al claro, en ese segundo tan cruel, tan inhumano. Akane no pudo reaccionar, ¿y cómo lo haría si la amazona era como el viento, tan rápida que hasta a mi me costaba trabajo verla? Pero lo que si vi, con una claridad pasmosa, fue el arma que Shampoo llevaba en la mano derecha. Una daga de acero, muy parecidas a las que Mouse usaba.
Sin técnicas, como había dicho.
Contacto físico.
El placer de hacerlo directamente.
Akane dejó escapar un lamento mientras se encorvaba hacia Shampoo, y ésta la sujetaba con una mano de la espalda, mientras con la otra hundía el filo en la carne de mi prometida. ¡Mía! ¡Y ahora no sólo cualquier imbécil la quería, sino la Muerte misma!
Recuerdo que saqué todo el aire que tenía contenido en un grito más, un grito con el nombre de quien amaba, y con todo lo que me restaba de paciencia, de calma… Podía pasarlo todo, perdonarlo todo tarde o temprano, pero eso no… Eso jamás.
El dolor en el rostro celestial de Akane fue directamente transmitido hacia mi, y casi pude sentir cómo su piel se abría, se desgarraba, cómo su interior ardía y la sangre comenzaba a brotar. Lo sentí todo.
Y me perdí. Sin embargo, no perdí el juicio, y aunque lo que hice estuvo mal, tal vez, y pocos podrían llegar a entenderlo, mi mente estaba clara mientras lo hacía, yo estaba dentro de mis cabales. Supe, en cada segundo, exactamente lo que estaba haciendo.
No me arrepiento en lo absoluto.
Si antes había sido rápido, ahora fui invisible al moverme. Esperé sólo un segundo a que Shampoo se separara de Akane, para lanzarme a ella.
Akane, mi hermosa novia, ¿es posible que aún no te he dicho con mis propias palabras, mi propia voz, que te amo? ¿Me vas a dejar así de pronto?
La vi caer de rodillas, con la vista fija hacia el frente, y supe que no podía asimilar que había sido herida de muerte, que no sentía la sangre tibia empaparle el vestido blanco y correr por sus piernas hasta la tierra helada, que la absorbía.
Pero no fue a ella hacia quien me dirigí. Sino hacia Shampoo. Ciego de coraje, si, pero mas despierto que nunca antes en toda mi vida.
Como dije, sin piedad.
La derribé con toda la fuerza de mi peso, alejándola al menos cuatro metros de Akane, que seguía sin comprender. Shampoo palideció al verme ahí, tan rápido encima de ella, y más aún cuando notó en mis ojos que ya no era Ranma, ya no era el dulce joven que siempre temblaba cuando se me acercaba, el que tantas veces la salvó, el que sintió que perdía su ego cuando ella lo rechazó por la estúpida joya de las dos caras. Ya no era ese, ahora era otra cosa. Algo frío, algo oscuro, calculador, capaz de odiar.
-Ranma… –soltó en un murmullo que llevaba plasmado todo su incipiente pánico. Pero no pudo decir más porque en ese momento la daga llena de la sangre de Akane estaba en mis manos, y al siguiente segundo, hundida en la mano derecha de la amazona, de lado a lado, hasta la tierra. Dejándola clavada.
Soltó un grito de real agonía, pero ni eso, ni sus lágrimas, ni su sangre, logaron algo en mi. Yo era hielo y fuego, el cazador perfecto.
Entonces me erguí sobre ella, y con una vehemencia palpable corrí hacia Akane, que estaba ya del todo en el césped, desangrándose. Su vestido apenas tenía unas pocas partes de la tela blanca intacta. Era la diosa de la muerte, vestida de rojo…
Me arrodillé a su lado sollozando, pero apenas me daba cuenta de eso. Ni siquiera cuando mis lágrimas empaparon su rostro y su cuello terminé de entender que estaba llorando peor que antes… peor que nunca.
La historia se repetía. La tomé entre mis brazos y me sentí de nuevo en Jusenkyo, todo igual, la misma desesperación, la misma tristeza lacerante, físicamente dolorosa. Mis palabras saliendo como un río imparable, rogándole, suplicándole que no me dejara. ¿Qué haría? Una vez más me pregunté, ¿qué haría sin ella?
Su sangre envolvió mis brazos, mis manos, y entonces sus ojos perdidos y brillantes me enfocaron, pero no me sentí mejor por esto, sino peor, mucho peor, porque estaba completamente consciente de que estaba muriendo.
Muriendo de nuevo.
Muriendo en mis brazos.
