Disclaimer: Los personajes no me pertenecen a mi sino a Suzanne Collins.
Muchas gracias por los reviews del último capítulo. Espero que este os guste tanto como el anterior, yo he disfrutado mucho escribiéndolo porque es una de mis partes favoritas de los tres libros de Los Juegos del Hambre.
Es un poco dramático, pero la historia (más bien el personaje de Katniss) necesita de estos momentos para avanzar e ir dándose cuenta de sus sentimientos (aunque el resto los tengamos claros).
12. LA CUEVA
Veo caer a Peeta y me quedo bloqueada, no sé qué hacer. Mi primer impulso es saltar detrás del él pero tengo miedo a perder el control o golpearme en la cabeza y perder el conocimiento. Por otro lado si tardo mucho en alcanzarle puede que se ahogue, o desaparezca llevado por las aguas y esa opción no es aceptable, nunca podría vivir con eso en mi conciencia. Perder a un compañero en mi primer caso es inaceptable.
Miro hacia abajo y veo que Peeta parece que está agarrado o sustentado por algo pero no puedo asegurar que esté consciente o no esté malherido. Así que miro con detalle la mejor ruta y decido que intentaré deslizarme por el terraplén hasta casi la orilla donde parece que hay una especie de sendero que llega hasta el río. Me ajusto bien la mochila a la espalda, y empiezo a bajar con el mayor cuidado posible sin apartar la mirada de Peeta. Debido a eso, a mitad de la loma resbalo y comienzo a rodar, aunque por suerte no me golpeo contra nada, y tan solo acabo algo magullada. Tardo casi 15 minutos en descender intentando mirar al suelo esta vez, aunque sigo buscando a Peeta en el río de vez en cuando. Cuando lo pierdo de vista porque las aguas le engullen se me para el corazón. Creo que están siendo los peores minutos de mi vida, a excepción del día de la muerte de mi padre bajo el alud. Amo estos bosques, pero ya me quitaron lo que más quería y no voy a permitir que me quiten a nadie más. Con esa determinación, cubro la última parte de la bajada hasta que llego hasta el camino y corro unos metros hasta donde se encuentra Peeta.
- ¡Ey! estoy aquí. – Le grito. Apenas puede levantar la cabeza y está muy pálido. Cuando le veo así, me golpea otro problema diferente a que se ahogue o se desangre. La Hipotermia. Para infundirle ánimo, o para infundirme ánimos a mí, sigo diciéndole en un tono más jocoso.– Mellark, aguanta, ahora te saco. Ni se te ocurra soltarte o tendré que tirarme al agua tras de ti. Ya has visto que he tenido que saltar del terraplén, así que no te quepan dudas "Si tú saltas yo salto" – digo haciendo referencia a Titanic y maldiciéndome en ese mismo momento. Mi cerebro ha hecho una asociación de ideas, y la ha lanzado antes de controlarla. Espero que no esté muy despierto y no sé de cuenta, porque precisamente esa película no tiene un final feliz.
- Katniss, no me parece muy buen ejemplo hablar de Titanic ahora. Él muere de hipotermia- y con un gran esfuerzo levanta la cabeza del agua y me dedica una sonrisa tan tierna que sé que lo que he dicho sobre saltar tras él es verdad, tuviera las consecuencias que tuviera.
El agua viene de un deshielo en la montaña y debe estar helada. Sé que en esas condiciones es difícil que alguien sobreviva más de una hora y ya debemos estar en los 20 o 25 minutos. Intento quitar esos pensamientos negros de mi cabeza para centrarme en mi objetivo. Al menos he conseguido que esté alerta.
Rebusco en el bolsillo del pantalón el móvil para llamar a los servicios de emergencia, pero no lo encuentro. Miro también en los otros bolsillos, del pantalón, de la chaqueta, incluso en la mochila pero nada. Seguro que se me cayó cuando bajé a buscar a Peeta. Y seguro que el móvil de Peeta está inservible por el agua. Voy a tener que sacarlo yo sola de ésta.
Busco alrededor algo que me pueda ayudar a rescatarlo y encuentro una rama bastante larga, del doble de mi altura, aunque muy pesada. Me ayudo del cuchillo que llevo siempre en la mochila, junto con otros utensilios de supervivencia, para arrancar las ramitas y aligerar el tronco para poder moverlo. Gracias a Dios ha dejado de llover ahora y es más fácil la tarea, al menos menos incómoda.
Con gran dificultad lo arrastro hasta el río. Peeta se encuentra a unos cuatro metros de distancia, pero el agua baja con mucha fuerza y la rama no va a llegar hasta a él. Además aún tengo que encontrar una piedra que me sirva de palanca para lanzar la rama hacia donde está. Empiezo a contarle mi idea.
- Peeta, voy a tender la rama, unos metros más abajo para que te puedas dejar llevar por la corriente, pero tendrás que intentar nadar hacia mí, solo serán un par de metros, así que no habrá problema – aunque no me creo que vaya a ser tan fácil y más con todos su músculos entumecidos por el frío y doloridos por la caída sonrío para dar darle ánimo. - ¿Me has entendido? ¿qué te parece mi brillante plan? Te avisaré en cuanto lo tenga dispuesto. Cuando te hayas cogido hasta la rama te arrastraré hacia mí.
Peeta ni siquiera me contesta solo me levanta el pulgar en señal de que lo tiene claro. Me asusta ver que aún tiene menos color que antes y que tiene morados tanto los labios como las ojeras bajo los ojos. ¡Katniss has tardado demasiado! me digo. Pero no puedo dejar que me venza ahora el miedo. Así que corro río abajo hasta que encuentro un sitio que creo que puede servir. Grito a Peeta para que se suelte y nade hacia donde estoy. Le voy animando mientras veo que apenas se mueve hacia el margen izquierdo del río.
- Por favor, por favor, ven hacia mí – le suplico. Haciendo un gran esfuerzo, consigue bracear y coger la rama en el último momento, pero parece tan agotado que no sé si se aguantará a ella.- Te tengo, y no te voy a dejar. Así que aguanta solo un poco más.
Empiezo tirar del árbol con toda la fuerza que soy capaz de reunir. No voy a permitir que se me vaya el chico del pan cuando ya lo tengo de nuevo a mi lado. Por fin, dejo la rama y lo agarro de las manos. Está helado. Le ayudo a salir del agua y me quito el goretex mientras se lo pongo encima. Para intentar darle calor.
- No, te enfriarás – me dice tartamudeando porque le castañean los dientes del frío.
- Peeta no digas tonterías, tú lo necesitas más que yo. Y me debes una por lo de ahí arriba. ¿Qué ha sido eso además? – ahora que está conmigo empiezo a notarme enfadada. Enfadada, porque antes me abandonó, me soltó la mano y eso no se hace en un equipo, y nosotros somos un equipo.
Peeta se apoya en mi para caminar, la pierna le sangra y la lleva arrastrándola, así no podremos llegar muy lejos, y cada vez siento que tiene menos fuerza y que se va apagando, necesitamos encontrar refugio lo antes posible. Intento dirigirme hacia el sur cerca del río porque es donde tenemos más posibilidades de encontrar rocas o cuevas,…. encuentro una un poco más abajo. Es bastante grande y la tierra está seca. Además debe de ser un refugio habitual porque tiene almacenada leña, cerilla, y hay también una bolsa de plástico con más cosas. Después de todo, hoy nos sonríe la suerte. Esto puede que le salve la vida, pienso agradecida.
- Solo un esfuerzo más Peeta, lo estás haciendo muy bien. - cuando consigo tumbarlo junto a una de las paredes, apenas tiene los ojos abiertos. Le cojo con fuerza la cara entre mis manos, queriendo transmitirle mi calor y algo de confianza. Espero a que abra los ojos y me mire con esa mirada tranquilizadora, pero no lo hace. No tiene fuerzas ni para levantar los párpados. Me acerco a su cara, y apoyo mi frente en la suya y le murmuro. – Quédate conmigo… por favor.
- Siempre – me responde con un hilo de voz.
Supongo que será porque he conseguido arrebatarle una palabra que demuestra que aún está aquí a mi lado, pero me recorre una oleada de calor por el cuerpo y sonrío. Le beso en la frente y entonces abre los ojos. Pero sus maravillosos ojos de color azul profundo, están descoloridos como todo él. Sin perder el tiempo le quito la ropa: los zapatos y calcetines, la camisa y los pantalones y le dejo mi camiseta que está bastante seca, mientras me cubro con el goretex.
Intento que no se me vayan los ojos a su cuerpo porque me moriría de vergüenza si se diera cuenta y está claro que no es momento de fijarme en esos detalles, lo sé. Sé que no es profesional ni adecuado. Pero es imposible que no me dé cuenta de lo musculado de su torso, brazos y piernas. Me recuerda a las perfectas estatuas griegas. Nunca he sido muy buena con el tema de la desnudez, siempre me ha incomodado y ver a Peeta así, además, me altera y hace que me baile el estómago. Así que no le quito la ropa interior y pienso que lo hará él si lo cree necesario.
El corte de la pierna no es muy profundo, así que corto parte de su camisa con el cuchillo y le hago como puedo un vendaje de compresión sobre la herida, tras desinfectarla con algo que llevo en la mochila. Aunque es posible que necesite puntos no creo que se vaya a desangrar. También me fijo en un golpe que lleva en la cabeza, está bastante hinchado y me preocupa, pero por ahora lo más importante es que entre en calor.
Cojo el saco de mi mochila y le ayudo a meterse dentro. En cuanto está dentro le abrazo y le masajeo en espalda y brazos para conseguir que vuelva a fluirle la sangre. Pero él sigue tiritando dentro. Me apresuro a encender un fuego y miro en la bolsa. Encuentro una cacerola, chocolatinas y una especie de sopa caducada en sobre. Y me pongo a prepararlo. Lo mejor para la hipotermia es calentar desde el interior del cuerpo, así que esa sopa, caducada o no, era la mejor de las noticias para ambos. Durante todo el rato, voy a hablándole a Peeta para que no se quede dormido, y haciéndole preguntas como si fuera un examen. Entre la hipotermia y el golpe en la cabeza ha de estar despierto lo máximo posible, o al menos yo me siento más tranquila. Mientras esté despierto, sé que sigue conmigo. Le cuento sobre el día en que Prim se empeñó en comprar una cabra para hacer queso, y cómo se la regalé con un lazo rosa anudado al cuello. Le cuento también la historia del oso tuerto y la del día que a Gale y a mí nos persiguió un enjambre de abejas y tuvimos que acabar saltando a uno de los lagos para que no nos comieran vivos,… él se ríe débilmente y me mira fijamente. Tal vez por eso, por la forma en que me mira, sea incapaz de contarle y agradecerle la historia del pan y lo que significó para mí. Pero si no sale de ésta nunca se lo podré agradecer. Soy una cobarde, siempre lo he sido cuando se trata de abrir mis sentimientos a alguien. Es un hábito adquirido hace demasiado tiempo que no sé cómo romper.
- Katniss ¿sigues aquí? Te has quedado seria de repente – me dice.
- Hmmm estaba concentrada en la sopa, creo que ya está. - ¡Oh, genial! Pienso. Hasta a mí me ha sonado falso. Como para confirmar lo que digo saco la cacerola del fuego y me acerco a él que me mira con ojos desconfiados.
- Katniss, ¿sabes que eres muy mala mentirosa para ser agente del FBI? No juegues nunca a las cartas o perderías tu dinero – y se lleva la mano a la cabeza, con los ojos cerrados.
- ¿Te encuentras bien? – le digo preocupada.
- He estado mejor – responde con resignación – No hace falta que me mientas, sé en qué pensabas. En qué has hecho tú para merecer estar atrapada en una cueva con un torpe como yo y en cómo, pese a todo, me vas a sacar de aquí.
¡Oh Peeta! Pienso. Ni siquiera te has quedado cerca. Si realmente supieras que soy lo que soy gracias a ti… que fuiste tú, él que no sólo me dio el pan sino la idea de cómo reconducir nuestra precaria situación, que verte cada día me daba esperanzas de conseguir algo mejor, porque tú representabas lo bueno que había en este mundo. Que incluso, aunque cazábamos los sábados, retrasaba cuando podía hasta el domingo llevar las piezas a tu panadería porque sabía que ese día estabas tú y no tus otros hermanos y me atrevía a saludarte aunque solo fuera con la cabeza para ver tu sonrisa. Seré mala mentirosa, pero parece que he conseguido ocultarte durante muchísimos años lo importante que siempre has sido para mí. Pero no lo digo en voz alta.
Me acerco para darle de comer pero él me dice que no tiene hambre y se gira hacia el otro lado, intento evitar una arcada. Se nota que está muy mareado. Y tira la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados, mientras aprieta los labios con fuerza.
- Vamos Peeta tienes que comer y entrar en calor. Hazlo por mí – y para quitar algo de intimidad a mi petición añado – no cocino tan mal ¿sabes? - Así que empiezo a darle la sopa con cuidado, esperando que le haga reaccionar, aunque se nota que le cuesta mucho tragar y abrir la boca. - Cuando te diste el golpe en la cabeza, ¿sabes si perdiste el conocimiento?
- Creo que sí – asiente – recuerdo que me golpeé y de pronto me desperté al caer en el agua helada. – Frunzo el ceño con preocupación, porque sé que debo darle un anticoagulante, pero eso le empeorará el sangrado de la pierna y no sé qué hacer. Peeta sigue - Lo siento Katniss. Siento ser un estorbo. Y muchas gracias por cuidarme y salvarme la vida.
- ¿Qué tú me das las gracias por salvarte la vida? Yo estoy aquí, viva gracias a ti.- Exploto. Por fin lo he dicho, aunque de una forma más brusca de lo que quería, parece que esté enfadada con él, en vez de agradecida
- ¿De qué hablas?
- Del pan, Peeta. Pero no espero que tú lo recuerdes.
- ¿El pan? ¿Qué pan? ¿De cuándo éramos niños? – le asiento con la cabeza. Y él continúa cansado – Creo que podemos olvidarnos de eso, acabas de salvarme la vida.
- Pero no me conocías- le rebato – no habíamos hablado nunca. Ni siquiera estaría aquí para salvarte si tú no me hubieras ayudado entonces. Siempre me pregunté ¿por qué lo hiciste?
- ¿Por qué? – pregunta sorprendido - ¿No lo sabes?
Respondo negando con la cabeza. Peeta parece dubitativo de si seguir hablando o no, así que decido meterle otra cucharada de sopa en la boca porque de pronto tengo miedo de dónde nos puede llevar esta conversación. Pero en la siguiente cucharada, levanta la mano para quitarme la cuchara de la mía y continúa.
- Era el primer día de clase. Teníamos 5 años y tú llevabas un vestido precioso de cuadros rojos y el pelo recogido en dos trenzas, en vez de en una – y hace una pausa mientras coge y acaricia la punta de mi trenza. Sé que si no quiero que siga por este camino debería de pararlo ya, pero sus preciosos ojos están clavados en los míos, y como siempre me sucede cuando Peeta me mira, soy incapaz de tener voluntad propia. Así que me quedo callada, atenta,… y él continúa – Mi padre te señaló cuando esperábamos para ponernos en fila.
- ¿Tú padre? ¿por qué?
- Me dijo: "¿ves a esa niñita? Quería casarme con su madre, pero ella huyó con otro hombre".
- ¿Qué? ¡te lo estás inventando!
- No, es completamente cierto – y sonríe al ver mi desconcierto. – yo le respondí por qué querría nadie casarse con otro hombre pudiendo tenerlo a él. Y él respondió "porque cuando él canta… hasta los pájaros se detienen a escuchar". Así que ese día, en la clase de música, la profesora preguntó quién se sabía la canción del valle y tú levantaste la mano rapidísimamente. Ella te puso de pie sobre un taburete y te hizo cantarla para nosotros. Te juro que todos los pájaros callaron. Y justo cuando terminó la canción, lo supe: estaba completamente perdido igual que tu madre. – Baja la vista un momento como avergonzado y respira profundamente como si le costara continuar – Durante los once años siguientes hasta que nos fuimos a la universidad, intenté reunir el valor suficiente para hablar contigo. Pero sin mucho éxito. Así que en cierto modo, el estar contigo aquí, en esta cueva, aunque no lo consiga es un golpe de buena suerte.
Me quedo callada, sin saber qué decir, aunque noto una absurda alegría que invade mi cuerpo. Lo que siento no está bien, Peeta está herido y podría morir y yo me alegro de estar en esta cueva con él ¿Qué me pasa? ¿Qué es lo que no funciona bien en mí? Así que, avergonzada, opto por cambiar de conversación.
- Necesitas una aspirina- y me levanto a cogerla del botiquín que llevo en mi mochila. Tardo algo más en encontrarla porque me tiemblan las manos de los nervios, o de la emoción, o tal vez solo del frío que hace en este maldito sitio. Cuando por fin la encuentro, vuelvo con él y le doy la pastilla y cuando le acerco el agua para que la trague con más facilidad me coge del brazo.
- Di algo Katniss.
- No soy buena diciendo cosas – y me tiembla la voz y todo el cuerpo con su contacto y cercanía.
Entonces me empuja suavemente hacia él y yo me inclino dejándome llevar hasta que estoy a pocos centímetros de su cara. "Entonces seré yo, quién rellene tu silencio" creo que murmura. Y en ese momento siento sus labios en los míos. Sorprendentemente cálidos para una persona que ha estado casi una hora en un agua congelada. Pero enseguida dejo de pensar y me dejo llevar por la sensación. Siento una de sus manos hundiéndose en mi pelo y acariciándome la cabeza hasta la base de la nuca y acercándome más a él. Siento su lengua en mis labios y abro la boca. Cuando su lengua toca la mía, un gemido escapa de mi control y me inclino más sobre él apoyando una de mis manos sobre su hombro, y él enseguida la atrapa con su otra mano. Sigo besándole con pasión hasta que noto que me falta el aliento y me separo de él. Pero ese pequeño distanciamiento hace que me pinche el corazón con un dolor desconocido. Peeta me coge la cabeza y la apoya contra su pecho y de nuevo me siento completa.
Le paso las manos por la cintura y me quedo así recogida contra él intentado que la mayor parte de mi cuerpo esté en contacto con el suyo. No sé cuánto tiempo habrá pasado pero noto algo húmedo sobre mi cabeza, levanto la mirada hacia él y veo que le caen lágrimas por las mejillas.
- Peeta ¿qué te pasa? ¿estás bien? No me asustes por favor.
- Me duele mucho la cabeza…
Sin pensarlo dos veces me levanto rápidamente.
- He de ir a buscar ayuda. No puedo quedarme aquí mientras veo como, como,… - pero se me quiebra la voz y no puedo acabar la frase. No es momento de llorar ni de ponerse sentimental o lo perderé. Y en ese momento la realidad me golpea con toda su fuerza. Si pierdo a Peeta no será cómo perder a un compañero o a un amigo será cómo perder una parte de mí – He de ir rápidamente al coche y al puesto de los guardabosques.
- Katniss, es de noche y está lloviendo a mares, no te lo permitiré.
- ¿Qué no me lo permitirás? – le grito enfadada – Me gustaría saber cómo piensas impedírmelo, por si no te has dado cuenta de la gravedad de tu situación, no puedes caminar, estás aún medio congelado y tienes una contusión muy fea en la cabeza que no te permitiría ni siquiera levantarte de donde estas. Me voy ahora mismo a por ayuda y me da igual lo que digas o lo que hagas, no podrás impedírmelo
Acabo gritándole y llorando. No sé qué me pasa y por qué no soy capaz de controlarme. Le doy la espalda y cojo mi mochila para salir de la cueva a la noche oscura que tenemos, solo iluminada por relámpagos de la tormenta que tenemos encima, cuando me abandonan las fuerzas y caigo de rodillas al suelo sollozando. Siento sus manos sobre mis hombros y su respiración en mi cuello
- Shhh, tranquila todo estará bien – me susurra – no pasará nada. No va a pasarme nada mientras estés conmigo, ahora no. Hagamos un trato ¿de acuerdo?
- ¿Un trato? – le digo y me giro para afrontar su cara. Está terriblemente pálido por el esfuerzo y puedo notar el dolor en sus ojos. - ¿qué clase de trato? ¿No ves que no puedo permitir que te pase nada?
- En cuanto amanezca podrás salir. Irás más rápida y yo sabré que a la gran cazadora no le puede pasar nada en los bosques y estaré tranquilo. Así ganamos los dos. Además mi teléfono está en la chaqueta bajo las piedras, ese terreno es resbaladizo y ahora por la noche no tendrás opción, así que vas a invertir el mismo tiempo en buscar ayuda que si fueras ahora a por el coche. ¿Ves como sí hay una solución? - Y me sonríe mientras acaba la frase.- Ahora vamos a descansar.
Le ayudo a levantarse y le acompaño hasta el saco. Pero él lo abre y se tumba en la arena. Me hace un gesto para que me tumbe a su lado y nos tapa con él mientras me abraza. Es la segunda noche que me acuesto entre los brazos de Peeta y empiezo a acostumbrarme, ya que me siento en paz y sin temores, como si no pudiera pasarnos nada malo, lo que no deja de ser irónico por la situación en la que nos encontramos. Lucho por no quedarme dormida, pero se me cierran los ojos. Antes de quedar rendida a la profundidad de los sueños, recuerdo su sonrisa y cómo me afecta y descubro que sería capaz de hacer cualquier cosa que me pidiera por seguir viéndole sonreír de esa manera.
Pues aquí está. Volveré a actualizar posiblemente el fin de semana que viene.
Espero vuestras opiniones, realmente las valoro mucho y me ayudan a continuar.
Gracias!
