6423 palabras.
Escribo sin fin de lucro.
Disclaimer: Hetalia Axis Power y todos sus personajes -los que avanzan poco a poco en busca de la salida o de la entrada- pertenecen a Hidekaz Himaruya.
Advertencias: Posibles comentarios fuertes en la escena FrUK. Advertencias tarísticas.
PD: Supongo que la próxima vez que nos leamos aquí será después de mi cumpleaños. ¿Qué les parece un poco de lemon para festejar? Apunten la pareja para ir pensándolo.
La Torpeza de tus Pasos: Capítulo 12: Martín
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Apenas abrió la puerta escuchó unos gritos –de Arthur- en el interior y por el pequeño espacio que había dejado entre dintel y puerta Tante Meggie se coló moviendo sus patitas a una velocidad increíble, a pesar de que no llegaba a correr. Simplemente avanzaba con un paso rápido, bien erguida y sin voltear atrás, con una pañoleta nueva –color verde- y el mismo aro de siempre.
Detrás de ella, Arthur empujó la puerta sin saludarlo y corrió en pos de la minina, que al escuchar la voz de su dueño comenzó a correr, atravesando la calle.
Entró a su casa y dejó la maleta a un lado de la puerta, agotado. Quería dormir.
Tras un suspiro continuó, aliviándose porque las habitaciones estuvieran más limpias de lo que esperaba. Se sentía muy, muy calmado. Al menos hasta que llegó a su habitación.
Dejó caer sus brazos y arrugó la cara como si fuese a llorar.
- ¿Y tú que chucha estai haciendo aquí?- Casi sollozó.
- ¿Sho?- Martín miró en derredor con un pan en la boca y una revista en las manos. Tragó.- Es mi día libre, che.-
- Tú no tienes trabajo no puedes tener… ¿qué estás haciendo aquí?-
- ¿No te dije que era mi día libre, boludo?-
- No, quise decir… ya, salte no más, quiero dormir.
Arthur volvió con Caroline bien sujeta en sus manos. El animal tenía una cara de enojo que podría intimidar a cualquiera. Menos a su amo.
Martín venía en dirección contraria, recibió a la gata y la fue a encerrar a la cocina – "Sos una gata mala, che, mirá que no hay guita para que te estés preñando con cualquier villero que se te cruce."- mientras Arthur encendía la radio y continuaba marcando los pasos que conocía de lo que esperaba no fuera la mayor vergüenza de su vida.
- ¿Cómo se lo tomó?- Le preguntó el inglés al otro rubio, dando una vuelta con gracia. Martín sentándose en el sofá y recogiendo las piernas para que Arthur no tropezara.
-Bastante bien, parece. Sigo aquí.-
Arthur se equilibraba perfectamente sobre la planta de su pie mientras contaba. Uno, dos, tres, cuatro…Lily vuelve a tomarle la mano y él ya puede dejar de mantenerla estirada como imbécil, puede bajar su pierna y no verse tan terriblemente homosexual con sus calzas largas y su camiseta ajustada. Ahora debe levantarla… recuerda como debe sostenerla, sin ejercer demasiada presión para no lastimarla, y al mismo tiempo hundiendo lo suficiente sus dedos para que no se caiga.
Aún no logra hacerlo en la vida real, la chica pesa demasiado para él. No necesitan decirle que el comentario está de más; sabe que Lily podría tener una recaída si llega a decírselo.
Luego se da la vuelta, cuenta el compás. Uno: apoya el pie derecho, cruzándolo. Dos: acerca el izquierdo, descruzando sus piernas. Tres: da un pequeño galope.
Martín no se ríe, ya lo molestó lo suficiente. Se ha tejido una suerte de amistad entre ambos estas últimas semanas, fruto de la convivencia. A veces Arthur no vuelve hasta las cuatro, hasta las nueve de la mañana. A veces Martín debe salir apurado en dirección a la tienda de Yao. Se han repartido el aseo de la casa, Martín ha aportado a los gastos en comida (misteriosamente Arthur nunca tenía dinero para comprarla) a cambio del techo. Han pasado veladas juntos, compartiendo cigarros e intercambiando anécdotas, han discutido pero han sabido llevarse bien para no acabar matándose el uno al otro.
Lo último: descubrieron que Caroline está en celo. Arthur maldijo las luces artificiales y el cómo alteran a los animales. Martín le dijo que no encendiera las luces, que de paso se ahorraba la cuenta de la luz. Se miraron con odio un momento. Finalmente se determinó que la hembra estuviera en claustro hasta nuevo aviso.
Dio una vuelta sobre sí mismo. Se mareó un poco.
Caroline maulló desde la cocina.
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Matt llegó más tarde de lo usual a desayunar, como venía haciendo todos los días desde que su hermano llegara a casa.
Como todos los días lo encontró hablando con sus padres, con las raíces cada vez más castañas y largas, dándole una apariencia inusual y atractiva.
Como todos los días saludó con una sonrisa y se atiborró de todo el sirope que pudo.
- Subirás de peso y no seré yo quien te tenga que hacer rodar por toda la casa.- Bromeó Alfred antes de morder un pan con queso, jamón, mantequilla y… mantequilla de maní. A Matthew no le gustaba la mantequilla de maní.
- No su-subiré de peso.- Negó frunciendo levemente los labios y entrecerrando los ojos. Alfred bebió de su vaso, mirándolo mientras se defendía.- Camino mucho todos los días y… y tengo la misma complexión que tú… no sería justo.- Mientras más se explayaba con sus argumento, más comía.
Su padre miró su reloj y se despidió de su esposa antes de irse. Matt tragó con cierto dolor y se despidió también.
- Tampoco te he visto ejercitarte demasiado, brat.-
- No tienes los ojos donde debes, Alfred.-
El mayor sonrió.
- ¿Dónde debería tenerlos?-
Matthew se levantó fingiendo indiferencia y se ofreció a lavar los platos. La señora los dejó solos.
-En cosas más importantes, pero no en lo que como y en lo que no… tú no eres quien para hablar.-
Su madre volvió a entrar en la habitación, con un elegante abrigo. Se despidió con un beso en los labios de cada chico.
- Claro que soy quien para hablar.- Retomó la conversación Alfred.- Estoy de vacaciones.-
- De todos modos, una cosa no quita a la otra, Alfred.-
- ¿Dónde debería poner los ojos, entonces?-
- ¿Escuchas lo que te digo?-
- La mitad.-
Matthew soltó un suspiro. Ese era el momento en que no hablaba con Alfred el chico de sus sueños, el que lo comprendía y le daba motivos para esperar su regreso, el que iba hasta su cama si necesidad de ser llamado cuando lo despertaba una pesadilla, el que representaba todo lo que amaba. En ese momento era su hermano mayor –que más parecía menor-, el que le escondía las zapatillas y los lentes, el que usaba su cepillo de dientes- sin su permiso- porque el suyo se le había quedado en Estados Unidos, el que le robaba el bol de cereal cuando da la vuelta en busca de una cuchara.
- ¿Qué registró tu cerebro con exactitud, por favor?-
- Que no veo lo que debería.-
Matt se sentó de nueva cuenta, secándose las manos en un paño –en los pantalones no, él algo había aprendido de Arthur- y mirando con seriedad a su hermano… pero no le resultó. Ante la sonrisa sincera de su gemelo, su molestia era imposible de sustentar.
- Sólo come, Al.-
Alfred se calló por un momento, con los codos apoyados en la mesa y una mano envolviendo el puño de la otra, frotándoselas.
Matthew se sirvió un poco de cereal.
Alfred estiró su mano y le limpió la comisura de la boca, llevándose luego el pulgar a la suya.
Matthew lo miró sorprendido, sin llegar a escandalizarse.
- Espera.- Se fijó Alfred, estirándose por sobre la mesa.- Te quedó pegajoso.-
Acercó su rostro al de su gemelo y lamió el borde izquierdo de los labios, una, dos, tres veces. Luego con el puño de su polerón le secó la saliva, evitando caer sobre la mesa.
El corazón del menor se concentró en su garganta un momento, mientras su mente le gritaba que besara a Alfred al tiempo que evaluaba las buenas y malas consecuencias que podían derivar de sus actos.
No se atrevió a besarlo, pero sí reunió el coraje necesario para rozar los labios contrarios.
- Mejor.- Aseguró Alfred, volviendo a su lugar y ocultado el sudor frío que le recorría el cuello por su –no el de Matthew- atrevido acto.
- ¿No te duele?- Preguntó Matt, señalando con la mirada los dedos rotos de su hermano.
- Ya no.-
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- Foto, foto.- Reía Lily abrazando a Emil mientras Cosette enfocaba.
Estaban en la habitación de la mulata, disfrutando de una taza de chocolate caliente mientras revisaban las fotos de ese día. Emil las pasaba una tras otra mientras Cosette cambiaba la música en su ordenador.
- ¿Y esa carpeta?- Preguntó curiosa Lily.
Cosette miró hacia atrás y le ordenó a Emil voltearse. El chico obedeció sin replicar, tirándose de espaldas en la cama.
- ¿Eres tú?- Le preguntó Lily a la otra chica.
- Sí.-
Eran una sucesión de fotos en las que salía la chica desnuda. Cada una de ellas mostraba un corte de cabello más y más acentuado.
- Tomé las tijeras y fui cortando centímetro a centímetro mi cabello. Si las pasas rápidamente…- Pasó las imágenes en diapositivas una tras otra…
- ¡Parece un video! Es muy lindo.- concedió Swingli.- Y el cabello te tapa perfectamente los…bueno, ya sabes. Aunque a primera vista no lo parece.-
- ¿Verdad que sí?- Se emocionó con cierta arrogancia Cosette.- Ahora puede mirar, Emil.- Agregó.
Lily se miró las puntas de las trenzas.
- ¿No te regañaron por cortarte el cabello?-
- ¿Qué? No, lo tenía muy largo y no exagere. Además es mío, ¿no?-
- Yo tendría miedo a que mi hermano me retara.-
- Es niñita, es niñita.- Coreó desde la cama Emil, sin poder evitarlo.
- ES niñita. - Recalcó Cosette.- Si no quiere cortarse el cabello no hay problema.-
- ¡Yo si quiero!- Interrumpió la rubia.- Siempre he deseado tener el mismo corte de mi hermano.-
- ¿Quieres cortártelo?- Preguntó con un brillo en los ojos Cosette.
- ¿Ahora?-
- Sí, ahora.-
- ¡Suéltate las trenzas!- agregó Emil, esta vez soltando una risa baja que culminó en un gallito. Las chicas se rieron y el pobre se escondió tras un cojín.
- Yo tengo tijeras, espera aquí.-
Emil y Lily se quedaron un momento solos. La rubia evitó formularse miedos, el chico aprovechó de observarla mientras conservaba su cabello intacto. Tenía el presentimiento que quedaría un desastre, empero lo guardó para sí.
Entre Emil y Cosette deshicieron las trenzas y las peinaron. Luego volvieron a armarlas.
- Quiero hacerlo yo.- Cosette le entregó las tijeras y Lily se sostuvo una de las trenzas. Y la cortó, dando un paso.
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- Estás más gordito.- Observó Manuel entregándole una cerveza a Arthur.- Y te ves mucho mejor.- Agregó, con una sonrisa.
Martín estaba en la cocina, feliz de que el chileno le hubiese llevado yerba mate como regalo.
Me siento mejor.- Respondió haciendo crujir su cuello. Manuel se volvió a Arthur, quien continuaba sentándose en su sillón preferido, tal como recordaba. Se fijó en su labio inferior.
- ¿Y eso? ¿Cómo te lo hiciste?- Preguntó señalando el labret. Arthur empujó la piel de debajo de su labio para mostrárselo mejor.
- Me lo hice con una bránula el día que te fuiste.-
- ¿Y ése? ¿Tú lo dejaste entrar o se coló?-
- ¿Crees que estaría aquí si hubiese entrado sin mi permiso?-
- ¿Se ha portado bien?-
- Muy bien. No me molestaría que se quedara.- Arthur abrió la lata. La cerveza se subió.-
- Tsk.-
- Voy por un paño.- Ofreció Manuel, levantándose.
- No, deja, yo voy.-
Arthur se levantó, bebiendo de la lata para que no se siguiera subiendo y dirigiéndose a la cocina. Con un "epa" y su pie le cortó el paso a Caroline.
Tomó un paño y se secó el chaleco. A su lado Martín chupaba con una bombilla de metal un tazón y escupía en el lavaplatos… no quiso preguntar que estaba haciendo. El latino se detuvo y se disponía a regresar a la salita cuando una idea pareció cruzar su cabeza.
- ¡Manolo, ¿querés mate vos también?!-
- ¡Dale!-
Arthur movió la cabeza en negativa cuando vio que volvía a llenar el tazón con agua y volvía a chuparlo… y lo volvía a escupir. Casi le advierte a Manuel del acto cuando lo vio recibir el brebaje y beber.
- Estábamos pensando con Arthur…- Empezó el chileno, con el sabor amargo en la boca y el termo con agua caliente entre sus pies y los del otro latino. Martín ya sabía lo que vendría, lo tenían todo planeado con Arthur, pero de eso Manuel no tenía por qué enterarse. – Que te quedes aquí.-
- Con ciertas condiciones.- recalcó ante la mal disimulada sonrisa del argentino.- No me tocas y pones plata.-
- Podemos rotar las camas.- Agregó Arthur. Tanto él como Martín sabían lo poco que llegaba a casa a dormir. El inglés no le dio las razones, a pesar de tener más que claro que la razón tenía nombre y apellido. Y un olor a vino casi permanente en las noches.
- No tengo trabajo ahora, pero te juro Manu que consigo uno.-
- ¿Con ese chino?- Inquirió Arthur, levantando una ceja. Ese punto no lo habían resuelto antes de la llegada de González. – Pensé que no te pagaba.-
- A veces. Se lo debo porque me ayudó mucho cuando llegué aquí.- Explicó mirando intensamente al chileno.- Sha que hay chabones histéricos que calientan la sopa y no la sirven.- Agregó en castellano, recibiendo un golpe en las costillas.
Arthur se rió por lo bajo.
- Además no tengo papeles, pero veré que hago. Así Arthur deja ese bar de mala muerte que les gusta llamar trabajo.-
- Yo creo que Karpusi te recibiría en ese "bar de mala muerte" sin problemas.- Ironizó Manuel.
- No lo hará, ya le pregunté.- Negó Kirkland, sin que González reparara en lo curioso de que se informara al respecto con anticipación.
Caroline saltó sobre el regazo de Martín, mirando intensamente a los otros dos presentes. En que momento salió de la cocina y cómo, no lo sabían.
Clavó sus uñas en las piernas del rubio, dando a entender que no lo dejaría ir.
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- Entonces divides la semi suma por pi.-
- ¿Para qué necesitas saber las proporciones correctas si basta con usar la falange del dedo meñique como guía?-
- ¿Perdón?-
- Mira.- Feliciano le mostró a su novio su mano, separando el dedo meñique del resto. En frente suyo tenía un jugo natural y los apuntes del alemán, quien estudiaba con la ayuda- si así podía llamársele- del mayor.
- Las proporciones del cuerpo humano son perfectas, creación de Dios. Mira, puedo usarlo como regla para crear proporciones. ¿Ves ese árbol, y el farol que está más cerca?-
- Sí.- Feliciano cerró un ojo y tomó el lápiz del alemán. Abrió uno de los cuadernos en la última página.
- Para mí –dijo, empezando a dibujar.- las distancias son: el árbol, una falange. El farol, una y media.- Luego colocó su meñique sobre el dibujo, mostrándole la concordancia.- De nada sirven los cálculos exactos si no se aprecian esas sutilezas, esos desperfectos que dentro de sus parámetros le conceden el toque de realidad a las obras. Eso me enseñó mi hermano.-
- Existen ecuaciones para calcular la desviación del resultado, las tengo aquí anotadas.- Ludwig hojeó su cuaderno, pero Feliciano lo detuvo colocando sus dedos sobre el mismo.
- La perfección es sólo de Dios, amore.-
- Esa es sólo la excusa de quienes no pueden dejar de cometer los mismos errores una y otra vez.- Contradijo Ludwig, sonando más brusco de lo que deseaba.
- Pensé que eras protestante.-
- ¿Y qué si lo soy? Tú eres ortodoxo, no deberías pensar esas cosas.-
- Es lo que me enseñó mi hermano.-
Ludwig bufó, intentando concentrarse en sus notas.
- Si tenemos hijos serán agnósticos.- Determinó el castaño. Tras unos segundos Beillschmidt sonrió, pensando que Feliciano no comprendía el alcance de sus palabras. No pensó que realmente el chico le estuviese diciendo que quería dar los pasos de su vida junto a él.
- No podemos tener hijos.-
- Pero si los llegamos a tener.-
El rubio buscó los ojos de su amado y posó su mano sobre la de éste, entrelazando disimuladamente sus dedos anchos con los largos y delgados.
Usualmente los comparaba con un pincel. Hoy no era la excepción.
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Emma miraba a su hermano leer, mientras acomodaba en su bolso sus pertenencias. En el bolsillo interior menor guardaba sus llaves y su dinero. En el externo, el que pertenecía a Vargas. Por dentro el bolso se dividía en dos: en un lado dejaba todo lo que pudiese manchar o desparramarse –cocaína, marihuana, Special K- y en el otro las bolsitas de plástico transparentes en que llevaba las drogas de diseño. Contó los éxtasis, las anfetaminas, los calmantes. Se aseguró de llevar suficientes jeringas –puestas de su bolsillo, Lovino vendía la heroína sin ellas- y dudó entre guardar o no la pasta base que acababa de sacar de su licuadora. Guardó los frasquitos con ácido bien ordenados.
Suspiró.
- Si no quieres hacer eso, no tienes porqué hacerlo.-
- ¿Y qué puedo hacer?-
- Podemos volver a Bélgica.- La lengua del mayor era lenta, se trababa fácilmente. Pero insistía en hablar.- Me siento mejor.
- Aún no. Esperemos un poco más.- Emma tomó el mortero de la cocina y molió el contenido completo de una caja de Ritalin. Puso otro en su bolso, con las pastillas intactas.
- ¿Dónde dejé…?-
- Sobre el microondas.-
- … mi cuaderno…- Emma miró a su hermano.- Gracias.-
- ¿A dónde vas?-
- Club drugs.- Contesta Emma, a lo que su hermano asintió, volviendo a su libro.- Hay una discoteca recién estrenada, Lovino me envió para allá.-
Emma tomó una hoja de cuaderno y escribió sobre ella: "buddha" y "CK". Cortó los papelitos y los colocó en bolsas diferentes.
- Vuelvo en unas horas más.-
Piet Hein vio a su hermana colgarse el bolso y hacerle una seña con su mano y su sonrisa gatuna. En cuanto salió, dejó el libro a un lado e intentó pararse, dispuesto a mejorar su condición física con la práctica de toda clase de actividades motrices.
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Arthur se quitó los lentes y miró hacia el techo. Su estómago amenazaba con reclamar, mas por el momento se mantenía tranquilo.
- ¿Qué hora es?- Preguntó a las habitaciones de la casa.
- Las siete.- Le respondió Martín desde el baño, donde se estaba peinando.
- Saldré.- Anunció Kirkland, dejando de lado el libro que tenía en una mano y parándose. Sentía como si no hubiese dejado el sillón en todo el día después de las horas que llevaba allí leyendo y tomando notas que luego transformaría en un epítome.
- ¿Vas a comprar algo? Porque me dejé algo en la tienda y también voy a salir en un rato.- Ofreció Hernández.
- No, voy a comer fuera.- El inglés se abrigó con una chaqueta que encontró tirada. No era de él, pero no le importo. – Me llevo una chaqueta negra que estaba sobre la radio.-
- Ya.- le respondió la voz de Manuel desde su habitación.
- No me esperen.- Cerró la puerta tras de sí y se subió el cuello de la prenda. Sintió que las mangas le quedaban un poco cortas, pero le daba flojera regresar. Unos metros después, sacó su celular y llamó al francés.
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Kiku miraba a su pareja tomar la siesta número cinco del día, arropado con una frazada que le trajo al sentir la temperatura descender. Algunos mininos dormían entre sus brazos y sobre su regazo. Otros se acomodaban en los huecos que dejaba el cuerpo del castaño en el sofá. Un ronroneo generalizado se escuchaba frente al japonés.
Había insistido en que esa casa era la de Karpusi y que por ello a quien le correspondía dormir en el sofá era a él. Pero su antiguo jefe insistió en cederle la cama. Era casi irrisorio que a pesar de estar "peleados" discutieran con tanta calma y con argumentos tan cariñosos sobre quien debía hacerse el ofendido.
Kiku apeló a su costumbre de dormir en futones. Heracles, a que él era el ofendido. Honda dijo ser más joven. Karpusi, que su cuerpo era más resistente.
Kiku dejó un suave beso en la mejilla del mayor antes de salir camino a Leichnam of Schlange.
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- Buenos días.- Sonrió Elizabeta mientras arreglaba unas flores que adornaban su local. El chico que entró miraba los aros expuestos, las expansiones, los lentes de contacto de colores, las muñequeras, y en general todo lo que la castaña ofrecía.
-Buenos días.- Contestó.- Pensé que habían cerrado…-
- Me fui un tiempo, pero ya volví.- La chica se sentó en un taburete, mirando hacia fuera.
- Si lo sabía.- Contestó el chico, eligiendo un banano y señalándoselo para que se lo guardara en una bolsita.- Pero en Leichnam dicen que cerraste permanentemente.-
- ¿Perdón?- Eli se arregló el cabello, un tanto desconcertada.
- El dueño, un albino, dijo que te retirabas. Pasé por allí ayer.- Recibió la bolsita y pagó.- Gracias.-
- De nada, gracias a ti.- La chica de ojos verdes esperó a que el joven saliera para abalanzarse sobre su bolso en busca de su celular. Ya vería Gilbert.
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Toris recibió un beso frío en sus labios. Su pareja acababa de llegar de sus clases de baile y se encontraba helado a pesar de la chaqueta –femenina- que llevaba puesta.
Entonces Félix le susurró al oído sus confirmaciones.
- Es un profesor de castellano, muy fabulosamente guapo, ¿quién diría que Lovi-love juega para el otro equipo?-
Toris buscó sus ojos, murmurando.
- ¿Todo es como averiguó Eduard? No me fío de las páginas sociales.-
- Todito, o sea. ¿Pudo ingresar a su cuenta bancaria?-
- Sí.-
- ¿Y? Me tienes esperando, Toris, como que no tengo todo el día. Mi esmalte se está descascarando.
El rubio se separó, dirigiéndose a la cocina.
- ¿Me preparaste algo? Tengo así como mucha hambre.-
- Te estaba esperando.-
- ¿Y bien me vas a decir? ¿O tendré que 'interrogarte'? Mira que el traje de policía tuve que devolverlo, amor, como que tendrás que esperar unos días.-
- ¿De qué me hablas?- Toris se mantenía fuera de la cocina, intentando por todos los medios seguir el hilo de los pensamientos del polaco.
- ¿Para qué me mandaste un mensaje hoy?- Félix se dio la vuelta.- Parecía como que totalmente importante.-
- Vargas contactó a Raivis, pensé que querías saberlo.- A Lorinaitis a veces se le olvida que es él quien manda.
- No me molestes por algo como que tan corriente. Típico que nos busca, si le damos todo.-
- Preguntó si teníamos algún sicario.-
- ¿De verdad? Qué genial. ¿Hay alguien que le cae mal?-
- Preguntó en un caso hipotético. Según Raivis, estaban discutiendo sobre los precios cuando lo preguntó.-
- Ah.- Félix llevó un plato a la mesa mientras otro se calentaba en el microondas. – Trae la sal, cariño. O sea que quiere saber si le quitaríamos un peso de encima. ¿Quiere estafar a alguien? ¿Le deben dinero? ¿Debe dinero? Como que son tantas las posibilidades que me da dolor de cabeza.-
Toris se sentó mientras el rubio traía el otro plato.
- Natasha debe estar en camino.- Mencionó el polaco mirando el reloj.
Lorinaitis se limitó a asentir.
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Mientras pasaba frente a un bar, restaurante, pub, lo que sea, Densen vio un papel pegado al vidrio.
No era el primero que leía en que ofrecieran trabajo de camarero, pero nunca estaba de más tomar nota.
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Arthur observaba por la ventana la oscuridad y la lluvia caer. El humo de su cigarro se dispersaba mientras Francis observaba su cuerpo desnudo desde la cama.
- Deberías dejar de fumar. Acorta el pene, y con ese aro que tienes allí hay que cuidar lo que va quedando.-
- ¿Te molesta? ¿Lo sientes cuando te lo meto, siquiera? ¿Te duele?- Se irritó Arthur.
- No.- reconoció Francis.- Apenas lo siento…-
- Te gusta.- Arthur retuvo el humo un momento y movió el cigarro más allá del marco, botando las cenizas. Repentinamente inspirado, agregó como quien no quiere la cosa una potenciador de las mentiras que le decía a Francis desde hace semanas.- A todos les gusta mi Prince Albert.-
- ¿Le pusiste nombre?-
- Así se llama el piercing, idiota.-
Francis calló, hundiendo el mentón en su pecho y mirándose las manos y los anillos que en ellas tenía.
- ¿Qué hora es?- Preguntó repentinamente, levantando la vista.- Iré a ver a una amiga.-
- ¿La del otro día, esa que según tú, tiene "ojos de ángel"?-
- La misma.-
- Son como las diez quince.- Arthur le dio la última calada al cigarro, frunciendo los labios y llenando sus pulmones al máximo.-
- Aún tengo tiempo.- Francis se sentó en el borde de la cama y volvió a recorrer el cuerpo de Arthur con la mirada.
Se fijó nuevamente en los nombres tatuados junto a su tobillo.
- ¿Nunca te has preguntado de donde vienes?-
- No necesitas saber de donde vengo para cogerme.- Arthur retuvo unos segundo más la toxina y luego la dejó ir.
- Claro que sí.- Contradijo Francis, curioso.- ¿Qué tal si tu madre tenía Sida? Eso se transmite por la sangre, tú podrías tenerlo y estarle pegando tus bichos a medio Londres.-
-No tengo Sida ni ninguna enfermedad de esas que tienes tú.- Arrojó el cigarro por la ventana.
- No puedes estar seguro.-
- ¿Quieres un examen médico? Lo tendrás. Estás en tu derecho, después de todo.-
- No pretendía hacerte enfadar, lapin.-
- No estoy enfadado.-
- No, claro que no.- Francis se recostó nuevamente.- ¿Nunca te has preguntado de donde vienes?-
Arthur lo miró rencoroso. Francis notó cierto brillo rabioso en sus matices verdes.
- Dijiste que no te molestaba.- Arthur abrió la boca para contestar algún improperio, pero la cerró.
- Si yo fuera tú, investigaría hasta encontrar a quien me dio la vida. ¿Te imaginas el reencuentro? Ambos juntos nuevamente, tras una separación de años. La esperanza casi perdida volviéndose una llama fuerte y abrasiva mientras nos abrazamos entre lágrimas. Las conversaciones en que nos relatamos lo mucho que nos extrañamos y que luchamos. ¿No tiene un toque de romántico?-
- Estás mal de la cabeza.- Arthur se apoyó en la pared, mirando al mayor.- No existen tales conversaciones. Es imposible un reencuentro, siendo que nunca antes nos hemos conocido. No es nadie en mi vida más que una extraña. ¿Crees que se pueden albergar sentimientos hacia una persona que no conoces y que en teoría deberías conocer? Has visto demasiadas películas yanquees.-
- Yo pienso que sería lindo.-
- Cállate. Tú no sabes nada.- Arthur miró el suelo, escuchando a la lluvia caer.- ¿No tienes una cita ahora?-
- Oui.- El mayor se rascó la barba
El teléfono de Arthur sonó y vibró en sus pantalones. El inglés los recogió del suelo y revisó la pantalla, leyendo el mensaje que su hermano menor le había enviado. Francis lo vio agachar la cabeza, sosteniendo el celular contra su cadera sin intenciones de elevarlo hasta la altura de los ojos y sintió la repentina necesidad de decirle que su cuerpo era perfecto. Mal alimentado y con más metal y tatuajes de los que le gustaría- pero perfecto para él. Como sus cejas fruncidas y sus verdes ojos.
Como el alma que se albergaba en su cuerpo.
Difusa e impenetrable como la lluvia de invierno que ahora caía en Londres.
El pensamiento no duró más allá de un segundo, y no llamó la atención del gabacho. Solía tener uno por cada amante. No pensó que Arthur no era exactamente uno. No existía amor ni cariño entre ellos, no al menos como el que el francés tenía con sus demás parejas.
- ¿Nunca sentiste curiosidad? ¿Nunca deseaste saber por qué te dejaron?- Francis llamó la atención del inglés. Este arrojó el celular sobre la cama y se acercó al gabacho.- Francis se detuvo un momento, desafiando a Kirkland con los ojos.- ¿Debo seguir llamándote Arthur Kirkland? Porque quizá tenías otro nombre antes.-
El inglés puso una rodilla sobre la cama, inclinándose sobre su amante. Sobre el miembro semi erecto de su amante.
Francis continuó divagando para sí. En parte porque le parecía una situación morbosamente curiosa y en parte porque quería molestar a Arthur.
- Seguramente tienes miedo de saber la realidad de tus inicios. Temes que haya sido una mujer violada, o una prostituta. O una adolescente.- Francis levantó una ceja, divertido con sus palabras, sin medir las consecuencias que podrían tener éstas en el británico. Arthur tampoco dio signos de molestarse.- ¿Te das cuenta que podrías salir con ella y ni enterarte? O a lo mejor tuvo un accidente y murió. Tal vez tuviste unos padres que te amaban. Pero eso nunca lo sabremos, ya que monsieur Kirkland teme salir de su estado de incertidumbre para afrontarse a una realidad incambiable.
Arthur metió el pene de Bonnefoy en su boca, apretando a ratos, buscando excitarlo. Bonnefoy puso su mano sobre la cabeza del menor, enredando sus dedos entre las hebras, cerrando los ojos con deleite. A Francis le encantaba hablar y tener un oyente tan sumiso, por lo que continuó haciéndolo.
- El problema es que hay más posibilidades de creer –según tu propia línea de pensamiento, a mí me gustan los finales felices- que no te quiso. Pero eso da lugar a que te rodearas de gente que si te ama. Tus hermanos, tus padres. Tus amigos. Yo.
Arthur levantó la cabeza, quitándose la excitación francesa de la boca.
- Tú no me amas.-
Francis lo empujó con su mano para que volviese a los suyo.
- Tienes la mano pesada. Ninguno de los otros es así.- Comentó Arthur antes de continuar. Prefería distraerse de las palabras del francés. Había aprendido, a través de las historias que le narraba éste, que no se percataba de que el mundo seguía más allá de él. No se daba cuenta de que haber besado a una mujer casada frente a su esposo desembocaría en una pelea familiar. No veía el alcance de sus actos más allá del aquí y del ahora cuando no se trataba de personas que permanecieran constantemente en su vida.
Aun así, Arthur reconocía en su interior, aunque a duras penas, que a ratos intentaba hacerse el interesante frente al gabacho, como si quisiese reproducir en el hombre la espontánea chispa que tuvo con Lily. Cuando la chica lo aceptó de buen grado sin recurrir a la imagen predefinida que todos tenemos en la mente para juzgarlo sin conocerlo, le provocó al joven punk una sensación especial. Por eso mismo, llevaba mintiendo todas esas semanas, inventándose salidas con otros y otras.
Del mismo modo, aceptaba que quería demostrar a su profesor que él no era un joven violento como opinara el mayor en un principio. Por supuesto que lo hacía porque debería soportar la cara de la rana un buen tiempo más y no deseaba tener que vivir con su mirada inquisitoria todo el tiempo.
Francis lo observaba con interés, ¿en qué pensaba el inglés? "Todos a mi alrededor me juzgan y no tienen el derecho. Pero que no lo tengan no significa que sus observaciones carezcan de sentido. ¿Me estaré engañando a mí mismo?"
Francis dejó de hablar al tiempo que Kirkland aumentaba la velocidad de su sube y baja con la boca.
Se detuvo una última vez para lamer la punta, comentando entre risillas alguna comparación con otra de sus conquistas inventadas, sacándole canas verdes al francés, quién con un "sigue, rosbif" le dio una palmada fuerte en la cabeza. Arthur se detuvo en seco, mientras su cabeza le retumbaba, sin decidirse si ese golpe había sido a propósito o si el gabacho no se había sabido controlar debido a su excitación.
- Nunca tendrás a alguien mejor que yo. La próxima vez que vengas, te enseñaré como se folla de verdad.
Arthur, aún con la cabeza retumbándole un poco, volvió a rodearlo con sus labios, recuperando pronto el ritmo.
- Algún día- Francis jadeó- la duda, ah, te carcomerá y no serás capaz d-e mantenerla.-
"No. Nunca."
Prefería engañarse a sí mismo.
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Martín salió de la casa camino a la tienda de Yao. Se colocó el gorro de su parka para no mojarse con la lluvia y caminó hasta el paradero de buses más cercano.
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La primera bala entró por debajo de sus costillas y salió por su espalda.
La segunda se incrustó en su hombro cuando se dio la vuelta y corrió lo más rápido que pudo por los pasillos del edificio.
Alguien lo había alertado. No tuvo tiempo de reaccionar cuando la tomó por sorpresa.
Para su suerte, el ascensor continuaba allí. Se metió en el y rápidamente apretó el botón del primer piso, arremangándose entre jadeos el vestido. Pero el hombre fue más rápido y detuvo el cierre de las puertas.
Natasha sacó un cuchillo de sus ligas y lo clavó con furia en la mano de hombre. Con otro, más largo y puntiagudo, lo obligó a retroceder.
Al salir en el primer piso, marcó el primer número del discado rápido.
Iván dejó de lado los tonos agudos que intentaba conseguir y contestó su celular.
Al minuto Gilbert se terminaba de abrigar en la camioneta, mientras Braginski aceleraba.
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Yao sintió unos ruidos en la puerta de su tienda.
Dejó su te verde a un lado y bajó a abrir. Los golpes no cesaban de oírse a pesar que la lluvia era cada vez más fuerte.
Al abrir, un chico de cabello blanco entró cargando a una hermosa chica. Detrás, Iván lo miró con ojos suplicantes.
- Sobre el mostrador-aru.
Iván entró a la tienda mientras Gilbert recostaba a la chica con cuidado.
- Una en el hombro y otra en el costado.- Le informó levantando sus ojos rojos.- ¿Qué estaba haciendo?-
- Llévenla a un hospital-aru
- No.- Iván desabrochó los botones de la parte superior del vestido. Con cuidado desvistió el tronco de su hermana. La camisa estaba roja allí donde las balas habían penetrado en la carne.- No tenemos como explicarlo. Lorinaitis no nos apoyará, la abandonará tal como hizo conmigo.-
- Te lo tienes bien merecido-aru
El ruido de unas llaves sobre la cerradura alertó a ambos. Martín levantó la mirada desde el picaporte.
- ¿Yao?-
- No te quedes allí parado, sube y tráeme alcohol y unas pinzas-aru
Martín corrió a hacer lo que le decían, sin comprender nada.
- ¿Y él?-
- Un dependiente.-
Natasha abrió con pesar los ojos mientras Gilbert presionaba sus heridas con su polerón. Volvió a cerrarlos.
Martín bajó pronto con el alcohol, yodo y algodón. Yao los recibió.
- No encontré pinzas.-
- No importa. Ahora busca vendas- aru.
Iván se quitó su abrigo y atrajo una estufa a gas que el chino le indicó. Mientras, Martín buscó entre las mercancías algo que le sirviera. Rompió con los dientes un paquete con vendas. Al levantar la mirada, vio un juego de cosméticos femeninos. Unas pinzas de ésas podrían servirle.
- Ve arriba y hierve agua- aru.- Dijo Wang dirigiéndose a Gilbert. Mientras el albino trotaba hacia el segundo piso –Martín lo sintió pasar por detrás suyo- a cumplir con el mandado, Yao se arremangó.
Iván se paro detrás suyo, mirando a su hermana semi desnuda sobre el mesón.
- ¿Cómo has estado?- Se atrevió a preguntar.
- Varado en Reino Unido.- Respondió mordaz el chino. Martín regresó con las vendas y la pinza. Yao la estudió y asintió, satisfecho. Le indicó a Braginski que encendiera la estufa mientras él buscaba un guante en los cajones del mueble. Martín quedó anonadado con la hermosura de la chica. No pudo evitar recorrer con sus pupilas las formas de su pecho, de sus costillas y de su estómago y su vientre, que se perdía bajo el vestido sacado a medias. Martín subió a buscar un cuenco según las instrucciones de su jefe.
- Yo no quise estafarte, yo sólo seguía órdenes.-
- ¿Y ahora- aru ka?-
- Estoy fuera. Me descubrieron cuando le entregaba pasta base a un diller.- Iván le entregó su guante de cuero a Yao.- me dejaron solo. Al final me libré gracias a Natasha. Parece que amenazó a alguien.-
- A Eduard.- Susurró la menor, para luego dejar salir un gemido de dolor.
- Date la vuelta.- Ordenó Yao, ayudándola.- No hay orificio de salida.-
El más alto asintió. Yao colocó la punta de las pinzas en el fuego. Cuando Natasha hubo recuperado su posición inicial, regresaron Martín y Gilbert. Habían intercambiado unas palabras. Ninguno de los dos se esperaba eso cuando salieron de sus casas.
Al menos tenían cerca de gente conocida. Aunque fuera las mismas personas que los metieron en ese lío.
Yao se lavó las manos con el agua hirviendo, sin preocuparse por sus manos quemándose. Natasha volvió a perder el conocimiento cuando le limpió las heridas y volvió a abrirlas para limpiarlas. La sangre volvió a manar.
Iván y Martín se sentaron en el suelo, en una esquina. Gilbert se apoyó en la pared, junto a ellos, observando de lejos la blanca piel de la chica. Yao le quitó gran parte de la ropa que le quedaba, para que no le molestara mientras desinfectaba.
Gilbert, homosexual asumido, orgulloso y proclamado, sintió una atracción instintiva hacia ese cuerpo.
Cada cierto tanto, Martín regresaba a la trastienda a buscar algodón.
Los minutos pasaron tortuosamente. Iván se ausentó un rato para ir a comprar vodka y tener con qué tranquilizarse. No se atrevió a llamar a Ekaterine.
Cuando Yao terminó con su trabajo, Gilbert fue el encargado de arropar a la mujer mientras Iván se retiraba a conversar con Yao. Martín guardó los implementos.
Definitivamente, Gilbert no podía negar lo hermoso de la piel femenina y el encantamiento que parecía haber cernido sobre él. Lo que más lo sorprendió, fue que su mente comparaba el cuerpo de Natasha con el de Iván. Por un momento se dijo que, si ella fuese hombre, se habría enamorado.
Pero eso no quitaba que la blancura y tersura ejercía una atracción casi demoníaca sobre él.
- Puedo conseguirte los papeles para salir, no puedo agradecértelo de otro modo.-
Martín bajaba las escaleras mientras Yao e Iván discutían.
- Ese no es más que un intento de encubrir tu antigua falta-aru.
- Yao, confía en mí.-
- No quiero. Dale los papeles a él.- dijo señalando al argentino.- Y esta vez sin trucos.-
Iván suspiró, preguntándose si así conseguiría el perdón del chino.
- Está bien. Tendrá sus papeles.-
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Después de las horas y horas que ocupé en escribir, planear, pulir y corregir este fic, ¿merezco diez minutos para un comentario? No sean tímidos, cada vez falta menos para el final. Los veo en mis stats.
Recuerden adivinar el nombre del capítulo 14, Lynn ya ganó una vez y el final puede que esté a la vuelta de la esquina.
Próximo capítulo: Emma.
