Capítulo 11: Redención

Nagini se deslizó furtivamente por el suelo, rozando el bajo de la túnica de Severus Snape, pero, por una vez, el ex profesor de Pociones no hizo ni caso de la repugnante serpiente. Estaba nervioso, angustiado, dando vueltas en su laboratorio personal como un animal enjaulado. Desde que había vuelto de Grimmauld Place, no había podido relajarse un instante, ocupado en aguzar el oído para escuchar lo que ocurría en el piso superior, atento a cualquier cambio que trastornase el monótono día a día del cuartel general de Lord Voldemort.

Una y otra vez rememoraba la conversación con Remus Lupin. Merlín le perdonase, había tenido que confesar a su viejo enemigo todo lo que un día había jurado no revelar ante Lucius y Narcissa… pero la otra posibilidad era permitir que el sacrificio de sus dos antiguos amigos resultara ser en vano. Ante tal disyuntiva, Severus no había tenido más remedio que confiarse a Lupin, a su propio pesar. Siempre se había sentido algo excluido en el seno de la Orden del Fénix; tan sólo Dumbledore había conseguido, en su día, hacerle sentirse útil y válido en las reuniones del grupo. Ahora que Albus había muerto, Snape se había distanciado un poco de la Orden debido al poco aprecio que sus miembros le tenían. Y aunque Remus había reaccionado de forma bastante agresiva, desde luego Snape prefería mil veces imaginarse al licántropo gritándole a Draco que volver a ver a su ahijado apareciendo en aquella guarida.

Alzó bruscamente la cabeza cuando escuchó pasos en el húmedo y lóbrego pasillo que conducía a la pequeña mazmorra. Sus ojos se entrecerraron, observando la puerta de metal oxidada que daba acceso al laboratorio, mientras contenía la respiración sin apenas ser consciente de ello. El pomo de la puerta giró, y alguien empujó la hoja mientras los goznes chirriaban débilmente.

Cuando una cabeza rubia apareció por el hueco de la puerta, Snape apretó los dientes. Cuando vislumbró que el dueño de esa cabeza sujetaba bruscamente a un chico moreno de aspecto desorientado, supo que había fracasado.

- ¡Draco! –exclamó, furioso, cuando su ahijado empujó a Harry al interior del laboratorio.

- Las paredes oyen, Severus –masculló Draco entre dientes mientras cerraba la puerta. Después hizo un hechizo de insonorización en voz baja.

- ¿Qué haces con la varita de la señorita Granger? –preguntó Snape alzando una ceja.

Draco se permitió una breve sonrisa.

- Tienes buena memoria, padrino.

- Mejor que la tuya, por lo que parece. Te dije que no quería que volvieras. Y menos con Potter.

- Y yo no quería volver, y menos con Harry -replicó el joven en tono sereno.

Sólo entonces miró Snape al Gryffindor. Éste se había quedado junto a la puerta, en el mismo lugar que lo había soltado Draco, inmovilizado por algún hechizo. Severus frunció el ceño al ver la expresión del rostro del alumno al que había considerado tan soberbio como inasequible a la derrota. Sin embargo, en ese momento Potter no parecía ni remotamente interesado en resistirse. Recordó la confidencia que le había hecho Lupin en cuanto a la relación entre su ahijado y Harry, y supo que el licántropo no le había mentido: era evidente que su antiguo alumno estaba destrozado por algo más que por el dolor físico.

Draco también le miró, y en un susurro apuntó a Harry con la varita de Hermione y le liberó. El Gryffindor le devolvió la mirada, acusador, pero no hizo el menor movimiento. Ante su falta de iniciativa, Draco se quedó un momento indeciso, sin saber qué decirle.

- ¿Por qué le has traído? –preguntó Snape, acercándose a la puerta y asegurándose de que el hechizo de su ahijado era lo suficientemente fuerte.

- Yo no le he traído. Cogió el bastón de mi padre, y no tuve más remedio que seguirle para traerle de vuelta.

- Entonces¿no le engañaste para traerle? -preguntó Snape, sorprendido, alzando las cejas con incredulidad.

- No –gruñó Draco, cruzándose de brazos y mirando a su padrino-. Te prometí que no volvería, pero no hacía falta que me lo hicieras jurar... Sabes que yo jamás arriesgaría su vida, Severus.

A pesar de su dolor, Harry había ido siguiendo con interés creciente la conversación entre Draco y Snape. En ese momento pareció darse cuenta de que podía moverse de nuevo y dio un paso al frente, mirando al rubio, desconcertado por sus palabras.

- ¿De qué va todo esto? –preguntó, en un tono nada suplicante.

Severus ladeó la cabeza para mirarle pero no dijo nada. Draco tragó saliva y se acercó a él, sintiéndose enormemente culpable.

- Es demasiado largo para explicártelo…

- Más te vale hablar, Malfoy –le interrumpió Harry en tono cortante, dando otro paso hacia él. Draco le miró con tristeza, inmóvil, y el rostro de Snape no dejó traslucir la menor emoción.

- Yo no escapé de aquí, Harry –confesó Draco, tras inspirar profundamente- lo intenté, pero me atraparon en el intento.

- Me mentiste... –acusó el moreno, apretando los dientes con rabia.

- Sí –reconoció Draco- pero sólo en parte. Todo lo que te conté de mis padres es verdad. Te dije que Severus había vuelto a rescatarme… pero lo que no te dije es que mi tía Bellatrix Lestrange, que ya sospechaba de él, adivinó sus movimientos y nos delató al Señor Tenebroso antes de que pudiera escapar.

- Por un momento pensé que ambos estábamos muertos, aunque me equivoqué –intervino repentinamente Snape, saliendo del anonimato-. El Amo nos tenía reservado un castigo mucho más retorcido, al igual que ya hiciera cuando Lucius fue capturado… -lanzó una mirada a su ahijado- aunque supongo que esa parte tampoco se la has contado.

Draco negó con la cabeza. Harry arrugó la frente pero decidió permanecer en silencio, y Severus Snape se encogió de hombros.

- Ya tendréis tiempo de hablar con detenimiento cuando volváis a vuestro refugio…

- ¡Un momento! –interrumpió Harry, mirándole- yo no voy a ningún sitio con este traidor.

- ¡Draco no es ningún traidor! –casi gritó Snape, perdiendo de golpe su apariencia indiferente y plantándose ante Harry en una zancada- ¡Si tú no tuvieras esa maldita costumbre de actuar antes de preguntar, ahora no estaríais aquí!

- Calma, padrino –intervino Draco, interponiéndose entre ambos. Harry les lanzó a ambos una mirada llena de veneno, pero eso no arredó al Slytherin, que le miró intentando aparentar una tranquilidad que no sentía-. Harry, tenemos que salir de aquí. Sé que ahora estás enfadado y lo entiendo… pero tan sólo déjame ayudarte a escapar. Cuando volvamos a mi casa serás libre de enfadarte, de no volver a mirarme o de matarme con tus propias manos si lo prefieres, pero deja que te devuelva allí sano y salvo.

Harry flaqueó. En ese momento le odiaba y le quería a partes iguales. Snape observó el breve titubeo con mirada analítica: era evidente que ambos estaban enamorados hasta los huesos, pero en aquel momento no había lugar para el amor. En realidad, no había tiempo para nada que no fuera escapar cuanto antes.

- ¿Y cómo pretendes sacarme de aquí? –preguntó el Gryffindor en el tono de voz más frío que fue capaz de adoptar- ¿torturandome con cruciatus?

- ¡Draco! –exclamó Snape, impresionado- ¿le has…?

- No he tenido más remedio –contestó a la defensiva el rubio, aunque su rostro denotaba la culpabilidad que sentía-. Con su actitud, casi me descubre delante de Crabbe y Goyle. Los mortífagos esperan que el gran Harry Potter entre en su guarida resistiéndose como un toro, oponiendo resistencia, o, incluso, gritando de furia y terror… no casi indiferente y llorando en silencio. Y ellos dos seguramente habrán escuchado rumores…

- Entiendo –murmuró Snape, suavizando su expresión.

- Pues yo no –apostilló Harry, cruzándose de brazos.

- Lo entenderás cuando salgáis de aquí, Potter –replicó Snape secamente-. Por una vez en tu vida, ten paciencia.

- Para usted es muy fácil hablar de paciencia.

Severus se detuvo en seco y dibujó una extraña mueca en su rostro.

- Repites las mismas palabras que tu despreciable padrino…

- ¡No se meta con Sirius! –aulló Harry, abalanzándose hacia él, olvidando que estaba desarmado. Draco le interceptó hábilmente, agarrándolo por los hombros.

- … y sin embargo espero que también hayas copiado su valor, porque te hará falta –terminó Snape sin mostrar un ápice de temor.

Harry se aplacó inmediatamente al escuchar el inesperado halago. Draco continuó sujetándole, desconfiado, pero Harry seguía con la mirada a su padrino, que estaba rebuscando entre los objetos que abarrotaban su mesa.

- Draco, te he guardado esto –dijo, dirigiéndose de nuevo hacia ellos. Llevaba un pequeño paquete alargado envuelto en un paño negro. En Slytherin soltó a Harry para cogerlo, e incluso éste estiró el cuello con curiosidad cuando Draco separó las capas de tela. En el interior, aguardaba una varita de formas sencillas, la mitad inferior de un tono de madera más oscuro que la superior. Harry adivinó de quién era cuando observó la expresión de deleite de Draco, y entonces recordó habérsela visto alguna vez en clase.

- ¡Es mi varita! –casi gritó Draco, sacándola del envoltorio de tela- ¿cómo…?

Severus hizo un vago gesto con la cabeza.

- El Amo no puso tanto empeño en esconderla como él creía.

- Gracias…

- No hay de qué. Ahora, fuera –ordenó, señalando la puerta.

Pero por el rabillo del ojo observó que Harry daba unos pasos en dirección a la mesa. Siguió la dirección de la mirada del muchacho, y comprendió lo que había llamado su atención. Nagini se encontraba enroscada entre la hilera de frascos de cristal, dormitando.

- La serpiente de Voldemort… -susurró Harry, asqueado y fascinado a partes iguales.

Los dos mortífagos fruncieron el ceño con disgusto. Draco avanzó un paso y tiró de la túnica de Harry, apartándole de la mesa.

- ¿Qué haces? -espetó el rubio.

- ¡Es un horcrux¡podemos destruirlo!

- ¡Ya tendremos otras oportunidades para destruirlo! -grito Severus, interponiéndose entre Harry y la serpiente- ¡de momento, lo prioritario es sacarte de aquí con vida!

Sus palabras consiguieron que el moreno recordara que, a fin de cuentas, él era el único que podría acabar con Lord Voldemort. A regañadientes se retiró, clavando la mirada en la indiferente serpiente... estaba seguro de que era un horcrux, la tenía a menos de dos metros y con casi toda seguridad podría acabar con ella con facilidad... pero Snape tenía razón: matar a Nagini podía llevar su tiempo, y ellos no podían perder un solo minuto.

- ¿Dónde está Voldemort? -preguntó, mirando a los dos mortífagos.

- No está -contestó Snape- y ésa es nuestra principal ventaja. Le han acompañado algunos de sus mortífagos más leales, entre ellos los Lestrange y Barty Crouch, y ahora mismo aquí carecemos de un líder indiscutible que imparta órdenes. De lo contrario, ya estaríamos muertos.

- Crabbe y Goyle nos han visto entrar -informó Harry con voz abatida.

- Lógico, son ellos quienes suelen estar de guardia en la puerta -respondió Snape en tono paciente.

- Pueden informar a otros... -insistió Harry.

- No van a avisar a nadie -replicó su ex profesor en tono cortante-. Tienen total y absolutamente prohibido abandonar su puesto, y ni siquiera la visita de un invitado tan ilustre como tú sería una justificación para que lo hicieran. Además, ellos confían en Draco.

- Pensaba que Draco era un renegado -observó Harry con recelo.

- ¿Un renegado? -se sorprendió Snape, con un atisbo de sonrisa- si preguntas uno por uno a todos los mortífagos, el noventa por ciento te dirán que esperan que Draco Malfoy sea el futuro sucesor del Señor Tenebroso.

Un espeso silencio siguió a las palabras de Snape. Harry se quedó helado, y su mirada buscó la del Slytherin, que bajó la cabeza con expresión avergonzada.

En ese momento, Harry comprendió a qué se debía el servilismo que había detectado en Crabbe y Goyle. Entendió por qué se apresuraban a cumplir las órdenes del joven Malfoy con la misma devoción que habrían mostrado sus dos hijos. Entendió incluso por qué los mortífagos no habían ido a buscar a Draco a La Madriguera, y ni siquiera se habían presentado en la Mansión Malfoy antes de que ellos llegaran.

Draco seguía siendo uno de sus líderes.

- No entiendo nada -confesó, mirándolos con desconfianza-. Voldemort le tortura, pero los mortífagos creen que será su sucesor. Asesinan a sus padres, falla su misión pero le envían a La Madriguera con el objetivo de traerme hasta aquí. Y ahora queréis que escapemos.

- Ya lo entenderás -prometió Draco, saliendo de su mutismo- de momento tenemos que concentrarnos en escapar de aquí. Tal y como ha dicho Severus, el hecho de que el Amo no esté nos otorga una ventaja... pero todavía no podemos cantar victoria. Si alguien nos ve intentando salir, ni siquiera el respeto que nos tienen podrá evitar que nos detengan.

- Y no sólo eso -intervino Snape con desgana- sino que conseguir sacar a Potter de aquí va a ser más difícil de lo que ha sido traerlo.

- ¿Por qué? -intervino Harry- podemos desaparecernos...

- No, no podemos. O, mejor dicho, nosotros sí podemos pero tú no -replicó Draco.

- La guarida está rodeada por una barrera mágica, una barrera que sólo podemos traspasar los que tengamos la Marca Tenebrosa en el brazo -explicó Snape, señalándose el antebrazo izquierdo-. Sin esta marca, no puedes ni aparecerte ni traspasar la puerta a pie.

- ¡Pero yo aparecí justo en la puerta! -protestó Harry.

- Utilizaste un traslador hechizado especialmente por el Amo. Todos los extraños que quieran o deban entrar tienen que tener un permiso especial, y ése traslador era lo único que te permitía traspasar la barrera. Sin él...

- El bastón -intervino de repente Draco, mirando a su padrino, y después a Harry, con los ojos desorbitados- ¿dónde está el bastón!

- No lo sé -respondió el Gryffindor, intentando hacer memoria- creo que lo perdí cuando Crabbe y Goyle me atraparon...

- El bastón ya no sirve, Draco -recordó Snape.

- Sí sirve -le contradijo su ahijado con seguridad-. Él me dio el poder de hechizarlo yo mismo para traer aquí a Harry cuando quisiera. ¿No crees posible que también pueda utilizarlo para sacarle?

Harry se quedó boquiabierto, y miró a Snape. El ex profesor había cerrado los ojos durante unos instantes, meditando las palabras de su ahijado.

- Es una posibilidad -admitió con el ceño fruncido.

- No es una posibilidad, Severus. Es i la única /i posibilidad -puntualizó Draco, mirando a Snape con la ansiedad dibujada en el rostro.

Éste se tomó unos segundos, y, después, asintió levemente con la cabeza.

- En tal caso deberíamos comprobar si es cierto que el bastón puede sacar a Potter de aquí...

- ¡Voy a buscarlo! -decidió el rubio, dando media vuelta.

- ¡No! -gritó Snape, agarrándolo por los hombros. Draco le miró, atónito-. Iré yo. En ausencia del Señor Tenebroso y de su leal camarilla, sigo siendo uno de los mortífagos de más alto rango. Me presentaré en la puerta con la excusa de pedir a Crabbe y Goyle que estén atentos ante cualquier contraataque de la Orden del Fénix, y después volveré aquí. Les diré que, dado el especial aprecio que el Amo siente hacia ti, te ha dado permiso para -dirigió una breve ojeada a Harry- divertirte con nuestro prisionero, y que nadie debe molestarte. Si a pesar de todo alguien se presenta... deberás fingir.

- Entiendo... -murmuró Draco, bajando la cabeza.

Snape dio una palmada en el hombro de su ahijado, volvió a mirar a Harry y, con un ondear de su capa negra, se dirigió a la salida y desapareció.

Durante unos instantes, en el lóbrego laboratorio sólo se escucharon los pasos de Snape, cada vez más débiles a medida que se perdía en las entrañas de la guarida de los mortífagos. Draco seguía cabizbajo y Harry le observaba con atención. Aún seguía sin entender nada, aunque, si algo había sacado en claro, es que Draco estaba tan contento como él de volver a pisar la guarida de los mortífagos. No obstante, aún estaba furioso con el Slytherin.

- Así que Voldemort te tiene especial aprecio... -dejó caer con cierto retintín.

Draco le dirigió una mirada de soslayo, jugueteando nerviosamente con su varita.

- No es algo de lo que me sienta especialmente orgulloso.

- A estas alturas ya no sé qué creer de ti -contestó el moreno con la voz cargada de rabia. Percibió cómo Draco se encogía, pero no le importó. Estaba asustado, confuso y necesitaba pagarlo con él-. Además no sé por qué no te alegras, a ti te encanta presumir de tus contactos, y sin duda Voldemort es el mejor de todos...

- ¡Cállate! -rugió el Slytherin, sobresaltando a Harry. Avanzó unos pasos hacia él, y Harry se percató de que temblaba levemente- ¿tú qué demonios sabes sobre nosotros¿qué sabes sobre el Señor Tenebroso¿qué sabes sobre mi relación con él? No sabes nada¡nada!

Harry se quedó impresionado ante su arranque, y sintió cómo su propia cólera se apagaba al ver el sufrimiento reflejado en el rostro de Draco. Éste inspiró profundamente y pareció recobrarse. Bruscamente sacó del bolsillo de la túnica las varitas de Harry y Hermione y se las tiró al moreno, quien las atrapó en el aire.

- Toma. Necesitarás tu varita, y prefiero que guardes la de Hermione ahora que yo ya tengo la mía. Este sitio es peligroso.

Harry aguardó unos segundos, constatando que Draco se había tranquilizado. Después se acercó cautelosamente a él.

- ¿Por qué no aprovechas para contarme qué pasó de verdad? -preguntó mientras guardaba la varita de Hermione y agarraba con firmeza la suya propia.

Draco le lanzó una mirada helada, pero el Gryffindor no cedió. Llevaba demasiado tiempo intrigado por el misterio que se vislumbraba en el pasado de Draco. Ahora que tenía la respuesta a mano, no pensaba dejarla escapar.

Finalmente Draco aceptó que Harry no iba a darse por vencido. Suspirando, se resignó a la idea de confesarle todo lo que le había ocurrido. Al menos, pensó con ironía, le serviría para amenizar la interminable espera.

- Todo empezó cuando capturaron a mi padre en el Ministerio -empezó, dejando vagar su mente por los recuerdos que empezaban a agolparse frente a sus ojos-. Como ya dijo Lupin aquel día en La Madriguera, al principio todo fue bastante bien. Quiero decir, mi padre había fallado, pero a nadie se le ocurrió echarme la culpa a mí. El Señor Tenebroso... digamos que pensó que había llegado el momento de hacer un relevo generacional, y me llamó a su presencia.

Harry vio cómo la espalda del Slytherin se estremecía en un inesperado escalofrío, e instintivamente pensó en correr hacia él y abrazarlo. Logró detenerse a tiempo, recordando que había sido el propio Malfoy quien le había llevado hasta allí, pero el impulso de consolarle no se desvaneció.

- Yo no sabía... -siguió Draco, buscando las palabras exactas- yo todavía no sabía para qué me quería. Pensé que era sólo para decirme que estaba descontento con mi padre, o para contarme qué había planeado en relación a su encarcelamiento. Ni por un momento pensé que él hubiera pensando en hacerme pasar inmediatamente a su servicio.

- ¿Fue entonces cuando te marcó? -preguntó Harry.

- No sólo me marcó -respondió Draco con una sonrisa triste-. Cada vez que se acepta a un nuevo mortífago, es costumbre que el Señor Tenebroso utilice la Legeremancia para comprobar que el neófito es absolutamente leal. Es un momento clave para los que pretenden infiltrarse en los mortífagos, porque la mayoría no pueden esconder sus verdaderas intenciones y son ejecutados al instante. Yo no es que tuviera la intención de ser un infiltrado, pero sí que tenía algo que ocultarle... -Draco se quedó unos segundos en silencio, con la mirada perdida en el vacío, y después añadió, en tono débil-: Hay muy pocas personas que puedan vencer a la mente del Señor Tenebroso, y yo no soy una de ellas. Lo descubrió.

- ¿El qué descubrió? -preguntó Harry, aunque empezaba a imaginarlo.

Sus sospechas se vieron confirmadas cuando Draco le dirigió una mirada penetrante. Una mirada cargada de dolor.

- Que estaba enamorado de ti.

Entre ambos se hizo el más absoluto silencio. Harry estaba atónito. ¿Voldemort sabía lo que Draco Malfoy sentía hacia él?

- ¿No te mató? -preguntó, sorprendido-. Yo soy su enemigo número uno ..¿cómo dejó que siguieras viviendo?

Draco volvió a sonreír con amargura.

- Ojalá me hubiera matado -murmuró con un hilo de voz- pero, como ha dicho Severus, el Amo siempre sintió una especie de... predilección por mí.

- ¿Qué clase de predilección?

- Él sabía que yo era tu principal pesadilla en Hogwarts, que te hostigaba constantemente. Supongo que empezó a simpatizar conmigo por eso, y después debió ver en mí algunas de las cualidades que él buscaba en sus seguidores. El caso a medida que fui convirtiéndome en el líder de Slytherin, entre los mortífagos empezó a comentarse que yo bien podría ser el heredero del Señor Tenebroso. Y él, para orgullo de mi padre, no hizo ningún intento por acallar esos rumores.

- ¿Y no se enfadó cuando descubrió que su heredero había ido a enamorarse precisamente del enemigo?

- Claro que se enfadó -contestó Draco, estremeciéndose-. Y mucho.

Harry le miró en silencio. Draco parecía estar haciendo acopio de la entereza suficiente para continuar.

- Durante unos instantes me vi muerto y enterrado, y, realmente, poco faltó -confesó en un murmullo-. Pero a sus ojos incluso la muerte era un castigo muy pobre. Además él no quería prescindir de mí, sino darme un castigo ejemplar, y, al mismo tiempo, asegurarse mi lealtad. No podía ordenarme que te matara porque ése es un privilegio que se ha reservado, pero ideó algo mucho más retorcido: me ordenó que asesinara a Dumbledore, advirtiéndome de que, si fallaba, mis padres morirían. Quería ver si era capaz de resolver el problema de introducir mortífagos en Hogwarts... y además, si al final yo resultaba victorioso, tú me odiarías de por vida, con lo que se ahorraba futuras preocupaciones en lo referente a nuestra relación.

Harry no pudo disimular su asombro; apenas había creído que Voldemort le perdonara la vida a Draco tras descubrir su secreto, pero ahora comprendía que en realidad se había comportado de un modo maquiavélico. La figura de su mortal enemigo adquirió nuevos tintes en su mente; hasta ese momento, había visto a Voldemort como un individuo básicamente cruel. Ahora comprendía que, al servicio de esa crueldad, había una inteligencia aún más notable de lo que en principio había supuesto. Tom Ryddle era un digno Slytherin. Y Harry supo que si quería vencerle, no sólo debía ser más fuerte que él... también debería superarlo en astucia.

- ¿Por eso estabas tan agresivo conmigo cuando empezó el curso? -preguntó mientras las piezas empezaban a encajar en su mente-. Tanto odio me pareció antinatural... incluso viniendo de ti.

Draco hizo una mueca al recordar cómo le había roto la nariz al moreno. Al recordar cómo, gustosamente, le habría matado con sus propias manos en aquel instante.

- Sí -contestó, cabizbajo-. Necesita pagarlo con alguien... No paraba de echarte las culpas por haber hecho que me enamorara de ti, aunque sabía que tú no tenías ni la más remota idea, pero aún así...

- ¿Y por qué los mortífagos te siguen respetando a pesar de todo? -preguntó Harry, sintiendo cómo su natural curiosidad le espoleaba.

- Porque ellos no saben nada. El Señor Tenebroso quería darme una lección, no destruirme para siempre. Si quería que finalmente yo fuera su heredero, tenía que seguir manteniendo mi imagen frente a los mortífagos. Nadie más se enteró de lo que él había descubierto... nadie salvo una persona que por entonces era uno de sus íntimos colaboradores, o eso pensaba el Amo: Snape.

- Así que sólo Snape sabía cuál era la razón principal de tu castigo...

- Teóricamente, sí. Sé que mi madre sospechaba algo, y quizá también mi padre, pero ignoro si ya lo sabían con certeza antes de que Severus se lo confesara todo.

- ¿Snape se lo contó? -se sorprendió Harry.

- Sólo cuando le quedó claro que yo no iba a ser capaz de cumplir la misión -dijo Draco con un suspiro de tristeza-. Al final, curiosamente, sí fui capaz de introducir a los mortífagos en Hogwarts, pero no pude matar a Dumbledore... en cualquier caso, mi madre y mi padrino se las ingeniaron para conseguir contactar con mi padre en Azkaban, y juntos elaboraron un plan para conseguir salvarme en caso de que fallara.

- Y... -Harry vaciló; la pregunta que tenía en mente era demasiado personal y comprometida, pero necesitaba saberlo- ¿y tus padres no se enfadaron contigo?

Draco no contestó inmediatamente, sino que volvió a quedarse pensativo mientras se mordía distraídamente los labios.

- No sé cuál fue su reacción -confesó finalmente, mirando a Harry- pero el caso es que decidieron ayudarme. Siempre pensé que mi padre me mataría en caso de enterarse, él siempre fue muy estricto conmigo... pero al final tanto él como mi madre sacrificaron su vida y, lo que es aún más importante, sus ideales, por salvarme.

Harry aprovechó la pausa que hizo Draco para meditar. En las contadas ocasiones en las que había visto a la familia Malfoy, Lucius había tratado a su hijo con más severidad que cariño. Sin embargo, estaba claro que, a fin de cuentas, lo quería lo suficiente como para traicionar a su señor por él.

Definitivamente también los mortífagos eran todo un misterio.

- Antes hablaste de rumores... -recordó, entornando los ojos.

Draco chasqueó la lengua con disgusto.

- Sí... no sé cómo, pero mi tía Bella consiguió enterarse de algo. Ella no se parece en absoluto a mis padres, es una auténtica fanática, daría su vida por el Señor Tenebroso sin pararse a pensarlo un segundo. El rumor de que el hijo de los Malfoy había sido castigado por algo más que por el encarcelamiento de su padre se extendió rápidamente por los amigos de la familia, aunque al no haber confirmación oficial no le dieron demasiado crédito... Supongo que finalmente mi tía decidió darme una oportunidad -aventuró Draco, encogiéndose de hombros-. Realmente no había sido infiel a nuestro señor, y tampoco soy el primer mortífago adolescente que se enamora de quien no debe. En realidad estas cosas suelen pasar con más frecuencia de la que imaginas.

Harry estaba ya a pocos pasos de Draco. Al ver su mirada triste, su expresión hundida, la necesidad de abrazarle, de protegerle, fue mayor que nunca. Sin embargo, en lugar de eso, decidió aclarar el último punto que quedaba sin explicar.

- ¿Qué ocurrió la noche en la que intentaste escapar? Está claro que Snape y tus padres pusieron en marcha el plan que habían madurado previamente, y que al final Bellatrix Lestrange lo estropeó todo... pero sigo sin comprender por qué Voldemort te dejó seguir viviendo después de eso.

- Eso es algo que probablemente nadie entiende, sobre todo porque hacía tan sólo unas horas él mismo me había condenado a morir -dijo Draco, moviendo la cabeza con desconcierto-. La única explicación posible que se me ocurre es que, al igual que un año antes, decidió repentinamente que la muerte seguía sin ser suficiente...

X

Draco y Snape sintieron cómo se les doblaban las rodillas cuando Voldemort hizo su aparición en la celda. Le precedía una radiante Bellatrix Lestrange, que dirigió una mirada de sádica ferocidad a su sobrino y rió con deleite cuando su señor se encaminó hacia el ex profesor.

- Severus...

El tono de fría cólera de Voldemort le heló el alma. Snape se arrodilló a medida que el líder de los mortífagos se acercaba a él, sus ojos rojos brillando de furia.

Draco estaba junto a él, temblando de miedo. Alguien le había liberado de sus grilletes, y no hacía falta ser muy listo para adivinar quién había sido. Voldemort apenas podía creerlo¡Snape, un traidor! Llevaba mucho tiempo escuchando críticas veladas contra la lealtad de su viejo aliado, pero hasta ese momento no había querido darles crédito.

Bien, estaba claro que se había equivocado.

- Me has traicionado, Severus.

- Mi señor... quiero a Draco como a un hijo... tenéis que comprenderlo... -balbuceó Snape.

- Tu deslealtad me sorprende más que la de los Malfoy... y eso ya es mucho decir -masculló Voldemort entre dientes, satisfecho al ver cómo el cuerpo de Snape se aovillaba y temblaba a sus pies.

Draco ni siquiera podía moverse. En ese momento, mientras los ojos de su señor le buscaban, las mil y una historias que había tenido la ocasión de escuchar sobre la crueldad de Lord Voldemort y el castigo que inflingía a los traidores danzaron en su mente a una velocidad vertiginosa.

Ya se había librado una vez. Ahora, evidentemente, no iba a tener igual suerte.

- Draco...

- Mi señor... -consiguió murmurar el muchacho con una voz tan temblorosa que ni siquiera parecía suya.

- Te di la oportunidad de hacerte perdonar tu... desliz con ese Potter -continuó la voz silbilante de Voldemort-. De presentarte como un héroe ante el resto de los mortífagos. Pero fue Snape quien tuvo que matar a Dumbledore... tú no fuiste capaz, Draco.

- Mi señor, yo...

- Cállate -ordenó Voldemort en tono cortante y Draco obedeció-. Y ahora, en vez de arrodillarte ante mis pies y suplicarme que anule tu condena, permites que tus Lucius y Narcissa mueran para intentar escaparte ante mis narices. Por tu culpa tus padres han entregado la vida y yo he perdido a uno de mis más leales mortífagos... y pronto perderé a otro -terminó, mirando de soslayo a Snape, quien tragó saliva sin levantar la cabeza.

Draco intentó musitar una excusa, pero las palabras se le atragantaron en la garganta. Era la viva imagen del terror, del terror que inspiraba la inhumana criatura que estaba frente a él, observándole desde su rostro grotesco. Ni siquiera se le ocurrió oponer resistencia; había crecido con la sombra de Voldemort a su espalda, se había dormido en el regazo de su madre mientras sus amigos relataban con respeto las antiguas hazañas de Tom Ryddle. Le temía demasiado como para osar alzar, no ya la varita, sino la voz, contra él.

Voldemort se acercó, alzando las manos, y durante un momento Draco creyó que llegaba el fin. Miró a espaldas de la bestia, donde aguardaba su tía Bellatrix empuñando su varita con una enorme sonrisa de satisfacción.

Las manos de Voldemort le agarraron del cuello de la túnica y le alzaron el vilo, apoyándole bruscamente contra la pared. A Draco se le cortó la respiración, pero ni un solo gemido escapó de su garganta. Y no fue por estoicismo, sino porque la visión del rostro de su señor, acercándose a escasos centímetros del suyo, habría paralizado las cuerdas vocales hasta al más valiente.

- Matarte sería tan fácil, mi niño... matarte como había pensado hacer mañana... -musitó Voldemort, con la nariz enterrada en el cuello de Draco. Sus afilados dientes rozaron el lugar donde latía la yugular del joven, y éste aguantó la respiración-. Matarte sería tan fácil... y, ahora lo comprendo, tan decepcionante. Draco, eres el mejor de los jóvenes que algún día lucharán a mis órdenes¿no te das cuenta? Tienes un futuro dorado por delante si me sirves con lealtad.

Voldemort alzó la cabeza para mirarle a los ojos, y Draco sintió el desagradable aliento de su señor en el rostro. Estaba sorprendido¿Voldemort le perdonaba? Hacía tan sólo unas horas le había condenado a morir... y ahora¿le perdonaba tras haber intentado escapar?

Todavía le tenía alzado en vilo, aunque la túnica empezaba a crujir bajo el peso del muchacho. Voldemort le sonrió, como si estuviera leyendo sus pensamientos, enseñándole dos hileras de pequeños y puntiagudos dientes.

- Cuando me enteré de que Narcissa estaba embarazada, ordené a Lucius que criara debidamente a su hijo para servirme... y lo hizo bien -confesó Voldemort, recorriendo con sus ojos a Draco-. Tú no eres como esos descerebrados que sólo aguardan la ocasión de servirme para bañarse con la sangre de sus enemigos. Tú eres diferente, Draco. Especial, por así decirlo... Un auténtico Slytherin de los pies a la cabeza.

Snape estaba atónito. ¿Voldemort, halagando a quien había intentado escapar a su poder? Incluso se atrevió a levantar la cabeza para observar la escena.

Lo que vio le puso la piel de gallina. Su señor miraba directamente a Draco, y había algo en aquella mirada, algo malsano, que hizo brotar una mueca de disgusto en el rostro de Severus. Afortunadamente, Voldemort no le vio.

Sí lo hizo Bellatrix Lestrange, que de hecho tenía idéntica expresión en el rostro, aunque por razones muy diferentes. Había esperado que su señor castigara debidamente a Draco, y, por contra, ahí estaba el maldito crío, vivo y coleando, y Voldemort le decía que era especial. Bellatrix entornó los ojos, examinando a su sobrino. Ella nunca había tenido hijos; a veces pensaba que la naturaleza, consciente de que tanto ella como Rodolphus consagrarían a sus hijos al servicio de Voldemort, había decidido no dárselos para restar apoyos a su amo. Su hermana Narcissa sólo había tenido un hijo... ¡pero qué hijo! A menudo Bellatrix sentía envidia cuando contemplaba a su único sobrino (porque, evidentemente, la traidora de Andrómeda y la inmunda mestiza que había nacido de su matrimonio con ese muggle no contaban para nada).

Draco era el hijo que ella misma habría deseado tener: atractivo, inteligente, ambicioso, calculador y con capacidad de liderazgo. Sin embargo, tenía un gran defecto: era un Malfoy. Bellatrix, que como buena Black había servido a su señor Lord Voldemort por profundo y exaltado idealismo, despreciaba a todos los que, como la familia Malfoy, se habían adherido a las filas de los mortífagos para conseguir dinero y poder. Tanto ella como su marido Rodolphus desconfiaban de Lucius, y no cabía duda de que éste había educado a su único hijo a su imagen y semejanza.

Mas, en ese momento, Bella examinó a Draco con otros ojos. En la mentalidad de la mortífaga no cabía ni la más remota posibilidad de que su amo se equivocara, pero aún así no pudo evitar plantearse, por primera vez, si llevaba razón respecto a su sobrino. ¿Sería de verdad especial¿estaría destinado a suceder a Lord Voldemort¿era, realmente, el mejor de todos los jóvenes mortífagos?

Ante eso último Bellatrix no tenía duda alguna. Cada vez que contemplaba a los hijos de sus compañeros, soltaba un bufido de disgusto. No había color cuando se comparaba a Draco con los hijos de Crabbe, Goyle, Parkinson, Nott, Avery, Macnair...

- ¿Bella?

La mortífaga dio un respingo, sobresaltada ante la mirada de su señor. Se preguntó si habría leído sus pensamientos, y agachó la cabeza dócilmente incluso con más rapidez que la acostumbrada.

- ¿Mi señor?

- Tráeme el bastón de Lucius Malfoy.

La orden, seca y concisa, tranquilizó a Bellatrix. Snape la observó con resentimiento mientras salía de la pequeña celda, y padrino y ahijado quedaban a solas con la bestia que controlaba las vidas de ambos.

Voldemort dejó suavemente a Draco en el suelo, aunque sin intención de soltarle por el momento. Seguía mirándole con aquella expresión de malsana codicia que hacía estremecer a Snape; afortunadamente, Draco estaba demasiado aterrorizado para fijarse en tales sutilezas.

- Voy a darte otra oportunidad... la última oportunidad -puntualizó Voldemort en tono frío-. No quiero que termines como tu padre. Eres demasiado valioso y yo he invertido demasiado tiempo en ti... Espero que ahora sí aprendas la lección.

En ese momento volvió Bellatrix, entrando apresuradamente en la celda con el bastón de Lucius sujeto entre los brazos. Draco sintió un pinchazo de dolor en el pecho cuando observó el bastón negro, la cabeza plateada de la serpiente, salpicada con restos de sangre reseca... la sangre de su padre.

Se le hizo un nudo en la garganta al pensar que los cuerpos de sus padres yacerían aún, en un estado que prefería no imaginar, en alguna de las salas de tortura de la guarida de los mortífagos.

Voldemort cogió el bastón, lo apuntó con su varita y sin necesidad de palabras lo envolvió en un conjuro.

- Sabes que nadie que lleve la Marca puede entrar aquí -dijo, mirando a Draco.

Éste se obligó a recuperar la capacidad del habla al ver que el desagradable ser esperaba una respuesta por su parte.

- Sí, mi señor.

Entonces Voldemort le tendió el bastón con un movimiento seco. Draco lo cogió con desagrado, intentando que sus dedos no rozaran siquiera las manchas de sangre. Notó un nudo en la garganta, pero, a pesar de todo, hizo un esfuerzo por mantener la compostura.

- Acabo de hechizar este bastón para que puedas utilizarlo como un traslador capaz de traspasar la barrera protectora que creé alrededor de la guarida. De momento no funciona, podrás activarlo tú cuando quieras, pero ten en cuenta que yo también podré hacerlo... no importa lo lejos que estés.

Draco asintió en silencio. No le sorprendía; el enorme alcance de su magia era una muestra más del enorme poder de Lord Voldemort. Esperó unos segundos, consciente de que no debía hacer preguntas.

- Voy a encomendarte una misión, y vas a tener otra oportunidad de probar tu lealtad... de la forma más difícil posible -puntualizó Voldemort mirándole a los ojos.

Draco bajó mansamente la mirada.

- ¿Querías salir de aquí? Pues vas a hacerlo. Vas a fingir que te has escapado, y vas a dirigirte a un lugar en concreto que yo te indicaré. Allí te darán cobijo... aunque a regañadientes, pero lo harán. Y tendrás la oportunidad de probarme lo fiel que eres.

Snape frunció el ceño. No le gustaba nada lo que insinuaba el tono sinuoso y frío de Voldemort.

- Vas a dirigirte a la casa de nuestros traidores a la sangre favoritos: los Weasley -reveló el Señor Tenebroso, haciendo que el joven mortífago levantara la cabeza con sorpresa-. El 31 de Julio Harry Potter cumplirá 17 años y la casa de sus asquerosos tíos muggles dejará de ser segura para él. Sin duda, la Orden del Fénix querrá esconderlo, y probablemente sea en el cuartel general que ninguno de nosotros, salvo nuestro querido Severus, puede pisar... no obstante, por el momento me consta que los Weasley siguen viviendo en ese tugurio al que llaman La Madriguera. Tú irás allí y fingirás que has conseguido escaparte de mis filas. Y, cuando llegue Harry Potter, te ganarás su confianza y le atraerás hasta aquí.

Draco estaba tan sorprendido que olvidó que debía mostrarse sumiso. Miró fijamente a su señor, estupefacto.

- ¿Traer aquí a Potter? -casi gritó, en una actitud que rayaba en la rebeldía.

Sin embargo Voldemort volvió a sonreír, encantado al ver el desconcierto de su joven seguidor. Y Snape tuvo el extraño presentimiento de que no todo iba a ser tan sencillo.

- ¿No es una oportunidad genial para demostrarme cuán leal eres? Me traerás a la persona a la que amas... mi principal enemigo -susurró Voldemort-. Si lo haces te ganarás mi perdón y te proclamaré oficialmente como mi mano derecha.

Draco le miró, atónito, sosteniendo con cuidado el bastón. A pesar de su enemistad mutua, Bellatrix y Snape se miraron con aturdimiento.

- Dejaré que los demás mortífagos crean que te has escapado, así nos protegeremos ante posibles filtraciones. Sin embargo, avisaré a Crabbe y a Goyle de que es probable que en cualquier instante aparezcas con Potter. Cuando regreses con él desvelaré a todos cuál fue la verdadera naturaleza de tu misión, pero sin revelarles que intentaste escapar ni permitir que descubran tu secreto. Hasta entonces, estoy seguro de que ni Bella ni Severus dirán una sola palabra.

Miró a sus dos seguidores, que bajaron la cabeza en señal de asentimiento. Volvió a girarse hacia Draco, satisfecho.

- Y si por casualidad estás pensando en la posibilidad de no volver y de aliarte con Potter... recuerda que tu padrino seguirá aquí conmigo, y que él pagará si tú no vuelves. Y también recuerda que estoy conectado con todos mis mortífagos y que puedo adivinar lo que sientes en cada momento. Si en cualquier momento descubro que sigues embobado con Potter, también será Severus quien lo pague.

Draco asintió con la cabeza, intentando ocultar lo desolado que se sentía. Voldemort le había perdonado por segunda vez, algo inaudito, pero él casi habría preferido la muerte. No concebía la idea de entregar a Harry... pero tampoco quería que Snape lo pagara con su vida.

Bellatrix se acercó respetuosamente a Lord Voldemort, y éste la miró.

- ¿Sí, Bella?

- Sólo una pregunta, mi señor... ¿ha pensado en que la Orden del Fénix quizá no crea que Draco ha escapado? Es probable que sospechen que todo es un montaje para colocar a un infiltrado.

- Ya lo había pensado, Bella -contestó el Señor Tenebroso, y se giró hacia Draco- ¿no te has preguntado por qué he elegido precisamente el bastón de tu padre para hacer de traslador, Draco Malfoy?

Draco negó con la cabeza.

Voldemort sonrió con crueldad.

- Porque necesito que tu historia tenga credibilidad, y para eso tienes que llegar medio muerto a La Madriguera. La opción de aparecerte está descartada, así que, cuando termine contigo, hijo -terminó Voldemort, apuntando a Draco con su varita- cuando termine contigo créeme que necesitarás ese bastón para poder sostenerte en pie.

X

Draco enmudeció cuando Harry, repentinamente, avanzó hacia él y le abrazó con tanta fuerza que le cortó la respiración. Al Slytherin se le humedecieron los ojos, y enterró la cabeza en el hombro de Harry, aliviado al encontrar consuelo en el Gryffindor.

- Nunca pensé en entregarte -susurró con voz débil-, lo juro. No quería que Severus muriera, pero ni por un instante sopesé la idea de traerte aquí. Al principio escondí el maldito bastón, luego me aseguré de que tú apenas lo tocaras, porque sabía que Quien-tú-sabes también podría activarlo si sospechaba... si sospechaba que entre nosotros dos empezaba a haber algo.

- ¿Por eso no querías estar conmigo? -preguntó Harry en un susurro.

- Sí -confirmó Draco- tía Bella se ocupó de enseñarme Oclumancia, pero todavía no soy lo suficientemente hábil. Él puede leer mis emociones si son lo suficientemente fuertes, temía que lograra introducirse en mi mente y averiguara que ya me había ganado tu confianza, pero que a pesar de ello no te había entregado. No quería precipitar la muerte de Severus... y tampoco quería que él activase el maldito traslador si sospechaba que tú y yo pasábamos cada vez más tiempo juntos.

Mientras el Slytherin hablaba, una serie de imágenes fueron desfilando por la mente de Harry. El miedo de Draco, su expresión de pánico cuando él hacía algún avance, su reticencia a desprenderse del bastón...

- ¿Y qué pensabas hacer cuando viniste a La Madriguera? -preguntó, consciente de que el rubio había estado entre la espada y la pared.

- No lo sé -confesó Draco-, la verdad es que estaba demasiado destrozado para hacer planes. Sólo sabía que no pensaba ponerte en una bandeja de plata para que el Señor Tenebroso diera buena cuenta de ti... Supongo que quería dejar que la situación se resolviese sola... claro que entonces no tenía ni la más remota idea de que tú fueras a corresponderme. Era una posibilidad que ni siquiera el Señor Tenebroso podría haber imaginado. La verdad es que eso lo complicó todo.

- ¿Por qué no me lo dijiste? -inquirió Harry en tono levemente exasperado- ¿por qué no me lo contaste todo, Draco? Podría haberte ayudado...

Por toda respuesta Draco se separó bruscamente de él. Harry le dejó ir, mientras el Slytherin se secaba el rostro con la manga de la túnica y después alzaba la cabeza para mirarle a los ojos.

- ¿Y me habrías creído?

Harry sintió el impulso de contestar afirmativamente, pero se detuvo. Analizó fríamente la situación, recordando todo lo que Draco había representado para él durante seis años. Se imaginó que el rubio le contaba su increíble historia, no allí en la guarida de los mortífagos, sino en la habitación de La Madriguera, escuchando de fondo los gritos de Molly al discutir con sus gemelos y observando por la ventana a Ron y Hermione en el jardín...

Negó lentamente con la cabeza.

- Creo que no -contestó con suavidad.

- ¿Y ahora? -preguntó Draco en tono ansioso. Sus ojos grises centelleaban bajo la débil iluminación de la mazmorra-. Después de lo que ha pasado ahí arriba... ¿me crees?

Harry vaciló. Se había sentido destrozado al pensar que Draco le había traicionado, y sólo por evitar ese dolor se inclinaba decididamente a creerlo. Sin embargo, había algo más... no sólo se trataba de ellos dos, no sólo era su relación la que estaba en juego. La muerte de Bill y Fleur le había hecho tomar conciencia de que ahora cargaba el peso de la lucha contra Voldemort sobre sus hombros; por ellos, por su memoria, debía ser cauteloso y dejarse llevar por su mente en lugar de por sus sentimientos.

En ese momento, para su alivio, la puerta chirrió a sus espaldas. Harry esperó escuchar en cualquier momento los pasos suaves y decididos de Severus Snape, pero en su lugar alguien emitió un grito ahogado, y el rostro de Draco se crispó en una mueca de sorpresa. Instintivamente Harry se dio la vuelta al tiempo que sacaba su varita.

- No emitas ni un sonido, Pettigrew -ordenó, apuntando con su arma al mago que les miraba con los ojos desorbitados- si intentas llamar la atención de los mortífagos o transformarte en rata, te mataré como ya debí hacer hace tiempo.

Pero al parecer Peter no estaba para heroísmos, porque su varita cayó al suelo con un tintineo de madera sobre piedra, y él alzó los brazos. Harry se sintió satisfecho al ver que la varita de Colagusano volaba hacia la mano de Draco mientras la puerta volvía cerrarse. Al menos, el Slytherin era un valioso compañero de lucha.

- ¿Qué hacéis vosotros aquí? -preguntó el animago con voz temblorosa, sin poder disimular su tremenda sorpresa.

- ¿Qué haces tú aquí, Pettigrew? -replicó Harry en un susurro amenazador-. Creí que la Orden te había capturado, pero, por lo visto, has vuelto a escaparte como la rata que eres...

- ¡Te equivocas! -contestó Peter con un deje de histeria en la voz. Al instante sintió que una sombra se movía tras de sí y Draco le clavaba su varita en la espalda-. Lupin me liberó y me ordenó que hiciera una misión para la Orden...

- ¿Ahora eres de la Orden? -preguntó Harry en tono irónico-. No me habían informado de tu readmisión, Peter. Creí que montarían una fiesta para celebrar la ocasión...

El pequeño mago enrojeció.

- ¡Es verdad! -exclamó, y apuntó con uno de sus dedos a la serpiente que aún dormitaba encima de la mesa- ¡Lupin me dijo que, si quería salvar la vida, viniera y matara a Nagini!

Harry no pudo disimular su sorpresa e intercambió una mirada con Draco, que a espaldas de Colagusano también se había quedado boquiabierto. Era evidente que el viejo animago decía la verdad, y la revelación fue tan sorprendente que durante un momento los dos bajaron las varitas.

Entonces escucharon un silbido proveniente de la mesa. Quién sabe si por escuchar su nombre a voz en grito o porque había elegido precisamente aquel oportuno instante para poner fin a su siesta, Nagini se había despertado. Y había visto a dos chicos amenazando al hombre que durante mucho tiempo los había cuidado a ella y a su amo... la serpiente no le tenía demasiado aprecio a Colagusano, pero Voldemort le había ordenado en una ocasión tolerarle y protegerle por el bien de ambos, y en ese momento recordó su orden.

Hubo un destello verde, y de repente Harry se vio sepultado por el peso de la enorme serpiente. El bicho rodeó el joven y frágil cuerpo con sus anillos y comenzó a apretar...

Draco dio un paso al frente, apuntando a i Nagini /i con su varita. Empezó a pronunciar las primeras sílabas de la maldición asesina, pero se dio cuenta de que no podía hacerlo. La serpiente se movía con rapidez, su cuerpo se confundía con el de Harry, y cabía la posibilidad de que la maldición acabara impactando en el Gryffindor. De repente, recordó una ocasión en la que él mismo había azuzado a uno de esos animales contra Harry, y una solución se abrió paso en su mente.

- ¡Harry¡Háblale en pársel, Harry!

Harry escuchó las palabras de Draco por encima de los silbidos de Nagini, y al instante comprendió que tenía razón. Pero¿cómo hablar en pársel? Hasta el momento sólo lo había hablado sin darse cuenta.

Abrió la boca, confiándose a su suerte.

- Quieta, Nagini.

Funcionó. Los anillos del reptil se aflojaron, y sus ojos buscaron los de Harry. Si las serpientes pudieran mostrar emociones en su rostro, sin duda Nagini habría abierto la boca de asombro. Hasta el momento sólo su amo había hablado con ella en pársel, y el animal asociaba su lengua a aquellas personas a las que debía obedecer. Mansamente dejó que Harry apartara con delicadeza su cuerpo, liberando al joven de su abrazo.

Draco soltó un suspiro de alivio. Entonces, escuchó un rumor de ropa a sus espaldas, y sólo entonces recordó que le estaba dando la espalda a Pettigrew. Giró bruscamente, pero ya era demasiado tarde; alguien le empujó, haciéndole perder el equilibrio, y tras un breve forcejeo arrancó su propia varita de las manos de Malfoy.

- ¡Accio! -gritó, apuntando a la varita de Harry, que había caído a pocos centímetros de su dueño cuando le había atacado la serpiente.

Draco y Harry intercambiaron una mirada de impotencia, los dos tirados en el suelo, con la serpiente aún perpleja entre ambos. Peter los apuntaba con mano temblorosa, la varita del Gryffindor en su mano y la del Slytherin olvidada en el suelo. Draco le dirigió una mirada fugaz y Peter la atrajo hacia sí con el pie sin apartar los ojos del rubio.

- Traidor -escupió Harry, mirándole con fiereza- no sé cómo Lupin pudo confiar en ti.

- Remus no confió en mí -replicó Peter con voz chillona- no tenía más remedio que soltarme y sabía que el Señor Tenebroso me mataría en cuanto pusiera un pie aquí dentro. Sin embargo... -observó a los dos jóvenes, y se humedeció los resecos labios con ademán nervioso- esto cambia las cosas. Si le entrego al gran Harry Potter y al prófugo Malfoy, quizá el Señor Tenebroso me perdone. Quizá me de al fin el tratamiento que merezco por mi fidelidad... quizá me nombre su mano derecha...

- Creí que habrías aprendido la lección, Colagusano -intervino una voz susurrante- me sorprende que aún sigas siendo víctima de tus delirios de grandeza.

Peter se dio media vuelta, aterrorizado, e incluso Harry y Draco dejaron escapar una exclamación de sorpresa. Al parecer Snape había escuchado que algo raro pasaba dentro del laboratorio, y en vez de entrar a pie se había aparecido directamente para que Pettigrew no le escuchara. Ahora, con el recuperado bastón en la mano izquierda, apuntaba a Colagusano con la varita que sostenía en la diestra.

- ¡No son delirios de grandeza, Snape! Él me recompensará...

- Sí, tanto como te recompensó cuando le devolviste un cuerpo -respondió Snape en tono sarcástico-. Y eso sin tener en cuenta que has hecho un trato con la Orden del Fénix, y que dada tu nula habilidad con la Oclumancia, lo sabrá en cuanto entre en tu mente.

- ¿Y tú cómo sabes que he hecho un trato con la Orden? -inquirió Colagusano, abriendo los ojos como platos.

- Porque yo también soy de la Orden, idiota -contestó Snape poniendo los ojos en blanco.

- ¡Entonces era cierto¡Eres un agente doble!

- Exacto. Al igual que tú ahora -puntualizó Snape- y a ambos nos despellejarán vivos si el Señor Tenebroso nos atrapa aquí. Así que deja en paz a Potter y a Draco, y preocúpate en pensar en cómo vas a escapar con vida.

Colagusano vaciló. La punta de su varita temblaba cada vez más violentamente, y Draco y Harry la observaban fijamente.

- Han surgido complicaciones, Peter -insistió suavemente Severus- confía en mí o nos matarán a todos.

- ¿Qué clase de complicaciones? -preguntó Draco, poniéndose en pie de un salto, ignorando a Pettigrew, quien acabó bajando la varita con expresión perpleja.

- Tu queridísimo tío Rodolphus acaba de presentarse en la entrada. Al parecer, el trámite con los gigantes ha durado menos de lo esperado, y el Señor Tenebroso le ha mandado de avanzadilla para anunciar su inminente regreso. Crabbe y Goyle le han informado de vuestra presencia, y en cualquier momento se dejará caer por aquí. Los demás, incluido el Señor Tenebroso, tardarán poco en llegar.

- ¡Merlín! -exclamó Colagusano, aterrorizado.

- Tenemos poco tiempo -murmuró Severus, dejando el bastón en el suelo-. Rodolphus no es estúpido. Sospecha de Draco por todo lo que le ha contado Bellatrix, y le he escuchado dar orden a Crabbe y a Goyle de que, en cuanto lleguen el Señor Tenebroso y el resto, no permita que nadie salga de aquí por medios mágicos, ya sea desapareciéndose o con trasladores. En resumen, tenéis que escapar, y tenéis que hacerlo ya -dijo, mirando a su ahijado.

- ¡Tenemos que escapar ya! -puntualizó Colagusano mientras Draco apuntaba con su varita al bastón.

- No. Alguien tiene que quedarse y matar a la serpiente -repuso Snape con firmeza- si tras acabar con ella nos da tiempo a salir, perfecto. Si no...

- ¡Severus! -gritó Draco, horrorizado, levantando la cabeza del traslador. Colagusano soltó un gemido ahogado- ¿No vas a venir con nosotros?

- Tú limítate a conseguir que eso funcione -ordenó Snape a Draco en tono cortante.

Draco asintió a regañadientes, y volvió a su tarea.

- Portus... -murmuró, concentrándose con todas sus fuerzas. Sintió una pequeña sensación de triunfo cuando el bastón emitió un destello dorado y vibró.

- Ahora, fuera -ordenó Snape, mirando el bastón con alivio.

- ¡No! -exclamó Peter, aterrorizado, apuntando de nuevo a los dos jóvenes con su varita-. ¡O nos vamos todos o no se va nadie!

- ¡No seas idiota, Colagusano! -aulló Snape, encarándose con el animago, despreciando el hecho de que estaba enarbolando su arma- ¡Tú vas a morir de todas formas!

- ¡No! Si escapo ahora...

- ¿Dónde te esconderás¡¿Dónde¿Crees que la Orden te protegerá si vuelves con las manos vacías? -gritó Snape, exasperado.

- Huiré...

- ¡Y sabes que Voldemort te encontrará tarde o temprano y te torturará hasta que desfallezcas!

Los tres miraron a Snape, impresionados. Incluso el ex profesor pareció sorprenderse de su atrevimiento. Era la primera vez que pronunciaba el voz alta el nombre de su señor... y había sentido una cierta sensación de triunfo al hacerlo. Miró a Colagusano, más seguro de sí mismo que nunca. Ya no tenía miedo.

- Le dijiste a Remus Lupin que querías dar vuelta atrás, Peter. No puedes volver al pasado, pero sí puedes hacer que tu vida tenga algo de sentido. Una parte del alma de Voldemort está en esa serpiente, Peter... si tú y yo la matamos, habremos vengado parte de todo el daño que esa bestia nos ha hecho.

Colagusano miró a Snape boquiabierto. Sus ojos pasaron del viejo profesor al tranquilo reptil...

- Si eso es cierto, nos romperá uno a uno todos los huesos de nuestro cuerpo, Severus... -murmuró Peter con voz aterrorizada-. Si lo hacemos, nos espera la peor tortura que puedas llegar a imaginar...

- No. Si me ayudas a matarla, te juro que Lord Voldemort no te pillará vivo -prometió Snape, señalando la hilera de frascos de diverso contenido que había alineados en los estantes.

Harry y Draco se miraron, con los nervios tensos como cuerdas. Ninguno de los dos creía realmente que Peter fuera a aceptar el trato... pero, para su sorpresa, Colagusano bajó la varita y se dirigió a ellos con una expresión de determinación que jamás le habían visto.

- ¡Vamos, fuera de aquí!

Harry se dirigió al bastón, pero al ver que Draco no se movía, se giró para mirarle.

- Severus... -murmuró el rubio con un nudo en la garganta.

- Vete, Draco -ordenó suavemente el experto en Pociones, clavando la mirada en su ahijado-. Vete con Potter.

- Pero tú...

- Yo sólo seré uno más de las muchas personas que han entregado su vida por esta causa. Vete de aquí, Draco, ahora tú tienes el deber de proteger a Potter.

El Slytherin se quedó paralizado, mirando a Snape, debatiéndose entre la necesidad de abalanzarse sobre su padrino y abrazarle y el instinto de salir huyendo junto a Harry. Fue el moreno el que puso fin a sus dudas, dirigiéndose a él y agarrándole del brazo. Después, miró a los ojos a Snape, y, por primera vez, los dos observaron algo de simpatía en el rostro del otro.

- Retiro lo que dije aquella noche, profesor Snape -dijo respetuosamente-. Usted no es un cobarde.

- Gracias, Potter -contestó Snape con tanta naturalidad como si ambos estuvieran en mitad de una clase-. Ahora vete...pero antes, júrame que no descansarás hasta acabar con Lord Voldemort.

- Lo juro, señor -contestó Harry con seguridad.

La expresión de Snape se suavizó un poco al mirar a Draco, y hasta se permitió una sonrisa.

- Y júrame también que tratarás bien a mi ahijado... porque si no lo haces seré capaz de volver desde el otro mundo para seguir atormentándote, Potter.

Harry sonrió con amargura, consciente de que tanto Snape como Malfoy estaban haciendo un esfuerzo por contener sus emociones.

- No hará falta que se tome tantas molestias, profesor, se lo aseguro.

- ¡Basta de cháchara! -gritó Peter, interrumpiéndoles, y por primera vez en toda la noche su voz sonó firme-. ¡Tenéis que iros ya!

Harry asintió y arrastró al Slytherin hacia el traslador, temeroso de que en su estado no pudiera conseguir desaparecerse. Draco no apartaba sus ojos de Snape, pero Harry agarró su mano y se preparó para colocarla, junto a la suya, en el traslador.

Colagusano le miró fijamente. Desde que le había visto desde el bolsillo de Ron, convertido en rata, se había sentido mal cuando estaba en presencia de Harry. El maldito crío era igual a James... y la cicatriz de su frente era la marca vergonzosa de su propia traición.

Entonces, antes de agarrar el traslador, Harry levantó la cabeza y sus ojos verdes ("los ojos de Lily", pensó Colagusano para sí) encontraron los suyos en una mirada tan intensa que le hizo retroceder.

- ¿Por qué? -preguntó el hijo del que habían sido sus mejores amigos.

Y entonces Peter Pettigrew descubrió que ya no se sentía avergonzado ante el sonido de su voz. Acababa de recuperar la escasa dignidad que alguna vez había tenido. Para él nunca había significado demasiado... pero en ese momento pensó que más valía morir con dignidad que morir sin nada.

- Porque yo también estoy harto.

Harry asintió, y en el mismo instante su mano y la de Draco tocaron el bastón que había pertenecido a Lucius Malfoy. Y, en un torbellino, los dos jóvenes desaparecieron de la guarida de Lord Voldemort.

X

Harry y Draco aterrizaron con un golpe seco segundos después. El moreno soltó el bastón para recolocarse las gafas sobre el puente de la nariz, y con alivio comprobó que de nuevo estaban en el entorno familiar del salón de los Malfoy.

Giró la cabeza para comprobar cómo estaba Draco, pero en ese momento le sorprendió un ruido de pasos apresurados que se acercaban al salón.

- ¡Harry! -exclamó Ginny con voz alegre- ¡Profesor Lupin, Harry y Draco han vuelto!

La pelirroja se acercó y ayudó al Gryffindor a ponerse en pie. En pocos segundos Lupin apareció por la puerta, seguido de unos apresurados Ron y Hermione. Los tres suspiraron aliviados al ver a su amigo sano y salvo.

- Harry -murmuró Lupin- ...gracias a Merlín.

Draco, aún aturdido por el hecho de despedirse de Snape, se puso en pie trabajosamente. Apenas había acabado de incorporarse cuando sintió que alguien agarraba sus manos y las sujetaba con firmeza a su espalda.

- ¿Qué te crees que estás haciendo? -protestó, forcejeando con su captor. Pero Ron Weasley era bastante más corpulento que él, y no tuvo ningún problema en mantenerle sujeto.

- ¡Ron! -gritó Harry, haciendo ademán de acercarse a él, pero Lupin le detuvo.

El licántropo cruzó una mirada sombría con Ron.

- Lo siento Harry, pero no tenemos otra opción. Lo hemos estado hablando, conscientes de que era improbable volver a veros por aquí, y ahora que habéis regresado no pensamos volver a arriesgarnos.

- ¿Qué vais a hacer? -preguntó Harry, asustado por el tono de Lupin.

El Gryffindor buscó la mirada de sus dos amigas, pero ninguna de los dos parecía tener la más mínima intención de intervenir.

- Necesitamos saber la verdad, Harry -dijo tranquilamente Lupin mientras rebuscaba en los bolsillos de su túnica.

- ¡Draco ya me ha contado la verdad¡Él y Snape me han ayudado a escapar de la guarida de Voldemort con vida!

- Lo imagino -repuso Remus suavemente, sin sorprenderse- pero no podemos arriesgarnos a que oculte alguna otra información que pueda ponerte en peligro.

Draco había seguido la conversación con el ceño fruncido. Una sospecha se formó en su mente, y dibujó una mueca irónica en el rostro cuando Lupin, al fin, extrajo de su túnica un botellín de cristal con un líquido trasparente.

- ¿Veritaserum? -preguntó con desdén.

Lupin asintió con la cabeza.

- ¿Quieren saber la verdad¿quieren saber toda la verdad? -les desafió el Slytherin, aún sonriendo con sarcasmo. Después, giró la cabeza para mirar a Ron-. Suéltame, Weasley, puedo beberme yo solito esa porquería.

Ron miró a Lupin, y, tras un breve asentimiento de éste, liberó a Draco de su presa. El rubio avanzó y le quitó a Remus la botella de las manos.

- Draco, no tienes que... -intervino Harry, incómodo.

- Sí tengo que hacerlo, Harry. Tú mismo tienes dudas sobre mí -la voz del Slytherin era firme, y Harry no se atrevió a contestar negativamente-. Sólo siento que quizás escuchéis algunas cosas que no sean muy agradables de oír.

Tras levantar el frasco en ademán irónico hacia Lupin y Ron, Draco se lo llevó a los labios y se bebió todo el contenido. Después, lo soltó con un golpe seco en la amplia mesa familiar y se giró hacia los demás en ademán desafiante.

- ¿Por dónde queréis que empiece?

X

Lord Voldemort temblaba de ira, y ni siquiera sus más leales mortífagos se atrevían a quedarse demasiado tiempo en su presencia. El jefe de las fuerzas oscuras estaba sentado en su sillón, tamborileando impaciente con los dedos en uno de los reposabrazos mientras rememoraba una y otra vez los increíbles acontecimientos que habían tenido lugar en su propio cuartel general, sin que nadie se explicara cómo.

Atentamente escuchaba gritos de terror, gritos que en realidad eran música para sus oídos. Cuando cesaron, abrió los rojizos ojos.

- ¿Por qué paras, Bella?

Bellatrix miró a su señor. Frente a ella, caído en el suelo, yacía un cuerpo tembloroso y cubierto de sangre. Crabbe.

- Se ha desmayado, mi señor -informó Lestrange en tono sumiso.

- Reanímalo... y prosigue con tu tarea.

Bellatrix se apresuró a obedecer. Ella realmente no pensaba que Crabbe o Goyle tuvieran la culpa, pero... definitivamente, ese día su señor no estaba de humor para discutir. Y realmente no podía culparle por ello.

Harry Potter había estado allí, en las mismísimas fauces del lobo, y había escapado para contarlo. Cuanto más lo pensaban, más increíble resultaba. Y Draco Malfoy había huido con él. Y i Nagini /i , asesinada por dos de los propios mortífagos.

Bella agradeció la interrupción de Rodolphus. Su marido había sido el que había dado la voz de alarma, y era el único que, de momento, podía acercarse a su amo sin temor a enfurecerle.

- Ya les hemos reducido, mi señor, pero...

- ¿Pero? -repitió Voldemort, su voz más fría que nunca.

Rodolphus se esforzó por permanecer impasible.

- Peter Pettigrew ha muerto. Estaba a punto de atraparle cuando ha caído fulminado al suelo; llevaba una cápsula de veneno entre los dientes.

Las manos de Voldemort se crisparon en torno a los brazos de su sillón. Rodolphus cerró los ojos, pensando que sin duda él sería el destinatario de la cólera de su amo. Pero, segundos después, éste pareció serenarse.

- ¿Y Snape? -preguntó en un tono aterciopelado que sus seguidores conocían muy bien. El que precedía a sus grandes ataques de ira.

- Hemos conseguido atraparle con vida -dijo Rodolphus, aliviado de poder darle una buena noticia a su señor- lo traremos en cuanto vos ordenéis.

- Inmediatamente.

Rodolphus giró sobre sus talones, y, tras una breve mirada de complicidad a su mujer, abandonó la estancia. Le habia dicho a su señor que Snape estaba vivo, pero se había callado muchas otras cosas... por ejemplo, que los mismos mortífagos que le habían reducido, horrorizados ante el castigo que le esperaba, le habían ofrecido la posibilidad de morir rápidamente al igual que Colagusano. No había sido un acto de piedad; ninguno de ellos, por muy leales que fueran a Lord Voldemort, quería ser testigo de lo que éste haría con Snape en cuanto pusiera sus garras sobre él.

Severus Snape, con una mirada de desprecio que les hizo enmudecer, había respondido con voz firme que él no era un cobarde como Peter Pettigrew.

Rodolphus observó de soslayo al prisionero mientras daba orden de que lo llevaran a la presencia del Amo. Estaba blanco como la cera y se apreciaba un ligero temblor en las piernas, pero aparte de eso su rostro estaba tan hierático como siempre. Los mortífagos, acostumbrados a las orgías de tortura y sangre que les imponía su señor, esta vez ni siquiera parecían tener ganas de burlarse de su próxima vícima. Incluso Barty Crouch dio muestras de querer largarse rápidamente de allí cuando colocaron a Snape frente al sillón de Voldemort.

- Severus... -murmuró el Señor Tenebroso con deleite, alargando la mano para obligar a Snape a levantar la barbilla hacia él.

El viejo profesor le miró, y los mortífagos contuvieron la respiración. Había demasiado odio en aquellos ojos negros, un odio que Snape no se molestaba en disimular. Desde luego, estaba claro que no pensaba postrarse a los pies de su antiguo amo para pedirle perdón, como todos habían esperado que hiciera.

- Voldemort -escupió Snape.

Bellatrix dejó escapar todo el aire de golpe como si la hubieran golpeado, y Crouch ahogó un grito de sorpresa. Mas Voldemort mostró sus pequeños dientes en un remedo de sonrisa, como si la osadía de Snape le divirtiera enormemente.

- Vosotros podéis iros -concedió, mirando a sus mortífagos.

- ¿Qué hacemos con Crabbe y Goyle, señor? -preguntó respetuosamente Bellatrix, señalando los cuerpos inconscientes que todavía seguían desmadejados en una esquina.

Voldemort abrió la boca para contestar, pero pareció pensárselo mejor y amplió su sonrisa.

- Déjalos aquí... creo que les gustará lo que van a ver cuando se despierten.

Bella asintió con la cabeza y se apresuró a seguir a Rodolphus y al resto hacia el exterior. Lord Voldemort cerró la puerta con un movimiento de varita, y después volvió a mirar a Snape. Éste tenía la cabeza gacha, e intentaba abstraerse de lo que estaba a punto de sucederle. Quería que sus últimos pensamientos coherentes estuvieran dedicados a Draco y a Dumbledore, y, cuando sintió el primer estallido de dolor recorriendo su cuerpo, supo que lo había conseguido.

X

- Basta, Malfoy -pidió Lupin, poniéndose en pie de un salto.

Harry agradeció su intervención. A su lado, Hermione lloraba en silencio, Ginny hacía rato que se había tapado el rostro con las manos, y Ron tenía la misma expresión que cuando ambos estaban siendo rodeados por la familia de Aragog.

Draco enmudeció, mirando a Lupin con ojos inexpresivos, y el licántropo se estremeció. Si ya había resultado difícil asistir a la descripción minuciosa de las barbaridades que Voldemort le había hecho al chico que tenía delante, que éste las relatara en un tono tan completamente indiferente le había dejado atónito.

- Ya hemos escuchado suficiente -añadió Remus.

- Ya les dije que no sería agradable -contestó Draco con frialdad.

- Si no es agradable escucharlo, no me imagino cómo debió ser sufrirlo en primera persona -observó Lupin en tono suave.

Draco no contestó. Sentía cuatro pares de ojos clavados en su rostro, percibía la compasión con la que le miraban, y no le gustaba. Para él, no había sido demasiado duro rememorar todo lo que le habían hecho, pues había crecido en un entorno donde los castigos físicos y la tortura era el pan de cada día. Pero no estaba acostumbrado a que la gente tuviera pena de él, y eso sí le resultaba difícil de tragar.

Harry sentía como si le hubieran derramado un cubo de agua helada sobre la cabeza. El relato de Draco había coincidido al cien por cien con el que él y Snape le habían contado en la guarida de Voldemort... pero, debido al veritaserum, el Slytherin había acabado confesando algunos detalles que anteriormente había omitido o pasado por alto: las torturas a las que le habían sometido en las dos ocasiones en las que Voldemort le había perdonado la vida.

Ahora él, y todos los presentes, sabían que la maldición cruciatus no era ni mucho menos la peor de las armas de las que disponía Voldemort. Ahora todos sabían que la antigua cojera del Slytherin se debía a que el Innombrable le había partido en dos la pierna y después se la había vuelto a soldar con un hechizo, dejándola en perfectas condiciones pero haciendo que sintiera un agudo dolor que tardaría semanas en remitir. Ahora todos conocían la historia de la mayoría de las cicatrices que exhibía Draco en su maltratado cuerpo. Y todos se preguntaban, también, cómo había tenido el coraje de soportarlo sin volverse loco.

- ¿Ha terminado de hacer preguntas? -preguntó fríamente el rubio.

Lupin asintió con la cabeza, aún impresionado.

- Informaré a la Orden de todo lo que ha pasado... -inspiró profundamente- y también les diré que eres completamente de fiar, Malfoy.

- Gracias -murmuró Draco sin esforzarse en ocultar la ironía que impregnaba su voz. Después, dio media vuelta y sin decir una sola palabra, abandonó la habitación.

Subió las escaleras rumbo a su habitación, dejando que se le llenaran los ojos con las lágrimas que se había tragado durante todo el interrogatorio. Bien sabía él que a esas alturas Snape ya debía estar muerto... y aunque también sabía que probablemente habría un horcrux menos en el mundo, la idea no le consolaba.

- ¡Draco!

El Slytherin se detuvo en seco, dirigiendo una irritada mirada al hueco de las escaleras. Harry subía hacia él, y, aunque el hecho de haber tenido que confesar todo lo que le habían hecho delante de Harry y sus amigos no era más que una simple molestia comparado con el profundo dolor que sentía ante el sacrificio de Snape, todavía se sentía avergonzado al recordar la compasión que habían reflejado sus rostros.

- ¿Qué? -Harry llegó al rellano del primer piso, y vaciló durante unos segundos, sin saber qué decir. Draco sintió cómo una repentina cólera empezaba a inundarle- ¿vienes a hacerme más preguntas¿no os habéis convencido todavía?

- Draco...

- El cruciatus... es eso¿verdad? -preguntó el rubio alzando la voz- ¿no crees que tuve que hacerlo para disimular, para protegerte¿no crees cuando te digo que a mí me dolió tanto como a ti?

- Draco, no... -intentó aplacarle Harry ante la creciente agresividad del Slytherin.

- ¿O acaso vienes a aprovechar que aún estoy bajo los efectos del veritaserum para preguntar algo? -insistió Draco, a voz en grito, esbozando una sonrisa irónica- ¿quieres averiguar si realmente te quiero, Harry!

Draco estaba ya fuera de sí; había mandado a paseo a su autocontrol y se había transformado justamente en lo que era: un joven de diecisiete años que acababa de perder a su segundo padre después de sufrir lo indecible. A Harry no le sorprendió ver que el Slytherin explotaba; en realidad, se preguntaba cómo había podido soportarlo hasta entonces.

Draco se preparaba para volver a gritarle, sintiendo que al menos estaba desahogando su enorme frustración, cuando Harry dio un paso al frente y le agarró firmemente por los hombros, obligándole a mirarle.

- No necesito ninguna poción de la verdad para estar seguro de que me quieres, Draco.

El aludido abrió la boca para contestar, pero no llegó a hacerlo, porque Harry le atrajo bruscamente hacia sí y le besó. Y Draco, libre ya del miedo que había sentido anteriormente, le correspondió con una pasión que rozaba la ferocidad. Ése era su desahogo; sólo Harry podía ahogar el dolor que sentía, sólo en él podría encontrar el consuelo que tanto anhelaba.

- Ya no hay nada que te impida estar conmigo... -susurró Harry con su boca pegada a la de Draco.

Por toda respuesta el Slytherin se apretó contra su cuerpo, y Harry volvió a besarle, ésta vez con cariño. Ya no recordaba el dolor del cruciatus ni la actitud arrogante de Draco. Ya sólo comprendía que éste había hecho lo posible por protegerle. Y que tres mortífagos a los que había odiado con toda su alma se habían conjurado para salvarle.

"Porque estoy harto", había contestado Colagusano para explicar por qué lo hacía. Y Harry recordó que Dumbledore le había asegurado que llegaría el día en el que no se arrepentiría de haberle dejado con vida.

- Perdóname -musitó Draco, devolviéndole a la realidad-. Perdóname...

- No hay nada que perdonar -contestó serenamente Harry.

Porque la redención existía y él acababa de comprobarlo.

Se separaron al escuchar pasos en la escalera. Y sus ojos se encontraron con el rostro pálido y boquiabierto de Ron Weasley.

Durante unos instantes reinó el silencio, roto tan sólo por las respiraciones entrecortadas de Harry y Draco. Entonces, alguien subió apresuradamente en pos de Ron. Cuando Hermione asomó la cabeza por el hueco de la escalera y vio el estupor dibujado en el rostro de su novio y la manera en la que Harry todavía sujetaba al Slytherin, adivinó lo que había pasado.

- Te dije que te esperaras un poco, Ron -regañó, mirando al pelirrojo.

- Lo siento... -murmuró Ron, mirando a la pareja. De repente parpadeó y se giró bruscamente hacia Hermione- ¿tú lo sabías!

Hermione soltó un bufido de impaciencia. Harry sintió ganas de sonreír, pero estaba demasiado nervioso observando la reacción de Ron. En ese momento Draco buscó su mano, y se la apretó con tanta fuerza que casi le hizo daño; de algún modo, aquel gesto tranquilizó al Gryffindor.

- Por lo menos me ahorro tener que pensar en cómo decírtelo, Ron -se atrevió a hablar al fin Harry, dirigiéndose a su amigo.

Éste le miró con extrañeza y señaló al piso inferior, donde todavía estaba Ginny.

- Pero... ¿pero no se supone que a ti te gustaba mi hermana?

- ¡Ron! -intervino Hermione, horrorizada.

- Bueno, da igual, ya me lo explicarás algún día... -murmuró Ron entre dientes- yo había venido a otra cosa.

Draco, que se había mantenido en un segundo plano, se sobresaltó al ver que Ron se dirigía directamente a él, mirándole tan intensamente que durante un momento pensó que iba a pegarle.

- Mira Malfoy, no se me dan bien estas cosas así que vayamos al grano -dijo Ron con violencia, parándose a escasos centímetros del rubio-. Tú nunca me has gustado y yo a ti tampoco, pero has salvado a mi novia y a mi mejor amigo... -inspiró profundamente, como si cada palabra que pronunciara le costara un enorme esfuerzo- así que cuenta conmigo para lo que sea, porque te debo más de una.

Draco no contestó. Todavía estaba procesando lo que Ron acababa de decirle, pero al pelirrojo no pareció importarle. Apresuradamente, con la expresión de alivio de quien acaba de cumplir con un duro trámite, se giró hacia Harry.

- Y tú ya me contarás más tarde... -movió la cabeza en un gesto vago- lo que sea que tengas que contarme.

- Prometido -aseguró el moreno con una sonrisa.

Ron asintió y se dirigió de nuevo a Hermione. La castaña le hizo un guiño a Harry y miró con orgullo a su novio. Draco contempló cómo bajaban la escalera agarrados del brazo con expresión perpleja, y Harry, después de todo lo que había pasado durante aquel largo día, se sorprendió a sí mismo sintiendo ganas de reír. No había sido la mejor disculpa del mundo... pero al menos parecía un buen comienzo.

X

Ya era tarde cuando Lord Voldemort abandonó la sala y se dirigió a su dormitorio. A la puerta le esperaban, temerosos y asqueados ante la tarea que tenían por delante, un puñado de mortífagos de bajo rango. La mayoría ya tenían los nervios crispados tras varias horas escuchando los alaridos de dolor del pobre infeliz al que su señor había estado torturando, y que él se plantara frente a ellos y les anunciara, con una enorme sonrisa, que esta vez tendrían que esmerarse especialmente en sus tareas de limpieza, no mejoró la situación.

Bellatrix, Rodolphus y Barty esperaban en la penumbra. Voldemort pasó junto a ellos sin hacerles un solo gesto, pero los tres sabían perfectamente cuál iba a ser su cometido.

Entraron tras los mortífagos que tenían la misión de hacer desaparecer rápida y discretamente lo que quedara del cadáver de Snape. A pesar de que los tres habían probado en más de una ocasión su exacerbada crueldad, pasaron de largo frente a él. A ningún mortífago le agradaba ver el cuerpo sin vida de otro compañero que hubiera sido asesinado por el Señor Tenebroso, porque, por mucho que odiaran a Snape, no dejaba de ser un escalofriante recordatorio lo que les podría pasar a ellos mismos si fallaban a su amo.

En un rincón, dos hombres corpulentos se apoyaban contra la pared con el rostro desencajado. Hacia ellos se dirigieron los tres mortífagos de mayor rango, deseosos de acabar cuanto antes con sus deberes.

Hicieron falta los esfuerzos combinados de los tres para conseguir sacar a los dos gorilas de allí y llevárselos a sus cuartos. Habían sufrido una enorme conmoción, y apenas podían dar un paso después de otro. Balbuceaban incoherencias, y sus compañeros temieron que hubieran perdido la cordura.

Crabbe no llegó a ver salir el sol. Avanzada la madrugada, consiguió hacer acopio de la lucidez suficiente para matarse con su propia varita. El mortífago que dormía en el cuarto contiguo declaró que no había dejado de hablar solo desde que le dejaron en su habitación hasta que decidió quitarse la vida tan sólo unas horas después.

Goyle no tuvo tanta suerte, y no volvió a pronunciar una sola palabra en su vida a partir de aquella noche. Se convirtió en una sombra que vagaba por el cuartel general de los mortífagos sin que nadie supiera muy bien qué hacer con él. Parecía haberse quedado demasiado estúpido incluso para comer, pero Voldemort ordenó a los Lestrange que le alimentaran forzosamente. No quería que muriera. Goyle era una advertencia viviente que pregonaba con su sola presencia lo que les ocurría a aquellos que le traicionaban.

Bellatrix y Rodolphus consiguieron delegar en otro la tarea, pues no querían pasar con Goyle ni un solo segundo. Aunque ya no hablaba, recordaban con toda claridad lo que había dicho aquella noche. Barty lo había tomado como uno más de sus balbuceos incoherentes, pero tanto Bellatrix como Rodolphus sabían que la voz de Goyle había sido firme y lúcida al confesarles que Severus Snape, después de varias horas de tortura, había muerto finalmente cuando Lord Voldemort le había estrangulado con el cadáver de su serpiente, Nagini.

Nota de la autora: Buenas¿qué tal? Espero que no se os haya hecho muy larga la espera, este capítulo es bastante más largo que los anteriores así que me ha costado más escribirlo. Bueno, hay dos cosas que querría aclarar: una, Voldy tiene sus razones para no matar a Draco; y dos, sí, ya sé que a Barty Crouch supuestamente lo besó un dementor, pero también tiene su explicación. Gracias por leer, hasta pronto :)