Nota de Autor: Hola! Este capítulo nos devuelve un poco a la realidad de las vidas de Katniss & Peeta como trágicos amantes, pero no adelantaré mucho. El título proviene de la canción "It's a mistake" de Men at work. Todo tipo de críticas son bien recibidas, así que no duden en contactarme para hacerme saber su opinión. Un beso —Naty.
Capítulo XI
No trates de decir que lo sientes
Tercer mes de vida
Aldea de Vencedores, Distrito 12
—Si hay cualquier problema no dudes en llamar a la Casa del Alcalde. Effie me aseguró que me contactarán de inmediato y no me importa cuán importante sea mi presencia para la gente del Capitolio, vendré de inmediato a casa—le aseguro a mi madre, mientras abrazo por enésima vez a Áster en vez de entregárselo. Áster sonríe ante la muestra de afecto y me da con su regordeta mano izquierda en medio de la cara.
—Quédate tranquila, Katniss. Yo también tuve hijos, ¿recuerdas?—se ríe mi madre, no sé si de mi pocas ganas de entregarle al bebé o si de los juegos de Áster, a quien debo sujetarle la mano para evitar que me siga golpeando. Peeta aparece a mi lado en ese momento y reclama su atención, resultando en un bebé intentando zafarse de mis brazos para llegar a los de su padre quien no se hace de rogar para tomarlo.
—Sí, lo sé. Pero Áster no está acostumbrado a que salgamos—me quejo sin apartar la vista de sus rizos rubios, un tono más claro que los de su padre quien lo aprieta contra su pecho y le besa la frente.
—Vamos a pensar en ti toda la noche, pequeño panecillo—le susurra Peeta al bebé, quien responde con un gorjeo ininteligible. Siento una puntada en el pecho como cada vez que los veo interactuar juntos.
—Debemos salir o no llegaremos a tiempo. Y no debemos retrasar el evento—Effie me empuja hacia la puerta, mientras gesticulando a Peeta para que le entregue a Áster a mi madre. Pese a nuestra reticencia a salir, Effie logra sacarnos de la casa y meternos al auto que nos llevará a la casa del Alcalde en menos de cinco minutos. En el auto, ya nos espera un Haymitch con el ceño fruncido y una botella de licor blanco, que Effie se apresura a quitarle de las manos.
—Habrá suficiente licor en la fiesta—le dice cuando él abre la boca para protestar. Peeta ahoga una risita en mi cabello y lo disfraza con un dulce beso en mi sien.
Pero mi mente sigue en la casa. Me pregunto cómo estará Áster con mi madre. ¿Nos estará extrañando a Peeta y a mí? ¿Estará llorando? ¿Habré dejado suficiente leche en el refrigerador?
Estoy a punto de bajarme a revisar el refrigerador cuando el auto parte y me doy cuenta que no puedo. Que debo confiar en que mi madre es capaz de cuidar de Áster porque en unos meses tendré que dejarlo con ella cuando vuelva con Peeta y Haymitch al Capitolio para mi labor de mentor en los juegos. Siento un nudo en mi abdomen al pensar en eso, ya no sólo por tener que ir al Capitolio y ver morir a niños inocentes, sino que porque además tendré que separarme de mi bebé por casi un mes completo.
Miro a Peeta, quien está observando a la Aldea desaparecer detrás de los árboles que la rodean, y me pregunto si estará pensando lo mismo que yo.
—¿Cómo vamos a resistir los viajes al capitolio?
—No lo sé—suspira él y me toma la mano. —Juntos, como hacemos todo.
Siento mi rostro enrojecer, lo que es absurdo pues sólo me ha tomado la mano. Estamos casados, tenemos un hijo, hemos hecho cosas mucho más íntimas que tomarnos la mano. Y aún así, siento como si esto fuera más íntimo que las cosas que hacemos a solas en nuestra habitación.
—Te ves muy bien de azul—me dice Peeta, su mano acariciando el borde de la manga de mi vestido, rozando a la vez mi brazo y provocando que la piel se me erice con su tacto. De la nada, la idea de inclinarme hacia él y besarlo viene a mi mente pero me contengo. Me digo que es porque estamos en el auto con Effie y Haymitch, pero no estoy muy segura de si es ésa realmente la razón.
—No recuerdo que en nuestra Gira de la Victoria hubieran muchos otros vencedores—le comento, más por cambiar el tema que otra cosa, a pesar que tener que asistir a esta celebración no me agrada en lo más mínimo.
—Eso es porque no había ninguno—responde Haymitch. —Al menos nunca antes, en los 25 años que he sido vencedor me había pedido que fuera a estas cenas, con la excepción de las vuestras.
Peeta y yo nos miramos con el ceño fruncido. Pero no necesitamos vocalizar lo que sin duda ambos estamos pensando. Que el motivo de este súbito cambio en las invitaciones tiene que ver con el pequeño bebé de tres meses que nos espera en la Aldea de Vencedores. Es un precedente. De ahora en adelante, utilizarán cualquier oportunidad para hacernos aparecer frente a las cámaras.
Y quien sabe por cuánto tiempo seremos sólo nosotros tres.
El viaje en el auto es muy corto. Después de todo vivimos muy cerca de la casa del alcalde. Yo habría preferido que viniéramos caminando, lo que no nos habría tomado más de quince minutos, pero Effie insistió que debíamos seguir el protocolo y que eso incluía el viaje en auto.
A penar nos bajamos nos encontramos con las cámaras. Intento sonreír y verme alegre, aunque no sé que tan necesario sea ya que pruebe lo enamorada que estoy de Peeta cuando ya todo Panem sabe que tenemos un hijo juntos. De todas formas, le agradezco en mi interior por la mano que coloca en mi cintura y la forma en que me acerca a su cuerpo al caminar. Es bastante más íntimo de lo que habíamos mostrado en apariciones previas, pese a ser más sutil, y puedo oler su colonia. En silencio me alegro que Portia no la cambiara por otra más popular del Capitolio. Después de todo, nadie podrá olerlo desde la televisión y el aroma familiar a mí me tranquiliza.
En cuanto veo a mi amiga Madge, tomo la mano de Peeta y lo llevo en esa dirección, evitando hacer contacto visual con cualquiera que quiera iniciar una conversación con nosotros. No es nuestra Gira de la Victoria, no estamos ayudando a ningún tributo. Esta noche, la estrella es Mica Brown, el chico del distrito uno que ganó el tercer vasallaje.
Logramos hacernos paso entre la multitud sin dificultad y me relajo cuando nos sentamos en un mullido sillón junto a mi amiga, más que por el cómodo asiento por la genuina alegría que muestra en sus ojos al vernos. Pero a penas hemos intercambiado algunos comentarios corteses cuando Effie se lleva a Peeta, con quién desean hablar unos personajes extravagantes del capitolio.
Nos quedamos en silencio un momento ambas, lo que me trae recuerdos de nuestros almuerzos en el colegio y me producen una extraña nostalgia por una antigua vida que parece haberle pertenecido a una extraña.
—No te hemos visto mucho en casa estas últimas semanas—le digo a Madge. Me sorprendo habiendo extrañado sus visitas, antes diarias y ahora prácticamente semanales, donde habitualmente tocábamos el piano y cantábamos. Aunque desde la llegada de Áster solíamos juguetear con él si estaba despierto y permanecer en silencio si él dormía.
—No he podido ir más seguido pues he tenido que ayudar más en casa. La sirvienta se enfermó—me explica, encogiéndose de hombros. Madge me pregunta cómo van las cosas con Peeta y yo le digo que bien, intentando disimular mi vergüenza escondiendo mi rostro detrás de mi vaso de agua.
—He visto bastante a su hermano Rye—me dice Madge con un tinte rosado en sus mejillas. —Es bastante menos… estrambótico cuando se puede hablar con él a solas.
Yo la miro con curiosidad. ¿Por qué habrían de verse Madge y Rye a solas? Rye ya no asiste a la escuela como Madge, quien está en su último año, sino que se dedica a trabajar en la panadería. Pero aunque el motivo fuera que Madge va muy seguido a comprarle a la panadería, difícilmente estarían a solas en una tienda tan concurrida.
—Él hace las entregas de la panadería—me explica sin que tenga que preguntarle. —Pasa por mi casa dos o tres veces en la semana. Es agradable.
Asiento. Si bien Rye es estrambótico como Madge lo describe, tiene esa cierta afabilidad que también tiene Peeta que hace que uno se sienta cómodo en su presencia. Y también está el hecho que es ingenioso y generalmente está de buen humor.
—Es buena gente—le concedo. Mis pensamientos regresan donde Áster en ese momento y me pregunto si podré escaparme unos momentos para llamar a casa para preguntarle a mamá cómo está, cuando Effie me dice que debo bailar con el vencedor. —¿Por qué? No es mi fiesta—intento negarme, pero Effie me ignora hablando del protocolo, el decoro y el programa con rapidez. Me despido de Madge con tristeza mientras Effie me empuja hacia la pista de baile.
Y así, sin más, me encuentro en los brazos de un extraño que sólo he visto antes en televisión. Curiosamente, es igual para él, debo recordarme, pero el pensamiento no me tranquiliza. Es casi como conocer a alguien, saber cómo se ven o cómo hablan y se mueven, estar al tanto de pequeños detalles de sus vidas pese a nunca antes haber hablado con ellos. Y aún así, permanecen extraños, completamente desconocidos en cosas básicas y simples que se aprenden sólo por medio de la convivencia.
Nuestro saludo es cortés pero escueto, sin palabras, sólo un coordinado gesto de cabeza y luego ponerse en posición para bailar. Es seguir un protocolo, como nos instruiría Effie y la versión de Effie que tienen en el distrito uno. Mica, con su cabello de un rubio sucio y los ojos de un verde manchado con dorado, me observa en silencio mientras nos movemos grácilmente por el salón, como evaluando mi conducta en silencio. La piel se me eriza al sentirme tan observada por este extraño y trato de no recordar cómo estranguló a la chica de su distrito, una muchacha de cabello cobrizo que me llevaba una cabeza completa de altura.
—Felicitaciones por el bebé—su voz es suave y gruesa a la vez, pero enteramente desprovista de emociones. Lo miro a los ojos buscando signos de algún tipo de intoxicación, lo que no es inhabitual entre vencedores cuando la falta de sueño y la culpa se hace intolerable, pero no encuentro nada más que un rostro impávido y frío.
—Felicitaciones por tu triunfo—respondo, intentando sonar neutral como él, pero mi voz denota una ira que no sabía que sentía. Mis palabras no son sinceras y Mica no parece realmente sorprendido por ellas, probablemente ya consciente que el ganar los juegos del hambre no es realmente un triunfo. Se sobrevive, pero con un gran precio. Aunque pienso que va a molestarse por mi burla, él me sonríe.
—Hace un año estabas dónde estoy—murmura, visiblemente más relajado. —En la academia nos hacían ir a todas las ceremonias en honor a los vencedores y estuve en la tuya, como en varias otras previamente. Pero a la tuya era la única que no quería ir. Aunque significara perderme el banquete del Capitolio.
—Conocí a Marvel—se explica. —Un año mayor que yo, increíblemente hábil con la lanza, siempre dispuesto a entrenar conmigo. Lo consideraba un buen amigo. Así que cuando te vi matarlo en los juegos…
—Él mató a Rue—le digo en un débil intento de defenderme. Pero, aunque la justificación sale fácilmente de mis labios, no me convence ni siquiera a mí misma.
—Ella no me interesaba, ella no era mi amiga—me rebate Mica. Y pese a que esperaba esta respuesta, las palabras me duelen como cuchillas. Porque puedo recordar la lanza perforando su abdomen, la sangre manchando su ropa, su expresión pálida y serena cuando la adorné de flores.
—Era mi amiga—insisto, esta vez con un poco más de fuerza, con un poco más de ira. No contra Marvel, no contra Mica, sino contra el Capitolio.
—De acuerdo, pero no lo entendía entonces—continuó, tranquilo pese a mi indudable cara de pocos amigos. —Cuando fuiste a mi distrito te odié porque no debías ser tú quien estuviera frente a nosotros. Debía ser él…
Nos quedamos en silencio un momento.
—Ahora me alegro que no sobreviviera—susurra en mi oído y la canción termina. Mica me suelta de inmediato y se despide con una reverencia. —Debo otros bailes, Señora Mellark, pero gracias por el honor de acompañarme en esta pieza.
Y me quedo en medio de la pista, perpleja, hasta que Peeta me toma de la mano y me lleva con él a tomar asiento.
Haymitch se nos une en unos minutos, para informarnos que éste no será el único evento en el que se requiera nuestra presencia como vencedores. Por órdenes de Snow, deberemos asistir a la fiesta en el Capitolio en honor a Mica, al igual que la gran mayoría de los vencedores. —Pero, Áster…—intento rebatir pese a saber que ni Haymitch ni Peeta pueden hacer nada al respecto.
—Tendrás que dejarlo con su abuela, Katniss—me interrumpe Haymitch.—Snow no lo aceptará como excusa para no asistir…
Nos quedamos un momento en silencio, hasta que Haymitch agrega: —Al menos no ha pedido que él también nos acompañe.
—·—
Cuando regresamos a casa, es tan tarde que Áster está durmiendo plácidamente en su cuna desde hace más de tres horas. Siento la tentación de despertarlo, egoísta, para bañarme en su aroma de bebé y su inocencia, todo en un desesperado intento de deshacerme de la sensación de haber estado en el Capitolio aquí mismo en el doce. Pero desisto de mi deseo y despido a mi madre para que vaya a descansar a su—antes nuestra—casa. Me lavo la cara con rapidez y me meto en las sábanas exhausta.
Intento no pensar que en unos días tendremos que viajar al Capitolio, dejar a Áster aquí, y volver a dormir en camas extrañas. Intento no pensar en la posibilidad de que tengamos que volver a enfrentar cámaras y entrevistas, contestar preguntas de nuestra vida privada de casados, de nuestro bebé. Intento ni siquiera imaginar cuántos días tendremos que permanecer allá, lejos de Áster, y que sólo será la primera vez que ocurra. Lo intento, pero fallo miserablemente.
Peeta, por su parte, decide ducharse, probablemente porque él también, como yo, siente la necesidad de lavar de su piel los restos de la noche. Me quedo a oscuras, sola, con los sonidos de la ducha de música de fondo, pero no consigo dormirme. Me digo que es la costumbre de tener los brazos de Peeta acunándome, y no los lúgubres pensamientos que persisten en mi mente, pero por más que lo espero él continúa en el baño. Cuando ya ha de haber pasado casi media hora, desisto de intentar dormir por mi cuenta y voy a cerciorarme que él esté bien en el cuarto de baño.
—Peeta—lo llamo dubitativa. Me estoy preguntando si podrá oírme con todo el ruido que hay en el baño, cuando él abre la puerta de la ducha de improviso. Mi mandíbula se cae de la sorpresa pues Peeta me mira de frente, con la pregunta clara en el rostro, y nada de ropa que cubra su cuerpo. "Lógico" me burlo de mi inocencia en mi mente, "se está duchando… ¿quién se ducha con ropa?".
Y pese a que me observa esperando saber porqué lo estoy llamando, las palabras me eluden ahora que lo veo. Su pecho y abdomen con músculos definidos ya podrían hacerme titubear, pero lo que realmente me quita el aliento es la visión de su miembro, recostado con una ligera inclinación hacia la derecha. Y es que aunque lo he tocado de forma íntima en más de una ocasión, es la primera vez que realmente lo veo.
—¿Katniss? —me llama Peeta después de un momento. Me siento culpable de haberlo estado mirando de esa forma tan descarada, aunque a él no parece molestarle su desnudez, y aclaro mi garganta antes de responderle.
—Sólo quería saber si estabas bien… Cómo no venías a la cama—le explico.
—Simplemente no podría dormir—me dice por encima del sonido del agua corriendo aún sin hacer ningún esfuerzo por cubrirse.
—Yo tampoco—respondo, intentando mantener mi vista en su rostro. O al menos sobre su cintura. Me obligo a concentrarme en la conversación más que en la vista que tengo delante. —Quisiera poder no pensar en eso, al menos por ahora.
—Sé a lo que te refieres—contesta, una extraña sonrisa se dibuja en sus labios que no parece apropiada a la conversación. —Tengo una idea de qué podríamos hacer para distraernos—dice a la vez que sale del chorro de agua y se me acerca. Pego un sobresalto en cuanto me rodea con sus brazos, mojando el camisón que llevo puesto, pero mi grito de asombro es ahogado por su boca cuando la presiona contra la mía.
La sensación debería ser desagradable: ser mojada por un cuerpo más frío que el mío, pegando mi ropa contra mi piel, mis pezones retrayéndose por el contacto con la tela empapada. O al menos molesta desde un punto práctico: necesariamente debo cambiarme de ropa ahora y el piso del baño se ha empapado también. Pero no puedo encontrar en mí interés en ninguna otra cosa más que en lo deliciosa que se siente su lengua contra la mía y en cómo su manos dibujan figuras en mi espalda por debajo del camisón que sin escrúpulos me ha levantado hasta la cintura.
A penas soy consciente de Peeta quitándome la ropa hasta que nuestros labios deben separarse un momento para permitirle quitar el camisón por sobre mi cabeza. De pronto me veo frente a él en sólo mi ropa interior, ya mojada en parte por verse presionada contra el cuerpo húmedo de Peeta y en parte por mi propio disfrute de la situación. Sus manos se hunden en el borde de ésta y sus labios vuelven a los míos.
—Creo que tú también necesitas una ducha para despejar tu mente—murmura contra mis labios, mientras su mano describe círculos son experticia por debajo de la prenda de algodón. Un gemido de aprobación resuena en mi garganta sin mi permiso y me siento enrojecer por lo rápido que respondo a su tacto. Pero Peeta no se queja, sino que sólo se limita a quitar la última prenda de ropa y tomarme en sus brazos para llevarme a la ducha.
El agua tibia me aplasta el cabello de inmediato, llevando mechones completos hacia mi cara e interrumpiendo nuestros frenéticos besos pero Peeta sólo se ríe un momento para luego ocupar su boca en recorrer la piel sobre mi clavícula hacia mi cuello. Sus manos acarician la piel de mi cintura y se dejan caer como las gotas del agua hacia mi trasero para luego apretarlo con ambas manos al son de un sonido gutural desde su garganta.
De pronto, Peeta me gira y me sostiene contra su pecho. Sus manos dejan mi cuerpo un momento para luego volver, esta vez a mi cabello y masajearlo con una sustancia con aroma a hierbas. Sus dedos se enredan entre los mechones de pelo y dibujan figuras en mi cuero cabelludo, provocándome el deseo de ronronear como un gato. Pese a que sus manos no dejan mi cabeza, puedo sentir cómo sus menudencias derriten la tensión del resto de mi cuerpo, como si fueran arrastradas por el agua caliente de la ducha.
Después de lavar mi cabello, Peeta toma la esponja de baño y cubre de espuma cada centímetro de mi cuerpo, para luego enjuagarlo con el agua limpia y sus manos desnudas. La sensación me estimula y relaja a la vez, como el fuego tenue y estable de una brasa de carbón que, a diferencia de la madera, no se enciende de forma súbita y poco duradera, sino se mantiene encendida durante horas sin exigir constante combustible.
Mis ojos se cierran de sueño, cuando Peeta corta el agua y nos envuelve a ambos en felpudas toallas. Lo siento a mis espaldas, arrancando el agua de mi cabello para luego colocarlo en una torpe trenza. No se molesta en vestirme en mi camisón, aún mojado y en el piso del baño, sino que me mete a la cama así, desnuda, somnolienta y relajada. Sus brazos me rodean un momento después y a través de mis párpados cerrados puedo sentir que la luz es apagada.
Ya llevamos un buen rato acurrucados en la cama cuando Peeta susurra en mi oído: —¿Crees que siempre se sienta así? Cuando estamos juntos… —un bufido interrumpe sus palabras. Y me sorprendo al entender que no sabe cómo explicar lo que siente. Pero lo cierto es que yo tampoco, así que cuando no sigue hablando yo finjo dormir y no le respondo.
