Capítulo 12

El sol se asomó tímidamente entre las nubes hasta conseguir deshilacharlas y elevarse firme bajo un cielo azul. Terry llevaba la mitad de la mañana metido en la biblioteca hablando por teléfono sobre un problema con la compañía obligando a Candy a deambular por el castillo como alma en pena, evitando a sus anfitriones con la misma obstinación con la que Richard intentaba confrontarla. Ella conocía esa mirada. La conoció por mucho tiempo y sabía que él había llegado a una conclusión. Lo sabía. Lo supo con solo mirarlo.

Candy salió al jardín y recorrió los alrededores y el aroma del exterior la inundo por completo. El césped cubierto por algunos copos de nieve soltaba pequeñas gotas que mojaban sus zapatos. En su camino se encontró con un banco de madera que no había sido atacado por los fríos copos de la primera nevada de la temporada, la rubia se estiró sintiendo crujir sus articulaciones y después se dejó caer en el banco. El sol invernal acarició su rostro y Candy levantó la vista y cerró los ojos, concentrándose en sentir el tibio calor sobre su piel. ¡Qué tranquilidad!

Candy abrió los ojos, sintiéndose observada. Richard la miraba y ella correspondió de la misma manera. Irónicamente, la presencia de Richard era una especie de lazo que la transportaba a una época donde pensó que sería feliz. Que su maldición no existía y que el amor y la vida nuevamente le sonreían. Richard era lo único familiar que le quedaba de una vida pasada. El único que había sobrevivido a ella.

Richard carraspeó, incómodo, sin saber qué decir. O cómo hacerlo, porque había buscado ese encuentro toda la mañana. Finalmente se decidió, acercándose a ella sin apartar la vista le dijo en un susurro:

- Tú eres Catherin.

Candy quiso responder, pero no pudo. Un nudo le impidió pronunciar las palabras con las que negaría aquello. Solo pudo asentir, con los ojos anegados, intentando inútilmente retener las lágrimas.

- ¿Cómo…? – su voz se rompió - ¿cómo puede ser posible? – ella negó con la cabeza, aun llorando.

- No sé, yo… era normal, no sé cómo es posible, he tenido esta apariencia por 81 años.

- ¿Tanto, Cathy?

- Mi nombre verdadero nombre es Candys White – Richard se sentó a su lado.

- Para mí siempre serás Catherine Delay – y tomó su mano.

- Ricky.

Veinticinco años habían pasado desde que Cathy me rompió el corazón, veinticinco años en que me había parecido imperdonable su abandono y ahora simplemente era incomprensible. Una ironía, burlescamente divina que la mujer que ame ahora sea la mujer que mi hijo ama.

Aquello era simplemente trágico porque el destino de Terry había quedado reducido a una decisión. A la misma a la que ella se enfrentó cuando me amo.

Y no pude evitar repudiar las decisiones de Cathy. Pero esta vez, no las aceptaría porque, oh bendita ironía de la vida, la mujer que ame, la mujer que mi hijo ama, no repetiría la historia.

Un suspiro escapa de mis labios e intento apagar mis recuerdos mientras la miró derramar lágrimas, puedo sentir mis ojos picando, pero no me permito llorar, no de nuevo. No por ella. Restriego mis ojos con furia, apartando dos lágrimas traicioneras.

Una brisa fría me regresa a la realidad.

A Cathy.

A Candys White.

- Me hubiera gustado decírtelo – susurra con una voz lejana y suave, más bien parecida a una súplica - pero no pude.

Me queda claro en un momento por qué no pudo. Lo comprendo. Pero eso no evita que recordarlo me duela.

- Por eso te fuiste – no era una pregunta, no hacían falta más explicaciones.

- No te imaginas lo que dolió.

El dolor del arrepentimiento y de la culpa vuelven a golpearla con fuerza y sus ojos se humedecen, de nuevo.

- Creo que sí – respondió él. Y entonces la observó, con detalle. Como si se tratase de un ritual privado. Y nuevamente eran ellos dos. Estando tan cerca que podían sentir el calor corporal del otro fundiéndose con el propio.

Richard rememoró cada pincelada del armonioso rostro que conoció a la perfección por varios años, rindiéndole homenaje a cada centímetro de piel que era escrutado. Sintiendo en su interior que será la última vez. Un homenaje a sus largas y espesas pestañas que cubrían sus ojos de un verde brillante y lleno de vida, de esperanza y los recordó, fijos en él mientras la amaba. Y sus labios, de aquel rosa intenso, sonriéndole, hablándole. Y estando sobre los suyos con suaves toques que parecían efímeros un momento y al siguiente, lograban incendiarle de una manera única, diciendo su nombre. A gritos, a gemidos, a susurros. Y sus manos, suaves y delicadas, con dedos agiles que delinearon su mente y su cuerpo, pero también su alma. Un homenaje a la última vez que podría mirarla de esa manera. Porque ella, Candy, no es Cathy. Porque ella era una y ninguna.

- ¿Se lo dirás a Terry? – Richard no expresaba sentimiento alguno.

Candy se ahogaba, le dolía tanto que se ahogaba. Porque sabía que la historia se repetiría, porque nuevamente la decisión estaba sobre sus manos y ella haría lo que siempre había hecho. Porque con las palabras y las miradas de Richard ella supo que no había otro camino y Richard comprendió que Candy no le daría la opción a Terry de ser parte de su historia, de su vida, no, con aquellas 5 palabras convertidas en pregunta, él supo que ella no se lo diría.

- No desaparezcas, Candy, por favor, por Terry. Y por todos los años vividos y que nunca has podido vivir realmente. Quédate.

Deseaba quedarse, pero no podía. No sabía cómo hacerlo. Su vida y la vida de Terry estaban separadas por una brecha inalcanzable. Insalvable.

- No sé cómo hacerlo. No sé quedarme.

Candy echó a correr al castillo. Sabía que tenía que dejar a Terry, su plan había sido estar un par de años más con él, como lo hizo con Richard, pero con él conociendo su secreto, quedarse era absurdo. Sabía que con Terry sería un alejamiento doloroso. Mucho más de lo que fue despedirse de Albert o dejar a Richard.

Sintió sus ojos hinchados y su cuerpo pesado. Tocó su pecho esperando sentir algo y ahí seguía su corazón latiendo desembocado aferrándose a la vida, una que debió terminar muchas décadas atrás.

Sabía que de ninguna manera Terry se merecía sufrir y aun así, Candy era consciente de que ella lo lastimaría de la manera más cruel posible. Abandonándolo.

- ¿Candy?

- Terry – su voz sonó un poco ronca y expresaba más dolor del que podía manejar. Se sintió destrozada, rota. Nuevamente tenía que pasar por aquello.

/o.O/

Estaba mirando una y otra vez el reloj, mi pie se movía rítmicamente mostrando el nerviosismo que estaba sintiendo. Cathy había ido de visita con su madre y durante esas semanas que estuvimos separados me di cuenta de cuánto la quería a mi lado. Por siempre. Había decidido pedirle matrimonio. No podría vivir más tiempo sin saberla mi esposa y, quizá, si la vida era buena con nosotros, la madre de mis hijos. Un par de pequeños que yo adoraría por ser una parte de ella y mía. La vida no podía ser más perfecta.

Habíamos acordado vernos en el departamento que compartíamos, ella no quiso que la recogiera en la estación de tren. Me sentía tan emocionado de verla nuevamente, de imaginar su cara al ver el anillo, de saber su respuesta y de amarla. Cathy. Mi Cathy.

/o.O/

No quise que Richard me recogiera en la estación, no tendría el valor para hacer lo que debía hacer.

No sabía lo que había sucedido. En un momento todo pareció ir perfecto, amar a Richard, estar con él, dejarlo entrar en mi vida. Y de pronto, todo dio un giro de ciento ochenta grados. Sin duda la vida no era fácil. Y la mía, menos. Fue irónico descubrir que mientras mi cuerpo albergaba una vida, yo empezaba a sentirme vacía. Quizá fue pensar en la vida que tendría mi bebé. Pese a saber que Clare era feliz yo creía firmemente que un hijo merecía tener una madre, no una hermana, no una hija y mucho menos una nieta. Clare había vivido mi ausencia forzada y eso era un peso en mi corazón. Había hablado largo y tendido con mi hija. Ella adoptaría a mi bebé. Richard no debía saber nada sobre él o ella. Nunca o no tendría el valor para hacer lo que planeaba hacer.

/o.O/

- Cathy – la abracé lleno de felicidad.

- Ricky – su voz sonó un poco ronca como si hubiese estado llorando. Y yo vacile. Quise creer que había sido la nostalgia de ver a sus padres y de inmediato la sonrisa regreso a mi rostro.

- Cathy, te extrañe… yo he tomado una decisión – saqué la pequeña caja aterciopelada de mi saco.

/o.O/

Una exhalación breve brotó de mis labios. Y lo vi sacar algo de su bolsillo y pronto las lágrimas acudieron a mis ojos al comprender el significado de sus palabras y de lo que iba a proponerme.

- No… - le detuve, antes de que me mostrase el anillo – Richard mi respuesta es no… yo… no quiero ni puedo casarme contigo.

/o.O/

- Candy, ¿estás bien? – entonces ella me miró con esa ternura que siempre me hacía sentir indefenso. Limpié sus lágrimas con mis pulgares.

- Perdóname, tengo que irme – me dijo con voz trémula.

- ¿A dónde? ¿Qué pasa? – ella no respondió y la hale hacía mí, estrechándola contra mi cuerpo y respirando el aroma de su cabello. Candy tembló en entre mis brazos y sentí su cuerpo estremecerse, aferrándose a mí de la misma manera en que quería alejarse.

/o.O/

Todo hubiese sido más fácil para mí si Terry hubiese sido una persona a la que fácilmente pudiera olvidar. Hubiese sido más fácil si nunca nos hubiéramos conocido en el muelle, que no me hubiese tirado con la puerta, que nunca me hubiese visto con ojos de hombre. Mi vida había estado bien, incluso sola, estaba bien, pero me había dejado envolver en aquella extraña relación que empezamos y entonces lo vi, a Terry, el hombre, no el rival, no el director de la compañía, no al insufrible sujeto con el que tenía que hacer negocios. Lo vi y ahora no sabía cómo escapar. Con otro suspiro me alejo de Terry. Dolía desearlo tanto, desear besarlo y fundirme con él como si nada más importase en el mundo. Dolía, en cuerpo y alma porque cada vez el recuero de Albert y Richard se vislumbraba menos en mi mente, cada vez que me reflejaba en sus ojos era menos consciente de mi realidad, de mi maldición, mintiéndome a mí misma. Segura de que podría vivir una vida con él. Y quizá eso era lo que más me aterraba. Perder el control nuevamente. Verlo morir. Que cada día él se fuera marchitando a mi lado. Alce el rostro y los bese, uniéndome a sus labios con suavidad y posesión al mismo tiempo. Ahogando y tratando de ignorar aquella voz que me recordaba a voz de grito sobre mi maldición y la promesa ante la muerte de mi bebé de no volver a exponerme de esa manera.

Me separe de él, suspire con resignación y lo mire fijamente.

- Terry, eres actor, dime… ¿alguna vez has… deseado – comencé a preguntar – has sentido… que el guión de tu vida se perdió en alguna parte del camino? ¿Nunca has sentido la necesidad de querer volver en el tiempo para gritarle a un tu yo más joven que no abandone la casa familiar, que la boda arreglada es lo mejor a lo que podría aspirar? – me muerdo el labio antes de continuar - ¿Has deseado… detener la obra y dejar que otros lleven las riendas de tu vida? Porque sabes que todo lo que tú has hecho dirigiéndola carece de sentido.

Él no respondió.

- Porque yo me siento así contigo todo el tiempo. En una encrucijada entre querer y anhelar. Terry, no podemos segur juntos. No tiene caso.

/o.O/

Pese a sus palabras Candy tiene en el rostro una expresión de profunda tristeza.

- Candy… qué… - intento preguntar. Pero ella me suplica con la mirada que la deje ir. Nunca la había visto así, siempre me ha dado la impresión de estar en completo control. Como si cada segundo de su vida tuviera un propósito. Con una determinación férrea y al mismo tiempo obsesiva. Y desde hace mucho tiempo sé que esconde algo

- Terry no estoy hecha para hacer feliz a ningún hombre.

- Yo soy feliz contigo – respondo. Ella me regala una semi sonrisa – Te amo, te amo demasiado.

- Quisiera poder contarte, quisiera explicarte, pero no sé cómo.

Los segundos pasan demasiado lento, demasiado rápido, envuelto en el desconcierto mientras empaca sus cosas.

- Perdóname.

Mientras la veo salir por la puerta me da la impresión de que el tiempo se ha detenido, mis latidos resuenan en mis tímpanos con tanta fuerza que por un momento pienso que me he quedad sordo.

/o.O/

Sentí como si una daga me hubiera atravesado el pecho. Estoy seguro que mi rostro perdió todo el color.

La mire con la cara contraída de dolor. Había dicho que no a mi propuesta de matrimonio. ¿Por qué?

- Cathy… ¿por qué? Pensé…

- Richard simplemente me he dado cuenta de que esto no puede seguir.

- Te amo, te amo más que a nadie en el mundo y estoy seguro de que tú también me amas, ¿qué está pasando?

- Tienes obligaciones como noble, yo… yo no quiero esa vida. Siempre en el ojo público, Ricky, no puedo… simplemente no es lo que quiero.

- Puedo dejar a mi padre, puedo ser médico aquí – replique tremendamente ansioso.

- ¡No seas ridículo! Jamás te haría elegir entre tu familia, tus obligaciones y yo.

- Cathy, ¡no estás siendo justa conmigo! – ella de pronto me miró con sus ojos brillando y la expresión de su cara demasiado seria.

- No puedo hacer esto – terminó diciéndome – No importa lo mucho que lo desee, simplemente no puedo hacerlo – me dio la espalda, dejando todo atrás.

La miraba fijamente, sintiéndome casi desesperado. No había nada que pusiera pensar en decir que aliviara la tensión de ese momento.

- Cathy, por favor, por favor, no hagas esto – la alcancé y puse mi mano sobre la suya, que ya estaba en el pomo de la puerta – te amo, te amo, ¡Dios, cómo puedes dejarme de esta manera!

- Perdóname – y antes de que me apartara bruscamente puse la cajita con el anillo de compromiso en su mano.

- Llévatelo, lo compré para ti y si lo dejas voy a quebrarme más que lo que ya lo estoy – ella tomó una bocana de aire y pensé que me diría algo, pero no lo hizo, intenté tomar su mano pero ella la aparto, no quería dejarla ir, porque al hacerlo sabía que todo acabaría, pero ella no quería quedarse.

- Encontraras a alguien más… te volverás a enamorar y serás feliz… Y lo nuestro quedará como un recuerdo. Uno amargo – no quería escuchar palabras de amor baratas, no cuando ella se iba y yo tenía que quedarme atrás. Aun así la deje ir, pensando, ingenuamente que todo sería más fácil el día siguiente, después de que Cathy tuviera oportunidad de pensar y aclarar la mente.

/o.O/

Candy alcanzó el auto de Terry, había tomado las llaves de la mesita de noche. Sus débiles sollozos se alcanzaban a oír cuando salió de los límites del castillo. Estaba temblando, sufriendo y ahogándose en su propio llanto.

Recordó su vida, alguna vez tuvo todo lo que quiso. Un esposo, una familia, amigos, fortuna, no podía exigir más porque su vida estaba completa. Y de pronto, de la noche a la mañana había perdido muchas cosas, el no envejecer no era un regalo, era una maldición destrozando cada día de su vida, arruinándolo todo.

¿Terry comprendería si le dijera que su alma estaba destrozada en miles de pedazos regados en el suelo y que nada ni nadie podrá juntarlos?

Si se iba… ¿volverá a amar? ¿Terry tendría la fortaleza de Richard para encontrar a otra mujer que pudiera hacer que su corazón latiera de felicidad nuevamente?

Terry… ¿sería capaz de olvidarla?

¿Ella lo haría?

Pero ella prefería morir sola que arrastrar a Terry a esa vida. No sabía si era injusto, cobarde o cruel, pero esa era una forma de amarlo: asegurándole una vida lejos de lo que tuvo que vivir y perder Albert.

/o.O/

¿Por qué me dejas atrás, Candy? Con el brazo estirado intentando alcanzarte mientras corres cada vez más rápido, más lejos. ¿Por qué si juraste amarme con la misma fuerza del mar?

Transformaste todo lo que yo era y en lo que creía en cuestión de días. Y quieres derrumbarlo todo en solo un momento, el del adiós. El momento en que tengo que verte marchar dejando más daño del que jamás pensaste en siquiera ocasionar.

Pero este no es el final, Candy, no lo es para mí. Y con la misma rapidez salgo detrás de ella. No la dejaré ir. Ni ahora ni nunca. No así.

Papá aparece frente a mí y me mira desde la puerta, aquella mirada jamás se la había visto.

- Se fue – me dice con voz gruesa – No va a regresar, Terry.

- ¿Tú sabes algo? – grito exasperado - ¡Dime, dímelo! ¿Le dijiste algo? – mi padre baja la mirada y se frota el puente de la nariz.

- Nada, no le dije nada, Terry, pero ella… no puede explicarlo.

- Por favor dime, ¿qué te dijo?

- Que no es capaz – dice, resignado y lo miro sin entender.

- ¿De qué? – pero él no responde y siento un nudo en mi interior. ¿Qué sabe mi padre de Candy? Richard me abraza.

- No es capaz de cambiar, Terry… ella… no puede – me quedo paralizado por un momento, asimilando las palabras de mi padre – Terry… si no puedes aceptarlo, déjala ir, pero si crees que puedes vivir con ello, no repitas mis errores… ve… ve hijo, búscala.

Entendí de inmediato sus palabras y supe la historia detrás de la actitud de mi padre al ver a Candy por primera vez. Mi padre aceptaba perder la batalla, dándome fuerza a mí y en donde él solo acarició una esperanza de que pasara, yo podía hacer que fuera posible. Papá y yo no éramos iguales, yo no dejaría ir a Candy. Puede que ella siempre recordaría que era hijo de Richard Granchester y cargara con demasiado peso sobre sus hombros para permitirse sentirse amada, que su pequeño inconveniente la haya obligado a alejarse de personas que la querían arrinconándola a un vida de soledad, por eso lo único que yo deseo es ir a buscarla porque si la dejo ir, me arrepentiré toda la vida. Tengo que darle la confianza para que me lo cuente todo y recordarle que la amo. Se merece una vida, se merece la oportunidad de ser feliz, pasara lo que pasara después.

/o.O/

Candy no se molestó en limpiar las lágrimas que bajaron por sus mejillas, dejo fluir su dolor libremente. Y sintió un escalofrió recorrerle desde la espina dorsal. Había vivido 100 años y en algún punto había perdido la razón de su existencia.

Había amado a Albert. Mucho. Y a Richard. ¡Dios, cuánto lo amo! Pero con Terry todo era diferente, era un estado permanente de felicidad que no había experimentado en mucho tiempo. Fue fácil enamorarse de él y cuando se dio cuenta de ello era demasiado tarde porque simplemente había pasado. Amarlo fue desconcertante ¿Era normal amar tanto? ¿De diferentes maneras? ¿Así funcionaba el amor para todo el mundo? Porque su amor por Terry apagó su instinto de supervivencia. Aquel control que siempre tuvo sobre todas sus vidas simplemente dejo de importarle cada mañana que se despertaba y él estaba a su lado.

¿Por eso dolía tanto? No recordaba haber sufrido de esa manera cuando abandonó a Richard, aunque había creído que sí lo había hecho. Quizá nadie recordaba que tan doloroso podía ser el amor y por ello no sentían miedo de volverse a enamorar.

Candy detuvo el auto. Había tantos pensamientos zumbándole en la cabeza que no sabía qué pensar. Terry había puesto sus brazos alrededor de ella cuando fue a despedirse de él. La había mirado a los ojos y sentido el calor de su abrazo, presionándose contra su pecho. Hablar con Richard no era, en definitiva, lo que había querido cuando descubrió que él sabía su secreto. Era lo último que necesitaba en ese momento porque la hizo ver su realidad.

Había manejado todo el día y la noche estaba en su apogeo, bajó del auto y camino por un sendero desgastado que estaba cerca de su casa. Había caminado por ahí tan seguido como podía. Vio la cima, que brotaba afilada de la tierra del páramo. Se recargó contra la saliente que formaba una silla natural y miró al cielo. En la oscuridad de la luna nueva, pudo ver millones de estrellas en el cielo y, aun así, lo único que veía eran los ojos de Terry, mirándola fijamente mientras le decía que la amaba.

Quizá era hora de dejar de escapar, para siempre. Se había entregado a la farsa de ser otras mujeres. Sin pasado. Sin conocidos. Sin expectativas sociales. Cuyo mayor problema era ser una joven. Una joven de 19 años eternamente.

Lo había aceptado.

Entonces, conoció a Terry.

Albert le había dicho que en la vida de todos hay tres grandes amores. Y su difunto esposo siempre tenía la razón. Pero a él el amor no lo había dejado como a ella. Pensó que sería fácil tener un hombre en cada una de sus vidas. Un poco de diversión y sexo, no podía aspirar a nada más, pero con Richard y Terry no fue solo por eso, ella los conoció, los amo. Y al ver la mirada verdeazulada mientras le hacía el amor, algo se fundió dentro de ella. Poco después supo que fue su corazón. Pero su orgullo y su terquedad, como le decía Clare, así como el dolor de la perdida y la realidad de su vida, le ayudaron a negar sus sentimientos. Y entonces comprendió que Richard curó su alma de la perdida de Albert y la vida como la conocía y Terry… él la hizo volver a sentir, por primera vez, que no tenía una maldición con ella. Que era nuevamente Candys White. Con defectos, con virtudes, con sueños y esperanzas. Y ella no pudo dejar de imaginarlo. Si cerraba los ojos lo veía, tan claro como si lo tuviera enfrente. Estaba en su pecho, a un lado de su corazón. Habitando eternamente en ella. Y lo respiraba. Y lo escuchaba. Si se miraba en el espejo no reconocía su reflejo, no sin él a su lado, porque cada parte de ella era de él. ¿Cómo no amarlo? Terry, por otro lado, había vivido el desamor de otra manera, pero no por falta de personas a las que amar, sino porque quería encontrar a la persona correcta. Y a pesar de su carácter retraído, era entusiasta, con ganas de demostrarle a la vida que no se dejaría vencer. Y ella lo admiró.

Pero dolía, dolió ver a Clare crecer sin estar en su vida. Dolió decirle adiós a su bebé no nato. Y aun así, Clare la perdonó por haberla ignorado por tantos años y por no haberla ayudado. Ella se había equivocado y pese a todo, su hija le recalcaba a cada oportunidad que era feliz, feliz de tenerla en su vida y ser su hija.

Tal vez, debí explicarle mis razones. Enfrentar mis miedos por él. Pero estaba asustada, enfrentar la realidad de la mano de Richard fue más de lo que pude soportar y sacó lo peor de mí. Y ahora tendré que vivir mi vida con el hueco que se quedó en mi pecho que me recuerde que Terry me robó el corazón. Y que la vida sigue. Y que el tiempo no se detiene, separándonos de todas las maneras posibles… a menos que…

Candy nuevamente estaba detrás del volante, regresando por el camino que había recorrido ese día. Tenía que hablar con Terry, no podía permitirse perder una nueva oportunidad y quizá la última, de volver a amar.

/o.O/

Pero Candy no regresó al castillo, sino a la casa de Terry y supo qué él la estaba esperando ahí porque había luces y una melodía suave sonaba en interior del despacho.

Pasaban de las once de la noche y Terry se había resignado a no ver a Candy cuando no la encontró en su casa. Anhelaba que ella volviera pero sabía que Candy lo haría solo si quería hacerlo.

Escuchó la puerta principal y vio a Candy caminar directo hacía él. Parándose a unos centímetros, con una mirada suplicante le pidió:

- Baila conmigo – Terry tenía mil preguntas en la cabeza, pero en ese momento ninguna parecía la correcta, tomó la mano que la rubia tenía extendida y la acercó hacía él. Candy rodeó los hombros del castaño con sus brazos y empezó a moverse en al ritmo de la música. Era obvia la consternación de Terry y más cuando Candy le susurró al oído.

- Marlene Dietrich interpretó esa canción en la película El Ángel Azul en 1930, estuve en la grabación porque era amiga de Josef von Sternberg – Terry trató de alejarse de Candy, pero ella no lo dejó ir, ni perdió el ritmo. Se hizo un poco hacía atrás para mirarlo de nuevo a los ojos – Entendí algo las últimas horas. No puedo irme sin decirte la verdad. No me iré a menos que me lo pidas. Es la primera vez que hago esto – Terry abrió mucho los ojos, sin saber qué decir. Había tenido la certeza de lo que Richard quiso decirle antes de salir corriendo del castillo, pero escucharlo de Candy era diferente, extraño. Irreal. La canción terminó y, cuando él pensó que se sentarían a charlar, otra empezó y ella siguió abrazada a él, bailando - Estuve casada una vez. Albert, es el padre de Clare.

- Candy, vamos a hablar tranquilamente de esto. Vamos a la terraza – rogó Terry mareado entre el suave movimiento, las notas de la canción y las confesiones de Candy. Sus manos empezaron a temblar y su mirada se perdió en el verde esmeralda de los ojos de Candy.

- Déjame hacer esto a mi manera, por favor, Terry. Por muchos años viví ocultándome de todos, temerosa de que la gente se enterara de mi secreto, mudándonos de ciudad en ciudad y cambiando de identidad. No puedo cambiar lo que paso, he luchado contra ello más de ochenta años y lo único que he conseguido es estar sola. No estoy dispuesta a perder nuevamente contra mi maldición sin pelear por ti.

- Candy… - comenzó el castaño, pero ella lo interrumpió.

- Sólo déjame decir lo que tengo que decir. No sé cómo paso. Lo único que sé es que, gracias a este horrible don, nos encontramos. Fuiste capaz de hacerme obviar todo lo que me dictaba mi razón y quedarme cuando sabía que debía irme. Puede que no lo creas, pero estar así contigo me parece correcto. Lo que he esperado durante mi larga existencia – Terry no dijo nada y ella continuó – Necesito quedarme. Quiero quedarme, pero debes saber que no será fácil. Eres una persona pública y eso fue lo que me separo de… tu padre – él no se movió más.

- Son demasiadas cosas para asimilar. Cuando salí del castillo papá me dijo que no eras capaz de cambiar y supe por qué le había impresionado tu apariencia. Tú eras la mujer que conoció. Vine aquí porque necesitaba pensar si podría enfrentarme a ello. Si podría vivir con el hecho de que mi padre te amo tanto como tú le amaste. Y me dije a mí mismo que sí podía, que no debía importarme, pero no sé… si podré… - Terry apartó la mirada y sintió que sus piernas se volvían de gelatina, se arrastró como pudo hacía el sillón del estudio y se quedó completamente en silencio, con las palabras aún atoradas en su garganta, tratando de dejar salir todo lo que había guardado durante esas horas. Candy, dudosa, se acercó a él y se sentó a su lado, pero él la atrajo hacía sí, implorando su calor.

Ella no dijo nada, no necesitaban palabras, no en momentos como esos, Candy se recostó en su pecho y él suspiró profundamente, acariciando lentamente el rubio cabello.

/o.O/

Me causa vergüenza ponerme así con ella. Esa sensación de celos. Es cierto, era más fácil cuando vivía en la ignorancia, pero ahora la situación ha cambiado. Ella está enfrentando uno de sus más grandes miedos al contarme la verdad. Mis emociones fueron abrumadoras cuando deje el castillo. Estaba dolido. Le dije que la amaba y ella decidió dejarme. Necesito cerrar este ciclo.

- Yo no soy mi padre – le digo con la voz más fría de lo usual.

- Nunca he dicho eso…

- Lo sé, pero quiero saber si me amas por ser yo o por el recuerdo que te trae el amor que sentiste por Richard.

- No. Terry, tú eres tú y Richard es él. No te amo por ser su hijo. Ni siquiera sabía que eras su hijo. Todo me pareció una ironía, otra cruel broma del destino. Amé mucho a tu padre – Terry echó la cabeza hacía atrás, con los ojos brillando – como Catherine Delay. Él siguió su vida y yo fui una pieza perdida, lo que nos unía a Richard y a mí fue la falta de una conclusión. Cuando él me descubrió supe que por fin podíamos ponerle fin a nuestra historia. Que cada cabo suelto estaba resuelto. Que él podía seguir adelante dejándome ir como yo lo deje ir hace tantos años. Te amo… solo a ti – su voz se quiebra y me duele verla tan alterada – estaba repitiendo la historia. Lo sé. Mis miedos influyeron en la decisión de marcharme. No es tu culpa. Ni de Richard. Debí… debí enfrentarme a la verdad hace mucho tiempo, pero nunca había encontrado una razón para querer quedarme. Quería confiar, pero no es tan sencillo, Terry. Llevó una vida huyendo, sé que puede resultar conveniente que te cuente esto ahora, pero es la única explicación que tengo. Si alguien me descubre, seré… un espécimen para estudiar. Mi familia vivió una carga muy pesada debido a mí y poco a poco fui perdiéndolos, sin nada que pudiera hacer, sino fuera por Clare hace mucho que yo… - se interrumpe agitada. - Creí que todo sería más fácil. Pero no. Dejar a Clare fue muy doloroso. Alejarme de cada persona que consideré un amigo sin darle una explicación y asistir a sus funerales de incógnita. Estuve sola. Siempre sola por el bien de los que amo. – la miro incrédulo – Lamento si eso te molesta, si consideras que había otras opciones, pero así fue como traté de vivir mi vida, sin ataduras emocionales porque era lo mejor. Así no saldría lastimada ni lastimaría a nadie más. Te juro que después de Richard no planeaba volver a enamorarme. Y… - se interrumpe – no importa. Pero esta vez quise quedarme, intentar que entendieras mis razones y que hace mucho tiempo yo superé a Albert y a Richard, siempre tendrán un lugar en mi corazón, pero si algo queda de ellos en mí, es el eco de un sentimiento hermoso y no tengo forma de explicarte cuánto bien y amor me has hecho sentir. Te amo tanto que me duele el cuerpo si no estás a mi lado. Te amo a pesar de mis miedos. Y lo lamento, por dejarte, lo lamento de verdad – Candy se deshace en lágrimas y yo sigo abrazándola.

Los ojos de Candy se fijan en los míos, con su rostro brillando a causa de las lágrimas, y en este momento sé que el siguiente movimiento tiene que ser mío. Las manos de Candy comienzan a temblar y sus hombros se sacuden. Cuando ella quiere apartarse, entiendo que, en realidad, no necesito tomar decisión alguna. No puedo pelear contra lo que he estado deseando, lo que he estado necesitando por lo que me parece una eternidad. Aprieto mi abrazo alrededor de ella y lentamente, la beso. Y todo lo demás deja de tener importancia, ambos nos perdemos en las sensaciones de aquel beso. Para cuando nos separamos mi corazón late con fuerza dentro de mi pecho y puedo sentir el pulso de Candy latiendo bajo mi mano. Me aparto un poco y la miro.

- Quiero ser parte de tu vida. Quiero que te quedes. Luego, veremos a dónde nos lleva – Candy tiembla en mis brazos.

- ¿Estás seguro? – pregunta con miedo en la voz - ¿Sabes lo que tendrás que enfrentar?

- Estoy seguro, quiero hacer esto contigo. Has huido de ello el tiempo suficiente; es hora de que empieces a vivir y quiero estar contigo cuando lo hagas – sonrío sin poder evitarlo – Yo te amo, Candy – la rubia abrió los ojos sorprendida, asombrada por las palabras, él se las había dicho muchas veces antes, Albert y Richard también, pero Albert dejo de pronunciarlas después de conocer la condición de Candy y solo volvió a pronunciarlas en su lecho de muerte, mientras se despedía de ella. Había una gran diferencia entre escucharlas antes de conocer la verdad y después de comprender lo que iba a tener que enfrentar – y eso me basta para seguir adelante y pelear contra todo lo que venga.

- ¿De verdad es lo que deseas?

- Más que nada en el mundo – afirmó sonriendo y acercándose, ambos se miraron a los ojos un instante, reconociéndose, sabiendo que habían dado un paso más en su relación, una batalla que finalmente habían logrado ganar. Terry cortó la distancia que lo separaba de los labios de Candy, que lo recibieron cálidamente. Candy se dejó caer completamente sobre el castaño, mientras sus labios aún seguían juntos, saboreando, sintiendo en ese beso como las últimas horas desaparecía, como todos los temores se alejaba y dejaba solo lugar a ellos dos, a Candy y a Terry, a dos personas que se amaban. Que lograron encontrarse a pesar de haber nacido con muchos años de diferencia. Se apartaron casi al mismo tiempo, los brazos de Terry rodearon el cuerpo de Candy mientras enterraba la nariz en su cuello. Candy se levantó nuevamente para besarlo, esta vez de manera demandante, de manera más necesitada y Terry correspondió esa necesidad – Te necesito…

Él ni siquiera le dio tiempo a nada más cuando ya se encontraba besándola de nuevo, moviendo sus labios deliciosamente sobre los suyos. Candy ahogó un gemido al sentir su lengua recorrer cada rincón de su boca, él hizo que ella se girara, recostándola sobre el sillón mientras dejaba que sus manos comenzaran a hacer maravillas con su cuerpo. Sus besos estaban cargados de un deseo profundo, cada caricia que Terry le daba la hacía sentir un sinfín de placer. Ella se sentía líquida entre sus brazos, el peso del cuerpo de Terry era un peso que ella deseaba sentir para siempre, su corazón latió frenéticamente y cuando se separaron dejaron que el aire se colara de nuevo en sus pulmones.

- ¡Te amo, te amo tanto! – le dijo antes de unir sus labios en otro beso, sus sentidos se inundaron de ese sentimiento que él le expresaba no solo con palabras. Candy comenzó a recorrer la espalda de Terry, mientras él abandonaba su dulce boca para esparcir pequeños besos a lo largo de su rostro, antes de bajar por la línea de su mandíbula internándose en la suave piel de su cuello. Sus manos buscaron el borde de su blusa y lentamente se coló por debajo de ella. Terry rozó la piel de su abdomen y la sintió estremecerse bajo su cuerpo y sus suspiros cerca de su oído lo incitaron a seguir. La fricción entre sus cuerpos se convirtió en una placentera tortura, sus bocas se unían con una sincronía perfecta. Candy se sentía perdida ante las deliciosas caricias y eso que aún no la tocaba más íntimamente. No podía creer todo lo que él era capaz de hacerla sentir, estaba absoluta e irremediablemente enamorada de Terry y todavía más allá de eso. Terry interrumpió el beso y la cargó sin vacilaciones hasta la habitación, donde la recostó sobre la cama para después dejarse caer a su lado y retomar las caricias que habían iniciado en el estudio.

Se unieron en muchos más besos, que parecían no tener fin, sus lenguas se encontraban arrancándoles un par de gemidos. Terry volvió a acariciarla, perdiendo sus manos en la cintura y hacía arriba, lentamente hasta alcanzar el sostén e interrumpió el beso para poder quitarle la blusa. Candy notó la mirada cargada de deseo con que él la recorría. Terry se acomodó sobre ella y la besó con ternura antes de morder su labio inferior, provocándola. Candy respondió tomando su rostro con sus manos, besándolo con intensidad y logrando que él dejara escapar un profundo sonido. Una marea de emociones se volcó en él, encendiendo completamente su cuerpo. Acarició su costado, delineando su figura, dejando un rastro de sensaciones en la piel de Candy. Terry dejó que sus dedos bailaran sobre los pechos de Candy, acariciándolos con suavidad, logrando que ella se estremeciera profundamente. Su respiración se volvió un rápido jadeo conforme él seguía explorando, cerró los ojos dejándose llevar y le permitió desabrochar el gancho del sostén. Y bajó su rostro alcanzando la tierna y sensible piel de su cuello, haciéndose consiente del trémulo palpitar, Candy jadeó y hundió sus uñas en sus hombros. Él se separó un poco para deprenderse de la camisa. Candy abrió los brazos para recibirlo, lo recorrió lentamente disfrutando la manera en que sus músculos se tensaban ante el esfuerzo de la posición. El castaño reinició su dosis de caricias, besando sus hombros descendiendo poco a poco, ella enterró sus manos en el suave cabello castaño, mientras sentía el duro golpe de sus caderas presionando contra sus muslos. Sintió la respiración de Terry sobre sus senos desnudos justo antes de que él comenzara a besarlos con dedicación

- Eres hermosa – la alabó una y otra vez, y sabía que nunca se cansaría de repetírselo. Los ojos de ambos se encontraron mientras él seguía acariciando y masajeando. Y entre caricia y caricia ambos se fueron desnudando más lento de lo que las ansías les imponían, disfrutando y acariciando cada parte de piel dejada al descubierto.

Era increíble cómo podía hacerla sentir que el único lugar en el mundo donde ella pertenecía era junto a él, entre sus brazos. Él se tomó su tiempo llevándola al borde de la locura y momento después mientras volvían a besarse, sus cuerpos se fundieron en una antigua y conocida danza. Nada más importo salvo esa celestial sensación que solo el otro podría brindarles.

- Dios, Terry – gimoteó la rubia buscando sus labios mientras sentía chispazos de placer y a Terry entrando en ella con más y más fuerza. Terry mordisqueó con más fuerza el labio de Candy sintiendo una corriente que le recorrió la espalda y un jadeo escapó de sus labios mientras llenaba el interior de Candy.

Terry la besó más lentamente antes de recostarse a su lado, quiso hablar, decirle cualquier cosa, pero no pudo, su respiración estaba demasiado agitada y sus oídos zumbaban ligeramente, ambos se quedaron así unos minutos más, mientras recuperaban el control de sus cuerpos. Terry se giró y apoyo su cuerpo en su codo para mirar a Candy, se sentía tan relajado, tan tranquilo y sobre todo tan amado.

- Te amo.

- Yo también – dijo la rubia – Gracias.

- ¿Por qué?

- Por amarme, por confiar en mí… por darme la oportunidad de vivir nuevamente.

- Ambos merecemos vivir – contestó acariciando su vientre, sus miradas se encontraron y se quedaron en silencio una vez más hasta que Candy volvió a hablar.

- Te amo, y cuando dije que me quedaría, lo dije en serio.

- Lo sé… yo también lo dije en serio, lo afrontaremos juntos.

Porque te amo, porque nunca seré capaz de dejarte ir. Porque, cuando se trata de ti, siempre estaré dispuesto a intentarlo. Porque ¿sabes qué Candy? Eso que llaman amor es solo para los valientes…

/o.O/

Olvidar, perdonar, amar, vivir.

Rabia, impotencia, tristeza, sufrimiento.

Un segundo basto para que su vida cambiara.

Una curva mal lograda, un auto impactándose, una caída y un corazón deteniéndose en el frío de la noche para tener en cuenta lo que significaba la muerte.

¿Por qué ahora que había conseguido ser feliz? Cuando por fin tuvo el valor para quedarse.

/o.O/

Caer en un abismo y sentir que la vida se te escapa de las manos.

¿En qué momento su historia se convirtió de una historia de amor a una batalla de vida y de muerte?

Sintiendo que podía hacer lo imposible y caer mientras la vida se escapa de las manos.

¿Acaso sería posible una vida si Candy?

No…

Sin ella sería… imposible.

/o.O/

La radio quedó encendida, con la música a medio volumen y era una canción que le gustaba a Candy. Cuando Terry recuperó la conciencia, rápidamente recordó lo que había pasado y fue en busca de Candy, y la encontró, cubierta de sangre y nieve, y con los ojos cerrados. Corrió todo lo que sus piernas le permitieron hacía el teléfono de emergencia que estaba a un kilómetro del lugar del accidente y pidió una ambulancia, el operador no había terminado de hablar cuando él ya había colgado el teléfono y corrido de regreso para estar con Candy.

/o.O/

En las primeras fases de la hipotermia, un cuerpo intentará generar calor por medio de temblores. Si no lo consigue, disminuirá la circulación sanguínea en las extremidades. El metabolismo se hace mucho más lento. Se está muriendo, pero no lo sabe. En las últimas fases la víctima solo respira una o dos veces por minuto. Queda en estado de animación suspendida.

- Candy – le gritó con toda la fuerza que sus pulmones le permitieron en medio de un mar de lágrimas.

A las 10:07 pm, la temperatura interna de Candys White cayó a 30 grados y su corazón dejo de latir.

- Está dormida, está dormida – se repitió Terry mientras empezaba la RCP y lloraba porque era la única otra cosa que su mente le permitía hacer. Quería abrazar el cuerpo de Candy, abrazarlo con fuerza, pero no podía, tenía que concentrarse en dar compresiones al pecho de Candy, mientras ella se sentía cada vez más fría. ¿Y si ya no despertaba? No volvería a verla sonreír, a escuchar su voz, a abrazarla, a besarla. Tuvo miedo no volver a sentir sus manos tocando su corazón.

Estaba perdiendo la batalla mientras la vida de Candy se le escapaba de las manos, sintiéndose cada vez más incapaz de hacer algo por la mujer que amaba.

Al fin a los 100 años, Candys White estaba, por definición, muerta.

Y el mundo de Terry se hizo pedazos.

Unos pasos demasiado rápidos se escucharon, levantó su rostro abatido, lloroso y lleno de angustia, no se movió, se quedó quieto viendo cómo los paramédicos colocaban dos paletas desfibriladoras en el pecho de Candy y le suministraron 100 hertz de electricidad.

Candy sintió una explosión en su interior.

- Candy – Terry seguía quieto, sentado en el suelo con su mirada en ella y se dio cuenta de que los siguientes segundos decidirían su vida irremediablemente. Si Candy no despertaba él… era tan obvia y triste la respuesta, se convertiría en un hombre sin sentimientos, no volvería a amar nuevamente, no podría, bien podría darse un tiro en la sien con una sonrisa. Pero…

Candy… ¿me recibirías con los brazos abiertos?

No, él sabía que ella nunca le perdonaría no vivir la vida, aún si ella no estaba a su lado.

Y entonces un gemido ahogado escapo del cuerpo de Candy. El sonido más maravilloso del universo. Y Terry respiró de nuevo, acercándose lentamente, perdiéndose en sus brillantes ojos verdes.

Candy giró la mirada hacía él y una pequeña sonrisa se extendió en sus labios, una sonrisa que Terry reconoció como el mejor regalo que ella le hubiese dado. Tomó su mano y ella abrió la boca para decir algo, pero no tuvo tiempo, los paramédicos empezaron a darle instrucciones y a llevarla a la ambulancia.

Y antes de que ella cayera nuevamente en el sopor le dijo que la amaba, sintiendo las lágrimas bajarle por las mejillas.

/o.O/

Candy despertó muchas horas después, tiempo suficiente para que Terry contactara a Clare y a sus padres.

Estuvo con ella, todo el tiempo que le permitieron porque él se había prometido que si ella sobrevivía jamás dejaría de dedicarse a ella. Viviría entregado a hacerla feliz, a protegerla y amarla sin condiciones. Nada, ni siquiera una maldición le arrebataría la oportunidad de vivir el resto de su vida a su lado. Y si había un precio por ello, él lo pagaría, mientras ella pudiera ser feliz. Porque su sitio era a su lado… para toda la eternidad.

Veinte horas después, Terry, totalmente agotado, se recostó con Candy. Sintiendo el calor de su cuerpo pasando al suyo a través de la ropa, reconfortándola.

- Descansa, Candy – susurró con voz bajita mientras los ojos se le iban cerrando. Pensando que Candy estaría ahí, que nuevamente les brindaban la oportunidad de estar juntos y una sonrisa se curvó en sus labios antes de quedarse dormido, esperando con ilusión el mañana.

FIN.

Espacio para charlar

La canción que escucha Terry cuando Candy aparece es ICH BIN VON KOPF BIS FUSS AUF LIEBE EINGESTELLT compuesta por Frederick Hollander e interpretada por Marlene Dietrich. La película a la que hace referencia existe en verdad, al igual que el nombre del director. Escogí esta melodía como un fin para colarme en el fic de manera indirecta, jajaja, ya que mi nombre fue tomado precisamente de esa actriz y cantante alemana.

El primer desfibrilador portátil se inventó en 1965 por Frank Pantridge, John Geddes y Alfred Mawhinney, pero para fines de este fic, he adelantado esto un par de años.

Ok, las que han visto la película recordarán que el accidente ocurre antes de que Adaline tenga oportunidad de decirle a Ellis sobre su secreto, pero eso es precisamente lo que me impulso a crear esta adaptación. Me pareció que la revelación era una parte importante de la trama porque tenía muchas cuestiones detrás de ella. Y Ellis después de las palabras de William corre tras ella y pasa lo del accidente y él está en un estado en el que su respuesta a la revelación de Adaline era influenciada por su estado y me hace pensar si no le habría aceptado solo por miedo o por lastima.

Ah, sé que me di una licencia que no está permitida en la narrativa al mezclar primera y tercera persona, pero esta disque autora quiso colarse para contar algunas cosas que desde la perspectiva del personaje no eran posibles. Lo lamento para aquellos que odian este tipo de mezclolanzas y agradezco (si es que llegaron al final) que lo leyeran a pesar de todo.

¿Qué más? Bueno, pues lamento la demora con este capítulo. Tuve el archivo abierto casi dos semanas antes de que pudiera escribir porque quería dejar clara muchas cosas, no sé si lo logré. Dejaré un mini epilogo que colgaré en un par de días, en caso de que crean que me falto cerrar alguna cosa y para que Candy se dé cuenta de que se ha librado de su maldición y también qué paso con el bebé de ella y Richard.

Por cierto, colgué un pequeño aviso en mis otras historias inconclusas porque recibí un MP un poco agresivo y me desanimo bastante, quizá fue más berrinche que otra cosa ese aviso, pero realmente quiero que comprendan que escribo por hobby no por obligación y a veces la vida real no me da para poder cumplir plazos. Prometo no dejar ninguna de mis historias incompletas, de verdad, volví para terminar UN DÍA A LA VEZ Y LA MELODÍA QUE GUIA TU CORAZÓN y así será, pido paciencia y agradezco que sigan leyendo a pesar de mis demoras y frustraciones, que jamás han sido por ustedes, sino por mí misma al tenerlas esperando tanto tiempo una actualización.

No sé qué más poner, jajaja, estoy algo cansada, pero quería poner este capítulo hoy y dedicarme a mis otras historias.

¡GRACIAS POR SEGUIR LEYENDO, POR ESPERAR CADA CAPÍTULO Y POR COMENTAR!

Nos vemos en el epílogo (que será muy pequeño)

10 – may – 2018

P.D. ¡FELIZ DÍA DE LAS MADRES!

Ceshire…