Capítulo 12: Risco Rojo. Preparándose para la batalla

-¿Pero qué demonios está pasando aquí?

Risco Rojo era un pequeño pueblo situado a la orilla del lago Calenhad. Las pequeñas casas de madera estaban ubicadas en los rojizos acantilados que se elevaban sobre la ciudad. Desde la distancia podía observarse el magnífico castillo de Risco Rojo, situado más allá del lago, por el cual se podía acceder a través de un gran puente de piedra. Los molinos se levantaban en lo alto y un pequeño río caía por la escarpadura de la montaña hasta desembocar en el gran lago.

El grupo había descendido por un pequeño paso en la ladera de la montaña y al llegar al pueblo, observaron sorprendidos como las gentes de éste corrían de un lado a otro, cubriendo las casas con tablones de madera, fabricando barricadas y ataviando a simples aldeanos con pesadas armaduras.

-Parece que se preparan para una batalla – Comentó Alistair.

-Que observador – Ironizó Elissa.

El joven la miró asombrado. Aquel comentario era propio de Morrigan, no de ella.

-Esto cada vez me gusta más – Dijo la bruja, divertida.

El grupo se acercó un poco más al pueblo, llamando la atención de varias personas.

-Forasteros – Un hombre detuvo sus quehaceres y se acercó a ellos con desconfianza - ¿Qué hacéis aquí?

-Venimos en una misión de gran importancia – Dijo Elissa – Debemos encontrarnos con el arl Eamon.

-Imposible… - Dijo el hombre horrorizado - ¿Nadie sabe nada?

-¿A que os referís?

-No han llegado noticias del castillo desde hace días. Por lo que sabemos, el arl Eamon podría estar… muerto.

-¿Cómo es posible que no hayan llegado noticias? – Preguntó Alistair con voz queda.

-Lo único que sale del castillo estos días son… monstruos. Nos atacan todas las noches y se quedan hasta la salida del sol. Todos luchan, incluidos los pueblerinos y… mueren.

-Todo el mundo parece creer que la llegada de la Ruina es el momento perfecto para empezar a matarse. Maravilloso, en serio – Comentó Morrigan.

-No teníamos ejército, ni arl, ni rey que pudiera ofrecernos ayuda. Los pocos que quedamos tememos ser los próximos – El hombre se estremeció – Si lo deseáis, puedo llevaros frente al bann Teagan.

-¿Bann Teagan? – Preguntó Alistair - ¿El hermano del arl Eamon está aquí?

El hombre asintió y comenzó a caminar a través del pueblo. Elissa y sus compañeros le siguieron sin dudar un solo segundo. Los aldeanos que forjaban armas de hierro y combatían entre ellos observaban con curiosidad y miedo al grupo.

Alistair se adelantó ansioso, quedando a la altura de Elissa. Ésta le miró con irritación, aún seguía enfadada por la conversación que habían mantenido antes de entrar a Risco Rojo, pero poco parecía importarle en aquel momento al muchacho. Por lo visto, también conocía al bann Teagan.

Risco Rojo no era una aldea demasiado grande. En cuestión de minutos llegaron a lo que parecía ser la capilla. El interior de ésta estaba repleto de aldeanos, la gran parte heridos o enfermos. Las hermanas se encargaban de atender a los necesitados, mientras que varios hombres envolvían en sacos de tela los cadáveres de hombres, mujeres y niños que habían caído con los ataques de aquellos desconocidos monstruos.

El hombre les llevó frente a quien debía ser bann Teagan. No tendría más de cuarenta años, pero por su aspecto, parecía mucho más joven. Vestía unos ropajes de seda que revelaban su estatus noble, sin embargo, estaba armado con escudo y espada.

-Bann Teagan – Saludó el hombre con una reverencia – Les he traído a unos forasteros que dicen querer ver al arl…

-¡Alistair! – El bann se acercó al muchacho y lo abrazó - ¡Por el Hacedor, estás vivo! Que noticia tan extraordinaria.

-Me alegro de veros – Saludó Alistair algo cohibido.

-Loghain quería hacernos creer que todos los guardas grises habían muerto junto a mi sobrino… Estúpido necio.

-Hemos oído rumores sobre que han puesto precio a nuestras cabezas – Dijo Elissa.

-Así es – Confirmó Teagan – Loghain ha tachado a los guardas grises de traidores y asesinos del rey, pero poca gente ha creído sus palabras.

El bann observó a Elissa de arriba abajo con ojos críticos.

-¿Así que tú también eres una guarda gris? – Preguntó el hombre – Perdonadme, pero vuestro rostro me es familiar…

-Es posible, pero he de confesaros que no recuerdo haberos conocido en persona. Soy Elisabeth Cousland, hija del teyrn de Pináculo.

-¡Hacedor! Pues claro que os conozco, Elisabeth. Aunque la última vez que nos vimos no tendríais más de once o doce años. He oído las noticias sobre vuestra familia… - Teagan se acercó a la muchacha y agarró sus manos con dulzura – Si necesitáis cualquier cosa, no dudéis en pedírmelo.

-Ejem – Alistair carraspeó – Teagan, necesitamos hablar con el arl Eamon.

-Ah sí, es cierto – El hombre se distanció de Elissa – Desgraciadamente no podrá ser. Mi hermano está muy enfermo… Y como seguro ya os habrán contado, no recibimos noticias del castillo desde hace días.

-También nos han informado de los ataques – Dijo Leliana con interés.

-Sí. Hace un par de noches comenzaron. Unas criaturas provenientes del castillo arremetieron contra el pueblo. Conseguimos repelerlas, pero a costa de muchas bajas.

-¿Qué clase de criaturas?

-No lo sabemos con certeza. Algunos dicen que son… cadáveres. Muertos que vuelven a la vida ávidos de carne – El bann suspiró – Cailan ha muerto y Loghain ha iniciado una guerra para apoderarse del trono así que nadie responde a mis mensajes de socorro. Alistair, Elisabeth, siento tener que pediros esto, pero necesitamos la ayuda de vuestro grupo. El ataque de esta noche puede ser definitivo para el pueblo de Risco Rojo.

-Por supuesto que os ayudaremos, bann Teagan – Dijo Elissa.

-Ayudar a estos desgraciados a librar una batalla imposible es absurdo. Como si no tuviéramos suficientes problemas ya… - Suspiró Morrigan.

-Oh, por favor – Dijo Leliana – Estas personas lo están pasando mal. Debemos ayudarles.

-Grrrr…. – Sten gruñó con desaprobación.

-Gracias, my ladie – Teagan agarró una mano de Elissa y la besó ante la mirada atónita de sus compañeros – Os lo agradezco.

El grupo se dirigió hacia la plaza principal de la ciudad. Allí les esperaba el alcalde Murdock, un hombre de avanzada edad con un poblado bigote negro. Daba órdenes a los soldados y aldeanos mientras que ayudaba a forjar espadas y escudos para la batalla. El hombre se mostró agradecido de que los muchachos ofrecieran su ayuda.

-Agradecería mucho vuestra ayuda en dos asuntos de gran importancia de los cuales no puedo ocuparme yo mismo – Dijo el alcalde – El herrero del pueblo, Owen, se ha encerrado en su casa y se niega a prestarnos su ayuda. El pueblo necesita su habilidad con la forja para abastecernos de armas y escudos.

-¿Y el otro favor?

-Hay un hombre… Un mercader enano llamado Dwyn...

-Déjame que adivine – Dijo Morrigan en tono sarcástico – Se ha encerrado en su casa y no quiere salir.

Murdock asintió.

-Sé que es egoísta por mi parte pediros ayuda cuando ya habéis accedido a combatir junto con el pueblo poniendo en riesgo vuestras vidas – Susurró el hombre.

-No se preocupe señor alcalde – Elissa dio un paso al frente – Le ayudaremos en lo que sea necesario, se lo aseguro.

Morrigan resopló con desgana.

Tras indicarles el lugar en donde podrían encontrar a los dos hombres, Elissa y sus compañeros se dirigieron a casa del herrero. Estaba situada en la misma plaza central. Sobre la gran puerta de entrada, pudieron contemplar un gran letrero con el dibujo de un yunque. Aquella era la herrería, sin duda alguna.

Elissa se adelantó y golpeó con los nudillos. Nada. Volvió a golpear, pero esta vez mas enérgicamente. Nada.

La muchacha, enfadada, desenvainó su espada y alzó la voz.

-¡Abra o derribo la puerta!

-Cada vez me cae mejor esta chica – Dijo Morrigan divertida.

-No me gustaría hacerla enfadar – Suspiró Leliana observando de reojo a Alistair.

-¡Espera! – Habló una voz desde el interior de la casa – ¡No rompas nada por favor! Ahora abro.

Oyeron el sonido de una cerradura cediendo y seguidamente, la puerta se abrió.

Elissa esperó a ser recibida, pero nadie apareció. La puerta siguió entreabierta así que la joven se adentró en la casa.

La herrería estaba inundada de un fuerte olor a alcohol, similar al mismo que utilizaban para desinfectar las heridas de las batallas. En el fondo de la habitación había un hombre bajito, de poblado bigote, con una botella de Whisky en la mano tambaleándose.

-Alguien ha estado bebiendo… - Canturreó Alistair.

Owen, el herrero, se negaba a ayudar al pueblo tras la pérdida de su hija. Ésta trabajaba como doncella en el castillo del Arl Eamon y hacía varios días que no recibía noticias suyas. Murdock le había impedido el ir a buscarla, temiendo por su vida, y desde entonces su única razón de vivir era el alcohol.

Tras unos minutos intentando convencerle de que ellos mismos buscarían a su hija, pues tenían intención de adentrarse en el castillo, el hombre agarró sus utensilios y herramientas y salió por la puerta principal tropezándose varias veces.

-Antes debería haberse echado una siesta – Dijo Elissa riendo.

-¿No crees que es algo cruel prometer que buscaríamos a su hija? Ni siquiera sabemos si sigue con vida… - Dijo Leliana mientras el grupo salía de la herrería y se dirigía al embarcadero.

-No te esfuerces – Suspiró Morrigan – Se empeña en ayudar a todo aquello que pase por delante de sus narices.

El mercader no resultó tan fácil de convencer. Se negaba a abrirles la puerta y Sten tuvo que derribarla con un puntapié. Ya en el interior, el enano seguía repudiando sus suplicas.

-Qué te parece – Propuso Leliana en uno de sus varios intentos por llegar a un acuerdo – Si hablamos de algo más… Sustancioso.

El hombre se rascó su trenzada barba pelirroja y miró de reojo a sus dos guardaespaldas.

-Te escucho – Dijo al fin.

-Diez soberanos – Sugirió la muchacha.

Elissa la miró, horrorizada. ¡¿Diez soberanos?! ¡A penas llevaban quince en los bolsillos! Necesitaban el dinero para provisiones. Sten aún no tenía armadura ni espada y Leliana utilizaba la túnica de la capilla.

-Estarás de broma – Dijo el enano con sarcasmo – Cincuenta soberanos.

-¡¿Qué?! – Exclamó Alistair - ¿Estás loco? ¿Cincuenta soberanos? ¿Quién tiene tanto dinero?

-Si no podéis pagarme, no hay trato. Marchaos de aquí.

-Intenta echarme – Dijo Elissa desafiante.

Los guardaespaldas del enano se acercaron en tono amenazador hacia los chicos, que se prepararon para atacar. Segundos después, los dos hombres yacían inmovilizados bajo sus pies. Sten, sin necesidad de armas y con la fuerza de sus manos desnudas, había tumbado a los dos hombres de un solo golpe. Elissa aprovechó el momento de desconcierto del mercader para desenvainar su espada y colocársela en el cuello.

-Vas a ayudarnos ¿Verdad? – Su tono de voz era peligrosamente dulce.

Una gota de sudor recorrió la frente del enano mientras asentía enérgicamente.

-¡Vaya! – Exclamó Leliana mientras los tres hombres salían apresuradamente de la casa – Jamás habría imaginado que fueras tan…

-Persuasiva – Elissa sonrió – La palabra es, persuasiva.

El grupo salió de la casa y camino por los inestables tablones de madera del embarcadero. Alistair divisó entonces una de las casas cercanas al lago con un letrero perteneciente a una tienda.

-Buena idea Alistair – Dijo Elissa pensativa – Morrigan y yo compraremos las provisiones necesarias. Los demás id a hablar con Murdock. No queda mucho tiempo antes de que se ponga el sol. Debemos darnos prisa.

El joven miró perplejo a la muchacha, pero siguió sus indicaciones sin rechistar.

El grupo se separó y las dos chicas entraron a la tienda. Para su sorpresa, estaba completamente abandonada. Los muebles y mercancías yacían esparcidos por todas partes, mostrando evidentes signos de batalla y forcejeo.

-¿Por qué no le has dicho al templario que venga contigo? – Preguntó Morrigan mientras rebuscaba entre los escombros – Siempre estáis juntos.

-Eso no es cierto – Gruñó la muchacha – Hay cosas que me molestan.

-A mí me molesta absolutamente todo de él – Comentó la bruja – Pero por mucho que me fastidie ponerme de su parte, creo que es egoísta querer obligarle a ser algo que no desea.

-Mi educación y mis principios me impiden comprender el por qué rechaza asumir la responsabilidad de ser rey. Yo, aunque no quería, me veía obligada a casarme y…

-¿Por qué no querías?

Elissa se quedó mirando a su compañera en silencio. La respuesta era tan clara como el agua: Porque ansiaba ser libre.

Tras varios minutos de búsqueda al fin encontraron algo que podría serles de utilidad: unos barriles de aceite escondidos bajo una gran sábana banca.

Convencidas de que en aquel lugar no había nada interesante, las muchachas salieron de la tienda y fueron a reunirse con el resto del grupo.

A Sten le habían prestado una armadura que le quedaba pequeña, pues había sido fabricada para un humano y no para un qunari, pero le protegía de las afiladas armas de los enemigos. También había conseguido un gran espadón que zarandeaba de un lado a otro mientras gruñía con desaprobación. Leliana había cambiado sus ropajes: lucía una ligera armadura de malla a dos piezas que dejaba al descubierto su esbelta cintura. Sin la túnica de la capilla parecía otra persona. Alistair no cesaba de mirarla, ruborizado.

-Se te van a salir los ojos de las órbitas – Comentó irritada Elissa.

-Yo… Yo no estoy mirando nada – Mintió el muchacho, avergonzado.

-Murdock ha dicho que deberíamos ir a hablar con ser Peth – Dijo Leliana – Es un caballero del arl Eamon. Se encuentra en lo alto de aquella colina, junto al viejo molino.

Ser Peth resultó ser un hombre joven pero muy capaz de dirigir el ejército de Risco Rojo. Habló con ellos sobre el estado anímico de sus hombres y Leliana se encargó de bendecir a los guerreros, lo que tranquilizó el nerviosismo de muchos.

Tras ofrecer la idea de los barriles de aceite para la batalla, el grupo se retiró a la capilla, esperando el indeseado anochecer.

-Leliana – Dijo Elissa irritada por las incesantes miraditas de Alistair hacia la mujer – Tápate, no vayas a coger frío.

-Vaya, vaya ¿Estás celosa? – Preguntó Leliana, divertida.

-¿Celosa yo? ¿Por qué iba a estarlo?

-Porque con dieciocho años tu cuerpo aún no se ha desarrollado tanto como el mío ¿Verdad?

Los ojos de Alistair dejaron de lado a Leliana para dirigirse hacia el pecho de Elissa, cubierto por la armadura.

-¡¿Y tú que miras?! – Dijo la joven poniéndose en pie – ¡Estoy harta de verte babear mientras contemplas embelesado a Leliana!

-Yo no…

-No me vengas con estúpidas excusas, Alistair. Menudo rey inútil le espera a Ferelden: Inmaduro y pervertido.

-¡¿Otra vez con ese tema?! ¡Estoy harto de escucharte! Te estas poniendo verdaderamente pesada.

-Jamás pensé que serías así…

-No hay quien te entienda. ¡Hace apenas unos días me dijiste que te gustaba como soy!

-Eso… ¡Eso era porque no te conocía! – Dijo la muchacha, ruborizada.

-Si tantas ganas tienes de tener un rey, ocupa tú misma el puesto de reina. Eres de sangre noble ¿No?

-Ya tuve la oportunidad de serlo ¡Y no quise!

Todos cogieron aire a la vez. Alistair la miraba totalmente confuso.

-¿Cómo?

-Disculpe, señorita guarda gris – Un joven muchacho armado y preparado para la batalla se acercó a ellos – El alcalde requiere su presencia en la entrada del pueblo.