NA: ¡Hola! Debo decir un par de cositas antes de que empecéis a leer. La primera es que he estado bastante bloqueada con el tema de la escritura, si notáis algo raro con este capítulo es por eso *cries in spanish*. La segunda es que me he dado cuenta de que ni de coña podía meter la graduación aquí. Me he pasado metiendo trama y al final me ha quedado un capítulo de 9476 palabras (casi 10000, como dije en mi página de Facebook), pero sin llegar a ese momento. Me quedé bastante corta. Así que nada, la graduación queda pospuesta para la siguiente actualización :D Quedan dos capítulos según mis cuentas, pero ya sabéis que no soy muy buena calculando este tipo de cosas.
¡Gracias por seguir ahí! ILYYYYYYYYYYY
Capítulo 12: Avances silenciosos.
Descubrir la noche anterior lo que Pansy se traía entre manos le había dado a Theo tal chute de adrenalina que su corazón todavía latía como si acabara de hacer un esfuerzo físico enorme. Ella y Potter… Jamás lo hubiera visto venir. Pero era consciente de que podía utilizar esa información en contra de la chica. Podía hacerlo y lo haría, aunque sabía que no le resultaría nada fácil. Pansy no tenía ni un pelo de tonta, eso podía asegurarlo… por eso había pasado la mayor parte de la noche pensando en cómo jugársela sin que se diera cuenta, pero finalmente había llegado a la conclusión de que no podría hacerlo solo. Era una pena que Draco no estuviera, era la única persona de su sala común en la que confiaba lo suficiente como para contarle lo que había descubierto… aunque bien sabía que demasiadas serpientes conspirando entre ellas nunca traía nada bueno. No, sus otros compañeros de casa no eran de fiar, pero había alguien…
Dobló la esquina y siguió caminando por las mazmorras. Era temprano, por eso no escuchaba otra cosa que el sonido que hacían sus propios zapatos de fútbol sobre el suelo de piedra. Iba a recurrir a la única persona del castillo que podría ayudarle en ese momento, y a pesar de que no estaba tan seguro de que accediera a ello, tenía que intentarlo. Al menos dejárselo caer para escandalizarlo lo suficiente como para animarse a tomar cartas en el asunto. Se paró frente a la puerta y dio un par de toques en ella con convicción.
—Adelante —dijo una voz desde dentro.
Theo pasó al despacho de Snape, asintiendo con la cabeza a modo de saludo. El hombre entrecerró un poco los negros ojos al verlo de esa guisa. Estaba claro que desaprobaba por completo la estúpida iniciativa de Dumbledore contra la discriminación a los muggles, pero obviamente no podía decir su humilde opinión en voz alta delante de un alumno.
»¿Qué hace usted aquí, señor Nott? —preguntó con un aburrimiento un tanto insolente—. Ya no resuelvo dudas, ¿recuerda? Las clases terminaron. Y tampoco recuerdo haberle mandado a escribir a mano algo mil veces… ¿o sí?
El chico miró el montón de pergaminos que había sobre la mesa. El hombre lo cogió y pasó el dedo gordo por un lado. Por lo visto algún que otro alumno no olvidaría fácilmente las lecciones del profesor.
—No —dijo mientras este guardaba los pergaminos en un cajón del escritorio—. Y tampoco vengo a resolver dudas. Estoy aquí por otro motivo. Tengo evidencias de que una alumna de Slytherin está haciendo algo… inadecuado.
Snape se puso recto en su silla y lo miró directamente a los ojos sin decir una palabra. Por la intensidad con la que lo hacía daba la sensación de que ese hombre podría llegar a ver en su interior si se lo propusiera. Después de unos incómodos segundos en silencio y sin haber parpadeado ni una vez, el hombre ladeó un poco la cabeza, de repente interesado en lo que fuera que tuviera que decirle.
—Te escucho.
Theo estuvo tentado a tomar asiento antes de contarle lo que había visto, pero después de pensarlo mejor decidió que permaneciendo de pie se sentía más confiado. No dudó al empezar a hablar.
—Se trata de Pansy Parkinson. Últimamente está teniendo un comportamiento bastante fuera de lugar.
—¿A qué se refiere exactamente? —quiso saber el hombre, quien habló con voz alta y clara.
—Digamos que… abandona la sala común por las noches.
Snape pareció asentir un poco con la cabeza, aunque el gesto fue casi imperceptible.
—No está permitido deambular por los pasillos a horas indecentes.
—Pero eso no es lo peor. Sale a hurtadillas para verse con alguien —añadió el chico, sintiendo su mirada clavarse de nuevo en sus pupilas e instándole a continuar. La sangre empezó a fluir a borbotones por todo su cuerpo—. Con Potter.
De repente, el hombre se levantó del asiento con brusquedad, haciendo ondear su oscura túnica a medida que rodeaba el escritorio.
—¿Tiene pruebas? —le preguntó con urgencia. No era como si no le creyera, más bien parecía como si las necesitara para darle la veracidad justa que terceras personas exigirían ante tal acusación.
—No, lo descubrí siguiéndola una noche —dijo con apremio—. Su punto de encuentro es la sala de los Menesteres, yo mismo vi cómo se desvanecía la puerta después de que ambos entraran.
—Sabe que sería su palabra contra la suya —gruñó, añadiendo después en un tono de voz más bajo—: Es una lástima que esté prohibido usar Veritaserum con alumnos, eso lo haría todo un poco más fácil… pero tal vez podamos darle a la señorita Parkinson un pequeño correctivo que le haga desistir de su nefasto comportamiento.
Theo dejó escapar una sonrisa ladeada. ¿Significaba eso que Snape estaba dispuesto a ayudarlo?
—¿Un correctivo? —preguntó de manera inocente.
El hombre volvió sobre sus pasos y se sentó de nuevo en su silla, esta vez con una expresión visiblemente más relajada. Cuando abrió la boca para responderle, lo hizo con calma y serenidad.
—Así es —dijo—. Creo que la familia del señor Malfoy debería saber lo que hace la prometida de su hijo a sus espaldas. Me consta la gentileza y simpatía de la señora Narcisa Malfoy, estoy seguro de que sabrá perdonar a la chica después de todo.
Theo se quedó en silencio un instante, procesando con cuidado las palabras que el profesor acababa de decirle en confianza.
—¿Cómo hará que la madre de Draco descubra lo que hace? Es mi palabra contra la suya, usted mismo lo ha dicho.
—Sé perfectamente lo que he dicho —terció con sorna—. Pero no peque de impaciente, señor Nott. A veces las palabras son dichas en vano, y no queremos que eso pase ¿verdad?
—Disculpe señor, pero no entiendo por dónde va.
—La madre de su amigo no necesita que le diga lo que hace la señorita Parkinson, lo que realmente necesita es que se lo muestre.
El chico fue hilando la información en su cabeza poco a poco, pero con seguridad.
—Este viernes los padres visitarán el castillo —dijo al fin, comprendiendo el significado de sus palabras.
—Exacto —un pequeño sonido fuera del despacho los sacó a ambos de sus cavilaciones. El profesor no tardó ni un segundo en mover su varita para hacer que la puerta se abriera de par en par, dando un fuerte portazo en la pared. Los dos miraron hacia el pasillo, completamente despejado. Después de fruncir un poco el ceño y tomarse su tiempo para respirar profundamente, Snape volvió a dirigirse al chico—. Váyase ya. Y no diga una palabra de esto a nadie.
Harry escuchaba con atención a su amigo mientras se dirigían al despacho del profesor Flitwick. Por lo visto Ron había descubierto un mundo nuevo y fascinante con la fotografía, actividad a la que había terminado apuntándose por recomendación de la señora Pomfrey. Él no tenía mucho que decir aquella mañana (o al menos nada que quisiera contarle a Ronald) por lo que dejó con gusto que hablara durante todo el camino.
—Te lo juro Harry, ese aparato es de lo más interesante. Mi padre tenía una de esas cámaras en el desván, pero nunca le presté mucha atención… Puedes pensar que es fácil, pero hay que regular mil cosas para que la foto salga perfecta. Sé que las cámaras mágicas hacen todo eso solas, ya sabes, tener en cuenta la luz, el contraste, la nitidez… pero hacerlo manualmente es una pasada. Ayer hice mi primera fotografía perfecta, inmortalicé a un pájaro que pasaba por allí en el momento en el que miraba por el visor, es una lástima que las fotos muggles no salgan en movimiento. La monitora ha dicho que revelará la mejor de cada uno y nos la regalará cuando acabe la semana.
—Me alegro de que te esté gustando —respondió Harry—. Aunque creo que habrías acabado aficionándote al fútbol.
—¿Y tener que ponerme ese "uniforme"? Ni lo sueñes, tío. ¿Has visto las pintas que llevas? ¿Y qué son esos zapatos?
Ambos bromearon un poco más hasta llegar al despacho del profesor Flitwick. Harry no tuvo que llamar porque la puerta estaba abierta, con un par de alumnas dentro que también habían ido a entregar sus trabajos.
—Estupendo señoritas, dejen sus pergaminos por aquí —dijo el hombre—. Esto les sumará puntos a su nota final, así que bien hecho… Oh, señor Potter, pase, adelante. ¿Usted también viene a entregar el trabajo? Maravilloso. ¿Ha visto a la señorita Granger? Todavía no se ha pasado a dejarme el suyo.
—Ella está de acampada, señor —respondió el chico, entregándole los pergaminos.
—Bueno, confío en que lo entregue cuando vuelva. Ya sabe, ella es una alumna muy aplicada —rió nerviosamente mientras las chicas que había allí anteriormente se iban y entraba una nueva por la puerta—. ¿Señorita Parkinson? Vaya, no la esperaba por aquí. ¿Al final se animó a subir su nota?
Harry se giró para verla entrar. Ella no dijo una palabra hasta llegar a su altura, dejó el trabajo sobre el escritorio y se mordió un labio con el ceño fruncido. Luego alzó la vista y le dedicó una mirada de soslayo antes de volver sobre sus pasos y salir al pasillo.
»Esto… señor Weasley, ¿usted no va a entregar nada? —preguntó el hombre, obviando el extraño comportamiento que acababa de tener la Slytherin.
—No profesor.
—Entonces ya pueden irse, iros antes de que os quedéis sin desayuno.
Los chicos obedecieron y salieron del despacho. Fuera, Parkinson no dejaba de dar vueltas sobre sí misma. Parecía indecisa, como si quisiera irse rápido pero debiera hacer algo antes. Cuando sus miradas se cruzaron, la chica se acercó a ellos con paso ligero.
—¿Podemos hablar? —sus ojos se habían clavado en Harry de una forma que daba a entender que no tenía otra opción que aceptar. Cuando éste asintió, ella movió rápidamente la cabeza para dirigirse al pelirrojo—. A solas.
Ron miró a su amigo con un gran interrogante dibujado en el rostro. Que Pansy Parkinson se dirigiera a ambos ya era raro, pero lo que era de locos era pensar que pudiera tener algo tan íntimo que decirle que necesitara intimidad. Después de que Harry le hiciera un gesto, el chico dio un par de pasos hacia atrás antes de girarse por completo y alejarse lo suficiente como para no escuchar lo que quiera que fuera a decirle. Harry la escrudiñó atentamente mientras ella veía a su amigo apoyarse aburrido contra la pared, cerciorándose de que efectivamente estaban solos. Luego comprobó que el otro lado del pasillo estaba despejado y se acercó un poco más a él para poder hablar en voz baja, desprendiéndose un fino mechón de pelo de su cola y deslizándose por un lado de su cara.
—No me preguntes cómo, pero nos han descubierto. No podemos quedar más en la sala de los Menesteres.
—¿Pero cómo…?
—He dicho que no preguntes —le interrumpió. Harry apretó un poco los labios y ella le sostuvo la mirada. La dureza y el enfado de la chica empezaron a disiparse a medida que pasaban los segundos. Finalmente la vio cerrar los ojos un momento y tomar aire antes de hablar—. ¿Quieres seguir haciendo esto?
—No quiero… causarte problemas —Harry se descubrió diciendo aquello con una voz más suave de lo normal. Sus palabras parecieron, de una u otra forma, acariciar la piel de ella. El vello de sus brazos se erizó tanto que tuvo que frotarlos con ambas manos disimuladamente.
—No tenemos por qué tener problemas, simplemente debemos tener más cuidado.
Harry tragó saliva de manera involuntaria. ¿Cuándo se había convertido ese momento en algo que se sentía tan… personal? ¿Y por qué sentía la extraña necesidad de coger ese mechón de cabello y ponérselo tras la oreja?
—¿Tienes alguna idea? —murmuró, forzándose a deshacerse de esos pensamientos. Ella pensó algo durante unos interminables segundos.
—No podemos seguir viéndonos de madrugada. Podríamos aprovechar parte del horario de la cena, es decir, no malgastar tiempo quedándonos hasta el postre. Eso hará que no llamemos tanto la atención. Y necesitamos otro lugar al que ir, uno lejos de esa sala.
—Hay una especie de pasillo secreto en el séptimo piso —dijo Harry.
—Es demasiado arriesgado. Seguramente Snape le pida a Filch que ronde toda esa zona por las noches.
—¿Qué tiene que ver Snape en todo esto? —quiso saber él, confuso. Parkinson se llevó una mano a la cara al darse cuenta de que había hablado demasiado.
—Mira, es importante que evites a Snape en lo que queda de semana, ¿de acuerdo? Y sobre todo no le mires a los ojos.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Pero no tienes por qué saber nada más. ¿Puedes limitarte a hacer lo que digo? —él no respondió, así que Pansy siguió hablando—. Te lo explicaré cuando llegue el momento.
Harry rodó los ojos a pesar de que una idea ya rondaba en su cabeza.
—¿Y la clase abandonada del tercer piso?
Ella abrió mucho los ojos antes de colocar ese mechón tras la oreja. Había dado con la clave.
—¡Buena idea! Es el lugar ideal —dijo. Luego asintió y empezó a alejarse de él—. Nos vemos en el entrenamiento.
Ron la siguió con la mirada cuando pasó por delante de él, mientras Harry aprovechó para llegar a su altura.
—¿Qué quería?
—¿Cómo?
—Que qué quería —repitió—. Habéis estado un buen rato hablando.
—Ah, sí… ya. Bueno, quería hablar sobre una cosa del trabajo, prácticamente lo hicimos juntos, ¿recuerdas?
—¿Y para eso necesitaba hablar contigo a solas? Además, ¿qué sentido tiene decírtelo ahora que ya lo habéis entregado?
Su amigo suspiró.
—Pocas cosas tienen sentido últimamente.
Al parecer aquella respuesta fue suficiente para Ron, quien se encogió de hombros y siguió caminando junto a él.
Cuando Draco despertó no le sorprendió encontrarse con una mano metida en el pantalón del pijama. Todavía un poco somnoliento, siguió agarrando sus partes íntimas mientras reproducía en su mente una y otra vez el tórrido sueño que acababa de tener. Lo recordaba con todo lujo de detalles, era como si acabara de suceder en realidad. Él mantenía sus piernas abiertas con las manos y saboreaba su cuerpo con la lengua. Primero su cuello, después sus senos, sus caderas y lo prohibido. Y lo hacía a sabiendas de que a ella le gustaba tanto como a él. Ese flujo transparente que se mezclaba con su saliva mojaba toda la intimidad de la chica y parte de sus muslos, él la miraba con una sonrisa ladeada mientras se aferraba a las sábanas de seda para no gritar de placer. Recordó la ardiente sensación de hundir los dedos en su clítoris, y luego la de deslizar la mano por sus labios inferiores para llenar la palma de ese líquido tan excitante. Impregnar su propio sexo con él hacía que el deseo de penetrarla aumentara todavía más, pero justo cuando se inclinó sobre ella y sintió sus duros pezones contra su pecho, despertó.
Sabía que debía sentir repulsión por todo aquello, pero su más que evidente erección mañanera no decía lo mismo. Por todos los dioses, necesitaba aliviar ese tremendo calentón. Se sacó la mano de los pantalones, escupió en ella y la volvió a introducir, esta vez por dentro de la ropa interior. Tocarse era placentero, pero no tanto como lo había sido en ese maldito sueño. Sin ganas de resistirse por más tiempo, dejó que su mente volara a los recuerdos de la noche anterior. Su espalda mojada, ella desnuda y el agua resbalando por todo su cuerpo... Su erección se agitó un poco al recordar su trasero. Se mordió un labio y fantaseó con la idea de tocarlo, de pellizcarlo, de hacerla inclinarse y de abrir ambos cachetes para que su sexo entrara mejor en aquella cavidad. Se lamió los labios mientras imaginaba lo húmeda que debía estar por dentro, húmeda y cálida a la vez.
Se incorporó un poco para meter la mano libre dentro de la mochila. Necesitaba encontrar ese estúpido paquete de pañuelos que Paul había asegurado haber metido en la mochila de cada uno, estaba tan excitado que iba a terminar antes de lo esperado. Agitó el pañuelo en el aire como pudo para abrirlo, y acto seguido lo llevó a su miembro justo a tiempo. El semen salió disparado, impregnando todo el papel y parte de sus manos. Siguió subiendo y bajando la mano mientras se terminaba de vaciar. Echó la cabeza hacia atrás y se quedó allí, concentrado en el movimiento de su pecho mientras su corazón todavía latía rápidamente gracias al subidón de adrenalina. Cuando Draco volvió en sí tuvo unos minutos para reflexionar antes de que empezara a escucharse ruido en el exterior. ¿Qué le estaba pasando? De repente se encontraba fantaseando con tirarse a Granger, soñando con dejarla caer sobre su cama de sábanas carísimas y poseerla todo el tiempo. Una vez, y otra, y otra más. ¿Por qué diablos la habría visto anoche mientras trataba de asearse entre los árboles? ¿Desde cuándo tenía que verse luchando consigo mismo por recordarse una y otra vez que desearla a ella no estaba bien? Se preguntó si todo habría empezado cuando la vio probarse esas prendas de lencería en la tienda de Hogsmeade, aunque en el fondo sabía que no era más que una pobre tentativa para olvidar la realidad. Odiaba tener que admitir que era consciente de que toda esa obsesión había comenzado hacía bastante tiempo. ¿Por qué diablos no se detuvo cuando estuvo a tiempo? De esa forma tal vez no hubiera experimentado esos celos enfermizos al verla con su amigo, quizás incluso le hubiera dado exactamente igual descubrirlo. Maldita sea, ahora no encontraba la manera de parar aquello.
Paul gritó algo a los gemelos y él se incorporó todo lo que pudo para empezar a vestirse allí dentro. Se limpió bien y envolvió ese pañuelo en otro más antes de lanzarlo al interior de su mochila. Lo arrojaría al bosque cuando nadie mirara.
—Buenos días, Draco —saludó el hombre cuando lo vio salir de su tienda.
El chico pudo apreciar unas gotas de sudor resbalando por su frente a pesar de que los rayos de sol todavía no pegaban fuerte a esa hora. Su atención se dirigió entonces a los gemelos, quienes ya parecían completamente recuperados de su resfriado. Correteaban de aquí para allá, desobedeciendo alguna orden que el monitor les había dado antes de que él apareciera. Draco se acercó a donde estaba, buscando a Granger con la mirada de manera involuntaria.
»No he podido encender una hoguera todavía, así que el desayuno va a tardar un poco —se excusó Paul, mirando a los niños con indignación y haciéndole saber de esa manera que ellos habían sido el motivo.
—¿Necesitas ayuda? —dijo una voz a su espalda. Draco se giró para verla anudarse el encrespado cabello en una cola mientras caminaba hasta ellos.
—¿Podrías empezar a hacer el fuego? Tengo que conseguir que esos dos se traguen una pastilla que me dio la señora de la enfermería ayer… esto, ¿cómo se llamaba?
—Señora Pomfrey —le ayudó ella.
—Eso, Pomfrey. Me dijo que tienen que tomarla en ayunas para que los efectos de su curación no se reviertan y vuelvan a resfriarse… y es que no hay manera.
—Tranquilo, Paul —sonrió—. Yo me encargo.
—Gracias… —el hombre se enderezó un poco para buscar a los gemelos en la distancia. En ese pequeño momento de distracción se habían alejado tanto que casi habían llegado al río entre empujones y carcajadas. Podían oírse los gritos desde el campamento. Paul bufó y echó a correr en su dirección.
Granger se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, empezando a colocar los palitos de madera dentro del círculo de la hoguera. Draco quiso irse, encerrarse en su tienda hasta que todo estuviera listo y ellos no estuvieran solos… pero de una u otra manera sus piernas ya no le obedecían. Cuando se dio cuenta de que se había quedado mirando su concentrado rostro desde arriba agitó la cabeza y se forzó a apartar la vista de ella. Sus ojos se posaron ahora en sus manos, que agarraban un par de piedras con fuerza mientras las chocaba repetidamente cerca de la leña. No tardó demasiado en hacer que de una chispa surgiera una pequeña llama. La chica se inclinó, poniendo ambas manos alrededor de ella y soplando para mantenerla viva. Draco, por su parte, no pudo evitar volver a mirarla. Lo hizo con desdén, molesto por no ser capaz de poder controlar sus propias acciones. ¿O tal vez lo que le molestaba era que Granger fuera el motivo de su constante lucha interna? No sabía muy bien cuál era la respuesta correcta.
Para cuando se quiso dar cuenta, la hoguera ya estaba completamente encendida y ella mirándolo fijamente. ¿Cuánto tiempo llevaba así? ¿Acaso estaba esperando algo de él? Sintiendo cómo su corazón se aceleraba sin razón aparente, mantuvo su expresión de desagrado y dijo:
—¿Qué?
—¿Estás sordo? Te he dicho que me pases esa bolsa de ahí.
El Slytherin se percató de ella en ese momento, e hizo lo que le decía con tal de no seguir manteniendo una conversación. Flashes de su cuerpo desnudo habían empezado a aparecer una y otra vez en su cabeza y llegados a ese punto ya no podía pensar con claridad. ¿Recordaría ella ese incómodo momento también? ¿Lo estaría haciendo en ese mismo instante? Parecía bastante tranquila, a decir verdad. O bien lo había olvidado o bien no le importaba en absoluto.
»¿Quieres? —le preguntó de repente. Había cogido el paquete de galletas y ahora le ofrecía unas cuantas. El chico cogió un par de ellas y se las llevó a la boca—. ¿Vas a quedarte ahí de pie todo el tiempo? No vas a morir por ensuciarte un poco los pantalones.
—¿Qué te importa a ti lo que haga o no haga?
—Absolutamente nada.
Draco se la quedó viendo lo suficiente como para saber que era verdad lo que decía. Ahora parecía como si hubiera olvidado su presencia, seguía a lo suyo sin prestarle la más mínima atención. Por alguna razón aquello le mosqueaba.
Maldiciéndose a sí mismo por lo que estaba a punto de hacer, arrugó la nariz y se sentó en el suelo. Granger le dedicó una mirada fugaz antes de seguir removiendo el contenido de la cacerola. La odió por no hacer un simple comentario, por no iniciar una pelea que terminara con él donde debía estar: lejos de ella. En cambio, ambos se mantuvieron en silencio mientras sus miradas seguían fijas en aquella asquerosa leche en polvo. Él quería decir algo, tal vez provocarla y hacerla enfadar, pero algo dentro de su pecho presionaba tan fuerte que no fue capaz de decir una palabra. Le dio otro bocado a la galleta para concentrarse en la tarea de masticar y no pensar demasiado en todo lo que le rondaba la mente.
Transcurrieron unos minutos hasta que pudieron ver a Paul a lo lejos con los niños. Los llevaba de la mano, uno a cada lado, mientras ellos intentaban seguir pegándose por el camino.
»¿Te preocupa lo que viste anoche? —preguntó la chica de repente. Una expresión horrorizada se extendió por el rostro de Draco sin que pudiera hacer nada por evitarlo. ¿Por qué decidía hablar de ello justo cuando estaban a punto de volver a tener compañía? Granger sonrió, al parecer le hacía gracia que se hubiera quedado sin habla—. Esto puede quedarse aquí, no tiene por qué enterarse nadie. Tampoco tiene por qué pasar a mayores… a menos que tú quieras.
Cuando Paul llegó a su altura soltó a los niños y sacó una botella de agua de su mochila. Dio un largo trago antes de volver a rebuscar en ella y sacar unas barritas de cereales y chocolate de su interior.
—Las estaba guardando para el último día, pensaba dároslas a modo de recompensa por el esfuerzo, pero… —el hombre le lanzó una a cada uno y abrió otra para sí mismo. Los niños seguían armando un escándalo unos pasos más allá—. Pero esto está resultando más… más difícil de lo que pensaba. No hay por qué esperar, ¿verdad?
El chico supo que en realidad se refería a que la experiencia estaba siendo la más horrible, terrorífica y angustiante de toda su vida, pero por lo visto estaba tratando de ser amable al no decirlo en voz alta. Granger sirvió tres tazas y le tendió una a él, aun a sabiendas de que odiaba esa porquería. Contra todo pronóstico la aceptó. Sus dedos se rozaron en el intercambio de la humeante taza, una gota de leche resbalaba perezosa por un lado. No lo pensó demasiado a la hora de darle un buen sorbo. Dejando a un lado el sabor tan mejorable, la agradable sensación que dejó la leche caliente en su garganta alivió un poco la culpa que sentía por desear algo que debía avergonzarlo… algo que, al parecer, también lo deseaba a él.
No sabía lo que harían ese día, pero la idea de que ya quedaba menos para terminar esa tortura le daba fuerzas para continuar.
Pansy no había vuelto a dirigirse a Theo, cuando pasaba por su lado lo hacía como si no se conocieran de nada. No le pasó la pelota ni una vez durante el partido de fútbol contra Ravenclaw, y eso que ambos eran delanteros. Tampoco había vuelto a sentarse a su lado en los desayunos, comidas o cenas. Parecía como si se hubiera vuelto más antisocial de lo que ya era, o tal vez se trataba de pura precaución. Ya estaba advertida de que algo iba a pasar, era lógico que tratara de evitarlo a toda costa. Quizás ella también estuviera tratando de maquinar algo, aunque en su cara no podía ver la expresión de seguridad que solía tener cuando sabía que un plan iba a pedir de boca.
A él le daba igual. La seguía teniendo vigilada por si acaso. Esa noche apenas había probado bocado, se había levantado demasiado pronto y había desaparecido por la puerta del gran comedor. Theo y Snape habían intercambiado una mirada significativa a través de la habitación, una mirada que duró un par de segundos y que hizo que el chico supiera inmediatamente que debía ir tras sus pasos. Pero para cuando llegó a la sala común no la encontró, y tampoco estaba por las mazmorras. Decidió entonces ir al lugar donde descubrió la verdad, y aunque pasó horas escondido con la atenta mirada clavada en aquella pared vacía, en ningún momento apareció una gran puerta de la nada ni la vio caminando por ahí junto a Potter. Algo le decía que las cosas habían cambiado drásticamente en sus narices. No haberse dado cuenta hacía que su enfado creciera con cada respiración que tomaba.
—¿Estás segura de que nadie te ha seguido? —volvió a preguntar por enésima vez. Harry mantenía una mano en su cintura mientras miraba esporádicamente hacia aquella puerta que no se desvanecía.
—He tenido cuidado —respondió la chica con seguridad—. He bloqueado la puerta por si acaso, ya me has visto.
—Sí, es solo que…
—Odias ir en contra de las reglas.
El chico la miró un instante. Ella mantenía una sonrisa burlona en su rostro, aunque daba la sensación de que había algo que la perturbaba. Algo en el interior de su mente que no la dejaba tranquila.
—Supongo que eso es lo que pasa cuando te juntas mucho con alguien como Hermione —comentó en un pésimo intento de hacerle olvidar lo que fuera que la distraía. Ella estuvo a punto de decir algo, pero cerró la boca en el último momento—. ¿Qué pasa?
—Nada —se rió, esta vez con más ganas—. ¿Te estás dando cuenta?
—¿De qué?
—De que estás siguiendo los pasos sin problemas —el chico casi había olvidado que ambos se mantenían en movimiento desde hacía un rato, aunque aquella noche no había música—. Y apenas me has pisado. Buen trabajo.
—¿Una Slytherin reconociendo el mérito de un Gryffindor? Debo estar soñando —bromeó.
—Te equivocas —dijo ella con una actuada arrogancia en la voz. Él arqueó una ceja y esperó a que se explicara. Parkinson se humedeció los labios antes de continuar—. El mérito es todo mío.
—Tengo que darte la razón.
—Siempre la llevo.
Harry tropezó con unas sillas apiladas cerca del final de la clase, lo que hizo que la chica chocara con él y sus cuerpos quedaran completamente pegados el uno al otro. Pudo sentir el paulatino incremento de los latidos de su corazón a medida que pasaban los segundos y permanecían así. La tenue luz de la luna que entraba por las ventanas iluminaba parcialmente su rostro de facciones perfectas, haciendo que su lacio cabello negro brillara más de lo normal. Nunca se había percatado de lo guapa que era, no hasta ese momento. ¿Por qué sentía su garganta seca de repente? ¿Y por qué no se habían separado todavía? Ambos se habían quedado mirándose de una forma extraña, casi embelesados. Sus labios habían empezado a estar demasiado juntos de una forma que no lograba explicar, y aunque el ambiente no le estaba resultando para nada incómodo, no fue hasta que ella cerró los ojos lentamente que cayó en la cuenta de lo inapropiado de la situación. Tragó saliva para deshacer la incómoda sensación de sequedad en la boca antes de separarla de su cuerpo gentilmente, curvando sus labios en una pequeña sonrisa que supo que vio en cuanto volvió a abrir los ojos. La chica tomó aire por la nariz y llenó sus pulmones, vaciándolos luego en lo que pareció más un gesto de derrota que otra cosa.
—Lo siento —dijo él—. Esto no debería haber pasado.
—No te disculpes.
—¿Por qué?
—Porque me haces sentir como la mala —replicó ella de malas maneras—. Como la bruja que… no sé, acosa al chico tímido hasta conseguir robarle un momento íntimo.
Ambos se quedaron en silencio un momento, aunque la pesadez del mismo pronto puso a Harry en la obligación de romperlo.
—Pero tú no quieres hacer eso —en sus palabras había cierta duda implícita. La chica bufó, moviendo las manos en el aire mientras daba un par de pasos más hacia atrás.
—No, claro que no —replicó. Luego caminó hacia la puerta y apuntó su varita en la cerradura antes de murmurar—. No tiene sentido seguir con esta estupidez.
La chica se fue sin mirar atrás, dejándolo solo en la oscuridad de la clase.
Theo estaba especialmente nervioso aquella mañana de jueves. Miraba al profesor como si temiera que considerara que él tenía algo de culpa en lo que estaba a punto de decirle.
—¿Y bien? —dijo el hombre, instándolo a hablar de una vez.
—Quería asegurarme de que anoche Pansy y Potter seguían… infringiendo las normas. Estuve escondido cerca de esa sala durante horas, pero no vi entrar ni salir a ninguno de ellos.
Las fosas nasales de Snape se hicieron más grandes al escuchar esa información. A pesar de no exteriorizar demasiado lo que sentía en ese momento, estaba más que claro que no era nada bueno.
—Deje que yo me ocupe de eso —su voz sonaba tan calmada como siempre, pero Theo no podía evitar sentir la amenaza que acompañaba a sus palabras—. ¿Hay algo más que quiera decirme?
—No profesor.
—Entonces ya puede irse —replicó—. Pero asegúrese de volver a mi despacho después de la cena.
Una lechuza sobrevoló sus cabezas cuando estaban a punto de abandonar el campamento para iniciar una caminata aquella mañana. Dio un par de vueltas en el aire antes de descender y posarse en el hombro de Paul, cuyo rebote debido al asombro no asustó en lo más mínimo al animal. El hombre se relajó cuando se percató de que llevaba una carta en el pico con el reverso sellado con cera roja y el emblema de Hogwarts. En cuanto la tuvo en sus manos el ave volvió a emprender el vuelo, alejándose y desapareciendo por entre las copas de los árboles.
La inesperada llegada de esa carta hizo que los chicos se acercaran con curiosidad. Los gemelos hasta parecían haber parado de hacer trastadas por un momento. Draco se tensó un poco al sentir el calor que irradiaba el brazo de Granger contra el suyo.
—Estimado Paul —empezó a leer el monitor tras abrirla y desplegarla—. Debo comunicarle la decisión del Ministerio de incluir a los padres de los alumnos en la iniciativa que estamos llevado a cabo contra la discriminación a las personas no mágicas. Los señores Malfoy, Granger y Montgomery se aparecerán en el claro donde os encontráis mañana. Ellos también deben participar en las actividades que realicéis durante el día, ya que el objetivo principal de esta iniciativa es la de concienciar al mayor número de personas. Reciba un cordial saludo. Albus Dumbledore.
Todos se quedaron en silencio, analizando las palabras que tan pulcramente había escrito el director en ese pergamino.
—Eso va a ser interesante —comentó la chica después de unos segundos. Luego le dedicó una sonrisa ladeada a Draco, a quien había encontrado con la vista fija en ella tras su comentario.
Harry y Ron se separaron cuando llegaron a los terrenos del castillo. El pelirrojo se dirigió a la zona destinada a la fotografía y Harry a la habilitada para el fútbol. Parkinson ya estaba allí, pero al contrario de como solía hacer, esa vez no hablaba con nadie. Simplemente se mantenía ahí, cruzada de brazos y esperando las órdenes de la entrenadora para empezar el calentamiento. El chico no pudo evitar preguntarse si su comportamiento de aquel día tendría algo que ver con lo ocurrido la noche anterior. Supo que había hecho algo mal en cuanto sus ojos enfocaron la expresión de la chica en aquella aula vacía, el problema era que no sabía cuál había sido el problema… y a juzgar por como lo estaba mirando ahora sus clases particulares de baile acababan de cancelarse.
No entendía por qué su estómago se revolvía con aquella idea, pero lo cierto era que un agudo y punzante dolor había empezado a hacer acto de presencia en su interior. ¿Por qué sentía esa extraña sensación de vacío al pensar que no volvería a tocarla? No se suponía que debiera importarle demasiado, pero… al parecer sí que lo hacía.
Harry dio un par de saltos en el sitio, preparado para empezar a correr y despejar la mente. Era ridículo seguir dándole vueltas a algo así, por lo que el pitido del silbato nunca le sonó mejor. Al fin podía liberarse de esos pensamientos al poner toda su atención en otra cosa.
Aquel día hacía calor, demasiado para tratarse de un lugar tan frío y húmedo como Escocia. El sol brillaba con fuerza de una manera un tanto asfixiante mientras corrían alrededor del campo. Harry había empezado a sentir cómo la camiseta se pegaba a su torso debido al sudor que experimentaba en todo su cuerpo. Mantener el ritmo bajo esas condiciones estaba resultando más difícil de lo que había pensado, pero la monitora pronto los dejó descansar unos minutos.
—Eso es, bebed agua y recuperaos —ordenó, dando unas palmadas con las manos—. En breve daré comienzo al partido entre Gryffindor y Slytherin. Es el último que haremos en la semana, así que disfrutadlo mientras dure.
Harry aprovechó para echarse un poco de agua por la cara en ese momento. El sofoco de todos en ese caluroso día era más que evidente, pero ni el sol ni sus efectos iban a parar a Parkinson. Lo supo al mirar a la chica a través del campo. Sabía que era competitiva, había jugado partidos de Quidditch contra ella en incontables ocasiones, pero aquella vez era diferente. Sus ojos se mostraban más fieros y determinados que nunca. Su pecho subía y bajaba más rápido de lo normal. Era como si ella también necesitara que la adrenalina le hiciera olvidar aquello en lo que no paraba de pensar.
Y entonces Jennifer hizo sonar su silbato para dar comienzo al partido. La primera jugada la empezó Seamus, quien logró esquivar a un par de chicos del equipo contrario antes de pasarle la pelota a Harry con más precisión de la esperada. Harry se hizo con ella y siguió corriendo campo a través. Los rivales no eran demasiado diestros en ese deporte, por lo que deshacerse de ellos le estaba resultando realmente fácil. La portería ya estaba cerca, una Slytherin de cabellos dorados se frotaba las manos con esos enormes guantes puestos mientras se preparaba para su remate… pero alguien que acababa de alcanzarlo empezó a correr justo a su lado. En el segundo en el que Harry se distrajo al oler su perfume, Parkinson chocó hombro con hombro y logró desestabilizarlo lo suficiente como para robarle el balón. Ya estaba corriendo en sentido contrario cuando él llegó a su altura y decidió meter el pie para desviar la pelota a una chica de su equipo, pero la maniobra no resultó ser la esperada. Parkinson tropezó, y aunque trató de poner las manos en el césped, terminó dándose de bruces contra el suelo.
—¿Estás bien? —preguntó Harry con apremio, pero en lugar de responder a su pregunta, Parkinson se dio la vuelta y le propinó una inesperada patada en la espinilla desde el suelo. Él reprimió un grito y se llevó las manos al epicentro de aquel repentino dolor, comprobando así que los tacos de sus zapatos habían logrado rasparle lo suficiente la piel como para que empezaran a salirle unas pequeñas gotitas de sangre.
La entrenadora llegó trotando hasta allí, metiéndose la mano en un pequeño bolsillo que había en el pecho de su camiseta. Alzó una tarjeta roja y dio un pitido más.
—Es la primera tarjeta roja que saco en toda la semana, y espero que sea la última —le dijo a la chica, quien la miraba con una mezcla de autosuficiencia y asco en el rostro—. Mi marido me había contado algo sobre la rivalidad entre los Slytherins y los Gryffindors, pero no pensé que sería tan evidente. Vamos, levántate del suelo.
La mujer evaluó un momento la herida que la chica presentaba en su pómulo antes de suspirar y añadir:
»No tiene buena pinta. Deberías ir a la enfermería a que te lo miren cuanto antes.
—Yo iré con ella —se ofreció Nott.
—Está bien, acompáñala. Los demás, ¡seguimos el partido!
Harry se frotó de nuevo la espinilla para quitarse el exceso de sangre antes de seguirla con la mirada hasta que el silbato sonó de nuevo.
Theo sonreía mientras la veía caminar unos metros por delante de él. Solo se había ofrecido a acompañarla porque era consciente de que su sola presencia la pondría de los nervios, y todos en Slytherin sabían que un objetivo desmoralizado era una presa mucho más fácil.
—Por ahí no se va a la enfermería —se burló el chico al ver que se desviaba a las mazmorras.
—No pienso ir a la dichosa enfermería —respondió ella de mala manera.
—Pero Pansy, esa herida se ve realmente mal.
—¡No intentes fingir que no haces esto por ti mismo! —le gritó, girándose hacia él y poniendo una mueca al comprobar que se estaba riendo.
Sabía bien que debía estar conteniéndose mucho para no darle una bofetada. Alguien como ella siempre se hacía valer ante los demás, aunque esa vez parecía tener cierto recelo de las consecuencias.
—Yo nunca haría nada que pudiera lastimarte —dijo Theo con tono burlón, decidido a terminar de sacarla de sus casillas—. Ni siquiera aunque eso me favoreciera, amiga mía.
Pudo distinguir un "vete al infierno" justo antes de que aquel empujón lograra hacerle dar un par de pasos hacia atrás, pero esto no hizo que perdiera la sonrisa de su rostro.
—¿Qué está pasando aquí?
El profesor Snape apareció tras ellos con pasos silenciosos y semblante serio. Los miraba desde arriba como si los estuviera juzgando internamente.
—Profesor… es ella, que no quiere ir a la enfermería —se adelantó el chico.
—¿Por qué tendría que ir la señorita Parkinson a la enfermería?
Los dos dirigieron sus miradas hacia ella, quien de repente había fijado la vista en sus zapatos y dejado que su cabello formara una cortina entre ellos.
—Se ha caído mientras jugábamos un partido y se ha hecho una herida en la cara.
—¿Cómo de mal tiene que estar una herida para que manden a alguien a la enfermería? —preguntó el hombre, aunque ambos sabían que en realidad no esperaba una respuesta—. Déjeme verla.
Pansy se movió tan rápido que dejó al descubierto la raja que había aparecido en su rostro en un pestañeo. La sangre se deslizaba por su mejilla y goteaba desde su barbilla hasta sus pies. A pesar de estar frente al profesor, su cabeza miraba hacia la derecha, sus ojos fijos en la pared del final del pasillo.
»Vaya, sí que ha debido tener usted una caída bastante dura… ¿Le duele?
Sus palabras se quedaron en el aire unos segundos, el tiempo suficiente para que Pansy respirara profundamente y negara débilmente con la cabeza. Fue un movimiento tan fugaz que cualquiera lo habría confundido con un espasmo.
»¿Le duele? —insistió el profesor—. ¿Sí o no?
—No —respondió ella en voz alta.
—¿Es que sus padres no le enseñaron que cuando se habla con alguien se le mira a los ojos?
Theo observó con curiosidad cómo algo dentro de ella estallaba de rabia. Los cerró un momento, con el rostro lleno de frustración, antes de volver a abrirlos y mirar al profesor. Se mantuvieron la mirada lo que pareció una eternidad, un silencio incómodo los arropó hasta que Snape apretó un poco los labios y se dio media vuelta.
»Asegúrese de que vaya a la enfermería, Nott.
Cuando el profesor giró la esquina y volvieron a quedarse solos, Theo agarró su brazo para obligarla a volver sobre sus pasos. Pansy se soltó con un ágil movimiento y le enseñó los dientes antes de acercarse a él para susurrarle algo.
—No pienses que no voy a jugar mis cartas lo mejor que pueda, amigo.
Y con el desprecio de esa última palabra todavía en el ambiente, Pansy echó a caminar hacia la enfermería.
Draco no dejaba de darle vueltas a lo que Granger le había dicho la mañana anterior. Ni siquiera estaba escuchando el tostón que Paul les estaba soltando sobre los beneficios de caminar al aire libre. No, eso no le importaba una mierda. Lo único que rondaba su cabeza en aquel momento eran ella y su habilidad para confundirlo. ¿A qué se había referido con ese "a menos que tú quieras"? ¿Es que si fuera por ella lo que pasó aquella noche hubiera llegado a más? ¿A cuánto más? ¿Cuál era el límite para Granger?
¿Y para él? Lo cierto era que solo por el simple hecho de estar pensando en ello ya estaba sobrepasando la barrera de lo indecente, pero… ¿por qué no podía parar?
La odiaba, la detestaba con toda su alma… pero al mismo tiempo no podía sacar de su cabeza la visión de su cuerpo desnudo, y él se conocía lo suficiente como para saber que si seguía dejando que ese tema le obsesionara tanto terminaría cayendo en la tentación.
La miró de reojo mientras conversaba con el hombre animadamente. Él no iba a buscar que pasara, pero si seguía provocándole así seguramente consiguiera llevarlo a su terreno. ¡Maldición! Al fin y al cabo él era de carne y hueso… y podía resistir hasta cierto punto. El problema estaba en que no sabía cómo de fuerte era su intención de hacerlo caer, y aunque la idea de que ella consiguiera redimirlo le provocaba una gran ira y un incontrolable malestar, una minúscula parte en algún lugar de su cerebro deseaba que se mantuviera persistente en su cometido.
Theo llamó a la puerta de su despacho después de la cena, tal y como el profesor le había pedido por la mañana. Tras escuchar un simple "adelante", el chico abrió la puerta y pasó a la habitación.
—Profesor —saludó.
El hombre se encontraba colocando un libro en la estantería del fondo. Se dio la vuelta lentamente y empezó a caminar hasta su escritorio, quedándose de pie junto a él al llegar.
—Confío en que llevó a la señorita Parkinson a la enfermería.
—Sí.
—¿Y cómo se encuentra?
—La señora Promfrey le cerró la herida en pocos minutos.
—Bien —dijo el profesor, acariciando distraídamente el respaldo de su silla—. ¿Conoce el aula abandonada del tercer piso?
Theo asintió con la cabeza a pesar de que el repentino cambio de tema le había dejado un poco descolocado.
—Creo que sí, profesor.
—Estupendo.
—Perdone, pero… ¿por qué lo pregunta?
El hombre finalmente se sentó en la silla y entrelazó los dedos sobre el escritorio.
—Porque me consta que la señorita Parkinson y el señor Potter han hecho de ese su nuevo punto de encuentro. Sin embargo, y teniendo en cuenta que su compañera se ha mostrado un tanto… agresiva con ese chico durante el partido de hoy, creo que sería conveniente que fuera a comprobar que ambos siguen viéndose a escondidas —comentó, casi con desgana—. No queremos hacerle perder el tiempo a la señora Malfoy, ¿verdad?
Theo se preguntó en qué momento se había enterado del pequeño altercado entre ambos, o peor aún, del aula que supuestamente usaban ahora para verse. Pero había algo en el tono de su voz que disuadió al chico de preguntar cómo había obtenido esa información. Tendría que aceptar que se había enterado de una u otra forma. Por el interés que había puesto en todo aquello daba la sensación de que ansiaba darle un escarmiento a la chica tanto como él.
»Quiero que vaya esta noche al aula que he mencionado antes —ordenó—. Compruebe que está todo en orden y vuelva aquí mañana por la mañana. Su compañera está teniendo una actitud nada digna de una Slytherin, necesita un poco de disciplina y usted va a ayudarme a proporcionársela.
Draco se había tumbado en aquella sábana a regañadientes. Paul les había pedido que lo hicieran de tal forma que sus cabezas formaran la circunferencia de un círculo y ahora lo tenía a él a un lado y a Granger al otro. Todos miraban al cielo, esperando que terminara de oscurecer lo suficiente como para poder ver las estrellas.
—No debe tardar mucho —aseguró el hombre.
Milagrosamente, los gemelos habían terminado quedándose dormidos con la suave y agradable brisa que soplaba aquella noche. Cuando el cielo finalmente empezó a llenarse de brillantes estrellas, Draco sintió un repentino y superficial roce de dedos contra el dorso de su mano. Giró un poco la cabeza para ver a Granger con confusión, pero ella no parecía inmutarse ni un poco con su escrutinio.
»Ahora como os he enseñado —susurró Paul, levantando el brazo y señalando a un punto sobre sus cabezas—. ¿Veis la Estrella Polar?
Draco no veía una mierda. Era la primera vez en toda su vida que trataba de encontrar las constelaciones, y en realidad no estaba teniendo mucho éxito. El cielo estaba repleto de estrellas, el claro en el que se encontraban dejaba al descubierto miles de ellas que brillaban con diferente intensidad. Escuchó a Granger contener la respiración por unos segundos.
—La veo —dijo ella, también en un susurro—. Es hermosa.
Draco cerró los ojos y exhaló el aire de sus pulmones sin hacer ruido. Tenía que calmarse, ahora su ridículo corazón parecía retorcerse en su interior con su sola y estúpida proximidad.
Harry subía las escaleras junto a Ron para ir a su sala común. El día le había resultado tan largo que lo único en lo que pensaba era en meterse en la cama y dejar que su cuerpo descansara hasta la mañana siguiente… pero ver a Parkinson apoyada en la pared junto al retrato de la señora gorda le hizo entender que quizá las cosas serían diferentes aquella noche.
La chica parecía seguir enfadada con él, pero por alguna razón que escapaba a su entendimiento había ido a buscarlo hasta su sala común. Ron hizo una mueca de confusión y lo miró en busca de respuestas, sin saber muy bien si debía quedarse allí o arrastrar a su amigo adentro para librarlo de ella.
—Ahora entro —le dijo, esperando que no hiciera preguntas al respecto. De todos modos no hubiera sabido responderlas.
Ron pareció mostrarse reacio a irse sin él, seguramente debido a lo extraño que resultaba que alguien como Parkinson lo estuviera buscando a esas horas, pero después de un momento bastante incómodo en el que ninguno dijo nada y los tres se miraron entre ellos, decidió desaparecer por el retrato.
Ella se mantuvo en silencio unos segundos más, los suficientes como para que al chico le diera tiempo a darse cuenta de algo que había cambiado en su rostro. Había aparecido una delgada cicatriz que atravesaba su pómulo, un poco enrojecido. Era casi imperceptible, pero el reflejo de la herida se hacía levemente visible cuando movía la cabeza.
—Necesito que vengas conmigo —espetó.
Estas bruscas palabras sacaron a Harry de sus cavilaciones. Volvió a mirarla a los ojos, esta vez entrecerrando los suyos.
—¿A dónde?
—Al mismo sitio que ayer —respondió con impaciencia.
—Pensé que…
—¿Vas a venir o no? —le interrumpió.
—¿Puedo negarme?
—En realidad no.
—Pues vamos.
Ambos emprendieron el camino en silencio, dejando una distancia prudencial entre ellos ya que todavía quedaban alumnos merodeando por los pasillos. Harry abrió la puerta y se hizo a un lado para dejarla pasar. Ella ni siquiera se dignó a mirarlo al entrar, se dirigió a una vieja mesa y se sentó encima mientras él hechizaba la puerta para asegurarles intimidad.
—Nadie va a pillarnos agarrados de la cintura, no esta noche.
—Creí que de todas formas no sería conveniente que nos encontraran juntos en una habitación oscura —dijo él, encogiéndose de hombros—. Podría malinterpretarse fácilmente.
—Ya.
—Por cierto, ¿vas a decirme por qué estamos aquí si no tienes intención de seguir ayudándome a practicar?
—No —sus respuestas eran tan cortantes que hicieron que Harry se decidiera a ir un poco más allá. Sentía que necesitaba aclarar algunas cosas con ella.
—De acuerdo… Escucha, sé que estás enfadada, pero lo que pasó…
—No esperes que me disculpe. Te merecías la patada —dijo con rotundidad antes de señalarse la cicatriz en su pómulo—. ¿Ves esto? Es por tu culpa.
—Está bien. Lo siento, no pretendía hacerte daño al entrarte de ese modo… pero de todas formas no era eso a lo que me refería… y aunque lo hubiera sido, no hubiera esperado que te disculparas.
—¿A qué te referías entonces?
—A lo de ayer.
Los huesos de sus dedos crujieron al aferrarse con fuerza al borde de aquella mesa.
—No sé de qué hablas.
—Yo creo que en realidad sí… —Harry dio unos pasos en su dirección, lentamente y sin apartar la mirada de la suya. Había algo que quería preguntarle, algo en lo que había pensado la mayor parte de la noche. Pero quería tomarse su tiempo para elegir las palabras adecuadas, nunca se sabía lo que podía pasar con alguien como Parkinson—. Cuando dijiste eso de "no tiene sentido seguir con esta estupidez", ¿qué quisiste decir en realidad?
La chica entrecerró los ojos. La noche estaba terminando de caer y la poca luz que quedaba en ese momento se estaba yendo con ella.
—No vas a dejarlo pasar, ¿verdad?
—Simplemente siento curiosidad. Fuiste tú la que se ofreció a ayudarme con esto.
—No me estaba refiriendo al baile cuando lo dije —confesó.
El desconcierto de Harry era evidente.
—¿Entonces?
—No deberías querer saberlo todo, Potter. A veces uno vive más feliz en la ignorancia.
—Pues ese uno no soy yo.
El Gryffindor tuvo que enfocar los ojos para apreciar la media sonrisa que había aparecido en su rostro. Extrañamente la prefería así, con su sonrisa sarcástica y su expresión arrogante. Si tenía que elegir, se inclinaba por eso en lugar de por la Parkinson enfadada.
—Mentí cuando dije que estaba tratando de ser mejor persona —dijo con altanería—. No intento hacer mi buena acción del año contigo, Potter. Lo único que quería con esto era conseguir algo a cambio, pero ya ves. Me he cansado de intentarlo.
El corazón de Harry empezó a acelerarse sin previo aviso. Había algo en su confesión que no terminaba de entender… o quizás sí y no quería verlo. Había pensado en ello, no podía negarlo, pero jamás creyó que pudiera ser cierto. Iba a arrepentirse de preguntar, pero no podía quedarse con la duda.
—¿Y qué querías conseguir?
—Créeme, no quieres saberlo.
Ella miró hacia otro lado en ese momento, dejando a la vista la cicatriz que quedaba de la herida de aquella mañana. Era extraño, pero saber que le había hecho daño, aunque hubiera sido de manera involuntaria, despertaba en él un sentimiento esclarecedor. Porque quería posar sus dedos allí, acariciar la piel de su mejilla hasta sanar el dolor. Y tal vez después recogerle el pelo detrás de la oreja. Sí, quería hacerlo. Y seguía queriendo hacerlo incluso después de ser consciente de que no era lo correcto. Sabía que estaba prometida, y con un hombre que conocía bien. De todos modos no era el mejor dándose cuenta de las cosas, no cuando a mujeres se refería… pero si había entendido el trasfondo de sus palabras y ella estaba buscando en él algo diferente a una extraña amistad, entonces, tal vez…
—Créeme, sí que quiero —dijo sin vacilar.
Parkinson movió la cabeza lentamente para volver a mirarlo. Parecía intentar valorar si realmente era consciente de sus palabras y lo que podría conllevar. Se miraron fijamente y en silencio unos largos segundos. Ya no quedaba rastro de enfado en su rostro, ahora solo podía ver lo que parecía ser un atisbo de una creciente excitación en sus ojos, aunque no podía estar del todo seguro debido a la oscuridad.
No se dio cuenta de la proximidad entre ellos hasta que la chica saltó de la mesa y pegó los labios a los suyos. Su cuerpo se tensó involuntariamente al principio, pero la suavidad de aquel beso hizo que se fuera relajando hasta el punto de que incluso se permitió cerrar los ojos y olvidarse del bien y del mal. En ese momento solo había cabida para el placer, ya se arrepentirían de ello mañana. Si es que lo hacían.
Harry rodeó su cintura con los brazos y ella se pegó un poco más a él. Sus manos se movían en su cabello como si llevara años soñando con ello, como si por fin se le permitiera saborear el caramelo que tanto tiempo había anhelado probar. Su aliento era fresco y dulce a la vez, sus labios suaves y su piel ardiente. Se notaba a leguas que era ella la que marcaba el ritmo, que iba incrementando con el paso de los segundos. Su lengua saboreaba su boca con apremio, como si temiera que fuera a quedarse sin tiempo de un momento a otro. O como si creyera que fuera a despertar de un sueño. Pero él estaba ahí, y no iba a irse hasta que ella así lo quisiera. Porque en realidad le estaba gustando, y lo sabía. Porque era la vez que más excitado se había sentido con una chica, y que fuera de Slytherin solo aumentaba el morbo. Era tan descabellado que le encantaba, y esa era una faceta que no conocía de sí mismo.
Ambos estaban a punto de empezar a hiperventilar cuando se separaron un poco para tomar aire. Harry aprovechó para alzar el pulgar y presionar suavemente el lugar de la cicatriz. La chica giró la cabeza para besar la palma de su mano.
—Apuesto a que ni siquiera sabías que querías esto —le susurró ella.
Su aliento provocó que el vello de la nuca se le erizara. O quizás habían sido esas contundentes palabras, que le habían hecho entender algo que había estado pasando por alto todo el tiempo.
¿Me dejas un review? :P
Cristy.
