los personajes de esta historia no me perteneces son creacion de Rumiko Takahashi, la historia tampoco me pertenece solo la adapto a inuyasha (no hay fines de lucro en esta historia):D


§:§:§:§Capitulo 11 §:§:§

Inuyasha se puso de pie y sacó una caja de pañuelos de papel del cajón de la mesilla. Le dio uno sin mediar palabra, y se quedó allí delante de ella, observando cómo se enjugaba las lágrimas.

Era sin duda la imagen de la miseria. El corazón le dio un vuelco de compasión. Sabía exactamente lo que ella estaba sintiendo. El también sentía gran pesar por la confusión de cinco años atrás, por los años desperdiciados.

Pero enseguida se dijo que llorar sobre mojado era una estupidez. Sólo el futuro importaba. En cuanto Kaguya estuviera de vuelta en Sevilla tendría todo el tiempo del mundo para convencer a la adorada, delicada y maravillosa criatura que amaba más que a su vida y a quien quería pedirle que se casara con él. ¡Se arrodillaría y le suplicaría si fuera necesario! Pero hasta entonces...

-¿Te acuerdas cómo te pidió Rin que te marcharas? -le preguntó con brusquedad. Era algo que seguía confundiéndolo. El servicio no tenía la costumbre de decirle a los invitados lo que tenían que hacer.

Los pensamientos de Kagome seguían insistiéndole sobre el modo en que su horrible comportamiento había ahuyentado a aquel hombre maravilloso. No sólo el comportamiento de cinco años atrás, sino también el de esa mañana. Era orgulloso y honorable, y no se complacería con la idea de que ella le hubiera tomado en primer lugar por un gigoló, y en segundo lugar por un marido infiel. La noche anterior había estado segura de que él la quería, de que podrían dejar atrás el pasado y empezar de nuevo. En ese momento él sin duda la despreciaría, o pensaría que estaba totalmente loca. Seguramente estaría deseando que se marchara.

-¿No te acuerdas? -le preguntó Inuyasha en tono decididamente brusco.

Kagome se estremeció. Ya no le quedaba paciencia con ella, y la verdad no podía culparlo.

-Ah, eso.

Recordó su pregunta y murmuró casi palabra por palabra lo que Rin le había dicho; entonces lanzó un gemido entrecortado cuando él le puso las manos en la cintura y la levantó.

- Rin tiene algunas dificultades con el inglés. Le pedí que nos llevara café y coñac, y que se asegurara de que nadie nos interrumpiera; también le pedí que se disculpara de mi parte contigo. Necesitaba tiempo para calmar a Kaguya y para contactar con Miyatsu. Su intención no fue decirte que salieras de la casa.

Kagome asintió mientras con desconsuelo se daba cuenta de la facilidad con que se habían liado las cosas, y de que eso mismo no había hecho sino separarla del hombre que amaba.

-De acuerdo -dijo Inuyasha en tono rotundo.

Por primera vez en su vida, Inuyasha pensó que le habría gustado que su hermana no hubiera hecho lo mismo que llevaba toda la vida haciendo: correr a buscarlo cada vez que tenía un problema. Quería que se marchara para poder convencer a Kagome para que se casara con él.

-Vamos a arreglarte un poco; después ve a hacerle compañía a Kaguya -le retiró el cabello de la cara con gesto impersonal-. Miyatsu está de camino hacia aquí. Se trae a uno de sus ayudantes para que se lleve el coche de mi hermana. Se niega a dejar que conduzca cuando está tan histérica, cosa que le ocurre muy a menudo -reconoció en tono seco-. O bien está loca de contento, o bien, hundida en la miseria.

Apretó los labios mientras le entremetía el borde de la camiseta por debajo de la falda. ¡Dios! El roce de su piel lo escaldaba. Le resultó muy difícil aguantar las ganas de besarla ardientemente, pero al final lo consiguió. Ya lo compensaría más tarde, cuando estuvieran a solas. Kagome notó que comprimía aquellos labios carnosos y sensuales; Inuyasha no había reaccionado en modo alguno al breve momento de intimidad que se había generado entre ellos. Se mordió el labio inferior para no echarse a llorar. La magia que habían recuperado la noche anterior había desaparecido claramente, y se veía que estaba perdida para siempre.

- Mientras tanto, no nos vendría mal desayunar a todos.

Hizo un gesto seco en dirección a la puerta para indicarle que pasara delante. Sin querer su mirada se fijó inmediatamente en el suave bamboleo de sus caderas al salir del dormitorio. En parte deseaba abrazarla y abrirle el corazón, confesarle que no sería capaz de dormir a gusto hasta que ella no le diera su palabra de que pasaría con él el resto de sus días.

Pero la parte más sensata de él le insistió en que necesitaría más que unos momentos apresurados para convencerla de que, a pesar de sus sórdidos y vergonzosos intentos de venganza, la amaba de verdad.

Se encontraron a Kaguya tendida en una hamaca acolchada de la soleada terraza.

Cuando la sombra de Inuyasha la alcanzó, entreabrió sus ojos oscuros y adormilados.

-¡Tengo mucha hambre! -dijo Kaguya en Italiano.

-Habla en inglés, querida. Tenemos una invitada.

No se podía negar el afecto en el tono de voz de Inuyasha; un tono totalmente distinto al que había utilizado al hablar con ella.

-Todos tenemos hambre; hemos aplazado demasiado el desayuno -dijo con suave reproche mientras le daba la mano a su hermana para que se pusiera de pie - Kaguya, te presento a Kagome Higurashi -añadió en tono afable mientras sonreía a su hermana.

Kagome, que inmediatamente sintió como si sobrara, sonrió a Kaguya. La hermana de Inuyasha ya no estaba enfadada; tan sólo percibió una expresión cálida y curiosa en su rostro vivaz.

-¡Hola! Lo siento -dijo en Italiano -. Se me olvidaba; nada de Italiano. Eres inglesa, ¿no? -agarró del brazo a su hermano y miró a Kagome con cordialidad-. Ya veo lo misterioso que eres, hermano, para ocultar aquí a tu invitada, lejos de las miradas curiosas.

Sus ojos sensuales, brillantes y picaros se encontraron con los de Lisa.

-Cuéntame: ¿cómo lo has hecho? Inuyasha pasa tanto de las mujeres que da pena. Es maravilloso ver que puede llegar a ser humano, como el resto. Dime: ¿mi hermano es picarón?

- El padre de Kagome es un nuevo socio de negocios. Ella es parte de la misma empresa -la interrumpió Inuyasha en tono tajante-. Has dicho que tenías hambre, ¿no? -añadió, dejando a un lado la conversación-. ¿Así que por qué no comemos algo?

Si Kaguya se olía algún romance, no dejaría de darle la tabarra. Las escandalosas e incesantes preguntas cuando la había invitado a Matera a conocer a su futura prometida habían puesto a prueba su paciencia. Kagome y él tenían primero que arreglar sus asuntos. Y necesitaban hacerlo a solas.

-Ah, sólo negocios -manifestó Kaguya con pesar mientras Inuyasha la conducía hacia la casa-. Qué cosa más aburrida.

Kagome los siguió con dificultad. Inuyasha estaba apartándola de su vida, eso le quedaba claro. ¿Pero qué se podía esperar después de las acusaciones que había lanzado contra él? Su orgullo Italiano no olvidaría aquellos insultos a su integridad.

Ese día se había despertado feliz, segura de que podría reclamar la dicha y el amor que ambos habían creído perdido. Ya no podrían ir a disfrutar de estar juntos en la cala que le había mencionado, ni harían el amor, ni hablarían, ni descubriría si de verdad él seguía enamorado de ella.

Se sintió deprimida, y ni siquiera el sol de Italia que le calentaba la espalda consiguió derretir el hielo que empezaba envolverle el corazón. Si él había empezado a creer que todavía existía algo muy especial entre ellos dos, entonces sin duda había puesto fin a ese pensamiento cuando ella le había dicho aquellas cosas tan horribles. Al menos eso era lo que pensaba en ese momento; y lo malo era que no podía preguntárselo estando Kaguya delante.

Kagome siguió a los otros dos y se sentó a la mesa del pequeño salón, donde Rosa había llevado huevos revueltos con champiñones, bollos de pan con distintas mermeladas y siropes para untar, jamón serrano, tomates de la tierra, queso y anchoas.

-¡Me muero de hambre! -declaró Kaguya con teatralidad mientras desdoblaba con una fioritura su servilleta almidonada-. Culpa mía, por supuesto. No era capaz de comer nada pensando que mi querido Miyatsu estaba engañándome con otra. ¿Cómo he podido ser tan tonta? Va a estar muy enfadado conmigo. ¡Qué horror!

Kagome decidió que lo que le había pasado era culpa suya y que claramente Inuyasha se había lavado las manos, así que aspiró hondo y decidió participar en la conversación.

-¿A qué hora esperas a tu marido, Kaguya?

Supuso que Inuyasha permanecería educado aunque distante con ella hasta que estuvieran solos, para después arreglarlo y que ella se marchara lo más rápidamente posible.

-¿Inuyasha? -dijo Kaguya, que se había comido ya los huevos y estaba en ese momento colocando lonchas de jamón para hacerse un bocadillo-. ¿Qué te parece? ¿A media tarde?

-Tal vez más temprano.

¡Dios! Cuanto más temprano, mejor. De haber estado más sereno antes, le habría dicho a Miyatsu que él mismo hubiera podido llevar a su mujer de vuelta a Sevilla. Al menos así habría estado haciendo algo en lugar de esperar. Y encima debía tener cuidado de no mirar a Kagome, porque cuando lo hacía le entraban ganas de abrazarla y besarla hasta que ella accediera a ser su esposa. De haber llevado a su hermana a Sevilla, al menos podría haberle insistido en que lo acompañara y no darle la oportunidad de marcharse, como parecía que había estado a punto de hacer.

Retiró su silla y se puso de pie con cara de pocos amigos. Kaguya se limpió la boca con la servilleta.

-¿Estás de mal humor? ¿Te estoy molestando? Dímelo, por favor -ladeó la cabeza con coquetería mientras su sonrisa parecía decir que no creía que nadie pudiera tenerla como una molestia-. Si Kagome y tú queréis celebrar vuestra reunión de negocios o lo que sea, adelante, por favor. ¡Si es confidencial no fisgaré!

-Mi conversación con Kagome puede esperar -le contestó en tono seco.

La sugerencia de su hermana, como llevarse a Kagome a una reunión de negocios simulada en la biblioteca, le resultó más que tentadora. Pero no confiaba en Kaguya, que era cotilla y se aburría con facilidad, y sabía que en cualquier momento sería capaz de entrar y sorprenderlos. Seguramente en el momento más crítico. De modo que tendría que controlar su impaciencia, apretar los dientes y esperar.

-Le pediré a Rin que prepare café y lo saque al patio. Yo iré con vosotras en unos minutos.

Kagome observó su paso suave, el ángulo altivo de su rostro apuesto mientras salía de la habitación, y sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Sabía qué forma tomaría la conversación que había mencionado.

¿Pero aceptaría sus disculpas sinceras? Seguramente. Con cortesía fría y formal. Pero ni todas las súplicas y disculpas del mundo podrían cambiar nada. El daño estaba hecho. Su actitud hacia ella, el modo en que se negaba incluso a mirarla, era prueba de ello. -¡Uf! -Kaguya se tocó el estómago-. ¡He comido tanto que voy a estallar! ¿Hacemos lo que nos ha dicho?

Agarró del brazo a Kagome cuando las dos se levantaron para salir al patio. Kagome sabía que en otras circunstancias habría disfrutado mucho de la animada compañía de aquella mujer. Incluso podrían haberse hecho buenas amigas.

Se detuvieron un momento junto a la fuente central, donde el agua salpicaba la pila de piedra, y Kaguya metió los dedos en el agua fresca.

-Siempre le digo a Inuyasha que ponga una piscina aquí. Al menos habría algo que hacer -dijo mientras encogía sus hombros elegantes-. Pero él siempre me dice que algo moderno como una piscina no encajaría en el ambiente de este lugar.

-Creo que tiene razón -opinó Kagome en tono amable-. Este lugar tiene un aire tan antiguo. Sería una pena estropearlo.

-¡Entonces Inuyasha debe de tener razón cuando dice que soy una inculta! -sonrió sin arrepentimiento-. Pero, por supuesto, tiene una piscina en su casa de Jerez. Me sorprende que no te invitara allí para reuniros; o que no te llevara a un hotel, a uno de los de la familia, naturalmente, como suele hacer con sus contactos de negocios.

En los ojos oscuros de Kaguya brillaba un brillo irónico, pero Kagome consiguió encogerse de hombros como si no entendiera lo que quería decir la hermana de Inuyasha. Estaba claro que dudaba de lo que le había dicho su hermano: que la presencia de Kagome en aquel lugar bello y aislado sólo tenía que ver con la empresa de su padre.

De pronto el murmullo del agua se volvió ensordecedor; el sol parecía abrasarle la cabeza; los adoquines le dieron la sensación de que se desplazaban bajo sus pies y el aroma de las flores le pareció de pronto demasiado embriagador. Kagome levantó la cabeza y se llevó la mano a la sien. Se sentía mareada; sin duda debía de haberse obligado a desayunar algo.

-¿Ah, está prometida en matrimonio?

¿Lo había dicho con decepción? Sin duda no era posible. Tenía que estar imaginándoselo. Kagome frunció el ceño mientras la otra chica le tomaba la mano y examinaba el anillo de Koga. Se había olvidado de que lo llevaba puesto. En nada se parecía a la enorme esmeralda que Kaguya lucía junto a su anillo de casada.

-¿Entonces cuándo será el gran día? ¿Te vas a casar pronto? ¿Con un inglés en tu país? ¿O con otra persona, con alguien que yo conozca? -le preguntó la Italiana con curiosidad.

-¿Cómo?

Kagome se sentía de pronto aturdida, incapaz de llevar una conversación normal; tenía un dolor de cabeza de proporciones astronómicas.

-¿Te vas a casar pronto con un inglés? -insistió Kaguya. En ese momento apareció Rin por la puerta del extremo del patio con una bandeja con café recién hecho.

-Sí -afirmó Kagome con toda la firmeza que le fue posible, dado lo mal que se sentía, temblorosa, débil y con aquellos latidos que le taladraban la cabeza.

Era una mentirijilla, por supuesto, pero cortaría de raíz la tirada de preguntas inquisitivas. Si le decía que no, tendría que darle más explicaciones sobre el compromiso roto, y no tenía ninguna gana de hacerlo en ese momento. Se dijo con tristeza que jamás quería volver a hablarle a nadie de nada.

-Ponte a la sombra -le ordeno Inuyasha, que apareció en ese momento, en tono tenso.

Al oírlo tan cerca de ella, Kagome pegó un respingo.


creo que esta un poquito corto... lo siento