Disclamer: los personajes son de la fantástica Stephenie Meyer y la historia es completamente mía.
Capítulo 11
Se guardó las lágrimas en el fondo del alma, ya las desperdiciaría más tarde.
-¡No puede ser! ¿Cómo es que has llegado sin avisarme?
Jasper rió y volvió a hacerla girar en el aire por segunda vez.
-Mi carta no te ha llegado. Eso es una pena.
-Estoy segura. No sabes cuánto me alegro de que estés aquí.
-Lo se, pequeña. ¿Llego a tiempo para el té londinense?
Ella rió y lo condujo a la casa.
-Este lugar es magnífico. Yo también hubiera deseado regresar si hubiera pertenecido aquí.
Rodeada de gente londinense, su acento europeo la hizo sonreír. Era una de las cosas que adoraba de su amigo. Sus pequeñas particularidades.
-Cuéntame ¿Cómo está tu padre?
Le preguntó muy entusiasmada mientras tomaban asiento en la parte trasera de la casa. El aire fresco corría por la galería y los refrescos con hielo les daban ánimos para seguir con la charla animada.
Ponerse al día, podía llevar horas.
-En perfectas condiciones, te manda saludos.
-Muchas gracias, mi padre está en reposo. No se encuentra muy bien.
-¿El viaje no le ha sentado bien?
Su interés por la salud de sus más allegados era algo innato en él. Ella siempre lo apreciaría. Jasper siempre estaba al pendiente del bien estar de ella y su padre. Era una buena persona.
-No, lo contrario.
Dijo un tanto apenada, evitando sus signos de mal estar.
-Bueno ¿Y qué pasó con María?
Una sonrisa cómplice cruzó por su rostro. No pudo evitar sonreír encantadoramente y enarcó una ceja en son de pregunta. Bella estaba a punto de chillar de la alegría.
-Dime que no es cierto…
-Si, rompí mi compromiso.
-¡Oh, por todos los santos!
-Bella, tenías razón. Cuando le dije a mi padre lo que haría, estaba de mi lado. Siempre creyó que era capaz de hacer lo correcto y sabía que me estaba equivocando con ella. Ahora lo se, ella no era para mí. Quiero otra cosa, quiero alguien todo lo contrario a María…
Él siguió describiendo a su mujer ideal. Una mujer de corazón noble y sonrisa fácil. Que fuera capaz de darle amor y cariño cuando más fuera necesario y cuando no, también. Quería enamorarse de verdad. No de una fantasía, como lo había sido su anterior prometida.
-Estoy muy feliz por ti, Jazz.
-Gracias…
Le tomó las manos y la miró a los ojos. Mantuvieron el contacto por unos segundos. Lo que fue necesario para que él le tocara el alma. Como siempre lo hacía. En una pregunta inexistente, ella apartó su vista vidriosa.
-Creo que te conozco demasiado, dime qué sucede Bella.
Susurró y ella negó con la cabeza. Una débil sonrisa apareció, en un frágil intento de mejorar sus sentimientos.
-No es nada.
-No me moveré hasta que lo sepa ¿Fue él verdad?
Ella asintió y bajó su rostro a las manos unidas con fuerza. Una lágrima se resbaló por su mejilla. Volver, había sido en vano. Ahora estaba segura de aquello.
-Esperé demasiado de él.
Admitió con dolor.
-Pequeña…
Se acercó y la enlazó a sus brazos. En un protector abrazo. Ella se dejó llevar. Un suave y lastimero sollozo salió de su alma, de lo más profundo de su ser.
Había sido tan tonta al caer en la trampa de un hombre seductor y deseable. Tan fácil. Que se engañó. Manipuló sus esperanzas de una manera tan vil que la hacía sentir más tonta de lo que ya se creía. Había echo el ridículo.
-Edward perderá los derechos de Cullen's House si Emmett se casa primero. Es una mansión en el campo, nada más. Pero se niega a cederla, se niega a dejar que su hermano sea feliz con la mujer que ama. Rosalie se fue esta mañana rumbo a América. El compromiso se rompió.
Bella sentía la inmensa necesidad de interceder. Pero no podía ser artífice del destino de dos personas, o tres. Cada uno tomaba sus propias decisiones, para bien o para mal. Terminaban aceptando sus consecuencias. Pero la vida le parecía tan injusta, sabía que podía pasar. Siempre era destinatario de los trucos de la mala suerte. Estaba cansándose, pero tampoco sabía como hacer para cambiar de dirección.
-¿Qué voy a hacer?
Su susurro se perdió con la brisa de verano. Miró el cielo, gris perlado con nubes negras amenazantes. Las copas de los pinos estaban alborotándose. Mientras que su intenso verde, contrastaba de manera maravillosa.
-Creo que se avecina una tormenta. La primera de toda la estación ¿Nos ayudas a cerrar las ventanas? Creo que sería una oportunidad para conocer la casa.
No había alcanzado a aceptar, que la furia natural se desató.
Grandes gotas comenzaron a caer con fuerza, resonando en el cielo raso con fuerza. La intensidad fue en aumento y la lluvia se convirtió en diluvio.
-Ha de decir que llegaste justo a tiempo.
-¿A tiempo de evitar pescar una fiebre en el camino?
Ella rió y lo condujo de la mano hasta la sala. La única ventana que nunca se cerraba, daba al parque interno. Donde se veía la arboleda a lo lejos, el cielo entre medio y el diluvio caer por en medio. El verde del suelo brillaba y las bancas de piedra estaban oscuras por la humedad del agua.
Tras minutos de ver llover, el vapor comenzó a elevarse del suelo. El calor comenzaba a disiparse. Y lo más asombroso sucedió. A lo lejos, comenzó a formarse el arco iris de colores.
-A tiempo para ver el paraíso.
Susurró junto a él.
Jasper estaba tan estupefacto. Londres lo había sorprendido desde que había llegado. Estaba considerando severamente quedarse en ese magnífico país.
La calidez del clima lo había recibido con los brazos abiertos. Después de haber pasado veinte años en los climas fríos de Suecia, aquél adorable clima le agradaba demasiado.
Los paisajes, eran tan diversos. Londres tenía grandes espacios verdes con casonas de piedra. Las cuales eran relucientes y esplendorosas. Su gente era cálida y sonriente, los niños eran felices fuera cual fuera la situación económica. Las mujeres le parecían irresistibles y los hombres solidarios. En cambio, Suecia construía palacios para los pertenecientes al ducado y pueblos de chozas para la servidumbre, la cual ocupaba el resto de la población. Era un país frío de en cuanto a su clima y en cuanto a su población.
Aun así, el cambio. Lo tenía maravillado.
-¿Bella?
Se incorporaron de inmediato.
-Padre, mira quién ha venido a vernos.
Charlie mostró su mejor sonrisa y se acercó a zancadas.
-Hijo ¡Tanto tiempo! Que agradable sorpresa, es un placer tenerte en casa.
-Le agradezco, Charlie. Es un placer volver a verlos.
-Pero, ¿Cuánto vas a quedarte? No menos de un mes, espero.
Ambos hombres rieron a sus anchas, Bella sonrió ante la imagen. Sus dos hombres preferidos juntos en ese momento. Pensó tristemente, que solo le faltaba uno.
Que fácil hubiera sido enamorarse de Jasper desde el principio. Ya estuvieran casados y formando familia, tal vez. Él era un hombre solidario, siempre compañero y feliz. Ella también lo sería. Pero no lo sabía con exactitud.
Descartó el pensamiento. Archivándolo en lo más profundo. Olvidándolo.
-Vamos, la cena está lista.
Interrumpió en la biblioteca con aire maravillada. La habitación olía a tabaco y ron. Reían con fuerza y leían el periódico mientras se ponían al día con la política de ambos países.
La dama estaba más que feliz y agradecida por tener en casa a su mejor amigo, a quién consideraba un hermano. Tanto ella como su padre, lo adoraban con pasión.
Cenaron con alegría. Luego de la partida de Rose, la mesa se habría vuelto sombría. Difícil de llevar. Cuánto lo hubiera gustado que su prima estuviera con ella en casa. Pero el pensar en ella la llevaba a pensar en él. En Edward. Quien, precisamente, no era su persona favorita en el mundo este momento y probablemente, no lo fuera durante un tiempo.
Edward estaba desesperado. Podía sentir cómo le faltaba el aire.
Había estado devanándose los sesos buscando una solución correcta. Había olvidado quién era Bella, y por qué le dolía tanto que ella estuviera enfadada con él. Había logrado combinar dos oraciones y formular un plan para sorprenderla. Para que ella volviera a creer en él. Sabía que sería difícil, complicado, pero estaba dispuesto a correr el riesgo. A hacerlo, solo por que era ella. Alguien que valía la pena.
Se atrevió a compararla con Tania. Bella no era ella, ni de lejos. Eran dos personas totalmente distintas. Mientras una había sido fría y malévola, la otra era todo amor y bondad. A esa quería y se quedaba con ella. Por que le traía luz a sus días oscuros, a la penumbra de su vida que había creído como eterna.
Por que finalmente se daba cuenta, que estaba enamorado de Bella.
El pensamiento lo tomó desprevenido. Ahora no se sentía seguro al respecto. ¿La amaba? Esa pregunta lo estaba volviendo loco. La necesitaba a cada momento del día, y cuando se obligaba a pensar seriamente y en otros asuntos, allí estaba ella. Siempre. Entonces, sí. La amaba.
Desenfrenadamente, tomó su caballo y trotó sin piedad hasta la mansión del varón. Ella tenía que saberlo.
Sin embargo, allí estaba sintiéndose atrapado en sus propios miedos y dolores. Había creído que estaban comenzando algo. Lo cual lo aterraba. Algo que aún no tenía nombre y ni ellos sabían si titularlo o no. Pero ahora aquello que creía que habían creado se desvanecía, junto con el valor de su alma.
Verla sonreír, reír y solo ser ella misma había alcanzado a volverlo loco. Creía que eso era el paraíso para él. Solo para él. Pero se había equivocado. Al parecer también, otro había descubierto cuan maravillosa era.
Ahora la abrazaba, la hacía reír como niña y sonrosaba sus mejillas a la luz de la luna. El aspecto fuerte y rubio del hombre le dio una punzada de envidia. Su aire europeo era más que obvio. Entonces, allí estaba la fiel prueba de lo que había pasado. Eso era lo que Suecia había hecho con ella. Un amante.
Había sido un tonto, al creerle. Al dejarse llevar por el amor otra vez. Que estupidez.
