―¡Señora! ―la voz de la señora Johnson fue lo primero que Helga escuchó al cruzar la puerta ―¿Dónde estaba? ¡Mírese!
―La lluvia me sorprendió un poco, es todo ―era tarde, después de salir de casa de su madre, despidió el carruaje diciendo que quería caminar un poco y deambuló por las calles de la ciudad sin siquiera preocuparse por dónde iba, y sin darse cuenta la noche y la lluvia la sorprendieron.
―Nos tenía muy preocupados, ¿no es así señor? ―Helga miró un poco más allá del ama de llaves y del resto de la servidumbre que estaban alrededor, allí estaba Arnold, de pie a varios metros, pero no quiso mirarle bien y volvió la vista hacia la mujer que tenía enfrente ―.
―Así es ―lo escuchó decir con voz grave.
Obviamente mentía, Helga lo sabía bien.
―Pero vamos ―la señora Johnson se puso a un costado de ella y la tomó por los hombros ―, vamos. Debe cambiarse, estas lluvias veraniegas son de cuidado. No queremos que enferme ―La hizo caminar, avanzando junto a ella sin soltarla. Helga caminaba mirando al piso y supo que pasaban junto a Arnold porque vio sus zapatos, entonces el ama de llaves se detuvo ―. En un momento los alcanzo, me encargaré de que preparen el baño.
―Claro ―dijo él. La señora Johnson la soltó y se fue, al tiempo que daba instrucciones al resto de los sirvientes ―. Vamos ―No tenía intención de tomarla del brazo así que fue bueno que Helga comenzará a caminar adelantándose a él.
Ella entró a su habitación, no creyó que Arnold fuera a hacerlo también, pero lo hizo.
―Armando un teatro para ganar simpatía, ¿eh? ―Cuando ella lo miró, él tuvo la sensación de que algo había cambiado en sus ojos.
―Lo lamento, no volverá a pasar.
Él se sorprendió, pensó que ella reaccionaría de otra forma.
―¿Qué? ¿No vas a defenderte? ¿A decir que no era eso lo que pretendías?
Allí de pie frente a él, con el cabello y la ropa mojada, la piel pálida y los ojos azules mirando más allá de él como si no lo mirara, parecía extremadamente vulnerable, ¿era esta una nueva técnica suya? Sí, debía de serlo, se dijo él.
Ella negó con la cabeza y luego habló con una voz extremadamente tranquila.
―Hasta el día que mi hermana aparezca...hasta ese día, te prometo que me comportaré como debo, no seré una molestia…
―Claro ―dijo él en tono burlón ―, ¿y luego?
―Luego desapareceré de sus vidas, no te preocupes.
Arnold no tuvo respuesta inmediata para eso y tampoco tuvo tiempo de pensar en una, la señora Johnson llegó en ese momento y él abandonó la habitación.
«Hasta el día que mi hermana aparezca...hasta ese día, te prometo que me comportaré como debo...»
Habían pasado algunos días desde que ella dijera aquello y lo estaba cumpliendo, pensó Arnold, mirándola. Estaba a su lado y lo tomaba del brazo, mientras contestaba con una sonrisa a quienes los saludaban, realmente parecía como si todo fuera perfecto entre ellos, como si a él no le molestara su cercanía o como si ella no tuviera consciencia de eso.
Helga sintió que él se tensaba, pero no lo miró, seguramente la causa era que ella estuviera tan cerca, así que ignoró su reacción y siguió saludando a los demás asistentes del baile.
―¡Ah, muchacho! ¡Qué bueno te veo!
Helga miró a su alrededor, buscando a quien dijo eso y vio acercarse hacia ellos a un hombre mayor… Y ella lo conocía.
―Buenas noches, señor Clarence ―la tensión en la voz de Arnold era obvia y Helga se preguntaba el porqué de aquello.
―Buenas noches ―contestó sonriente el hombre y luego la miró a ella ―. También es un gusto verla señora, ¿será que se acuerda de mí?
―Sí, señor Clarence.
―Me alegra, sí que me alegra y dígame, ¿dónde está su hermana?
Arnold dio otro respingo y ella entendió, ese hombre vivió en la misma ciudad que su familia y los conocía a todos, seguramente Arnold sabía eso y temía que ese hombre descubriera el secreto sobre su identidad.
―Señor Cla…
―Está en la India.
Arnold iba a excusarse y alejarse, pero Helga lo había interrumpido y dicho aquello con total seguridad, ¿qué creía que estaba haciendo? Se preguntaba él, mirándola con el ceño fruncido.
―No me refiero a esa hermana, me refiero a…
―Sé a quién se refiere ―se apresuró a decir ella ―, habla de Helga ―fue extraño hablar de ella misma como si fuera alguien más ―, ella está en la India también, creo que se cansó un poco del clima de aquí ―dijo en tono de broma y sonriendo ampliamente.
―Ya veo y la comprendo, con estos viejos hueso créame que también estoy harto de este clima, pero dígame, ¿cuándo volverá?
―Me temo que no será pronto, tal vez ni siquiera vaya a regresar, está prendada de aquellas tierras exóticas y por lo que me ha escrito, está considerando hacer su vida allá. ―¡Vaya, es una lástima! Los solteros de aquí han sufrido una gran pérdida sin saberlo. Por suerte ―se dirigió a Arnold ―está jovencita no siguió los pasos de sus hermanas o no serías tan feliz como lo eres ahora, muchacho.
―Sí, así es.
Si el señor Clarence supiera cuan irónicas resultaban sus palabras, pensó Helga con tristeza, aunque no borró la sonrisa de su rostro.
―Bueno muchacho, ya los importuné demasiado tal vez más adelante podamos hablar de negocios, escuche por allí que tienes entre manos uno bastante bueno, por lo pronto dejaré que disfruten de la velada.
―No cabe duda de que eres buena mintiendo ―le dijo Arnold cuando señor Clarence se marchó. Ella no le dijo nada, ni siquiera lo miró, miraba hacia el frente y sonreía a quienes los miraban ―. Pero debo aceptar que estás cumpliendo muy bien con la primera parte de tu promesa, espero que cumplas igual de bien la segunda.
Helga mantuvo la sonrisa y la expresión serena, aun cuando el solo respirar le era difícil y quería salir corriendo de allí, se forzó a permanecer allí y acallar su dolor.
―Así será, no te preocupes, después de que mi hermana regrese no me verás más...
―Parece que las cosas van bien entre tú y tu marido ―Miriam se acercó a su hija, justo después de que Arnold se separara de ella ―¡Oh, lo olvidaba! Son solo apariencias, ¿cierto? ―habló con el volumen lo suficientemente alto para que su hija la escuchara entre el ruido, pero no tanto como para que los demás lo hicieran y esperó a ver su reacción, pero no hubo ninguna. De hecho no había rastro del dolor que vio en ella hacía unos días ―¿Te has resignado?
―Así es, madre. Entendí que no tiene caso luchar contra mi realidad, como tu dijiste.
Miriam estrechó los ojos. Allí estaba su hija frente a ella, mostrando una dignidad y una fortaleza tan grandes que la mantenían de pie, a pesar de estar acabada. Si hubiera nacido varón sería justo el heredero con el que había soñado, pero no era así, tuvo que nacer mujer, ¡qué lástima!
―¿Y ahora, de qué hablan ustedes dos? ¿Y dónde está tu marido, Hilda?
―Está encargándose de sus negocios ―contestó ella y miró en la dirección en la que Arnold estaba.
―¡Excelente! Voy a reunirme con él —dijo Bob y se fue.
―Yo también me marcho, ya te saludé, querida. Ahora iré a hacer cosas más importantes ―después de decir esto, Miriam se fue en la dirección contraria en la que lo hizo su marido.
Arnold escuchó un alboroto proveniente del jardín y salió de su despacho para ver lo que ocurría. Helga y la señorita Heyerdahl estaban allí en compañía de Lucy y sus hermanos. Debería regresar a trabajar, pero la curiosidad pudo más que su convicción de mantenerse alejado de todo lo que tuviera que ver con 'su esposa' y se quedó a observar todo desde el interior de la casa, desde un lugar en el que estaba seguro que el animado grupo no notaría su presencia.
―Es buena con los niños —el ama de llaves llegó a su lado, logrando que se sobresaltara, pero a ella pareció no importarle eso —. Estoy segura que será una excelente madre, espero y confió en que eso pase pronto ―dio una palmadita cariñosa en el brazo a Arnold y se marchó.
Arnold siguió desde su lugar, observándolo todo. Él en su momento creyó lo mismo y también deseó que ese momento llegara pronto, deseaba más que nada formar una familia al lado de la mujer que amaba, pero Helga también se había encargado de destrozar aquella ilusión.
El pequeño que Helga cargaba en brazos pidió bajar y ella le dio gusto. El niño, ya liberado, comenzó a correr y gritar a todo pulmón tras los hermanos, y ella no lo detuvo, al contrario, lo animaba a correr más. Su expresión era de pura alegría, se veía hermosa, lucía tan radiante. No podía negarlo, a pesar de todo lo seguía cautivando, pero Arnold ahora la conocía y sabía bien que todo en ella era falsedad.
«¡Ojalá nunca me hubiera enterado de la verdad, las cosas hubieran sido diferentes!»
Se sorprendió a sí mismo ante su pensamiento de preferir vivir en el engaño. Bufó. ¡No!, debía desterrar ese pensamiento, no iba a mostrar debilidad, hacerla pagar y sacarla de su vida, eso era en lo que debía concentrarse.
Helga agitó la mano para despedir el carruaje en el que iban Phoebe y los niños, y su sonrisa se borró en el momento en que el carruaje desapareció de su vista. Esos niños se habían vuelto su tabla de salvación, estar con ellos la hacían olvidar lo que estaba pasando, pero al quedarse sola su realidad volvía a envolverla.
Aspiró hondo, sabía que Arnold estaba detrás de ella, nunca podría ser indiferente a su presencia tan familiar y amada, y eso era tan doloroso…
Se giró y espero a que él hablara y le dijera lo que había ido a decirle.
―¿Sabes? La señora Johnson me dijo algo hace un momento… Que serías una buena madre y que espera que eso ocurra pronto ¿Puede ser eso posible?
Helga entendió de inmediato a lo que se refería y aunque quiso bajar la vista, no lo hizo.
―No, no estoy embarazada. No te preocupes —le contestó mirándole a los ojos.
―Es un alivio escuchar eso...pero no me malinterpretes, con esto no quiero decir que no deseo una familia, solo que no la quiero formar contigo, pero cuando tu hermana regrese, te aseguro que será una de mis prioridades —estaba enojado con él mismo por su debilidad de hacía un momento, pero quería que ella pagara por eso.
―Hilda será una excelente madre, estoy segura ¿Necesitas decirme algo más? ―él le dijo que no ―Entonces, discúlpame debo ocuparme de unas cosas, con permiso.
Arnold la miró entrar a la casa.
Últimamente Helga reaccionaba así ante cualquier reclamo o ataque, o más bien, no reaccionaba.
¿Qué estaba pasando? Quería verla sufrir como él lo estaba sufriendo, pero no lo estaba consiguiendo, ella parecía simplemente inmune a todo lo que él hacía y eso lo frustraba.
Con calma entró a su habitación y se dirigió a su pequeño escritorio personal. Había prometido a Lady Danbury hacer las invitaciones para la reunión de la semana siguiente.
Mecánicamente abrió el segundo cajón y sacó unas hojas adornadas con un bello grabado en las esquinas. Tomó la pluma, la puso en el tintero y la soltó...
«Desde la primera vez que te vi, mi deseo más grande era que fueras mi esposa, ahora que se cumplió, tengo un nuevo deseo… Que nuestros hijos hereden tus ojos…»
Se dio cuenta de que estaba llorando y no podía frenar sus lágrimas. Arnold le dijo aquello una tarde, fue una declaración surgida espontáneamente, pero sus ojos rebosaban de amor y ella sintió que no podía ser más feliz en la vida...
...Pero...
Nunca fue con ella con quien él deseó casarse y ahora no sería ellala madre de sus hijos, sino Hilda.
Se abrazó a sí misma con una mano para contener su estremecimiento y con la otra cubrió su boca para ahogar sus sollozos.
Pensar que pronto será a su hermana a quien él abrazará, a quien él se entregará mientras le susurrara palabras de amor, era demasiado...
―Yo...no quiero parecer entrometida pero ―dijo Phoebe, ambas tomaban el té en el jardín, el día era agradable y al igual que su compañía para Helga ―...Hilda… ¿Qué es lo está pasando?
Helga sacó su estudiada y ya acostumbrada sonrisa fingida y respondió con naturalidad.
―¿A qué te refieres? No pasa nada en especial.
El rostro de Phoebe se entristeció.
―Pensé que éramos amigas, en verdad lo creí, pero veo que me equivoqué…
―Claro que somos amigas, Phoebe. ―¿Entonces por qué no confías en mí? Sé que algo no está bien, últimamente veo que sonríes, pero tus ojos dicen otra cosa, no sé cómo explicarlo, pero es como ver al vacío, aunque a veces se puede ver tu tristeza, es cómo...cómo si te estuvieras apagando ―Helga estaba impactada con sus palabras, ¿tan profundo veía en ella? Phoebe le tomó la mano y le dio un gentil apretón ― ¡Te lo ruego! Confía en mí, por favor...
¿Acaso podía hacerlo? Se preguntó Helga. Miró a su amiga y luego volteó hacia la casa, Arnold no estaba en casa y no se veía cerca a nadie de la servidumbre. Las palabras empujaban dentro de su ser buscando una salida. La miró fijamente a los ojos, soltando una silenciosa súplica, «no insistas, por favor, no lo hagas», pero fue como si hubiera pedido lo contrario.
―Fuiste la única en acercarte a mí a pesar de mi timidez. No me has dejado enfrentar sola a la agobiante vida en sociedad ―dijo Phoebe sosteniendo su mirada ―... Quiero hacer lo mismo por ti, no tienes porqué llevar la carga tu sola. Déjame ayudarte… Por favor, Hilda…
―Yo no ―Helga se mordió la lengua tratando de frenar sus palabras, pero fue inútil ―... Yo no soy Hilda...
―Señorita Heyerdahl, es un placer verla aquí ―Phoebe miró a Gerald fugazmente, cuando este llegó a su lado en una zona alejada del centro del salón y del bullicio de la fiesta y del resto de las personas ―y sobre todo libre mala compañía.
Ella frunció el ceño al escuchar eso. Ahora sabía la verdad y esas palabras le molestaron más que antes. Al principio le sorprendió tanto la confesión de, quien ahora sabía que se llamaba Helga, que al principio creyó que era una broma, sólo hasta que vio todas las emociones en sus ojos supo que era cierto.
―Ya se lo dije antes ―continuó hablando Gerald ―y vuelvo a decírselo, debería alejarse de ella, es por bien suyo. Su amiga no es como usted cree, no debe confiar en ella. Le aseguro que no la conoce.
―Puedo decirle lo mismo, no la conoce así que no debería juzgarla tan duramente ―había escuchado a Helga contar todo lo que ocurrió, vio el sufrimiento que todo aquello le causó y le seguía causando, así que a pesar de lo que él le dijera, ella jamás creería que su amiga era una mala persona.
Las alarmas se dispararon para Gerald. Quiso indagar en los ojos de la joven, pero ella rehuía su mirada, podría ser porque era tímida o era porque buscaba ocultarle algo. No iba a quedarse con la duda.
―Ya lo sabe. Ella se lo dijo, ¿cierto?
Phoebe sabía que tenía dos opciones, podía negarlo y poner fin a aquello, pero…
―Así es ―enderezó los hombros y se preparó para confrontarlo, no iba a negar que sabía la verdad e iba a dejarle claro que Helga contaba con ella ―. Se la verdad sobre ella y su hermana, y sobre cómo pasaron las cosas.
―Querrá decir, lo que ella le contó. Es muy ingenua al creer en su palabra, recuerde que no sería a la primera a quien engañara.
―No le han escuchado, deberían hacerlo antes de juzgarla tan…
―¿Tan duramente? —la expresión de Gerald era de burla, pero no podía evitar sentir admiración por la señorita Heyerdahl, a pesar de su siempre visible timidez, estaba allí defendiendo a la que consideraba su amiga, eso hablaba también de su lealtad ―Creo que al menos hoy no voy a convencerla…
―Ni hoy ni nunca, señor Johanssen. ―¡Vaya!― la gatita tenía garras, pensó― Bueno, ya que se niega a seguir mi consejo, permítame decirle algo más… Aunque sé que no debe preocuparme porque claramente le guardará el secreto a su amiga, pero no está de más...nadie debe enterarse de lo que pasa, ¿de acuerdo? ―Phoebe asintió y Gerald sonrió de lado ―Perfecto… Tal vez más adelante pueda concederme un baile ―ella lo miró como si él estuviera loco ―. Con su permiso.
Helga estaba a punto de salir de la casa cuando en su camino se encontró con Gerald. Sabía lo que pensaba de ella, así que se limitó a hacer lo que regularmente hacía, saludarlo cortésmente y seguir su camino, pero…
—¡Espere! Por favor —ella se detuvo y se giró para verlo —. Necesito hablar con usted, ¿puede regalarme un momento.
Helga asintió levemente y lo siguió hasta el despacho, Arnold aún no estaba ahí había salido y no había vuelto todavía.
—¿Qué es lo que tiene que decirme? —su voz sonó tranquila a pesar de que ella no lo estaba.
—Es sobre la señorita Heyerdahl, no debió decírcelo.
Aquello le sorprendió a Helga.
—¿Cómo…?
—¿Cómo lo supe? Descuide ella no me lo dijo, digamos que soy una persona muy perspicaz, pero un secreto así es difícil de sobrellevar.
—Lo sé, me arrepiento de haberla involucrado en lo que está pasando —Gerald la miró con incredulidad, pero así era, aunque era un alivio tener a alguien que la apoyara, con quien compartir su carga, él tenía razón era una carga pesada y era plenamente consciente de eso..
—Sinceramente no creo en sus palabras y no puede culparme por eso.
—No, no lo hago, pero es verdad estoy arrepentida, sin embargo ya no hay vuelta atrás, no puedo hacer nada para remediarlo.
—Claro que puede… Aléjese de ella. Su compañía no es buena para ella, tarde o temprano estoy seguro de que terminara haciendo algo que puede perjudicarla.
Se hizo un silencio...
—No lo haré —dijo ella finalmente, confrontándolo con la mirada —… Sé perfectamente la opinión que tiene sobre mi, señor Johanssen, pero sobre todo sé cuánto me necesita Phoebe y no voy a dejarla sola. Me iré pronto, lo sé, pero hasta que eso ocurra estaré con ella y la ayudaré para que cuando me vaya sea capaz de desenvolverse y no tenga más miedo.
Por un momento lo dejó sin palabras, pero luego se río.
—No trate de impresionarme. En fin, no puedo obligarla desafortunadamente, pero le aseguro que la estaré vigilando y quédese tranquila, por el momento no le diré a Arnold que la señorita Heyerdahl está enterada de lo que pasa, él no necesita más mortificaciones. Ahora, será mejor que se marche, si él la ve aquí me pedirá explicaciones.
Helga se dirigió a la puerta y estuvo a punto de salir cuando Gerald volvió a hablarle.
—¡Un momento!... Espero que se abstenga de seguir compartiendo esta situación.
—No se preocupe, nadie más lo sabrá. Se lo aseguro.
Los días avanzaron, a pesar de todo la vida avanzaba, aunque de una forma extrañamente lenta y pesada para ambos, hasta llegar al final del verano. Poco había cambiado entre ellos, guardas las apariencias al tiempo que él se mantenía distanciado y de vez en cuando tomaba alguna oportunidad para lanzarle un comentario hiriente, al que ella conseguía no reaccionar.
Esa era una rutina instalada entre ellos, pero ese era un día diferente...
―Es para ti ―Helga entregó a Lucy un pequeño presente bellamente envuelto y la pequeña en correspondencia la abrazó, aferrándose a ella por unos instantes. Ese día en particular, era un día muy emotivo. Había llegado el momento de decir adiós a Lucy y sus hermanos, Lady Danbury había encontrado un hogar para ellos ―. Todo estará bien, lo prometo ―le dijo a la pequeña, mientras sostenía sus manos con firmeza ―. Además, sabes que siempre estaremos aquí si nos necesitas ―eso no era del todo cierto, porque ella pronto se marcharía y lo más probable era que no volviera saber nada de ellos.
Miró a Arnold, era la primera vez en mucho tiempo que sus miradas se encontraban de esa manera y él entendió a la perfección su silenciosa petición.
―Eso es verdad, Lucy, cuentan con nosotros ―él pudo leer el agradecimiento sincero en la mirada de Helga.
Helga sonrió suavemente, ahora estaba segura que Arnold estaría al pendiente de ellos, que él cumpliría sin duda con esa tarea. Arnold, por su parte, se sintió molesto al darse cuenta que a pesar de todo bastaba tan solo una mirada para saber lo que el otro pensaba y sentía.
La niña, ajena a todo esto, asintió, luego la abrazó nuevamente, dándole las gracias una vez más por lo que había hecho por ella y sus hermanos.
―Vamos, querida ―Lady Danbury apartó gentilmente a la niña ―. Debes terminar de preparar tus cosas, pronto vendrán por ustedes.
Lucy asintió, limpió de su cara las lágrimas que había derramado y obedeció dócilmente a Lady Danbury, no sin antes abrazar también a Arnold.
―Estarán bien, ¿cierto, Lady Danbury? ―preguntó Helga, con un nudo en la garganta, cuando la niña se marchó para reunirse con sus hermanos.
―Claro que si, no te preocupes querida. La pareja que los adoptó tal vez no tenga una fortuna, pero son muy buenas personas y cuidaran de ellos como si fueran sus propios hijos, además los niños se divertirán mucho en la granja, estoy segura y crecerán sanos y fuertes, el aire fresco les beneficiará, ya lo verás.
Helga sonrió, debía creer en las palabras de Lady Danbury, era una buena mujer y muy juiciosa, no era la primera vez que conseguía una familia a niños que se habían quedado sin una y siempre todo había resultado bien, además, estaba el hecho de que los niños corrieron con suerte y no los iban a separar, usualmente no era fácil encontrar quien quisiera adoptar a cuatro niños, pero ellos lo habían conseguido.
De regreso a casa en el carruaje reinaba el silencio, como usualmente pasaba. A Arnold le recordó al momento después de la muerte de la madre de Lucy, Helga iba frente a él también y en aquella ocasión él tuvo la necesidad de consolarla, aún sin que ella se lo pidiera porque Arnold vio su tristeza ¡Qué bien supo envolverlo al fingirse tan afectada! Pero hoy la situación era diferente, no tenía la necesidad de engatusarlo y el rostro de ella era tranquilo, no había tristeza.
Miró por la ventana.
Aún así, todo su ser le gritaba que la consolara, que la abrazara como en aquella ocasión. Dejó escapar un suspiro de frustración y a pesar de su enfado estuvo a punto de levantarse de su asiento.
―Te lo agradezco ―la voz, casi en susurro, de Helga se escuchó y puso fin a sus intenciones ―, gracias por todo lo que has hecho por ellos ―dijo refiriéndose a los niños.
―No tienes que agradecer, lo hice por ellos no por ti ―su voz sonó osca y cortante.
―Lo sé.
Arnold miró nuevamente por la ventana y se concentró en lo que veía. No era momento de llenarse la cabeza de ideas tontas. No iba a acercarse a ella.
―Lamento tener que marcharme justo ahora ―el pesar sincero se reflejaba en el rostro de Phoebe.
―No te preocupes, Phoebe ―Helga le sonrió tratando de reconfortarla, pero la verdad le entristecía la noticia, porque, aunque no hablaba con su amiga sobre todo lo que pasaba con Arnold, el solo saber que a su lado estaba alguien que creía en ella le hacía sentirse un poco más animada, le daba fuerza.
Phoebe asintió, aunque realmente lamentaba tener que marcharse, si no fuera porque su abuela se había puesto delicada de salud y tenían que estar a su lado, no dejaría a su amiga.
―Phoebe, te lo aseguro estaré bien y no quiero que estés preocupada por mí, ¿de acuerdo?
―De acuerdo ―dijo, finalmente después de un silencio ―, pero debes prometerme que ―se sentía mal por decir lo siguiente porque sabía que el tema le dolía a Helga, pero tenía que hacerlo ―...que si mientras estoy lejos tienes que irte...no vamos a perder el contacto, me dirás dónde estás y seguiremos siendo amigas pase lo que pase.
―Lo prometo...
―Querida, ¿por qué tan sola? ―Lady Danbury apareció con su gran sonrisa y Helga también le sonrió ―¿Y tu esposo?
―Ocupándose de los negocios.
―Ya veo, así son los hombres, querida ―la mujer hizo una cara graciosa, de fastidio fingido y Helga soltó una risilla―.
―¡Al fin encuentro a mi tía querida!
Un hombre alto, fornido y rubio se acercó a ellas con los brazos abiertos y una enorme sonrisa.
―Wolfgang― dijo Lady Danbury. antes de ser abrazada por el recién llegado ―¿Cómo estás? ―preguntó cuando quedó libre del abrazo.
―Muy bien, ahora que te veo ―sonrió él, mostrando sus dientes blancos y unos incisivos anormalmente grandes.
―Tu tan adulador como siempre, Wolfgang...
El mencionado sólo se limitó a seguir sonriendo.
―¿No vas a presentarme con la dama, tía?
―Claro. Señora ―hizo un extraño hincapié en esa palabra, que Helga no notó ―Shortman, le presento a mi sobrino, Benjamin Wolfgang, acaba de llegar a la ciudad.
―Es un placer conocerla, señora Shortman― hizo una leve inclinación y se quedó esperando a que ella extendiera la mano para dar el acostumbrado beso de cortesía, pero Helga no lo hizo, se limitó a inclinar levemente la cabeza.― Como mi tía bien lo dijo, soy nuevo en la ciudad, así que si conoce a alguien que pueda mostrarme las cosas más interesantes… Aunque ya empecé a ver algunas…
―Lo siento, no puedo ayudarle con eso.
―Una lástima.
―Bueno, Wolfgang, ya no importunemos más, seguro que la Señora Shortman desea reunirse con su esposo. Discúlpanos, querida, con tu permiso.
Lady Danbury se esperó hasta que estuvo a solas con su sobrino para dirigirse a él.
―Está casada― dijo escuetamente―.
―Lo sé, tía. Me lo dejaste muy claro en varias ocasiones― dijo burlón.
―Pues espero que también te quede claro que debes dejarla en paz, no solo está casada, está felizmente casada y no quiero que vayas a incordiarla ni a ella, ni a su marido ¿Entendido?
―Entendido, tía. Será como tú digas.
Conocía bien al que por desgracia era su sobrino y no se fiaba de él, así que, aunque no le lanzó más advertencias, si se propuso tenerlo vigilado. El interés que mostró por la señora Shortman no era bueno.
CONTINUARÁ...
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