Yu-Gi-Oh! Es propiedad exclusiva de Kazuki Takahashi hasta el fin de los tiempos.


¡Precaución!

Soy un ser humano, tengo licencia para equivocarme un montón de veces.

Este capítulo fue escrito en medio de tantas "vainas" que hasta él mismo puede llegar a ser eso: una cosa sin sentido. Luego apartaré un tiempecillo para editarlo. Mientras, pueden lanzarme unos buenos tomatazos. :3

Si hacen al título, y a la frase de Heráclito, una lectura comprensiva, no es necesario leer todo el capítulo. Las letras acá abajo se vuelven un valor agregado.

"Katsura Sunoichi" abreviado es "KS" que por consiguiente puede pensarse como la abreviatura de: "Kaiba Seto", y al revés daría lo mismo: "Seto Kaiba". Así como también Katsuya + Yura= "Katsura" y JōnouchiSutori= "Sunoichi".

Casi como sucede con Yugi, las iniciales del nombre de Yura y Jōnouchi forman la palabra "Yujō", que significaría "Amistad" si el nombre de Yura llevara esa rayita encima de la u. De allí se deriva el "Casi". ¿Casualidad o Destino? :'3

¡Oh cuantas cosas pueden esconderse tras dos palabras simples!


Capítulo 11: "El Demonio de los Negocios"


"El carácter es para el hombre su demonio."

—Heráclito


A los seis sentidos embadurnó la voz.

Sacudió el oído, amargó el gusto, flageló el tacto, humedeció la vista, encogió al olfato e hizo trastabillar a la intuición.

¡Hermana, que gusto escucharte después de todos estos meses!

No sabes cuánto me duele haber permanecido incomunicada en ese lapso. Perdóname, Ryō.

¡Descuida! Te imaginé con los afanes hasta el cuello, con eso de que vives sola…

Eso no es una excusa, debí esforzarme por hacer contacto contigo sin estimar las circunstancias.

Ay hermana, por favor detente o creeré que estoy platicando con Mamá. Cuéntame, ¿cómo has estado?

¡Oye, no te me adelantes jovencito!— Fingió el trino de su Madre pese al incordio que significaba, queriendo endulzarse con la risa dócil que Ryō propagó a través del auricular—. Esta es la ocasión donde pregunto cómo te ha ido en la escuela y demás pormenores.

Lo siento mucho, hermana, no creo poder complacerte respecto a las matemáticas. ¡Pero en las demás asignaturas he mejorado bastante! Casi un diez perfecto.

¡Estoy orgullosa de ti, hermano!— Sorbió la flema que, impertinente, pretendía liberarse de la nariz como las lágrimas de sus ojos—. No vuelvas a disculparte por tu calificación en matemáticas, si sacaste un seis eres mucho mejor que yo en mis tiempos. —Un borroso pero legible cinco entintado de rojo forzó a la carcajada—. ¿Cambiaste de inhalador? En nuestra conversación anterior lo propusiste.

Sí, el otro estaba llegando a la obsolescencia. El nuevo es color morado.

Me alegra escuchar eso. —Su mano tremulosa discurrió con torpeza el agua en los pómulos—. ¿No has experimentado ninguna crisis desde…?

No, hermana, desde ese día no he vuelto a tener una crisis… Por favor no te tortures más… No fue tu culpa.

Perdóname.

Tal vez si regresas a casa y lo deletreo en tu cara llegas a convencerte de que no hay nada por lo cual deba perdonarte.

—… Hemos tocado mucho esa tecla, Ryō, sabes que no nos hace ningún bien. Ni a ti ni a mí.

Él no existe, hermana. Él y toda su familia se mudó de Domino un mes después de tu partida, no se tiene dato de ellos hasta la fecha. Mamá no ha cesado de preguntar por ti en nuestras llamadas, Papá te extraña, Inoue te extraña, la casa te extraña, yo te extraño. Aquí tienes un techo seguro donde nunca pasaras precariedades, donde nunca carecerás de amor y donde se te espera sin reproches. Con los brazos abiertos… Quiero entenderte, hermana, quiero creer en la llegada de ese día en que regreses a casa gritando que jamás volverás a irte… Quiero creer en ti, quiero creer en nuestra familia…

Volveré, hermano.


.—


El olor a caldo sazonado espantó al sueño. Sonámbula talló sus ojos, así palpando a mayor claridad la frazada que rememoró cobijando al blondo. Despabiló de golpe, quitándosela de encima y levantándose cual si hubiera sido impulsada por un resorte del sillón donde debería estar dormido él, no ella.

La hipótesis repentina, e increíble hasta cierto punto, de que aquel apetecible olor fuese una invención suya, le ayudó a subestimar el frío bajo sus pies al trotar apresurada con dirección a la cocina.

Humo levitaba sobre la cabeza de Kyoka, cuyo codo a su vez se arqueaba en cada remeneo a lo que suponía una olla repleta de sopa.

— ¿Kyo?— Musitó sin eclipsar el umbral, los ojos castaños le prestaron atención.

—Al fin despiertas— sonrió, dedicándose pronto a espesar el caldo—. Pensé que no lo harías en largo rato. De haberlo imaginado, hubiese puesto la cena más temprano.

— ¿Sabes cómo terminé dormida en el sofá?

—Por supuesto, Katsuya te cargó como a un saco de plumas ya que te habías dormido sentada en el suelo y con la mitad del cuerpo tumbada en el reposabrazos del sillón. Hecho esto, te tiró la frazada, sonrió melancólico y me pidió que diera el siguiente mensaje cuando despertaras.

— ¿Cuál?

—"Muchas gracias por todo", dijo. Le invité a esperar la cena pero él se marchó en silencio. Aunque no me lo contó, yo sé que a quién eligió creerle.

—Te faltaría imaginación para adivinar cómo me sentí.

—Lo sé, lo sé. —Kyo tomó la sal de la meseta, arrojaba una porción al caldo sin mirarle—. No sé cómo diablos consigues partir a la gente con la verdad y no ganarte su odio por ello. Aunque te amonesto que de ahora en adelante, tu consciencia cargará con la culpa de toda la depresión sentimental de Katsuya lo que a su vez es un equivalente a—

—Volveré a Ciudad Domino.

El cucharón salpicó el piso tras caer embarrado de caldo.


—.—


Los días postreros a la decisión fueron el planeo veloz de un Halcón Peregrino, el ave falconiforme a la que su Padre debía la victoria de una discusión pacífica con un colega asiduo, quien atribuía al Guepardo o Chita el título que para su Padre merecía el Halcón: ser el animal más veloz del mundo. El único fragmento de memoria que todavía quedaba fresco del último evento en el cual le había servido a su Padre por fiel acompañante.

¿Cómo disolverlo si allí estuvo al tris de morir infartada?

Su Padre se defendía con una parsimonia muy disímil a la viveza de Fujuta, rechinando un colmo que pintó a la vena, casi al reventarse de enojo, igualita en su frente. Hubo un momento donde poco le faltó a su impaciencia para rebosar el vaso de cordura y explotarle los tímpanos al condenado Fujuta bramando que el maldito Halcón Peregrino era mucho más veloz que la estúpida Chita o Guepardo o como a él mejor le apeteciera nombrar. Si no lo llevó a efecto fue porque su progenitor, sagaz en todo lo que se proponía, le apaciguaba con una mirada inocua; rogándole sin voz que no alzara la suya.

Pagó el costo de complacerlo sometiéndose a la amenaza de morir infartada.

— ¡Oye, Yura!

Katsuya le acordó que no estaba en pleno evento, sino sentada en el sillón verde oscuro con la cabellera rubia entre sus piernas.

— ¿Qué?

— ¡Bienvenida al planeta tierra!

Haló la maraña rubia enredada en el peine.

— ¡Mierda! ¡Eso dolió!— Lloriqueó, igual sentado pero en el suelo con la espalda reposada en la parte baja del sillón que ella le permitía separando las piernas.

—Deja tu melodrama.

— ¡¿Melodrama?! ¡Llevo media hora preguntándote qué le harás a mi cabello!

—Lo cortaré… —Rebobinó la cinta al ver las tijeras en su otra mano. El gemido turbulento que salió de su amigo le mostró un rostro cariacontecido pese a no mirarlo directo a los ojos—. Sólo para darle una forma más prolija—procuró resarcir—, no te dejaré calvo. Lo amo demasiado como para cometer semejante atrocidad.

Él se aquietó.

—… A veces pienso que aprecias más a mi cabello que a mí. Eso es cruel, ¿sabías?

—No es para tanto.

—Muy, muy cruel.

Decidió reír a carcajada tímida.

Agradecía que diálogos similares hubieran abundado en el transcurso de la semana, que sobre todo hubieran sido la confirmación de que su amistad seguía intacta contra el viento de Mai y las mareas de la ruptura.

No se aventuró a mencionarla posterior a los hechos, pero discernía a la perfección que cuando su amigo tardaba en responder a sus preguntas, perdía con frecuencia el hilo de la conversación, miraba alelado un punto fijo o no hacía en el día algún chiste improvisado; no era necesario hacerlo.

Le urdía sobremanera que el rubio le avistara como un recordatorio constante de lo sucedido con la blonda, volver al principio, resucitarla siendo una barrera entre ambos. Ser para él un tormento insoportable.

Resuelta a prevenirlo, veló distraerlo con cuanto pretexto alumbró su ingenio: una película de Bruce Lee el lunes, buscar empleo hasta tarde el martes, pedir ayuda para reorganizar la pieza el miércoles, la hechura del flan el jueves, componer la bicicleta el viernes, visitar la tía de Kyoka el sábado y el domingo pasar toda la tarde los tres juntos.

Aunque todavía no estuviese facultada para decir a ciencia cierta que sus métodos habían producido a cabalidad el efecto estipulado.

Divagó mientras atrapaba con el peine la última faja de cabello, la deslizaba entre las cerdas hasta llegar a las puntas empolladas, y cortaba circunspecta las hebras desemparejadas. Dedicándose luego a sacudirle las briznas que cayeron a los hombros cubiertos por el suéter blanco.

—He terminado.

Él se paró al vuelo, agitándose de nuevo el suéter por el cuello para despojarse en lo absoluto de los pelos. Ella lo emuló al dejar peine y tijeras en el sillón para pasarse las manos por el mismo pantalón corto que cargaba puesto el lunes en que se enemistaron, siendo la blusa negra de mangas largas, y hombros caídos, una diferencia irrisoria.

—Necesito platicarte algo antes de barrer este reguero. —No hubo falseo u desliz en su habla. La decisión mantendría en pie.

Él dobló la atención hacia ella.

— ¿Ese algo cómo es?— Entrecerró los ojos—. No me ha gustado el timbre de tu voz al decirlo.

Todo el valor que a duras penas desentrañó en días… Se fue al carajo.

—Depende— dijo, comiéndose las ganas de flaquear. Desembuchar todo.

— ¿De ti o de mí?


"—Por favor no me mires así…—"


—Debo viajar a Takayama. —Se volteó en dirección a la cocina, suscitando la impresión de buscar allí la escoba o, mejor dicho, la excusa perfecta para evadirlo. Para rebuscar el valor perdido.

Desesperación.

Moriría odiando la habilidad de Katsuya para dejarle sin voz.

Moriría odiando que lo hiciera de la única forma en que no podía defenderse: siendo sincero.

— ¿A qué irás tan lejos?— Le siguió el paso, disminuyendo con ello la posibilidad de recuperar el valor necesario para volver a mentirle.


"—A quemarme en el infierno, a eso voy—."


Dándole la espalda frenó en el umbral.

—Es un favor a Kyo. Buscaré por ella un encargo de sus Padres, a causa de las lecciones virtuales no puede ir a cuenta propia.


"—Tú y ella me salvaron la vida. Merecen todo de mí…—"


— ¿Cuándo te vas?

—Mañana temprano.

— ¿Cuándo regresas?

—Al otro día.

—Date la vuelta.

Lo hizo despacio. Inhalando e injuriando al mismo tiempo, en voz baja, a la endemoniada taquicardia que amenazó traicionarla si se le venía en gana.

Volvió a dejarle sin voz con la expresión suspicaz que enarcaba las facciones.

—Si es eso, ¿por qué me pareces tan tensa?— Palmeó su hombro—. Si en realidad no quieres viajar podrías decirle que envíe a su tía en tu lugar—. La sonrisa que se perfiló no desvaneció del todo la duda escondida tras el ceño fruncido bajo discreción.

Katsuya era demasiado perspicaz cuando se trataba de los amigos, olvidó tomarlo en cuenta.

Craso error.

—No es que no quiera viajar, sólo me causa náuseas hacerlo en tren. —Así esquivó el planteamiento certero de que bien pudo Kyoka mandar a la tía en su lugar, quedando a la vez implícito que la raíz de su tensión era la ocurrencia de un irónico malestar estomacal. Irónico por ser la única verdad en todo el argumento.

Él lució convencido o al menos eso le dijo su semblante relajado… Lo que no le dijo fue que la mano antes posada en su hombro iría a parar en su mejilla, tampoco le dijo que la acariciaría, y tampoco le dijo que él le dedicaría una sonrisa tan desanimada.

—Voy a extrañarte.

Queriendo mitigar las ganas de llorar, le devolvió una sonrisa teñida de una melancolía que tal vez sería al fin capaz de ganarle a la suya. Posó su mano a continuación de la masculina, ambas se compartieron calor sobre su mejilla cuando ella consideró la situación eficaz para meter su otra mano en el bolsillo del pantalón corto y sacar de allí una llave, sólo por ello su mano quitó la contraria de la mejilla, le abrió la palma y depositó ahí la pertenencia.

—Es la llave de esta pieza— confesó mirando el objeto porque si miraba, en cambio, aquel rostro, sería imposible obstruir la notoriedad de sus ojos acuosos. Preguntándose en vano por qué despedirse en ese instante se sentía como despedirse para siempre—. Ven aquí cuando quieras, o cuando tu Viejo se ponga cascarrabias o cuando te aburras con el ventero o cuando quieras estar solo o cuando…

—No le veo sentido a venir si tú no estarás— encerró la llave en un puño.

Ella se le colgó del cuello.

—Voy a volver.


—.—


Haciendo un repaso mental verificó la inclusión de todo lo requerido para emprender el viaje.

La holgada camisa blanca, sí, estaba puesta.

El ajustado pantalón azul, sí, estaba prendado.

Los zapatos grises, sí, yacían en sus pies.

La peluca negra, sí, encubría el color blanco.

La boina gris, sí, cubría la cima de la peluca.

El celular en un bolsillo, sí, con la batería llena.

El dinero del pasaje en el otro, sí, lo contó justo antes de guardarlo.

No llevaría equipaje pues la ropa que vestía le era suficiente para pasar el día, no llevaría más dinero ya que más no descompletaría la cantidad que ahorraba por motivo al cumpleaños de Katsuya, no llevaría comida pues con antelación sabía que el sueño su apetito no abriría, y si arrastraría consigo el móvil era por honor a la promesa de Kyoka. Sin contar el sueño acumulado de no haber pegado un ojo en toda la noche.

—Vaya ironía…—Sopló su mejor amiga, a quien encaraba. Había decidido ser la última en despedirse—. Llegué aquí con la firme resolución de regresarte a Ciudad Domino, sin embargo, ahora que por ti misma lo has convenido, me aterra cumplirla. —En ningún momento apartó su atención del suelo—. Nada más cuando te hallé supe cuántas trizas tenías por dentro, no quería que volvieras así, por ello me propuse reconstruirte. Reconstruirnos las dos. Pero sé que aún no lo he logrado… Aún no…

Le acalló con un abrazo.

—Hiciste algo mucho mejor —sollozó en su hombro—: Me salvaste la vida— escuchó otro como respuesta—. ¿Te he dicho ya que si sigo viva es gracias a ti y que ni siquiera mi propia vida es suficiente para recompensarte?

Una sacudida de nariz precedió a la contestación.

—Contando esta, doscientas una veces.

—Puedo morir en paz.

— ¡No tientes a la muerte!

—Te quiero, Kyo. ¿Cuánto? Nunca intentes cifrarlo.


—.—


Los amplios ventanales traslucían la luz vespertina como las tardes de infancia donde veía el sol acostarse con las nubes del horizonte.

Las cortinas mantenían el rojo cual si fuera una corriente de sangre. Bailaban con el viento de enero como bailaron con el de aquel julio que por última vez las contempló enarbolarse.

Las mismas cuatro sillas acolchonadas eran las compañeras de la mesita ubicada en el centro, pese a que su color verde oscuro no formara un contraste armonizado con el tono marmoleo de dicho mobiliario y el tarro atestado con rosas ficticias seguía intacto en la superficie.

Las mesitas que memorizó adornar con manteles distintos rociaban la elegancia clásica que trasformaba la sección del hogar en un paseo por la historia.

La escultura de la Loba Luperca amamantando a Rómulo y Remo le causó el mismo repelús de la noche en que su Padre la posicionó en la mesita contigua al ventanal izquierdo.

La vasija con las letras del alfabeto en griego permanecía en la mesita donde le ordenó su Padre, sujeto al pretexto de que así le sería más cómodo repasar el dialecto al cual había invertido dos años de su existencia.

Altiva miró el prototipo de casco utilizado por Alejandro Magno en sus conquistas, correspondía al proyecto arqueológico en que se derramó la mayor parte de su sudor. Sonrió el orgullo de observarlo en óptimas condiciones.

La Gioconda perseveraba en la pared con la inmutable sonrisa neutral que bregó imitar, en vano, desde los cinco hasta los siete años de su niñez; en igual condición los Tótems cuya mención siempre le hacía estallar de la risa.

Bajo ninguna circunstancia daría su brazo para que la arqueología lo torciera como lo hizo con su familia. No lloraría. Los 863.5 kilómetros y las diez horas de viaje en el tren le bastaron para dormir, repasar su infancia, llorarla, reírla e imaginar el simulacro de su reencarnación ante Inoue, Ryō y su Padre.

Sin embargo, no dar su brazo a torcer a la arqueología no ameritaba el mismo esfuerzo de negarlo a Inoue, Ryō o su Padre. Haciendo en su Padre un énfasis mayúsculo.

Y si antes creyó que con no cruzar por la Plaza del Reloj reservaría una minúscula firmeza para no llorar como los ojos suplicaron hacerlo al pisar su pie la misma calle de su pasado, Inoue le arrebató dicha creencia.

—Disculpe, Señorita, ¿en qué puedo ayudarle?

Dos lágrimas le acompañaron al girar los talones.

—He vuelto, Inoue. —Acto seguido arrancó la peluca, tendiéndola en el piso junto a la boina.

El agua salada pronto rebosó los párpados inferiores de su segundo Padre, y sus piernas no dudaron en correr a precipitar su cuerpo entre aquellos brazos, enfundados en el traje azul marino de un conductor familiar.

—Señorita… ¡Señorita Sutori!— Lloró la realidad, fundiéndose sus cuerpos en un reencuentro paternal cuyo arrullo le devolvió la vida a la niña que fue más criada por él que por su legítimo Padre.

El uno se aisló del otro con la piel agitada, temblorosa debido al tiempo sin contactarse. Su Padre se limpió las lágrimas con los guantes del protocolo y ella, después de repetir el procedimiento con las propias, se empinó para sujetarle la cabeza por las mejillas y depositar así un beso en la calva.

Él recibió la muestra entrecortando sollozos. Los dos entrelazaron sus dedos en el aire, mirándose a los ojos hinchados por el llanto.

—Sabía que este día llegaría. Nunca perdí la fe.

—Perdóname, Inoue. Sólo perdóname sin entender.


—.—


Recibir el hedor de los libros empolvados, de lo añejo en las figuras arqueológicas de menor cuantía y de los papiros desvencijados en el barullo que era el escritorio, fue como estamparle los mil cuchillos que ilustraba la carta mágica cuyo efecto, recordó, sólo podía activarse cuando el Mago Oscuro estaba en el campo.

Mago Oscuro.

Duelo de Monstruos.

Dio gracias al humo que gravitaba en torno a la silla de espaldas al escritorio, de otro modo hubiera regalado al primer demonio la única razón por la cual sus zapatos grises pisaban la alfombra de aquel recinto.

De la hemeroteca.

—No calculé tu llegada tan temprano. —La figura tras el escritorio se levantó, dejando entrever la melena blanca. Los genes corriendo por su sangre—. Me alegra muchísimo haber errado en ello. —La cabellera fue sustituida por un rostro igual de plácido como se dibujó en la ventana del vagón, con las arrugas bajo los ojos color vino tan tímidas como las abandonó aquel julio desventurado, con el bozo lleno de los vellos alaciados que arrollaban toda la barbilla, con los lentes de la misma montura caqui que a los dieciséis años le sugirió comprar y con la misma pipa inglesa quemando habano en el hornillo.

—Bienvenida eres a tu casa, hija mía.

No respondió a los gestos dulcificados. Antes bien se dirigió hacia él sin vacilación en su trazo. Admiró a la mayor brevedad posible la similitud entre sus ropas en el instante previo a, de un tirón, arrancarle la pipa de la mano, que dicho sea de paso no le detuvo cuando botó el habano en la papelera a una esquina del escritorio.

Reteniendo la pipa vacía en sus manos, atinó a contemplar la sonrisa en nada perjudicada.

—Gracias, Papá.

—Perdóname. Olvidé cuánto aborreces dialogar conmigo mientras fumo.

—No importará siempre y cuando no interfieras al momento de yo arrojar ese veneno a la basura.

Él le acarició un pómulo con el dedo pulgar.

—Tu mejilla encuentro más consistente al tacto. —Empeñado palpó la dermis—. Has rescatado un poco del peso que no tenías en nuestra última visitación.

Le otorgó la razón en sus pensamientos. Sin embargo, no le maravilló la puntualidad con que descifró un aspecto de su vida mediante un acto en exceso sencillo como lo fue aquella caricia suave. Así de sagaz era su Padre en todo aquello que se proponía. Así sabía ella que los dos se habían llorado tanto, se habían sufrido tanto, se habían culpado tanto que al final no le quedaban lágrimas para mostrar, dolor para exhibir o culpas por echar en cara.

Ambos pactaron en silencio un convenio de aceptación cuya primera cláusula prohibía cuestionar un por qué, exigir motivos u apelar decisiones.

Sólo aceptar.

—Mis estrías gruesas y pálidas tienen la cortesía de recordármelo todas las mañanas. —Un resoplido amargo finalizó la oración. Él al tiempo desatendió su mejilla.

—Por consiguiente, vistes prendas holgadas para que nadie más asevere tus constantes cambios de peso— dijo, acomodándose los lentes con los ojos cerrados, imitando a Kyoka cuando solía presumir de su buen tino en todo lo relacionado a su persona.

Desazonada por el gesto e indispuesta a confrontarlo, arrojó la pipa sobre el escritorio, después mirándola con el entrecejo igual de fastidiado.

—Nadie más excepto tú. —Dispersando los papiros desvencijados tomó asiento en la orilla del escritorio—. A ti no hay renglón que se te zafe, pones el dedo en todos.

—En Osaka o en Domino o en cualquier rincón del universo seguirás siendo mi hija.

—No me mires de esa forma— contraatacó los ojos disgustados e hincados de súbito en ella—. No expresé la frase con intenciones de ofenderte, Papá, mi verdadera intención es ratificarte que todavía soy legible a la palma de tu mano.

Los entonces tensos hombros de su Padre se agacharon al compás de la cabeza, diciéndole cuán kilométrico era el tamaño de su arrepentimiento. La causa llevó al efecto de apercibirle volteado con las manos cruzadas en la espalda.

—Mi atención e oídos te pertenecen— adivinó que pedirle disculpas era para ella un acto innecesario.

—Es una cuestión simple…

—De lo simple se deriva lo complejo.

—No será este tal caso.

Le oyó soltar aire, el suspiro a través del cual resumía las ganas de volver a fumar.

—En tus años mozos como arqueólogo independiente, yo asumí las funciones de una promotora experimentada.

—La credibilidad que patentaba la fluidez de tus explicaciones fascinó aun a los menos interesados en perseguir las huellas de las antiguas civilizaciones; quienes más tarde acabaron siendo nuestros compañeros de expedición. Tú persuasión y mi liderazgo forjaron un nicho arqueológico sin precedentes en esta Ciudad. —La emoción en cada palabra lastimó su firmeza—. No obstante, decidiste permanecer al margen de todo lo demás que no involucrara la imagen de los proyectos frente a terceros, muy a pesar de que nunca faltaste a una conferencia u expedición.

—Porque estás en lo cierto, Padre— aclaró su voz con un borbollón de saliva, en busca de que él no detectara la herida previa en su firmeza—, he venido a ofrecerte mi disposición en el evento de esta noche. Sé que no asistirás por mero cumplimiento al protocolo.

— ¿En consecuencia, por cuál motivo supones tú?— Él se volvió hacia ella, observándole minucioso. Fue su turno de presumir lo bueno que podría llegar a ser su propio tino.

Se puso de pie llevando consigo la pipa, poniendo ambos ojo a ojo.

—En ese festejo se darán cita las personalidades de mayor alcurnia en todo lo ancho de Japón y, ¿por qué no sospechar de tierras extranjeras?— Los ojos color vino se agrandaban al ritmo con que las palabras fluían de su boca—. Todos los inversionistas potenciales en un solo lugar. —La lengua de su Padre quiso tranquilizar los labios tensos con una oleada de saliva—. Un apellido altisonante vinculado a tus proyectos arqueológicos, es el detergente perfecto para limpiar las máculas en tu reputación salpicada por la ocurrencia de aquel incidente.

La tirantez persistió en el semblante, cediendo luego su estancia a una sonrisa enorgullecida.

—Aún retengo en mis manos la confianza de muchas personas. —Se miró las mencionadas, contemplándose palma y dedos, como si en efecto tal sentimiento fuese sensible al tacto—. No debo servirla de alimento a los buitres.

—Por eso…—Primero frotó las yemas de sus dedos, que no sostenían la pipa, con los de la mano contraria, acarició la palma y al final la mano culminó entrelazada—. Estoy aquí para socorrerte, Padre. —Él continuó apreciando su mano unida al igual que ella. A sabiendas de que, si enderezaban la mirada, los dos acabarían resquebrajados por el llanto del otro—. Para socorrernos los dos.

Sintió en su cabeza cabizbaja el peso de los orbes inquietos. Su Padre acrecentó el enlace, implorando con ello una explicación pronta e inclinar hacia él su atención.

—Yo también necesito tu ayuda— atendió la súplica muda, encontrándose con una mueca mortificada—. Seguro recuerdas que cuando Ryō cumplió los doce años y yo los dieciséis, tú abriste dos cuentas especiales a nuestro nombre, en el banco donde laboraba un viejo compañero tuyo. Los rejuegos con la arqueología estaban generando unas utilidades tan repentinas que temías se esfumaran con la misma entereza con que habían aparecido. Querías asegurar nuestro porvenir. Cada seis meses depositabas en cada cuenta una porción del lucro generado en las negociaciones con los museos apoteósicos, sin embargo, cifraste ambas para que ni Ryō ni yo tuviésemos acceso a ella sino hasta después de haber cumplido la mayoría de edad.

La placidez regresó de lleno al semblante de su Padre.

—Por lo tanto, como estamos en el mes de enero y no serás mayor de edad hasta marzo, necesitas un documento notarial donde mi firma te autorice para retirar dinero de la mentada cuenta— libertó la única mano que con ella mantenía enlazada, permutándola de nuevo a su mejilla—. Empero, no consientes obtener el monto que, supongo, requieres, por amor al arte, y planeas ganártelo volviendo a fungir como la promotora oficial de nuestros proyectos arqueológicos frente a la gente de abolengo que asistirá al festejo. Convencerás el inversionista más indicado u acorde a mi situación, el dinero será la recompensa por tu accionar y luego retornarás a Osaka.

Escuchar su plan ser desmenuzado por el hombre a quien debía la existencia, trazó la sonrisa conmovida que retribuyó abastecida de un orgullo ecuánime al que él había expuesto minutos atrás.

— ¿Lo ves?— Extendió la pipa, él tomándola con la mano retirada de su mejilla—. Soy un libro abierto para ti. Sigo siendo tu hija en Osaka, Domino o cualquier rincón del universo.

Su progenitor le robó las palabras con un beso estampado en su frente. Le cruzó por el lado evitando un reencuentro entre sus miradas hasta dirigirse al escritorio. Otra vez ocupando la silla, abrió el único cajón, sacando de sus entrañas un documento que conoció al regresar su trasero al borde del escritorio no sin antes haber equilibrado la templanza en su rostro.

— ¿SENEG?— Leyó en voz alta las letras en mayúscula, negrita y centralizadas en la primera hoja del escrito.

Sennen Egipto, así se denomina el nuevo proyecto.

Agarró la montaña de hojas, trashojando algunas, se topó con un término específico que alteró sus nervios.

—Las Cinco Piezas de Exodia— murmuró—. ¿Reanudarás la persecución de registros que prueben la existencia de Exodia como un faraón del Antiguo Egipto?

—No, investigaré algo más interesante.

—"Sennen"…—Las neuronas no tardaron en maquinar—. Papá, por favor sácame de la cabeza que no iniciarás una investigación tocante a esos artefactos mal augurados.

—Cuentan las leyendas egipcias que el Ojo de Udyat contrarresta los efectos del mal de ojo. Con Egipto empezó el infortunio y con él debe finalizar.

Quien le sacó el presagio de la cabeza no fue su Padre, sino la fuerza en las cuerdas vocales de Ryō.

— ¡HERMANA!


—.—


El corte sirena del pomposo vestido blanco no erradicó la vergüenza que añadía usarlo pese al busto ilusión aderezando el diseño. Era precioso, el mérito reconocía, aunque así no sucediera con su ojo crítico en arduo conflicto con su raciocinio. El primero censurando el vestido mientras el segundo gritaba lo alabable que era tomando en cuenta su propósito.

La prenda era un medio, en el fin, justificado.

Dos toques a la puerta sirvieron de árbitro en la discusión interna.

— ¿Hermana, puedo entrar?

—Por supuesto.

Ryō se personó tomando asiento en la cama, ordenada con un juego de sábanas azul turquesa. El color favorito de su Madre.

— ¿Te pondrás ese vestido?— Examinó la prenda tal cual ella lo hacía sujetándola por la percha.

—Eso mismo me pregunto yo.

—Pienso que entallarías a la perfección. —Con una sonrisa expresó sinceridad—. Mamá y tú solían ser más o menos de la misma talla.

— ¿Sobre éste, qué opinas?— Estiró a la vista de su hermano el otro vestido, azul marino, que su otra mano dejó suspendido en el aire. Obviando el comentario por el bien de la conversación.

Quedaban pendientes los detalles que más ofuscación le causaba resolver como para que el fantasma de su Madre recortara el tiempo.

—Ese también es hermoso aunque, si cuestionas mi opinión como hombre, te sugiero el primero.

Le obsequió una sonrisa congratulada.

—Gracias, hermano. Lo tomaré muy en cuenta.

Escoger un vestido era el asunto de menor esfuerzo. En cambio la elección del calzado, el maquillaje, las joyas y, sobre todo el peinado, era el más horrible de todos los dolores de cabeza. Uno acrecentado gracias a su Padre por imponerle la unánime condición de no utilizar la peluca en el transcurso del evento.

Estaría expuesta. Muy expuesta. Demasiado expuesta.

Pero su amistad con Jōnouchi Katsuya y Kyoka Hanashi valía mucho más que la pena de aquel sacrificio.


"—Me pregunto qué estarán haciendo mientras no estoy—."


Si su mejor amiga estuviera presente, todo lo referente al vestuario ya se habría solucionado. Desde tiempos inmemorables había sido para la pelinegra como una muñeca desnuda, con quien Kyo se divertía cambiándole de ropa, peinándole, e inclusive la cara pintándole a su antojo. Al hacer de ello una costumbre, cuando no le tenía codo a codo, era una labor compleja tanto seleccionar un atuendo distinto como agregar importancia al qué vestir, y en consecuencia terminaba enfundándose con cualquier ropaje, fuese decente u inapropiado a la ocasión.

Por sus cavilaciones cruzó la estela de llamarle no sólo para mendigar cátedras concernientes a la indumentaria o cerciorarse de su bienestar en las tres horas que llevaba en los terrenos de su pasado, sino para decirle a lengua suelta cuanto le extrañaba a ella y a Katsuya pese al poco tiempo desde ya en su contra.

No lo haría.

No perturbaría las lecciones virtuales por una vicisitud que, gracias a su hermano, rememoró casi resuelta.

—Ryō, ¿continúa funcionando tu Toshiba? Necesito ver un tutorial.


—.—


El corte sirena dibujó en su cuerpo las curvas prominentes que en realidad eran una vía mal señalizada. O si por el contrario algún fulano u fulana tildaría de curvas prominentes las dos parábolas opuestas que parecían presionar su cintura y asemejarla con la de un reloj de arena medio gordo, entonces quizás sí analizaría un cambio en la definición.

Sí tenía las curvas, pero no la prominencia camuflada en el vestido.

Las estrías tapadas le recalcaron la verdad. Una verdad que le condujo a imaginar las mujeres de clase, y con la asistencia al festejo confirmada, gastando sudor o yenes en estrategias banales para ocultar un defecto físico similar al suyo. Se rió de ellas sin conocerles.


A todo mundo se le arrugará la piel como a un dátil, por más que muchos se empecinan con retrasarlo. Te lo dice esta vieja maltrecha que en su juventud recuerda pocos días sin tener el rostro empalagado de maquillaje. Si quieres conservar algo bonito de tu físico, que sea el cabello, ése sigue creciendo aun después de la muerte—.


Diez años debieron fragmentarse en su memoria para dar la razón a su abuela cuando en aquel recuerdo se burló de lo fascinante que le fue tal declaración.

—Hija, es hora de partir.

El anuncio, la voz amortiguada por el espesor de la madera trabajada en la puerta, zarandeó el ensimismamiento. Volviendo a poner en curso el tiempo que se propuso emplear en la revisión general de su aspecto.

La primera impresión era un arma de doble filo.

Escueta miró en el espejo las líneas de rímel al borde de los ojos, el rubor anulado, el poco polvo traslúcido untado en el semblante y sus labios al óleo por el labial carmesí.

—Cinco segundos, Papá. Cinco segundos.

Aplacó con la yema de sus dedos mayor e índice las hebras cortas que pudiesen salirse del rodete que, aunque sencillo, costó una hora de suspiros furibundos. Los dos mechones que se alargaban a insignificantes centímetros de su barbilla, trenzó hasta enredarlos en las ondulaciones del rodete, adornado con ganchos de brillo a fin de que ninguna lengua mal intencionada se percatara de su ineptitud respecto a tales destrezas supuestas e inherentes a una mujer recatada.

Inhaló paciencia, exhaló resignación, y con voz imperativa ordenó a sus neuronas poner en su boca las mejores palabras lisonjeras a los oídos aguzados de la muchedumbre aristócrata que esa noche pisaría el mismo suelo que ella.

Caminó al paso fino que las zapatillas doradas de taco reducido hicieron tintinear. Abriendo la puerta de un zarpazo, su Padre le escrutó con una fascinación aterradora.

—Acepto cualquier elogio menos el decir que soy idéntica a Mamá. —Él permaneció obnubilado—. El espejo ya me hizo el favor.

Su Padre sonrió de lado. Si la corbata de su traje no hubiera sido roja, sería fácil considerarlo un novio en el altar.

— ¿También te dijo la hermosura que destilas?

—No, pero lo has hecho tú y tu opinión es a lo sumo más valiosa que la suya.

Complacido le ofreció un brazo.

Ella lo aceptó melancolizada.


—.—


La urbe le pareció un baúl en cuyo interior parpadeaban las últimas luces de una navidad moribunda. En algunos establecimientos le mantenían con vida, mientras que los edificios y otros tantos insinuaban imitar el árbol de pino vestido de los adornos resplandecientes que traídos al caso eran la luz atajada en las ventanas de vidrio, no difuminado como el de la ventana del automóvil. El alumbrado público era tan excepcional que abrió en las calles un sendero de luz, e Inoue lo recorría con un silencio incriminatorio y cómplice al de su Padre.

— ¿A dónde tendrá lugar la celebración?— Desmontó el hasta entonces principal pasajero, acomodándose la estola de vestir sobre los hombros y a la mitad de los brazos, cruzándola por delante como pectoral contra el frío y un adorno sumado a la prenda. Una salida de emergencia a beneficio de su busto expuesto.

Las prendas con mangas cortas nunca incentivaron su gusto. Tener los brazos desnudos, a su juicio, no era diferente a sentirse desnuda por completo. No obstante, la ocasión ameritaba una excepción a la regla.

—En un Domo construido hace apenas un mes. —Le informó su Padre. El mutismo de Inoue clavó una mala espina en su intuición. No percibir los ojos grises, ni una sola vez, atendiendo la conversación a través del espejo retrovisor, era un desplante mudo. Una decepción atragantada.

Le pidió perdón con su silencio.

—Hemos llegado.

Llamó un error imperdonable no haberse montado al lado de la puerta, por consiguiente debería esperar a que su Padre se desmontara primero cuando su único deseo era salir despavorida.

No soportaría enfrentar la decepción de Inoue.

Sacó primero el pie derecho, pero al afincar el izquierdo, resbaló con el relente de la nieve y gracias a Kami cayó en el pecho de su Padre y no encima de algún mesero como acostumbraba suceder en las series juveniles que hasta cierto punto le entretuvieron en la adolescencia.

— ¿Te sientes bien, hija?— Buscando su rostro, le sostuvo por la cintura.

—Llevo dos años sin usar un jodido tacón. Espero comprendas.

Él se carcajeó.

No abandonó su cintura ni al pedirle a Inoue bajar el vidrio del asiento copiloto y ordenar con aire sigiloso pasar a recogerles cuando en el reloj dieran las once.

—Papá, ¿me harías un favor?

—Sí, no cederé a las entrevistas ni accederé a las fotografías. Sin embargo, dentro del domo no me será posible ayudarte como quisiera.

—Te lo agradezco mucho.

Transportada la mano desde la cintura, le volvió a tomar del brazo, ambos tenían en las narices el nuevo universo por conquistar.

Un Domo de ensueño.


"—Allá voy, infierno. Allá voy—. "


—.—


Tora Fujikage ejercía las competencias de un Gobernador Político bajo la tutela de la Dieta Nacional. Las actividades parlamentarias involucradas con el progreso de la Ciudad a nivel económico, social y tecnológico no se aprobaban sin su firma u consentimiento, en adición su nombre figuraba inscrito en todo lo relativo a los trámites judiciales concernientes a la Ciudad.

Fue aquel hombre de cincuenta y cinco años quien le notificó por vía escrita su participación en el evento, además de — y a pesar de haberse quitado la molestia de responder u agradecer el gesto— enviarle la invitación oficial.

Aquel evento social era una máscara cubriendo el semblante lánguido de Fujikage, las fullerías escondidas en sus arrugas mejor dicho. Fullerías que sostenían la silla ergonómica desde la cual ostentaba su hegemonía.

Él lo sabía, Fujikage sabía que él lo sabía, y le invitó a propósito de robustecer su poderío en las calles de Domino, hirviendo en la olla de la codicia al querer tener por cómplice su absoluto silencio. Accedió no sólo por tal objetivo aunque el privilegio no era desestimado en sus proyectos, sino para conocer el rostro de sus nuevos enemigos. Los ejecutivos hipócritas que abreviaban la tirria con un simple apretón de manos.

—Qué decoración más suntuosa— elogió Mokuba los adornos en cristalería, así como también las telas sueltas en el techo que caían encorvadas hasta unirse alrededor de las lámparas, inspirando tratarse de una rosa blanca cuyos túbulos eran las bombillas incandescentes, y demás variables irrelevantes que prefería delegar a un etcétera repetitivo.

—En algo deben excusar los miles de yenes que se introducirán en el bolsillo— encimó con cautela sus brazos cruzados a la altura de los costados, no queriendo arrugar su traje de un negro casi gris, complementado por la camisa tan blanca como el pañuelo en el único bolsillo del saco y la corbata que, contrario al traje, sí era grisácea.

— ¿Tú crees?

—La política es un paño de doble tela, Mokuba. Con un lado puedes pulir las inmundicias de la Corrupción Administrativa y con el otro taparlas para que se perciban como obras pulcras. Que nuestro país sea una Potencia Mundial no le exime de tal maleficio, las porquerías no escatiman el terreno donde se les permite incubar.

Su hermano comprimió toda impresión en un silbido corto.

—Entonces supongo que no formaremos parte de esta fachada por mucho tiempo, ¿verdad?— Habló mirando las copas de champagne que un mesero llevaba en la bandeja.

—Nos largaremos cuando Ibuki termine su discurso de bienvenida.

—Oh rayos. —El menor se colocó una mano en el estómago, tanteando la ubicación exacta entre la tela purpúrea del chaleco abotonado hasta el torso, dejando entrever la corbata azul en el cuello de la camisa lila, otra tonalidad del color morado del pantalón que vestía junto a los zapatos marrón oscuro—. En estos momentos mi estómago me está reprochando no haber ordenado la pizza antes de salir, así sería inmune a cualquier discurso político.

Al principio había desleído los brazos, alarmado, pensando que su hermano estaba a punto de padecer algún requiebro inesperado. Sin embargo, luego del comentario no pudo sino trazar en sus labios una curva similar a la del dibujo de la media luna.

—Todavía estas a tiempo.

— ¡¿En serio?!— Tal vez era la luminosidad en las lámparas lo que reflejaba pequeñas estrellas en los ojos de su hermano.

—Sólo por esta noche, Mokuba. Sólo por esta noche.

— ¡GENIAL!— El júbilo acaparó miradas entrometidas—. Quiero decir… —Mokuba le tosió al puño frente a su boca, fingiendo luego arreglarse la corbata azul y el saco blanco—. Mientras, iré por ahí a buscar un aperitivo.

—No te alejes mucho, este Domo es inmenso.

—También lo es nuestra mansión y allí no me pierdo.

—Porque no está cundida de gente. Además, si comes lo suficiente ahora no habrá necesidad de ordenar la pizza más tarde.

—Con aperitivo quise decir "un poquito de cóctel"— sonrió una inocencia falsificada.

—No me moveré de aquí, pero aun así no te tardes.

—De acuerdo, hermano.

Le observó navegar entre el mar de gente con vestuarios costosos.

Mokuba era una extremidad de su cuerpo.

Cuando su hermano menor no le hacía compañía en actividades de tal índole —por no decir a todas partes—, se sentía incompleto. Como si le faltara un pie o un brazo.

Las ocurrencias improvisadas, las burlas escondidas a los ejecutivos cabeceando de sueño en las conferencias, que si el fulano de al lado tenía la nariz como los orificios de una escopeta y pedirle acercar el oído sólo para decirle que se arreglara la corbata, que tenía hambre o que uno de los accionistas estaba cometiendo una falta de atención… Eran la razón por la cual el estrés no lo había matado.

Por esa misma razón, constataba sin temor a equivocarse que con su hermano ausente se aburriría más de la cuenta con el discurso de Bunmei Ibuki.

Y que tal vez por esa noche se comería dos trozos de pizza.


—.—


Debería ser un millar el número de veces en que agradeció a su Padre saludar a las personas con un breve apretón de manos o un asentimiento leve, el número de veces que se alejó el camarógrafo con la ficha de autorización colgándole del cuello, y el número de veces en que su identidad no fue prioritaria en ninguna conversación. Su Padre era el único objeto de interés. Las personalidades solían saludarles ahorrándose la molestia de preguntar su nombre, por su parte, él no insistía en presentarlo. Un detalle que agradecía en granel pero que a la vez era un aumento a la culpa vigente que, de acuerdo al convenio mudo, no debería experimentar. Sólo aceptar.

Fuera de los pormenores, de la cristalería y los adornos cuantiosos, su presa era un individuo con un nombre parecido al caballo alado en la Mitología Griega: Pegasus J. Crawford.

Investigó empedernida las últimas primicias relacionadas al ejecutivo, atrapando su atención un artículo virtual donde se narraba la muerte misteriosa de los dos arqueólogos clave que bajo sus órdenes avanzaban el proceso de desarrollo del Duelo de Monstruos. Al inicio descartó la oportunidad, anteponiendo la vida de su Padre sobre todas las cosas, pero Seto Kaiba no era una opción discutible.

No desdeñaba las virtudes gracias a las cuales el castaño se granjeó la admiración y el respeto de sus semejantes.

Sí era un empresario excepcional.

Sí era inigualable la calidad en los productos ofertados por su compañía.

Sí tenía un cerebro similar al de Einstein, sí era atractivo y sí era un futuro prometedor para la reposición de su Padre tanto o más de lo que podría aspirar con Pegasus. Sin embargo, el Presidente de la Corporación Kaiba poseía un defecto que para ella sobrepujaba todas sus virtudes: con quien no fuera su hermano, Seto Kaiba era una mierda. Y no, no cualquier mierda.

Una mierda muy, muy, muy hedionda.

Llena de vaho. Un vaho que él expandía en las fotografías de los periódicos, en sus anuncios al público y en el despido de los empleados que aumentaba las estadísticas oficializadas.

Por otro lado, el apellido altisonante de Pegasus sumado a la popularidad del Duelo de Monstruos era un aliciente perfecto.


Hija, estás haciendo un juicio demasiado precipitado con respecto al Señor Kaiba. No deberías otorgar crédito a las opiniones subjetivas de un artículo periodístico. Tú más que nadie ya debe saber que nadie puede decir cuán incómodo es el zapato del prójimo hasta no calzarlo en su propio pie—.


"—Oh no, Papá. Ni siquiera sobre mis huesos permitiré que te asocies con Seto Kaiba—."


Su punto focal estaba expuesto a la vista, platicando entre risas con un círculo de individuos destacados. Lo mantendría en acecho hasta precisar el momento de inmiscuirse.

—Admiro la dedicación que das a tu oficio, Reiji— escuchó realzar a uno de los tantos conocidos de su Padre—. Empero, y siendo además sincero, no distingo mucho porvenir en ir a recolectar escombros fosilizados.

"Recolectar escombros fosilizados".

"Recolectar escombros fosilizados".

"Recolectar escombros fosilizados".

La definición amartilló un hueco en su calma.


"— ¡¿Y tú quién demonio eres para humillar de esa manera la profesión de mi Padre?!—"


Reprimiendo el pensamiento a fin de no gritarlo en voz alta, desvió hacia el dichoso la mirada que en Pegasus mantenía centrada. Echando humo por dentro, le obsequió la primera expresión cínica de la noche cuando su Padre yacía alistando una respuesta plácida.


"—No, Papá. Esta vez no me quedaré callada como sucedió con Fujuta—."


—En efecto, Señor… —A media oración olvidó desconocer el nombre. Tampoco le pediría disculpas por ello—. No hay porvenir alguno en "recolectar escombros fosilizados" porque no es ése el propósito de la arqueología. —El hombre se avistó interesado al tiempo que sorbía un trago a la copa de champagne media vacía. Mientras las cejas alzadas de la mujer a su lado mostraban en el rostro haber descifrado el mensaje—. La arqueología es una ciencia que no sólo investiga los rastros de las antiguas civilizaciones con el objetivo de "recolectar escombros fosilizados". Indaga los motivos de su desaparición, los extrae de las entrañas de la tierra, y los despliega en nuestras narices como la verdad tras la extinción de una nación entera. Todo con el único propósito de que, al estar nosotros al tanto de dicha verdad, estemos en condición de prevenir que "la historia se repita". Nadie sabe si quizá todo lo que hoy conocemos sea, muchos años más tarde, una montaña de "escombros fosilizados" que nuestros posibles predecesores dediquen sus esfuerzos a recolectar. Después de todo, quien no conoce la historia está condenado a repetirla.

Finalizó con un guiño de ojo, quedando satisfecha por repetir el término tantas veces como ahuecó sus pensamientos.

El hombre digería con tal dificultad el resto de champagne que podía escuchar el líquido siendo forzado a bajar por la garganta. La mujer a su lado no cabía en sí, llena de vergüenza.

No se atrevió a mirar a su Padre. Tampoco fue necesario, Bunmei Ibuki regó su voz al gentío a través del micrófono. Daría inicio al discurso de salutación, un aspecto que no era de su interés aunque, si pensaba mejor la cuestión, una vez culminado el oratorio, acercarse a Pegasus con la excusa de felicitarle suponía una excelente oportunidad.

Al voltear hacia la dirección tomada por todo mundo, sintió el rodete aflojarse. Temiendo que la melena blanca se desprendiera en medio evento, susurró a su Padre con voz apaciguada su intención de dirigirse al baño… Asimismo no prestar atención al discurso en pleno desglose.

Él asintió.

Por desgracia, no reparó en preguntarle antes dónde diablos estaría el baño.


—.—


El "poquito de cóctel" se multiplicó en cinco copas que fusionadas a los gases en el estómago viajaron directo a la vejiga urinaria. Sin embargo, estarse meando en el momento cumbre de la noche no era lo peor, sino que su hermano hubiera predicho la situación con una exactitud escalofriante: estaba perdido entre la concurrencia.

Empezó a resbalarse por su frente un sudor glacial, y estaba fallando en el intento de no dar brincos con las manos protegiendo sus genitales. La mayor dificultad era que todo mundo circuía su atención en Bunmei Ibuki. Ningún buen samaritano a quien pedirle la dirección del baño o nadie que como él estuviese orinándose, llevando su desesperación a un punto donde no contempló más alternativa que adivinar a tientas.

Decidido a enfrentar la travesía, ésta resurgió intensificada cuando tropezó con lo que le pareció el vientre de una mujer.

— ¡D-Discúlpeme!— Arrugó los ojos, no tanto por la falta como por los orines calientes, e indicó una reverencia con el cuerpo inclinado—. ¡Aquí hay mucha gente y—

— ¿Tú eres…?— Levantó el rostro, encontrándose con unos ojos azules algo similares a los de su hermano. Dos veces más claros quizá—. ¡Mokuba Kaiba!— Pese a reconocer su identidad, lo que miró de inmediato fue su cabello azabache—. Es un honor conocerte. Eres el triple de guapo a cómo te imprimen en los periódicos.

Por un instante creyó tener la orina que en su vientre sentía hirviendo, instalada en las mejillas.

Una mujer le había encomiado.

Una mujer le había llamado "guapo".

A él.

No. A. Su. Her. Ma. No.

¿Estaría escuchando ilusiones por la sobrecarga de orina?

—Tu cabello también se aprecia tres veces más esponjoso.

Un latigazo en el vientre bajo le arrancó el asombro.

— ¡Mu-Muchas Gracias! ¿De casualidad sabrás…?

— ¿Dónde queda el baño? Disculpa si te incomoda mi pregunta, es que allí me dirijo y con lo espacioso que es el Domo…


"—Kami-Sama, gracias te doy por esta bendición—."


— ¡N-No me incomoda para nada!— Procuró convencerle con una sonrisa nerviosa e imponiendo la mano tras la nuca—. Por casualidad es el lugar al que quiero llegar. ¿Serías tan amable de decirme?

—Pues, según las indicaciones del mesero, está ubicado justo detrás de nosotros.

Ambos giraron las cabezas al mismo tiempo pero sólo él se sintió un pelele.

Tuvo el baño a sus espaldas.

Todo. El. Tiempo.

— ¡Entonces nos vemos a la salida! — No fue sino hasta después de haber desinflado la vejiga urinaria en el retrete que reflexionó su conducta mal educada. Por ello salió del baño con la misma rapidez con que se introdujo, queriendo hallar la mujer en los copiosos alrededores para ofrecer un agradecimiento con mayor formalidad.

Sorprendido le observó fuera, como si hubiese aguardado por él todo el tiempo que duró en aparecer.

Pronto el rubor le pintó los pómulos, obligándole a sacudir la cabeza en aras de espantar la timidez.

—Oye— a su lado, ella desvió hacia él la mirada, incrementando sus nervios. Era la primera chica en llamarle "guapo", aunque por su modo de vestir y altura debería ser alguien rondando la edad de su hermano—. Etto… Muchas gracias por decirme dónde encontrar el baño, en verdad lo necesitaba.

—Por nada. —Le guiñó un ojo. Agradeció que seguido volviera los ojos al frente—. El discurso del Señor Ibuki fue más corto de lo previsto.


Nos largaremos cuando Ibuki termine su discurso de bienvenida—.


— ¡Hermano!— Clamó por inercia.

— ¿Sí, Mokuba?— En su espalda sintió atravesado un viento antártico—. Creí haberte ordenado no demorar.


—.—


La fémina junto a su hermano infundió al instante la impresión de ser una dama de alcurnia correspondiente al montón personado en el evento. A causa de ello no le regaló más atención que una simple mirada soslayada.

— ¡Lo siento mucho, hermano! Me distraje observando las…

—Eso no importa. La limusina espera por nosotros afuera.

—Sí, como digas. —Conviniendo darse la vuelta, Mokuba solicitó su interés—. ¡Ah! ¡Pero qué mal educado soy!— Se reprendió—. Hermano, quiero presentarte a…

—Sutori. —La desconocida completó su propia presentación, propagando una voz templada. Ni muy fina ni muy áspera. Le fisgó con un detenimiento que no invirtió esfuerzo en profundizar. Había tenido suficiente estrés con participar en semejante escrutinio como para que una mujer de clase viniese a dislocar sus cabales.

Cumplido el propósito por el cual asistió al evento, permanecer allí era perder el tiempo en cuestiones ya irrelevantes. Esa mujer era una de ellas.

—Yura Sutori.

Cumplió a la perfección aquella reverencia tradicional.

—Supongo que decirle mi nombre sería un insulto a su intelecto. —Pero el propio comentario era de por sí el insulto. No obstante, las mujeres de alcurnia solían ser tan estúpidas que ni siquiera tenían neuronas para deducir la ofensa. El dinero las hacía más bellas pero cada vez menos inteligentes.

La presente, de modo particular, no pareció afectada.

Otra estúpida.

—En efecto, Señor Kaiba. —Sonrió inclusive—. Después de todo, para conocer su vida profesional sólo debe leerse la Sección de Economía en los periódicos, mientras que las revistas de farándula se encargan de inventarle una privada.

Frunció las cejas, más sorprendido por la respuesta que airado por causa de ella. ¿Quién demonios se creía y era esa mujer? Llenaba los ojos como las mujeres de alcurnia y sin embargo no sólo había interpretado el insulto: lo había devuelto con el mismo veneno.

Una dama de estirpe hubiese hecho todo lo contrario. Le hubiese adulado desde la presentación con el inviolable "a sus servicios" seguido al nombre,se hubiese disculpado a la vez que pedido en forma interrogativa conocer el significado de la opinión, y al final hubiese omitido el improperio para dedicar las próximas palabras a elogiar incluso las virtudes que a él no le interesaba poseer.

De modo que terminó por asediarle la última parte de la pregunta: ¿Quién era esa mujer?

—He oído renovadas maravillas acerca de usted. —Continuó justo cuando él separó los labios—. He oído incluso que utilizan un apelativo especial para referirse a su persona.

Su ceja fruncida optó por enarcarse.

—"El Demonio de los Negocios"

No fue la intencionada subida en el tono lo que hizo crujir su mandíbula, no fue la sonrisa cínica lo que hizo temblar su puño, no fue la lluvia de miradas entretenidas lo que prendió su rabia; sino convencerse de que la primera risa —mal disimulada— había sido la de Mokuba, lo que le llenó de indignación.

Un viejo trabajador de Gozaburo inauguró el término. Tras haberle despedido en su ascensión a la Presidencia de la Corporación, encontró de milagro quien le recibiera un currículo en una Editorial de Periódicos. Debido a sus conocimientos en el renglón económico, le cedieron un espacio en la Sección de Economía, donde sentenció con el término todo su rencor hacia él. Cuando Mokuba llegó a la oficina subrayando el artículo, halagó entre carcajadas la intrepidez del anciano para exaltar su superioridad con tal renombre.

A su mente le llovieron insultos ponzoñosos. Un sinfín de palabras y tonos con el tóxico de consumir la dignidad hasta querer descuajarla en trozos putrefactos.

Empero, la muchedumbre aristócrata, la amenaza del camarógrafo, Bunmei Ibuki y el maldito hecho de ser ella una mujer, exclamaron a una voz que su posición sería la más desfavorecida. Muy por encima de lo poco que a él le importara ponerla en jaque.

Esa mujer había ensuciado un término exclusivo para exaltar su superioridad, dejándolo en la intemperie del evento como un apodo coloquial por el simple hecho de ser ella, una fémina, quien lo recitara con tal acento.

—Vámonos, Mokuba.

—Pero…

—He dicho vámonos.

—Buenas noches, Señor Kaiba, Mokuba. Buenas Noches.

—Buenas noches, Yu…

— ¡Mokuba!

Evadía la multitud como si el vapor que llevaba por dentro también lo tuviese por fuera, quemando su carne con las llamas de tres brasas incandescentes.

La humillación de esa noche.

Que su nuevo enemigo fuese una mujer.

Y el endiablado guiño de Yura Sutori al despedirse.


—.—


Anécdota: A Hijikata Toshizō —rōnin y segundo al mando del Shinsengumi, una agrupación militar japonesa que resistió durante la Restauración Meiji— solían llamarle "El demonio del Shinsengumi" por ser muy duro en el cumplimiento de las reglas utilizando para ello su habilidad con la espada llamada Kanesada. Amo a ese hombre tanto como a Kaiba, por lo que me fue imposible no rendirle un homenaje por haberme inspirado la mayor parte de este capítulo. Además, hice descansar a Kaiba de ser apodado "Dragón".

"Descansar". "Descansar". "Descansar"

Seto Kaiba es como el fuego, si juegas con él te quemas y donde estuvo cenizas quedan. Poesía burda.

¡MILLONES, BILLONES, TRILLONES DE GRACIAS POR LEERME!