ReCap:

¡Y vamos con este nuevo cap! Le he tenido que hacer varios arreglos a la conversación, creo que ya estoy más satisfecha con el resultado…

Por cierto, en el capítulo anterior Romano aseguraba que Francia era la penúltima persona a la que haría un favor, ¿nadie se preguntó quién era la última? Bueno, los que hayáis pensado en Alemania, habéis acertado. Y los que hayáis pensado en España… también xD

Espero que este capítulo sepa para saber un pcoo más de la situación de otros lugarcillos de Europa, y que de a algunos pocos interesantes, ¿preparados? ¡Bien!

"Neugier" significa "curiosidad" en alemán… la verdad es que me gusta la palabra :D

ADVERTENCIA: HETALIA NO ME PERTENECE.


12-Neugier

1955 – Schloss Bellevue, Berlin, Berlin, Deutschland

Elias jugaba por los pasillos del palacio a una especie de pilla-pilla en el que ligaban los perros de Alemania. El germano no le dejaba jugar con los animales dentro de casa, pero hacia tiempo que no le prestaba atención ni a él ni a sus mascotas. Desde la visita de Rusia, Alemania solo se limitaba a trabajar y entrenar, sin nada que se saliera de lo estricto.

Así que Elias se tuvo que buscar la vida en lo referente a divertirse. Y sin nadie que le dijera lo que tenía que hacer, el niño se estaba convirtiendo en un gamberro de primera, hasta el punto de molestar a todo el palacio.

Pero después de viajar a Messina, y viendo que Alemania seguía con esa indiferencia, Berlín tomó medidas drásticas:

Se hizo cargo del niño.

– ¡Señor Kennel, Elias está jugando con los perros dentro del palacio! –entró estrepitosamente un miembro del equipo de administración en la habitación de Berlín, que escupió el café que estaba tomando del susto.

– ¡Sal, cierra y LLAMA! –le gritó, molesto.

– ¡Pero...

– ¡Vamos!

El hombre cerró apresuradamente la puerta, e inmediatamente se oyeron unos golpes.

– Pase.

El administrador entró, aguantándose en un porte más educado. Berlín le dedicó una sonrisa.

– ¿Algún problema?

– Buenas tardes, Señor Kennel. El Señorito Elias esta jugando a ser perseguido por los perros dentro del palacio.

– Bien. Dile que como no esté aquí en un minuto hará sentadillas toda la noche.

– Está bien.

El hombre cerró la puerta, y no pasaron más de tres segundos contados antes de entrara el niño, con el corazón en la boca.

– ¡¿Qué dices de sent-

– ¿¡Qué modales son esos!? ¡Se entra llamando! ¡Vamos!

Elias bufó y cerró para luego dar unos toques en la puerta.

– ¿Quién es?

– ¿Quién crees?

– …

– Elias...

– ¿Contraseña?

– ¡¿Qué?!

– ¿Contraseña?

– ¡Déjame entraaar!

– ¿Contraseña?

– ¡Perro! !Gato! !Tigre!

– Elias.

– ¡¿Qué?!

– No tengo contraseña.

– ¡No me digas!

– Si sabes que no tengo, no intentes averiguarla.

– ¡Aaaaagh! ¡Déjame entraaar!

– Bah, pasa.

Elias entró estrepitosamente, cayendo al suelo. Berlín miró su reloj un momento.

– Vaya, minuto y medio... Esta noche no duermes, pequeño.

– ¡Pero yo llegué en un seg-

– Acabas de llegar. Tarde –la capital sonreía.

– Eres un...

– Si no quieres que te vuelva a pasar esto, no juegues con los perros dentro –se encogió de hombros.

– Pero... sentadillas... toda la noche... eres cruel...

– La VIDA es cruel. Yo solo soy un empleado suyo.

Elias suspiró. Si algo echaba de menos de Alemania, era su consideración. A Berlín le importaba poco si aparentaba seis años y tenía cuatro, le trataba como si fuera un súper hombre o por el estilo.

Se tiró encima de la cama que había debajo de la ventana. La habitación de Berlín era grande y luminosa, aunque pocas veces abría el hombre las cortinas.

– ¿Qué haces, enano?

– Luego no podré dormir, así que lo haré ahora.

– No sabía que te echabas la siesta.

– Pruebo cosas nuevas –el niño le sacó la lengua, aunque no siquiera se estaban mirando.

Berlín rió por lo bajo, y se sentó en el escritorio de la habitación a leer. El niño no tardaría en molestarle porque "dormir era aburrido", y tenía que aprovechar el momento de paz.

Elias se escondió entre las sabanas. Dado que no conseguía dormir a esas horas, pero tampoco quería levantarse, no tenía ningún entretenimiento a mano.

Hace tres días había vuelto de Messina, y a la mañana siguiente había descubierto que había crecido tres centímetros, por lo que ahora medía 1'14 metros, por lo que estaba feliz.

Dio una vuelta en la cama. Pensar en su nuevo récord de estatura no le divertía tanto como creía, así que empezó a recordar la reunión. Fue desde luego muy divertido, y pasaron el resto de la tarde tomando unos deliciosos gofre belgas, y muchos dulces sicilianos. Eso sí, Alemania estuvo más cabreado que nunca, y se fue al hotel en el que se alojaban enseguida.

Dio otra vuelta. No había mucho que pensar sobre la reunión, tendría que entretenerse con otra cosa. Se acordó entonces de la carta en árabe que le había enseñado Francia a Romano. No entendía como podía saber Italia del Sur árabe antiguo, pero si de algo estaba seguro era de que en España se hablaba español. Y Romano parecía muy preocupado al leer la carta. Y todo el mundo le callaba o cambiaba de tema cuando preguntaba por la situación de la península. Su ignorancia le enfadaba de verdad.

Se levantó de la cama rápidamente, y miró a Berlín, que cerró el libro.

– Chico, no has estado ni cinco minutos acostado. Tendrás que practicar más esto...

– Ken, ¿qué pasa en España? -le interrumpió el niño, sentándose al lado de él.

– ¿Me ves con cara de saberlo? -preguntó la región, levantando una ceja.

– Sí.

– Pues sí, lo sé –respondió tranquilamente, tomando un sorbo de su café.

– ¿Y qué pasa?

– ¿Y por qué me preguntas a mí?

– ¡Porque nadie me lo dice! ¿Todos cambian de tema!

– … ¿Y no será por algo?

– ¡¿Y qué es ese algo?! ¡Yo quiero saberlo!

Berlín le miró atentamente, como pensándolo. Empezó a dar vueltas a la taza, divertido.

– ¿Debería o no debería decírtelo...?

– ¡Deberías, deberías!

– Vale, no pierdo nada –sonrió. Era mil veces más fácil de convencer que cualquiera de los países a los que había preguntado–. España y Portugal están metidos en una dictadura.

El chico se emocionó: por fin le daban la maldita respuesta. ¿Pero tan difícil era decirle eso? Entonces frunció el ceño.

– ¿Qué es una dictadura?

– Sustantivo, femenino, singular, común, individual, abstracto.

– ¡El significado, Ken!

– No me grites, yo no sé a lo que te refieres si no concretas –se encogió de hombros–. Una dictadura es cuando alguien se dedica a mandar sobre un país sin que nadie pueda llevarle la contraría. No tienes opinión o libertad. Yo aquí dentro, básicamente.

– … Éso es malo.

– Bastante. No me dejan tomar dulces.

– Buff –Elias rodó por la cama–, ¿y eso es lo que no querían contarme? ¿Sólo eso?

– Chico, es un tema bastante duro –el hombre se calló un momento–. Es más, no le digas a nadie que te lo he dicho y tal, a saber qué pollo montón…

– ¿Y qué pasa con las personificaciones de un país en dictadura?

– Pues hacen lo que toda la gente: acatar órdenes –Berlín se encogió de hombros–. El problema está en cuando el dictador no es bueno, que es lo que les ha ocurrido a esos dos. Lo deben de estar pasando fatal… O sea, no es que alguna vez haya habido un dictador bueno en nada, o al menos no que yo me acuerde…

– ¿Por qué? ¿Las personificaciones no suelen ser bastante estimadas?

– ¿Acaso no ves como me tratan a mí? Somos el pico de la mesa con el que se choca la gente…

– ¿Y cómo son España y Portugal?

– Ah, bonitos: sol, playa, bosques y praderas, buen vino y aceite, y jamón...

– ¡Me refiero a las personificaciones, Ken!

– ¡Pues dilo! –el país le chistó, como haría con un perro– A ver... España es tonto, y Portugal cuidadoso...

– ¡Eso es muy general!

– ¡No les conozco personalmente, solo soy una región de Alemania! ¡Te digo lo que me dice él! ¡Si me preguntaras por Cataluña, Oporto, Asturias o Faro, sabría más! –le espetó. Después se llevó una mano a la barbilla– Ahora que lo pienso, tengo que visitar a Extremadura, su jamón está muy bueno... Tsk, dictaduras de mierda –se mordió el labio, enfadado.

– Pero todo lo que me has dicho son suposiciones, ¿Es que nadie sabe lo que está pasando allí? –preguntó Elias, extrañado.

– Si te refieres a las personificaciones, yo no sé más. Alemania no sabe más. Nadie sabe más. Les tienen bien escondidos, desde luego. Podrían estar muertos y no nos habríamos dado cuenta.

– ¡¿ De verdad?!

– Claro que no, era una exageración; se suele saber cuando uno de nosotros muere.

Elias estuvo callado un momento, asimilando todo. Berlín le había ayudado mucho, quizás podría decirle un poco más. Rodó en la cama hasta quedarse mirando como tomaba el café.

– Ken, a Francia le llegó una carta desde Valencia en árabe antiguo.

La capital escupió el café de vuelta al vaso y se empezó a desternillar.

– ¡¿Árabe ANTIGUO?!

– Eh, sí.

– JAJAJAJAJAJCOFCOFCOF… –empezó a toser, y se dio un par de golpes en el pecho. Tras unos segundos siguió, más calmado– no me imagino la cara que tuvo que poner…

– ¿Crees que sería de España?

– Hombre, si venía de Valencia, no va a ser de Canadá.

– Jopé, Ken, me refiero a la personificación...

– Ya me has liado tres veces, haz el favor de preguntar bien.

– ¿Crees que sería de la personificación de España?

– Puede, ¿no? Si es árabe antiguo... los dos estuvieron conquistados unos siglos por los musulmanes.

– ¿Y por qué crees que haría eso?

– Chaval, ¿cuánta gente crees que hay ahora mismo en esa península que sepa árabe del viejo? Nadie. Algún genio oculto, y da gracias. Está claro que una carta así de codificada no la leería nadie. Pero dársela a Francia... vaya fallo.

– Pero Fran se la dio a Roma.

– Eso significa que la carta iba en realidad para él, pero que dieron un rodeo para que fuera más seguro.

– ¿Roma sabe árabe?

– Tiene ascendencia musulmana, sabe bastante.

– ¿Y tú sabes árabe?

– No sueñes, enano. Me vale con él inglés y mi alemán.

– ¿Sabes de alguien que sepa árabe antiguo?

– Se de regiones de países conquistados por los árabes que lo hablan, pero como no he salido desde la guerra de aquí, ya se habrán olvidado de mí…

– Mierda… –Elias se aplastó contra una almohada, y el estado le miró mientras le daba sorbos a lo que le quedaba del café.

– … ¿No tendrás la carta aquí?

– ... No.

– ¡¿Entonces qué más da que conozca a alguien?!

– Preguntaba por curiosidad. Igualmente Fran va a buscar a alguien que se la traduzca, porque Roma no le dijo qué ponía. Hasta entonces quiere que no se lo diga a nadie.

– Ajá, y yo soy nadie, ¿verdad? Un simple estado alemán enfermizo...

– ¡No! ¡Solo que confío en que tú no se lo dirás a nadie!

– Pues si guardo el secreto como tú mañana está en el periódico –se acabó el café–. Haré como que no te he oído nada, ¿vale?

– No hemos tenido esta conversación.

– Exacto. Ahora vete y déjame descansar... me duele la cabeza... –terminó Berlín. Elias se despidió y salió de la habitación.

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Por fin alguien le contaban qué pasaba por allí. Se sentía más tranquilo, aunque lo que sucedía no era muy bueno, pero al menos no cargaba con esa horrible intriga cada vez que Roma daba largas a alguien sobre el tema. Se le había olvidado preguntar por qué España le escribiría a Romano, pero no iba a volver a molestar a Berlín, así que se olvidó del tema.

En el pasillo se encontraban los tres perros de Alemania, que le esperaban ansiosos por seguir jugando. Elias se acercó a acariciarlos.

– Ya no puedo, me han castigado –suspiró. Y los perros debieron de entenderlo, porque bajaron la cabeza, tristes.

Entonces Aster empezó a ladrar, Blazkie miró a un lado del pasillo, y Berlitz salió corriendo en esa dirección. Elias observó como los perros se iban ladrando por el corredor. A lo mejor había una rata, o Katze, que no estaba con Berlín, así que seguramente estaría deambulando por ahí. Pero Katze sabía como pasar inadvertido ante los cánidos.. así que sería una rata.

Un maúllo salió de la esquina del pasillo. Un maúllo fuerte y agudo. Elias frunció el ceño, girándose hacia donde habían ido los perros. Aunque fuera raro, a lo mejor habían pillado a Katze con la guardia baja…

Entonces oyó más maullidos y ladridos, y las tres mascotas aparecieron corriendo, con unos cuantos arañazos. El niño miró, alucinado, como huían despavoridos.

Vale. Katze NO asustaba a los perros, mucho menos les atacaba.

¿Había un gato salvaje allí?

Se acercó lentamente a la esquina, preocupado de cómo se habría podido colar un minino tan fiero en el palacio.

Pero no había gato fiero, solo el gato negro de siempre. Katze. Estaba a medio camino entre una puerta y otra a lados opuestos del pasillo. Katze se le quedó mirando, con su típico semblante de "¿tengo monos en la cara?", y siguió su camino hacia la otra puerta.

¿Entonces había sido él? No, era imposible. Puede que solo hubiera visto al gato cuatro veces desde que estaba allí (aunque lo encontraba a menudo con Berlín), pero sabía de sobra que ni siquiera maullaba así. Para empezar, no maullaba, solo bufaba cuando le cogía.

Miró por el pasillo, extrañado. No había ningún gato salvaje, ni león, ni tigre, ni felinos en general. Pues tenía que haber sido el gato negro, no había otra. Tendría que buscar la forma de castigarle por arañar así a los perros, dado que Alemania no se iba a encargar.

Entonces oyó unos maullidos en la habitación por la que había desparecido Katze, y ruidos de pelea. Entró rápidamente, y la escena que encontró le dejó sorprendido.

Para empezar, había dos gatos. Uno era el inconfundible de ojos azules y pelaje negro de Alemania, pero el otro no lo había visto nunca. Su apariencia era justo la contrario a la de Katze: pelaje blanco y ojos rojos, aparte de una cicatriz que le cruzaba el ojo derecho y otra en el hombro izquierdo. Elias también se fijó en que llevaba la bandera alemana a modo de collarín, como el otro.

Observó como el gato blanco molestaba al negro, que le lanzaba algún zarpazo para que se alejara.

¿Cómo había llegado hasta allí? Aunque no quería molestarle, tendría que preguntar a Alemania.

Se acercó a Katze, que se restregó feliz contra sus piernas. Miró al gato blanco, que en cuanto se había fijado en el niño se había escondido debajo de una cama, dejando de él solo dos orbes rojo carmesí que brillaban amenazantes. Un poco de miedo sí que daba, pero a Elias le cagaban los perros, no los gatos.

Se acercó a la cama, con Katze observando detrás suya, como si de una película se tratase. Lo que ocurrió a continuación fue un enfrentamiento de un instante.

El gato albino salió disparado fuera, hacia la puerta, pero el niño pegó un salto, interponiéndose. Al felino se le erizó el pelo del susto, y en un intento de volver atrás trastabilló y cayó al suelo, Elias se aprovechó y se lanzó encima suya, atrapándolo.

Al instante el gato empezó a retorcerse en sus brazos, intentando liberarse, sin conseguirlo.

– No, no, no… Tú te vienes conmigo... –le susurró al oído, pero el animal siguió intentando deshacerse del chiquillo. No era tan grande como Katze, pero sí mucho más rebelde, y Elias acabó dando bandazos entre los pasillos, con el bicho arañándole los brazos y el otro caminando con tranquilidad a su lado, destino la biblioteca, donde seguramente estaría Alemania a esa hora.

Pero cuando ya estaba a punto de acabar su peripecia, tuvo que pararse. Se oía música en el mismo pasillo de la sala a la que iba, pero más al fondo. Por ahí estaba la sala de música, pero que él supiera, ningún grupo tocaba ese día, y que alguien se arrancase a tocar el piano porque sí…

Decidió acercarse. Solo sería un momento, y luego iría a enseñarle el gato a Alemania. Hasta el minino sentía curiosidad.

A medida que se acercaba descubrió que solo se oía el piano, así que solo había una persona, y lo que brotaba de las teclas muy triste, y muy profundo. Elias y el gato blanco estaban al borde de la lágrima.

Llegó a la puerta de la sala de música, que estaba entreabierta, y la abrió del todo, tímidamente.

Allí había un enorme piano de cola negro, y al rededor algunos instrumentos en sus cajas, y estanterías repletas de partituras y otros objetos musicales. Como había predicho, solo el piano estaba sonando.

Un hombre que le daba la espalda era el creador de esa música. De él solo podía ver una cabellera castaña oscura con un mechón estirado, y una chaqueta morada larga y pasada de siglo.

Entonces se fijó en que no estaba solo. Alguien más estaba escuchando al pianista, de pie y serio: Alemania.

De la sorpresa de encontrarlo allí, el chico aflojó los brazos, y el gato blanco no esperó un segundo para saltar al suelo. Al ver que el albino estaba libre, Katze salió disparado hacia Alemania.

Elias pudo ver como el albino saltaba al piano, justo sobre las teclas, mientras que el otro se subía a su cuidador.

La había cagado pero bien...

Se oyó el estruendo del piano al caer el minino sobre las teclas, destruyendo la magia de la melodía que estaba sonando. Alemania miró sorprendido al gato que se había subido sobre él, maullando, y después miró al otro, que se dedicaba a gruñir al pianista y se le erizaba el pelo cada vez que sonaba una nota.

Y se giró, viendo a La CECA antes de que pudiera esconderse.

– ¡Elias! –rugió, furioso.

El chico tragó saliva y se pegó a la pared, las manos arriba.

– Venía... ese gato... ¿por qué…

– ¡¿Qué haces interrumpiendo?! Lo siento mucho, este es el niño de Lugano del que te hablé, siempre está armando jaleo, no hay manera de evitarlo… –siguió el alemán, girándose al pianista.

– Ludwig, no pasa nada. Solo me faltaban unos compases para acabar, y no estaba sonando tal y como yo esperaba –habló el músico, levantando una mano en señal de calma a Alemania.

– A mí me ha parecido precioso –alegó el niño, evitando mirar a su tutor.

El hombre se dio la vuelta, y Elias pudo ver a un tipo joven, de piel pálida, con gafas que dejaban ver unos ojos violetas, y un lunar bajo el labio. Llevaba un traje con pañuelo y todo, lo que le daba un aire elegante. Desde luego tenía buen gusto.

– Muchas gracias por la opinión. Tú eres el niño que pintó las teclas de amarillo, ¿no?

– ...J-juro que fue sin querer…

– No pasa nada –aclaró el músico, con una sonrisa cansada. Por la cara de Alemania, no debía ser propio de él quitar importancia a esas cosas–. Mi nombre es Roderich Eldestein, encantado –continuó, tendiéndole la mano.

– … Elias Schuman... –el niño se acercó con lentitud, y le estrechó la mano, algo tembloroso.

– ¿Qué haces aquí, Elias? –preguntó Alemania, todavía serio.

– Yo... vi a ese gato... y bueno... creo que se ha colado aquí o algo.

Roderich y el país miraron al gato blanco, que se paseaba por el piano, bien alejado de las teclas. La nación suspiró y se acercó a él.

– Es Gilcat, el gato de mi hermano –explicó, acariciándolo, y el minino se puso a jugar con su mano.

– ¿Gil también tiene gato? ¿Y dónde ha estado todo este tiempo?

– Desde que se fue su amo, anda escondido por ahí. Solo se acerca a mí.

– Siempre que vengo tus gatos están perdidos por ahí –comentó Roderich, acercándose a Katze, dado que el otro le gruñía. Ludwig le miró con una cara que parecía decir "mira quién fue a hablar"–. El mío no se aparta de mí.

– El palacio es grande, y al parecer no me quieren mucho, así que se la pasan deambulando. Al menos sé que Katze está con Kennel, pero Gilcat vive sin ley.

– ¿Qué tal está Kennel?

– … Mal, y creo que va ha peor. Y eso es muy mal augurio.

Elias escuchó la conversación, extrañado. El músico conocía hasta a Kennel, Berlín, así que tenía que ser cercano a Alemania, aunque puede que no supiera que era un país.

Pero entonces Alemania se acercó a la puerta y la cerró con llave.

– ¿Hacemos las presentaciones bien? Elias, él es Austria; Austria, Elias.

– ¡¿Austria?! –ahora encajaba todo– ¡Guau! ¡¿Qué haces aquí?! ¡Cuatro años y todavía no conocía al país vecino!

– He venido para hablar con Alemania.

– Escogiste el Réquiem de Mozart, ¿es algo grave? Podemos hablar en privado, si quieres –sugirió Alemania, preocupado.

– No te preocupes, no habría mejor sitio que este en todo el palacio –le tranquilizó el austriaco, cerrando con suavidad la tapa del piano. Se fue a sentar a una silla, y Alemania le siguió tras indicar a Elias que fuese con ellos–.Verás, Hungría fue a una reunión en Varsovia.

– ¿En Varsovia? ¿Y de quién era esa reunión?

– De La Unión Soviética, por supuesto.

Alemania alzó levemente las cejas, sorprendido. Elias les miraba confundido. No conocía a Hungría en persona, pero sabía que era una mujer y que tenía carácter.

– ¿Qué querían?

– Era para un pacto de amistad, cooperación y ayuda mutua –la voz del músico se iba quebrando con cada palabra.

– Y se negó, ¿verdad? –Alemania estaba cada vez más preocupado.

– … Nein –murmuró Austria, y con esa última palabra, su voz, y seguramente todo él, se resquebrajó. Se pasó una mano por los ojos, debajo de las gafas– … aceptó el pacto... ahora es un estado satélite de La URSS. Ahora no está… –fue hablando cada vez más bajito, hasta solo oírse susurros mezclados con sollozos.

Elias se sentía absolutamente fuera de lugar. No sabía qué habría entre Austria y Hungría, pero no podían ser sencillamente conocidos. Katze pasó de Alemania al otro país, intentando reconfortarle, y Gilcat bufó a sus espaldas.

– ¿Quieres decir que se la ha llevado? ¿Cómo a mi hermano?

– Sí… de ahora en adelante tendrá que vivir en Moscú… –se oyó en un murmullo. En un intento por animarle, Katze le lamió la mano, pero viendo que no funcionaba, se resignó a acomodarse en su regazo.

Alemania quería preguntar más, pero entendía que Austria no quisiera responderle. Estaba totalmente derrumbado.

Elias se recolocó en su asiento, incómodo. No podía estarse quieto viend como un hombre con esa porte se derrumbaba, tenía que hacer algo… Con suma timidez, alargó el brazo, y Austria sintió cómo le tiraban de la manga. Se colocó las gafas, y le mostró al niño una mirada sombría. No había llorado todavía, pero le faltaba poco.

– Señor Austria… no se preocupe –empezó el chiquillo, y los dos países le miraron sorprendidos–. Es cuestión de tiempo que vuelva, ya lo verá. ¡Todo en la vida es como un boomerang, va y vuelve!

Los tres se quedaron en silencio unos segundos, hasta que el austriaco se giró a la otra nación.

– … ¿Le has enseñado tú esa frase? –preguntó seriamente, y el hombre se encogió de hombros.

– Me la dijo Ken, aunque él se refería a dolores de cabeza, ¡pero yo creo que puede aplicarse a todo! –aclaró el niño, riendo. Austria levantó ambas cejas, confuso, pero su rostro se animó levemente– Y le aconsejo que acaricie a Katze: pocas veces se deja –el músico le dirigió una mirada al minino, que aun teniendo cara de pocos amigos no se iba. Le acarició la cabeza, y el animal empezó a ronronear. Alemania no podía estar más sorprendido– ¿A qué es suave?

– … Sí, lo es.

– ¡Reconforta mucho! ¿Verdad?

– Elias, tiene gato, sabe lo que es acariciarlo.

– Pero Katze es especial. Verlo es un lujo. Imagínate tocarlo...

El alemán suspiró. Lujo sería ver a Gilcat, dado que desde que se fue su hermano solo se acercaba a él. El gato blanco se acercó dando brincos, y empezó a frotar su cabeza con la mano de Alemania, esperando que le acariciaran a él también.

– Austria... ¿Cuánto tiempo estará fuera? ¿Lo sabes? –se atrevió a preguntar Alemania, viendo que el castaño estaba más tranquilo.

– No lo sé. Estoy igual que tú con tu hermano –admitió el austriaco, cansado.

Hubo un momento de silencio, en el que solo se oyó el gruñido del gato blanco intentando morder el pulgar de Alemania, y por fin este se enteró de que también quería mimos.

– Pero ella... ¿la obligaron a aceptar el pacto, o lo decidió por si misma?

– Según ella, lo aceptó por sí misma. Llevaba ya muchos años y nadie ayudaba a su país, así que ya estaba de sobra forzada a aceptar cualquier mano que se la ofreciera, y ellos fueron los primeros.

– ¿Y Suiza? ¿La Cruz Roja? –insistió Alemania.

– Una simple organización no gubernamental no puede reconstruir un país –cortó Austria–. No podía evitarlo y aceptó el pacto, así de simple. Tampoco es que hubiera muchas trabas.

Los dos países volvieron al silencio. Elias sentía pena por Austria; si le habían hecho lo mismo que a Alemania, seguramente duraría decenas de años.

– Alemania, ¿puedo tocar otra vez? –preguntó de repente el austriaco, levantándose con el gato en brazos.

– Claro, eres el único músico que me sale gratis, al fin y al cabo...

– ¿Gratis? ¿Así que puedo ganar di...

– Olvida lo que te he dicho y toca.

Austria se sentó al piano, y Katze salió corriendo: había tenido suficientes caricias para un año.

– ¡Hey! ¡Un momento! –gritó el chico, justo cuando iba a presionar la primera tecla. El músico miro extrañado como el chiquillo se sentaba a su lado– ¿Puedes tocar algo más alegre?

– Joven Elias… no estoy de humor para tonos alegres.

– Jo, ¡pero si sigues tocando esas melodías nuca lo estarás! ¡Enseñame alguna canción de piano!

Wie?

– Que me gustaría tocar el piano… –el chico balanceaba las piernas con fuerza, conteniendo su emoción– ¡Y tú tocas de maravilla! Pero empecemos por algo fácil, porque aquí veo muchas teclas...

Austria estaba boquiabierto. El niño se había olvidado rápido de los problemas, algo que no podía hacer él para nada.

– ¡Tonto! ¡No puedo enseñarte! ¡No tengo tiempo ni ganas!

– ¡Claro que tienes! ¡Y yo aprendo rápido!

– ¡Qué no! ¡Alemania, dile algo!

El nombrado les miró un buen rato, con Gilcat subiéndose a su hombro para luego caerse por la espalda y volver a empezar. Cuando hubo hecho eso siete veces, el alemán habló.

– Enséñale. Te entretendrá, ya lo verás.

– ¡¿Qué?!

– ¡Sí! ¡Toma!

– Desde hoy tienes clases de piano, Elias –sentenció Alemania.

Austria se llevó las manos a la cara, viendo lo que le esperaba, tan horrible... estaba demasiado mal para encargarse de un niño.

No imaginaba cuanto le iba a agradecer la idea al alemán.


No hay traducciones, porque está claro que "wie" en alemán va a ser un "qué cojones" en español...

Entiendo que España y Portugal no tengan que ver en esta época con la UE, al igual que los capítulso de la URSS son más bien ajenos a la historia central, pero intento abarcar el continente con esta historia, así que si pensáis que necesita un cambio de nombre: yo también. Pero no se me ocurre nada mejor: se centra en la UE, al fin y al cabo, ¿no? No le demos más vueltas.

Espero que esté bien clara la pobre situación de Austria. No voy a poner romance en esta historia, pero dos países que fueron un imperio durante tanto tiempo… Esta separación les debe haber sentado como una patada.

En fin, ¡pronto más! ¡Se aceptan reviews!

~SomeSimpleStories