EMBRUJADA

Por Cris Snape

DISCLAIMER: Todo pertenece a JK Rowling y su gente. No escribo esto con ánimos de lucro.

CAPÍTULO 12

Colorín, colorado

Margaret le echó un último vistazo a su escritorio antes de colocarse la túnica de abrigo sobre los hombros. Todo estaba tan organizado como siempre, así que se dio por satisfecha y se dispuso a marcharse a casa. Las terminales de la red flu del Ministerio llevaban un par de días averiadas y la mujer siempre se ponía enferma cuando se aparecía, así que utilizaría la escoba para ir a la casita de campo en la que vivía. Ahí fuera hacía un frío que pelaba y Margaret no quería resfriarse, así que se aplicó un par de hechizos calefactores antes de salir de la oficina.

Justo cuando salía por la puerta, Percy Weasley abandonó su despacho. Desde que la red flu se estropeara, el hombre no había dejado de trabajar ni un solo segundo, yendo de aquí para allá, dando órdenes y protestando porque los operarios no lograban arreglar aquel desastre.

—Buenas tardes, Margaret. ¿Ya se va a casa?

—Así es, señor Weasley.

—En ese caso, apagaré todas las luces. Yo también me marcho ya.

Percy agitó la varita y la habitación quedó en penumbras. Las ventanas dejaron de mostrar aquel paisaje boscoso que a Margaret le gustaba tanto y quedaron opacas. El señor Weasley también se había abrigado bastante y, aunque en otro tiempo podría perfectamente haberse quedado un par de horas más en la oficina intentando solucionar el embrollo de la red flu, ahora ya no hacía esas cosas. No le había contado nada a Margaret, pero la mujer estaba bastante segura de que su jefe salía con alguien.

—¿Qué tal se presentan las Navidades? —Le preguntó el brujo mientras caminaban juntos en dirección al atrio.

—Tan agitadas como siempre. Tendré a toda la familia reunida en casa, así que habrá mucho trajín.

—Sé lo que quiere decir. Ya me estoy temiendo el desastre que se va a armar en La Madriguera con todos mis sobrinos juntos y enredando. Por no hablar de que posiblemente mi cuñada Fleur pueda darnos un buen susto. Sale de cuentas en unos días.

—En su tercer hijo. ¿Verdad?

—Bill asegura que también va a ser el último pero, ¿quién sabe? Dijo lo mismo cuando nació Dominique.

Margaret sonrió. Percy Weasley era un hombre bastante reservado, pero no tenía ninguna clase de problemas a la hora de hablarle sobre su familia. A pesar de ser un tipo comedido, se notaba que se sentía orgulloso de todos ellos. A menudo protestaba porque decía no aguantar las travesuras de los más pequeños, pero también sonreía como un bobo cuando le decía que la pequeña Roxie sólo dejaba de llorar si él la cogía en brazos o cuando le relataba a media voz la última trastada de James y Fred.

—Es un chico. ¿Cierto?

—Sí. Se llamará Louis. Un nuevo nombre francés —Percy sonó ligeramente desdeñoso.

—¿Querrá felicitar a su hermano de mi parte cuando tenga lugar el feliz acontecimiento?

—Será un placer —Percy se detuvo y echó un vistazo rápido a su alrededor—. Me temo que nuestros caminos se separan aquí. He de aparecerme.

—¿Va directo a casa?

Margaret sonó amistosa, pero Percy no contestó. No era necesario ser una bruja para darse cuenta de que no se dirigía precisamente a su apartamento de soltero. La mujer despidió a su jefe agitando la mano y el señor Weasley se quedó muy quieto en el sitio unos segundos. Cuando desapareció de su vista, Margaret reanudó su camino. Tenía que decidir qué menú habría en la cena de Nochebuena de ese año.

Percy, por su parte, se apareció en los alrededores de la casa de Audrey y no se lo pensó dos veces antes de echar a andar en dirección a la vivienda. En los últimos meses, esas visitas dejaron de ser una engorrosa obligación para convertirse en un auténtico placer. Percy no estaba seguro de que lo que sentía por esa chica fuera amor, pero sí sabía que cada día Audrey le gustaba más, que le divertía estar con ella y que no quería dejar de verla por nada del mundo. Aunque aún no habían ido más allá en su relación física, Percy disfrutaba de los besos y se regodeaba internamente cuando las caricias se hacía más íntimas. Y cada día lo eran más, de eso no le cabía duda.

Cuando llamó a la puerta, fue Sophie la encargada de recibirle. Poco a poco, la mujer se estaba recuperando de la muerte de Raymond y cada día le costaba menos sonreír. Percy pensaba que era inteligente y suspicaz y encontraba su conversación de lo más interesante. Gracias a ella estaba aprendiendo a comprender cosas del mundo muggle que a Audrey no le importaban en lo más mínimo y le encantaba pasar horas escuchando a Sophie hablarle sobre democracia, economía y autocracia.

Mientras que nadie en La Madriguera sabía que Percy salía con alguien (o al menos eso le gustaba pensar a él), tanto Sophie como Mafalda se enteraron de noviazgo en cuanto éste empezó. Los jóvenes estaban de acuerdo en señalar que su relación empezó de verdad cuando se dieron cuenta de que se gustaban y no cuando un estúpido hechizo así lo dispuso. Aunque gracias a la magia habían empezado a conocerse, la realidad era que el amor empezó a surgir al mismo tiempo que sentía cómo el vínculo mágico se iba haciendo más débil. Percy lo creía así porque los sueños extraños prácticamente habían desaparecido y porque sentía que todo era muy natural. Como debería haber sido desde el principio.

—Hola, Sophie —Habían empezado a tutearse hacía mucho—. ¿Está Audrey?

—Creo que se estaba terminando de arreglar —La mujer frunció el ceño—. ¿Otra vez has venido directamente desde la oficina?

Percy observó su atuendo. Audrey le había dicho un par de veces que esa forma de vestir tan formal no terminaba de convencerla, pero por norma general el brujo no le hacía mucho caso. ¿Qué tenían de malo los trajes grises? "Pues que son grises", señaló Audrey entre risas en cierta ocasión, logrando que el pobre Percy se llevara un pequeño disgusto.

Seguramente Audrey le miraría con mala cara cuando viera la corbata y la raya diplomática. Esa noche le tocaba elegir a ella y había decidido que cenarían hamburguesas y después irían al cine. A Percy le gustaba la segunda parte del plan, pero odiaba las hamburguesas. ¿Era imprescindible que la comida tuviera tanta grasa? ¿Acaso no podía ser un poquito más sana?

—No he tenido tiempo de pasarme por casa. Quería ser puntual.

Sophie le miró como si fuera un caso perdido y le invitó a pasar a la salita de estar. Supuso que Mafalda aún no había llegado a casa. Aunque Percy estaba esforzándose al máximo para solucionar el problema de la red flu, era Mafalda la principal encargada de arreglarlo todo. Puesto que era una bruja muy responsable, no dudaba a la hora de quedarse en el Ministerio más tiempo si la situación lo ameritaba, así que probablemente estaría trabajando. O quizá tomándose un aperitivo con cierto brujo con el que había salido en un par de ocasiones.

—¿Has pensado ya lo que te comenté sobre venir a cenar en Nochebuena?

Una de las cosas que más le gustaban a Percy de esa mujer era que nunca se andaba con chiquitas.

—Agradezco muchísimo su invitación y espero que no se lo tome mal, pero realmente no creo que pueda venir. Aún no saben que estoy saliendo con Audrey.

Por algún motivo que no alcanzaba a comprender, se sintió avergonzando. Ni siquiera sabía por qué no le había hablado a su madre sobre Audrey, tal vez porque ni él mismo terminaba de creerse que estuviera saliendo con una chica como ella. Si sus hermanos conocieran a Audrey, no darían crédito. Percy a veces no daba crédito porque no tenía nada en común con Audrey. Y era una muggle, ¡por Merlín! ¿Podría haberse complicado un poco más la vida.

—Entiendo —Sophie no le hizo ningún reproche—. Tal vez el año que viene.

—Me parece una buena idea.

Audrey interrumpió la conversación entrando en tromba en la habitación. Vestía un sencillo pantalón vaquero y un jersey de cuello vuelto y se había recogido el pelo en una caótica coleta. Informal y preciosa. Percy cada día la veía más guapa.

—¡Hola, Percy! —La chica puso los ojos en blanco en cuanto le vio el traje. Seguramente estaba mordiéndose la lengua para no decir lo que pensaba sobre él, aunque tampoco hacía falta que expresara abiertamente lo mucho que le desagradaba porque se le notaba a la legua—. Has llegado pronto.

—En realidad sólo han sido unos minutos. ¿Nos vamos?

Ella se encogió de hombros, se puso el abrigo y se enredó una bufanda multicolor en el cuello. No hubo besos hasta que no estuvieron en la calle, lejos de la mirada curiosa de Sophie Prewett. Sólo entonces Audrey se agarró a él y se puso de puntillas para darle un morreo. Y aunque intentó disimular, Percy se dio perfecta cuenta de que intentaba revolverle el pelo.

—¿Qué haces?

—Vamos al cine, no a una cena de empresa.

—¿Es que uno no puede ir bien peinado al cine?

—¡Ay, Percy! No entiendes nada.

Lejos de sentirse enfadado, el brujo resopló de risa y se aferró a la cintura de su novia. ¡Su novia! ¡Merlín bendito! ¿Cómo había cambiado tanto su vida en tan poco tiempo? Meses atrás se sentía satisfecho con su liberadora soltería, pero ahora no se imaginaba cómo serían las cosas si Audrey estuviera lejos de su lado. Tal vez todo aquello fuera responsabilidad de la tía Muriel, pero ya no estaba enfadado con ella. La mujer había querido fastidiar al pobre Raymond y lo único que había conseguido era hacer felices a su hija y a Percy. No había nada que reprocharle a la odiosa bruja.

Percy hubiera estado encantado de usar la aparición para llevar a su novia hasta el lugar que ella quisiese, pero a Audrey no le gustaba mucho la sensación que aquello le producía, así que una vez más viajaron a la usanza muggle. Percy siempre había sido el Weasley menos interesado por el mundo mágico e, ironías de la vida, ahora era el que más sabía de él y el que más cómodo se encontraba moviéndose entre gente carente de magia. Y todo gracias a Audrey, que le había abierto los ojos en muchos sentidos.

Aunque tardaron algún tiempo en llegar a la hamburguesería, todo fue a las mil maravillas mientras cenaban. Percy pensó una vez más que hubiera preferido comer otra cosa, pero no era capaz de protestar mientras Audrey devoraba su hamburguesa con patatas y le hablaba de los niños de la guardería. Se pasaba el día rodeada por un montón de pequeños diablillos que no se cansaban de hacerse la vida imposible entre ellos. Percy no podía entender cómo algo así podía hacerla tan feliz, pero esa era otra de las cosas que le gustaban de ella: su eterna paciencia, su sonrisa dulce y su capacidad de decir las palabras justas en el momento adecuado.

Después de la insana y divertidísima cena, siguieron ingiriendo comida basura gracias a las palomitas que se compraron antes de entrar a la sala de cine. Audrey había elegido otra absurda comedia romántica y Percy se alegró de que la oscuridad impidiera que su chica le viera la cara de genuino aburrimiento. Aunque en esa ocasión no fue tan malo. La película fue medianamente entretenida y Percy logró sentirse identificado con el protagonista en una o dos ocasiones.

En resumidas cuentas, la noche había salido bastante bien. De hecho, salió tan bien que a Percy le hubiera dolido enormemente despedirse de Audrey en ese momento y por eso hizo la pregunta que bien podría haberle costado un buen disgusto.

—¿Por qué no te vienes a mi casa? —Dijo. Audrey frunció el ceño y, después de considerarlo, asintió lentamente con la cabeza.

Al fin habían dado otro paso adelante.

OoOoOoOoOoOoOoOo

El piso estaba tan ordenado que casi daba miedo poner un pie en su interior. Audrey dejó que Percy le ayudara a quitarse el abrigo y luchó contra los nervios que amenazaban con hacerla sucumbir. Aunque el chico no había dicho por qué estaban allí, tenía muy claro lo que iba a pasar esa noche. Y Audrey realmente quería que pasara, aunque no por ello se sentía más tranquila.

—¿Quieres algo de beber? Seguramente nunca has probado el whisky de fuego.

—Te sorprenderías lo que Mafalda y yo éramos capaces de hacer en nuestros peores años.

Percy le sonrió y buscó el whisky de todas formas. Audrey recordó una mítica borrachera que Mafalda y ella cogieron cuando un par de años antes y se sintió apenada por la bronca horrible que se había llevado su hermana.

—He estado hablando con tu madre mientras te esperaba —Le dijo cuando tomaron asiento—. Ya le he dicho que no voy a ir a cenar en Nochebuena. Tendría que dar muchas explicaciones en casa y sería un engorro.

—¿Y por qué no les dices que estamos juntos?

—¿Qué?

—Bueno, la cosa entre nosotros va en serio. ¿No? —Percy asintió. Aunque Audrey encontraba que hacer aquello era lo más lógico, su novio se veía un poco aturdido—. Pues lo más normal es que me presentes a tu familia.

—¿De verdad quieres conocerlos? Porque te advierto que están chalados.

—Creo que podría correr el riesgo —Audrey se rió. El chico le había hablado en un par de ocasiones sobre cómo eran los Weasley y realmente La Madriguera tenía toda la pinta de ser peor que un manicomio, pero le apetecía conocerles. Durante algún tiempo le había guardado un poco de rencor a la familia de su padre porque consideraba que le habían tratado como si fuera indigno de ellos, pero después de conocer a Percy suponía que no podían ser tan malos.

—Está bien. Podría sacar el tema con mis padres, pero desde ya te advierto que no pienso asumir las consecuencias de lo que ocurra.

—¡Qué exagerado!

—Sí, sí. Que sepas que mi madre te odiará.

—¿Por qué? ¡Si no me conoce!

—Es lo que siempre hace. Debe considerarlo su deber como suegra o algo así.

—En ese caso, seguro que no tardo en ganármela —Audrey estaba convencida y Percy la miró como si también lo creyera.

—Mi padre intentará secuestrarte para que le cuentes todo sobre el mundo muggle. Ya lo intentó con Hermione.

—Suena adorable.

—Ya me contarás cuando no te deje ni a sol ni a sombra —Audrey se rió, ansiosa por conocer a tan excéntrico personaje—. Y mis hermanos…

—¿Qué les pasa?

—Seguramente no se crean que estamos juntos.

Audrey sabía a lo que se refería. A veces aún le resultaba un poco difícil creerse que Percy Weasley pudiera gustarle tanto, pero esa era la realidad y que se fastidiara en mundo entero si le parecía increíble.

—Yo creo que eso son excusas porque tienes un poquito de miedo —Dijo con voz pícara y acercándose un poquito a él.

—¿Miedo? ¿Yo? ¿A qué?

—Pues al compromiso —Audrey se las apañó para sentarse en sus rodillas y rodearle el cuello con los brazos. Ya estaba bien de tanta cháchara. Quería un poquito más de besos y un poquito menos de preocupaciones absurdas—. Mírate, con tu edad y viviendo como todo un solterón.

—¡Jope, Audrey! Ni que fuera un viejo.

Ella se rió a carcajadas. No, no era un viejo, pero ciertamente era mayor que ella y veía todo desde otro punto de vista. Y por eso le gustaba tanto, porque no se parecía a ninguno de los otros chicos con los que tuvo ocasión de salir.

—Entonces pasaremos las Navidades separados —Audrey suspiró—. Vamos a echar un montón de menos a mi padre. ¿Sabes?

La primera Navidad siempre era la más dura y Percy lo sabía perfectamente porque había perdido a su hermano algunos años atrás.

—¿Qué hay de Paul? —Percy cambió de tema antes de que Audrey siguiera regodeándose en el dolor de la pérdida. Las ganas de juguetear se le habían quitado de repente.

—Me ha invitado a comer en Navidad, pero no creo que vaya. Es una fecha demasiado importante y prefiero estar con mi madre.

Aunque Audrey había seguido viendo a su padre biológico durante esos meses, su relación no era para tirar cohetes. Le costaba un mundo fiarse de él y Paul de momento no había logrado ganarse su cariño. Tal vez con el paso de los meses fueran ganando en confianza mutua y consiguieran que su relación fraternal echara raíces fuertes y creciera, pero por el momento a Audrey no le apetecía pasar días como aquellos en compañía de un hombre al que apenas conocía y al que todavía no terminaba de perdonarle que la hubiera acompañado. Aunque seguía dispuesta a ceder un poco.

—De todas formas le he prometido que iré otro día para estar con ellos. Ha sido un poco insistente. ¿Sabes?

—Ya me lo imagino.

—Basta de hablar de cosas deprimentes —Audrey se forzó a experimentar un cambio de humor. Odiaba la sensación de estar triste y vulnerable y aún recordaba dónde estaba y lo que podría pasar si Percy y ella ponían un poco de interés. Y estaba interesada. Muy interesada —. ¿Por qué estamos aquí, Percy?

Lo vio tragar saliva y ponerse colorado. ¡Era tan encantadoramente obvio!

—Me apetecía charlar contigo un ratito.

—¿Sí?

Audrey no le dejó responder. Le besó furiosamente, demostrándole que no era estúpida y que no debía seguir conteniendo ciertos instintos porque ella quería exactamente las mismas cosas. Percy no tardó en rodearle la cintura con los brazos y la estrechó contra su cuerpo mientras comprendía que estaban a punto de hacerlo. El vínculo mágico los ataría para siempre. O quizá se rompería y los liberaría de su poder, pero eso carecía de importancia mientras Audrey se quitaba el jersey y le ayudaba a él a hacer lo propio con su camisa.

OoOoOoOoOoOoOoO

Molly Weasley se maldijo nuevamente por haber aceptado quedarse con Fred y Roxanne. Por suerte el niño se había quedado dormido un rato antes, pero Roxie era otro cantar. El bebé había crecido un poco y ya no lloraba constantemente, pero a la hora de irse a la cama extrañó demasiado a su madre y empezó a armar un berrinche de los que marcaban época.

—Ya, mi niña —Molly intentaba consolarla infructuosamente—. ¿Quieres que te cante una nana? O, mejor, ¿te leo un cuento?

Tenía la sospecha de que Roxie era demasiado pequeña para apreciar la inventiva de cualquier narrador de historias de fantasía, pero aún así rebuscó entre las estanterías de La Madriguera hasta dar con el libro de cuentos de su primo Raymond. Prácticamente no lo había tocado desde que lo llevara a casa, pero esa noche lo agarró y fue a sentarse con Roxie en la mecedora. Acomodó al bebé como pudo, abrió el libro por la mitad y entonces una luz dorada iluminó sus páginas.

Roxanne dejó de llorar. Molly frunció el ceño y observó la luz con ojo clínico mientras se preguntaba si sería peligrosa o no. Sin embargo, el libro volvió a la normalidad en cuestión de segundos. Apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que la niña estallara en llanto otra vez. No sabía qué había pasado, pero por si acaso sacó el maldito libro al exterior y se dijo que se lo devolvería a la tía Muriel al día siguiente.

OoOoOoOoOoOoOoOoOo

—¿La has visto? —Preguntó Audrey. Estaba abrazada a su pecho y parecía asustada. Percy asintió. Él también había visto la luz—. ¿Qué era?

—No lo sé. Tal vez algo relacionado con el vínculo mágico.

—¿Crees que estamos unidos para siempre?

Percy se lo pensó. No era un experto en el tema y sospechaba que Audrey no iba muy desencaminada, pero no se lo dijo.

—Creo que se ha roto. Creo que ahora tendremos la oportunidad de estar juntos sólo porque queramos, sin magia de por medio.

Audrey también se lo pensó. Percy temió que fuera a levantarse en ese momento y a abandonarle, pero no lo hizo.

—Es un alivio saberlo —Le dijo, besándole en los labios.

—¿Saber qué?

—Saber que te quiero porque te quiero y sólo por eso.

A Percy se le hizo un nudo en la garganta y sólo pudo asentir. Seguía sin saber si el vínculo mágico estaba o no roto, pero tenía claro que los lazos que le ataban a Audrey eran ahora más fuertes que nunca y con eso le bastó para dejarse llevar y decir las palabras mágicas.

—Yo también te quiero. Porque te quiero.

Audrey sonrió y dejó descansar la cabeza en su pecho. Percy suspiró aliviado. Al fin las cosas volvían a ser como siempre habían sido.

Perfectas.

FIN

Y hasta aquí esta pequeña historia. Me hubiera gustado terminarla hace mucho, pero por unas cosas o por otras he estado muy liada y no he podido sacar un rato hasta ahora. Quiero dar las gracias a todos aquellos que me han acompañado hasta aquí y espero que hayáis disfrutado leyendo la mitad que yo he disfrutado escribiendo.

Dejo a vuestra imaginación decidir si el vínculo se ha roto o se ha reforzado. Y también que os imaginéis lo que pasará entre Audrey y Percy a partir de ahora. Tuvieron dos hijas, así que no es difícil hacer suposiciones :).

Gracias otra vez y espero que nos veamos en alguno de mis otros fics.

Besos.