No tenía pensado actualizar tan pronto, pero cuando la inspiración llega hay que aprovechar ^.^
¡Os dejo con el siguiente capítulo!
- Y te reías de lo que traía en la bolsa… ¡Menos mal de este trozo de jabón, Erewyn! ¡Por lo más sagrado! ¡Estoy sudando para quitarte esto!
La tranquilidad había vuelto a Cuernavilla, y con ella, las viejas bromas de las dos hermanas. Se obligaban ellas mismas a frivolizar, a reír, a charlar. Pero era difícil después de la experiencia pasada.
Cerca, muy cerca habían visto la muerte aquella noche. El final de Rohan. Los escombros de una dinastía de más de 20 generaciones. El destino les había dado otra oportunidad y todo había acabado bien… Si podía decirse algo así.
El ejército de Rohan de la Cuaderna del Oeste se había visto muy mermado hasta la llegada de Éomer y sus fieles soldados. La oscuridad y la tragedia habían visitado aquella mañana a muchas familias de la Marca. Y la suya, la familia real había salido ilesa. Aunque poco había faltado para que también tuvieran que lamentar una desgracia.
Los rayos del sol que Gandalf había traído consigo, entraban en la vieja alcoba iluminandolo todo y dejando al descubierto hematomas y cortes en la blanca piel desnuda de Érewyn. En aquella vieja habitación del piso más alto, desprovista totalmente de mobiliario a excepción de un par de butacas, lejos del bullicio y de inoportunas intromisiones, Éowyn bañaba a su hermana en una improvisada y vieja bañera de madera que una camarera había ayudado a preparar calentando agua del arroyo, y la ayudaba a desprenderse de la sangre y el barro que mancillaban su piel.
Éowyn no dejaba de mirar la fea marca que su hermana tenía en la clavícula, de la que la muchacha decía que no era nada pero que transformaba su cara en una mueca de dolor cada vez que Éowyn pasaba suavemente la mano por su espalda.
Pobre muchacha. Y a la vez pobre Éowyn. Porque el dolor de Érewyn valía la pena después de haber luchado junto a su pueblo, de haber tenido la oportunidad de la que ella misma no dispuso… Pero, ¿en serio había valido tanto la pena?
Una niebla de tristeza y melancolía teñía sus ojos, y mantenía la cabeza inclinada, la mirada baja, jugueteando distraídamente con la espuma de la vieja bañera.
Éowyn se mordió el labio y comenzó a desenredar el cabello de su hermana. Y es que al final, poco había podido hacer para evitarle la traumática experiencia de ver morir a los demás a su alrededor, saliendo ilesa del daño, notando el roce del velo de la muerte que se cierne al azar entre los hombres. Tanto tiempo luchando por que su hermanita no viviera algo así, y sólo había conseguido retrasar el momento.
No cabía duda de que la sangre les llamaba. La batalla, el honor. La guerra. Y no servía para nada intentar evitarlo.
Lo llevaban dentro, escondido tras una máscara de feminidad forzada, de falsa delicadeza que ocultaba su verdadero sino, el sudor, el esfuerzo, el barro y la felicidad de proteger a los suyos.
No podían ser damas de corte. Así eran sólo animalillos enjaulados, encerrados y separados de su verdad: la vida misma, con su crueldad y su goce. Sin tapujos ni adornos.
Damas de corte, no. Mujeres de Rohan, sí.
Éowyn se inclinó sobre su hermana y besó su cabello, ya limpio y suave.
- ¿Esperabas encontrar otra cosa diferente allá fuera? ¿Acaso imaginaste que la realidad sería así de cruel?
Los dedos de Éowyn acariciaban su espalda y su cabello caía empapado, pegado a su piel, hasta sumergirse en el agua que le cubría hasta el pecho. Érewyn abrazó sus rodillas y la miró.
- Creo que nadie es capaz de imaginar algo así. - Sus ojos hablaban más de lo que sus palabras podían expresar y Éowyn volvió a acariciar su cabello. - Obviamente sabía que la guerra es cruda y sangrienta y que la justicia no rige el campo de batalla. Pero no imaginé que era el caos y el azar los que reinaban allá… - El silencio rodeó a las dos hermanas, sólo roto por el canto de algún pájaro que volaba cerca de la ventana. - Vi morir a ancianos y a niños por igual, luchando con sus propias manos, con palos y piedras… Vi a hombres luchar con arrojo y morir en segundos, a causa de un simple error… Vi a otros, en cambio que parecían completamente bloqueados por el miedo, y que al final sobrevivieron a la batalla luchando visceralmente por sus propias vidas… Creo que al final… En el campo de batalla no hay honor, no hay honestidad. Sólo hay sangre y vida o muerte.
- Es cierto. - Sonrió Éowyn. - Las guerras están movidas por el azar, e incluso un movimiento minúsculo puede inclinar la balanza hacia un lado u otro, por perdida que parezca la batalla. - Éowyn destapó un ungüento que había traído con ella y procedió a extenderlo por los hombros de su hermana. Érewyn se encogió bajo sus manos, estaba frío, y dolía. - El miedo puede sacar lo mejor o lo peor de las personas, pero no es verdad que no haya honor en la guerra. - Éowyn obligó a su hermana a mirarla antes de continuar. - El honor es lo que nos diferencia de ellos, Érewyn. El motivo por el que luchamos. ¿Acaso no es honrosa la muerte de un granjero que dio su vida por sus hijos, para que tengan un futuro y una tierra donde vivir? - Érewyn le sonrió. Tenía razón, quizá en la misma arena, manchada de sangre, no pudiera encontrarse arrojo u honor pero sí que lo había más allá de la misma batalla. Las ideas que movían a los hombres podían ser honrosas o miserables y allí estaba la diferencia. - Además… Existen también grandes guerreros… personas que luchan con un arrojo inimaginable, con una destreza inhumana…
- ...Que son simples hombres, pero parecen superiores a los demás. - Completó Érewyn. Su hermana guardó silencio y la observó. De nuevo la mirada perdida pero no vio más la niebla que empañaba sus pensamientos. Ahí había algo diferente... - Estoy segura de que la balanza se ha inclinado a nuestro favor gracias a esos guerreros hoy.
Sonrieron, y Éowyn besó la frente de su hermana antes de alcanzarle una toalla para que pudiera secarse.
Mientras Érewyn salía de la bañera, Éowyn dio un vistazo a su ropa. Poco de lo que había allí podía ser salvado. Camisa y casaca rotos y manchados de barro y sangre. Pantalones también sucios pero eran oscuros y podrían lavarlos y quitar las manchas. Las botas estaban bien, pero su cinturón se había roto. Y la capa élfica que había acompañado a Érewyn desde la noche junto al arroyo... Misteriosamente apenas se había manchado… Éowyn se giró de golpe para mirar a su hermana con mirada interrogante.
- ¿Qué has hecho con tu aguja del pelo? ¿La perdiste?
Érewyn terminó de secarse y envolvió su cabello en la toalla mientras se vestía con una camisa blanca y un vestico marrón acordonado.
- La regalé. - Dijo sin mirarla.
Éowyn levantó una ceja, sorprendida, y se cruzó de brazos.
- ¿Que la regalaste? ¿TU aguja de la suerte? ¿A quién? - Érewyn respondió con un enigmático silencio que hizo explotar a su hermana en carcajadas. - ¿Quién es el afortunado? ¿No me lo vas a decir?
Érewyn abrochaba los cordones de su vestido sin mucha destreza, con el rostro ardiendo y la mirada lo más alejada posible de su hermana.
- No sé de qué hablas. Sólo es un buen amigo… - Contestó a media voz.
- ¿Un buen amigo que ha inclinado la balanza de nuestro lado? - Éowyn sonrió, dispuesta a seguir mortificando a su hermana pequeña, feliz de haber encontrado un tema trivial con el que desviar ambas los pensamientos tristes. - ¿Con los ojos claros como el cielo de verano y el cabello brillante como el agua del arroyo?
- ¡¿Te quieres callar?! - Explotó Érewyn. Su hermana amplió la sonrisa.
- ¡He acertado! ¡Jajaja!
Érewyn sonrió muy tímidamente mientras la risa incontrolable de Éowyn resonaba en la habitación casi vacía.
¡CLACK!
La puerta de la alcoba se abrió de golpe, rebotando contra la pared, y Éomer entró como un vendaval, encontrando a Éowyn mirándole con las cejas levantadas.
- ¡¿Dónde está?!
"Ya está. Lo sabe", pensó Éowyn. Dudaba si decirselo o no tan pronto, pero sabía que tarde o temprano debería informar a su hermano de lo que había pasado aquella noche y de lo "valiente" que había sido su hermanita. Éowyn hizo un gesto con la cabeza, señalando a Érewyn. Tal era el estado de nervios de Éomer que no había sido capaz de ver que el objetivo de su carrera estaba a sólo un par de pasos de él, un poquito más a su izquierda.
- ¡Tú! ¡¿Es que estás loca?!
Érewyn resopló. Ya iba echando de menos esa frase. "La loca rohirrim, deberían llamarme" pensó. Y sin mirar a su hermano, comenzó a calzarse las botas.
- También puedes llamar a la puerta… - Comentó Érewyn. Éomer se acercó a ella.
- Antes de cometer un error, como los típicos de Tío, - le interrumpio Éowyn, dando un paso hacia él. - Deberías escuchar lo que pasó de sus propios labios, y verás que…
- ¿Estuviste ahí abajo, verdad? - Éomer continuó, haciendo caso omiso a Éowyn, y ella se dio la vuelta, fastidiada.
Érewyn se sentó en una silla cerca de la pared para abrochar las correas de sus botas y miró a Éomer. Su cara lo decía todo. Tenía los ojos inyectados en sangre, las orejas coloradas y el cabello revuelto. "Y he aquí el Loco rohirrim", pensó para sí.
- Si ya lo sabes ¿para qué preguntas? - Respondió ella. Comenzaba a estar cansada de dar explicaciones. Estaba agotada y quería irse a dormir, pero aguantó la mirada y el rapapolvo de su hermano mayor estoicamente. ¿Qué otra cosa podía hacer?
- ¡Estuviste en la batalla! - Concluyó Éomer. Hasta aquel momento no había querido creerlo pero sus sospechas se habían confirmado. - Encontré esto en las manos de un Uruk Hai enorme. - Éomer le enseñó el pedazo de cuero con la insignia del reino grabado en él.
- Entonces te habrás dado cuenta también de que supe defenderme bastante bien ¿no? - exclamó Érewyn, frunciendo el ceño.
- ¿Por qué no me lo habías dicho? - Continuó Éomer. - ¿Por qué no me explicáis jamás las cosas ninguna de las dos?
- ¡Porque siempre reaccionas así! - Explotó Éowyn. - ¡No eres capaz de escucharnos, Éomer, ¿no lo ves? ¡Eres igual que Tío!
Al oír aquella frase Éomer se dio la vuelta y se cruzó de brazos. Tenía razón. Sus reacciones siempre eran muy viscerales. ¡Pero eran sus hermanas pequeñas! ¡Érewyn era su niña! ¿Cómo no reaccionar con un infarto al enterarse del peligro que había corrido?
- Hasta hace dos días jugaba a lanzarla al aire, ¡por lo más sagrado, Éowyn! ¡La he criado yo mismo! ¿Cómo quieres que reaccione?
Y de nuevo, como tantas otras veces en el pasado, ante sus ojos, sentada en silencio en aquella vieja butaca, Érewyn observó a sus dos figuras "paternas" discutir por algo que ella había hecho. Y el problema era muy diferente del que ellos dos veían. Tocaba un fondo mucho más profundo del que eran capaces de ver.
- ¡No tuvo otra opción! ¡El túnel se hundió y estaba sola! - gritó Éowyn.
- ¡No debió atravesarlo!
- ¡No podía saber a dónde llevaba!
- … Ya no soy una niña. - murmuró Érewyn, en medio del griterío de sus hermanos.
- ¡Entonces aún me das más la razón! - Exclamó Éomer, dirigiéndose a Éowyn.
- ¡Éomer, lo hizo para evitar que aquellos niños se perdieran por las galerías!
- ¡Se podía haber perdido ella misma! ¡Esa no es la cuestión!
- ¡Sé cuidar de mí misma! - Érewyn lo volvió a intentar, sin éxito.
- ¿Entonces cuál es el problema, Éomer? ¿Qué es lo que pretendes cambiar? ¡No puedes volver atrás en el tiempo!
- ¡Es especialista en meterse en líos y tú siempre sales a defenderla! ¿Acaso no ves lo fuera de lugar que está su actitud? ¡Se pone en peligro deliberadamente cada dos p…!
- ¡No va a cambiar así como así, Éomer! ¡No es tan fácil!
- ¡Ya lo sé! ¡Y es porque lo lleva en la sangre! ¡Su padre era igual, y no le importaba dañar a los que le querían!
- ¡CALLÁOS!
El silencio envolvió en una pesada atmósfera a los tres hermanos. Érewyn se había levantado de la butaca, y del ímpetu, esta había caído al suelo. con los puños cerrados, la más joven miraba a los otros dos con los ojos llenos de rabia y reproche.
- ¡Por esto no os explico nunca nada! ¡Porque no sois capaces de asumir que yo soy la dueña de mi propia vida y que hace mucho tiempo que dejé de ser una niña! - Lágrimas de rabia comenzaron a resbalar por sus mejillas. Era la primera vez en su vida que sus hermanos la escuchaban. Ya estaba harta de oírles discutir por ella. - ¡Soy capaz de decidir por mí misma, Éowyn, de decidir si quiero cambiar o no! ¡Y a mí me gusta cómo soy! - Se acercó a Éomer y se limpió las lágrimas salvajemente con el dorso de la mano. - ¡Y jamás tuve ni tendré la intención de dañar a los míos, Éomer! ¡Y supongo que debo parecerme a mi padre, pero no lo sé, porque nunca me explicasteis nada sobre él! ¡Supongo que si supiera algo de él todo tendría sentido y no me sentiría tan bicho raro! ¡Todo tendría sentido! …sabría por qué soy tan diferente… - Érewyn agachó la cabeza y Éomer sintió el impulso de estrecharla entre sus brazos. - ¡No! - Érewyn le apartó de un manotazo - ¡Te prohíbo que le vuelvas a faltar al respeto a mi padre, sea lo que sea lo que haya hecho en el pasado!
Y como un huracán, Érewyn abandonó la fría habitación dando un portazo y dejando a sus hermanos mirándose mutuamente y sintiéndose culpables.
Y es que aunque lo sabían, ninguno de los dos dijo nada acerca de que Érewyn tenía razón en todo lo que había dicho. Ya iba siendo hora de que las cosas cambiaran.
Un grupo de unos 30 arqueros elfos se preparaban para marchar de regreso a Lorien. Muy pocos eran los que quedaban de los casi 200 que llegaron a Cuernavilla para prestar sus servicios al rey de Rohan. El ahora capitán de ellos, tras la muerte de Haldir, había decidido viajar junto a Théoden hasta la Torre Blanca para poder llevar nuevas sobre Saruman a Galadriel y Celeborn. El resto se despedía y con ellos estaban Aragorn, Gimli y Théoden. El rey se adelantó y se dirigió a los elfos.
- Os agradecemos profundamente vuestra ayuda. Si no hubiérais acudido estoy seguro de que el final de esta batalla habría sido otro muy distinto. - Dijo Théoden. El elfo inclinó la cabeza y se llevó el puño al pecho, en señal de respeto.
- Ha sido un honor defender esta tierra junto al rey de Rohan y el príncipe Legolas. Nan alasseä omentielvanen. Vanyan merela almarelya. (Nos sentimos honrados de haber luchado junto a tí. Nos marchamos y te deseamos buena fortuna) - Dijo, dirigiéndose a Legolas.
- Nai Eru varyuva len (Que Eru os acompañe en vuestro regreso) - Contestó él.
Los elfos inclinaron la cabeza y golpearon el suelo con el extremo del arco.
- Deteneos sólo cuando sea necesario. Aseguraros de que ningún grupo de orcos huye hacia el norte e informad a la Señora y al Señor de lo acontecido aquí. Decidles que pronto les llevaré nuevas noticias de Isengard. Vanta máravë, mára mesta. Namárië! (Que tengáis un buen viaje, cuidáos. ¡Adiós!) - Exclamó el capitán.
Y el grupo de elfos partió de Cuernavilla, recibiendo la ovación y el saludo de muchos rohirrim, que dejaron de lado sus tareas para despedir a aquellos héroes.
Tras la marcha de los arqueros, todos volvieron a sus tareas de limpieza y reconstrucción.
El propio Gimli marchó al paso de montaña para comprobar el estado de las cavernas y si quedaba alguien más en su interior. Era probable que algún niño se hubiera extraviado y no encontrara la salida. Gimli daría con él dada su facilidad a orientarse bajo tierra.
Junto al portón abierto de la fortaleza, una multitud se agolpaba aguardando la salida hacia Édoras y a otras aldeas de las que provenían. La mayoría, niños y mujeres con semblante triste por la pérdida de algún ser querido, padres, maridos, hermanos. Muchos habían dado su vida por ellos, pero al menos no había sido en vano, y con ese pensamiento querían retomar sus vidas, orgullosos de que sus familiares hubieran contribuido a la defensa de Rohan. Con el paso de los días y la vuelta a la rutina, el sentimiento de tristeza y añoranza se haría más soportable, y pronto podrían pensar en ellos sin derramar lágrimas desconsoladas.
Así de difícil y dura era la vida de cualquier habitante del país, comprometido a defenderlo en caso necesario.
Legolas partió junto al elfo de Lorien hacia las caballerizas, en búsqueda de un caballo para él. Muchos habían quedado sin dueño.
Théoden les miró partir, y pensativo, caminó junto a Aragorn en dirección al interior de la fortaleza.
- ¿El príncipe Legolas? ¿Príncipe de dónde? - Preguntó el rey. Aragorn sonrió.
- Mis compañeros y yo, todos somos viajeros. Y en nuestro camino todos somos iguales… Y todos guardamos secretos. - Explicó el montaraz. - Legolas es el hijo menor del rey Thranduil del Bosque Negro.
- ¿Y porqué no me fue presentado como tal desde el principio? - Preguntó Théoden, algo molesto.
- A Legolas no le hace mucha gracia oír su título nobiliario. No se comporta como un príncipe, jamás le llamaron la atención los privilegios de los nobles y siempre ha tenido encontronazos con su padre por este motivo. - Théoden chasqueó la lengua y negó con la cabeza. Ambos entraron en el castillo. La sala principal ya estaba limpia de cadáveres de los dos bandos, los cuales se iban amontonando en los patios para ser seguidamente sacados al exterior de las murallas y ser quemados, los orcos, y dada sepultura, los hombres.
- No es muy común encontrar un príncipe tan humilde. Debería honrar a su padre en lugar de renegar de su nombre.
Aragorn se detuvo cortándole el paso al rey. Este le devolvió la mirada, contrariado.
- Os aseguro, mi señor, que no encontraréis jamás a nadie en la Tierra Media dispuesto a sacrificar tanto por los suyos como Legolas. - El rostro serio del montaraz corroboraba cada palabra que salía de su boca, y Théoden no tuvo más remedio que creerle. Pero a pesar de ello seguía sin entender los motivos del joven elfo.
- Se le hubiera dado el trato que merecía, Aragorn. Debería haber estado en la fortaleza, en comandancia, dirigiendo la estrategia y no luchando con sus propias manos. ¡Por el gran jinete! ¡Vos fuisteis testigo de cómo dirigió a los arqueros! Gracias a él, el castillo se mantuvo infranqueable por la muralla, algo que creí imposible.
- ¿Acaso lo hubiera hecho mejor al resguardo de los muros de Cuernavilla que manchándose las manos de sangre junto a sus hermanos y amigos? - Théoden guardó silencio. Estaba claro que desde dentro no habría podido dirigir a los suyos de la misma manera. - Por eso se niega a revelar su procedencia real. No quiere ser tratado diferente al resto. Y esa rebeldía es la que le ha impedido tantas veces tener buena relación con su padre. - Aragorn palmeó afectuosamente la espalda del rey, quitándole importancia al tema y tratando que lo olvidara. - Legolas es diferente, mi señor.
Legolas y Voron, que así se llamaba el elfo de Lorien, entraron en las cuadras desde el acceso del castillo, ya que la pared del patio de armas se había derrumbado, destruyendo la puerta. Había mucho movimiento ya que la partida hacia Edoras se había planificado para antes del mediodía, y la gente no paraba de entrar y salir de allí, aprovisionándose de armas para el camino, y preparando los caballos.
Muchos de ellos serían liberados, y estos estaban siendo llevados a los boxes que iban quedando libres. Legolas vio a Arod, y mucha sangre negra justo en la puerta de su box. Sospechó que su caballo iba a ser el primero en caer en manos de los orcos de no haber sido por Érewyn.
El caballo blanco trotó hasta la puerta de su recinto y resopló suavemente, llamando la atención del elfo. Legolas le susurró algunas palabras para calmarle, transmitiéndole confianza. Y Voron sonrió.
- Se dice que los caballos de Rohan son los mejores de la Tierra Media. - Dijo, y palmeó con afecto el cuello de Arod.
- Eso es cierto. - Dijo una voz femenina. - Los más rápidos, fuertes y nobles. - Éowyn se acercaba a ellos con Hoja de Viento de las riendas y sonreía a los dos señores elfos. - Espero que vuestra estancia haya sido de vuestro agrado. - Bromeó la muchacha. Legolas sonrió y Voron soltó una carcajada.
- No podía haber sido mejor, mi señora. - Respondió, con una leve reverencia.
- Mi pueblo os está profundamente agradecido. Habéis ganado amigos de por vida… Y admiradoras también me temo. - dijo Éowyn. En efecto, un grupo de jovencitas observaba a los dos elfos a una distancia prudente, con absoluta devoción. Las muchachas desviaron la vista, avergonzadas, cuando Legolas y Voron las miraron, curiosos. Estaban acostumbrados a generar esa clase de reacciones entre las mujeres pero jamás les había pasado con chicas tan jóvenes. - Decidme, si puedo hacer algo por vosotros antes de partir a Edoras. Creo que la marcha será en breve.
- Mi señora. Necesitamos un caballo más para ir a Isengard. - Dijo Legolas. Éowyn miró a Voron y evaluó su talla. Igual de alto que Legolas, pero con el cabello de un rubio más platino y ojos de un azul oscuro. Era algo más musculoso que él, de modo que necesitaría un caballo algo más grande que Arod.
- Mmmh… ¡Erewyn! ¿Hay algún caballo libre de gran talla? - Exclamó, dirigiéndose al pasillo. Unos cuantos boxes más allá la voz de Érewyn le contestó en el mismo tono.
- Están Hemlock, Duranim, Buzz, Andine y Maggee. Buzz es un poco vago y está de baja forma. Maggee está nerviosa pero se le pasará en cuanto salga al campo, siempre le pasa. - Voron levantó las cejas y Legolas sonrió mirando al suelo. Éowyn simplemente escuchaba con atención las palabras de su hermana. - Duranim no servirá, se torció una pata al venir y tiene la rodilla hinchada… Andine y Hemlock están bien pero Hemlock es más rápido que ella…. Además Andine está algo gorda… Hemlock servirá ¿Porqué lo…?
Érewyn salió del box con Fanor de las riendas y vio a su hermana y a los dos elfos. Se quedó algo parada de encontrarse a Legolas allí y aunque intentó disimular, sabía que era muy probable que el elfo se diera cuenta de su nerviosismo. La chica se acercó hasta el grupo y procedió a enroscar su cabello en su acostumbrado recogido. Legolas sonrió disimuladamente al ver que lo sujetaba atravesándolo con la punta de una flecha de ballesta.
Éowyn rió y movió la cabeza de lado a lado.
- Bueno. Como habéis podido comprobar, la experta en caballos es ella. Creo que os dejo en buenas manos, mis señores. Mi hermana Érewyn os guiará hasta Hemlock.
- Muchas gracias, mi señora. Que tengáis un viaje tranquilo. - Dijo Legolas. Éowyn le sonrió.
- Lo mismo os deseo. - Respondió. Y mirando a Érewyn dijo, - No tardes, ya casi están todos listos. Saldremos en cualquier momento.
- Lleva a Fanor afuera, por favor. - pidió Érewyn, tendiéndole las riendas. Éowyn sonrió.
- ¡Sabes de sobra que no puedo hacerlo! Sólo te hace caso a tí.
Éowyn se giró y salió de las cuadras dejando a su hermana junto a los elfos. Érewyn intentó no sonrojarse y miró disimuladamente el suelo. Aparentando tranquilidad. Pero su voz la traicionó al sonar como un graznido al invitarles a acompañarla.
- Por aquí, por favor.
Voron no dejaba de observar a la muchacha. Desde que había aparecido por el pasillo no había podido parar de mirarla.
- Mi señora. - Dijo el elfo. - ¿Es posible que nos hayamos visto antes?
Érewyn levantó las cejas, sorprendida, y Legolas hizo lo mismo, mirando a Voron.
- ¿Habéis visitado Meduseld, mi señor? - Preguntó Érewyn.
- No he tenido el placer.
- En ese caso dudo mucho que nos hayamos visto en otra ocasión, porque yo no he salido de Edoras muy a menudo… Y tampoco he visto muchos otros elfos. - Esto último lo dijo en un murmullo, provocando la risa de Voron. Érewyn sonrió. - Es probable que me hayáis confundido con otra muchacha. Las rohirrim somos bastante parecidas. Cabello y ojos claros, piel clara…
- No, mi señora. - Negó Voron, cuando llegaron frente al box en el que aguardaba un gran caballo castaño - Ninguna mujer rohirrim que yo haya visto antes tiene vuestros ojos… Nai cala silmaril hendel. (La luz de los silmarils está en vuestros ojos) - Legolas frunció el ceño al oír las palabras de Voron.
- Lo siento… Mi señor… Creo que os confundis. - Respondió Érewyn, sin saber qué había querido decir Voron en élfico.
- Y en cambio tengo la sensación de haberos visto muchas veces, hace muchos años...
Érewyn miró al elfo sorprendida por el tono que estaba tomando la conversación. Bajó la mirada, incómoda y Legolas salió en su ayuda, colocándose entre ellos y dirigiéndose al caballo encerrado.
- De modo que este es Hemlock. Servirá, ¿verdad Voron? - Dijo el elfo, forzandole a mirar al caballo.
- Es magnífico. Un gran caballo. - Sonrió de nuevo. - Gracias mi señora.
- Nn… No hay de qué. - Respondió ella, y dedicándole una última mirada a Voron, se alejó hacia la puerta de las caballerizas seguida de Legolas.
La muchacha miraba al suelo y caminaba como autómata. Estaba visiblemente afectada por las palabras de Voron, aunque estaba segura de que las había dicho con muy buena intención. Pero su forma de hablar había sonado tan distinta a la de Legolas que se había sentido muy confundida, incómoda. ¿Era un piropo lo que le había dicho? No estaba acostumbrada a piropos… Y menos de un elfo.
- Érewyn. - La llamó Legolas cuando llegaban frente al box de Arod. El elfo llegó junto a ella y la observó en silencio.
No estaba ciego. Él también se había dado cuenta de la luz que irradiaban los ojos de Érewyn y de que no eran de un color muy común. Toda ella era una extraña y hermosa gema, que parecía estar siendo tallada ante sus ojos por las manos del enano más habilidoso.
Escuchó ruido a su alrededor y recordó que no estaban solos. Reprimió el deseo que había tenido en el paso de montaña de acariciar su rostro de nuevo, y desvió la vista hacia Arod. El caballo movió la cabeza, reclamando su atención, y Legolas palmeó su cuello de nuevo.
- No te separes del grupo esta vez. - Érewyn sonrió y miró al suelo, avergonzada. - El éored de tu hermano os acompañará en el camino de modo que podrás delegar el trabajo de proteger a tu gente. - La risa de la muchacha atrajo la atención del elfo. que la miró de nuevo. Sus ojos. De nuevo esa luz, la calidez de su mirada.
- Isengard está controlada según creo. De modo que tú también podrás delegar el trabajo de lanzar flechas.
Legolas levantó una ceja sorprendido por el tono juguetón con el que la chica le hablaba. Miró atrás. Voron estaba enfrascado en una conversación con Hemlock bastante profunda, y sus fans hacía rato que habían abandonado las caballerizas. Sólo quedaban una personas completamente distraídas y ajenas a lo que el elfo y la dama hablaban.
Rápidamente se inclinó sobre ella y le dió un suave beso en la frente.
Tan casto.
Tan puro.
Tan delicado.
Érewyn abrió los ojos como platos y le miró sorprendida y sonrojada. Los ojos del elfo le miraban de un modo que no le habían mirado antes, y como nadie jamás le había mirado. Legolas se alejó de nuevo hasta una distancia prudencial y puso sobre su propio rostro la misma máscara de desinterés que había llevado antes. Menos sobre sus ojos, jamás podría mirarla de la misma forma.
Y Érewyn supo que los ojos de Legolas jamás podrían mentirle, aunque lo intentaran. Y bajo la mirada del elfo Érewyn se dio la vuelta y se encaminó hacia la salida de las caballerizas, sintiendo en el fondo de su corazón encenderse una llama que le era desconocida y que la ahogaba, impidiéndole respirar.
Si no salía afuera en seguida estaba segura de que se desmayaría allí mismo.
