XII. ARDEN LAS VULCANALIAS
—…el Senado y pueblo de Roma, ha determinado que por alta traición, conspiración, sublevación, actos impíos y protección de criminales, el Praefecto Praetorio, Milo, sea degradado de inmediato y sea condenado a la arena como un criminal y enemigo de Roma… —se escuchó la sentencia ante amigos y enemigos, sentencia que llevaba consigo la consigna de muerte para el pretor.
Milo escuchaba de pie, con el aire marcial y hasta desinteresado que le caracterizaba, encadenado como estaba, como un esclavo, la entereza con la que estaba soportando estoicamente esas palabras era producto del murmullo general.
Sus ojos azules estaban clavados en Aulo, y una pequeña sonrisa se dibujó el rostro del joven rubio, una sonrisa siniestra que le heleaba la sangre a cualquiera.
Camus, el esclavo galo, su esclavo, su amante, había corrido la misma suerte, la misma que los otros cristianos que atraparon en el templo el día que los apresaron a ellos. Una parte del grupo de cristianos tendría otro tipo de suerte aún más cruel, el resto estaba condenado a la arena para a ser alimento de bestias o bien para ser un festín de tortura y sangre entre los gladiadores.
Camus estaba entre el segundo grupo.
Confinado en su celda entre los cristianos pasaba las horas en oración y pensando en que sería de aquel hombre, de aquel romano que al final le había mostrado piedad… sólo le restaba esperar su fin y rogar por la salvación de Milo también, pensó que quizás todo eso había ocurrido por su acto inmoral y lascivo… y pensó que tristemente aunque así fuera, lo repetiría de nuevo…
Milo se devanaba los sesos planeando lo que haría y su último pensamiento sería seguramente para el esclavo galo.
—Para un maldito esclavo… para ningún patricio, sólo para un esclavo —murmuró para sí con un dejo de ironía.
En el ludus de Aioros todos entrenaban de sol a sol, las Vulcanalias estaban a la vuelta de la esquina, el lanista había preparado quisquillosamente a todos los gladiadores, incluido Aioria… y había tomado ya la decisión.
O era la cabeza de Aioria o la suya…
Mejor la de Aioria…
Por más que le doliera, por más que lo deseara como un loco, había prioridades, y si su vida costaba la de ese objeto de su deseo, tendría que ser así.
"Júpiter así lo ha decidido" pensó el lanista.
Aunque aún en su mente había razones para no abandonarlo a su suerte, razones que él mismo no comprendía, y lazos que se habían formado con el breve tiempo, era necesario optar por vivir.
—¡Una vez más! —rugió el lanista mientras observaba a Aioria agotado, cubierto de arena y sudor, que hacía complicadas maniobras con el carro de entrenamiento guiado por tres caballos.
—Dominus… —farfulló el griego de mala gana, aunque procuraba mantener las apariencias delante de todos, estaba por perder los estribos agotado como estaba.
—Manejar la rienda con una mano mientras con la otra empuñas el spiculum(1) si fuese necesario… —le aleccionó como una letanía clavando sus ojos felinos en el gladiador.
Y repitió la maniobra, cambiando de una mano a otra las riendas mientras empuñaba el arma en la otra y modificaba la dirección del carro con los caballos a toda velocidad.
Se acercó peligrosamente a Aioros haciendo una nube de polvo irrespirable y logrando que el lanista diese un brinco tosiendo, mostrándole con ello la exactitud de aquel movimiento, las ruedas del carro quedaron marcadas a escasa distancia de donde estaba Aioros: no hubiese sido necesario que brincara.
Y el chistecito le valió un golpe bien asestado en el rostro por parte del lanista cuando éste le mandó llamar y estuvieron a solas en su despacho, a lo que el griego contestó con una sonrisa y escupiendo la sangre que manaba de sus labios en las preciosas baldosas.
Para luego acabar a golpes limpiamente… y después… con Aioros contra el piso mientras el gladiador le separaba los muslos, desgarraba el lienzo que lo cubría y lo penetraba sin delicadeza alguna, después venían los gemidos y luego la calma…
—Tienes que hacerlo mejor que eso… —murmuró el lanista empujando al griego, sacándoselo de encima y haciendo que saliera de golpe del interior de su cuerpo en un sonido húmedo.
—Lo hago —contestó simplemente levantándose y acomodando el escaso taparrabos que cubría su sexo aún latente, enrojecido.
—Hablo enserio —le contestó el otro poniéndose en pie—. Esto era lo que querías ¿no?, pelear como los essedarii, serás el único gladiador que ha pisado la arena, después de mi claro, demostrando el manejo de dos técnicas diferentes, peleando en un carro y luego como dimanchaeri…
—Yo también hablo enserio, dominus… —contestó y dio la vuelta.
—No te he dado permiso de retirarte… —ordenó el lanista sonriendo con triunfo, mostrándole una vez más que él era el dueño de su vida y de su trasero también.
Aioria se volvió hacia él, rabioso.
—¿Qué te pasa?
—Nada, ¿qué me ha de pasar? —se burló mientras paseaba alrededor de él y lo tocaba, acariciaba esa piel morena que lo volvía loco, acabó por jalarlo del cabello para, literalmente, empotrarlo de cara a la pared.
Le quitó de nuevo el taparrabos y le separó las piernas con las propias, no dejó de sujetar su cabello castaño mientras lo sodomizaba con fuerza, y la carne de su cuerpo oponía resistencia.
Aioros encontraba algo de calma a su atribulada mente en el cuerpo de su amante, en su piel, en los encuentros sexuales llenos de lujuria con él, y encontraba una manera de decirle tal vez adiós.
Ese día, justo ese día, Mancinia se encontraba desolada, hecha un ovillo en la cama sin ganas de levantarse y sin ganas de absolutamente nada.
Las Vulcanalias daban inicio, ya sabía lo que iba a suceder y el hecho de enfrentarse a la muerte de ese hombre que le obsesionaba, bastaba para echar por tierra todo, un hado funesto le rodeaba.
Aulo incapaz de consentir la miseria de su esposa le arrancó el lienzo con el que se cubría para arrojarlo al piso, al ver que ella ni se inmutaba tiró de una de sus piernas hasta hacerla caer con estruendo en el piso.
—¡Levántate! —vociferó ante la mujer que le miraba horrorizada con el carboncillo de los ojos completamente corrido— ¡Levántate, dije! Creí haber sido claro cuando te ordené que no habría más lágrimas ni caras largas ¡Por Júpiter!
—No quiero… —suplicó.
Él la tomó por los rubios cabellos haciendo que se pusiera en pie, fue hasta donde tenía sus lujosos vestidos y sacó uno color esmeralda, luego sacó con el puño unas joyas y se las arrojó, gritó a voz de cuello a las esclavas y una vez que estuvieron ahí temblorosas, ordenó.
—La bañan, la visten y la arreglan como debe ser, quiero que luzca como la esposa hermosa y amante que es… ¡Pero ya! —gritó— Y tú —dijo refiriéndose a Mancinia—, tú vas a poner buena cara, vas a estar sonriente y feliz y te comportarás en el pódium(2), nada de lágrimas, nada de gimoteos, ¿entendiste? —le dijo tirando del cabello y haciendo que ella lo observara.
—Sí… —murmuró apenas en un hilo de voz aguantando las lágrimas.
La soltó y la arrojó de nueva cuenta, yendo a parar la mujer hecha un trapo a los brazos de sus esclavas, quienes obedientemente, la llevaron a las termas para cumplir con lo que el señor había ordenado.
Mancinia sólo se dejó hacer, como una muñeca, sentada en la poza termal llorando a lágrima viva mientras su esclava personal la aseaba por completo en el agua perfumada.
—Si tan sólo él hubiese aceptado… —murmuró bajito entre sus sollozos.
Una vez aseada y con el rostro completamente limpio, las mujeres procedieron a untarle aceites y perfume para envolverla con aquel lujoso vestido verde, luego peinaron y ondularon su cabello colocándole una tiara repleta de cristales verdes a juego con el vestido, le colocaron collares, pulseras, anillos y finalmente arreglaron el rostro desencajado de ella, era una patricia perfecta ahora, una pieza fina, pero descompuesta.
Tal como Aulo lo pidió, ella estuvo lista en el tiempo justo para salir y seguir a su amante esposo, igual que ella, ricamente ataviado, con una sonrisa de oreja a oreja.
No podía ocultar la mucha alegría que le daba presenciar la extinción de la estrella de Milo.
El espectáculo de ver a los gladiadores salir desde el ludus en los carros con barrotes en donde iban apostados era algo que llamaba mucho la atención de propios y extraños, a menudo patricios, mercaderes, niños y el alma de Roma: el pueblo, se congregaban por las calles para ver el desfile de aquellos hombres, músculos de acero y huesos en apariencia inquebrantables, transitar por las calles para llegar al Coliseo, el corazón de Roma.
Los gladiadores iban custodiados por la escolta particular de cada lanista, por ello no había riesgo alguno de que intentasen huir o armar alguna revuelta, además llevaban puestos grilletes, y a pesar de ese espectáculo como de animales salvajes, tenían cierto encanto imposible de ignorar.
Aioros iba montado en su propio caballo encabezando el desfile de los gladiadores de su ludus, con la espalda completamente recta, era una visión la majestuosidad del hombre, nadie negaba la belleza imponente y el cuerpo magnifico que tenía, así que muchas mujeres le saludaban y se le ofrecían al paso, había muchos que aún recordaban sus combates legendarios, ese día incluso iban a rememorar esos combates pues después de mucho tiempo finalmente Aioros regresaría a la arena en compañía de su escuela de gladiadores.
Tal vez por ello incluso había más alboroto por las calles que otras veces.
Cuando la exótica comitiva llegó a las puertas del Coliseo fue llevada de inmediato al hipogeo(3), el olor de bestias, condenados a muerte, sangre y adrenalina inundaba el lugar, Aioros pareció no inmutarse ante ello incluso aspiro de forma exagerada y sonrió.
—Siempre se extraña este olor —dijo, a lo que algunos ahí presentes contestaron con una risa y alguien a lo lejos gritó: "olor a mierda, hermano".
Aulo fue a buscarlo hasta ese pestilente lugar aguantando casi la respiración, cuando lo encontró lo saludó casualmente.
—Aioros, los dioses nos bendicen el día de hoy que regresas a la arena, sospecho que estas Vulcanalias serán inolvidables —mencionó con una sonrisa retorcida y abrazó hipócritamente al lanista.
—Lo serán Aulo, con la gracia de Vulcano esta tarde lo serán —contestó correspondiendo al efusivo abrazo.
—Y espero que los dioses al fin me bendigan con la justicia que tanto he esperado —susurró en su oído dándole a entender que se refería al trato que habían hecho antes sobre darle fin a los días de Milo.
—Un buen hado sin duda te bendice —contestó simplemente soltando una carcajada muy natural.
Después de esa extraña conversación se despidieron, Aioros fue hasta donde estaban sus hombres, algunos calentando los músculos, otros practicando con sus respectivas armas, y unos pocos, los nuevos, estaban completamente aterrados en sus rincones.
Aquellos hombres que antes ya habían probado la sangre y la arena estaban ansiosos de volver a sentirse acariciados por los alaridos y aplausos del público.
Como siempre lo había hecho, el lanista se dirigió a ellos en la cámara en la que estaban, su potente y varonil voz se hizo escuchar entre el ruido, los aullidos del público afuera y el alboroto de los hombres, incluso parecía que el solo hecho de pronunciar su perfecto latín bastó para callar a todos.
—Esta tarde y noche Vulcano estará muy complacido de ser festejado con semejante despliegue de perfección, temeridad y valor… habrá algunos de ustedes que sobrevivirán para escuchar nuevamente los gritos ensordecedores coreando su nombre —dijo sin empacho—, algunos otros no lo lograran, pero sepan… que su nombre no será olvidado jamás… ¡Mueran con honor! ¡Honor y Gloria para nuestro ludus! ¡Esta noche las Vulcanalias son nuestras! ¡Vayan por la victoria! —rugió, y todos los hombres respondieron con un rugido ensordecedor que había nacido desde su corazón, unos más golpeaban espadas y escudos en un sonido metálico que era como música.
Todos empezaban a vestir grebas, protecciones para los brazos, piernas, cinturones, protecciones para el pecho: la indumentaria peculiar de cada gladiador de acuerdo a su especialidad.
Aioros mismo también comenzó ese ritual de vestirse para morir…
O al menos eso era lo que él pensaba, que ellos, los gladiadores, vestían para morir.
Aioria se encontraba cerca de donde él estaba, colocándose las grebas y ajustando las protecciones de piel que llevaba en las piernas y muslos, de color blanco inmaculado, del mismo color que el breve faldellín, el lanista se acercó a él para terminar por ajustar el cinturón tachonado de plata.
Lo últimos días los había pasado follando con él como trastornado, tratando de apagar un fuego que era imposible de contener, y siendo solo eso: fuego.
—¿Nervioso? —le preguntó al ojiverde.
—¿Debería? —respondió con cierta burla.
—Es un combate sin cuartel, no como las peleas anteriores.
—Lo sé, pero no tengo miedo, ¿acaso el gran Aioros, se encuentra nervioso? —ironizó.
—No, alguien como yo, ya no puede tener miedo —cerró el cinturón y luego revisó las protecciones que llevaba su amante en los brazos, al igual que en las piernas, la tela era blanca y las correas gruesas en piel del mismo color—. Te ves impresionante —le susurró al oído arrastrando las palabras—, si yo fuera una de esas matronas, también estaría mojada viéndote desde la summum(4).
Aioria dio un respingo y sintió que la piel se le erizaba.
—¿Planeas hacerme salir a combatir con un visible problema entre las piernas? —preguntó riendo.
Aioros simplemente se encogió de hombros.
—¿Por qué no?
Milo pasó toda la mañana ansioso, escuchando los gritos de la plebe que contemplaban el baño de sangre de las venationes; fueron primero los combates entre bestias salvajes, que para eso los romanos eran exquisitos, les daba lo mismo poner a una avestruz contra un rinoceronte, el punto era contemplar una carnicería.
Después siguieron los sacrificios de los condenados contra las bestias, generalmente pillos, embaucadores, asesinos y unos cuantos cristianos, todos ellos desarmados; y al final se continuaba con las fieras contra gladiadores.
Un despilfarro completo de recursos y de animales exóticos traídos generalmente de África.
Y cuando ya no hubo más, siguieron los combates entre gladiadores, primero aquellos sin ninguna importancia o pertenecientes a un ludus sin ningún renombre, posteriormente vendrían los combates mayores, los de los gladiadores vencedores e invictos.
Por lo que podía imaginarse a él lo habían reservado para enfrentarse a ese tipo de gladiadores junto a los cristianos restantes, entre los cuales se encontraba el galo.
Un espectáculo morboso que sirviera como ejemplo del destino que les esperaba a todos aquellos que osaran traicionar los intereses y fines de Roma.
Y tal como lo pensó cuando el sol se estaba poniendo y el gradus(5) estaba en su apogeo a la espera de los mejores combates, lo sacaron de la precaria celda en la que estaba confinado.
Quitaron los grilletes de tobillos y muñecas.
—Manejan esto como un puto ejército —bromeo con cierta amargura mientras frotaba las muñecas adoloradas.
Aprovechó la distracción para echar un vistazo a su alrededor, había más personas que estaban ahí congregadas, se trataba de los cristianos que habían apresado en el templo, buscó con la vista a Camus, era imposible no verle, resaltaba su cabello rojo entre la masa.
Los hicieron subir a una de las plataformas móviles, misma que les elevaría de forma automática a la arena, sin mayor dilación.
La mayoría de los cristianos iban tomados de las manos y cantaban… era un espectáculo doloroso, el de los cantos, lágrimas y rezos, el pretor se abrió paso hasta que llegó al pelirrojo.
—¿Cómo estás? —le preguntó acariciando su bellísimo rostro, aunque estaban de frente ante la muerte, parecía imperturbable, le dirigió una mirada amable, la primera en quién sabe cuánto tiempo.
—Bien, preocupado por ti —confesó bajando la vista y casi mordiéndose la lengua.
En ese momento los guardias empezaron a repartirles espadas viejas y melladas, incluso espadas de madera y sin punta, había algunos que las tomaban observándolas sin saber qué hacer, había otros que rehusaban siquiera tocarlas.
—Cabrones, esto y un mondadientes es lo mismo… —maldijo el rubio cuando le dieron precisamente una espada de madera que parecía más bien una rama, Camus en cambio tenía una espada medianamente buena—, al menos los dioses han sido benevolentes contigo…
—Sería bueno que aceptaras la salvación y…
—Sería bueno que te callaras y me escuches… —le dijo tomándolo por el brazo y abriéndose paso de nuevo entre la multitud para situarse en un lugar menos expuesto que en la orilla en la cual estaban una vez que los empezaron a subir en medio de crujidos hacia la arena.
Lentamente…
—Nos vamos a quedar aquí y no en la orilla, al menos hasta que haya visto qué o quién está en la arena, ahora… necesito una maldita espada… ¡Joder! —fue entonces cuando se percató de un hombre que lloraba y rezaba, todo al mismo tiempo, balbuceaba algo de aceptar la muerte—. Vale, acepte usted la muerte y permítame aceptar la mía con esto… —le quitó la espada y le dejó la suya de madera, el galo le lanzó una mirada desaprobatoria e iba a lanzarle una perorata, pero antes de eso le tapó la boca—. Escucha… quédate a mi lado, no te separes de mí, pase lo que pase allá arriba, no te separes de mi lado… veremos cómo salir de esto, te lo prometo… pero por Júpiter Triunfante ¡Sobrevive! —tomó su rostro excelso y le dio un breve beso en los labios.
Camus cerró los ojos y simplemente asintió.
—Pídele a tu dios que baje a pelear contigo y empuña esa espada…
—No quiero… yo…
Guardó silencio cuando estuvieron a descubierto sobre la arena, tembló de rabia y de miedo… la arena estaba bastante iluminada por unas antorchas gigantes… pero las antorchas gigantes eran hombres y mujeres crucificados que habían sido quemados, probablemente vivos, ahora servían de teas macabras.
Apenas estaba digiriendo aquel espantoso espectáculo cuando los gladiadores se lanzaron encima de ellos como si fuesen abejas hacia la miel.
Los que se encontraban en primera fila fueron despachados de inmediato
Algunos de ellos habían levantado las precarias espadas pero era en vano, ninguno de ellos era guerrero, jamás en su vida habían levantado un arma.
Gritos, sangre volando aquí y allá.
Camus se sintió profundamente sobrecogido, los ojos se le llenaron de lágrimas cuando pudo ver a sus pies los cuerpos de niños desmembrados, lo mismo que ancianos y mujeres.
—No… no puedo… —murmuró casi cayendo de rodillas mientras Milo tiraba de él y empuñaba a la perfección la espada que tenía en la otra mano, se abría paso entre aquellos cuerpos y entre la gente que estaba corriendo despavorida.
—Sí puedes… —murmuró mientras asestaba un certero golpe a un gladiador de gran tamaño en el espacio exacto sin cubrir por la coraza, entre el cuello y el hombro, cayendo a sus pies.
—No… esto no está bien… déjame aquí…
—Dije que empuñes esa puta espada… y ahora sí rézale a tu dios porque estamos jodidos… eso que viene ahí es un carro falcado que lleva arriba a dos de los mejores gladiadores que haya visto en la arena…
Le señaló el carro que estaba rodeándolos y que incluso atravesaba por entre la gente cercenando piernas, brazos e incluso cabezas de los que estaban de rodillas.
Se trataba de Aioria y Aioros.
Mancinia estaba sentada junto a Aulo contemplando con gesto conmovido todo lo que estaba sucediendo en la arena, al principio, por la mañana, mientras contemplaron las venationes su gesto era de profunda aburrición, cosa inusual en Aulo el hecho de querer asistir desde temprano a los juegos, después salieron de ahí a comer con la familia de un senador para luego volver y contemplar la obra que ellos dos habían creado.
No pudo ocultar el rostro de terror que tenía mientras observaba impotente como Milo luchaba por su vida en medio de esa masacre de cristianos… y por la vida de aquel maldito esclavo galo que estaba con él.
Nunca sintió más odio que en ese instante, deseó que mataran a ese maldito esclavo y que Milo fuese lo suficientemente hábil para ganar el favor del público.
—Interesante, ¿no lo crees, querida? —preguntó con crueldad Aulo mientras bebía una copa de vino y se echaba a la boca algunas fresas.
—Muy interesante —contestó ella con una sonrisa cínica cuando el anterior pretor derribaba al gladiador que se le había enfrentado.
Aulo le dirigió una mirada de odio a la mujer y continuó platicando con el dueño de otro ludus, que comentaba lo muy impresionante que era ver a Aioros combatiendo junto a sus gladiadores.
—Huele como a carne quemada —comentó ella.
—Eso es, querida, porque tenemos muy cerca una de las cruces con algún cristiano en ella —comentó Aulo señalándole la cruz que en efecto estaba cerca del lugar.
—Es muy desagradable —finalizó haciéndose aire con el abanico—. Está demasiado cerca…
Lo único que atinó Camus en hacer fue no estorbar a Milo mientras este peleaba con destreza y como una fiera, cubierto ya del alimento vital: arena, sudor y sangre, eso y avisarle cuando el carro se acercaba hacia donde estaban ellos para moverse del paso.
Por alguna extraña razón parecía que el carro estaba persiguiéndolos.
—¡Joder! —exclamó Milo cuando recibió un golpe que casi le hizo rodar de no ser porque Camus estaba atrás de él e impidió que cayera al suelo.
Aioros entonces tendió su arco y empezó a disparar a la carrera mientras Aioria manejaba con destreza el carro que ahora iba por la orilla de la amplia arena ante los vítores de la plebe embravecida.
—Quiero esa cabeza… —le gritó el lanista al auriga, que por añadidura era su amante.
—Parece que no se deja cazar tan fácil.
—Era el Praefectus Praetorio.
Nuevamente tendió el arco para apuntar hacia el rubio, pero éste ya había visto que las flechas salían disparadas en su dirección, se movió a tiempo cuando una cayó entre Camus y él.
Entonces la gente prestó atención justo a ese punto, en donde el rubio y el pelirrojo estaban en la arena.
Dos gladiadores se lanzaron al mismo tiempo hacia donde ellos estaban, uno hacia Milo y otro hacia Camus, y fue el pretor quién se interpuso entre los dos.
Golpeo a uno primero, a puño limpio, y al otro lo embistió con la espada, si aquellos hombres eran buenos en ese espectáculo, él era igualmente hábil en la batalla, él había peleado muchas veces en diversas guerras, había vivido al límite y de condiciones más precarias había salido avante.
Sin embargo uno de los mirmillones, se abalanzó a sus espaldas mientras él peleaba con el otro.
Camus, en su desesperación, al no saber qué hacer lanzó la espada que tenía en las manos con fuerza, de tan buena suerte que la espada golpeo al gladiador en la cabeza abriendo el yelmo y el cráneo como una fruta madura, éste cayó de rodillas sangrando hasta terminar sobre la arena.
Se llevó la mano a la boca conteniendo el asco mientras Milo acababa por rematar al hombre contra el que peleaba en el piso, tomó la espada del occiso, una excelente espada que podría servirle más que el viejo pedazo de metal con el que estaba luchando.
—Camus… ¿Estás bien? —murmuró acercándosele.
—¿Cómo puedo estar bien después de haber matado a alguien así?
—Te acostumbrarás, no te preocupes… —bromeó y le dio la espada del gladiador que había matado—.Gracias por salvarme el pellejo…
La gente vitoreaba al denigrado pretor con júbilo, las mujeres casi se desgarraban las vestiduras, Milo había conseguido lo único con lo que podía contar: el favor de la plebe.
Pocos cristianos quedaban en pie y entre los pocos, ellos dos.
Y después…
Más gritos, esta vez ensordecedores…
Se trataba de Aioros que había bajado del carro falcado y ahora tomaba su papel como mirmillón, con su espectacular yelmo de cresta, el escudo en una mano, en la otra la espada; Aioria que también había dejado de ser un auriga, ahora empuñaba las espadas gemelas que usaban los dimanchaeri, ambos saludaron al público entre vítores, levantando las armas.
Después… caminaron como dos felinos dispuestos a saltar encima de la misma presa, paso a paso… al mismo tiempo… rodeándolos…
(1)spiculum - Lanza arrojadiza utilizada también por el ejército romano, sobre todo por la infantería.
(2)pódium - Zona de las gradas dedicada sobre todo a los romanos de alta alcurnia.
(3)hipogeo - Complejo situado debajo de la arena del Coliseo que comprendía los túneles y celdas o mazmorras, eran ocupados por gladiadores, condenados y bestias.
(4)summum - Zona de las gradas reservada para la plebe.
(5)gradus – Gradería general del Coliseo.
