Lo prudente habría sido sentarse a cierta distancia del pelirrojo.
Kyo lo sabía, pero poner distancia entre ellos era inaceptable.
No quería que Iori creyera que había conseguido intimidarlo con el temperamento irascible que estaba mostrando, porque eso estaba muy lejos de ser verdad.
Y, además, sentarse lejos impediría cualquier contacto entre ellos, fuera éste gentil o agresivo, y Kyo tampoco quería eso. Mucho menos cuando la súbita cercanía del cuerpo de Iori y luego la brusca separación le habían dejado un extraño vacío en el pecho.
De todos los abrazos que había recibido en su vida, Kyo no conseguía recordar uno que hubiera tenido tal efecto en él. Estaban los abrazos de sus compañeros de equipo al obtener una victoria, o, con más frecuencia, a modo de amigable saludo. Vagamente recordaba los abrazos de sus padres cuando era niño, antes de que la tradición se impusiera y el contacto físico se volviera infrecuente. Luego estaban los abrazos de Yuki, algo tímidos al comienzo, que aún hacían que la joven se sonrojara cada vez. El cariño que esas personas sentían hacia él había estado claro en aquel contacto. ¿Para qué tocarlo si no?
No había esperado que los brazos de Iori rodeándolo pudieran sentirse tan bien.
A pesar de la molestia del pelirrojo. A pesar de que no había sido una muestra de afecto. A pesar de que incluso había llegado a causarle dolor.
Kyo quería volver a sentir algo así.
Tal vez fue por eso que no tuvo reparos en sentarse en el suelo al lado de Iori, más cerca de lo que era necesario.
Ver que Iori no rechazaba su proximidad hizo que su cabeza se sintiera ligera por un momento. La única reacción que hubo en Yagami fue un leve entrecerrar de sus ojos, que estaban obstinadamente dirigidos hacia el paisaje del ventanal; el sol había acabado de ponerse, dejando a la sala donde se encontraban en la ya familiar penumbra tamizada por los reflejos del neón.
Kyo no habló. Miró el paisaje, pero perdió el interés pronto, su mirada posándose en el joven a su lado. Iori tenía el brazo derecho recogido y apoyado en su regazo. Procuraba disimularlo, pero la quemadura debía dolerle. Pequeñas manchas color rosa pálido habían aparecido en la tela blanca de la manga, y Kyo supo que eso había sido su culpa, por haber forcejeado y obligado al pelirrojo a usar su brazo herido para sujetarlo.
Pero, a pesar de todo, aquella lesión no había sido tan grave. Kyo había temido que el fuego de Ash hubiese penetrado más profundo, quemando tejidos de forma irreparable. Él mismo había sentido esa energía verde rozándole la piel, sabía lo intensa que podía llegar a ser.
¿A qué se debía que esas heridas fueran casi superficiales? ¿Quizá Iori, pese a no poder usar las flamas púrpura, poseía la resistencia al fuego que era una característica de sus familias? ¿O había sido Ash quien había controlado su ataque, por motivos que él no conseguía imaginar?
Su mirada pasó del brazo de Iori a su cuello y su pecho, la piel visible porque el joven sólo había abrochado dos botones de su larga camisa, que también dejaba al descubierto una parte de su abdomen, justo encima de la correa negra que ceñía su cintura.
El pelirrojo no se había cambiado los pantalones, que aún mostraban algunas manchas de hollín. Era extraño verlo vestido completamente de blanco y aun así sentir la amenaza que emanaba su presencia.
El contraste con la tela hacía que el color de su cabello pareciera más intenso y, al preguntarse si el efecto también se replicaría en sus ojos, Kyo se encontró con aquellos irises rojos fijos en él. No sabía cuánto tiempo Iori llevaba observándolo, pero sintió un escalofrío ante aquella penetrante mirada.
El desagrado permanecía, pero ahora Kyo sabía que no era su presencia la que desagradaba a Iori, o de lo contrario le habría permitido marcharse. Incluso, si no quería verlo, Iori podría haber ido a pasar la noche en cualquiera de las otras propiedades que Hein había mencionado. Pero no. Había vuelto a ese departamento, sabiendo que él estaba ahí. Había vuelto y le había permitido verlo herido, detestando cada segundo de la situación, pero dejando que se acercara.
Abrazándolo.
Kyo negó para sí, repitiéndose que eso no había sido un abrazo.
—Pensé que pasando tanto tiempo contigo llegaría a conocerte bien, pero cada vez te entiendo menos —murmuró Kyo pasándose una mano por el cabello castaño con gesto ofuscado.
—¿Qué hay que entender? —fue la respuesta de Iori, su tono tan bajo como el de Kyo, un suave sarcasmo en su voz.
—¿Me odias? —soltó Kyo abruptamente, sin apartar su mirada, viendo medio segundo de sorpresa en los ojos de Iori antes de que el Yagami ocultara hábilmente esa expresión, volviendo su rostro hacia el paisaje nocturno.
—¿Si te odio, dices? —murmuró Iori, su rostro adquiriendo un aire ausente, como si le hablara a la ciudad y no a Kyo. Hubo una larga pausa antes de que el pelirrojo dijera—: Odio la idea de tu existencia.
Kyo sintió un apagado dolor ante aquellas palabras. ¿Qué había pasado con Yagami para que en tan sólo unas pocas horas fuera capaz de decirle algo así?
—¿No es lo que querías? —preguntó Iori, como si hubiera percibido su reacción, sin necesidad de mirarlo.
Sin embargo, cuando Iori volvió nuevamente su rostro hacia él, esperando su respuesta, Kyo no vio rastros del odio que el joven mencionaba. Sólo había una molestia contenida, una terrible resignación.
Kyo negó con la cabeza porque, no, eso no era lo que había querido.
Iori rió con un sonido áspero, ya fuera ante su respuesta, o por pensamientos que no estaba compartiendo con Kyo.
—Tenías razón sobre Ash Crimson, pero no del todo —dijo Iori, su mirada fija en Kyo, el Kusanagi sintiendo que algo había cambiado en la expresión del pelirrojo, la manera en que lo miraba, pero sin saber exactamente qué—. Crimson no planea hacerme daño para encontrarte. Esto —Iori mostró su brazo derecho, haciendo una leve mueca ante el movimiento— es sólo para demostrarme lo débil que soy.
Kyo frunció el ceño ante la sonrisa desagradable que torcía los labios de Iori.
—Sabía que soy un Yagami —siguió el pelirrojo—. Sabía que no puedo invocar el fuego —agregó con molestia—. Y al parecer porque soy un Yagami debo entregarte a Orochi. —Un destello de rabia en sus ojos acompañó a esas palabras, antes de que continuara en un gruñido—: Crimson se jacta de conocer la historia de nuestras familias, pero no entiende nada.
Kyo no supo qué responder. Si Ash sabía que Iori no tenía fuego, ¿eso hacía que Iori dejara de ser un objetivo? A pesar de no haber entrado en detalles, las implicaciones de aquellas cortas frases, y la evidente molestia en la voz de Iori, eran suficientes para que él dedujera qué había ocurrido. Ash había herido a Iori para enfatizar un punto, y probablemente había estado en control de la situación. Si la quemadura había sido calculada e intencional, ahora entendía por qué Iori había vuelto tan furioso.
Pero, entonces, ¿eso significaba que el intenso odio que había visto en los ojos de Iori no había estado dirigido hacia él, como había creído?
—Entregarte a Orochi —repitió Iori sacándolo de sus pensamientos, el pelirrojo apartando la vista y alzando su brazo herido, mirándolo como si la debilidad que lo había llevado a recibir esa quemadura le diera asco—. Como si eso fuera posible.
—Iori —susurró Kyo, sorprendido.
La reacción de Kyo hizo que Iori sonriera con un desprecio dirigido hacia sí mismo. Había hablado de más, pero en ese momento ya no le importaba que Kyo supiera lo que pensaba. Quizá la rabia que había sentido por tantas horas lo había dejado mentalmente agotado. O tal vez era simplemente la presencia de Kyo tan cerca, llevándolo, una vez más, a comportarse de un modo que no era habitual en él.
Sin pensar en lo que hacía, sólo dejándose llevar por un impulso cuyo origen no podía explicar, Iori alzó su mano derecha despacio, ignorando el dolor de la quemadura, y la posó entre los cabellos castaños de Kyo.
¿Orochi pretendía que renunciara a esto a cambio del fuego púrpura? A Kyo, que no se resistía a su gesto pese a que parecía querer alejarse de él, y que no le ocultaba la mezcla de reticencia y anhelo en su mirada.
Iori recorrió los suaves mechones castaños con sus dedos; un cosquilleo de dolor se hizo sentir en su brazo, pero no se detuvo ni apartó su mano. Que una suave caricia le produjera dolor era, al fin y al cabo, muy acorde con las contradicciones en que estaba sumido desde la primera mirada que había cruzado con Kyo.
—Crimson aún tenía las quemaduras que le hiciste —murmuró Iori, sin saber por qué seguía hablando cuando lo que debía hacer era guardar silencio, Kyo escuchándolo atento, sus labios ligeramente entreabiertos, su cuerpo aún rígido, pero sin intentar alejarse—. Si haces las cosas bien, no tendrás problemas para acabarlo —siguió Iori, su tono volviéndose más bajo, sus ojos oscureciéndose—. Eres más fuerte que él —señaló, la rabia comenzando filtrarse de nuevo en su voz—. Y yo… —gruñó, interrumpiéndose furioso, sin poder admitir en voz alta que nada había podido hacer en contra de Ash, viendo que Kyo intentaba decir algo y decidiendo de golpe que no quería oír sus palabras condescendientes, cerrando sus dedos con fuerza en el cabello de Kyo y tirando, acercando el rostro del joven al suyo, un incomprensible placer recorriéndolo al ver su sorpresa y su dolor—. ¿Por qué está aquí, Kyo? —preguntó en un siseo, tirando con más fuerza al ver que Kyo no forcejeaba porque no quería poner sus manos alrededor de la piel quemada en su muñeca y hacerle daño—. ¿Por qué sigues aquí si sabes que enfrentarte a un oponente sin fuego no es un reto para ti?
—Iori… —fue todo lo que dijo Kyo, sus manos alzadas, pero en vez de sujetarlo y obligarlo a soltarlo, el Kusanagi se limitó a posar sus dedos en su muñeca, donde sabía que el daño de la quemadura había sido menor.
—Me preguntas si te odio… —continuó Iori en un siseo, furioso de que Kyo tuviera esa consideración, incluso cuando él le estaba causando dolor—. ¿Cómo no odiar la idea de tu existencia, cuando estés lejos de aquí?
—¿Le... jos? —repitió Kyo entre dientes apretados.
—Cuando entiendas que no podré darte lo que esperas —murmuró Iori—, y te marches —acabó, sus palabras apenas audibles, perdidas en un bajo gruñido.
El silencio que siguió fue casi opresivo, el rostro de Kyo diciéndole que no había esperado semejante honestidad de su parte.
—¿Permitirás que me vaya? —dijo Kyo con incrédula suavidad, dejando pasar unos segundos antes de que sus dedos tiraran con delicadeza de la muñeca de Iori, no para apartar la mano del pelirrojo por la fuerza, sino como si le sugiriera otra postura mediante una dócil invitación, sintiendo que Iori liberaba su cabello y se dejaba llevar, hasta que la punta de sus dedos le rozaron la mejilla—. ¿No ibas a matarme primero? —susurró Kyo, dudando de que hubiera sido un sueño donde había oído esas palabras, apoyando su rostro contra la mano de Iori, manteniéndola ahí sin apartar sus ojos de los del pelirrojo, sin darse cuenta de que estaba sonriendo hasta que sintió que Iori reseguía lentamente sus labios con el pulgar, haciéndolo estremecerse.
—¿Quién te da el derecho…? —se encontró susurrando Iori, mirando esa exasperante sonrisa, el brillo complacido que de pronto iluminaba los irises oscuros del Kusanagi, sin poder terminar la frase, sin saber con exactitud qué quería reclamarle.
Kyo parpadeó despacio.
—Es mi derecho —murmuró el Kusanagi, su tono volviéndose profundo de pronto, la sonrisa medio borrándose, la expresión de sus ojos acentuándose para dejar claro que lo que decía era en serio—. No tienes fuego, pero eso no hace ninguna diferencia para mí. Eres mi rival —le recordó—. Mío —remarcó con firmeza—. Eso no va a cambiar. —Kyo calló al sentir que la mano de Iori en su mejilla temblaba. Tuvo la impresión de que el pelirrojo se estaba conteniendo de golpearlo por el atrevimiento de sus palabras. Pero aun así, Kyo no quería permitir que aquel contacto se rompiera, y simplemente volvió su rostro hacia la palma de Iori, rozándola con sus labios y besando ahí donde empezaba su muñeca, sintiendo que terminaba de condenarse al susurrar—: Aunque esté lejos de aquí, eso jamás va a cambiar.
La osadía del Kusanagi...
Simplificando las cosas de esa manera; descartando sus horas de frustración con tanta ligereza.
«Mío», había dicho, sin detenerse a pensarlo ni por un segundo. Y, lo que era aun peor, ofreciéndole cierto sosiego al hacer tal afirmación, a pesar de que él sabía que Kyo hablaba llevado por la impulsividad, y que todavía tenía oportunidad de cambiar de parecer en el futuro.
Sin embargo, el amargo e irracional alivio que sintió fue bienvenido, después de horas intentando convencerse de que no cumplir el pedido de Ash Crimson era la decisión correcta, aunque significara no poder enfrentar nunca a Kyo como lo dictaba la historia de sus familias.
Durante esas horas también se había dado cuenta de que era muy tarde para volver atrás. La insistencia y la presencia de Kyo habían despertado algo en su interior. Ya se había admitido a sí mismo que Kyo había conseguido invadir sus pensamientos, pero ahora sabía que era de forma permanente. No podía regresar a la que había sido su vida normal y no pensar en el Kusanagi.
Ash Crimson parecía casi una excusa que Kyo había utilizado para acercársele. ¿Qué pretendía el Kusanagi irrumpiendo en su vida de esa manera?
Iori había intentado dar con la respuesta a solas, en vano, pero ahora la encontraba, inequívoca, en los ojos castaños de Kyo.
Kyo creía firmemente cada palabra que había dicho. No había lastima en su mirada; no lo decía por complacerlo o calmarlo. Era consciente de que haberse atrevido a hablarle así podía tener consecuencias, porque su semblante estaba un poco tenso, casi como si esperara que la mano que Iori mantenía en su mejilla se cerrara de pronto en un puño y lo golpeara.
Y aún así, Kyo no se apartaba, como no se había apartado cuando lo había sujetado frente a la puerta, o cuando él había decidido poseerlo, pese a todos los reparos que el joven había tenido.
No. Si había algo que Kyo hacía, era permitirle estar cerca.
Intentando no prestar atención a lo decepcionado que se veía el joven cada vez que una caricia terminaba, Iori retiró su mano de entre las del Kusanagi con un suspiro fatigado.
¿Qué pasaba con él? ¿Por qué sentía esa extraña paz? ¿Ciertamente no se estaba aferrando como un estúpido a las palabras de Kyo?
—Espero que sea recíproco —dijo Kyo de pronto, una sonrisa un tanto burlona reemplazando a su decepción. Se veía más relajado ante la ausencia de una reacción violenta.
Iori suspiró de nuevo, sin entender por qué ver a Kyo calmado le daba tranquilidad.
—Si prestaras atención a lo que te dicen, sabrías si lo es —murmuró Iori con tono intencionalmente enigmático, como represalia porque Kyo lo hacía sentir de una manera que no era normal, haciéndolo pasar de la más profunda molestia a esa incongruente serenidad a la que no estaba acostumbrado.
—¿Qué quiere decir eso? —preguntó Kyo, frunciendo el ceño.
—Que no prestas atención cuando hablo —respondió Iori, su tono una burla seca y cansada, sus ojos fijos en los de Kyo, que lo miró unos segundos con molestia antes de sonreír.
—A lo que es importante sí —aseguró el castaño.
Iori no dijo nada a eso porque Kyo se movió, poniéndose de rodillas a su lado, manteniéndole la mirada todo el tiempo mientras, despacio y cauteloso, alzaba una mano y le rozaba los cabellos. Iori le dejó hacer, conformándose con observarlo mientras los suaves dedos de Kyo apartaban las hebras rojas que le cubrían medio rostro.
—Te ves exhausto —dijo Kyo, no condescendiente ni compasivo, sólo amable—. Por la mañana también te veías cansado. Sé que pasaste una mala noche por... —hubo un titubeo mientras buscaba el término adecuado— vigilarme.
Iori respondió con un bufido desdeñoso, recordando que los miembros de Sviesulys habían hecho un comentario similar. Eso lo llevó a pensar en el concierto que debían dar la siguiente noche, y en el mal estado en que se encontraba su brazo. Sintió que la rabia volvía a aflorar, y cerró los ojos unos segundos para controlarla mientras respiraba profundamente, sus pensamientos interrumpiéndose cuando la caricia de Kyo pasó de su cabello a su mejilla, para luego deslizarse por su cuello expuesto.
Por reflejo, porque por un breve instante había bajado la guardia completamente, Iori sujetó la mano de Kyo con fuerza, deteniendo en seco aquella caricia.
—Deberías descansar, Yagami —sugirió Kyo, sin inmutarse ante el brusco ademán en lo más mínimo, Iori viendo que el joven lo miraba con una calidez que no había estado presente antes.
Podía volver a culpar a Kyo por hacerlo comportarse de manera extraña, o atribuirlo al agotamiento que sentía; como fuera, Iori se encontró levantándose y aceptando el consejo del joven, dirigiéndose pesadamente hacia la escalera. No tardó en oír los pasos de Kyo siguiéndolo.
Al llegar arriba, cuando se dejó caer en la cama, no tenía en mente dormir para descansar, sino simplemente para dejar de pensar. Quería olvidarse del concierto y de Ash Crimson; y en cierta medida también de Kyo. Quería que su cerebro se apagara y dejara de recriminarle el que prefiriera ser más débil que Kyo antes que entregarlo a Orochi.
Y, por sobre todo, quería dejar de pensar en la facilidad con que el joven había dicho aquellas palabras («mío, mi rival»), mientras que él no había sido capaz de contarle que había tenido el fuego púrpura casi a su alcance.
Molesto consigo mismo, ignoró a Kyo cuando éste le preguntó si no iba a cambiarse de ropas antes de dormir. Iori se cubrió con las sábanas como toda respuesta, echándose de lado y dándole la espalda. Esperó oír algún comentario de parte del castaño, pero Kyo no habló más.
Iori oyó que Kyo sacaba su celular y se alejaba de él, yendo a sentarse en uno de los sillones.
En los minutos que siguieron, Iori se dio cuenta de lo iluso que había sido al pensar que podría conciliar el sueño teniendo al Kusanagi a unos pocos metros. Si bien se obligó a mantener los ojos cerrados, no importó cuánto le ordenara a su cuerpo que durmiera; no podía dejar de escuchar cada movimiento que hacía el joven, el roce de las telas de su ropa cuando cambiaba de posición, el suave resoplido molesto que escapó de sus labios en algún momento, por algo que debía haber visto en su celular.
A ratos le parecía sentir la mirada de Kyo posándose en él, como si el joven supiera que aún permanecía despierto, pero ninguno habló.
Debieron pasar horas antes de que finalmente se durmiera.
Salió de su sueño intranquilo una vez durante la noche, cuando Kyo apagó las luces y se acercó a la cama. Iori entreabrió los ojos, sintiendo a Kyo de pie a su espalda. Los minutos se hicieron eternos mientras el Kusanagi permanecía inmóvil, mirando el espacio libre que quedaba a su lado, sin atreverse a ocuparlo con él ahí.
Iori estuvo casi seguro de que Kyo daría media vuelta y pasaría la noche en el sillón.
Pero, tras un bajo suspiro resignado, Kyo se introdujo bajo las sábanas con movimientos lentos, como si procurara no despertarlo.
Kyo yació en absoluta inmovilidad por un largo rato. Era como si no estuviera ahí, salvo por el sonido de su respiración. Oyendo aquel acompasado inhalar y exhalar, Iori sintió que lo invadía un raro letargo, en que no estaba dormido, pero tampoco completamente despierto, la tensión de aquel día comenzando a abandonar sus extremidades, sus brazos y piernas sintiéndose pesados a medida que se relajaba.
Había comenzado a pensar que volver a conciliar el sueño no era una tarea imposible, a pesar de la presencia del Kusanagi en su cama, cuando sintió la mano extendida de Kyo contra su espalda, a través de la delgada tela de la camisa. Hubo una corta caricia, y luego sintió no sólo la mano del joven, sino la tibieza del cuerpo de Kyo muy cerca del suyo, en una innecesaria, agradable, proximidad.
Poco antes de dormirse, se preguntó por qué, a pesar de lo amargo que era haber renunciado al fuego púrpura por él, la presencia de Kyo lo calmaba.
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Nota: Siguen llegando fanarts basados en este fic. Y sigo sin poder compartirlos por FFnet :'D. Si tienen curiosidad, están aquí: darkcrimson PUNTO net SLASH shades/?p=114
