Cuando recobré la consciencia, me pitaban los oídos y la cabeza me dolía horrores. Como era de esperar, al intentar moverme me di cuenta de que tenía los brazos y las piernas atadas, y un trozo de tela metido en la boca.

—Por favor, doctor Watson... ¿Ahora puedo llamarle doctor Watson, o prefiere mantener su tratamiento de sargento Watson? Ya que tanto usted como yo sabemos que lleva despierto unos minutos, quizá estaría bien que abriera los ojos...

Conocía esa voz. Oh, sí. Así que el momento que había estado temiendo desde que empezó mi relación con Sherlock al fin había llegado. Bueno, pues. Abrí los ojos.

Estaba sentado en una habitación oscura, con una solitaria bombilla desnuda colgando del techo, exactamente encima de mí. Parpadeé dos veces. Mobiliario: dos sillas, una para mí, y otra para Mycroft Holmes, que estaba sentado justo enfrente de mí. Ventanas: ninguna que yo pudiera ver. Puertas: una, a mi derecha, a dos metros y medio de distancia. Empecé a descartar diferentes formas de escapar de la habitación. Estaba empezando a quedarme sin ideas, cuando de repente la puerta se abrió con un golpe. En el umbral aparecieron dos hombres armados... y Sherlock.

Mi amigo temblaba de la rabia, pero observé cómo luchaba por mantener el control y parecer calmado.

—¡Mi querido Sherlock, llegas tarde!— exclamó mi secuestrador, divertido—. Pensaba que vendrías antes a despedirte de tu amigo.

Sherlock cerró la puerta de un portazo; los guardianes se quedaron fuera.

—Si esto es una de tus bromas— dijo Sherlock rechinando los dientes—, déjame decirte que tienes un retorcido sentido del humor.

La tensa sonrisa de Mycroft desapareció. No se parecía en nada a Sherlock: ambos eran altos y delgados, y tenían un aire aristocrático en su comportamiento, en sus movimientos y su acento al hablar, pero las semejanzas acababan ahí. Mycroft Holmes era mayor que Sherlock, y su cabello castaño claro empezaba a mostrar entradas. Sus ojos eran gris niebla, del mismo color que los de Sherlock tenían a veces, pero eran más fríos que los de mi amigo; y su boca era fina en vez de los labios gruesos que yo adoraba.

—¿Qué esperabas, Sherlock? ¿Mi bendición? ¡Ya he escuchado rumores! ¡Entre nuestros hombres! Este no es precisamente un momento en el que nos podamos permitir ser vistos como débiles, ¡y lo sabes muy bien!—. Tras esa explosión, pareció calmarse un poco, con la mirada clavada en Sherlock, llena de desaprobación. Su hermano estaba callado, con las manos apretadas como puños, y no me miraba—. Sabía que esto iba a pasar, lo sabía desde aquel verano en nuestra casa de campo, cuando te pillé con aquel estúpido pequeño lord comosellame.

—Deja estar eso—se apresuró a contestar Sherlock, mirándome un segundo con el rabillo del ojo—. Te dije que no era importante, y lo acabé.

—Sí, lo sé. Pero esto tenía que pasar tarde o temprano. ¡Debiste haberte casado entonces, Sherlock, te lo advertí! Espero que ahora reconsideres la cuestión; de hecho hay algunas candidatas interesantes que serían útiles para nuestra familia... Un título le sentaría tan bien a nuestro apellido...

Sherlock empezó a pasearse por la habitación.

—Ya te dije que no pienso casarme nunca, Mycroft. Si quieres un título tendrás que conseguirlo por ti mismo.

—Muy bien. ¿Quieres un minuto a solas para despedirte? Mis hombres no tienen todo el día.

—¡No vas a matarle!

—¡No me dejas otra opción, Sherlock! Si le dejo vivo, tanto él como tú estáis sentenciados a muerte. Tan pronto como el rumor se extienda... y sabes que lo hará... bueno, los accidentes pasan. Nuestros hombres son leales, pero no quiero poner a prueba su nivel de lealtad con esto. Y los que apoyan a Johnson aprovecharán la oportunidad para reclamar su venganza, sería ponérselo en bandeja. No. Podemos. Mantenerle. Vivo.

—¡No habría conseguido esa carta contra Johnson sin su ayuda, Mycroft! Es leal, puede ser mi nueva mano derecha, nadie tiene por qué saber nada más sobre él. Se puede luchar contra los rumores.

Mycroft suspiró audiblemente.

—Me estoy hartando de repetirme: lucharemos contra los rumores, sí. Tan pronto como esté muerto, tu reputación volverá a estar limpia. Estamos haciendo limpieza en nuestra organización, así que todo el mundo pensará que hemos hecho lo correcto. Y no me hagas reír fingiendo que John Watson "el Honesto" se uniría a nosotros; es la idea más ridícula que he oído nunca. Lo siento mucho, hermano, desearía que las cosas fueran distintas. Quizá en el futuro, pero no ahora.

Sherlock me miró entonces, y fue una de sus miradas intensas, de esas que parece que te perforen y lean tu cuerpo y tu alma y te dejen desnudo e indefenso. Yo no tenía miedo a la muerte, la había visto demasiadas veces tan cerca que casi podía tocarla, y casi se había convertido en una presencia familiar para mí. Pero quería ver cómo terminaba todo aquello. Y quería estar seguro del nivel de implicación de Sherlock conmigo. Tras un largo silencio, con su mirada todavía fija en la mía, susurró:

—Voy a conservarle a mi lado, Mycroft, no me importan las consecuencias. Dejaré la organización; dejaré Londres si es necesario.

—Da igual si dejas la organización o no, Sherlock. Los dos estaríais muertos en menos de un mes. No puedo permitirlo, le prometí a mamá que te mantendría sano y salvo.

Sherlock se giró para mirar a su hermano, frunciendo el ceño y bufando.

—¿Qué sugieres entonces?

—¿Cumpliréis tu doctor y tú lo que yo decida?

Sherlock dudó. Yo asentí, haciendo un ruido con la garganta. Mi amigo me miró como si se hubiese olvidado de que yo estaba allí. Me sentí aliviado de ver una luz al final del camino, una salida que no implicara mi muerte o la de Sherlock.

—¿Sherlock? Necesito tu palabra— pidió Mycroft.

Él asintió, con una expresión entre derrotada y esperanzada.

—De acuerdo, este es mi plan: los dos os marcharéis a Suiza. Ya sabes que mamá necesita ayuda para llevar el hotel desde que nuestro padre murió. Está empezando a ser demasiado mayor para hacer ella sola todo el trabajo. Estoy seguro de que apreciará que vayas. Te echa mucho de menos, ¿cuántos años han pasado desde la última vez que fuiste a Reichenbach?

Sherlock gruñó y bajó la mirada, estudiando sus zapatos como si fueran la cosa más interesante del mundo. Pero yo ya le conocía lo suficiente como para darme cuenta de que en el fondo se sentía complacido, aunque no quisiera demostrarlo delante de su hermano. Se acercó a mí y me desató. Mycroft abrió la puerta y murmuró una larga cadena de órdenes a sus hombres. Me levanté al fin y me aguanté las ganas de abrazar a Sherlock. Él me miró con la misma emoción contenida que de buen seguro estaba pintada en mi rostro, y entonces simplemente se dio la vuelta con un vuelo de su abrigo y salió de la habitación dando rápidas zancadas. Me apresuré a seguirle, contento de abandonar aquella horrible habitación. Pero cuando pasé por delante de Mycroft Holmes me detuve a darle las gracias.

—¿Por qué me da las gracias?

De hecho, no parecía sorprendido. Iba a contestarle igualmente, pero alzó la mano para detenerme.

—No. Usted cree que les he proporcionado una solución, ¿verdad? Bueno, le he perdonado la vida, eso es cierto. Pero, ¿qué cree que va a pasar cuando Sherlock se aburra de la vida en un pueblecito de Suiza? Las cataratas de Reichenbach antes eran parada obligatoria para la mayoría de Grand Tours de los británicos, pero los tiempos están cambiando... Sherlock sabe muy bien que esta solución es, de hecho, un castigo. Buena suerte con eso, doctor Watson.

Apreté los puños y seguí a Sherlock en silencio.


UN AÑO MÁS TARDE

La puerta del despacho de Sherlock se abrió lentamente y su secretario asomó la cabeza.

—Señor Holmes, tiene una visita— dijo el joven en inglés, pero con un fuerte acento alemán. Sherlock apenas levantó la vista de su libreta de notas—. El inspector Geissler y el inspector Kurzmann.

Sherlock asintió y los dos policías entraron en su pequeña pero elegante oficina. Siguió escribiendo en su libreta, consultando sus libros de vez en cuando, mientras los inspectores tomaban asiento en los sillones de cuero frente a su mesa. Geissler parecía preocupado y serio, como siempre; Kurzmann, por otra parte, parecía extraordinariamente molesto. Sherlock sabía que este último no confiaba en él, pero no solía ser beligerante, así que debía haber pasado algo que tenía relación con Sherlock desde la última vez que los policías le habían consultado. Obvio.

—Holmes, necesitamos su punto de vista en un caso— dijo Gessler, en su rápido y cuidadoso alemán—. Esta mañana ha aparecido una chica muerta. Su habitación estaba cerrada, la llave estaba dentro de la puerta, y ese dormitorio está en un tercer piso. Todas las pruebas apuntan a un suicidio, pero su madre no está de acuerdo y nos ha pedido una investigación formal.

—Y usted ha aceptado, por supuesto— dijo Sherlock, también en alemán—, porque dicha madre es una pariente lejana de usted, o bien una vecina—. El inspector Geissler asintió—. Lo lamento, inspectores, pero como pueden ver, estoy hasta arriba de trabajo: es casi el final del semestre y estamos esperando a un grupo bastante grande de estudiantes de Cambridge. Hay que entretener a esos jóvenes, ya saben, así que no creo que pueda ayudarles con esa pobre chica...

—¡Oh, vamos, Holmes!— explotó Kurzmann al fin, con la cara roja y contraída por la furia—. Le he investigado, y esta mañana he tenido una larga conversación telefónica con alguien de Scotland Yard. ¿Le suena el nombre de Lestrade? Porque parecía tener muchas cosas que contar sobre usted...

—Nunca me declararon culpable de ningún cargo, estoy seguro de que se ha acordado de explicarle también eso. No es culpa mía que los inspectores de Scotland Yard tengan tanto tiempo libre que se dediquen a compartir chismes.

Geissler se apresuró a suavizar las duras palabras de su compañero.

—No estamos aquí para discutir detalles mezquinos, especialmente si son viejos y además tuvieron lugar en otro país... Estoy seguro de que este caso será de su interés, señor Holmes. Hay algunos detalles acerca del cuerpo de la chica que encontrará muy interesantes. Le aseguro que son bastante inusuales.

Sherlock cerró la libreta y les sonrió.

—Entonces pueden darle a mi secretario la dirección y trataré de pasarme cuando tenga un momento.

La cara de Geissler se iluminó y se levantó para estrechar la mano de Sherlock. A su lado, Kurzmann seguía frunciendo el entrecejo sin decir nada.


La señora Barker me apretó el brazo mientras salía, agarrando con la otra mano un enorme bolso floreado.

—No sabe lo agradecidas que estamos de haberle encontrado, doctor Watson— me dijo—. Mi hermana y yo venimos a Suiza todos los años desde que ella enviudó. Su doctor de Edimburgo sugirió las cataratas de Reichenbach por su aire limpio y los maravillosos paseos que se pueden hacer por aquí. Pero me preocupaba mucho saber si iba a encontrar un médico adecuado, porque estos suizos son agradables, encantadores incluso, pero por supuesto prefiero poner mi salud en las manos de un médico británico.

Sonreí y le di las gracias, dándole recuerdos para su hermana. Tan pronto como estuve solo de nuevo, el teléfono sonó. Sonreí: solo podía ser una persona.

—¿Sherlock?— pregunté.

—¿Cómo sabes que soy yo?—. Su voz sonaba casi molesta.

—Eres el único que me llama por teléfono, los pacientes prefieren pasarse por aquí—. Me sentía tan orgulloso de mí mismo que la sonrisa me llegaba de oreja a oreja.

—Es verdad. Prepara una maleta para una noche fuera. Nos vamos a Interlaker, y estoy casi seguro de que pasaremos la noche allí.

—Espera, Sherlock, todavía tengo un paciente esperando.

—¿Grave?

—No lo sé, ¡todavía no le he visto!

—Pues esta chica está muerta. Seguro que eso sobrepasa la posible gravedad de tu paciente, ¿no crees? Nos vemos en la estación en una hora.

—¡Pero Sherlock...!

Como era de esperar, ya había colgado. Meneé la cabeza y me reí. Sherlock. Iba a tener que seguir a ese loco cabrón hasta el fin de los tiempos. Pero si existían mejores maneras de vivir la vida, no podía imaginar ninguna.


...Y aquí acaba Gangsters en Londres. Espero que os haya gustado este AU tanto como a mí me ha gustado escribirlo.

Una pequeña nota acerca de la línea temporal: cuando empezó la Primera Guerra Mundial, en 1914, Sherlock tenía 19 años y estaba en su segundo de universidad en Oxford. John tenía 23, y era un joven e inexperto doctor acabado de salir de la facultad. Así que cuando esta historia comienza, en 1930, Sherlock tiene 35 años y John 39; más o menos como en la segunda temporada de la serie.