Disclaimer: Los personajes de Inuyasha no me pertenecen por supuesto, son propiedad de Rumiko Takahashi.

Un lugar ya no tan conocido

Se sentía tan cansada, como si una horda de youkai le hubiera pasado por encima, sentía pesados hasta los párpados; escuchaba el trino de los pájaros a su alrededor, y escucho a lo lejos algunos pequeños sonidos.

Con dificultad, la niña logró abrir los ojos, encontrándose recostada boca abajo, sobre lo que reconoció eran sus ropas, parpadeó ligeramente, y se incorpora hasta quedar apoyada en sus antebrazos.

Molida sería un adjetivo demasiado amable, se sentía como si se la llevara la chingada, y casi se sentía mal por utilizar ese lenguaje tan poco refinado, ¿Qué diría Izayoi al escuchar a su casi-nuera hablando de esa manera?

Después de alejar ese pensamiento, prestó atención a su alrededor, en busca de el causante de los ruidos que la despertaron. Sus adormilados ojos chocaron contra la imagen de un pequeño Inuyasha tieso, con semblante apenado.

La niña no llegaba a entender a que se debía aquel sonrojo, pero al bajar la mirada logró entender la razón. El niño se encontraba solamente cubierto con la hakama, dejando su flacucho torso y abdomen al descubierto. Era bien sabido que no había mucho que ver, pero también lo era que nunca lo había visto así; o al menos en esta línea temporal, e Inuyasha era demasiado tímido, y claro…ella tampoco cantaba tan mal las rancheras.

Se sonrojó profusamente, y desvió la mirada, encontrando que la fogata de un momento a otro consiguió un gran protagonismo. Inuyasha pareció no importarle eso y se acercó como si nada a ella y se sentó justo delante de ella.

—Kagome, perdón…por despertarte, estabas demasiado cansada—se disculpó bastante apenado, mirándola en espera de su respuesta.

La niña estaba al borde de sufrir un colapso nervioso y quiso golpearse con un leño en ese momento, ¿en que estaba pensando?, Inuyasha no era más que un niño que no tenía malicia alguna, ni tenía porque apenarse de algo que aún no conoce, por favor…es solo un niño de poco menos de seis años.

—No…no importa Inuyasha, de todas formas ya iba a despertarme…—responde la azabache intentando bajar su sonrojo. El albino la miró con curiosidad y con un movimiento suave, colocó su pequeña mano en su frente, para comprobar su temperatura, al tiempo en que la ponía en la propia.

—Em…no parece que tengas fiebre, ¿Por qué estás roja?—pregunta con inocencia, sintiéndose de repente preocupado de que se hubiera podido enfermar.

La ex-colegiala se quiso castigar en ese momento, ¡maldita mente de adolescente!, ¿Cuánto tardaría en hacer efecto por completo su aniñamiento?, además, no tenía porque apenarse tanto, después de todo el es solo un niño, en cambio si fuera el Inuyasha de la edad que conoció pues…¡sería comprensible!

—Eh, ¡no, no sé Inuyasha!—reaccionó tremendamente nerviosa, realizando exagerados ademanes con las manos—¡es por el calor!, y…¡por el sol!, ¡sí por eso también!—explicó riendo tontamente, esperando que el niño no preguntara más.

Pero por supuesto se olvidaba que era Inuyasha…y peor aún, un niño.

Él pareció pensar su respuesta, y observó de manera rápida alrededor, para volver a mirarla a ella con expresión confusa.

—Pero…si estamos en la sombra…y es primavera, casi no hace calor—señaló Inuyasha con el ceño levemente fruncido y una mirada acusadora—¡no mientas!—añade con su voz aniñada ligeramente enfada y apuntándola con el dedo.

Kagome no sabía que decir ante aquello, y su mente trabajó a mil por hora para buscar una contestación lógica ante eso, pero no tardó demasiado, Inuyasha o no, era un niño y los niños eran fáciles de engañar.

—E…es que, en mi sueño estaba en un desierto, y hacía mucho calor Inuyasha, por eso estoy así de roja…—argumenta la niña agregando dramatización a la respuesta, como si de verdad lo hubiera vivido.

El pequeño hanyou pareció quedarse pensativo, y al final decidió que era una respuesta válida y creíble, por lo tanto dejó de apuntarla y soltó una infantil risotada. La azabache se quedó embobada, hacía mucho que no lo escuchaba reír, y a su parecer desde niño era malhumorado, pero esa acción le daba de lleno en la boca.

—¡Que sueños tan raros tienes Kagome!—declaró poniéndose de pie, ofreciéndole su mano para que ella lo imitara.

Ésta aceptó la ayuda y el niño la incorporó sin problemas, sin soltarle la mano, la dirigió hacia donde parecía era un río, y al llegar al borde de éste, se dio cuenta que no era para nada profundo, seguramente con ellos dentro, apenas nos alcanzaría a cubrir un poco debajo del pecho, e incluso había pequeñísimos peces nadando en el agua dulce.

Al percatarse de se encontraba algo en el piso, se dio cuenta que se trataba de algo parecido a un cuenco, pero grande, en donde había una gran cantidad de frutas e incluso algunos peces un poco más grandes que los que se encontraban en el riachuelo.

—Estaba esperando que te despertaras para desayunar—explicó simplemente, sentándose en pose despreocupada a la orilla del riachuelo, donde se dio cuenta que las rocas se encontraban un poco más altas que el nivel del agua, permitiendo que sus pies colgaran y se mojaran.

La pequeña se sintió tremendamente enternecida ante esa frase, nunca había nada que separa a Inuyasha de su amada comida, aunque parece ser que ella era la única que lograba hacerlo. Con urgencia se sentó al lado de él, riendo ante la deliciosa sensación de sus pies siendo lamidos por la suave corriente.

Inuyasha tomó un pescado del cuenco y se lo ofreció a ella, cuando su compañera lo tomó, el con prisa regresó al cuenco y recogió uno para él, para de inmediato comenzar a devorarlo. La niña se tomó las cosas con más calma, y una vez que terminó se giró un poco para alcanzar alguna de las frutas, mientras que Inuyasha ya iba por la tercera.

Cuando terminaron su desayuno, el albino no tardó en estirarse, y decir cuan rica estuvo la comida; recogieron los restos y después se pusieron a conversar un rato. Kagome se vio bastante sorprendida al enterarse que Sesshomaru había decido protegerlos, de verdad no se esperaba eso del youkai, pero al ver los tiernos ojos del pequeño Inuyasha tan brillantes y rebosantes de alegría, no pudo evitar compartir su gozo, que bueno que al menos se llevarán bien; sabía del gran bien que le daba a Inuyasha el saberse querido por su hermano mayor.

De repente el niño se levantó de donde se había sentado y corrió hacia el borde del riachuelo tirando de su mano.

—¡Vamos a bañarnos Kagome!—propone el niño soltándola y llevando las manos a su cinturón, para comenzar a deshacer el nudo de su hakama.

La pequeña Kagome se queda a cuadros, sin saber que hacer, y en menos de tres segundos, Inuyasha se había despojado de su única prenda, quedando desnudo, para después saltar al agua, ocasionando un gran levantamiento de agua.

La azabache a duras penas alcanzó a quitarse antes de terminar completamente empapada, su rostro estaba que reventaba del tremendo sonrojo que lo cubría por completo, mientras Inuyasha saltaba sobre el agua, y de repente chapoteando.

—¡Date prisa Kagome!, ¡dijiste que tenías mucho calor!—gritó el niño sin dejar de chapotear en el intento de agarrar alguno de los pececitos.

La niña decidió dejar atrás su rubor y se quitó con rapidez el haori de Inuyasha, quedando totalmente expuesta, y se avalanzó corriendo hacia Inuyasha, con la intención de caerle encima o por lo menos mojarlo por completo. Antes de caer al agua, sujetó sus piernas y se hizo bolita, para poder hacer la bomba.

Inuyasha profirió un chillido y se hizo un poco para atrás para salvarse de que ella le cayera encima, pero no se libró del levantón de agua que ella ocasionó, terminando con todo el fleco empapado cubriéndole el rostro.

La niña abrió los ojos que se encontraban ocupados por una chispa de diversión, para después reírse del aspecto de perro mojado de Inuyasha. El ambarino se levantó el fleco con una mano, haciendo un mohín por que Kagome se riera de él, e hizo el ademán de mojarle la cara; pero Kagome fue más rápida y lo hizo tragar agua.

Comenzó una batalla campal por ver quién mojaba más a quién, hasta que Inuyasha la levantó sobre un hombro y se dejó caer hacia atrás, empapando por completo a Kagome, dejándola con todo el cabello sobre su rostro.

Hubieran seguido más tiempo así, pero cuando el sol subió hasta su punto más alto, decidieron que ya se habían divertido mucho, y salieron hechos unas pasas, de lo arrugados que estaban.

Corrieron al pequeño campamento, y Kagome se dedicó a buscar con rapidez las toallas para secarse, ya que un fastidioso viento empezaba a soplar, ocasionándole ligeros temblores.

Inuyasha se apoyó en el piso, sacudiéndose como perro, empapando de nuevo a Kagome, que ya había comenzado a secarse. Ocasionando que la niña se enfadara y le arrojara una rama en la cabeza, que terminó atorada en su largo cabello.

—¡Porque hiciste eso Kagome!—reclamó el ambarino, fulminándola con la mirada, siendo respondida por un bufido de la mencionada.

—¡Por volverme a mojar torpe!—rebatió la niña, terminando de secarse con la toalla rosa que encontró, para después arrojarle en el rostro una toalla para que se secara o al menos se cubriera.

—Que niña eres Kagome…—protestó Inuyasha, secándose el rostro y el cuerpo con la toalla, sin importarle que ella pudiera mirarlo. Aunque a Kagome también parecía que había dejado de preocuparle que Inuyasha la viera desnuda, total, eran niños y tampoco había nada que ver.

La azabache le dirigió una mirada enfada pero se abstuvo de decir algo, estaba más preocupada en buscar el resto de su ropa. Escogió un vestido azul a cuadros, por encima de la rodilla y unas sandalias blancas.

Cuando terminaron de vestirse, Kagome se acercó cariñosamente a Inuyasha para ayudarle a retirar la rama de su cabello y después recogieron todas sus pertenencias, y las guardaron dentro de la mochila de la pequeña. Comenzaron a caminar, hasta que tuvieron que descansar un poco, ya que la azabache se había cansado. Esa situación se repitió un par de veces, hasta que Inuyasha habló.

—Sube a mi espalda Kagome, estamos perdiendo mucho tiempo—indicó el ambarino, la niña asintió en silencio, y se sujetó de los hombros de su prometido, él se inclinó hacia adelante y la sujetó de los muslos, comenzando a correr.

El bosque se vio reducido a simples borrones, debido a la velocidad sobre humana del pequeño, Kagome sabía que no era tan rápido como su contraparte del futuro, pero aún así seguía siendo mucho más fuerte que ella.

Al poco tiempo, Inuyasha fue capaz de detectar el olor de humanos, y bastantes, así como el de animales y cultivos. La aldea que buscaban se encontraba cerca. Al llegar al borde del bosque, decidieron detenerse para estudiar la situación.

Kagome mantenía una fuerte opresión en el pecho, sabía que a ella no la rechazarían, una niña "huérfana", y con poderes espirituales, pero también sabía que Inuyasha no podía esperar el mismo trato. Desgraciadamente su condición era demasiado temida y repudiada por el público en general, y le preocupaba en sobremanera la reacción de los aldeanos.

El niño pareció darse cuenta de la turbación, y la levantó un poco para llamar su atención, la niña agitó la cabeza con fuerza, con la intención de alejar esos desagradables pensamientos, y bajó la cabeza hasta apoyar su mentón sobre el hombro de Inuyasha, esperando sus palabras.

—Kagome, no te preocupes, espero que la carta del viejo nos ayude, si no, yo te protegeré—manifiesta el pequeño, sonriéndole con ternura y tranquilidad, ella asiente y no puede evitar acariciar con su mano el rostro redondeado de su amor, arrancándole un rubor y un bufido para restarle importancia al asunto.

Ella sonrió ante ese detalle, así era como la amaba, con su timidez y sus palabras tan alentadoras.

La pelinegra se bajó de su acompañante, y lo tomó de la mano, comenzando a salir de su escondite, caminando por el sendero, buscando no llamar la atención. El corazón de ambos latía desbocado, llegando a escuchar los latidos en su cabeza. Pasaron por los cultivos, sin que ninguno de los campesinos reparara en ellos, y se sintieron ligeramente aliviados al superar esa etapa, después de todo, esos hombres se encontraban armados.

Kagome observaba a su alrededor con confusión, aquel lugar le otorgaba un sensación familiar, pero no estaba segura de donde conocía aquel pueblo, después de todo en su expedición por todo el país visitó un sin número de asentamientos, y no era fácil saber cual de todos era éste.

De repente la gente pareció reparar en los nuevos forasteros, el traje de ambos saltaba a la vista, tanto el de Kagome por poseer un estilo desconocido y llamativo, y el de Inuyasha por un color tan chillón y doloroso para la vista. Los aldeanos parecieron alarmarse por las características demoniacas del pequeño, las pequeñas y afelpadas orejas, así como el cabello plateado y las garras.

Kagome buscó una energía espiritual, y no tardó en dar con ella, pero para entonces los pueblerinos se encontraban tan alterados, que empezaron a chillar algunas mujeres, y se escucharon los pasos de los demás que los seguían con velocidad.

No supieron bien, en que momento empezaron a correr, Inuyasha seguía a su compañera, ignorando el instinto de querer huir como desesperado de ahí, mientras que esta se encontraba tan asustada por ella y por la seguridad de su amado, que solo corría tan rápido como podía hacia la energía buscada, que al parecer también se acercaba a su encuentro.

De pronto los habitantes, parecieron formar una horda enardecida, y cada vez se les acercaban más, Inuyasha gruñó, y se puso a la par de la pelinegra, levantándola de un brazo, subiéndola, para después seguir corriendo por la dirección que había señalado la azabache.

De entre la gente que se quitaba de su camino, salió una mujer, que empujaba ligeramente a la gente que chillaba espantada algo referente a un demonio. Vestía el vestido tradicional de las sacerdotisas y traía consigo un arco.

¿¡Un momento un arco?!

Inuyasha frenó de golpe al llegar frente a esa mujer, que los observaba inquieta, pero con un porte seguro y altivo. Ambos niños levantaron la cabeza, observando a la mujer. Se trataba de un mujer joven, de seguramente unos veinticinco años, de piel blanca y pálida, y con el cabello corto, por encima de los hombros, de un profundo negro y con un pronunciado lacio.

—¿¡Que sucede aquí!?—exigió saber la sacerdotisa, ordenándoles con la mirada a sus aldeanos que detuvieran la persecución. Los aldeanos parecieron mostrarse contrariados por la decisión y murmuraron entre ellos, hasta que uno de ellos dio un paso al frente.

—¡Sacerdotisa Kyoko!, ¡ese demonio tiene secuestrada a esa niña de extrañas ropas, y a entrado a la aldea, seguramente con la intención de hacer lo mismo con alguna otra!—acusó el hombre de apariencia campesina, dirigiéndole una mirada de odio a Inuyasha, a lo que él le mostró los colmillos intimidante.

La multitud comenzó a gritar enfadada, ocasionando un gran alboroto, hasta que la mujer hizo una señal con la mano para que callara. Nos observaba con ojo crítico, y estoica en su posición.

—¿Es verdad que estás secuestrada?, porque en todo el rato que llevas aquí no has pedido ni una vez ayuda…—pregunta con los ojos entrecerrados, con tono duro.

Kagome se sobresalta por la pregunta, y con cuidado baja de la espalda de su amado, pasando un brazo sobre el hombro de éste. Sin dejar de observar a la mujer.

—No estoy secuestrada, mi nombre es Kagome, y el de él es Inuyasha, venimos buscándola señorita Kyoko, venimos de parte del monje Mushin…—explicó la pequeña mirando nerviosa a la gente de su alrededor, con poses claramente hostiles.

La mujer parece sorprendida por las palabras dichas, y se acercó un poco más a nosotros, arrodillándose a nuestra altura, señalando a los aldeanos que bajaran sus armas.

—¿Cómo puedo saber que es verdad?—interroga aún desconfiada, analizando a los dos chiquillos que tenía enfrente. ¿De verdad Mushin los había conducido aquí o era una treta?, a pesar de todo podía distinguir un fuerte poder espiritual en la pequeña, pero podía sentir algo más, una energía ajena; mientras que en el niño distinguía una esencia demoniaca y otra humana, se trataba de un medio demonio.

La niña se soltó la mochila, colocándola en el piso, abriendo una de las bolsas del frente, Kyoko se tensó ante eso, podía sacar cualquier cosa, apretó con fuerza el arco entre sus dedos, cualquier cosa que intenten, ella los mataría primero. Kagome encontró el sobre que buscaba y se acercó a la mujer, entregándoselo.

La sacerdotisa observó el sello de la carta, definitivamente pertenecía al templo del este, aún con miradas desconfiadas vigiló a la chiquilla, con delicadeza rompió el sello, y sacó la carta que se encontraba en su interior.

Estimada señora Kyoko:

Seguramente se siente desconfiada por la llegada de los pequeños, pero le pido por favor que no desconfié de ellos. Se tratan de buenos niños, y los envié con la especial intención de que usted instruya a la pequeña Kagome, ya que ella posee increíbles poderes espirituales, de los cuales estoy seguro usted ya se dio cuenta.

En el caso de Inuyasha le aseguro es inofensivo, viaja con ella, ya que al parecer están comprometidos por consentimiento recíproco, y él se trata del hijo de la princesa Izayoi del Oeste, desde luego se trata de un medio demonio perro, pero le aseguro que no es de cuidado.

Le suplico que los reciba, ya que ambos se encuentran desamparados por el momento, en mi templo se encuentra el primo de Inuyasha, bajo mi entrenamiento de monje; pero debido a que yo no cuento con los conocimientos pertinentes como para educar a Kagome, le ruego que usted asuma su educación, confiando en su buena voluntad y capacidad de aceptación.

Sin más que decir, le agradezco su atención, y de verdad me sentiría muy agradecido de que los ayudara.

Un saludo para usted y su hija.

Sinceramente…

El monje Mushin

La mujer guardó la carta con un porte satisfecho, al tiempo que se ponía de pie y observaba a su pueblo.

—¡Señores!, les pido por favor que regresen a sus actividades habituales, estos pequeños quedan ahora bajo mi tutela, por petición del monje del templo del este, agradezco su preocupación, pero les aseguro que no es necesaria—anuncia la sacerdotisa, acercándose a los niños, tomando de la mano a Kagome y a Inuyasha.

Los aldeanos aceptan sin reparos, y se apresuran en recuperar su tiempo perdido, deshaciéndose el tumulto en cuestión de segundos, como si nunca hubiera existido.

—Vengan conmigo niños, los llevaré a mi casa, de ahora en adelante vivirán conmigo, y tú Kagome serás mi alumna—señala observando a la niña al final de su mano izquierda, para después mirar al varón—en cuanto a ti, creo que deberé buscarte alguna actividad…—manifiesta pensativa, comenzando a caminar hacia su cabaña.

Al llegar a ella, Kagome no puede evitar ser golpeada por un sentimiento de Deja vu, ella conocía esa cabaña, y más aún la reconocía por el templo que se alzaba justo al lado de ella.

—¡Mamá!, ¿Qué sucedió?, ¿fue un demonio?—se oye un grito dentro de la casa, que se va acercando cada vez más hasta que la esterilla se mueve, dando paso a una niña de no más de nueve años.

La niña estaba vestida con un kimono amarillo sencillo, con algunos estampados de margaritas, tenía el cabello largo, no tan lacio como Kyoko, pero del mismo negro profundo, con el flequillo ligeramente alborotado; el rostro de la infanta se mostraba angustiado, pero al llegar a estar de frente a nosotros, pareció contrariada hasta llegar a mirarnos de forma curiosa.

—Hija…—murmura cariñosamente la sacerdotisa—ellos son Inuyasha y Kagome, nos acompañarán de ahora en adelante—hace una pausa, haciendo sus brazos hacia adelante, acercándonos a la niña. —Pequeños…ella es mi hija Kaede—explica la mujer de cabello corto.

¿Kaede?

¿La Kaede que conozco?

Kagome de inmediato se tensó al escuchar ese nombre, si estaba Kaede, ¿no debería de estar también Kikyou?, pero se tranquilizó de inmediato al recordar que Midoriko le dijo que no podían existir dos personas vivas con la misma alma. Se sintió escoria al sentirse feliz por ello, pero después de todo no podía evitarlo.

La niña mayor, ajena a todos los pensamientos de la menor, se agachó a la altura de ambos, y acarició el rostro de Kagome con cariño, para después hacerlo con Inuyasha.

—Bienvenidos, me alegro que mamá haga más grande la familia…—declara la niña con una gran sonrisa en su cara, pero momentos después se gira a Inuyasha mirándolo asombrada.

El pequeño parece incómodo con su mirada, y antes de hacer nada, Kaede toma sus orejas entre sus manos, acariciándolas con cuidado.

—¡Que hermosas y suaves son!—ríe la preadolescente, sin dejar su acción—que bonito niño eres—murmura, haciendo sonrojar a Inuyasha, que suelta un bufido, disfrutando del placer que le proporcionaba la desconocida.

Kyoko sonrió, le alegraba saber que se llevarían bien, le preocupaba la reacción de Kaede, pero estaba feliz de saber que ya no estarían solas. Miró el cielo con tristeza, aún recuerda lo duro que fue perder a su bebé, la que hubiera sido la hermana mayor de Kaede, había llegado a pensar en ponerle Kikyou…

Nadie pareció darse cuenta de un nuevo brillo que nació dentro de los ojos castaños de Kaede, un resplandor que parecía acrecentarse al mirar al niño de cabello plateado.

-.s-.s-s.-.-sd.a-s

¡Hola!

Me alegro mucho de haber terminado este capítulo, creo que no tardé demasiado en publicar el capítulo, después de todo avisé por la otra historia, que seguía este, me encanta saber que este fic tiene tantos seguidores.

Si les interesa saber, les aviso que en el próximo capítulo crecerán los personajes, si bien no a la edad estipulada por Susanowo, pero…al menos a los doce años yo creo que sí, o si no a los ocho, aún no sé muy bien…

Les aseguro que este capítulo dio introducción a una situación muy interesante, no sé si se habrán dado cuenta, si se dieron cuenta, espero sus comentarios al respecto…esta historia tiene mucho futuro.

La canasta dice que la siguiente historia por continuar es…¡princesa imperfecta!, yeiii me moría por continuarla, tengo varias ideas para ella.

Y les tengo otra noticia, puede, puede, que exista la oportunidad de volver a publicar el fic de Canas verdes, me encantaría volver a publicarla, leí de nuevo el manga de Rinne y creo que ya tengo bien asentados los personajes, el cual era mi miedo. ¿Qué piensan al respecto?

Sin más que decir me despido, tengo clases hoy a las nueve y ya son las cuatro con cuarenta y siete minutos de la madrugada, seee bonita hora para escribir, pero así es de puta y cabrona mi musa.

Besos…