Doce: Las montañas Rila.
Pasó julio y llegó agosto, enfriándose un poco el verano y calentándose un poco el invierno, dependiendo del punto del planeta en el que se estuviera. Para la familia Potter se perfilaba como un buen mes, sobre todo porque el cumpleaños del señor Potter había resultado perfecto para él: tranquilo y en familia.
—Ojalá así fuera siempre —comentó, cuando él y su familia comían en un restaurante muggle la tarde del treinta y uno de julio, día que el señor Potter había pedido libre.
Y agosto, además, representaba un viaje para ellos y muchos magos más, puesto que irían a los Mundiales de Quidditch. Hally estaba entusiasmada, cosa que su madre no dejó de notar, y solía decir que en eso era idéntica a su padre.
—Tengo dos maniáticos del quidditch en casa —musitaba de vez en cuando la señora Potter, con una sonrisa de resignación.
Y Hally pronto descubrió que era cierto. Durante los días precedentes al viaje a Bulgaria, su padre adoptó la costumbre de hacer comentarios sobre los posibles rivales para Inglaterra en el partido que verían, cómo estaba el equipo y qué tan bueno creía que era. Llegaba a hartar un poco a su esposa con eso, pero la señora Potter, a lo largo de los años, había conseguido una paciencia infinita para escuchar hablar a su esposo de quidditch. Lo que no esperaba era tener que usarla con su hija.
—¿Y qué tan rápido son los buscadores? —solía preguntar Hally —¿Los cazadores siempre se ponen de acuerdo¿Y cuáles son los golpeadores más rudos?
Las cosas tomaron un nuevo giro cuando el día anterior al viaje, el señor Ron llegó de improviso a la mansión de los Potter, agitando unos pequeños boletos de pergamino, y gritando con entusiasmo, le anunció al señor Potter.
—¡Partido de infarto, Harry¡Inglaterra contra Bulgaria!
Por fin se había decidido el contrincante de Inglaterra, luego de un larguísimo y complicado juego de tres horas en el que Bulgaria venció con trabajos a Grecia y cuyos detalles discutieron el señor Potter y el señor Ron, siendo escuchados por Hally. La señora Potter oía algo de vez en cuando, pero puso especial atención cuando su amigo Ron mencionó el apellido Krum.
—¿Viktor está en el equipo de Bulgaria? —se extrañó.
—No, no es Vicky —dijo el señor Ron, sarcástico, pero habló en serio cuando vio el gesto de molestia de la señora Potter —Es su hija. Stefka Krum es la miembro más joven de la selección búlgara desde que su padre estuvo en ella. Y para variar, es buscadora. La más rápida y precisa de los Mundiales, según muchos.
—El talento le vendrá de familia —aventuró la señora Potter, tomando asiento junto a su esposo —Al menos con los Potter es cierto.
Tanto el señor Potter como Hally sonrieron con modestia y de forma tan parecida, que cualquiera que los viera comprobaría que eran padre e hija. La señora Potter los miró con disimulado orgullo un momento, antes de volverse hacia el señor Ron.
—Según me contó Hally, Viktor es su profesor de vuelo en el colegio¿qué hace su hija en la selección búlgara entonces?
—¡Uy, si no sabes tú, Hermione, menos yo! —exclamó el señor Ron, encogiéndose de hombros y sonriendo —Se supone que Vicky es tu amigo.
—Antes te habría hechizado por hablar así —la señora Potter sonrió levemente —Pero tienes razón, se supone que es más amigo mío que de ustedes. Tal vez le pregunte.
—¿Conoces al profesor Krum, mamá? —inquirió Hally con curiosidad.
—Vaya que lo conoce —musitó el señor Potter en tono bromista, haciendo una mueca de amargura —De hecho, lo conocimos en nuestro cuarto curso, cuando se celebró el último Torneo de los Tres Magos. Viktor Krum fue el campeón de Durmstrang.
Hally puso cara de asombro. Eso no lo sabía.
—Bueno, me voy a casa —el señor Ron se puso de pie —Quiero darles la buena noticia a mis rubias —sonrió divertido, pues él mejor que nadie sabía que su hija tenía el cabello más rojo que rubio por herencia suya —Nos veremos mañana temprano en el Ministerio.
Esa noche, mientras Hally arreglaba el interior de una gran mochila con las cosas que quería llevar, la señora Potter estaba sentada frente a su tocador, trenzándose el cabello, y veía cómo su esposo iba de un lado a otro, decidiendo con qué armar su equipaje. La señora Potter suspiró y decidió que tenía que hablarle.
—Harry¿te pasa algo? Hace casi una hora que estás empacando y tú sueles hacerlo en menos tiempo.
—No sé, Hermione —el señor Potter guardó un par de zapatos en la pequeña maleta verde oscuro que tenía sobre la cama, la cerró y la bajó al piso al tiempo que proseguía —Dirás que estoy loco, pero… tengo una especie de presentimiento.
—En primera, nunca he dicho que estás loco, y nunca lo diría —comenzó la señora Potter —Y en segunda, los presentimientos no son exclusivos de las mujeres.
—No es eso —el señor Potter se sentó en su lado de la cama, llevándose una mano a la nuca —Lo que pasa es que… siento como si algo fuera a pasar en este viaje. Es eso o de verdad quiero ver los partidos de quidditch en paz.
La señora Potter rió suavemente y se volvió hacia él.
—Conociéndote, será un poco de ambas —supuso, moviendo la cabeza —Cariño, deja eso a un lado por un momento y mejor piensa que es el primer viaje que haremos con Hally, los tres juntos. Lo hemos estado esperando por años.
El señor Potter la miró con afecto y sonrió.
—Aún me pregunto porqué aceptaste casarte conmigo —musitó —Pudiste escoger a cualquier otra persona que no te diera tantos problemas.
—¿Y dónde hubiera estado lo divertido en eso? —bromeó la señora Potter, para luego ir a sentarse junto a su marido y decirle con claridad —Harry, tienes razón¿sabes? Pude escoger a cualquiera que me diera menos problemas, pero ése no es el punto. El punto es que no iba a decidir compartir mi vida con alguien sólo por los problemas que me causara, sino por las alegrías que me diera. Y debo decirle, señor Potter, que a pesar de todo lo que hemos pasado, haberlo conocido cambió mi vida.
Le tomó una mano y se la apretó con fuerza, lo que el señor Potter agradeció con una débil sonrisa. Agradecía enormemente tener a esa inteligente y maravillosa mujer por esposa, pues en cuanto más agobiado se sentía por ser quien era, ella lo hacía sentirse mejor. Pero aún así, ese vago presentimiento que sentía no se iba y no sabía la razón.
—Hally estará bien¿verdad? —se atrevió a preguntar de pronto, como si se le acabara de ocurrir una idea —Quiero decir, no hay problema en que la llevemos a Bulgaria.
—No, ninguno —respondió la señora Potter, pensativa —Todos sus papeles están en orden y ella está en perfectas condiciones. Diría que muy entusiasmada, pero nada más. ¿Porqué? —miró a su esposo directo a los ojos.
—Por nada —negó de inmediato el señor Potter, meneando la cabeza de derecha a izquierda —Al menos eso espero. Hablar de Krum me hizo recordar varias cosas…
La señora Potter lo abrazó y colocó la cabeza en el hombro de él.
—Si, a mí también me pasó —reconoció —Pero nada de eso le va a pasar a Hally. Ella será tan normal como sea posible porque nos tiene a nosotros.
Sí, el señor Potter pensó que lo que decía su esposa era cierto. Hally tendría a sus padres para que la protegieran y la ayudaran en caso de afrontar peligros. Lo que le preocupaba, aparte de esa vaga sensación de que algo iba a pasar, era que su pequeña tuviera que enfrentar cosas por completo diferentes a las que él había enfrentado y en ese caso, admitía, no podría ayudarla mucho.
Pero estando con ella al menos la apoyaría, y eso era para él un consuelo.
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El Ministerio de Magia hervía de actividad aquel día de mediados de agosto. Las salidas en traslador de aquel día para Bulgaria estaban perfectamente controladas, y no sólo se producirían en Londres, sino en todo Reino Unido. Bulgaria había hecho un trabajo titánico para ponerse de acuerdo con los demás países acerca de ese asunto y al parecer, los planes estaban dando resultado. No se sabía de ningún problema hasta el momento y todos los magos y brujas coincidían en que Bulgaria estaba bien organizada, tanto para recibir a los magos que llegaban en traslador como los que utilizaban otros medios.
—¿Mis primos van a ir, papá? —le preguntó Rose Weasley a su padre cuando ellos y su madre esperaban su turno para tomar un traslador. Estaban en una pequeña sala, con varios magos y brujas, sentados en sillones tapizados de tela color púrpura.
El señor Ron se concentró y al final se encogió de hombros.
—No sé —se limitó a decir —La mayoría tiene trabajo. Lo veremos allá.
—Llegaron Hermione, Harry y Hally —anunció la señora Luna entonces, dirigiendo sus brumosos ojos a la puerta de entrada de la sala, donde se veía entrar a los Potter.
Rose y Hally se saludaron en el acto, dándose un breve abrazo y comenzando a charlar. Los adultos de inmediato se dieron la mano, se sonrieron y cambiaron impresiones acerca del viaje que estaban a punto de realizar. De pronto, un mago robusto de túnica púrpura que cargaba un sujetapapeles en una mano con varias hojas de pergamino, leyó una de las hojas y alzó un megáfono con la otra mano para anunciar.
—¡Traslador a las Montañas Rila! Partido: Inglaterra contra Bulgaria.
Los Potter y los Weasley dejaron su conversación y se encaminaron hacia el mago del sujetapapeles. Al igual que ellos, llegaron algunas personas más. Hally creyó reconocer a un chico un poco mayor que ella, de tez morena y cabello oscuro, pero no sabía de dónde. El chico en cuestión llegó con una pareja que a leguas se notaba que eran sus padres y el señor Potter saludó cordialmente al hombre, tan moreno como el chico.
—Hola, Michael. Me alegra verte por aquí.
El hombre volteó a verlo y le sonrió, tendiéndole la mano.
—¡Harry, es un placer! Hace mucho que no te veía. ¿Cuánto hace, cinco, seis años?
—Casi siete —corrigió el señor Potter —Permíteme: seguro recuerdas a mi esposa, Hermione, y a Ron y a Luna.
El señor Michael les estrechó la mano a todos y a su vez, presentó a su familia.
—Mi esposa, Amber —la mujer, de cabello castaño dorado y ojos castaños ligeramente amarillentos inclinó la cabeza y les dio la mano —Y mi hijo, Melvin.
Al oír el nombre, Hally recordó dónde había visto al chico antes. Era un miembro de la casa Ravenclaw, iba a iniciar cuarto curso y su apellido era Corner. Ryo le había dicho que hizo las pruebas para entrar al equipo de quidditch de cazador, pero que no se quedó.
—Ella es nuestra hija, Hally —presentó la señora Potter a la niña.
—Y ella la nuestra, Rose —intervino la señora Luna con aire distraído, mirando al señor Michael como si fuera alguien poco interesante.
El señor Michael les tendió la mano a ambas.
—Claro, Hally Potter y Rosaline Weasley —dijo —Melvin nos ha hablado de ustedes. Están en Gryffindor¿cierto? —ambas asintieron —Michael Corner, para servirles.
Rose le sonrió y Hally simplemente asintió.
—Muy bien, todos toquen el traslador —indicó el mago de túnica púrpura en tono severo, entregándoles una llanta de bicicleta totalmente desinflada —Casi es hora.
—Sujétate fuerte —le pedía el señor Potter a Hally —Y no te sueltes hasta que sientas que pisas tierra firme¿de acuerdo?
Hally asintió y cuando oyó que el mago de túnica púrpura gritó algo parecido a "Ya es hora", sintió que algo la jalaba desde el ombligo hacia el centro del círculo que ella, sus padres, los Weasley, los Corner y unas cuantas personas más habían formado. Después, sintió que chocaba hombro con hombro con su padre y Rose, para al segundo siguiente sentir como si diera infinidad de vueltas en el espacio, pues no pisaba el suelo. Unos segundos después, el efecto terminó y sintió tierra firme bajo sus pies, pero de forma tan inesperada que se tambaleó y cayó, quedando debajo de Rose. Rápidamente se libró de su amiga, se puso de pie, miró a su alrededor y notó que además de ellas, únicamente se habían caído Melvin Corner y otros dos chicos que los acompañaban, que tenían más o menos quince años. Los adultos seguían de pie, aunque los zarandeaba un poco el viento.
—Desde el Ministerio de Magia de Inglaterra, a las once y veinte de la mañana, su hora local. Partido: Inglaterra contra Bulgaria.
Un mago de túnica roja con una estrella verde y una blanca en la parte superior izquierda del pecho era el que hablaba, con su respectivo sujetapapeles y megáfono en las manos. Habían llegado a una especie de hondonada, pues alrededor que ellos se cernían altas montañas con sus picos cubiertos de nieve. La hondonada, tapizada de césped y unos montoncitos de nieve, estaba rodeada por una cerca roja y verde, y al otro lado de la misma se distinguían numerosos magos y brujas que por su aspecto, eran de todas las razas posibles. Hally y Rose veían todo aquello con admiración y sus padres tuvieron que tomarlas de la mano para sacarlas de allí, pues el mago de túnica roja les indicaba en un inglés con fuerte acento que necesitaban el espacio al tiempo que les entregaba planos del lugar. Fue saliendo del cercado cuando los Weasley y los Potter se despidieron de los Corner y siguiendo diversos señalamientos, pudieron llegar a donde tenían qué ir.
Hally y Rose se quedaron con la boca abierta. Frente a ellas se extendía otra hondonada rodeada por elevadas montañas, pero mucho más amplia que la que habían dejado y poblada de tiendas de campaña. Las tiendas parecían casas de verdad, pues estaban en filas y entre una fila y otra había caminos por los que circulaban las personas a hacer sus labores del día. Había ciertos espacios cuadrados marcados en el césped, los cuales se ocupaban por magos recién llegados, que instalaban sus tiendas del mejor modo posible. Hally se extrañó de que ninguno usara varita y le preguntó a sus padres la razón.
—Estamos cerca de poblados muggles —le respondió la señora Potter, al tiempo que caminaban hacia uno de aquellos espacios marcados en el césped —El Ministerio de Magia búlgaro prohibió usar magia siempre que se pudiera, ya que podríamos llamar la atención.
Pronto llegaron al espacio que buscaban, que tenía un letrero de madera clavado que decía "Potter y Weasley". El señor Potter y el señor Ron descargaron sus mochilas y comenzaron a sacar lo necesario para montar la tienda de campaña, mientras que sus esposas consultaban el plano que les habían entregado.
—La tienda está lista —anunció el señor Potter tras media hora de esfuerzo de parte suya y del señor Ron —Veamos qué tal está.
Él y el señor Ron entraron primero, seguidos por sus esposas y sus hijas. Hally en lo personal creía que no cabrían, pero se llevó una gran sorpresa al ver que el interior de la tienda era mágico, pues era como un pequeño departamento. Logró ver una pequeña sala, una cocina y al fondo, algunas camas. Sonrió con genuino asombro y se preguntó cuándo dejarían de impresionarla las cosas mágicas.
—Estará bien por estos días —comentó el señor Ron, paseándose por la cocina —Conseguí la tienda a buen precio porque era semi–nueva. ¡Voy a revisar si tenemos agua! —anunció en voz alta, dándole la espalda a la entrada de la tienda.
Hally siguió a Rose (quien no se veía muy sorprendida por las dimensiones de la tienda) y ambas fueron a acomodar sus cosas en un rincón, donde estaban unas literas. Tras una breve discusión, Rose consintió en quedarse en la cama de abajo y luego que ambas dejaron sus mochilas sobre las camas, escucharon que las llamaban.
—¡Niñas! —era la señora Luna desde la cocina —¿Podrían venir un momento?
Ambas obedecieron y acudieron a la cocina, donde descubrieron a la señora Luna con dos grandes ollas en las manos.
—Necesitamos agua —les indicó la mujer, entregándole una olla a cada una —El plano dice que con que salgan de la tienda y caminen hacia la derecha sin desviarse, hallarán un arroyo. Así que traigan las ollas llenas y regresen lo más pronto que puedan. ¡Ronald! —llamó en voz muy alta, sobresaltando a su esposo —No hay nada allí, deja de buscar.
El señor Ron sonrió nerviosamente a modo de disculpa y las niñas salieron de la tienda, tomando la dirección que la señora Luna les había indicado. En el camino creyeron ver a algunos conocidos, como Diane Creevey, su compañera de curso de Gryffindor, a la que encontraron con su primo Albert y dos hombres pequeños y castaños que dedujeron que serían sus respectivos padres, que preparaban su almuerzo. Diane, al verlas, agitó una mano y las saludó con entusiasmo, mientras que Albert dio un respingo y le señaló al más alto de los dos hombres a Hally con el poco disimulo del que era capaz. También vieron a Vivian Malcolm, igualmente de su curso pero de la casa Hufflepuff, acompañada por una mujer castaña muy parecida a ella que seguramente era su madre. Y ya en el arroyo, que estaba medianamente concurrido, volvieron a ver a Melvin Corner, quien las saludó con una sonrisa a la vez que llenaba un gran caldero.
—No creí volver a verlas tan pronto —comentó el chico, entrecerrando ligeramente sus ojos, del mismo color que los de su madre, a la luz del sol —¿Potter y Weasley, cierto?
Ambas niñas asintieron, llenando sus ollas al mismo tiempo.
—¿Y cómo les pareció Hogwarts en su primer curso? —inquirió Melvin.
Rose se encogió de hombros, pues estaba muy ocupada procurando que el agua de su olla no se derramara, pero Hally lo miró de reojo y respondió sencillamente.
—Nos ha gustado bastante.
Melvin le sonrió mientras levantaba su olla y por alguna razón, Hally se dio cuenta de que el chico se veía muy bien así.
—Bueno, las dejo, tengo que irme —se despidió Melvin —Nos veremos luego, supongo.
Hally le hizo un gesto de mano a modo de despedida y se distrajo de tal forma que al segundo siguiente se encontró con los zapatos mojados, pues a Rose se le había resbalado su olla de las manos y le había tirado la mitad del contenido en el calzado. Hally miró a su amiga con el entrecejo fruncido y Rose se puso nerviosa.
—Hally, de verdad lo siento —se disculpó Rose enseguida, volviendo al llenar su olla.
Regresaron a su tienda a paso más lento, y en el camino se hallaron con algunos conocidos más, entre ellos Martin Fullerton, de Gryffindor como ellas, quien les presentó a sus padres y ambos, al saber el apellido de Hally, la saludaron con exagerada efusividad. Y también se hallaron con Jason Bradley, el mejor amigo de Ángel y John Weasley, que en cuanto las reconoció se ofreció a ayudarles a cargar las ollas.
—¡Llegamos! —anunció Rose en cuanto estuvieron frente a la tienda —Jason, puedes darnos las ollas. Nosotras las meteremos.
Pero Jason se negó y le pidió a Rose que lo dejara entrar, por lo que la niña no tuvo más remedio que hacerlo pasar a la tienda y guiarlo a la cocina.
—Buenos días, señora Weasley —saludó Jason con una radiante sonrisa, al ver a la señora Luna en la cocina —Les ayudé a las niñas con esto —depositó las ollas en la mesa.
—Gracias, Jason —dijo la señora Luna con seriedad —Puedes retirarte.
—Nos veremos —se despidió Jason y salió de la tienda a paso rápido.
Las señoras Potter y Luna prepararon el almuerzo mientras sus esposos ponían la mesa y las niñas ordenaban sus cosas. Como se quedarían al menos una semana en Bulgaria, llevaban bastante equipaje.
—¿Tú crees que podamos ver el partido final? —le preguntó Hally a Rose.
—Depende de cuánto tiempo duren los partidos de estos días —indicó Rose, pensativa —Como son las finales, serán partidos muy reñidos.
La señora Potter llamó a las niñas a almorzar y todos comieron muy tranquilos, entre comentarios alegres y predicciones acerca del partido. Al terminar, el señor Ron propuso ir a pasear un poco por los alrededores, cosa que las niñas aceptaron de inmediato. La señora Luna y la señora Potter dijeron que ellas ordenarían todo en la tienda, por lo que sus maridos y sus hijas salieron y se dedicaron a vagar, descubriendo que el campamento estaba muy concurrido y que había pocos espacios marcados por llenar. Hally se percató pronto que varias personas saludaban a su padre al verlo pasar, pero que él a pocas llamaba por su nombre, lo que daba a entender que muchos de los que le dirigían la palabra sólo le hablaban por ser Harry Potter. Pronto llegaron a un área donde las tiendas se distinguían por ostentar una pequeña bandera roja con estrellas amarillas, y el señor Ron comentó entonces.
—Llegamos con los chinos¡a buena hora! Su selección perdió su último partido.
Y no habían dado ni dos pasos por entre las tiendas de los chinos cuando Hally y Rose escucharon una voz conocida llamándolas.
—¡Hally, Rose¡Qué bueno que vinieron!
Era Ryo, su amigo de Ravenclaw, que caminaba hacia ellas desde su derecha. Hizo una leve inclinación a la usanza oriental ante los padres de sus amigas y se presentó.
—Ryo Mao, mucho gusto —y les tendió la mano.
Ambos hombres le estrecharon la mano y Ryo, al instante, les sonrió.
—¿A qué partido vienen? —inquirió.
—Al de Inglaterra contra Bulgaria —informó Hally.
—Bien por ustedes —Ryo hizo una mueca —El abuelo Yao se enojó tanto porque China perdió hace dos días contra Canadá, que no compró entradas para ver a Inglaterra y a Bulgaria. Pero mi madre compró una para ella y una para mí, así que tal vez las vea allí.
—¡Ryo, ven aquí! —llamó entonces la señora Mao —No terminaste tu almuerzo.
Ryo se encogió de hombros, se despidió y se introdujo a una tienda oscura con su respectiva bandera china. La señora Mao, en cambio, miró al señor Potter con frialdad por un momento antes de entrar a la tienda tras su hijo.
—¡Miren! —exclamó Rose entonces —¡Los vendedores!
Y ella y Hally se echaron a correr a un área especialmente apartada donde se alzaban solamente carpas de vendedores, los que ofrecían diferentes artículos relacionados con los Mundiales. En ese momento las niñas comprobaron que Ryo estaba en lo cierto en las pocas lechuzas que les había mandado, al contarles que podía encontrarse gran variedad de productos, entre figuras en miniatura, prendas de vestir, banderas y demás.
—¡Hally, ve esto! —la llamó Rose, viendo atentamente un mostrador lleno de lo que parecían binoculares, pero con varios botones y ruedecillas de distintos colores.
—¡Omniculares! —exclamó Hally —Ryo me regaló unos por mi cumpleaños.
—Sí que tienes suerte —comentó Rose con sorna —Con el precio que tienen, no podré comprarme unos con mis ahorros.
—¡No se diga más! —el señor Ron y el señor Potter las habían alcanzado y el primero observaba atentamente los omniculares en venta —Rose, tendrás tus omniculares. Señor —llamó al vendedor, un mago pequeño y esmirriado, con aplastado cabello oscuro —Deme dos omniculares, por favor. Actualizaré los míos —le dijo al señor Potter.
Rose sonreía con algo de vergüenza, sintiéndose un poco mal por hacer que su padre gastara tantos galeones en comprarle algo. Aunque la situación económica de todos los Weasley había mejorado al paso del tiempo (principalmente la de Fred y George, que aunque no lo pareciera, lucharon bastante para que su tienda de artículos de broma obtuviera su prestigio), Ronald Weasley era el que menos había prosperado. Y no porque no se esforzara, sino porque en los últimos años, la acusación de asesinato en su contra lo había perjudicado y el Ministerio no quiso pagarle su sueldo mientras estuvo ausente, a pesar de que en realidad, nunca dejó de trabajar.
—Papá, no tienes… —comenzó Rose, decidida a que su padre no gastara ese dinero.
Pero el señor Ron, ocupado en pagarle al vendedor los omniculares, ni siquiera le puso atención. En cuanto se alejaron de ese vendedor, el señor Ron le entregó sus omniculares a su hija, quien los recibió con una tímida sonrisa.
—Gracias —musitó, mirando a su padre de reojo.
—Bien¿qué más quieren comprar? —quiso saber el señor Potter y enseguida consultó su reloj —Quedan algunas horas antes de comer y después de eso, iremos al estadio.
Las niñas miraron a todas partes, curioseando en todas las carpas que encontraban, entre las que vieron banderas que entonaban himnos nacionales al agitarlas, miniaturas de jugadores y escobas, bufandas con los colores de los equipos, escarapelas que gritaban los nombres de los jugadores y muchas cosas más. Rose tenía dinero ahorrado, así que se compró una escarapela con los colores de la bandera de Inglaterra, pero al ver una figura pequeña de Stefka Krum, la buscadora búlgara, hizo cuentas y descubrió con alegría que le quedaba lo justo para adquirirla.
—¡Mira, papá, Stefka Krum! —Rose le mostró la figurilla a su padre, que estaba a dos pasos de ella con el señor Potter, admirando una especie de snitch de juguete.
—Otro Weasley admira a otro Krum —dijo el señor Potter, bromista.
—No hables así, Harry —pidió el señor Ron.
—Es que me resulta curioso, es todo —repuso el señor Potter —Me pregunto si Krum habrá venido a ver los Mundiales…
—Papá¿qué te parece esto? —le preguntó Hally de pronto, mostrándole un estandarte del equipo de Inglaterra —Es más pequeño que una bandera, pero grita el nombre del cazador que tenga la quaffle y cuando no, lanza gritos de ánimo.
—Muy bueno, Hally —el señor Potter asintió —Puedes comprártelo.
Hally asintió y pagó por el estandarte, teniendo en las manos un gorro alto y una escarapela con los colores de la bandera inglesa, para luego volver con su padre. En el camino, desvió su vista hacia el oeste y sonrió encantada.
—¡Mira, papá¡Se está poniendo el sol!
Era cierto. El sol se escondía entre las montañas del oeste, dando un bello panorama al teñir el cielo de diversos colores y dejando ver las primeras estrellas. El señor Potter miró el paisaje con deleite unos segundos antes de sonreír.
—Las Montañas Rila crean un hermoso paisaje —comentó —Es hora de comer.
Los cuatro fueron caminando lentamente, hablando de lo que habían comprado y de las caras conocidas que se encontraban en el trayecto. Por fin llegaron a su tienda, donde la señora Potter y la señora Luna los esperaban con la comida ya preparada.
—¿Porqué nos tocarían dos maniáticos del quidditch por maridos, Luna? —inquirió la señora Potter en son de broma, luego de que las dos familias terminaran su comida y se alistaran para acudir al estadio.
Mientras el señor Potter y el señor Ron reían, la señora Luna adoptó una expresión pensativa y distraída a un tiempo, lo que no le impidió contestar.
—Porque tenemos mala suerte, supongo. Eso o somos tan maniáticas como ellos.
—¡Eso ni dudarlo! —respondió el señor Ron, siguiéndole el juego a su esposa, lo que le hizo acreedor a un suave tirón de cabello por parte de ella —¡Luna, cariño! Sabes que estoy bromeando —replicó, frotándose en donde había sentido el tirón.
—Lo sé —la señora Luna sonrió de la forma encantadora que sólo su marido conseguía sacarle —Únicamente quiero dejar claro que sólo yo puedo decirme maniática.
—Pero linda, yo nunca diría que eres una maniática —aseguró el señor Ron, sonriendo y poniendo cara de niño triste que quiere que se le perdone alguna travesura —Nunca.
La señora Luna sonrió de manera más amplia al verle la cara a su esposo, mientras los Potter y Rose se reían a carcajadas ante la escena. En eso, escucharon murmullos de gente caminando a paso rápido justo frente a su tienda y la señora Potter miró su reloj de pulsera y se puso a un lado de la entrada de la tienda.
—Muy bien, ya es hora —anunció —Vamos al estadio.
—¿Cómo le hicieron para hacer los Mundiales aquí? —le preguntó Hally a su madre, al estar haciendo fila ante una de las entradas del estadio, que a la niña le recordaba los estadios de fútbol, pero aquel se veía mucho más grande.
—En primera, el Ministerio búlgaro tuvo que asegurarse de que estas hondonadas no eran visitadas por muggles —explicó la señora Potter con tono entre maternal y serio —Ya que están rodeadas por las Montañas Rila, resultan prácticamente inaccesibles y el sitio perfecto para los Mundiales. Después, decidieron en qué hondonada construir el estadio, que tiene repelentes anti–muggles en cada centímetro posible. Lo construyeron casi todo con magia, aunque hubo un poco de trabajo muggle en el montaje de la estructura y el cuidado del césped, pero nada más. Y por si fuera poco, las hondonadas donde magos y brujas acampamos tienen hechizos anti–muggles para que ningún alpinista despistado que se pierda se acerque. ¿No te parece interesante?
Hally asintió con vigor, pensando en cuánto habían trabajado los magos búlgaros para organizar los Mundiales en un lugar como ése. Las montañas que rodeaban la hondonada donde ella estaba eran lo bastante altas como para tener nieve en sus cumbres durante todo el año y constituían una barrera natural para cualquier muggle.
—¿En qué parte de Bulgaria estamos exactamente? —quiso saber.
—Al oeste, justo al sur de Sofía, la capital del país —respondió la señora Potter.
—Ya llegamos —avisó la señora Luna —Nos revisarán los boletos ahora.
El señor Potter y el señor Ron sacaron los boletos y un mago alto con la cabeza rapada y una túnica igual a la del mago que los recibió luego del viaje en traslador recibió los boletos, revisándolos con mirada penetrante.
—¡Asientos de prrimerra! —dijo el mago, con marcado acento —Suban, señorres, y en el nivel cinco encontrarrán sus lugarres. Disfrruten el juego.
El señor Potter inclinó la cabeza en señal de agradecimiento y junto con los demás, comenzó a subir unas largas y amplias escaleras que llevaban a los niveles superiores. Llegaron a una entrada que en la parte superior tenía un número cinco pintado y las dos familias la atravesaron junto con varias personas más. Hally, al ver el estadio por dentro, pensó que era una de las cosas mágicas más impresionantes que había visto.
El estadio era inmenso, para la niña se veía por lo menos el doble de grande que el del colegio, y las tribunas estaban llenas por completo. Aquí y allá se veían banderas búlgaras e inglesas ondeando al viento, lo que hacía que dos himnos nacionales se oyeran de forma dispareja. Además, las personas hablaban en todos los idiomas posibles, por lo que Hally únicamente distinguió un tono alegre y eufórico en las voces. Sus padres localizaron sus asientos y los ocuparon, seguidos por la niña, Rose y los padres de ésta. Hally llevaba al cuello los omniculares que le había regalado Ryo y se puso a probarlos.
—¡Mira allá, Rose! —gritó de pronto, observando cierta área de las tribunas al frente, justo a la izquierda de un enorme tablero mágico que mostraba un anuncio publicitario tras otro —Creo que allá está una de tus primas.
Rose de inmediato enfocó sus omniculares hacia donde Hally señalaba y entrecerrando un poco sus brumosos ojos, logró corroborar lo que decía su amiga.
—¡Sí, es Gina! Papá, mamá, miren allá.
Los Weasley obedecieron a su hija (la señora Luna tenía unos omniculares que se había comprado hacía años) y lograron distinguir con dificultad a Gina Weasley, sentada en un par de niveles por encima de ellos, con un asiento vacío a su derecha y otros dos a su izquierda. El señor Ron le comentó al señor Potter lo de los asientos vacíos.
—Tal vez son de alguien más —sugirió, usando sus propios omniculares, un poco más gastados que los de su hija, y vio hacia donde estaba la sobrina de su amigo —Ron, no vas a creer esto —soltó de pronto, con cara de genuina sorpresa —Ve a tu sobrina otra vez, por favor, y dime quiénes se sentaron a su lado.
El señor Ron, un tanto extrañado por la petición, obedeció. Y al igual que su amigo, se sorprendió en extremo, sólo que él dejó de ver por los omniculares y abrió y cerró la boca un par de veces, incapaz de decir algo, antes de recuperar la voz.
—Ahora sí lo he visto todo —logró decir.
El señor Potter se limitó a asentir y se inclinó hacia su esposa, para contarle acerca de lo que acababan de ver. El señor Ron hizo lo propio con su mujer, mientras que Hally y Rose, sin entender, miraron de nueva cuenta hacia donde habían visto a Gina Weasley y Rose no pudo evitar repetir la frase de su padre en voz muy alta.
—¡Ahora sí lo he visto todo!
—Con la familia que tienes, no lo dudo, pelos locos —dijo una voz despectiva tras Rose, tan conocida como detestada por la pelirroja.
Ella y Hally se volvieron bruscamente, para hallarse con una desagradable sorpresa en la fila tras ellas. Hellen Brandon y su primo, Tyrone Calloway, recién habían llegado.
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Gente linda, hola. Soy Bell Potter. Ojalá que hasta ahora, "El Torneo de las Tres Partes" les esté gustando mucho. A mí me gusta mucho escribir esta historia.
Pasemos a lo bueno, por favor. En primera, el título. Las montañas Rila me parecieron el mejor lugar para los Mundiales, luego de andar buscando como loca un sitio en Bulgaria que pudiera usarse sin muchas dificultades. Porque de que los Mundiales eran en Bulgaria, ya lo había mencionado en "La siguiente generación". Me parecía gracioso que Ron fuera a la tierra de "Vicky"¿a ustedes no?
¡Ah, los Corner! No sé de dónde se me ocurrió sacar a colación a los Corner, pero creí que sería buena idea y lo hice. Y por lo que veo, a Hally no le importó demasiado. ¡Ah, Hally, la inocente Hally! Sé que no lo parece, pero Hally es algo ingenua. En eso se parece a mí, ja, ja, ja. Yo también a veces soy muy inocente.
Y los tontos de Brandon y Calloway hicieron su aparición. ¡No, si Hally y Rose se la estaban pasando genial! Además de las personas que se sentaron junto a Gina¿se imaginan quiénes serán? Pues espero que sus deducciones sean acertadas, lo veremos en el capi siguiente.
Así que sin más comentarios por el momento, espero que el capi les haya gustado. Cuídense donde quiera que estén, vivan a lo grande y nos leemos pronto.
