¿Jugamos? (parte XII)
"Levántate, Katniss", me espeta Haymitch, mirándome con preocupación. "Ella respira, sólo está inconsciente, probablemente por el humo. Tenemos que largarnos de aquí cuanto antes".
Él y Paylor están buscando la forma se soltar los grilletes que rodean las muñecas de mi madre sin tener que amputarle las manos. Para ello, cuentan con un extraño artilugio: una especie de rueda con pinchos que funciona a motor y se hunde en el metal fácilmente; no quiero imaginar lo fácilmente que se hundiría en la carne…
Gale está agachado a mi lado en una esquina de la habitación, pasando los dedos a lo largo de mi trenza.
"Tranquila", me dice. "Ella está bien. No tienes de qué preocuparte". Aparta las manos que tengo sobre la cara, se incorpora, y extiende un brazo hacia mí para que haga lo mismo.
Apenas me tengo en pie, sigo temblando de miedo ante la imagen moribunda de mi madre, y sólo un breve abrazo de mi amigo es capaz de traerme de vuelta a la realidad.
"¿Seguro que está viva?", pregunto con voz ronca. Gale me separa, limpia con el pulgar una lágrima que resbalaba por mi mejilla y clava sus ojos grises en los míos. Reconozco su mirada de: confía en mí, todo va a estar bien, sigo a tu lado, porque es la misma que usaba cada vez que las cosas se ponían difíciles en el bosque, cuando nos atacaba algún animal salvaje o llevábamos horas subidos a un árbol, esperando a que se apagase el zumbido eléctrico de la alambrada.
Vuelvo a mirar a mi madre, Haymitch ya la tiene en brazos. Salimos pitando de la habitación. Es difícil orientarse en esta cárcel, hay pasillos perpendiculares que antes había pasado por alto, y de pronto, no tenemos claro hacia qué lado hay que correr para llegar a la salida del laberinto.
"¿Dónde está Johanna?", inquiero, cuando vuelvo a percatarme de su ausencia. "¿Por qué habéis dejado que se quedara atrás?".
"Dijo que no podía seguir; que todo estaba borroso y se sentía mareada", responde Gale, jadeante, sin parar de correr ni de tirar de mí. "Vamos a recogerla antes de irnos. Esperemos que no haya tenido ningún problema".
Las pisadas que escuche delante de la celda en breve se materializan en cuatro uniformes militares corriendo tras nosotros, al tiempo que disparan sus fusiles multicarga. Gale me suelta en cuanto siente la fuerza de la metralla pasar rozándonos. Él duda un segundo sobre el arma adecuada para la ocasión, pero yo enseguida sé que el disparo más certero lo lanzaré usando el arco. Agarro una flecha sin dejar de avanzar hacia delante, y cuando la he tensado contra la cuerda, giro y disparo sin necesidad de pensar dónde apunto. Cuando la flecha se inserta en el ojo de uno de los soldados, ya tengo la siguiente dispuesta para ser disparada. Gale ha usado dos armas de fuego con ambas manos para detener el avance de los otros dos. Ninguno tiene piedad por nuestros perseguidores; derribamos soldados con la misma facilidad que cazábamos animales en el bosque... es en esto en lo que nos ha convertido la guerra. Ser consciente de mis acciones hace que busque un lugar menos letal para el último de los soldados, disparándole a la pierna, entre la rodilla y el muslo. Dudo que conservar la vida de ese hombre vaya a marcar la diferencia, vaya a significar algo, o me vaya a hacer mejor persona, pero no quiero matarlo.
Al volver la cabeza al frente, veo a Paylor y Haymitch —mi madre aún es un peso muerto en sus brazos— correr desesperadamente, mientras escucho otro enjambre de pisadas acercarse por detrás.
El olor a rosas intoxica de nuevo mis fosas nasales a medida que nos acercamos a la celda en la que intuimos a Snow. Entonces lo oigo: una retahíla de disparos. Decididos. Continuados. Iguales a los que lanzábamos al objetivo circular en la sala de entrenamiento del 13, como si hubiera un blanco concreto y estático en el que clavar las balas.
Nos detenemos a la altura de la puerta carcelaria del ex-presidente, y el olor a rosa y sangre es mil veces más profundo de lo habitual. Johanna no deja de detonar su arma, empuñada con ambas manos. Dispara sin temblar; sin la más mínima vacilación, ni siquiera parece que note la fuerza del retroceso. Una vez, otra vez, cien veces más. Los ojos están a punto de salírsele de las órbitas, aprieta los dientes con tanta fiereza que casi puedo oír el chirrido. La sangre comienza a embadurnarnos los pies, tan densa y tan oscura que oculta todo el banco del suelo, desparramándose desde distintos orificios del cuerpo de Snow, pero sobre todo de su boca. Es como si le hubieran abierto una compuerta que deja salir litros de rojo líquido y coágulos negros recubiertos de odio. Uno odio tan caliente y amargo como el mío.
Nadie la frena. Nadie impide que Johanna Mason obtenga su venganza y la de todos. Nos quedamos paralizados observando cómo ella dispara —tantas veces que he perdido la cuenta—. Su cara desencajada, bordeando la locura, en una especie de trance que roza el misticismo. Hasta que una bala enemiga no se incrusta en la puerta abierta de la celda, ninguno aparta la vista de la hipnótica imagen de la serpiente mientas se desangra.
Paylor agarra el brazo de una Johanna totalmente fuera de sí, obligándola a salir de la celda. No hay palabras o preguntas acerca de lo que acaba de hacer, porque todos hemos puesto el alma en cada una de sus balas. Ahí muere la idea de Haymitch y Plutarch de hacerle un juicio público al ex-presidente, para que fuese el pueblo quien lo condenase por sus crímenes. El odio y la sed de venganza han podido más, otra vez, y nadie se atreve a cuestionar el derecho de Mason a llevar a cabo ese acto. Sin embargo, en mi cabeza, estoy enumerando las diferentes formas (a cada cual más cruel) con las que había fantaseado matar a Snow, y es inevitable sentir un pinchazo de celos hacia Johanna por haberme arrebatado la satisfacción de hacerlo. Coin me otorgó a mí ese privilegio cuando accedí a ser su Sinsajo, creo recordar.
Hacemos el camino de vuelta precipitadamente, conducidos por nada más que el instinto animal de permanecer vivos. Tan pronto como llegamos al Transportador sabemos que volver por donde hemos venido no va a ser posible: hay voces y pisadas, amplificadas por el eco. Tenemos a dos grupos de soldados pisándonos los talones. Han dado la voz de alarma, y ahora no son tres o cuatro, sino una buena manada dispuesta a matarnos.
Mi madre comienza a despertar; tiene los ojos perdidos y asustados cuando se siente a sí misma sobre los brazos de Haymitch. No dice nada, aparte de esa expresión de pánico, que solo relaja cuando él susurra: "Estas a salvo", antes de pasar el Holo a Paylor para que ella compruebe cuál es la ruta más segura a seguir.
"Todo el Trasportador está plagado de vainas", anuncia la comandante del 8. "Hay que buscar una alternativa".
Los tres, Gale, Johanna y yo, nos acercamos a ver la pantalla, y efectivamente, hay cientos de luces parpadeantes siguiendo las baldosas de la avenida principal bajo tierra. A saber que son; tengo en mente la picadora de carne, algunos gases tóxicos y unos cuantos mutos de distintas formas y tamaños siseando mi nombre.
Gale está sujetando a Johanna por la cintura, y observando con una mueca el bulto de su brazo. Cada vez es más grande y más verde.
"Tenemos que extirparte esto", masculla señalándolo, y ella se retuerce, en un vano intento de soltarse de Gale. "Necesito tu ayuda, Katniss", me pide éste sacando un cuchillo de su cinturón.
**Agarro el brazo infectado de Johanna con una mano y alcanzo el cuchillo con la otra. Gale sujeta su otro brazo y la mantiene inmóvil rodeándola la cintura. La chica no deja de forcejear e insultarnos.
"Ni se te ocurra acercarte, descerebrada de mierda. Y dile a tu primo que me suelte", nos grita. Johanna ya ha perdido el norte por culpa del veneno.
Sé lo que tengo que hacer, así que me deshago de la aprensión y clavo el cuchillo en medio del huevo que forma la carne. Enseguida comienza a salir una sustancia verde brillante y muy espesa.
"Intenta sacarlo todo", comenta Gale.
Hago lo que me dice y trazo líneas con los pulgares a lo largo del antebrazo de Johanna, ejerciendo mucha presión, para llevar el veneno al punto en el que he hecho el corte. El líquido verde emana mezclado con sangre y su visión resulta asquerosa, aunque no huela a nada.
Cuando hemos terminado, Johanna se apaga como una bombilla. Su cuerpo cae hacia atrás sobre el de Gale, y cierra los ojos, como si con el veneno le hubiéramos succionado también toda la energía. Gale le da la vuelta y permite que ella apoye los brazos sobre él y la cabeza en uno de sus hombros.
"Ya está. Vas a estar bien", murmura en su oído.
Yo por mi parte, encuentro molesta la escena, así que me vuelvo hacia Paylor y el Holo, y pregunto acerca del plan, sin perder de vista que hay una manada de soldados buscándonos a pocos metros.
"Tenemos que seguir por ese tubo", me informa Paylor, señalando un orificio de hormigón circular, con un reguero de líquido corriendo en su interior que desagua en el canal que tenemos justo a la derecha. Prefiero no pensar en lo que es ese caldo burbujeante, aunque imagino que son residuos, heces y algo tóxico que lo hace chisporrotear.
"¿Dónde nos lleva?", pegunto.
"La salida está al lado del Centro de Entrenamiento", contesta Haymitch, quien parece saberse de memoria las enrevesadas entrañas del Capitolio. "En la estación de tren dónde te has apeado cada vez que has sido tributo".
La información hace que el cuerpo se me enderece solo. Lanzo una mirada inquisitiva a mí mentor que responde encogiéndose de hombros.
"De momento no podemos volver a casa de Minerva, pero tenemos un plan B", afirma él.
"¿Hay un plan B? ¿Dónde se supone que vamos?", vuelvo a inquirir, un poco más nerviosa y con el corazón sacudiéndome el pecho de nuevo.
No le da tiempo a responder. En ese momento todos nos hacemos cargo de que las voces y el pateo sobre el suelo se han acercado demasiado. Corremos en dirección al túnel y nos introducimos dentro, chapoteando sobre el líquido espeso y marrón y salpicándonos unos a otros. La adrenalina que me recorre el cuerpo acalla las preguntas y la claustrofobia. Veo poco, pero busco a Gale, que avanza con Johanna agarrada de la mano. Ella lo hace a duras penas, tropezando y a punto de caer cada dos por tres. Freno cuando él frena.
"Johanna, sube a mi espalda", le dice Gale. La chica gira a su alrededor y se deja caer sobre su espalda, rodeándole el cuello con ambos brazos. Él agarra sus dos piernas y las impulsa hacia arriba, para seguir corriendo. No me gusta un pelo que Gale tenga que avanzar con un peso muerto adicional en la espalda. Minerva dejó claro que nada de esfuerzos. Me quedo a su lado, temerosa de que mi amigo se derrumbe y echando la vista atrás cada pocas zancadas.
Pronto el conducto se ramifica, y optamos por seguir el brazo libre de excrementos. Pienso que el sigilo podría jugar a nuestro favor ahora mismo. Si nuestros perseguidores dudan sobre el camino a seguir, tal vez perdamos a algunos de vista.
De vista… que irónico… aquí no se ve una mierda.
Lo de ser más silenciosos ni lo comento, dado que dejar de correr no es una opción en estos momentos; si acaso, habría que hacerlo más rápido, pero es complicado con dos de los nuestros llevando a cuestas a otros dos. Estoy a punto de decirle a Gale que me deje cargar con Johanna un rato, cuando veo la luz al final del túnel; literalmente. Y es luz exterior, no artificial.
Me emociono más de lo que debería, porque no tengo ni idea de lo que nos espera allá fuera; ¿más soldados?, ¿algunos mutos?, ¿unas esposas y una celda en la mansión de Snow? Trata de ser optimista, me digo, y acelero el ritmo. Lo que tenga que pasar, que lo haga cuanto antes. Preparo arco y flecha, me alejo del resto, y alcanzo en poco tiempo una compuerta ya abierta.
"¡Joder! ¡Katniss, no hagas eso!", grita Gale desde el fondo, descontento con mi carrera.
"¡Quédate quieta, y cúbrete con la puerta!", vocea Haymitch un poco más cerca.
Ignoro a ambos y estudio el exterior, aunque con cautela y tensando la flecha en el arco. Tal y como dijo Haymitch, es la misma estación de tren a la que llegué las dos veces que fui tributo; la misma en la que una muchedumbre coreaba mi nombre y el de Peeta no hace tanto tiempo atrás. Mi primera parada en el Capitolio.
Entonces veo el plan B, claro como el cristal. En medio de la estación hay un tren bala del Capitolio, no de pasajeros, sino de carga, y con las puertas abiertas para nosotros. Quién lo ha puesto ahí, si es una forma de huida, o una trampa, es algo que de momento se me escapa.
