CAPÍTULO 12: Felicidad
Santana acomodó la cabeza contra la almohada y contempló a Rachel. Tenía los ojos cerrados y los pómulos sonrosados. Suspiraba lenta y tranquila, con los labios y media cara perdidas entre la almohada. Procurando no despertarla, Santana le apartó varios mechones de pelo de la frente y sonrió.
No podía creerse que estuviese allí.
No podía creerse siquiera lo que estaba pasando entre ellas.
Era extraño. Durante los siete años que había permanecido alejada de Lima, había estado con mucha gente. Hombres, mujeres, no importaba. Para ella el sexo era algo natural, un acto físico necesario para subsistir. Disfrutaba de ello. Disfrutaba de las caricias, de los besos, de todo lo que conllevaba. Sin embargo, con Rachel era algo más que simple disfrute. Cada caricia suponía un escalofrío, cada roce de labios una descarga de placer, cada mirada un temblor. Y cuando la tenía entre sus brazos, retorciéndose, riendo, muriéndose de placer, sentía que en el mundo no podía haber nada más placentero que aquello.
Sentirse así la asustaba. La asustaba porque aquellas sensaciones se parecían peligrosamente a las que se apoderaban de ella cuando estaba con Brittany. No era mera atracción física, no era un simple juego; y Santana no estaba segura de estar preparada para sentir de nuevo como entonces, para querer a alguien como había querido a Brittany. El amor conllevaba dolor, decepciones, responsabilidades. No sabía cómo actuar, qué hacer o si iba a estar a la altura de la nueva naturaleza de aquellos sentimientos. Aquello era muy nuevo para ella.
Estaba asustada. Muy asustada.
Despacio, muy despacio, Rachel abrió los ojos y sus iris castaños chocaron contra los suyos. Una plácida sonrisa apareció dibujada en su rostro y, por un momento, todas las dudas de Santana se disiparon. Se contemplaron largo rato sin decir nada, sonriendo contra las sábanas, acomodándose el pelo la una a la otra y regalándose suaves caricias.
De repente, Rachel dio un respingo y sus ojos se abrieron desmesuradamente.
- ¿Qué hora es? –preguntó, presa del pánico.
Santana volteó medio cuerpo y agarró el reloj que descansaba sobre su mesita de noche.
- Las… ocho y media.
- ¡Oh, no! –exclamó Rachel dando un salto de la cama y colocándose aprisa la camiseta que había quedado tirada por el suelo tras el encuentro de anoche-. ¡He quedado con Janet a las nueve! ¡Me va a matar! ¡Y luego le dije a Darren que me dejaría ver con él por el parque! ¡Oh, Dios, por qué no habré puesto la alarma! ¡No llego!
Empezó a dar vueltas en círculo por la habitación, peleándose con su ropa y su pelo desordenado, y soltando histéricas maldiciones por lo bajo. Santana ocultó su sonrisa bajo las sábanas que ahora le cubrían hasta la cabeza. Definitivamente, aquello no iba a salir bien.
Los muelles de la cama crujieron y Rachel, con las palmas de las manos a ambos lados de su cuerpo, le bajó la sábana hasta la barbilla.
- Lo olvidaba –dijo, inclinándose hacia adelante y dándole un tibio beso en los labios-. Buenos días.
Dicho esto, salió de la habitación haciendo aspavientos y dejando a Santana sola, aturdida y con los labios ardiéndole impacientes. La latina repasó con el dedo el contorno de sus labios y cerró los ojos. Volvió a repetirse a sí misma que aquello no podía salir bien de ninguna de las maneras.
Sonrió al darse cuenta de lo poco que le importaba.
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No hablaron de nuevo de qué era lo que sucedía entre ellas ni trataron tampoco de ponerle un nombre. Día a día, disfrutaban de la compañía de la otra sin preocupaciones, limitándose a seguir la corriente del río de aquellos nuevos sentimientos.
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Santana no daba abasto. El bar estaba lleno hasta los topes y la latina empezaba a sentir que le faltaban brazos.
- ¡Santana, la cuenta de la mesa siete!
- ¡Voy!
Entre el griterío y la multitud sofocante de cuerpos que se paseaban por allí, dando empujones y hablando a voz de grito, tardó bastante en percatarse de que Rachel había entrado.
- ¡Cuánta gente! –dijo, bajándose las gafas de sol a la altura de la nariz y echando un vistazo a su alrededor.
Santana apoyó los brazos en la barra, justo enfrente de ella, y ocultó la cabeza entre ellos.
- Demasiada.
El aliento de Rachel se coló traicionero por su oreja.
- Sería muy malo que te besara aquí y ahora mismo, ¿verdad?
Un escalofrío de placer le recorrió toda la espalda y le erizó el vello de la nuca. No hacía ni tres horas que sus labios habían devorado los suyos y ya se moría por volver a besarla. Pero no podía. No en el bar. Tenían que ser discretas. Y más si no querían que aquel extraño juego que se traían entre manos saliese a la luz.
- Mucho –dijo, sonriendo bajo la protección que sus brazos le ofrecían.
- Vaya –dijo Rachel, jugueteando disimuladamente con el dedo meñique de la mano que quedaba descubierta-. Me tocará esperar, entonces
Santana estuvo a punto de decirle una barbaridad cuando ella se soltó de su mano. Lo siguiente que sintió fue un tirón en oreja y la cabreada voz de su jefa a escasos centímetros de su tímpano.
Tienes dos opciones. Una, mueves tu precioso cuerpo de la barra y empiezas atender a gente o dos, te meto la bandeja por una parte de tu anatomía que probablemente no sea de tu agrado.
A pesar de las decenas de personas que había en el bar alzando la voz, gritando, charlando, la risa de Rachel fue lo que más resonó por todo el local.
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Los días pasaban tranquilos, sorprendentemente apacibles. Perdida en aquel extraño refugio que había construido en los brazos de Rachel, los días adquirían un color vivaz, mucho más brillante. Mucho mucho más brillante.
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- Creo que Alice sospecha algo –dijo Santana, abrazando a Rachel por la cintura y posando sus labios en el hombro desnudo de la muchacha.
- ¿Ah, sí? -Rachel ni siquiera ladeó la cabeza al hablar- ¿Por qué crees eso?
Santana se echó a reír.
- Nos ha pillado a las dos en la despensa.
Santana, has roto el beso de un empujón que me has mandado a la otra punta. No creo que haya visto nada, relájate…
- Ya, ¿y qué crees que habrá pensado que hacíamos? ¿Jugar al parchís? Que no es tonta, Rachel…
La morena se rió. Su cuerpo entero tembló contra el suyo. No parecía en absoluto preocupada.
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Era feliz. Por primera vez en mucho tiempo, Santana era feliz. Su corazón latía con renovada alegría. Sentía ilusión por lo que le rodeaba, se levantaba con fuerzas cada mañana, con ganas de hacer mil y una cosas.
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La primera vez que Rachel la vio apoyada en el alféizar de la ventana con un pitillo en la boca se llevó las manos a la cabeza y ahogó un grito. Surcó la habitación cual huracán, le arrancó el cigarro de los labios y lo lanzó por la ventana ignorando por un lado las protestas de Santana y por otro los insultos de la pobre señora sobre la cual había aterrizado el piti.
- ¡Fumar mata! –le gritó, haciéndose incluso oír por encima del vocerío de la mujer.
Santana cerró la mandíbula que había quedado descolgada.
- Es mi casa, puedo hacer lo que me dé la gana –se defendió la latina, sacando otro cigarro del paquete.
Rachel exhaló un: "Oh" ofendido y volvió a repetir el procedimiento de tirarlo por la ventana. A Dios dio gracias de que esta vez estuviese apagado.
- ¡Fumar mata, Santana! –repitió de nuevo, esta vez apuntándola con un dedo amenazador-. Las autoridades sanitarios no cesan de advertir lo profundamente perjudicial que es para la salud que… ¡Santana López, no te atrevas a encender ese cigarro!
La latina esbozó una sonrisa de suficiencia y prendió el mechero. La llama osciló a pocos centímetros de él.
- ¿O qué? –la retó.
Rachel trató de agarrar el cigarro con los dedos, pero Santana le sujetó los brazos antes de que pudiese siquiera llegar a rozarla. Por precaución se apartó de la ventana. Ya se imaginaba los titulares: "Muere la actriz Rachel Berry. Causa de la muerte: el tabaco".
- Escúpelo –le exigió la morena, aún con las manos asidas.
- No quiero.
- Escúpelo –volvió a repetir, acercando su rostro peligrosamente al de ella. Sus labios quedaron separados única y exclusivamente por el cigarro. Santana calibró mentalmente la situación y, finalmente, dejó caer el cigarro al suelo. A Rachel aún le dio tiempo a sonreír con suficiencia antes de que sus labios se vieran aprisionados por los de Santana.
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Era una sensación extraña. Se sentía como una jodida cría de quince años. Cada vez que pensaba en Rachel, cada vez que evocaba sus encuentros, el corazón se le aceleraba de tal forma que creía que iba a romperle el pecho. Su parte racional le decía que era absurdo sentirse así, que ya era hora de dejar de vivir en aquella vomitiva nube de algodón de azúcar que se había construido, pero sus impulsos siempre terminaban ganándole el pulso a la razón.
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- ¿Sabes, Rachel? Ya me imaginaba que a ti te iban un poco las tías.
Rachel, con medio cuerpo apoyado en la encimera de la cocina de Santana, y con una taza de café entre sus manos, estuvo a punto de morir ahogada por su propia tos. Cuando fue capaz de respirar con relativa normalidad, aún con una mano en el pecho, dijo con voz estrangulada:
- ¿Y eso a qué viene ahora?
- Bueno, no es tan raro de imaginar. Saliste con Finn, que tiene unos pechos que serían la envidia de cualquier mujer. Es obvio que para soportar eso, algo tenían que gustarte.
Rachel la golpeó en el hombro en un intento por acallar sus risas.
- Me niego a hablar de los pechos de mi exnovio contigo, gracias.
Santana, doblada de risa sobre la mesa, trató de seguir hablando.
- Además, la obsesión que tenías con Quinn no era muy normal… -dijo, recomponiéndose un poco.
- Oh –bufó Rachel, mirándola de hito a hito con su mejor cara de indignación-. ¡Yo no tenía ninguna obsesión con Quinn!
- Claro que la tenías, cariño –replicó Santana, divertida-. Quinn, eres preciosa –dijo, aflautando deliberadamente la voz-. Quinn, quiero tu nariz. Quinn, vuelve al Glee Club. Quinn, ven a mi boda o no me caso –a cada palabra que decía, Rachel le daba un nuevo golpe. Había enrojecido hasta la raíz del pelo-. ¿Ves? Poniéndote así no haces más que darme la razón. Ya te iban las tías por aquel entonces, admítelo…
- A mí no me gustan las chicas –protestó Rachel, achinando los ojos y apretando los dientes.
Ahora fue Santana la que exhaló un bufido ofendido.
- ¿Y yo qué soy, un matorral?
Aún con los ojos entrecerrados y expresión de enfado, Rachel la agarró por la cintura y se acercó a ella.
- A mí no me gustan las chicas, en plural –aclaró-. A mí sólo me gustas tú.
Santana hubiese querido encontrar alguna réplica mordaz a aquello, pero fue tanta la satisfacción que sintió al oír sus palabras que, a pesar de la broma que envolvía aquella conversación, fue incapaz de resistirse a besarla sin piedad.
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A cada día que pasaba, aquella extraña burbuja crecía más y más, envolviendo a Santana en ella con más fuerza. Cada vez era más grande y de pareces mucho más sólidas. Empezaba a dudar poder escapar de ella.
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Cuando Rachel la vio sentada en el portal, sus ojos se agrandaron y miró a izquierda y a derecha con ímpetu para asegurarse que no había nadie. Santana sonrió de medio lado cuando la vio acercarse a ella echando rayos por los ojos.
- ¿Qué haces aquí? –le exigió la morena, tendiéndole una mano para ayudarla a levantarse.
- Esperarte.
Los ojos de Rachel peinaban una y otra vez la calle de arriba a abajo.
- Santana, no puedes presentarte en mi casa así como así. Podría haber paparazzis.
Santana puso los ojos en blanco con dramatismo.
- ¿Paparazzis? ¿Qué eres, una superestrella o algo así?
Rachel se mordió el labio para evitar sonreír.
- De todos modos, ¿no tendrías que estar trabajando?
- Alice me ha dado la noche libre –omitió el detalle de que la había echado a patadas del bar alegando que era insoportable estar cerca de sus hormonas en aquel preciso instante.
Rachel volvió a desviar los ojos calle arriba.
- Podrías haberme llamado –le dijo en un susurro-. Ya hubiese ido yo a tu casa.
Santana se encogió de hombros.
- Me apetecía esperarte –y era cierto-. ¿Qué tal el pase de esta noche?
- Genial –dijo, abriendo las palmas de las manos y olvidándose por unos instantes del pequeño sermón aún sin terminar-. No es por vanagloriarme, pero creo que la palabra sensacional se queda corta para describir mi actuación.
Santana se echó a reír.
- Como siempre, entonces.
Rachel sonrió dcn dulzura y le colocó el pelo detrás de la oreja con los dedos. Miró de nuevo hacia los lados y su mirada se posó en sus labios por unos instantes. Santana, viéndole las intenciones, le puso una mano en el pecho para frenarla.
- No –la advirtió, aún en contra de sus deseos-. Imagínate que nos ve alguien.
Rachel hizo caso omiso de su aviso y pegó su cuerpo al suyo.
- No hay nadie –dijo, antes de que su boca se perdiese en la suya.
Santana no pudo ni quiso contradecirla. Sumida en aquella burbuja de felicidad, simplemente se dejó llevar.
