NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE DISNEY, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO HISTORIAS.
¡Hola a todos! Bueno, fue la semana final del semestre, y todos los días, no miento, TODOS los cinco días de la semana, consecutivamente, tuve exámenes y tareas finales. Estaba tan estresada que me enfermé del estómago y dormí como mucho cuatro horas al día. Hoy, después de caer en coma hasta mediodía desde ayer, pude comer como dios manda, relajarme frente a la televisión y retomar mis escritos. Muchas gracias por los hermosos comentarios que me dejaron =D
Reviews:
Shar0n: los celos ha sido de las partes que más he disfrutado escribir ^^
Reny: jajajaja tus tres reviews me encantaron XD no sé porqué pero FF parece tardarse a veces con las notificaciones, es curioso. En fin, me alegra mucho que disfrutes la historia, y sobre la idea que mencionas, si la he estado trabajando un poco en mi mente, pero no sé aún si agregar un one-shot sobre eso en este mismo fic o hacerlo un fic independiente, apenas duerma un poco más y aclare esas ideas lo publicaré.
Bra Multiverse: Así como mencionas a la bestia nervioso por invitarla a cenar, es exactamente como lo quiero describir XD pero como esta secuencia pretende mostrar un enamoramiento más realista, tardará un poquito más en que esa escena suceda ;)
Ericka Kida: Tus tres ideas me ENCANTARON y créeme que las usaré posteriormente =D ¡gracias!
Aconito: Muchas gracias por seguir esta idea desde el principio, ojalá que te siga gustando =)
Dama Felina: Cada vez que leo comentarios como los tuyos, me convenzo a mí misma de esas horas frente a la computadora escribiendo valen cada segundo, gracias :')
Karol: México colonial, mmm... lo que más se me ocurre es inmiscuirlos de alguna manera en la intervención francesa XD sería muy interesante y muy diferente, pensaré en una forma de ver si funciona.
Alejandra Darcy: No te preocupes, te entiendo perfectamente, la universidad también me estaba comiendo viva y por eso tardé tanto en actualizar. Espero que tengas ya más tiempo libre como yo y que disfrutes este capítulo tanto o más que el anterior =D
Forever MK NH: Gracias! :3
LunarsRebels: la idea de ellos como padres me gusta mucho, pero quisiera dejarla para los últimos capítulos del fic, para que tenga una especie de tonta secuencia cronológica XD no sé, ideas raras mías jeje.
¡Qué de comentarios! ¡MUCHAS GRACIAS POR SU APOYO!
NOTA.-Este capítulo empieza justamente donde termina el anterior =D
La Biblioteca
La señora Potts conocía al amo Adam desde que su difunta madre estaba embarazada de él. Sostuvo al bebé en brazos para darle sus primeros baños, ayudó a la fallecida princesa a alimentarlo, vestirlo, dormirlo y jugar con él. Lo vio dar sus primeros pasos, decir sus primeras palabras, leer su primer libro. Siempre supo que no era su hijo, pero tenía un cariño maternal hacia el niño que la hacía muy indulgente con el muchacho que ahora mandaba en todo el palacio.
Ella no era ciega y no se engañaba a sí misma. Adam era un hombre de muy buen corazón, pero el dolor y los malos tratos de su padre lo habían convertido en el príncipe arrogante que fue hechizado para verse como una bestia. No había día en que no lamentara aquel embrujo, no sólo por ella misma, sino por el joven Adam al cual le tenía muchísimo afecto. Pero también conocía bien su temperamento y sabía que la idea de romper el hechizo era complicada, casi descabellada.
Cuando llegó Belle al palacio tuvo un buen presentimiento, ella era una mujer encantadora y hermosa, quizá lo suficiente para entibiar el corazón del príncipe. Pero sabía que no llegó en las mejores condiciones, y tristemente Adam se estaba dejando llevar demasiado por la educación elitista de su padre. Además, Belle era demasiado terca, no recordaba haber conocido persona alguna que pudiera decirle que "no" al príncipe de esa manera tan segura y firme.
En honor a la verdad, le preocupaba esa situación. No era sano que ambos discutieran tanto. Le hubiera gustado darle una taza de té a Belle y decirle que bajara el rostro y le siguiera el juego al príncipe, como ellos mismos lo hacían, pero sabía que ella no la escucharía. El carácter de Belle era así, indomable, y Adam debería aprender a convivir con eso, si es que pretendía mantener a la chica en el palacio.
—El amo me dijo que pensaba mandar a la chica al pueblo—dijo Ding-Dong al entrar a la cocina—Eso, o encerrarla otra vez en la torre.
—¡Por supuesto que no!—respondió la señora Potts—¿Cómo se le ocurre que esa muchachita tan encantadora pueda estar encerrada como una delincuente? ¿y para qué mandarla al pueblo? ¡ni siquiera sabemos si su familia es de ahí!
—Podríamos investigarlo, quizá su padre la está buscando. En caso de que se vaya, nos encargaríamos de que fuera en la situación más segura—agregó Lumiére.
—Sigue siendo peligroso. El amo debe aprender a comportarse con ella.
—La doncella también debería aprender a comportarse mejor—dijo Ding-Dong—Es demasiado obstinada. El amo no está acostumbrado a tratar con personas así. Quizá si le decimos que actúe más condescendiente ella…
—No lo hará. Tiene un carácter fuerte y firme, igual que el amo.
—Los dos deben aprender a convivir.—Lumiére suspiró pesadamente—Aunque sabe Dios que eso será demasiado complicado ¡no pueden estar en una misma habitación sin que empiece a sentirse una enorme tensión!
La señora Potts saltó hacia la mesa, donde estaban terminando de acomodarse los pastelitos que acompañarían al té. Revisó que todo luciera bien y mandó traer el carrito para poder desplazar los alimentos.
—Cuando esa doncella llegó, pensé que ella podría romper el hechizo—decía Ding-Dong con un tono triste—Pero ahora, después de todo lo que ha pasado, temo que no pueda ni siquiera ser amiga del amo.
—Ten un poco más de fe en ellos mon mie. Después de todo, el amo la salvó de los lobos. Creo que aunque se resiste, siente algo de preocupación por la doncella.
—Yo me preocupo más allá que eso—la señora Potts tomó la palabra mientras revisaba que nada faltara en el carrito de servicio—Esa niña es el primer contacto humano que el amo tiene en años. Y lejos de ser reconfortante, le está resultando una pesadilla. Entiendo que no es como las mujeres que él estaba acostumbrado a tratar, pero me desconcierta que tenga tan poca tolerancia hacia otra persona. Pareciera que la odiara por el sólo hecho de existir.
—Había notado un poco de ese comportamiento, pero no quise decir nada. Como el amo siempre ha tenido un carácter difícil, asumí que eso volvía más complicada su relación con madmoiselle Belle.
—Aunque los dos tienen un punto, debo darle algo de razón a Lumiére—el mayordomo de la casa lo señaló para enfatizar el punto—El amo salvó a la doncella de los lobos, y no tenía razón alguna de hacerlo.
—Y Belle lo curó, aún cuando él fue tan grosero con ella.
—Quizá la doncella no sea la que rompa el hechizo—dijo Lumiére—Pero puede terminar siendo una buena amiga del amo. Después de tantos años aislado ¿no creen que es natural que le cueste trabajo adaptarse a una persona?
—Y las mujeres son por sí solas demasiado complicadas.
—Hombres—la señora Potts se meneó en un gesto desaprobatorio—Tal vez tengas razón. El amo tiene un buen corazón, y esa niña es muy noble e inteligente. Quizá conforme vayan interactuando puedan tener una relación más normal.
La señora Potts saltó sobre el carrito de servicio dando indicaciones de dirigirse a la habitación de Adam. Poco después Lumiére salió de la cocina en dirección al comedor, para revisar los candelabros, y Ding-Dong se fue murmurando sobre diferentes quehaceres que debía realizar antes de la cena.
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Adam estaba reclinado en la puerta, siendo lo más silencioso posible. Su intención era pedirle a la señora Potts que preparara una tarta de frutas para la hora de la cena, pero antes de entrar a la cocina se detuvo y, aprovechando que nadie había notado su presencia, escuchó toda la conversación de sus sirvientes.
Muchas veces ellos no le decían de frente lo que pensaban por temor a cómo iba a reaccionar. Ya desde hace varios años, Adam había aprendido a esconderse para escuchar lo que ellos realmente pensaban. A veces encontraba buenos consejos y puntos de vista, pero nunca le gustaba admitirlo. Su padre decía que los príncipes jamás toman los consejos de gente de menor rango social, sólo aceptan los de aquellos que son más ricos que uno. Pero no necesitaba odiar a su padre para saber que se equivocaba ¿quién mejor que la señora Potts para darle una cariñosa amonestación cuando estaba siendo más desconsiderado de lo usual? Aún así, procuraba no dejarles ver cuánto poder tenían sobre él. Era cuestión de orgullo, se decía a sí mismo, pero en el fondo la más grande las inseguridades lo atormentaba todas las noches, sin apenas dejarle dormir.
Miró su brazo derecho, donde aún estaban los vendajes que Belle le había colocado. Recordaba la manera tan delicada, casi cariñosa, en que ella limpió esos cortes, aplicando medicina y cubriendo la herida. Ella le había agradecido de manera sincera por haberla salvado, haciendo uso de un comportamiento que no recordaba haber visto en ninguna persona, ni siquiera en sus sirvientes durante toda la vida. Era una chica rara, pero noble en el fondo.
Quería que se fuera porque su presencia sacaba lo peor de él. No tenía la educación ni de sus sirvientes, que sabían satisfacer sus deseos, ni de las nobles con las que acostumbraba salir, que siempre se esforzaban por engrandecer su ego. Las mujeres debían ser sumisas, obedientes, bien portadas y bien vestidas, dispuestas a todo para hacer que los hombres se sintieran a gusto cuando estaban cerca. Esa muchacha era testaruda, voluntariosa y decidida, y aunque era más hermosa que cualquier otra princesa, le importaba más platicar con los sirvientes que peinarse a la moda.
La señora Potts tenía razón en decir que ella no era para nada como las mujeres que él acostumbraba a tratar y, si debía ser sincera consigo mismo, nunca había considerado eso como un factor determinante a por qué tenía tan mala relación con la chica. Daba por sentado que todo era culpa de ella, pero las palabras de sus sirvientes le hicieron pensar que quizá él no estaba haciendo gala de su comportamiento más caballeresco.
Además, ahora que recordaba, siempre encontró aburridísimas a esas princesas y duquesas parisinas, con enormes pelucas, finos vestidos, olorosos perfumes y espantosamente frívolas. Eran tan bobas y sumisas que uno podía insultarlas sin que por eso ellas dejaran de sonreír, lo cual después de un tiempo encontraba vacío, exasperante y banal. En cambio, esta muchacha se enfadaba hasta que su rostro se volvía rojo cuando él la insultaba, y le regresaba unas palabras mordaces y directas que en nada se relacionaban con los barrocos modales de París. Esta mujer era inteligente, y nunca callaba sus opiniones. Le desesperaba demasiado, pero quizá Lumiére tenía razón, y si interactuaba más con ella podría tener una mejor relación.
Deseaba que ella se marchara porque no soportaba la idea de fracasar tan estrepitosamente en sus relaciones humanas, pero la señora Potts tenía razón, él debía encontrar una manera de acercarse a la muchacha. Nunca sería el amor de su vida (¡era una simple campesina!) pero podría ser una buena amiga. Tras tantos años de soledad, la palabra amistad sonaba como un oasis paradisiaco.
Con esos pensamientos en mente, caminó hacia su alcoba. Para ese punto la señora Potts debió haberle dejado el té y algún pastelillo. Podría comer y pensar mejor en la comodidad de sus habitaciones, antes de la hora de cenar.
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—¡Es impresionante!—dijo Belle, emocionada—Eres demasiado rápida, pero tu forma es tan elegante. Pareces un puñado de magia que flota en el aire.
Plumette se encogió, de tener mejillas estaría completamente ruborizada, y le hizo un ademán de agradecimiento.
—Merci madmoiselle—le dijo—Sólo cumplo con mi trabajo.
—Es que el verte limpiar me resulta maravilloso.—Belle se inclinó, estirando un brazo hacia ella—¿puedo?
Plumette cerró la distancia entre ella y la mano de la muchacha, dejando que tocara sus plumas, perfectamente suaves y sin rastro de polvo. Era consecuencia de la misma magia que le permitía flotar de un lado al otro, limpiando todo con su presencia.
—Disculpa mi atrevimiento. Es sólo que tu compañía anima mucho mis tardes.
—¿Y la mía no, Belle?
Miró a la pequeña taza, que se movía con gesto ofendido. Plumette se rió y voló hacia el niño.
—Claro que me encanta tu compañía Chip—le dijo Belle—Sólo que es una compañía diferente.
—¿A qué te refieres?
—No seas celoso pequeño—le reprendió Plumette en tono amable—Sabes que la señorita Belle adora escuchar tus cuentos.
—¿Enserio lo haces, Belle?
—Desde luego Chip.
—¡Qué bien, porque se me ocurrió uno justo esta mañana! Verás, trata de un perro que no podía ladrar porque…
—Oh, Chip ¿cuánto tiempo llevas aquí?—interrumpió la señora Potts, que entró a la habitación en el carrito de servicio—Disculpa si te ha causado alguna molestia Belle.
—Claro que no, de hecho me divierte bastante.
—¿Ves mami? ¡La divierto!
—Me doy cuenta tesoro ¡pero no debes estar aquí todo el tiempo!—le reprendió, señalándole que se subiera al carrito—Anda, debes ayudarme con la cena.
—Pero mamá…
—Sin peros.
Belle sonrió, aceptando la taza de té y el postre que le ofrecía la señora Potts. En eso despertó Madame de Garderobe, cantando como era su costumbre.
—¿Ha pasado algo importante?—preguntó.
—No mucho—le dijo Plumette, volando hacia ella—El maestro te manda sus amores, como siempre. Y Lumiére casi me prende fuego, otra vez.
—¡Oh, mi amore!—decía, con marcado acento italiano—Mio maestro e amante. Mándale todos mis afectos, Plumette querida. Dile que jamás lo olvido. Non ho mai dimenticato il mio amore.
—Claro Madame.
Belle tomó un sorbo de su té antes de hablar.
—Madame Garderobe ¿cómo se conocieron usted y el maestro Cadenza?
El armario se removió con añoranza, y Belle casi juraba que notó una expresión de felicidad entre las maderas y ornamentos.
—¡Oh, hace tanto tiempo, pero parece sólo ayer!—su acento italiano se hacía más marcado conforme hablaba, pero Belle le pudo entender—Entonces era una muchacha que apenas sostenía sus agudos durante cinco segundos, aprendiendo sobre canto en Milán. Un día mi maestro se enfureció conmigo porque no progresaba según lo esperado, y me echó de su estudio. Afuera, estaba aquél delgado y apuesto hombre, con su enorme peluca y saco verde, era molto bello. Me dijo que cantaba hermoso, y para demostrármelo me llevó a su propio estudio, donde tocó solamente para mí. Sus sonidos y mi voz armonizaron tan perfettamente, ¿cómo no iba a ser amor a primera vista?
Belle escuchaba las palabras de Madame mientras se imaginaba sí misma, recorriendo Italia y conociendo ese maravilloso amor del que tanto leía. Parecía escaparse siempre de ella. A veces pensaba que estaba destinada a estar sola, sin un hombre con el cual compartir su vida.
Algún precio se debía pagar por ser ella tan extraña.
—Aburres a la niña con esos detalles Madame—la voz de la señora Potts la hizo regresar a su realidad.
—¡Nadie puede aburrirse cuando escucha sobre il vero amore!
—¿Y qué hay de usted, señora Potts?—preguntó Belle—¿Cómo conoció al señor Potts? Nunca lo he escuchado o visto aquí.
—Él no vive en el palacio, querida—le respondió en tono amable—Pero temo que deberá ser una historia para otro día.
Belle vio a Chip encogerse, quizá por tristeza, y comprendió que no era un tema alegre para la familia.
—Lo siento—murmuró.
La señora Potts no dijo nada, solo le recordó que la cena estaría lista en una hora. Cuando se marchó, Plumette se fue con ella. Madame habló un poco más con Belle antes de quedarse profundamente dormida. La muchacha se quedó otra vez sola, pensando en el amor y en la tristeza, y sobre cuántas historias llevaban cargando sobre sus hombros aquellas simpáticas personas hechizadas que tan amables eran siempre con ella.
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Cuando Belle entró en el comedor, se sorprendió de encontrarse a la bestia ahí, él ya estaba sentado y comía de su servicio. Usualmente ella comía y después, cuando terminaba, él aparecía, para no compartir la mesa con ella. Era una especie de coreografía que habían perfeccionado los últimos días.
—Disculpe—le dijo—Bon appetit.
Antes de que pudiera salir, él la detuvo.
—Merci. No tiene que irse. Puede comer aquí, si quiere.
Recelosa, Belle miró la vajilla que ya había sido colocada para ella en el otro extremo de la mesa.
—¿No le molestaría?
—No.
Iba a preguntarle más, pero decidió no discutir. En su mente aún desfilaban las palabras de Madame y la señora Potts, haciéndola sentir más nostálgica por su hogar. Tomó asiento y, tras agradecer, comió en perfecto silencio.
Nadie dijo ni hizo nada. La situación era incómoda, pero se esforzaron en hacerla ver lo más natural posible. Una vez que terminó de comer, Adam se puso de pie, amablemente se disculpó y se marchó. Belle estaba atónita, él nunca era así de amable con ella, pero no tenía muchas ganas de pensar en esa ocasión. Solo terminó de comer y también se marchó.
Lumiére y Ding-Dong, que habían presenciado todo, se miraron extrañados. No sabían si esa incómoda y silenciosa cena era mejor que los insultos y las peleas. Ya fuera un extremo u el otro, esa pareja parecía no tener nada en común que las pudiera estar en una misma habitación.
Quizá hasta desear una amistad entre esos dos era pedirles demasiado.
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Belle recién salía de su alcoba, era muy temprano por la mañana en un día nuevo, y la noche anterior Madame había conseguido contarle más anécdotas de su noviazgo con el maestro Cadenza, cuando recorrieron casi todo el norte de Italia: Venecia, Trento, Turín, Verona… esas historias le recordaron su obra favorita de Shakespeare, y llevaba toda la mañana intentando recordar sus partes favoritas.
—No jures. Aunque me llene de alegría el verte, no quiero esta noche oír tales promesas que parecen violentas y demasiado rápidas. Son como… son como…
Frustrada, la chica volvió a recitar la escena desde el principio ¡Era tan frustrante no tener sus libros a la mano, ni los de la librería del pueblo! Extrañaba el olor a cuero de esas encuadernaciones, y la textura rasposa de las hojas más viejas.
—…parecen violentas y demasiado rápidas. Son como… son como…
—Son como el rayo que se extingue, apenas aparece. Aléjate ahora: quizá cuando vuelvas haya llegado abrirse, animado por las brisas del estío, el capullo de esta flor. Adiós, ¡ojalá caliente tu pecho en tan dulce clama como el mío!
Asustada, Belle miró a la bestia. No se había dado cuenta que estaba frente a la puerta del comedor, y de que él había llegado casi al mismo tiempo que ella. Adam había escuchado los intentos de aquella muchacha por recitar una obra de Shakespeare. No era su favorita, pero se acordaba de ella, y decidió ayudarla.
—Disculpa, no te escuché—le dijo Belle.
—Yo sí, desde las escaleras.
—Yo…
—Es extraño que una chica de campo conozca algo de Shakespeare—aunque no lo pretendía, su tono sonaba pedante—¿son historias que cantaban en tu pueblo?
Con el ceño fruncido, Belle no hizo nada por ocultar su molestia ante esos comentarios.
—Leí Romeo y Julieta hace mucho tiempo, y es mi obra favorita—le respondió—Pero también he leído más cosas.
—¿Enserio? ¿Cómo qué cosas?
En el fondo, Adam no le creía ¿qué iba a saber esa campesina sobre clásicos?
—Leí Macbeth, Hamlet y el Rey Lear. También los viajes de Marco Polo y obras de Petrarca. He leído…
—¿Los viajes de Marco Polo?
—Sí—lo miró desafiante—¿Por?
Adam rio en voz baja.
—No me imagino a una campesina leyendo clásicos.
Ofendida, Belle cruzó los brazos.
—Mi papá me enseñó a leer con esos libros.
—Aunque me cuesta creerte, hace poco estabas intentando recitar a Shakespeare. Supongo que sabes algo después de todo…
—¿Intentando dices?
—De no haberte ayudado, no habrías terminado el fragmento.
—¡Eso es porque llevo aquí encerrada semanas!—le reclamó—Llevo tanto tiempo sin leer, que me cuesta recordar las palabras.
—¿Y qué culpa tengo yo de que no se te ocurra ir a la biblioteca?
—¿Tienes biblioteca?
Repentinamente tenso, Adam la miró fijamente, sabía que sus expresiones no la intimidaban, pero al menos intentaba sonar firme.
—Sí. Pero no dejo que nadie entre ahí.
Belle suspiró, su orgullo iba a dolerle después de esto, pero llevaba tanto tiempo sin leer y extrañaba tanto el olor de los libros….
—Por favor—le dijo, en tono suplicante—Me encantaría leer nuevamente. Me siento muy sola a veces, y los libros son una excelente compañía. Yo…
—No.
Aunque notó el tono determinante en su voz, Belle no se rindió ¿cómo iba a hacerlo? Los libros habían sido durante años sus únicos amigos. La idea de tener una biblioteca en ese mismo palacio, al alcance de sus manos, la hacía sentirse esperanzada de que al menos encontraría algún consuelo en su cautiverio.
—Sé que me ves sólo como una tonta campesina, pero te juro que no lo soy. Si te hace sentir más tranquilo, prometo que sólo leeré lo que me permitas. Pero enserio, por favor, déjame leer algo.
Adam estaba teniendo un debate interno. Esa muchacha le estaba rogando que la llevara a su biblioteca ¿una chica de campo, que le gustaba leer? Su lado morboso ansiaba ver eso. Pero también se trataba de la biblioteca de su madre, que le traía tantos recuerdos. No quería que nada le pasara nunca a ese lugar.
Sin embargo, el rostro de la muchacha era de absoluta humildad. No recordaba haber conocido nunca a nadie con tantos deseos de leer algo. Era extraño.
Esa chica era tan extraña.
—Bien—le dijo, motivado más por el morbo que otra cosa—Pero sólo cuando esté yo contigo.
—¡Gracias, gracias! ¡Enserio, muchas gracias!
—No digas más—abrió la puerta del comedor—Desayunemos algo, después de eso iremos a la biblioteca ¿de acuerdo?
Belle le dedicó una sonrisa de enorme gratitud, tanta o más como la que le dedicó la noche en que le curó sus heridas por haberla salvado, y entró con movimientos delicados al comedor. En ésta ocasión ella estaba sonriente, emocionada, comía rápido y la silla parecía que no podría contenerla más, parecía una niña pequeña conteniéndose para no abalanzarse sobre los regalos de navidad. Adam sonrió al verla así, tanto era su buen humor que el desayuno transcurrió de manera amena y la chica lo presionó para que se fueran lo más rápido posible.
En otra situación le hubiera acallado o gruñido de mala gana para que lo dejara en paz, pero era de alguna manera reconfortante verla tan feliz. No recordaba haberla visto así nunca, ni a ella ni a nadie más, si debía ser sincero. Cuando llegaron a las puertas, tomó una profunda inhalación y abrió las puertas. Llevaba algo de tiempo sin entrar, por los recuerdos que le ocasionaba, pero algo en su interior le decía que esto valía la pena.
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Cuando se abrieron las puertas y dieron los primeros pasos a la biblioteca, Belle sintió que estaba entrando a una antesala del cielo. Todas las paredes estaban cubiertas con estantes, desde el suelo hasta el techo, con miles y miles de libros de todos los colores y tamaños. Había pinturas de estilo renacentista en el techo, y preciosos ornamentos en las barandillas del segundo nivel. La madera de las estanterías estaba tallada y decorada. Las enormes ventanas tenían cortinas de terciopelo rojo, a juego con el tono de la madera de los estantes y del suelo. Por aquí y por allá había mesas y escritorios perfectos para el estudio.
—Esto es hermoso—dijo, con una enorme emoción contenida en su voz.
Adam la miró detalladamente, tomando nota en todas sus reacciones. Los ojos de Belle brillaban como nunca antes, y estaban humedeciéndose ante la emoción, las mejillas coloradas le confirmaron que pronto empezaría a llorar.
—Sí, supongo.
Conocía el lugar de toda la vida, pero no fue hasta que notó las reacciones de Belle que se percató de toda la belleza artística y arquitectónica de su propia biblioteca. El retrato de su madre, ese que siempre le hacía sentirse melancólico, pasó a un segundo plano, pues ésta vez prestó más atención a las exquisitas decoraciones de las estanterías y del diseño de la habitación.
Si Belle no hubiera reaccionado así, probablemente él nunca se hubiera percatado de cuánta belleza existía sólo en esa parte del castillo.
—Por aquí—le dijo, recordando por qué estaban ahí.
Ella lo siguió con una sonrisa tan enorme, que parecía le indicaba el camino hacia la fuente de la juventud, o la isla del tesoro, o cualquier cosa que para los demás fuera más interesante y valiosa, para todos los demás menos Belle.
—Esta parte del estante son todas las obras de Shakespeare—señaló la zona—Te faltan muchas obras por leer, según lo que me mencionaste. Aquella otra parte del estante es literatura medieval, y la de arriba son obras del renacimiento. Lee esto por ahora, y si te gusta te seguiré mostrando el resto de la biblioteca.
Ni siquiera terminó de dar su explicación cuando Belle se abalanzó sobre la estantería, sus manos recorriendo delicadamente los lomos de los libros para leer los títulos.
—¿Debo leerlos aquí, o puedo llevármelos a mi alcoba?—le preguntó.
—Puedes llevarte un par, si quieres, sólo dime cuáles son.
Belle tomó dos obras de Shakespeare, y el Mío Cid. Él aprovechó para tomar su ejempla favorita de la Divina Comedia.
—Sólo recuerda: no entres a la biblioteca si yo no te acompaño ¿entendido?
Ella asintió, pero estaba tan feliz que esa condición no le afectaba en lo más mínimo.
Adam no se había percatado de que llevaba mirándola mucho tiempo, era casi adictiva, la manera en que sonreía y cómo le brillaban los ojos mientras leía era todo un espectáculo. Llevaba mucho tiempo sin hacer algo que hiciera feliz a alguien más que él. Y la verdad, se sentía demasiado bien, le gustaba esa sensación de calidez en el pecho, de satisfacción y orgullo consigo mismo. Al principio pensaba que podía llevarla a la biblioteca un par de veces a la semana, pero se descubrió a sí mismo pensando que estar con ella algunas horas al día en ese lugar resultaría extrañamente agradable.
Más que agradable.
Sé que es una escena muy diferente a las dos versiones fílmicas, pero considerando lo que escribí en el capítulo anterior, creo que es la manera en que se pudieron desarrollar las cosas. Espero que les haya gustado, y les aseguro que el próximo capítulo no tardará tanto en llegar =D
Gracias por leer!
