Ya sabéis, no poseo ni serie, ni personajes, ni nada.
¡Muchas gracias a todos los que me enviáis reviews y le dais a favorito y demás! ¡Si es que sois amor del bueno! Y, como siempre, os respondo uno a otro a esos comentarios:
* damonftcaroline: Pues, mira, con Wells me pasaba eso al principio, lo que pasa que en la serie acabó siendo el villano. Aquí he decidido que sea bueno y es que Wells me encanta. De hecho, me mola más que Roy, que el pobre es un poco como el ficus humano de Arrow, y a mí también me gusta más con Thea en el fic. Peeero a saber con quién acaba ella.
* OOANDISAOO: ¡Hola! La verdad es que yo también creo que me ha quedado mejor la parte de Barry y Caitlin que la de Felicity y Oliver, también es verdad que, al final, Ollie ha estado más ausente de lo que había planeado en un primer momento. Nyssa y Sara son amor, siempre me lo han parecido y es una pena que en la serie no les hayan dado más cancha. Y Thea está embarazada, sí, lo sabe seguro, así que por ahí no hay equivocaciones. Y, bueno, en cuanto a Slade y Shado pues, ya puestos, decidí escribirles un final feliz, aunque sea en una realidad alternativa ;P
* Hikarilost: Oye, así no tienes que esperar a que vaya publicando capítulos, te ahorras la espera ;) Es que Barry es tan amor que es muy fácil que lo sea en el fic, sobre todo cuando me imagino a Gran Gustin vestido de detective. Ainss, es tan mono.
* Lina: Hola de nuevo, Lina, qué bien saber tu nombre ^^ Ay, pues el final está cercano, no queda mucho. Aún tengo que escribirlo, pero creo que serán 14 capítulos, 15 como mucho, así que enseguida sabréis el final de la historia. Pero, bueno, dada la sequía Snowbarry seguramente acabe escribiendo más fics de ellos. ¡Hostia! Pues no había visto esas fotos, pero van totalmente con la historia. ¡Gracias por pasármelas! Porque así las puedo usar de portada. Muchas gracias, en serio.
* brico4899: Es que a mí Wells también me gusta mucho, es de mis personajes favoritos de The Flash, así que quería que aquí fuera bueno. Además, habría sido muy evidente que él hubiera sido el malo del fic.
Capítulo 12
Total eclipse of the heart
(Eclipse total del corazón)
–Un penique por tus pensamientos –la voz de Caitlin le sobresaltó, aunque lo único que hizo Cisco fue levantar la vista del documento que tenía entre las manos y que no estaba leyendo, pues su fantasiosa mente no dejaba de volver a la misma imagen una y otra y otra vez. Era la imagen de aquella mujer dura y triste de bonitos ojos claros y larga melena castaña. Laurel Lance.
–¿Perdón?
–¿En qué estabas pensando?
–En nada.
–Mentiroso –le sonrió Caitlin con aire juguetón, como si fuera capaz de leer su pensamiento, algo que le violentó ligeramente. Una cosa era que Barry conociera hasta el último recoveco de su carácter, de su forma de pensar, pero otra muy distinta era que lo hiciera aquella señorita. Apreciaba a Caitlin, mas le incomodaba un poco que pudiera conocerle tan íntimamente, que supusiera sus sentimientos. Como Cisco no añadió nada, fue la joven quien retomó la palabra, haciéndolo con un cantarín deje pueril–: Estabas pensando en la señorita Lance.
–Fantasear no le hace daño a nadie.
–Sólo quiero que te conduzcas con sensatez, no sea que te lleves un chasco –Caitlin le miró con dulzura, mientras se apartaba un mechón del rostro–. No quiero que sufras, eso es todo.
–No te preocupes, soy más sensato de lo que parezco –asintió él, antes de estirarse. Llevaba ya un buen rato acomodado en el sillón de la habitación del hospital y su cuerpo empezaba a acusar el anquilosamiento de no cambiar de postura. Se revolvió un poco, antes de ponerse en pie para pasearse por la estancia; al arremangarse, comprobó el reloj de su muñeca–. Barry lleva un buen rato fuera.
–Imagino que la señorita Lance tendría algo importante que decirle y esas cosas suelen llevar tiempo –dijo Caitlin, mas su rictus levemente preocupado dejaba claro que no las tenía todas consigo–. Vaya... –frunció el ceño, inclinándose sobre un informe que tenía entre las manos–. Cisco, ¿puedes acercarte un momento?
–¿Qué ocurre?
–No sé si tiene que ver con el caso, pero me resulta curioso –le tendió el documento que había estado leyendo, era un informe policial–. La mujer de Malcolm Merlyn murió en un atraco en los Glades. La policía encontró al culpable y lo detuvo, aunque poco después también murió en prisión.
–Un atraco en los Glades que sale mal no es tan raro, Caitlin.
–¿Pero qué haría la flamante esposa de un empresario de éxito en los Glades? No tiene mucho sentido, a menos a priori –objetó la joven, mordiéndose el labio inferior–. Y, por lo que tengo entendido, los Merlyn y los Queen han sido amigos íntimos desde prácticamente tres generaciones. Thea me comentó que Tommy era como un hermano para ella, que se criaron juntos –Caitlin se encogió de hombros, reflexiva–. No sé, es como si la muerte envolviera a esas dos familias ya unidas de por sí. Me pregunto si será casualidad...
Cisco fue a considerar su punto de vista, cuando alguien llamó a la puerta con delicadeza. Durante un primer instante, pensó que sería Joe, que había acudido para relevar a Barry, pero no tardó en comprobar que se trataba de la señorita Lance de nuevo. Al verla, volvió a experimentar aquella calidez infinita, aquella fascinación que la mujer le despertaba, pues Laurel Lance le parecía un ser impresionante y complicado, un misterio que desentrañar.
–Lamento molestaros de nuevo –aunque habló con suavidad, quedó patente que estaba tensa, por lo que Cisco frunció el ceño–. ¿Podría hablar con usted a solas, señor Ramon?
Caitlin le dedicó una mirada cargada de intención, que a Cisco le recordó al comportamiento de las niñas en los colegios, por lo que se sintió hastiado. No obstante, en lugar de decirle nada al respecto, únicamente asintió y salió al pasillo, donde la señorita Lance se dejó de contenciones y se dedicó a pasear de un lado a otro, nerviosa, lo que le hizo preocuparse.
–¿Qué ocurre, señorita Lance?
–Creo que he metido la pata. Tenía la vaga esperanza de que el señor Allen estuviera aquí, mas ya he comprobado que no es así –se detuvo, pasándose una mano por su ondulado cabello–. Usted que le conoce bien, ¿diría que el señor Allen es impulsivo y temerario?
–Ciertamente no son dos palabras con las que definiría a mi socio, pero, si algo he aprendido siendo detective, es que cualquiera puede cambiar con la motivación adecuada.
–¡Ay!
–Señorita Lance, ¿me va a contar lo que ocurre? No podré ayudarla si no lo sé.
–He estado investigando por mi cuenta –admitió, frotándose un dedo con nerviosismo, aunque clavó sus claros ojos en los de Cisco, visiblemente angustiada–. Y he descubierto que Harrison... el señor Wells, el representante, ya sabe. Bueno, Harrison fue considerando sospechoso de la muerte de Nora Allen y así se lo referí al señor Allen. No podía ocultarle algo así... y ahora me temo que he metido la pata. ¿Cree que estará metiéndose en algún lío?
–Desde luego que sí –admitió Cisco, notando que el estómago se le encogía. Se pasó ambas manos por el pelo, antes de volverse hacia la habitación–. Si conozco a Barry y, créame, le conozco bien, habrá ido a aclararse. Sin embargo, va a acabar en el Verdant para enfrentarse al señor Wells... y no sé qué hará entonces –hizo una pausa, quedándose quieto junto a la puerta cerrada–. Bueno, no hará nada porque voy a estar ahí para impedírselo.
–¡Voy con usted!
–No es necesario...
–Yo he creado este lío innecesario, lo menos que puedo hacer es ir con usted, señor Ramon –declaró la señorita Lance con decisión.
–Como quiera.
Cisco le indicó que le aguardara, antes de entrar a la habitación de Caitlin para recuperar su sombrero y su gabardina. La dejó repasando documentos, indicándole que la señorita Lance tenía un problema personal, antes de marcharse a la planta baja. Una vez ahí, telefoneó a Joe para que acudiera a relevarle, mientras repetía la mentira de que la señorita Lance necesitaba la ayuda tanto de él como de Barry. No quería preocupar a ninguno de los dos: a Caitlin porque no podía abandonar la cama a la que la herida de bala tenía confinada, a Joe porque sabía que el asesinato de Nora era un tema espinoso que siempre le afectaba demasiado.
Después, la señorita Lance y él se encaminaron hacia los Glades caminando, pues no vieron ningún taxi. A Cisco le sorprendió la falta de movimiento en la calzada, ya que el hospital era un lugar donde siempre había un gran vaivén de idas y venidas. Al principio, lo achacó a la casualidad, aunque después empezó a pensar que algo no iba bien, sobre todo cuando sospechó que les seguían. Por eso, se juntó a la señorita Lance todo lo posible, mientras bajaba la voz:
–¿Puede hacerme un favor?
–Claro.
–Finja que se le sale un zapato –la señorita Lance frunció el ceño, confusa, aunque no tardó en hacer como que perdía el equilibrio. Cisco la cogió del codo, como si la estuviera sujetando y, mientras ella se colocaba el zapato de tacón de nuevo, él se volvió para comprobar que dos hombres se habían detenido a un par de metros. Supuestamente estaban hablando entre ellos, mas Cisco los había visto caminar en su misma dirección–. No se asuste, señorita Lance, pero creo que nos siguen.
La mujer cerró los ojos un instante y, cuando los volvió a abrir, lo hizo con gravedad, algo que se vio reflejado en el tono de su voz:
–Amanda Waller.
–¿Malcolm Merlyn? –repetí, parpadeando sin parar. Me revolví el pelo, con los nervios a flor de piel, pues de repente me volvía a sentir tan perdido como cuando era un niño que acababa de perder a su madre–. ¿Qué tiene que ver Malcolm Merlyn con todo esto? Espera... por eso no quiso ayudarlo cuando Tommy se lo pidió, ¿verdad? Porque sospecha que fue él quien mató a mi madre.
–Cuando conoció a tu madre, Barry, Malcolm ya era viudo. Su mujer, Rebecca, murió en un atraco en los Glades. Ella provenía de una familia humilde, así que en vida luchó por intentar igualar la situación de todos los barrios de Starling City. Ella quería ayudar, que no existiera la miseria y, a cambio, la asesinaron –el señor Wells agitó la cabeza de un lado a otro, apenado–. Es una triste historia, desde luego. Injusta, también. Por lo que descubrí al trabar amistad con Tommy, la muerte de su esposa trastocó a Malcolm. Según Tommy, aquel día no sólo perdió a su madre, sino también a su padre. No volvió a ser el mismo.
–¿Se hizo amigo de Tommy para investigar a su padre?
–Era lo único que podía hacer.
Asentí con un gesto, sin saber exactamente qué sentir. Por un lado, seguía sin entrarme en la cabeza –y, de hecho, no es que me gustara– que Harrison Wells hubiera estado tan enamorado de mi madre; por otro, era increíblemente bonito que llevara todo aquel tiempo intentando esclarecer su asesinato.
–Sin embargo –prosiguió Wells, levantándose de la silla que había estado ocupando durante toda la conversación. Fue directo al mueble bar, donde se sirvió una copa y, de hecho, hizo mención de ponerme a mí otra, aunque la rechacé. Por mucho que la cabeza estuviera a punto de explotarme, necesitaba estar lo más centrado posible en todo aquello–, he de admitir que apreciaba genuinamente a Tommy. Era un gran hombre. Ya te lo dije, Barry.
–¿Descubrió algo?
–No gracias a Tommy, creo que él no sabía nada, pero Malcolm Merlyn colabora con las familias. Bastante irónico si tenemos en cuenta que ellas son las que mayor provecho sacan de la desigualdad en esta maldita ciudad.
–A ver que me quede claro –me pasé una mano por el cuello, intentando juntar todas las piezas de la teoría de Wells–. Usted cree que el asesinato de mi madre fue un acto pasional. Malcolm Merlyn se enamoró de mi madre o, quizás, traspasó los sentimientos que tenía por su difunta mujer a mi madre. Y, cuando ella le rechazó, no pudo soportarlo y pensó eso de "si no es mía, no es de nadie".
–Es lo que llevo pensando durante todos estos años, sí.
–¿Y qué ocurre con lo demás? ¿El asesinato de Sara Queen? ¿El de Tommy Merlyn?
–Ya te lo dije una vez, Barry: yo no tengo nada que ver con nada de lo que está sucediendo –se estiró, deslizando los dedos de su mano derecha por su nuca–. Mira, Barry, no soy un asesino. Tengo muchos defectos, pero no soy un asesino y nunca le haría daño a nadie a quien aprecio y te aseguro que tanto Sara como Tommy eran buenos amigos míos –Wells exhaló un suspiro–. No sé quién lo hizo, no tengo ni la más mínima idea. Mantendré los ojos abiertos y te ayudaré en todo lo posible, pero yo no fui. Nunca lo haría.
Le creí. Quizás era porque por fin sabía qué había estado ocultándome, quizás porque su confesión nos había unido en cierta manera, pero le creí sin reservas. Eso sí, seguía necesitando algo de tiempo para asumir todo, por lo que nos quedamos en silencio, seguramente cada uno perdido en sus propios problemas.
Al final, decidí que el caso de mi madre podía seguir esperando. A fin de cuentas, mi madre ya estaba muerta e iba a necesitar una confesión para liberar a mi padre de la cárcel. En cambio, el asesino de Sara Queen y Tommy Merlyn no sólo seguía libre, sino que había intentado acabar con Caitlin y ella seguía viva, así que podía intentar atacarla a ella... o a alguien más.
–Esto es lo que vamos a hacer –dije entonces, captando la atención de Wells–. Vamos a dejar aparcado el asesinato de mi madre por ahora...
–Pero... –empezó a protestar.
–Sé que usted se preocupa por Caitlin, también creo que se preocupa por Thea Queen. He visto cómo la trata –maticé con suavidad, intentando hacerle razonar. Yo mejor que nadie sabía lo que era dejarse arrastrar por el pasado, perdiendo la perspectiva y, por tanto, lo que importaba en el presente–. El asesino ya ha atacado a Caitlin y la señorita Queen podría ser otro objetivo. Tenemos que protegerlas. A ellas podemos salvarlas, Harrison. Si atrapamos al asesino de Sara Queen y Tommy Merlyn.
Wells se terminó la copa, antes de asentir con un gesto.
–Tienes razón. Bien, ¿cómo puedo ayudarte?
–Mi socio y yo creemos que intentaron eliminar a Caitlin porque fue testigo de algo importante, aunque ella no lo consideró tal. Por eso, una vez estuvo fuera de peligro y más o menos recuperada, le hice contarme con pelos y señales lo que ocurrió la noche en que Sara Queen murió. Hubo dos cosas que nos llamaron la atención: una, su negativa a ayudar a Malcolm Merlyn...
–Imagino que fue Caitlin quien reparó en eso.
–Según ella, usted ayuda a todo el mundo.
–¿Y la segunda cuestión?
–Roy Harper le prestó un mechero que no debía de pertenecerle. Según Caitlin, era de oro macizo y tenía las iniciales R. P. ¿Y si son las iniciales del asesino? ¿Y si es lo único que le relaciona? Sé que es una posibilidad remota, pero es lo único a lo que puedo encontrarle sentido ahora mismo. Además, sé que parece una tontería, pero tengo un pálpito.
–Hay muchos habituales que responden a esas iniciales –Wells se acarició la barbilla, antes de dejar el vaso vacío en el mueble bar–. Creo que lo mejor será que hable con el señor Harper. Está abajo, hoy tiene turno.
Oímos un ruido, por lo que ambos nos giramos. Para mi sorpresa, Thea Queen surgió de detrás de la puerta de entrada con una sonrisa de disculpa flotando en sus labios. Frente a mí, todavía reclinado contra el mueble, Harrison Wells no parecía demasiado asombrado. No, si cualquiera estaba siendo más espabilado que yo. Estaba en horas bajas, lo que era más que evidente... al igual que el hecho de que había algo entre la señorita Queen y Wells que se escapaba a mi conocimiento.
–Bueno, creo que debo irme a hacer unas preguntas –carraspeé, sintiéndome un poco incómodo ante tal muda intimidad. Me giré momentáneamente hacia aquel curioso hombre que tanto me había ayudado–. Gracias por todo, señor Wells. Le mantendré informado de mis avances.
–Como quiera, Barry. Y, por cierto, puede tutearme.
Asentí con un gesto, antes de dirigirme hacia la salida. Al cruzarme con la señorita Queen, me despedí con un leve ademán y salí disparado escaleras abajo rumbo hacia la barra. Me acomodé en uno de los taburetes, justo cerca de donde Roy Harper estaba preparando un cóctel con maestría. Cuando terminó de agitar el metálico vaso mezclador, dividió el líquido entre dos copas, que otro camarero se llevó hacia una mesa; fue entonces cuando el señor Harper reparó en mi persona.
–Buenas noches, señor Allen –me sonrió, acercándose a mí–. ¿Qué le sirvo?
–¿Qué era eso que estaba haciendo?
–Bloody Mary. ¿Quiere uno?
–Claro.
–Marchando.
–Y también querría algunas respuestas, si no es mucha molestia, claro –dije con educación, mientras el señor Harper vertía vodka en el vaso mezclador. Asintió, antes de alargar el brazo para hacerse con un líquido rojo, que debía de ser zumo de tomate–. Ayer por la noche Caitlin fue víctima de un ataque...
–¿Qué? –el señor Harper se detuvo en seco–. ¿Pero está bien?
–Sí, sí, no se preocupe, está perfectamente –el joven respiró aliviado, antes de seguir con el combinado–. La cuestión es que volví a hablar con Caitlin al respecto de la noche en la que halló el cadáver de Sara Queen. Al oír su historia me ha sorprendido que usted tuviera un mechero de oro macizo con unas iniciales. ¿De dónde lo sacó?
–Se lo dejó olvidado un cliente, ya no lo tengo –respondió el señor Harper, colocando un tallo de apio en el vaso; me tendió el combinado, mientras se encogía de hombros–. Pero, si le sirve, le puedo decir a quién le pertenece.
–Me ayudaría mucho.
–A Ray Palmer, estuvo jugando al póquer durante toda la noche. Le fue bastante bien, creo recordar –el señor Harper entrecerró los ojos con aire pensativo, como si estuviera haciendo un esfuerzo por acordarse de aquella velada en particular–. Tuvo que marcharse con rapidez, ya que se le había hecho tarde y se olvidó el mechero. Lo recogí, justo cuando Caitlin me pidió uno, así que se lo presté. Yo no fumo. No tengo demasiado tiempo, ni dinero como para gastarlo en tabaco.
–Gracias, señor Harper –me llevé el vaso a los labios, probé el Bloody Mary y no pude más que asentir–. Muy rico.
El joven camarero volvió a sonreírme y se alejó de mí para atender a su compañero. Mientras ellos se encargaban de su trabajo, yo me quedé pensando en el nombre que acababa de escuchar. Ray Palmer, otro que parecía estar en medio de todo. Me parecía que había llegado la hora de hacerle una visita al más nuevo y prometedor empresario de Starling City, aunque, antes, tenía que pasar la noche con Caitlin en el hospital. No pensaba dejarla sola hasta que todo aquello se solucionara.
No había sido su intención espiar.
Había acudido al Verdant para hablar con Roy, ya que a fin de cuentas era el padre del hijo que estaba esperando, pero, una vez más, habían terminado discutiendo. Por eso, sintiéndose alterada y sola, se había encaminado hacia el despacho de Tommy para recordarle, para poder experimentar algo parecido a la seguridad y al calor familiar, pues aquella estancia había sido casi un refugio para ella.
Y cuál había sido su sorpresa al acercarse y percibir una conversación. Reconoció la voz de Harrison al instante, aunque no así la otra. Y entonces la curiosidad le pudo, por lo que se quedó escuchando detrás de la puerta como una vulgar portera. Por eso, cuando fue descubierta por un error idiota –había perdido el equilibrio al estar distraída, de ahí que se hubiera agarrado a la puerta para no caer–, se sintió horriblemente mal, incluso rastrera.
–No quería... –comenzó a decir en cuanto se quedaron a solas.
–No pasa nada, Thea –Harrison negó con la cabeza, increíblemente tranquilo, algo que la sorprendió; el asombro no se debía a que perdiera los estribos con facilidad, puesto que no era así, sino a que siempre había sido tan celoso de su vida privada que no podía creerse que se estuviera tomando así su falta–. ¿Te encuentras bien?
–Eh... sí... Pero, Harrison, yo...
–Ya sé que era demasiada tentación, es lo que ocurre cuando uno tiene esa fama de hombre misterioso y oscuro –moduló la voz como si fuera un actor de radionovela, antes de soltar una carcajada extraña–. Aunque, la verdad, me hubiera gustado decidir cuándo contarte mi historia.
–¿Me la habrías contado?
–¿A ti? Claro que sí. Algún día. Te aprecio, Thea. Confío en ti.
Harrison se pasó una mano por el rostro, antes de girarse de nuevo hacia el mueble bar, donde se sirvió una nueva copa. Thea se frotó las manos con suavidad, sin dejar de mirarle, dándose cuenta de que se sentía realmente abatido. Nunca le había visto así. No sólo afectado, sino... vulnerable, como si al fin se hubiera olvidado de lucir la armadura con la que se protegía constantemente. Por lo general era Harrison el que permanecía sereno, el que la consolaba, aunque no por eso le resultó extraño el cambio de tornas.
De hecho, antes de que él pudiera añadir algo más, antes de que la razonable decencia se apoderara de ella, se dejó llevar por lo que el corazón le dictaba y se abalanzó sobre Harrison para abrazarlo. Hundió el rostro en su pecho, aspirando aquel leve aroma a elegante colonia que le caracterizaba.
Al principio, Harrison se quedó estático, como si no supiera cómo reaccionar, aunque al final la envolvió suavemente con los brazos. Thea se quedó ahí, sintiéndose extrañamente a gusto, como si aquel fuera su lugar en el mundo. La idea afloró en su mente con tanta naturalidad con la que una flor se abría en verano. Y fue eso lo que más la perturbó, cuando fue plenamente consciente de lo que ese pensamiento significaba, pues demostraba que la relación entre Harrison y ella era algo más que la de dos personas que trabajaban juntas.
Sin embargo, pese a todo, Thea no se movió, pues lo primordial era consolar a Harrison, hacer que dejara de estar tan triste al recordar lo que había amado y perdido.
–Lamento que tuvieras que pasar por eso. No te lo mereces.
–Prácticamente nadie se merece su destino, Thea –Harrison se separó de ella, clavando la mirada en la suya sin que le importara el poso de tristeza que aún permanecía en el azul de sus ojos. Sonrió lacónicamente, mientras alzaba una mano para apartarle un ondulado mechón de pelo detrás de la oreja–. Pero no te lamentes por mí, ya no merece la pena. Lo que pasó, pasó y ahora estoy mejor.
–Me alegro. De verdad.
–¿Cómo están las cosas en casa? ¿Mejor?
–Mi madre está más tranquila –reconoció con un gesto aliviado, pues el que su situación se hubiera arreglado un poco la serenaba sobremanera–. Creo que no me va a perdonar que la haga sentirse mayor, pero la idea de tener un nuevo miembro en la familia le hace ilusión –curvó los labios en una tímida sonrisa–. Gracias por hablar con ella.
–No fue nada.
–Siempre cuidas de mí, Harrison.
Él hizo un gesto para restarle importancia al asunto, aunque en aquella ocasión Thea no lo tomó en serio, pues sabía que era algo de enjundia. Quizás se debía a que, por primera vez en toda su vida, se sentía sola, casi desamparada, pero en aquel momento apreció como nadie el que alguien estuviera ahí para ella absolutamente siempre. La gratitud la inundó, quizás algo más que no supo definir, pues volvió a lanzarse en brazos de Harrison para estrecharle entre los suyos.
Al separarse, todavía ligeramente confusa por lo que acababa de pasar, su rostro rozó el del hombre. Se quedaron muy quietos, separados por un grosor tan nimio que se asemejaba al de una hoja de papel. El corazón de Thea se disparó, lo que la cogió tan desprevenida, que se echó hacia atrás con rapidez, confusa.
Ella quería a Roy, por mucho que Roy fuera un bruto idiota, así que... ¿por qué acababa de sentirse así en compañía de Harrison? ¡No entendía nada!
–Eh, yo... tengo que irme –logró decir, echando mano de su aplomo de actriz; se dijo que sería la actuación de su vida, pues representó una calma que, desde luego, no sentía, pues su corazón seguía latiendo con tanta fuerza que tenía la sensación de que le estaba golpeando las costillas–. Tengo que ir a buscar a Roy, sí... Eso. Yo... me voy. Si me necesitas, pues... búscame. Buenas noches, Harrison.
Se despidió con un gesto y abandonó el despacho lo más rápido que pudo. En cuanto la puerta se cerró, Thea se recostó en ella, llevándose una mano al pecho. Se observó a sí misma, poniendo los ojos en blanco, pues aquel gesto le recordó al dramatismo de alguno de los personajes que había interpretado.
–¿Estás bien?
–¡Ay, Roy, qué susto me has dado, por amor de Dios!
El joven de los ojos bonitos sonrió y el mundo volvió a parecer cálido, seguro, lo que ya no sabía si era bueno o sencillamente conocido. Roy, ajeno a la turbación que la estaba inundando, enlazó sus dedos con los de ella.
–Estás muy guapa cuando te asustas.
–No me vengas con esas, zalamero. No esta noche.
Al recordar la discusión, se soltó para bajar las escaleras con rapidez. A sus espaldas, Roy miró a ambos lados, como cerciorándose de que nadie reparaba en ellos y la siguió hasta la planta baja.
–Vamos a nuestro rincón, por favor, Thea, quiero hablar contigo.
–Pues yo no quiero. Estoy cansada de discutir.
–Te prometo que no discutiremos. Por favor, dame una oportunidad.
Se colocó frente a ella, mirándola con aire suplicante, algo a lo que Thea nunca había sido capaz de negarse. Por eso, asintió y se dirigió hacia la puerta de personal, a sabiendas de que Roy acabaría siguiéndola. Caminó hasta el callejón al que daba la puerta trasera, el mismo lugar donde le había dado la buena nueva a Roy y que, por más que ella quisiera, no lograba recuperar el encanto que había tenido. Cada vez que se hallaba en aquella calle oscura, casi en penumbra, no dejaba de pensar en Sara ahí tirada, lo que le rompía el corazón.
Una vez más, fue Roy quien la rescató de sus deprimentes pensamientos al aparecer con una sonrisa torpe, un tanto tímida, como si temiera que todo se fuera a derrumbar en cualquier momento. Y Thea, por su parte, no pudo más que devolverle el gesto, intentando suavizar la situación; siempre había sentido debilidad por Roy, sobre todo cuando se mostraba tan vulnerable.
–Tan encantadora bajo la luz de la luna como bajo la de los focos.
–No me seas zalamero, Roy. Te lo he dicho antes.
–Es verte y me sale solo, no puedo evitarlo –el joven se encogió de hombros, antes de acercarse a ella para tenderle un pequeño paquete cubierto con un lazo y un bonito papel–. Quería regalarte algo.
Thea le miró fijamente unos instantes y, al final, aceptó el presente con curiosidad. Lo abrió haciendo gala de su habitual delicadeza para descubrir un pequeño y humilde sonajero que le hizo sonreír. Roy aprovechó aquel momento para recorrer la ya poca distancia que los separaba.
–Es precioso –murmuró ella, alzando la mirada hacia él.
–Lo he visto esta mañana y no he podido evitarlo –el chico le acarició las manos con levedad, como si temiera que ella fuera a salir corriendo en cualquier momento–. Desde que me contaste la verdad sobre tu estado, no he estado lo que se dice inspirado. Sé que no he estado a la altura, Thea, pero ha sido más por torpeza que por otra cosa. No me imaginaba que iba a ser padre, Thea, debes comprender eso...
–Créeme, lo entiendo mejor que nadie.
–No tenemos planes y la situación no es sencilla y... Todavía no sé qué vamos a hacer, lo que me asusta horrores –admitió Roy, cogiéndole las manos con más seguridad–. Por eso no he reaccionado bien, pero no porque no vaya a estar. Porque estaré. De hecho, ahora que lo he digerido, estoy ilusionado –le sonrió, inclinándose sobre ella–. Thea, yo te quiero. Lo sabes, ¿no?
–Claro que lo sé.
–Voy a estar a tu lado. Por mucho que no sepa decir las palabras adecuadas, por mucho que a veces reaccione como un burro, siempre estaré para ti.
Thea le sonrió, un poco abrumada, sin saber qué decir.
Roy, por su parte, la besó apasionadamente, antes de fundirse con ella en un sentido abrazo... que fue un tanto incómodo para la joven, pues no dejaba de recordar la escena que había vivido con Harrison Wells. En cuestión de un rato, su vida se había complicado aún más, pues ya no tenía claro lo que sentía, ya no sabía cuál de aquellos dos maravillosos hombres era el más preciado por su corazón.
Cuando al fin llegué a la habitación del hospital donde Caitlin estaba confinada, la hallé en compañía de Joe. Mi padre adoptivo estaba sentado muy cerca de ella, inclinado sobre un tablero que habían dejado sobre una de esas muebles móviles que servían para depositar la bandeja de la comida. Jugaban a las damas y, a juzgar por la sonrisa que se abría paso entre la palidez de Caitlin, se lo estaban pasando en grande.
–¿Quién va ganando?
–Debo admitir que la señorita Snow me ha sorprendido –Joe emitió una sonora carcajada, que arrancó una más débil de la chica; a esas horas de la noche se le notaba aún más que hacía un día que había salido de la sala de operaciones–. Es muy astuta. Juega mejor que tú, Barry.
–No sé por qué, pero eso no me sorprende.
–Barry es un desastre con las damas –admitió Joe en tono confidencial.
–Eso no es verdad –protesté con aire pueril, mientras me quitaba tanto la gabardina como el sombrero; los dejé en el maltrecho sillón que había junto a la ventana, antes de acercarme a la cama–. Lo que pasa es que tú siempre has sido despiadado conmigo, hasta cuando era niño.
–En los juegos hay que serlo. Los triunfos falsos sólo son ilusiones.
–Es palabrería bonita para ocultar que no sabe perder.
Ante nuestra conversación, Caitlin no pudo más que reírse... lo que hizo que palideciera aún más e hiciera una mueca, como si el cuerpo al completo le doliera. La joven se dejó caer sobre los almohadones, llevándose las manos al estómago.
–Es injusto que el reír duela –se quejó con un hilo de voz.
–Creo que ha llegado el momento de que alguien descanse de una vez –Joe se levantó de la silla para apartar aquella especie de bandeja. Al hacerlo, clavó su oscura mirada en Caitlin, al mismo tiempo que le sonreía–. Le prometo, señorita Snow, que mañana volveré para terminar la partida. Pero ahora duerma, debe recuperar fuerzas y mucho me temo que no ha parado en todo el día, pese a no haber abandonado la cama.
–Le haré caso, pero sólo porque tengo sueño.
–Así me gusta.
Joe recogió sus cosas y se puso su abrigo, antes de acercarse a mí, dedicándome una mirada que, tras toda una vida, supe interpretar a la perfección. Por eso, le dije a Caitlin que le acompañaría hasta la salida y le seguí al pasillo, esperando un interrogatorio paternal de los suyos. En cuanto estuvimos a solas, Joe colocó una de sus enormes manos en mi hombro.
–¿Dónde has estado?
–En el Verdant.
–¿Y qué has estado haciendo? –puse mi mejor cara de póquer, que no era precisamente buena, mientras pensaba detenidamente en qué responder. Joe, que me conocía tan bien como yo a él, se pasó una mano por la frente–. Barry, ¿qué ocurre? Porque algo debe de ocurrir. Te conozco: sé que no te habrías separado de Caitlin de no ser por una cuestión de vida o muerte... y que no me la hayas contado en cuanto hemos salido de esa habitación limita bastante el campo al que pertenece.
–Laurel Lance ha venido a verme esta tarde. Ha descubierto que la fiscalía consideró a Harrison Wells sospechoso del asesinato de mi madre. He ido a verle –vi que Joe se dividía entre la preocupación y la curiosidad, así que añadí con rapidez–: Él no fue. Me ha contado su historia y le creo.
–¿Y cuál es su historia?
–Se enamoró de mamá, pero nunca hizo nada al respecto. No como otros...
–¿Qué otro?
–Malcolm Merlyn. Wells cree que él asesinó a mi madre –no sé ni cómo las palabras abandonaron mis labios, sobre todo porque cada una de ellas me rasgó como si fuera una daga afilada. Entonces recordé la situación actual, todo lo que había en juego y no pude más que suspirar–. Pero he decidido dejar aparcada esa pista. Lo primero es descubrir quién atacó a Caitlin y mató a Sara Queen y Tommy Merlyn. Mi madre está muerta, no puedo cambiar eso, pero sí que puedo salvar a Caitlin.
–Me parece muy razonable.
–Siempre lo he sido.
Joe me dio unas palmaditas en la cabeza, como si en vez de un hombre hecho y derecho todavía fuera un crío, lo que me hizo sentir mejor. Por primera vez desde mi conversación con Harrison Wells, tuve la sensación de que volvía a la normalidad. De ahí que, al fin, cayera en la cuenta de varias cosas importantes.
–¿Dónde está Cisco? Me sorprende que no estuviera en la habitación.
–Ah, no te preocupes, le mandé a casa. Llevaba todo el día cuidando a Caitlin y decidí que había llegado el momento de relevarle. Imagino que mañana por la mañana estará aquí para visitaros.
–De acuerdo. Ah, una cosa más. ¿Podrías investigar a Ray Palmer?
–Claro. ¿Pero por qué exactamente?
–He descubierto que la noche en que Sara Queen murió, a Caitlin le prestaron un mechero que le pertenecía. Quizás por eso, por ese nimio detalle, quieran acabar con ella... Al menos si el asesino quiere cubrir sus huellas, porque ya no sé si quiere proteger su identidad o si, sencillamente, quiere acabar con los habituales del Verdant.
–Mañana a primera hora me pondré con ello. Te llamaré aquí en cuanto sepa algo. Pasa una buena noche, Barry.
–Lo mismo digo, Joe.
Me abrazó, antes de marcharse. Lo vi desparecer entre médicos, enfermeras y familiares y, después, regresé a la habitación, donde Caitlin ya dormía. Arrastré el sillón hasta situarlo muy cerca de su cama, me quité los zapatos, me aflojé la corbata y me acomodé como buenamente pude, dispuesto a descansar yo también. De hecho, mientras el sueño comenzaba a cubrirme como un manto, supe que podría tumbarme sobre una cama de clavos y podría dormir plácidamente si Caitlin se encontraba a mi lado.
–No tendrá un coche, ¿verdad? –le preguntó Cisco a la señorita Lance, mientras seguían caminando por la calle aparentando una normalidad que no sentían, pues ambos podían sentir a Amanda Waller cercándolos.
–No. ¿Y usted?
–Suelo usar el de Barry, pero no sé dónde está.
–Un taxi no es una opción, ¿me equivoco?
–No me fío. Si ARGUS es lo que creo que es, no creo que les cueste haber requisado un taxi –Cisco negó con la cabeza, considerando todas las posibilidades y el mejor plan de escape. Al menos, estaban siendo lo suficientemente disimulados como para que los hombres de Amanda Waller no supieran que se habían dado cuenta. Eso era toda una ventaja.
–Debería marcharse, señor Ramon.
–¿Qué?
–Me están siguiendo a mí, no a usted. Se está poniendo en peligro sólo por estar conmigo –la tristeza empañó la tensión que estaba dominando su voz desde que, hacía un par de minutos, se hubiera dado cuenta de que les estaban siguiendo–. No quiero que le ocurra nada, señor Ramon, así que márchese.
–Míreme –le pidió Cisco con decisión; en cuanto notó que los ojos claros de la señorita Lance se fijaron sobre los suyos, el joven detective añadió–: No voy a abandonarla, no voy a dejarla sola, ¿entendido? Estamos en esto juntos y vamos a salir de esta juntos. Ya lo verá –curvó los labios alegremente para darle ánimos–. Palabra de Scout. Y los Scout siempre cumplimos nuestra palabra, ¿sabe, señorita Lance?
–Debería haber imaginado que fue Boy Scout.
–Ya sé lo que vamos a hacer –soltó en cuanto sus ojos se posaron en un club que conocía bien, pues había acudido unas cuantas veces al no ser demasiado elegante; de hecho, había tenido un par de citas en él, pues era un local donde se bailaba... de ahí que estuviera lleno de gente–. Vamos a entrar ahí como si fuéramos amigos. Y vamos a bailar juntos. Ellos entrarán, pero va a haber mucha gente, así que, a la mínima de cambio, vamos a escaquearnos y desaparecer. Luego iremos a casa de Caitlin, llevo las llaves y no creo que nos busquen ahí.
–No me gustaría incomodar a la señorita Snow...
–No se preocupe por Caitlin, no le importará. Vamos.
Enlazó sus dedos con los de la señorita Lance y se acercaron a la sala de baile, donde un alegre fox-trot les recibió. La orquesta de jazz estaba tocando como una loca al fondo de la estancia, mientras un montón de parejas lo daban todo en la pista. Cisco ayudó a la señorita Lance a quitarse el abrigo, antes de acompañarla hasta la barra, donde pidieron un par de bebidas para disimular.
Los músicos eran buenísimos y la melodía tan animada que los pies se le movían solos, algo que no pasó desapercibido para la señorita Lance. Cisco se sonrojó un poco, pero ella sólo sonrió.
–Hacía muchísimo que no venía a una de estas –admitió, bastante más tranquila; era como si el tener un plan le diera más aplomo–. Creo que desde la guerra. Es curioso, fue una época horrible, pero también tuvo sus buenos momentos –la mujer se apartó un mechón de pelo del rostro, mientras la nostalgia se adueñaba de sus ojos–. Cuando Tommy se alistó todavía no salíamos juntos. Sólo éramos amigos y yo seguía resentida por todo lo sucedido con Oliver y Sara. Solía llevarme a salas de baile para que me despejara y me divirtiera... y en una como esta nos besamos por primera vez.
–Es una historia muy bonita.
–Aquí están.
–Pues hagamos como que no existen y bailemos.
Cisco le tendió la mano y la señorita Lance la aceptó, todavía sonriendo, aunque el gesto le temblaba. Sin embargo, en cuanto sus dedos se enlazaron, la mujer pareció más segura y le siguió hasta la pista de baile, donde se colocaron uno frente al otro. Tras mirarse un momento, se pusieron en posición y comenzaron a moverse al ritmo de la música, completamente compenetrados.
Al principio, se dedicaron a bailar, siguiendo aquel ritmo alegre, mientras ellos dos se sorprendían de lo bien que se les daba. Cisco pensó que parecían hasta profesionales y que deberían apuntarse a algún tipo de competición. No obstante, tras aquella pieza, llegó una mucho más lenta, por lo que se miraron un poco incómodos. Cisco no sabía qué hacer a continuación, pero la señorita Lance le rodeó el cuello con los brazos, al mismo tiempo que se acercaba a él. Comenzaron a moverse de nuevo, aunque Cisco se dedicó a buscar por la sala a los hombres que les seguían y los localizó junto a la barra.
–En cuanto comience la próxima canción, vamos a movernos como locos, fundirnos entre la gente y vamos a dirigirnos a la salida de atrás todo lo rápido que podamos.
–De acuerdo.
La canción lenta tocó a su fin, dando comienzo a otra pieza muchísimo más movida, lo que supuso que todos los presentes empezaran a moverse exageradamente, al acelerado ritmo de la música. La señorita Lance y él se miraron un instante y, después, se cogieron de las manos, para bailar en dirección al fondo de la sala. En cuanto alcanzaron la otra puerta, la trasera, Cisco le estrechó la muñeca para tirar de ella y salieron corriendo para salir del callejón.
Cisco tenía claro que les iban a seguir, pero esperaba ser lo suficientemente rápido como para darles esquinazos, al menos por el momento. Si ganaba tiempo, podría idear otro plan para mantener a la señorita Lance a salvo.
Acabaron en una calle principal, donde estaban demasiado a la vista, sobre todo porque las aceras no estaban demasiado pobladas. Sin embargo, Cisco conocía bien aquel lugar, pues se había criado a menos de una manzana de ahí y había sido un niño muy curioso. Por eso, no dudó ni un segundo en dirigirse hacia una de las pequeñas calles que nacían a la derecha, conduciendo a la señorita Lance hasta una fábrica abandonada, donde podrían refugiarse... al menos durante un rato. Quizás, si se detenían, lograban trazar una vía de escape mucho más efectiva. Ojalá.
Estoy demasiado viejo para esto.
Joe se encendió un cigarrillo, inclinándose hacia el muro para proteger la mecha azulada del mechero, y después se esforzó en mantenerse quieto. Si comenzaba a pasearse de un lado a otro de la acera, su confidente lo notaría y nunca era bueno mostrar debilidad, sobre todo en esos casos. Por suerte, el hombre no tardó en llegar, luciendo aquella sonrisa socarrona que ocultaba lo sumamente peligroso que podía llegar a ser.
–Para que luego se queje, inspector, me avisa y acudo a su lado en menos que canta un gallo... ¿Me da uno? –Joe le tendió tanto la cajetilla de tabaco como su mechero, por lo que el hombre cogió uno y se lo colocó entre los labios; lo sujetó entre los dientes para prenderlo, mientras añadía con picardía–. Ya ve, inspector, por irónico que resulte soy su Pepito Grillo particular, como en la película de dibujos esa.
Las palabras burlonas del hombre le trajeron a la mente recuerdos de hacía tiempo. Pinocho. La película esa era Pinocho, una producción de Walt Disney que había visto en el cine con sus dos hijos. Y supo al instante a qué venía la referencia, pues aquel grillo con traje y chistera le cantaba al protagonista, al muñeco de madera con vida, que si se metía en líos, diera un silbidito y él estaría ahí.
–Tú no eres mi conciencia, Lawton.
–Yo no creo tener una de esas, pero por eso soy tan útil, ¿no cree, inspector?
Floyd Lawton, alias Deadshot porque durante el conflicto había hecho gala de una puntería sin igual. Sin embargo, en tiempo de paz no había logrado olvidarse de todo lo vivido y había terminado por convertirse en un comodín, en un hombre para todo que cualquiera podía contratar para cualquier cosa. Joe siempre había intuido que seguía matando, pero nunca lo había podido demostrar y, además, se había convertido en un confidente de lo más útil: navegaba entre todos los mundos, así que sacaba información de cualquier lado e incluso había logrado que la policía golpeara a las familias en más de una ocasión.
–Y también creo que precisamente por eso, no me ha llamado para charlar.
–Necesito tu ayuda. Es un tema personal.
–Lo que quiera, jefe –Lawton se encogió de hombros como si fuera lo más evidente del mundo, lo que hizo que Joe pensara una vez más en lo curioso que resultaba aquel hombre–. Oiga, me ha sacado de un par de líos y... bueno, ayudó a mis chicas cuando no pude hacerlo. Estaré en deuda con usted por siempre. Por eso, si necesita un favor personal, lo obtendrá igualmente.
–Gracias, Lawton.
–Bueno, entonces, ¿qué quiere?
–Necesito que encuentres a dos personas. Tienen que estar juntas y creo que están metidas en un buen lío.
Se llevó la mano al bolsillo interior del abrigo para sacar su cartera, donde llevaba una foto de Cisco junto a Barry y donde había guardado una de las fotos de Laurel que tenía en casa gracias a la estrecha relación que tenía con Quentin, su compañero. Al ver la fotografía de la mujer, Lawton emitió un silbido impresionado.
–Qué preciosidad.
–Él es el socio de mi hijastro, ella la hija de mi compañero y la fiscal del distrito. No sé en qué andan metidos, pero no puede ser nada bueno. Encuéntralos y ven a buscarme.
–Entendido.
Lawton dio una última calada al cigarrillo, antes de marcharse con rapidez, enterrando las manos en los bolsillos del oscuro abrigo que llevaba. Desde que lo conocía, aquel hombre siempre vestía de negro, como si estuviera en un luto perpetuo. Quizás así fuera, pues había vuelto del frente europeo con un ojo menos y una serie de heridas que, aunque no se reflejaban en su físico, le habían pasado demasiada factura. La guerra no había conseguido ponerlo bajo tierra, mas sí que le había matado, pues a Europa partió un amantísimo padre de familia y regresó alguien incapaz de lidiar con su mujer e hija.
Joe sabía que las quería, que se preocupaba genuinamente por ellas, aunque eso no significaba que supiera estar a la altura. Todo lo contrario. Los llantos de la niña le enloquecían, la presencia de su mujer le turbaba y aquel amor que había sentido tanto por ellas como por su patria se había acabado tornando en una maldición. La ira, la guerra, seguían presentes en él y, en cuanto estuvo a punto de herir a su mujer, no se lo pensó dos veces y se marchó de casa para no volver jamás.
Al conocer la historia de Lawton, al poco de empezar a colaborar con él –cuando creía que se trataba de un mero contrabandista–, no pudo evitar visitar a la señora Lawson. Desde entonces había estado ayudándola en lo que podía: algo de dinero, un puesto de trabajo que le permitía cuidar a su hija, una recomendación para que la niña fuera a los mejores colegios...
Si es que soy un viejo sentimental...
Sólo espero que eso no acabe conmigo.
–Barry, estás despierto, ¿verdad?
Al oír la susurrada voz de Caitlin, abrí los ojos y cambié de postura, apoyando todo el peso de mi cuerpo en el otro lado para poder observarla. Estaba tumbada en la esquina del colchón, con la melena del color del caramelo extendida sobre la almohada y sus inquisitivos ojos clavados en mí. En cuanto comprobó que había tenido razón, esbozó una amplia sonrisa, que hizo que la mía también surgiera.
–¿Cómo lo has sabido?
–Bueno... –murmuró Caitlin con tono pensativo–. La verdad es que, cuando duermes, dejas la faz completamente lisa. No hay ni una arruga de preocupación en ti. Es como si, de pronto, no hubiera nada malo en el mundo, como si tus cuitas desaparecieran. Ahora tenías el ceño fruncido, por lo que he deducido que, en realidad, estabas despierto.
–Vaya, señorita Snow, me deja atónito con sus habilidades detectivescas, ni el mismísimo señor Holmes.
–Si es que soy fantástica, señor Allen...
–Creo que no puedo contradecir esa afirmación.
–... y usted ronca, así que ha sido sencillo saber que estaba despierto.
–¡Yo no ronco!
–Oh, claro que lo haces.
–¡Y tus habilidades detectivescas dejan mucho que desear!
Ante mi repentino –y un tanto pueril, lo acepto– ataque de ofensa, Caitlin se echó a reír sinceramente, con ganas. De hecho, se rió tanto que acabó llevándose las manos al vientre, donde la cicatriz debía de tirarle, mientras emitía un quejido ahogado. Al principio, me preocupé, pero ella no tardó en seguir carcajeándose, aunque con menos intensidad:
–Ay, sigo sin acostumbrarme a que me duela reír...
–Si no fuera tan pérfida, señorita Snow, no le dolería –le hice burla, abandonando el sillón para ponerme en pie; me acerqué a ella, obligándome a mantener un par de centímetros de distancia–. ¿Quieres algo? ¿Que llame a una enfermera? ¿Agua?
–Que te sientes conmigo –se hizo a un lado con cuidado, como si tuviera miedo de herirse, y yo me acomodé delicadamente en el jergón. Entonces, Caitlin apoyó una mano en mi brazo para incorporarse un poco y, así, poder sentarse con la espalda apoyada en el metálico cabecero de la cama–. Estoy deseando que acabe este dichoso postoperatorio. ¡Quiero moverme con normalidad! O moverme, sencillamente.
–Todo llegará.
–¿Eso crees? –clavó sus ojos en los míos, había algo en ellos que detuvo mi corazón; su delicada mano seguía descansando en mi hombro y el notar su tacto en mi piel hacía que algo se sacudiera en mi interior–. Porque yo tengo la sensación de que algunas cosas no llegan... o, quizás, se hacen demasiado de rogar. Como si el destino se empecinara en que no ocurrieran.
Y supe de qué hablaba. Al instante. ¿Cuántas veces nos habían interrumpido? Demasiadas, desde luego, aunque no por eso debíamos darnos por vencidos. Por eso, se incliné sobre ella, añadiendo en voz baja:
–¿Sabes una cosa? El destino es una invención de los hombres. No deja de ser una justificación para no luchar, para resignarse en lugar de pelear. Yo no creo en el destino, ni en resignarse, en realidad. Hay que darlo todo, hay que intentarlo mil veces si es necesario, mover cielo y tierra... sobre todo cuando se trata de algo tan importante –me acerqué a ella todavía más, las puntas de nuestras narices se acariciaron con cierta timidez, como si fuera la primera vez que había proximidad entre nosotros, intimidad.
–Sólo espero que no sean mil veces.
–No lo serán.
Terminé de hablar, aunque no de admirarla, sintiendo que mi rostro adquiría el mismo aspecto arrobado que el que veía en Caitlin. El silencio nos envolvió, mas no fue algo incómodo o frío, sino que resultó un manto cálido que parecía cubrirnos como cuando, de niño, me refugiaba debajo de la sábana para protegerme de una tormenta. Lo más curioso era que funcionaba, siempre lo había hecho.
Al final, recorrí el milímetro que nos separaba y, por fin, mis labios dieron con los de Caitlin, cuyas manos se aferraron a mi camisa, como si no quisiera arriesgarse a que me escapara. El beso, al principio, fue suave, aunque no tardó en tornarse apasionado y desesperado, como si necesitáramos la piel del otro para poder respirar. Nos fundimos en uno, mientras degustábamos el sabor del otro, perdiendo cabeza y corazón.
Y, por primera vez, nada ni nadie nos interrumpió.
Aquel fue mi primer beso con Caitlin Snow.
También fue cambio, renacimiento, liberación... Fue muchas cosas, aunque ahí, en la cama del hospital, en aquel momento en mitad de la noche, para mí fue un momento de felicidad que me arrasó. Nunca me había sentido mejor como besando a Caitlin.
El respiro no había durado mucho.
Habían podido descansar un poco, ocultos en la antigua fábrica. Cisco había conducido a la señorita Lance hasta el antiguo despacho, una estancia cubierta por una densa capa de polvo donde aún quedaban algunos muebles: un escritorio que empezaba a ser pasto de termitas, una silla con algún desconchado en el forro, parte de lo que debió de haber sido un mueble lujoso y un sofá ligeramente mohoso que, a juzgar por las mantas con manchas, aunque sin una mota de polvo, había sido empleado por algún vagabundo para descansar. Sólo esperaba no complicarle la vida aún más al cruzarse en su camino.
–Curioso lugar –susurró la señorita Lance, que se había mantenido muy cerca de él, al menos hasta ese momento, pues no dudó en cruzar el despacho para echar un vistazo a través de lo que quedaba de ventana–. Es como si fuera una fisura en el tiempo, un pedazo del pesado conservado entre las salas de fiesta y la decadencia de los Glades.
A Cisco le arrancó una sonrisa aquel pensamiento, pues, de entre todas sus lecturas, aquellas que más le gustaban eran las de viajes en el tiempo. Sin embargo, lo que no tenían era precisamente, eso, tiempo. Creía que había dado esquinazo a los hombres de Amanda Waller, pero tarde o temprano los encontrarían. Por eso, debían trazar un nuevo plan de acción.
–Tenemos que encontrar un refugio seguro. O idear alguna estratagema para protegerla.
–Le recomendé a Felicity que hablara con la amiga de su jefe, la señorita West, algo que ha funcionado, según tengo entendido –la señorita Lance se abrazó a sí misma, todavía mirando a través del cristal.
–Deduzco que no cree que eso pueda servirle a usted.
–Amenacé a la señorita West... aunque en realidad sólo quería estrangularla con mis propias manos.
–Iris suele tener ese efecto en la gente –ante sus más que honestas palabras, la mujer se volvió hacia él, por lo que Cisco sonrió. Cada vez le gustaba más la señorita Lance, debía admitir–. Como supongo que imaginará ahora mismo, yo tampoco soy lo que se dice un admirador –intercambiamos una mirada, que derritió un poco su corazón, aunque sólo sirvió para que las siguientes palabras le dolieran aún más–. Queda entonces una única solución: debe marcharse de Starling City, al menos por el momento. Por eso, vamos a esperar a que se calmen las cosas y la llevaré a la estación de autobuses. Tengo unos amigos en Central City que me deben un favor. Cuidarán de usted hasta que todo esto pase.
–No me gusta salir corriendo.
–A veces no nos dejan otra opción.
La señorita Lance asintió... y fue entonces cuando todo se fue al garete.
Antes de que alguno de los dos pudiera hacer algo, un par de hombres irrumpieron con violencia en el despacho. Cisco no lo dudó ni un momento: desenfundó su revolver, colocándose delante de la señorita Lance, sin poder quitarse de encima la sensación de estar imitando a John Wayne en uno de sus westerns.
No obstante, no tuvo la oportunidad ni de quitarle el seguro al arma, pues dos disparos rompieron el silencio y, justo después, los dos hombres cayeron al suelo como sendos fardos. Cisco parpadeó, asombrado, a tiempo de ver a un tercer hombre pasar por encima de los dos cadáveres. Era alto, delgado, con una densa mata de pelo negro peinado hacia atrás y un parche negro cruzándole el rostro.
Nada más verlos, el desconocido bajó la pistola, aunque no dejó de mantener el dedo acariciando el gatillo, como si estuviera más que dispuesto a accionarlo en cualquier momento.
–Me envía Joe West –le comunicó con los hombros en tensión–. Tengo que llevaros a la comisaría... pero mucho me temo que no va a ser fácil: estamos rodeados.
De nuevo termino el capítulo con un cliffhanger, pero al menos os he dado el deseado beso Snowbarry. Espero haber estado a la altura y que os haya gustado, que sé que me he hecho de rogar. Bueno, espero que os haya gustado el capítulo, así, en general y, ya sabéis, si queréis dejarme un review, yo tan contenta.
Próximamente: Capítulo 13 - The boys are back in town.
Nos vemos en el próximo capítulo =D
