Capitulo 10. – Juntos en el abismo
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Transcurría el mes de julio, un mes que ya le parecía interminable, aunque apenas se hubiese iniciado. En las noches lluviosas y los días horriblemente calurosos, el Santo de Acuario se sentía, como bien le había dicho un día Moses, como un pingüino en mitad del desierto. Si su cuerpo no había vuelto a acostumbrarse al clima griego o si aprender la Ejecución de Aurora era la culpable de no aguantar dos minutos al sol sin desmayarse; no lo sabía, lo único que sabía era que ODIABA Grecia durante el verano.
Aquella situación lo ponía en un ambiente bastante incómodo con el resto de la Orden ateniense, pues se veía obligado a mantenerse rodeado de un atisbo de cosmoenergía helada para soportar el clima. Esto no habría supuesto ningún problema si no fuera porque a alguien, a quien le rompería el cuello en cuanto supiera su identidad, se le había ocurrido decir que intentaba presumir de su cosmos congelante y sus poderes para dominar el agua y el hielo, además de que las lenguas se habían soltado luego del día en que obtuvo su armadura, tachándolo de arrogante – entre los comentarios más suaves – y de loco por haber matado a su maestro.
Como si matar a su maestro fuera algo por lo cual enorgullecerse.
Pese a todo, los que serían parte Orden Dorada, fueron debidamente informados acerca de ésta situación por sus maestros pues, luego de ese día, absolutamente todos y cada uno de los aspirantes a la nueva generación – incluyendo a Saga y Aioros – habían preguntado cómo era que Camus de Acuario había asesinado a un veterano y respetado Caballero como Oleg y no había recibido un solo castigo.
Sin embargo, no caía en la gracia de prácticamente nadie en ese Santuario – excluyendo a Milo y a Zuleika, por supuesto – pues se había esforzado por mantener en pie la, nada apreciada, fama de arrogante, frío, insensible e imperturbable que su maestro había ostentando siempre. Había servido con los Caballeros de menor rango, guardias, escuderos, sirvientes y algunos de sus compañeros, pues la reputación de Oleg, aunada a la que él mismo se había ganado el día en que todo ser capaz de usar el cosmos, fue testigo de cómo casi mata a su "ex -mejor amigo"; le daba el lujo de no tener que tratar con nadie más de lo necesario. Todos estaban más que seguros que, desde entonces, el Santo de Acuario había adoptado la actitud propia del guardián del onceavo templo, dejando de lado cualquier trato con el escorpión.
Probablemente algo en él había cambiado. No estaba muy seguro del qué, pero sí podía asegurar que algo en su interior ya no era como antes. Pero, definitivamente, ni aunque su maestro volviera de la tumba para obligarlo a ello, volvería a intentar romper con su amistad con Milo. Después de todo, había sido culpa de Oleg, así que podía escudarse en eso.
Dos años habían pasado desde su nombramiento como Santo de Oro y, sentado en su cama con la vista perdida en la nada, no pudo evitar preguntarse si lo estaría haciendo bien. A veces estaba completamente convencido de que así era, pues seguía al pie de la letra con los principios y reglas de su signo, a duras penas y de su boca salía un saludo cortés, si tenías suerte, algún ligero atisbo de conversación para matar el tiempo – aunque Aioros de Sagitario lograba de alguna manera inexplicable, soltarle la lengua –. Cumplía con sus obligaciones heredadas de su maestro, entre las que se incluían los viajes a Asgard como mediador diplomático con el dios Odín y Athena, tarea a la que casi siempre lo acompañaba Saga– sólo como supervisión – también le tocaba el turno de la medianoche de la guardia del Santuario y la supervisión del entrenamiento de los nuevos aspirantes, antes de ser seleccionados y enviados con sus verdaderos maestros.
Salvo por su afamada "arrogancia" y poca empatía, nadie se quejaba de él. Ni siquiera la servidumbre podía quejarse, pues comía lo que le sirvieran y prácticamente no ensuciaba nada en el templo y sólo una vez cada cierto tiempo, enviaba a que le compraran artículos para su higiene personal. Definitivamente nadie podía quejarse de él.
Otras veces, como aquella, pensaba que estaba haciendo todo mal, a pesar de que su comportamiento fuera impecable, había días en que estaba muy seguro que su maestro estaría muy disgustado si supiera todas las dudas que lo asaltaban, la flaqueza con que daba sus pasos por el Santuario, si constatara el trabajo que le costaba mantenerse impávido ante el mundo y, seguramente, no toleraría verlo como en ese momento se encontraba: tirado en la cama con toda la desfachatez del mundo y sin nada de su aplomo, pensando en todas esas tonterías y sobre todo, por estar pensando en ella.
Tenía ya diecisiete años y había crecido por lo menos una cabeza y media; poco o nada había de la fragilidad de antaño, pues ahora ya era más robusto y musculoso. Su entrecejo tenía una marcada línea de expresión, causada por las cejas contraídas casi siempre, que le daba el aspecto de siempre estar de mal humor. Su cabello ya se había sometido a su voluntad, lo que le permitió dejarlo largo sin verse como un vago.
Cerró los ojos y aspiró profundamente. Verla de nuevo no estaba entre sus planes y por un instante se sintió estúpido al creer que podría continuar evitándola toda la vida. ¡Por todos los dioses, ella sería el Santo de Cáncer! ¡Por supuesto que volvería a verla! Luego de esos dos años, desde el último día en que la vio, no había vuelto a dormir de forma decente. Apenas y podía conciliar el sueño unas cuantas horas cuando las pesadillas o el remordimiento – o ambos – lo atormentaban por la noche. En el día le era fácil olvidarse de eso, pero por la noche, cuando su mente se veía despejada de toda ocupación, sus pensamientos corrían a raudales, tomando rumbos poco saludables para su integridad mental.
No había noche en que no recordara a su maestro y luego, sintiendo que el dolor lo volvería loco, intentaba recordar algo más agradable y entonces, invariablemente, era Zuleika quien ocupaba su mente. Increíblemente no era capaz de evocar ni un solo recuerdo antes del día en que lo consoló en el bosque junto al lago, aunque de ese día tampoco era capaz de recordar lo que había dicho o hecho para lograr sacarlo de su depresión. Lo único que podía recordar era cada ínfimo detalle de su rostro, que se había grabado a fuego en su memoria; pero sobre todo, podría recordar el sabor de su boca y la suavidad de sus labios.
Inconscientemente se pasó un dedo por los labios y sintió que aquel besó le quemaba, le ardía como un metal al rojo vivo sobre la carne. Por una micra de segundo sonrió, pero aquella breve sonrisa, de esas que eran cada día menos recurrentes en él, rápidamente se vio sustituida por un semblante rígido y sus labios se apretaron con desazón. No debería pensar en ella de esa forma, no debía alegrarse por ese beso lleno de deshonor.
Nada más irse Milo del Santuario, Camus vivió en la incertidumbre de un día ser convocado para enfrentarse a Zuleika a muerte o, en un peor escenario, ser llamado a su juicio por romper uno de sus votos más sagrados; pero nada sucedió. Pasó el tiempo y no sucedía absolutamente nada. Nueve meses después llegó el día en que Shura se enfrentaría por la armadura de Capricornio y pensó que, nada más verlo, lo señalaría como el que ensució su honra; pero ella no acudió al enfrentamiento, en su lugar estaba el joven italiano que era su compañero. Dos meses después de Shura, llegó Aldebarán, pero ella tampoco estuvo ahí, tampoco cuando Afrodita se enfrentó por la suya, un mes después. Ni a los cuatro con Mu, ni cinco meses después con Shaka.
—No quiso venir— había dicho Moses en una ocasión que se atrevió a preguntarle por ella—. Pero estoy seguro que vendrá el día que le toque al "nene" de Eneas—bromeó—. No te preocupes por ella.
Ya no sabía que le dolía más, si evocar aquel beso prohibido o su silencio. Sólo sabía que ambas cosas le causaban un nudo en el estómago y las ganas irrefutables de romper cosas y gritar: ¿Qué haría cuando ella lo retara a un combate? ¿La enfrentaría? ¿Aceptaría el duelo? La verdad era que no tenía opción, la pregunta en realidad era ¿Se defendería? Ya no se sentía capaz de levantar su mano contra la amazona, lo había hecho antes durante los entrenamientos y la había vencido, pero aquello era diferente: era a muerte.
Siendo cualquier otra persona no le habría importado, al fin y al cabo eran las reglas del Santuario y también estaba convencido que no habría dolor más intenso que el de haber tomado la vida de su maestro y; sin embargo, pensar en la posibilidad de cargar con la muerte de Zuleika, lo hizo estremecerse.
La quería. Mil veces se había negado contra ese sentimiento, repitiéndose hasta el cansancio que quererle como más que una compañera de armas era sencillamente un pecado, que estaba mal; que no podía verla como mujer porque ya no lo era, era un guerrero como todos los demás y que esa máscara que portaba era la prueba de ello. Pero ya no valía la pena seguir peleando contra lo que sentía ni negar lo evidente, quizá antes era demasiado joven, demasiado ingenuo y demasiado tonto como para pensar que su atracción por ella era algo más que curiosidad. Ahora comprendía porque no lograba pensar con lucidez, porque peleaban a cada tanto, porque su cuerpo temblaba a su contacto y porque su corazón latía de forma diferente cada que la tenía cerca, ni siquiera eso, sólo hacía falta evocar su nombre para que el vital músculo iniciara su loca carrera.
Estaba enamorado y lo sabía. Enamorado por primera vez en su vida y tenía mucho miedo.
Se pasó las manos por el rostro, intentado despejarse y descubrió que sus mejillas estaban húmedas por las lágrimas de cólera e impotencia que se habían producido en algún punto de sus divagaciones. No le gustaba sentirse así y maldijo a Eros y a Afrodita por haber inventado el Amor. También dedicó una retahíla de insultos para todos y cada uno de los autores que le mintieron al decir que el amor era la cosa más hermosa y sublime del universo; porque él no lo veía así. Dolía y dolía mucho, era frustrante, prohibido y le causaba mucho miedo; eso, definitivamente, no era hermoso ni sublime.
Soltó un largo suspiro y se dejó caer de espaldas en su cama, fijando la mirada en el techo.
Hasta hacía dos días había logrado escaparse a Siberia por un tiempo, pero no había estado ahí lo suficiente para cumplir su objetivo de enfriar sus pensamientos, cuando recibió una misiva del Santuario. Aquella misiva contenía la orden directa de presentarse en el Santuario por el enfrentamiento por la armadura de Escorpión y Camus no perdió el tiempo en volver tan pronto terminó de leer.
Ver recibir a Milo su armadura era un evento que había esperado con ansias durante mucho tiempo, además de su deseo por volver a ver a su amigo. Tan feliz se encontraba que no recordó las palabras de Moses, así que tampoco estaba preparado para que, al pisar el Santuario, lo primero que sintiera fuera la presencia de Zuleika ahí.
El corazón le había dado un vuelco y le había provocado un dolor en el pecho cuando éste comenzó a latir con tanta fuerza que podía escucharlo. Lo único que atinó a hacer cuando un destello de raciocinio volvió a su mente fue refugiarse en los pasajes subterráneos y de deshacerse del atisbo de cosmos que lo protegía del calor, aún cuando eso significara que casi podía morir de una insolación. Luego de recuperarse, acudió a presentarse al Patriarca y, después de eso, se había encerrado por cuatro días en su templo. Ni siquiera había ido a ver a Milo cuando lo sintió llegar por estar en medio de ese ataque de sentimientos confusos.
Aún con los ojos fijos en el techo, escuchó la puerta ser abierta y cerrada, junto a unos pasos adentrarse en su habitación, pero no se inmutó. Continuó con la vista clavada en el techo hasta que la imagen de Milo invadió su campo visual. Ya sabía que era él, era la única persona en el mundo que se atrevería a entrar a su templo sin anunciarse antes. Parpadeó un par de veces y resopló con fastidio al ver la enorme sonrisa de su amigo, quien se inclinaba sobre él con las manos detrás de la espalda mirándolo con curiosidad y travesura.
—Creí que saldrías corriendo a abrazarme en cuanto sintieras mi presencia aquí—habló en voz baja, como si no quisiera perturbar el silencio en que estaba sumido el Acuario.
—Nada de abrazos, Milo—respondió con el mismo tono de voz y componiendo la primera sonrisa sincera, enorme y feliz, que había esbozado en mucho tiempo—. Ya suficiente gente piensa que somos gay—bromeó con una sonrisa irónica, consiguiendo que Milo le guiñara un ojo y le sonriera con sensualidad por el puro placer de hacerlo rabiar—. Nunca en tu vida hagas eso de nuevo o te arranco las bolas—lo amenazó frunciendo el ceño y componiendo una expresión de absoluto asco.
Milo soltó una carcajada y se dejó caer en la cama al lado de Camus, cruzó sus brazos detrás de su cabeza y luego de mirar el techo y comprobar que no había nada particularmente entretenido ahí, frunció el ceño y miró a su amigo con un puchero de reproche.
—Ahora explícame por qué, si no tienes un póster porno en tu techo, no has salido a recibirme.
—Zuleika está aquí—respondió el otro en un suspiro, tragando saliva y sin atreverse a sostenerle la mirada al griego.
—Ya veo…—dijo el otro, suspirando y devolviendo la mirada al techo también.
—No quiero enfrentarme con ella…no podría…
—¿Cómo sabes que ha elegido matarte?
—La conoces mucho mejor que yo. Su orgullo sobrepasa con creces el nuestro y nunca me…nunca me amaría. Sobre todo porque…—cerró la boca y frunció los labios hasta que se le pusieron blancos, renuente a revelar la verdad. Milo, ahora desprovisto de la paciencia de antaño, pero hurgando en lo más profundo de su ser en busca de algo de ella, soltó un largo suspiro y lo miró con un dejo de comprensión.
— Zuleika no me contó detalles, pero estoy seguro que fue un accidente, estabas como un loco ese día y…
—No fue un accidente—interrumpió el francés, mirándolo con un dejo de desesperación, mientras el griego, perplejo, abría la boca para preguntar, pero él se le adelantó—. Yo…sí, estaba como un loco, me lancé al lago y…no quería salir—suspiró y ladeó el rostro, evitando a toda costa la mirada azul de su amigo—, ella me sacó de ahí y empezó a decir cosas, en realidad no me acuerdo que dijo pero…yo…yo me sentía molesto con su máscara, era como alucinar que una escultura me estaba hablando…no había emociones en ella y yo…quería verla…—el francés regresó su mirada a la de Milo, que se veía tan oscura y molesta que no pudo sostenerla mucho tiempo— Yo le quité la máscara…yo…no fue ningún accidente—Milo gruñó por toda respuesta y guardó silencio, manteniendo las cejas contraídas y la nariz arrugada.
El silencio los envolvió y se prolongó mucho más de lo sanamente aceptable para Camus, a quien los nervios comenzaron a destrozarlo. El griego no se inmutaba ante el creciente nerviosismo de su amigo y se limitó a maldecir mentalmente el momento en que prometió a la amazona ayudarla; ella no le había dicho aquella parte de la historia, lo que volvía una simple falta e insulto, en todo un crimen potencialmente desastroso.
Las amazonas podían perder sus máscaras durante entrenamientos, misiones, batallas e inevitablemente verles el rostro. Pero eran accidentes, accidentes que se verían remediados cuando la amazona en cuestión eligiera entre sus dos posibles opciones. Sin embargo, lo que Camus había hecho no era menos que una transgresión directa a las órdenes de Athena misma, un crimen que se pagaba muy caro.
No era el honor de Zuleika lo único que estaba en juego.
—Dime algo…—pidió Camus, casi con desespero, luego de inacabables minutos de silencio.
—Idiota… ¿tienes idea de…?—gruñó y se despeinó con irritación, luego se puso de pie y se paseó por la habitación como fiera enjaulada—. ¡La puta madre, Camus!—soltó sin cambiar el semblante de su rostro y el francés no pudo evitar dar un respingo ante el despliegue del nuevo lenguaje de su amigo.
Milo no pareció darse cuenta de lo que había dicho y continuó paseándose por toda la habitación, rechinando los dientes y estrujándose los dedos. Con los nervios tan crispados que Camus consideró la posibilidad de que en cualquier momento le daría un infarto.
—¡¿En que estabas pensando? ¡Cometiste un crimen! ¡Azotarte en público es lo menos que mereces!—rugió el griego y se detuvo; azotó el pie contra el piso con fuerza, mirando a su amigo y cruzándose de brazos— Al menos dime que nadie los vio— el francés dio un salto por el susto de aquella revelación, en ningún momento se le había cruzado por la mente esa posibilidad. Tragó saliva e iba a negar, pero no estaba muy seguro y esa vacilación no le vino en gracia al escorpión quien frunció el ceño aún más – si eso era posible – y le lanzó una mirada cargada de reproche— Habla y más vale que me digas la verdad.
Camus abrió la boca para decir algo, pero ningún sonido salió de su garganta por causa del nudo que le ahogaba la voz. Apretó los labios y empuñó las manos, bajando la mirada hasta posarla en sus pies descalzos. Aspiró varias veces, llenándose los pulmones de oxígeno, buscando y seleccionando muy cuidadosamente las palabras a usar. Milo, por su parte, no le quitaba la mirada de encima, que más que una mirada era un reto directo y ese silencio no se debía a su paciencia o empatía; simplemente era un recurso, bastante efectivo, para hacerlo hablar a toda costa.
—No lo sé, creo que no—logró articular haciendo un enorme esfuerzo.
—Crees…crees…—resopló y volvió a sentarse en la cama—De verdad que tú no te cansas de darme buenos sustos.
Milo volvió a echarse en la cama, con los brazos tras la nuca, resoplando molesto y cerrando los ojos. Cuando Camus quiso decir algo, un gruñido le indicó que no era buena idea, ya que el escorpión estaba intentando calmarse. El francés suspiró y se mantuvo en silencio, con la espalda pegada en la cabecera de la cama y la mirada perdida en un punto de la pared hasta que, al final de varios minutos, Milo volvió a hablar.
—Sé que estás consciente de lo que has hecho, así que me ahorraré mis comentarios—se sopló el flequillo y se incorporó hasta sentarse—. Sé que no me has pedido ayuda pero, sea lo que sea que decidan, tienen mi apoyo.
—Gracias, Milo. No sé cómo voy a pagarte todo lo que has hecho por mí—agradeció con el corazón en la mano.
—Escribir cosas bonitas de mí a la posteridad me parece buena idea—respondió medio en broma, medio en serio, relajando a su amigo con una sonrisa.
—Puedes estar seguro de eso—ambos rieron, acabando con toda la tensión que se había formado.
—En dos días será mi combate—comentó al aire cuando se recuperó de la risa—. Mañana te veo para desayunar, donde siempre ¿de acuerdo?
Al no recibir respuesta, Milo miró al Acuario, quien se le veía entre contrariado y asustado, cosa que lo confundió. Compuso un mohín interrogativo y el francés se limitó a encogerse en hombros, desviando la mirada a la ventana.
—Se terminaron los desayunos deliciosos…—empezó a decir.
—¡No! ¡Oye no! ¡Es algo que compartimos juntos! ¿Por qué…?—reclamó, pero Camus hizo un ademán para que se callara y lo dejara continuar.
—Se terminaron por que nunca aprendí a cocinar y, a menos que quieras morir intoxicado, la comida la preparará Semele y, déjame decirte, no tiene la misma sazón que mi maestro—Milo no supo si enojarse o reírse y terminó por no realizar ninguna de las dos cosas, en cambio, sólo resopló y rodó los ojos.
—En ese caso yo llevaré la comida—dijo y sonrió con suficiencia—. Mañana temprano te espero, nos vemos—y salió de la habitación.
Camus observó a su amigo marcharse con una sonrisa, pero ésta desapareció de sus labios nada más cerrarse la puerta. Volvió a acostarse, hundiendo la cabeza entre las mullidas almohadas, regresando a los tortuosos divagues que tenían como protagonista a Zuleika. Se cubrió el rostro con una almohada y ahogó un grito contra ella, sintiéndose frustrado, confundido y con unas ganas irrefutables de golpear algo o alguien.
Ocho templos más abajo, en la Casa de Cáncer, Zuleika no se encontraba en una mejor situación pues, al igual que Camus, no había podido dejar de pensar en lo que iba a decir y en cómo iba a actuar cuando viera al Santo de Acuario. En aquel preciso momento se encontraba hecha presa de un sueño inquieto, retorciéndose en la cama con un inexplicable dolor en el pecho y un cosquilleo molesto en los labios.
Finalmente despertó, incorporándose en la cama con las lágrimas acumuladas rodando por sus mejillas. El mismo sueño otra vez. La misma pesadilla. Al parecer aquel tormento nunca llegaría a su fin, a pesar de que hacía dos años que no lo veía. Pero desde entonces siempre despertaba en la misma situación. Se llevó las manos a la cabeza y la apretó con fuerza, intentando desaparecer el dolor que le oprimía las sienes.
—Es sólo un sueño—se dijo, respirando pausadamente para calmar a su acelerado corazón.
Se levantó y entró al baño para lavarse la cara, sin poder dejar de pensar en él. No podía negarlo, desde el momento mismo en que salieron de Sicilia sus pensamientos habían estado dedicados, todo el tiempo, al dueño de la armadura de Acuario, a aquel francés que recordaba tan alegre y fastidioso, pero que rápidamente era opacado por aquel que vio por última vez. Aquel Camus de Acuario inmutable y frío que la hacía sentirse intimidada.
Mirándose al espejo se preguntó si él habría sentido lo mismo que ella con aquel beso que ahora se veía tan lejano, como si nunca hubiera sucedido, pero que estaba presente en cada instante de su vida. Se preguntó que tanto habría cambiado en él; a pesar de que Milo le había jurado que estaba en perfectas condiciones, ella aún se sentía escéptica, pues aquella última vez que lo vio, no le pareció que estuviera del todo bien. También se preguntó si el aceptaría lanzarse al abismo junto con ella, ir contra las reglas de la misma Athena para estar juntos, el Camus de antes, el que ella conoció y que tanto amaba, lo haría sin dudarlo…pero no podía asegurar lo mismo de aquel nuevo hombre.
Pese a todas sus dudas, le dio gusto constatar que al menos su cosmos seguía siendo el mismo. Si bien se notaba algo frío, seguía teniendo una calidez característica del francés, una nota de jugueteo y optimismo que eran muy propias de su Camus.
Una sonrisa traviesa surcó su rostro. No iba a esperar más, si quería ver a Camus, tenía que ser ella quien saliera a buscarlo, pues era más que obvio que el Acuario no tenía ninguna intención de verla. La sonrisa se transformó en un gesto vacilante y dudoso, pero terminó convenciéndose de que era lo mejor, si no quería seguir retrasando las cosas.
Salió del baño con el optimismo renovado y se colocó su máscara plateada. Salió de su habitación, avisó a su maestro que visitaría a Milo y que volvería al atardecer, para luego correr escalera arriba en dirección a Acuario. No quiso detenerse en Escorpión, pese a que Milo la vio pasar y compuso un gesto ofendido cuando ella únicamente pronunció un "hola" y un "adiós" en medio de jadeos, gritando, desde los primeros escalones rumbo a Sagitario, que lo vería cuando bajara nuevamente.
Zuleika subió por la escalera que lo guiaría a los privados de Acuario, ocultando su cosmos con la misma eficacia que su maestro en ese arte; volviéndose prácticamente indetectable. Estando frente a la puerta, tragó saliva y respiró profundamente varias veces tratando de recuperar el valor con el que había llegado para tocar la puerta. Sintió el cosmos de Camus moverse dentro de la habitación y las manos le temblaron.
Estaba por dar media vuelta cuando se encontró con Semele, quien llevaba un cesto de ropa limpia, con la notable intención de entrar en los privados para acomodarla en su sitio. La mujer la miró contrariada, pero luego sonrió, acomodándose el cesto bajo el brazo.
—El señor Camus está dentro, no se ha sentido bien desde que llegó ¿viene a visitarlo? —preguntó ella, acercándose a la puerta y girando el picaporte para entrar.
—S…si—tartamudeó, sintiendo que el corazón se le salía del pecho al ver como la puerta era abierta y la criada de Acuario la invitaba a pasar.
—Pase, señorita. ¿Le ofrezco algo de beber? —dijo cordialmente.
—No, gracias…Cam…es decir, Acuario ¿Dónde se encuentra? —preguntó bastante nerviosa y paseando la mirada por todo el lugar.
—Debe estar en su habitación, seguramente está despierto, hace un rato el señor Milo estuvo aquí—comentó con una sonrisa y dirigiéndola a la habitación mencionada.
Semele tocó la puerta y sin esperar una respuesta entró, anunciando que llevaba la ropa limpia para acomodarla y que tenía una visita.
Cuando Zuleika escuchó su voz, sintió a su corazón latir desbocado y que la sangre se le subía al rostro, tiñéndolo de rojo, su cuerpo se mantuvo petrificado cuando él preguntó quién lo visitaba y la mujer le respondía con un casual "su amiga la amazona". No supo en qué momento Semele había salido y pasado a su lado, ni supo en qué momento Camus había llegado hasta donde estaba y se mantenía igual de estático frente a ella.
—Zuleika…—la llamó y su cuerpo se estremeció al escuchar su nombre salir de sus boca.
Dio varios pasos al frente, haciendo que Camus retrocediera la misma cantidad, hasta que ambos estuvieron dentro de la habitación y ella cerraba la puerta colocándole el pestillo. Sintiéndose acorralado y medio intimidado, el francés tragó saliva y ubicó su salida de escape, pensando que sería buena idea comparar sus fuerzas para quitarla de ahí y huir muy lejos de ella. Sin embargo, no se movió y se mantuvo firme a los movimientos de la amazona.
Ella dirigió su mano a la máscara y lo único que él atinó a hacer fue a ladear el rostro y cerrar los ojos con fuerza, pronunciando un "No lo hagas" repetidas veces. Pero su pedido no fue escuchado, pues pronto el sonido del metal, estrellándose contra el mármol, le indicó que la máscara había caído al suelo. Manteniendo su posición, el francés no abrió los ojos, pensando que así conseguiría que ella se diera por vencida y se fuera, pero, de nuevo, sus peticiones no se cumplieron.
Cuando se dio cuenta, las manos de la amazona le sostenían el rostro y se encontraba viendo fijamente el par de ojos verde esmeralda que ella poseía. El labio le tembló cuando ella comenzó a acariciarle el rostro con los pulgares y le sonrió con la misma timidez y nerviosismo, finalmente se puso de puntitas para acercar más sus rostros. Sintió el aliento del Camus y notó la respiración entrecortada, pudo sentir que el corazón le latía mil veces más rápido que el propio y que en sus ojos brillaban un millón de dudas que ella estaba decidida a despejar. Se alzó más sobre sus pies para poder cubrirle la boca con sus labios y, cerrando los ojos con fuerza, inició la danza que el mismo Santo, ahora perplejo e incapaz de efectuar cualquier movimiento o pensar en cualquier cosa, le había enseñado.
Camus entreabrió los labios al contacto, pero no hizo más nada. Zuleika, sintiéndose un poco desesperada por que él le correspondiera, continuó besándolo, explorando aquella cálida cavidad, aferrándose a su cuello y pegándose lo más que pudo a él para profundizar el contacto; pero el Acuario no respondía de ninguna forma. Finalmente se separó y le huyó la mirada, fijándola en sus pies y dispuesta a pronunciar una disculpa y salir corriendo, pero la voz de Camus, temblorosa, la detuvo.
—Esto…está mal…—dijo con un hilo de voz—eres mala…—y dio un par de pasos atrás. Ella no pudo sino levantar la mirada y sentirse completamente contrariada—¿Por qué me hiciste esto? ¿Por qué me haces sentir así? Esto no nos causará más que problemas…no me gusta, me duele… está mal, estas prohibida y…—el francés salvó la distancia que anteriormente había creado entre los dos y le rodeó la cintura con un brazo, acariciando la blanca mejilla con una mano y pegando su frente con la de ella—¿Por qué? ¿Por qué?
Zuleika no fue capaz de pronunciar algún argumento en su defensa, pues Camus, finalmente, la besó como la primera vez que lo hizo. Con la misma desesperación, con la misma necesidad y con la misma delicadeza. Suspiró aliviada entre mordiscos y besos al descubrir que la antigua desesperanza se había ido, que el beso llevaba algo más con él y que pudo reconocer como cariño…no, era algo más grande, algo más fuerte ¿amor, quizás?
Quiso cuestionar a Camus acerca de sus sentimientos, pero no lo hizo, muy en el fondo sabía lo que él sentía y descubrió que lo que ella misma albergaba muy profundamente. No se detuvo a pensar en las palabras del Santo de Acuario, sólo cerró los ojos y se dejó llevar por el torrente de emociones que despertaban y se arremolinaban en su interior. Los porqués vendrían después, se dijo; ahora sólo le importaba el hecho de haber constatado que Camus sentía lo mismo que ella y que, aún sin palabras, había tomado su mano y se habían lanzado al vacío.
Juntos.
Sólo esperaba que la caída no fuera muy dolorosa.
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N/A: Hola mis queridos lectores, cultos y conocedores. Cuatro días antes de cumplirse el mes desde el último capítulo, aquí les dejo la nueva entrega de Corazón de Hielo, cada vez más cercanos al gran final.
¿Qué les espera a Zuleika y a Camus? ¿A Milo finalmente le dará el soponcio cuando se entere de esto? ¿Camus no se cansa de espantar al escorpión? ¿Verdad que Milo es la ternura más hermosa del Universo? ¿Cierto que Camus es el más sexy de todos los caballeros? Pues la respuesta a éstas y otras preguntas en el siguiente capítulo.
Por cierto, que el diálogo de Camus y Milo, cito: "—Nada de abrazos, Milo. Ya suficiente gente piensa que somos gay.", va para todas ustedes, lectoras mal pensadotas, jajaja.
El siguiente capítulo ya está en el horno, cocinandose en mis pequeños ratos libres de escuela y tareas, no prometo una fecha por que la verdad no sé cuando podré finalizarlo, pero espero no tardar mucho.
Especiales gracias a Liluel Azul, Saint Lunase, Scorpiomasei y Neferu por su incondicional apoyo y por haber llegado conmigo hasta aquí. A ustedes el capítulo dedicado.
Intrepid Q: muchísimas gracias por tu comentario y tus palabras, me alegra que el romance entre éstos dos te haya gustado y no, la realidad es que nunca fue mi intención hacer de este fic un yaoi, por eso me da rosa y algo de curiosidad que me lo hayan mencionado, jeje. Pero en fin, no importa realmente, a mí me gusta manejar la amistad de Milo y Camus de esta forma intensa e incondicional que va más allá del amor erótico, es un amor fraternal e incondicional que, por suerte, he experimentado y visto, por lo que estoy convencida que no exagero al retratarlos de esta forma. Muchas gracias nuevamente, espero seguir leyendo tus comentarios.
Nos vemos. Un beso a todos.
