Capitulo once. Nosotros

El camino en coche hacía alguna parte se me estaba haciendo eterno. La mujer misteriosa no dejaba de mirarme de reojo. Un par de veces, cogió su móvil y llamó a otra mujer. No es que dijera demasiado, pero supongo que ellas se entendían. Sentí que las palmas de mis manos empezaban a sudar desesperadamente. Los nervios estaban traicionándome en ese mismo instante.

¿Que hacía yo en ese coche? Por más que quisiera, no podía dejar de hacer ese trabajo. El dinero y el bienestar de mi familia era lo primero. Miré una vez más por la ventanilla para descubrir que nos habíamos alejado de Por Ángeles.

Observé una vez más la mujer que estaba a mi lado. La mano derecha inconscientemente viajó hasta mi pecho y la cerré entorno a el. Aquello era lo correcto pasara lo que pasara. Por mis padres, por mí.

-¿Y bien?- Reneé me sonrió.- Me dijiste que te llamabas Edward.

-Si.- Susurré contra mi camiseta.

-Edward, desde ahora vamos a comprobar cual es tu potencial.- Observé como las gotas de sudor empezaban a formarse en su frente.- No me mires así.- Y desvió la mirada a la carretera.- Ya te dije que mi amiga...

-Soy bueno.- Intente sonreirle.- En mi trabajo, nada más.

-En lo demás no me importas.- Ella dio un frenazo brusco y me golpeé contra la guantera.- ¡Ups! Lo siento.- Y me sonrió maliciosamente.

¿De que iba esta mujer? Toqué mi frente con el reverso de la mano y la miré confundido ¿Por qué había frenado así?

-¿Por...?- Ella levantó la mano para callarme.

-Ya hemos llegado.- Y me indicó que bajara del coche.

Abrí la puerta lentamente y me bajé del coche. Una pequeña puerta me indicaba que estábamos en la parte trasera de una casa. Ella cerró el coche y con paso firme caminó delante de mi hacía la puerta. La verdad es que debía admitir que tenía unas piernas bellísimas. Los zapatos de tacón golpeaban suavemente el pavimento y sus caderas se contorneaban de un lado a otro.

Reneé abrió la puerta y me indicó que pasara tras ella. La oscuridad envolvía aquel jardín dándole misterio. Una cristalera enorme apareció ante mis ojos. Ella pulsó el código de la alarma y abrió la puerta. Tras entrar, me indicó que pasara.

La casa estaba a oscuras, mis ojos aún debían de acostumbrarse a aquella oscuridad. Tras cerrar la puerta, cogió mi mano y tiró de mi. Abrió una puerta y me empujó dentro.

-Bien.- Encendió la luz y pude ver un gran cuadro de una cacería.- Comprobemos lo bueno que eres.

Sin dejarme decir nada, se abalanzó sobre mi y me arrancó los botones de la camisa. Mis piernas empezaron a temblar como un flan. No se andaba con niñerías. Me empujó una y otra vez hacía atrás. Mis piernas chocaron contra algo duro y caí de espaldas contra una gran sofá.

Reneé se desabrochó la cremallera de su falda y la dejó caer al suelo. Mis ojos vagaron por sus piernas hasta llegar a una lencería negra muy fina. Sin poder reaccionar a tiempo, ella se sentó a horcajadas sobre mi cuerpo y desabrochó mis pantalones.

-Tengo normas.- Le dije a la misma vez que la empujaba hacía atrás.- Y no me gusta saltármelas.

-Tonterías.- Ella lamió mi cuello y arañó mi pecho.- Yo te pago, yo decido.

-Solo trabajo para dar placer a la mujer, no para que me lo den a mi.- Dije apartándola de nuevo.

-Harás lo que yo te ordene.- Ella sacó un buen fajo de billetes de su escote y me lo tiró a la cara.- Te mueves por esto, así que obedecerás mis ordenes.

Aquellas palabras me recordaron a Aro. Un escalofrío recorrió mi columna dejándome helado. Por un instante recordé las palizas a las cuales él y sus hombres me habían sometido durante tanto tiempo. Asentí levemente y observé su rostro una vez más antes de que ella me vendara los ojos.

Reneé estiró de mis pantalones y en un instante me sentí completamente desnudo y vulnerable ante ella. Su risa inundó la habitación ¿Que quería de mí? Sus manos frías se posaron en mi pecho y su lengua sobre uno de mis pezones. Sin poder evitarlo gemí.

-No es tan difícil ¿A que no?- Ella subió lentamente sus manos por mis muslos hasta dejarlas en mis caderas.- Estas bien dotado.- Su voz pareció quebrarse en ese momento.- ¿Estas sano?

-Si.- Dije en un susurro.- Es algo que no me puedo permitir.- Levanté mis manos y traté de saber donde estaba.- No me gustaría contagiarme de nada. Trabajo en esto y es lo único que...

-No me importa.- Ella golpeó mi mano bruscamente.- Solo busco una cosa de ti.- Ella se sentó sobre mi cuerpo y se penetró de una sola estocada.- Solo busco el placer.

Al sentir su cuerpo caliente acogiendo el mio, gemí y me agarré a la funda del sofá. Sabía lo que quería y como lo quería. Ella empezó balancearse contra mi cuerpo. Poco a poco se iba abriendo para mi y eso me excitó demasiado. Jamás había practicado ese tipo de sexo.

-Basta.- Le pedí al darme cuenta que me estaba gustando demasiado.- Para, por favor.

-¿Ya estas lo suficientemente caliente?- Su voz sonó como a burla.- Bien, ahora, follame como te follaste a Jessica.

Reneé se levantó y sentí frío en esa parte de mi cuerpo que pedía más de ella a gritos. Una parte de mi, no entendía como podía gustarme ese trato que me estaba dando.

-Como ordenes.- Dije a la misma vez que me levantaba y me destapaba mis ojos.- Para eso pagas.

Coloqué sus manos sobre el respaldo del sofá y levanté su blusa hasta dejar sus pechos al descubierto. Debía reconocer que tenía un cuerpo muy hermoso. Acaricié y pellizqué sus pezones mientras me introducía una vez más dentro de ella.

Los gemidos de los dos no tardaron en inundar la sala. Mis movimientos cada vez eran más y más bruscos. Por alguna extraña razón, follar sin condón, era algo maravilloso. Un calambre recorrió mi columna vertebral e instantes después, sentí un nudo formándose en mi bajo vientre.

-Más fuerte.- Me pidió.- Más duro.

Tras sus palabras, no pude contenerme más y empecé a embestirla como un... "animal". Si, creo que ese sería el termino adecuado. Tras unas cuantas embestidas más, ella empezó a estrecharse sobre mi miembro y empecé a mojarme completamente. Deslicé mi mano por su cuerpo hasta llegar a su abultado clítoris y lo pellizqué con fuerza. Ella jadeó y maldijo en voz en grito. Tras esos bruscos movimientos, mordí su cuello y dejé que mi cuerpo se derramara dentro de ella.

¿Que estaba haciendo? Saqué mi miembro de su cuerpo y me maldije mil veces por dejarme llevar ¿Como lo había permitido? Por un instante la palabra embarazo se pasó por mi cabeza.

-¿Que ocurre?- Me preguntó echada contra el sofá, con su rostro colorado y aún jadeando.- Esto no a terminado todavía.

Tras esas palabras, me arrinconó contra la pared y empezó a lamer mi pecho. Sentí el impulso de mi cuerpo pidiéndome más y más- Aquello empezaba a ser una verdadera tortura. Jamás, en mis tiempos en Italia, me había ocurrido aquello.

Sus manos vagaban libremente por todo mi cuerpo. Sus dedos se aferraron a mi sexo ya erguido y empezó a masturbarme casi violentamente. Un jadeo salió de mi garganta y sentí como poco a poco se formaba de nuevo ese nudo en mi bajo vientre.

Reneé detuvo la marcha y me sonrió. Por primera vez, en aquel mismo instante, me fijé en sus hermosos ojos color chocolate. Ella me indicó que me tumbara en el sofá y la obedecí. Tras ese gesto, se sentó en mi pecho y entendí su gesto. No hizo falta las palabras. Introduje mis dedos dentro de su ser y empecé a lamer cada rincón de su sexo. Las manos de Reneé iban y venían por todo mi pelo, cuello y rostro.

Ella tuvo un gran orgasmo y me lo demostró de la mejor forma posible. Sus gemidos inundaban mis oídos. Me incorporé cuando ella se levantó de mi cuerpo y la recosté en el sofá. Tras aquello, me coloqué de rodillas en el suelo y la penetré mirándola a los ojos.

Tras correrme de nuevo dentro de ella, se levantó bruscamente y me tiró al ropa. Asintió con la cabeza mientras se vestía. Ninguno de los dos pronunció palabra alguna. Recogí el dinero y lo guarde en mi bolsillo. Tras aquella experiencia, necesitaría camisetas nuevas.

Salí de la cas ay monté en su coche. El caminó de vuelta no fue muy diferente a la ida. Una vez en mi farola, ella me dejó allí sin mediar palabra. Horas más tarde, salió el sol y fui directo a casa. Esa noche no había tenido ninguna clienta más, pero con esas dos locas, me había sobrado.

Al llegar a casa, mi padre estaba allí sentado en la silla con un café en la mano. Sus ojos se abrieron como platos cuando observó mis ropas.

-¿Que te ha pasado?- Carlisle se levantó de la silla y se acercó a mi.

-Una noche dura.- Le sonreí.- Descargar camiones no es lo mio.

-Hoy tenemos una cita muy importante.- Mi padre me tendió una nota.- Cuando llegue tu madre debemos ir a un sitio.

-¿Que ha ocurrido?- Lo miré divertido.

-Charlie a accedido a conoceros.- Me sonrió.- Desea hablar en privado.

-Papá.- Me acerqué a él y le tendí mi mano.- Enhorabuena. Voy a darme una ducha y hablamos.

Me metí en la ducha y sentí el agua caliente recorrer mi cuerpo. Una parte de mi, se sentía sucio como siempre. Sin embargo esa noche, había hecho tanto dinero como hacía en Italia con una sola clienta. Salí del baño y me coloqué unos baqueros viejos y una camiseta negra. Mi padre me miró de arriba a bajo.

-¿Eso es lo mejor que tienes?- Y miró la puerta.

-Si.- Agaché la cabeza.- Aun que puedo ir a comprarme algo.- Le señalé un poco de dinero que había dejado encima de la pequeña mesa.

-Alquilaremos unos trajes.- Apretó mi hombro y con ese dinero, le daremos a mamá un buen vestido.

-Ella se lo merece.- Observé la cama.- ¿Esta trabajando en la panadería?

-Como todas las madrugadas,. Mi padre suspiró.- Ojala esto salga bien, hijo.

Horas más tarde, ya habíamos alquilado los trajes y le habíamos comprado a mi madre un vestido azul largo de tirantes y unos zapatos a juego. Mi madre se llevó una gran sorpresa. Esme siempre era igual. Ella sonreía a pesar de todas las pruebas que le ponía la vida. Nunca decaía.

-Estoy nervioso.- Le confesé a mi padre.- ¿Y si no le gustó? Tal vez...

-Tranquilo, Edward.- Mi padre me sonrió.- Ya le he hablado de ti.- Alisó mi traje de alquiler y me dio un pequeño empujón hacía aquella enorme casa.

-¿Que...le has...dicho?- Pregunté dudoso.

-Que tengo un hijo maravilloso.- Carlisle tocó al timbre de la verja y cogió a mi madre de la mano.- Es un buen tipo.

-Yo no pongo en duda eso.- Señalé la casa.- Pero es muy rico y nosotros...- Me miré de arriba a abajo.- No tenemos mucho que desear.

-Edward.- Mi madre cogió mi mano cuando se abrió la verja.- Solo sonríe y sé tú mismo.

Sus ojos me transmitieron una paz inmensa. Desde que había vuelto con mis padres, la única razón por la que seguía con ellos, era por ella. Algunas veces recordaba sus lágrimas y sus gritos el día que Aro me separó de sus brazos. Algunas veces, deseaba que ella jamás hubiese pasado por aquel momento de su vida.

-Seré yo mismo.- Susurré mientras nos adentrábamos en aquel camino de tierra rodeado de rosales.

-Solo mirale a los ojos y presentate.- Mi madre me abrazó.- Charlie debe de ser muy bueno para recibirnos en una de sus casa.

-¿Una de sus casas?- Miré la puerta blanca que se hallaba delante de mi.

La puerta se abrió en aquel instante y una mujer bajita y regordeta apareció tras ella.

-¿Los señores Cullen?- Mi padre asintió.- Los esta esperando dentro. Permitanme.- Y nos indicó que la siguiéramos.

Al llegar a la sala donde nos había indicado, todo mi mundo se vino abajo. Aquello era realmente hermoso, lujoso y muy muy caro. Jamás nos aceptaría en su familia. Jamás aceptaría a Carlisle como hermanastro y mucho menos a mi como su sobrino.

Una puerta se abrió y un hombre de cabellos rizados oscuros salió por ella. Parecía demasiado estirado. Una sonrisa juguetona apareció en su rostro cuando vio a mi madre. Aquello me resultó extraño. Sus ojos marrones bagaron de mi madre a mi padre y después a mi. Por una extraña razón, esos ojos color chocolate... Tal vez solo era una mera coincidencia.

-Buenas noches.- Charlie Swan estiró su mano hacía mi padre.- Encantado de teneros en mi casa. Tienes una bella mujer.

-Gracias.- Mi padre apretó su mano.- Os presentaré.- Cogió a mi madre de la mano.- Ella es Esme, mi mujer. Y este es mi hijo Edward.- Me acercó a él y me indicó que lo saludara con un gesto de la cabeza.

-Muy buenas, señor Swan.- Le tendí mi mano y él me miró con un poco de...¿repugnancia? Aquello no iba a salir bien.

Una hora más tarde, me había desconectado de las conversaciones ajenas a mi. No es que no me importara, si no que aquello no iba conmigo. Mi mente no dejaba de darle vueltas a Reneé. Aquella mujer misteriosa me estaba perturbando y sus palabras más todavía. Aquello de que iba a hacer lo que ella quisiera...

-Edward.- La voz de mi padre me sacó de mis pensamientos.- Vamos a cenar. Charlie nos presentará a su mujer.

Asentí y los seguí hasta un gran salón. Los techos eran altos y las paredes estaban decoradas con todo tipo de cuadros. Desde un simple cuadro sin nombre hasta un renombrado cuadro de Picasso o Van Gogh. Una mujer alta entró por otra puerta y se acercó a Charlie. Ella tenía el pelo más claro y una sonrisa hermosa. Tal vez demasiado.

-Ella es Reneé, mi mujer.- Aquel nombre me impactó.- Ellos son la familia Cullen. Y ate hablé de ellos esta tarde.

-Si.- Reneé le tendió la mano a mi padre y a mi madre.- Su hijo Edward.

-Debe tener la edad de nuestra hija.- Y me sonrió.- Un placer muchachito.

Su forma de hablar y de caminar me recordaron a mi Reneé. Entre los ojos del hombre y el parecido a esa mujer... Aquello era una mera coincidencia. Nos sentamos en la mesa y volví a desconectar cada vez más confuso. Ella no podía ser hija de estos dos hombres. Tal vez solo había buscado los cinco pies al gato.

Aquella noche iba a ser muy larga. Tras cenar, nos indicaron que pasáramos a una sala donde habían unos sofás y bebida. En ese instante, deseé no haber ido jamás a aquella casa, a aquella cena, ni a aquella sala. Iba a ser nuestro infierno. Odié aquella noche, odié a los Swan y me odié a mi mismo.