Disclaimer: Estos personajes no me pertenecen y por lo tanto no gano dinero haciendo esto, solo la satisfacción de recibir sus comentarios, quejas o sugerencias…
Avisos: Esta historia contiene Slash, yaoi, m/m, está basada en El Lienzo Perdido y en el inframundo de Saint Seiya Saga de Hades. Contiene las parejas Minos/Albafica, Thanatos/Manigoldo, Manigoldo/Albafica. Tendrá escenas de violación, sadomasoquismo y relaciones entre dos hombres.
Resumen: Hades se ha llevado la victoria y es el momento de recompensar a sus leales espectros. Minos y Thanatos desean al guerrero que los humillo como su esclavo y de ahora en adelante, Manigoldo y Albafica atravesaran un calvario que no parece tener fin. Minos/Albafica Thanatos/Manigoldo Manigoldo/Albafica
Inframundo.
Capitulo 12
Reconciliación…
Minos de grifo estaba cometiendo un error al pensar que el terror funcionaria con una criatura tan orgullosa como el Santo de piscis como su hermano confundía el ojo del huracán por sumisión, por lo cual, lo mejor era brindarle un poco de ayuda, mostrarle un camino menos tortuoso para ganarse su confianza, usando lo mucho que había aprendido de los humanos, después de todo no por nada era dueño de los sueños, las pesadillas y fantasías de los humanos, a diferencia de su hermano, había comprendido su verdadera naturaleza.
Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo
Manigoldo esquivo el golpe del dios de la muerte que parecía solamente jugar con él, no lo atacaba como en el pasado, sólo le mantenía a una distancia prudente para que no pudiera hacerle daño, ese cuarto estaba siendo destruido, la cama, la silla, aun los libros, todo para tratar de mostrarle que no podía jugar con él.
Thanatos seguía sin usar su armadura ni su verdadero poder, limitando el daño a su habitación, tratando de mantener su paciencia cuando su amante intento de nueva cuenta usar su técnica para separar su cuerpo de su alma, un truco que ya no funcionaria.
Manigoldo cayó en el suelo con gracia, relamiéndose los labios, respirando hondo al mismo tiempo que los espíritus lo rodeaban, tratando de formar un escudo de fuego alrededor de su cuerpo.
— No puedes derrotarme.
El santo de cáncer apretó los dientes, entrecerró los ojos y ataco de nueva cuenta, apretando el puño con fuerza, impactándolo esta vez contra la mejilla del dios de la muerte, quien se quedo inmóvil, perplejo por ese golpe certero.
— ¡Puedo intentarlo hasta que lo logre!
Respondió Manigoldo, esquivando la respuesta de Thanatos, una demasiado débil a comparación de su primer combate, dándose cuenta que estaba burlándose de él, mostrándole lo inútil que era pelear, negársele, enfureciéndolo aun más.
— ¡No juegues conmigo!
Le advirtió, recibiendo una sonrisa de Thanatos, quien respondió con un nuevo golpe, esta vez certero, quebrando algunas costillas del pecho de su consorte, el que retrocedió apenas lo suficiente para evitar que lo sostuviera del cabello.
— ¿Qué no juegue contigo?
Pregunto elevando de nueva cuenta las piezas de ajedrez, las que fueron destruidas con destreza, Manigoldo había aprendido como hacerlo y ese truco no funcionaria dos veces, Thanatos suponía que debía sentirse ofendido, pero la realidad era que su poder lo llenaba de orgullo.
— Esta bien, no lo hare.
Manigoldo sonrió ladeando ligeramente la cabeza, creyendo firmemente que tenía una oportunidad de brillar, pero que si no lo hacía, al menos este dios tendría que tratarlo con más respeto, no era un juguete y no dejaría que lo convirtieran en uno.
— Mi fuego fatuo…
Thanatos en ese instante abandono su forma humana, portando la titánica apariencia del dios, le enseñaría que a pesar de su poder no había forma de enfrentársele, que una vez su decisión fue tomada ya no había marcha atrás, ahora le pertenecía y solo por su gracia podría obtener un poco de libertad.
— ¡Mi nombre es Manigoldo!
Respondió gritando, ignorando el dolor de sus costillas, su pérdida de aire con tal de seguir con aquella pelea, Thanatos se elevo en el aire, convocando algunos de aquellos espectros con apariencia de calaveras, las que volaron alrededor suyo, tratando de morderlo.
— ¡Y no soy tuyo!
Thanatos comenzó a reírse, él era suyo por siempre, hasta que ya no lo quisiera más y por el momento, el mortal nacido bajo la constelación del cangrejo era tan atractivo como la vida misma, demasiado tempestivo.
— Pero si lo eres.
Manigoldo apretó los dientes, saltando en su dirección convocando su cosmos, uno negro plagado por la muerte, los espíritus de los aldeanos de la aldea destruida por varios espectros comandados por uno de los hijos de su hermano, quienes se empeñaban en cuidar a su último sobreviviente.
— Soy un dios, no puedes negarte a mí.
Thanatos esquivo varios puñetazos y otras tantas patadas, disfrutando de la energía de su consorte, del brillo de su cosmos, la furia en su rostro combinada con ese dejo de sadismo, una expresión cautivante.
Deseaba que su cangrejo siempre fuera como eso, ese fuego que tarde o temprano se convertiría en llamas infernales, su guerrero, su amante y porque no, su juez, cuando Minos de grifo cayera de la gracia de Hades, al ver que su lealtad había mermado por la lujuria por su hermoso veneno.
Había escuchado de los labios de Verónica que Minos descuidaba sus tareas, que ese comportamiento comenzaba a destruir su valía en el inframundo, los otros jueces le consideraban un demente, casi un traidor a sus convicciones, abandonando a su dios y su puesto en más de una ocasión, solo para que, para poseer a uno de los santos de Athena.
El sería el primero de muchos otros espectros, con suerte podrían organizar un golpe de estado, porque el soborno de su dios, no había tenido el efecto deseado, sino que por el contrario, ellos, como hijos de la noche, debían ser quienes gobernaran el inframundo y tarde o temprano, declararle la guerra a Zeus.
Pero primero debían comenzar con uno de los jueces, usando la estrella negra que se perdió cuando ese espectro leal a Hades murió, después, le seguirían otros tantos, y si de todas formas no lograban complementar su golpe de estado, tendría una grata compañía pro toda la eternidad.
Thanatos generalmente nunca atacaba con golpes directos, prefería usar su cosmos de manera contundente, aplastar a sus enemigos, pero eso no significaba que no pudiera pelear cuerpo a cuerpo y con gusto se lo demostraría a su fuego fatuo, quien poco a poco perdía terreno, recibiendo varios golpes más en su pecho, donde sabía estaban sus costillas rotas.
Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo
Sage no podía creer lo torpe que había sido, como condeno a su querido discípulo a un destino peor que la muerte en esa aldea abandonada, todo por cegarse en su afán de venganza de sus camaradas caídos, vengar a su diosa y cometer un error fatal que no pudieron adivinar de ninguna forma, ignorando todas las señales inequívocas del deseo de la muerte por su joven alumno.
La primera cuando destruyeron esa aldea los espectros de hades en un acto por demás extraño, no porque no fueran sanguinarios, sino porque no tenía ninguna utilidad gastar recursos en ellos, ni llamar la atención del santuario de aquella forma, mucho menos que uno de los hijos de Hypnos en persona hubiera comandado esa masacre.
Estaban seguros que buscaban algo en ese pueblito alejado del santuario, pero no sabían qué era eso, Hakurei dijo que debían revisar las ruinas, ver que habían dejado los espectros, el no estaba del todo seguro, aunque sí llamo su atención lo que decían de la existencia de un asalta caminos, probablemente un sobreviviente de la matanza.
Aun así, Sage no estaba dispuesto a mandar a uno de sus soldados a las ruinas de aquella villa, en ese lugar no había más que fantasmas y los perpetradores de semejante crimen contra la humanidad.
No estaban en condiciones para iniciar una batalla con alguno de los hijos de Hypnos o el propio dios del sueño en persona, existían asuntos mucho más importantes que atender, pero en el fondo, a pesar de saber que no debía enfocarse en esa villa, su corazón le decía que debía ser él quien la visitara y en un sueño, su diosa se lo confirmo, le pidió que buscara al único sobreviviente, al futuro santo de cáncer, quien a su vez, correría un peligro terrible si acaso la muerte llegaba antes a él.
Sage se marcho apenas despertó, buscando al único sobreviviente, un niño pequeño, sucio y hambriento, con una visión del mundo tan triste que estremeció su corazón haciendo que se jurara en ese instante que le ayudaría a vivir, a pesar de que su cosmos estaba rodeado de la muerte, de su pasado y del incierto futuro con una guerra santa a punto de estallar.
Pero le había fallado, a pesar de todos sus esfuerzos no hizo otra cosa que entregarlo en los brazos de la muerte y aunque era injusto que pidiera algo como eso de su discípulo, esperaba que algún día pudiera perdonarlo.
Sí volvía a verlo, y estaba seguro de que lo haría, porque ese dios furioso no soportaría la tentación de vengarse de su enemigo mostrándole el destino de su amado alumno, a quien Sage veía como si fuera su propio hijo, justo como Lugonis veía a Albafica, le pediría perdón por haberle fallado de aquella forma.
Sage se encontraba sentado en los campos elíseos teniendo esos pensamientos, arrepintiéndose por sus fallas, sufriendo un pesar que se confundiría con una de las torturas de los círculos del inframundo, tal vez la peor de ellas, porque él estaba en ese paraíso cuando su alumno vivía un calvario.
— Sage…
El patriarca desvió un poco la mirada, observando unas ropas sencillas, aquellas que este santo vestía cuando no usaba su armadura, sorprendiéndose de verlo a él en los campos elíseos, suponiendo que habría reencarnado desde hacía mucho tiempo, sí que es que era la persona que se imaginaba.
— Sentí tu presencia… pero no estaba del todo seguro.
Sage se levanto del suelo, ambos tenían la edad del cuerpo que abandonaron cuando perdieron la vida, aunque uno de ellos hubiera muerto hacía demasiado tiempo, los mismos que Albafica porto la armadura de piscis.
— Lugonis.
El padre de Albafica retiro algunos mechones escarlata de su rostro, asintiendo con una delicada sonrisa, la que le recordaba al amor imposible de su alumno, seguramente porque estos fueron aprendidos de su padre, como suponía que algunas cuantas de sus manías le fueron heredadas a Manigoldo.
— Mi hermano pidió que me llevaran a los campos elíseos cuando localizo mi alma en el inframundo, ese fue su premio al ganar la guerra santa, eso es cierto.
Sage no desvió la mirada, su rostro carecía de sentimientos, pero sabía que Lugonis como él no había logrado tener un segundo de paz en esos campos que supuestamente eran un paraíso, como hacerlo si su hijo había sufrido un destino terrible.
— Es cierto, perdimos la guerra.
Lugonis trato de controlarse pero no pudo, ya no le importaba que su sangre, si aun tenían un cuerpo físico, estuviera cargada de veneno, en lo único que pensaba era en su hijo, su regalo de los dioses sufriendo en el inframundo.
— ¡No me digas eso!
Lugonis ataco a Sage, impactando su puño contra su rostro, habían confiado en el, todos ellos, por eso condeno a su hijo a una soledad perpetua, porque en realidad creían que tendrían la victoria, no que sus estrategas les fallarían de semejante forma.
— ¡Que hay de Albafica!
Lugonis entonces lo sostuvo de su túnica, acercando su rostro al suyo, furioso como nunca antes, una imagen contraria a la que Sage conocía en el maestro y padre de Albafica.
— ¡Sufrió mi condena por nada!
Sage no se soltó, pero no comprendía lo que había pasado para que perdieran la guerra, tal vez debería decírselo a Lugonis, aunque no serviría de mucho en el estado en el que se encontraba, podía ver las lagrimas escurriendo de sus ojos, el arrepentimiento en su rostro, su ligero temblor.
— ¡Por eso lo condene, para que perdiéramos y ahora el pague por mis pecados!
El patriarca rodeo los hombros de Lugonis, tratando de calmarlo, al menos su alumno no fue uno de los trofeos de guerra de esos espectros, aunque no podían estar seguros de nada, sólo que debían ser fuertes por el bienestar de sus pupilos.
— No sé que ocurrió, yo y mi alumno dimos nuestra vida para encerrar a Thanatos, más que eso no lo sé.
Lugonis logro soltarse de golpe, alejándose unos cuantos pasos, en ese instante no le importaba el alumno de Sage, su preocupación estaba para con su hijo, como todo padre hacia, aunque eso fuera un acto egoísta, estaba cansado de sacrificarse por una meta vacía.
— ¡A mí solo me importa Albafica, cual es su destino en este infierno, se que algo malo le está pasando, puedo sentirlo!
Sage asintió, comprendía las palabras de Lugonis, su papel era guiar y proteger a todos los santos, no solo a Manigoldo, pero en ese preciso instante, el único que le dolía era su alumno, quien era más su hijo que su discípulo.
— Comprendo cómo te sientes Lugonis.
El negó aquello, no creía que Sage pudiera comprenderlo, el no tenía hijos, no sabía lo que era cuidarlos, protegerlos, estar pendiente de sus sueños y de sus enfermedades, tampoco alimentarlos, o procurar su bienestar, eso no podía entenderlo el patriarca.
— ¡No lo haces! ¡Tú no tienes hijos!
Fue su respuesta, seguro de que no era así, pero se equivocaba, Sage había cuidado de Manigoldo desde que llegara al santuario, justo como lo hacía un padre y aunque no pudo verlo como un bebe, ni cargarlo en sus brazos o mostrar inclinación alguna por su discípulo, la verdad era que ante sus ojos él era su hijo.
— Tu tampoco, Albafica no tenía tu sangre, pero aun así en tu alma, sabes que ese niño es tu hijo, pues bien, Manigoldo es el mío y no puedes entender lo arrepentido que estoy por no prever el futuro ni nuestro destino.
Sage en ese momento dejo ver un poco de su desesperación, la que igualaba la de Lugonis, quien casi inmediatamente se arrepintió por sus duras palabras, tratando de controlar un poco su enojo.
— ¿Por qué estás aquí?
Pregunto entonces Lugonis, el destino de los santos de Athena era bien sabido, por lo que no entendía la presencia de Sage en los campos elíseos, no cuando él junto con su alumno y su hijo debían ser una estatua de piedra.
— Como una venganza del dios de la muerte.
Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo
Thanatos mantenía a Manigoldo del cuello apretándolo con fuerza, asfixiándolo, esperando el momento en el que su trofeo dejara de luchar o que perdiera el sentido, sintiendo a sus espaldas otro cosmos, el de su hermano.
Thanatos dejo caer a Manigoldo, abandonando esa habitación hecha ruinas, siguiendo a Hypnos, preguntándose ahora que deseaba de él su hermano, acaso no veía que se estaba divirtiendo con su compañero.
— ¿Por qué dejas que te levante la mano?
Era una pregunta interesante, porque aun el mismo Thanatos no estaba seguro del todo, probablemente porque de aquella forma podría demostrarle lo inútil de su repentina rebeldía, una que había llegado demasiado tarde, después de consumir la granada que lo ataba al inframundo.
— Quiero robarle la esperanza, que entienda que no puede negarse a mí, porque esa es su voluntad.
Hypnos estaba seguro que aquel era un error, que no debía permitirle ninguna clase de insubordinación o pelearía con su humano durante toda la eternidad, haciendo que de esta forma su favor al juez Minos fuera inútil y su capricho sólo fuera mayor.
— ¿Qué es lo que deseas de él? No lo entiendo.
Eso era bastante obvio y para un dios que se jactaba de entender a los humanos, era ridículo que no comprendiera su deseo, su lujuria por el cangrejo, su fuego fatuo, el regalo que hades había forjado para él.
— No creo que lo entiendas.
Respondió acercándose a Hypnos, quien permaneció impasible, ligeramente molesto por la necedad de Thanatos, cuyo deseo le crispaba los nervios, por primera vez desde su creación no comprendía que era aquello que pasaba por su mente, ni siquiera durante la caída de Troya su hermano fue un misterio para él.
— Quiero besar sus labios, borrar las mentiras de su boca.
Al principio no estaba seguro pero ahora ya lo hacía, con una claridad inusitada y aunque todavía no comprendía que era aquello que lo volvía loco de deseo en ese hombre, sabía que debía ser suyo más allá de su cuerpo o su alma.
— Pegarlo a mí, abrazarlo con fuerza hasta que compartamos el mismo lugar en el universo y acariciar su espalda con suavidad, ahuyentar sus temores, los demonios de su pasado, dejándome sólo a mí.
Para muchos no tendría sentido su aparente locura, pues si bien Manigoldo era muy atractivo no podía llamarse hermoso, tampoco era un efebo, no compartía las cualidades de sus ninfas, ninguna de ellas y su rebeldía era una ofensa que hubiera castigado en el pasado, pero ahora, estaba dispuesto a ignorarla.
— Sostenerlo por siempre, clavar mis dientes en su piel, deleitándome con su sabor.
Manigoldo inflamaba su deseo como ningún otro, su aroma, su cosmos, el sabor de su piel, cada diminuto aspecto unificado en un solo mortal, un premio que había buscado desde hacia tiempo, que Hades creo para él como una forma de controlarlo y separarlo de su hermano, pensando que él había sido el artífice del momentáneo golpe de estado y que el guardaba respeto por su dios, aunque su estadía en el inframundo fuera solo un castigo.
— Realizar indescriptibles actos de lujuria que ambos disfrutaremos hasta que pensemos que somos uno, que él volverá a morir a causa de su orgasmo.
Uno que sería mucho más tolerable con Manigoldo en el, como su compañero, quien era su más grande tentación, su mayor orgullo, que podría ser su ruina y su derrota, pero aun así, a pesar de saber que ese humano, tan hermoso y letal, nacido del fuego demoniaco, sería su caída, encontraba que no le importaba en lo absoluto.
— Ansió ver de nuevo esa mirada, ese brillo que portaba en sus ojos cuando destruyo este cuerpo, saber que solo existo yo para él, que él es mío y que no tiene ningún otro lugar a donde ir.
Probablemente por eso su hermano creía que estaba divagando, perdiendo su cordura y su razón, perdiendo su divinidad, convirtiéndose en un dios demente, más hombre que deidad, pero tampoco le importaba, no cuando lo había encerrado en su prisión eterna cuya única llave la portaba él.
— Te has enamorado de ese humano.
Era gracioso, porque en todo ese tiempo no había pensado en aquella palabra, tan carente de significado para él, pero para un humano, tal vez tendría mayor sentido.
— Yo no lo llamaría amor, pero tal vez así sea, tú eres el experto en estos asuntos.
Amor, un sentimiento que no reflejaba su sentir, aquel se suponía que era cálido, perfecto, embriagante, plagado de luz y armonía, algo contrario a lo que pasaba por su psique cuando le miraba con todas sus manías y su visible desagrado hacia él.
— Sera tu perdición.
Lo sabía y no le importaba, él era la muerte, el universo no podía existir sin él ni su hermano, así que de momento, toda su atención era suya y Manigoldo se acostumbraría a eso, porque después de todo, a donde más podría ir.
Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo
Minos se alejo de Albafica depositando un beso en su sien, el santo de piscis estaba cansado, no era para menos, no dejo de pelear contra sus hilos para poder liberarse, a pesar de que había disfrutado de sus caricias, al menos su cuerpo perfecto, creado para ser adorado.
El juez Minos camino lentamente cubriéndose con su túnica, sirviéndose una copa de vino rojo como la sangre, seguro que su amante estaba hambriento, además de muy cansado, no le convenía que siguiera de esa forma, podría perderlo si moría por inanición.
Trataba de pensar en alguna forma para poder ganarse a su belleza, a su rosa con espinas afiladas, comprendiendo ya muy tarde que el dolor y el miedo no lograrían domesticarlo, que lo había juzgado mal y que su orgullo era mucho mayor que su belleza.
Estaba perdiendo la cabeza por este guerrero, perdiendo la noción de lo que realmente debería importarle, como su lealtad por su dios Hades, quien en su gracia y misericordia le dio nueva vida, le premio con su hermoso guerrero y ahora, que Radamnthys y Aiacos le acusaban de ignorar sus deberes, parecía que toleraría su actitud descuidada.
Sólo que temía que nunca pudiera cumplir su misión, sumar en sus filas a este Santo de Athena en particular, el que conquisto su corazón e inflamo sus deseos durante su pelea, al mismo tiempo que pensó, debido a su soledad, que sería fácil tentarlo para que aceptara un destino sin el veneno.
Pero se equivoco y ahora, a pesar de sus mejores esfuerzos, Thanatos, uno de los dioses gemelos que su dios creía estaban pensando en traicionarlo, había conseguido con relativa facilidad que ese bruto consumiera la granada, no le importaba que su maestro fuera capturado, sino que se le estaba adelantando y sólo había un lugar, una estrella negra en el ejercito de Hades, que alguno de los dos Santos podría utilizar en las filas de su amo.
Debía encontrar la forma de cautivarlo, seducirlo, pero para eso tendría que reescribir el pasado, algo que era técnicamente imposible, así que no había marcha atrás, debía utilizar su esfuerzo pasado para intentar seducirlo.
— Parece que tienes un problema…
Hypnos era uno de los dioses gemelos, el más tranquilo y quien había localizado a su dios, razón por la cual Hades había ignorado sus pecados durante la guerra, pero no por eso, él tendría que perdonarlo por su traición.
— Tienes mucho descaro al presentarte frente a uno de nosotros.
Fue su respuesta, ignorando que no portaba su armadura y que Hypnos era por mucho más poderoso que él, Minos era uno de los tres jueces, era el único que tenia control sobre las almas, no permitiría que uno de los gemelos le dijera que hacer.
— No vine aquí para solucionar tu fatal error de juicio Minos de Grifo.
El dios del sueño hablaba de Albafica de Piscis, por lo que se preguntaba que ganaba este dios, al presentarse delante suyo, no se estaba burlando, ninguno de los dioses gemelos eran afectos a eso, mucho menos el controlado amo del sueño, quien siempre portaba su verdadera apariencia, a diferencia de Thanatos.
— Vine para brindarle ayuda a mi hermano y por consecuencia indirecta a ti.
Minos guardo silencio, al ver que Hypnos caminaba en dirección de Albafica con lentitud, quien seguía dormido aunque más bien parecía inconsciente, demasiado frágil en ese estado, por lo que se detuvo enfrente suyo, como si quisiera protegerlo, una actitud que el dios encontró interesante por decir lo menos.
— Ustedes han ignorado el vínculo entre los dos signos, sus armaduras y sus portadores, un error fatal si acaso quieren que renazcan en nuevos espectros.
Hypnos llevo su mano a la frente de Albafica y después a su corazón, observando sus sueños, los que veía a una velocidad que solamente un dios de su enorme poder podría comprender.
— Se que por el momento solo puede nacer uno y que mi hermano parece tener la ventaja, pero no es así, ha olvidado que los humanos se aferran al pasado, que sin importar lo que ocurra, no dejan que este se olvide como no se puede borrar de manera permanente.
Minos se mantuvo firme, mirándole fijamente, sin entender sus palabras del todo, solo que Hypnos quería ayudarle en su misión, traicionando a su hermano gemelo, dándole la ventaja.
— Dijiste que venias para brindarle ayuda a tu hermano, no a mí.
Del cuerpo de Albafica comenzaron a surgir pequeñas esferas doradas, todas ellas sueños o recuerdos que se albergaban en su alma, en el centro de su misma esencia, cada uno de ellos eran fragmentos de conversaciones, de momentos robados en su infancia, adolescencia y en su madurez.
— Mi hermano ha perdido la cabeza por ese santo de cáncer, pero sé que solo es un deseo momentáneo, que finalizara en cuanto ese humano haya sido derrotado y acepte su destino, no puede ser de otra forma.
Porque en ese caso estaría prendado de ese guerrero por toda la eternidad y esa idea le era inconcebible, por lo que usando sus habilidades divinas, supuso que la mejor forma de domar a este guerrero era borrar la existencia de Manigoldo de sus recuerdos, pero eso era imposible, por lo que la segunda opción era modificarlos de tal forma que su amor se convirtiera en desagrado, tal vez en odio y este sentimiento, en deseo o lujuria, porque el amor no se podía crear de la nada.
— Pero su amado santo de cáncer no podrá corresponder a sus sentimientos si Albafica aun se encuentra en pie, a su lado aunque no pueda verlo, compartiendo ese vínculo invisible, interponiéndose en los designios de los dioses.
Algunas de las esferas cambiaron de color por un rojo brillante y nuevamente, como si se tratasen de las piezas de un rompecabezas, regresaron a los recuerdos de Albafica, distorsionándolos de tal forma que no sabría a quien odiaba y a quien deseaba, con un poco de suerte, en esta ocasión, Minos podría actuar con cautela, aunque lo dudaba mucho, la soberbia era una de sus peores fallas.
— ¿Por qué no haces esto con Manigoldo?
