CAPÍTULO XII — Visita inesperada

Ya terminaba el mes de mayo y no tardaría en llegar el monzón y, con él, las lluvias en la ciudad de Salalah. Habían pasado las semanas sin noticias de Voldemort y su maestro no había descubierto todavía como desactivar los brazaletes, cosa que desanimó bastante a su aprendiz.

Harry seguía un entrenamiento muy intenso: Levantarse a las seis para hacer ejercicios con Rafiq, alternando luego lucha con espada con Rafiq o defensa personal con Utba, ducharse y desayunar, clase de idioma y de costumbres con sus dos profesores, clases teóricas de magia y pociones con su Maestro, almorzar con su Maestro y Rafiq, la siesta a la que le obligaba Habib cada día y clases prácticas de magia toda la tarde. Poca energía le quedaba cuando llegaba la cena.

Harry siempre estaba a solas con su tutor a esa hora, reservándole el momento de la cena a su pupilo para que pudieran hablar. Cuando estaban ellos dos solos no utilizaban el comedor "europeo" con mesa y sillas, sino que utilizaban uno más íntimo con decoración típica del país, una mesa baja sobre una enorme y mullida alfombra y rodeados de cojines.

— Si sigues a este ritmo vas a caer enfermo de cansancio — bromeó Yamil, alborotando el rebelde pelo del adolescente.

— Estoy avanzando mucho, eso es lo que importa — Comentó sentándose sobre la enorme alfombra con las piernas cruzadas.

Yamil le sonrió orgulloso, solo obtenía alabanzas en los informes de los profesores que había contratado para que le instruyeran en conocimientos muggles y, aunque iba atrasado por todos los años que no estudió aquellas materias, avanzaba con rapidez y parecía que la informática era algo que Harry disfrutaba y se le daba bien.

Empezaron a cenar hablando de trivialidades. La comida, como siempre, era suculenta y los dos disfrutaban de ese momento de tranquilidad. Yamil era un hombre estricto, de apariencia severa, pero había conseguido ganarse la confianza de Harry en esas semanas y empezaban a sentirse cómodos uno junto al otro.

— Me ha comentado el Maestro Mikah que los exámenes en la escuela de magia son el mes que viene y que hemos de decidir qué vamos hacer.

— Sí, ha hablado con el Gran Capo por el pergamino encantado y están buscando la manera para que pueda hacer los exámenes sin romper ninguna regla —. Nadie se atrevía a decir los nombres de los componentes de la orden del fénix, por si acaso, y habían acabado dándoles apodos a todos y, Dumbledore, había sido bautizado como el Gran Capo, Ron como Zanahoria por el color de su pelo y su familia eran la familia Zanahoria, siendo los gemelos Zanahoria1 y Zanahoria2 y Ginny Pelirroja, Hermione era Avispada y Remus era Lunático.

— Tenedme informado para que pueda tomar las disposiciones necesarias. — Era muy consciente de que debería acomodar toda su agenda de trabajo, para acompañar a su pupilo, si debían desplazarse.

— Yo querría ir a Hogwarts y ver a mis amigos — Murmuró melancólico, les extrañaba mucho y solo le llegaban pequeñas informaciones de la parte de Dumbledore de que todos estaban bien —. Al menos antes podíamos escribirnos, ahora ni eso.

— Sabes que es imposible que contactes con ellos de momento — Yamil se daba cuenta que aquello estaba consumiendo a su pupilo y ya habían hablado de ello con el mago, que también declaró su preocupación sobre el tema. — Con el Maestro Mikah encontraremos alguna manera de que puedas comunicarte, aunque no puedo prometerte nada.

— Gracias. — Sabía que su tutor intentaría buscar una solución, pero estaba perdiendo la esperanza de que alguna vez pudiera volver a verles y les añoraba mucho a todos.

Las lluvias llegaron y con ellas Harry entró en una pequeña depresión. Se acercaban los exámenes y todavía nadie sabía cómo podría hacerlos, sintiéndose desesperado y atrapado en aquella jaula de oro. Había trabajado muy duro y ya se sabía todo el temario de Hogwarts; estaba muy avanzado en magia elemental, pudiendo dominar el viento, el agua y empezaba a controlar el fuego; en defensa personal había mejorado mucho y era un as con la espada y, ahora, solo veía todos los esfuerzos realizados como inútiles.

Aquella mañana no quiso levantarse de la cama, Tras una mala noche, llena de inquietudes y malos sueños, llegó a un punto de quiebre.

— No voy a levantarme Habib, no insistas y déjame dormir, anula todos mis compromisos de hoy, estoy cansado.

— Señor Harry, tiene que levantarse el señor Rafiq le está esperando ya para sus ejercicios. No puede quedarse en la cama.

— Me da igual, no voy a levantarme. — Y tapó su cabeza con las sabanas.

Se hizo un silencio y Harry pensó que su asistente se había rendido y le dejaba dormir. Lo que no sabía era que había ido a buscar al mago para que le ayudara.

— Estás retrasado Harry — habló Rafiq entrando en la habitación —. ¿Se puede saber qué te pasa? Vamos levanta, no me seas perezoso.

Solo un gruñido se oyó, sin que el bulto bajo las sabanas se moviera ni un ápice.

Todos los que le rodeaban cotidianamente se habían dado cuenta del bajón en la moral del adolescente, pero, sabiendo lo fuerte que era, nadie se imaginó que podría llegar a tocar fondo.

— Vamos arriba. — volvió a insistir, arrancando las sabanas de sobre el cuerpo del adolescente.

— No voy a levantarme — gruñó de nuevo Harry y volvió a atrapar las sabanas cubriéndose del todo.

El personal del comedor había oído la conversación del preocupado Habib con Rafiq, y la noticia de que el muchacho, al que todos habían llegado a querer, no quería levantarse de la cama y que podría estar enfermo empezó a correr por palacio. Pronto la noticia llegó a oídos de Utba que, extrañado, se dirigió a la habitación del chico.

— ¿Hay algún problema? — preguntó Utba a Rafiq señalando al bulto en la cama.

— Parece ser que hoy no quiere levantarse — dijo con mofa el mago. — Estoy pensándome si le permito el capricho.

— Harry, ¿te encuentras bien? — Preguntó algo preocupado Utba acercándose— ¿Quieres que llamemos al doctor?

Harry se iba enfadando por momentos, él solo quería dormir, olvidarse de todo, olvidarse del mundo, no quería ver a nadie y menos a un doctor. Volvió a gruñir, pero no contestó, sujetando fuertemente las sabanas para que nadie se las quitara.

La puerta volvió a abrirse y, esta vez, fue Adel Mikah quien entró.

— ¿Qué sucede? Me han llegado voces de que el chiquillo no se encuentra bien — habló dirigiéndose a su asistente y, acercándose, puso su mano sobre lo que suponía era la cabeza de su aprendiz —. Harry ¿estás bien?

Aquello ya colmó la paciencia del menor y la magia empezó a arremolinarse por encima de la cama ¿Es que no podían dejarle en paz? Él solo quería estar solo y dormir. Empezaron a explotar algunos objetos cercanos.

— Harry cálmate — ordenó su maestro —. Tu magia está muy agresiva y es peligroso.

Para colmo de los colmos Yamil, al que nunca veía hasta la cena, cruzó la misma puerta, preocupado por la información que le dio Wadi de que su pupilo no se encontraba bien y seguía en cama.

— ¿Qué sucede? — preguntó extrañado al ver el bulto cubierto en la cama y tantas personas a su alrededor.

— No quiere levantarse, señor — le informó Utba, encogiéndose de hombros.

Pero cuando su tutor se acercó y preguntó si se encontraba bien todo explotó. El viento hizo aparición en la habitación, lanzándoles a todos lejos de la cama, los cristales y espejos explotaron y los muebles se elevaron haciéndose astillas al chocar unos contra otros. Todo fue un caos en pocos segundos. Tan solo la cama quedó fuera de aquel tornado de magia y viento.

No fue hasta que Adel pudo intervenir, neutralizando la magia de Harry para calmarla, que todo volvió a la normalidad.

Lo que nadie se esperaba era que el mismísimo Lord Voldemort apareciera en aquella habitación, varita en mano, seguido de seis de sus mortifagos, que tuvieron a todos los que estaban junto a la cama, inmovilizados contra la pared y con hechizos de silencio en un abrir y cerrar de ojos.

— Potter — gritó enfurecido el nombre del que sabía era el culpable de todo aquel alboroto — ¿Qué está sucediendo aquí?

— Mierda —. Harry reconocería aquella voz entre miles y sabía los problemas que su presencia iba a acarrear.

Voldemort hizo desaparecer la sabana, descubriendo el cuerpo del muchacho.

— Ummm, ¿Hola? — No se le ocurrió nada más que decir, falto de palabras y algo agotado por la explosión de su magia. Deslizó la varita, que siempre guardaba bajo la almohada, hacia la parte trasera del pantalón del pijama y se sentó en la cama con un profundo suspiro de resignación.

— ¿Se puede saber que ha sucedido aquí?

— Yo…, yo solo quería dormir — contestó avergonzado de haber armado tanto revuelo — y no me dejaban y…, pues…, parece ser que mi magia se ha alterado un poco.

Algunos mortifagos no pudieron evitar gruñir enfadados, habían sido movilizados solo por la rabieta de un adolescente caprichoso.

— Entonces — habló Voldemort en un peligroso tono, acercándose al muchacho hasta cogerle por la camiseta y levantarlo de la cama sin que sus pies tocaran el suelo —. Si no he entendido mal, tu magia se ha disparado a niveles desorbitados, sacándome de una importante reunión solo porque ¿querías dormir?

— ¡Oye! Yo no te llamé, a mí no me eches la culpa — se ofuscó Harry y, dándose cuenta de lo que le acarrearía aquella falta de respeto, cerró los ojos con fuerza esperando el dolor del crucio, que no tardó ni tres segundos en sentir.

Mientras dejaba al chico, recuperándose de la maldición en el suelo, miró hacia los cautivos y vio dos caras que no reconocía y, una de ellas, emitía un fuerte poder.

— Tú ¿Quién eres? — preguntó groseramente, acercándose.

Uno de los mortifagos le quitó el hechizo silenciador para que pudiera hablar.

— Adel Mikah.

— ¿Y que hace un mago junto al muchacho? — preguntó desarmando al viejo mago y al joven a su lado y examinando sus varitas.

— Fui contratado para que el chiquillo pudiera controlar su magia. De no utilizarla se le descontrolaba y había tenido problemas similares a lo que ha sucedido hoy. El joven es mi ayudante.

— ¿Y qué le has estado enseñando?

— Mucha meditación para calmar su núcleo, ejercicio físico para agotar su energía y lo mínimo que un mago de su edad debería saber en pociones, herbologia, astronomía, transformaciones y encantamientos.

— ¿Nada de defensa y ataque? — preguntó sospechoso e intentó entrar en la mente de aquel viejo mago, pero tenía fuertes barreras que le impidieron ver lo que deseaba. No dejó que el mago le contestara y se dirigió de nuevo al muchacho, que ya parecía estarse recuperando. — ¿Nada de defensa y ataque Potter? — volvió a preguntar e intentó también entrar en la mente del chico sin ningún resultado, chocando con potentes barreras. — Curioso — murmuró — muy curioso.

— ¿Puedo hacerte una pregunta sin que me maldigas de nuevo? — se arriesgó Harry, incorporándose hasta sentarse nuevamente en la cama, con su mayor preocupación en mente.

— Dime tu pregunta yo decidiré si merita castigo, puedo dedicarte unos minutos —. El mago apareció una lujosa butaca y se sentó cómodamente en ella.

— Umm, verás, la semana que viene son los exámenes en Hogwarts y…, ESPERA déjame terminar — gritó al ver que cara serpiente ya levantaba la varita con no muy buena cara —. Solo quiero presentarme a los exámenes, nada más.

— Veamos — e hizo una pausa como si pensara —. En las reglas que establecimos, si no recuerdo mal, estaba que no habría contacto con magos y encuentro a dos magos en tu habitación, primer error — siseó entrecerrando sus ojos.

Harry tragó saliva, pero no contestó y esperó todo lo más calmado que pudo a que continuara.

— Te dije que nada de contactos con tus antiguos amigos y que toda la comunidad mágica debía darte por muerto. Explícame ¿cómo un muerto puede presentarse a los exámenes de Hogwarts?

— Visto así — murmuró, pero Harry no quería rendirse —. Me gustaría presentar los exámenes de este curso, en la escuela que tú elijas — añadió rápidamente —. Quisiera terminar mis estudios y, si das permiso, el maestro Mikah podría continuar enseñándome.

— ¿Y que obtendría yo a cambio del esfuerzo de encontrarte un lugar para que puedas realizar tus exámenes? — una mueca maliciosa apareció en aquellas desagradables facciones.

Harry volvió a deglutir sin saber que decirle.

— Déjame pensarlo. — Habló nuevamente Voldemort viendo que el muchacho no iba a contestar, ya encontraría él el pago a ese servicio.

A un gesto de Voldemort uno de sus mortifagos se le acercó para recibir órdenes.

Aquel mortifago hizo aparecer un látigo en su mano y todos se preocuparon por lo que podría suceder.

—Ven aquí — le ordenó Voldemort a Harry.

Este se levantó de la cama muy lentamente, sin apartar la vista del látigo que sujetaba aquel mortifago, pero no avanzó.

—He dicho que vengas Potter.

Harry avanzó lentamente hasta donde se encontraba Voldemort.

— Dame tu varita y arrodíllate.

El menor le miró con algo de miedo, pero no obedeció.

— ¿Por qué ha de ser siempre todo tan complicado contigo? He dicho que te arrodilles y me des la varita — volvió a repetir enfurecido, señalando con su dedo el lugar donde quería al muchacho.

Harry se arrodilló, intuyendo que iba a pasar un mal rato y no quería agravarlo, pero eso de entregarle la varita no lo veía muy claro. No tuvo que decidir que, de un "accio", salió su varita de la goma del pantalón de su pijama para caer en las manos de su enemigo.

— Harry Potter has desobedecido, contactando con un instructor mágico no permitido — enunció y Harry sintió el dolor del primer latigazo lastimando su espalda. Se mordió el labio para que ningún sonido saliera de su boca —. Has interrumpido mi mañana, haciéndome perder el tiempo, por una razón estúpida — y volvió a sentir el látigo rasgando cruelmente su carne. Una traicionera lágrima surcó su mejilla.

Voldemort dio una nueva orden a sus mortifagos y Harry fue levantado, siendo sujetado por dos de los hombres, uno a cada lado.

— Nunca permitiré una desobediencia — dijo finalmente y fue su tutor al que giraron contra la pared y empezó a recibir latigazos en su espalda.

—Déjale — gritó Harry viendo desesperado la sangrante espalda de su tutor y se debatió contra los mortifagos que le sujetaban para que le soltaran sin conseguirlo—. Es mi castigo, yo debo recibirlo.

— Tú ya has recibido tu parte, el squib siempre recibirá diez veces tu castigo, tenlo en cuenta cuando pienses en tu próxima tontería. Para algo es el adulto responsable y su deber es vigilarte y controlarte. Si no es capaz de ello le mataré y tú te vendrás conmigo y no será a un palacio con sirvientes donde yo pienso llevarte.

Una vez terminaron los veinte latigazos, dejaron a Yamil sangrando en el suelo y dio orden a sus mortifagos de que se retiraran.

— Te informaré del tema de los exámenes. —. Dejó las tres varitas, que aún tenía en su poder, sobre el asiento—.De momento te permito que los dos magos sigan con sus enseñanzas, visto que todavía no eres capaz de controlar tu magia. — añadió viendo la destrozada habitación y levantó su varita para enviar dos hechizos del mismo color hacia Adel y Rafiq.

Sin decir nada más desaparecieron y los hechizos inmovilizantes y de silencio dejaron de tener efecto, liberando a los que seguían cautivos.

Harry corrió hacia donde se encontraba su tutor, olvidándose de su propio dolor.

— Lo siento señor Yamil, lo siento, lo siento, lo siento — Harry repetía, una y otra vez, llorando desconsolado mientras se agarraba al cuello de su tutor.

Yamil casi no podía moverse de dolor, pero no rechazó a su pupilo e intentó acariciarle la mejilla para consolarle, viendo en el estado de nervios en que se encontraba el chico.

Las manos de Rafiq le sujetaron con gentileza, intentando separarle del pobre hombre, que sangraba copiosamente de las heridas de su espalda. Aquel mortifago no se había retenido con los golpes.

— Ven conmigo Harry, vamos a curar tu espalda, mientras el Maestro curará la del señor Yamil. Los dos vais a estar bien dentro de poco.

— Lo siento Rafiq. — Harry le miró con los ojos llorosos, abrazándose al hombre —. He sido un necio caprichoso y he puesto a todos en peligro. Todo es mi culpa.

— Nada es tu culpa — intentó consolarle Rafiq.

Adel recuperó su varita y convocó un montón de pociones y le pasó varias a su asistente para que se ocupara de Harry.

— Chiquillo aquí todos somos muy conscientes del peligro que representa ese mago, no te hagas mala sangre —. Le dijo con voz calma Adel. — Ahora no digas más tonterías y deja que Rafiq se ocupe de ti o entonces si será tu culpa si me enfado.

Harry miró con gratitud a su maestro y se dejó guiar por Rafiq hacia la cama. Una vez le tuvo sentado, le dio una poción calmante, otra contra el dolor y un relajante muscular, para los efectos del crucio que había recibido. Le sacó con delicadeza la destrozada camiseta y, ayudándole a tumbarse bocabajo, curó las heridas abiertas de la espalda. Aquel látigo debía tener algo especial para hacer heridas tan profundas.

Utba se acercó a la cama con Habib en sus brazos, dejándole en la enorme cama al lado de Harry. El joven se había desmayado de la impresión de ver a Voldemort y seguía inconsciente.

— ¿Va a estar bien?— preguntó Utba a Rafiq. La furia bullía dentro de aquel hombre al no haber podido defender a su protegido, viendo con impotencia como era torturado. Nunca habría pensado que aquel monstruo, del que tanto había oído hablar, pudiera ser tan cruel.

— Sí, las heridas no tardaran en cicatrizar — explicó el mago —. No te mortifiques, tampoco nosotros pudimos hacer nada.

Una vez tuvo las heridas cicatrizadas, Rafiq, le hizo beber una poción para dormir sin sueños y Harry cayó inmediatamente en un profundo sueño.

— Ha sido muy valiente y ni siquiera se ha quejado ni una sola vez — comentó Utba acariciando el pelo del chico ya dormido. Veía a Harry con respeto, al haberle visto enfrentarse, sin titubear, a aquel monstruo que parecía salido de una película de ciencia ficción. — ¿Hay muchos magos como ese en vuestro mundo?

— Por suerte no, solo el que has visto, pero para nuestra desgracia tiene muchos seguidores y su poder sobrepasa el nivel de casi todos.

Wadi entró en ese momento, armado hasta los dientes, desesperado porque no había podido entrar en ninguno de sus intentos y Utba se lo llevo aparte para explicarle lo sucedido.

Adel se acercó hasta su ayudante — ¿Cómo está? — pregunto viendo a Harry dormir plácidamente.

— Las heridas eran limpias y no han sido difíciles de cerrar, le he dado una poción para dormir, estaba muy nervioso.

— Has hecho bien. Lleva muchos días alterado y deprimido, supongo que hoy ha sido la consecuencia de todo el estrés que llevaba acumulando. Demasiada presión para alguien tan joven.

— ¿Qué nos ha hecho el mago oscuro Maestro? — preguntó Rafiq preocupado por el hechizo que había recibido.

— Un hechizo localizador. Puedo quitarlo, pero sería prudente no hacer nada de momento, no va a perjudicarnos si lo mantenemos activo. No quiero llamar más su atención y que nos separe del chiquillo. Mucho hemos conseguido con que nos dejara quedar a su lado.

Entre los dos repararon cristales y muebles rotos, dejando todo recompuesto, luego se sentaron velando el sueño de los dos jóvenes dormidos. Wadi y Utba se habían llevado a Yamil a sus aposentos, una vez curadas sus heridas, para que también descansara.

Habib se despertó primero y pronto se ocupó de acabar de arreglar la habitación para que, cuando Harry despertara, estuviera todo nuevamente en orden.

No fue hasta bien entrada la tarde que Harry dio señales de quererse despertar y Habib, que era quien vigilaba su sueño en ese momento, fue a buscar al señor Yamil, que había ordenado que se le avisase cuando sucediera.

Cuando Yamil entró, Harry, volvía del baño, ya vestido y arreglado.

— ¿Cómo se encuentra señor? — preguntó Harry preocupado, sin saber muy bien cómo comportarse, la culpabilidad royéndole por dentro.

— Yo estoy bien, las pociones del Maestro Mikah son muy eficaces ¿Y tú?

— Estoy bien. Lo siento señor Yamil.

Yamil pasó su brazo por los hombros de su pupilo llevándole hasta la zona de la habitación donde había varias butacas.

— Lo siento — volvió a repetir Harry, dejándose caer en uno de los asientos.

— Dejemos muy claro que no tienes la culpa de lo sucedido.

— ¡Claro que es mi culpa! Yo fui quien se descontroló haciendo que viniera. ¡Todos podían haber muerto!

— Pero nadie murió ¿no? Cuando nos impuso todas esas normas sabíamos que estaríamos controlados, además todos los que se ocupan de ti saben lo que sucede y son conscientes del peligro. Tanto a Utba, Wadi como a Habib les expliqué lo sucedido y les di a elegir, todos eligieron quedarse contigo libremente, te aprecian mucho y no quisieron abandonarte. Los dos magos también vinieron voluntariamente en tu busca, sabiendo quien eras y lo que representa estar a tu lado y no vi que se asustaran por ello. En cuanto a mí, creo que te he dejado muy claro que no voy a abandonarte.

Al ver aquellos intensos ojos verdes llenos de culpa suspiró profundamente. Su pupilo era todavía un niño y debía enfrentarse a situaciones de adultos demasiadas veces.

— Harry fui yo quien le hice venir la primera vez creyendo que era lo mejor. Creí que de esa manera te protegería y conseguiría que dejara de pensar en matarte y podrías vivir una vida tranquila aquí conmigo y con mi hijo. Me equivoqué, no me ha devuelto a mi hijo y su obsesión por ti no ha disminuido. Soy yo el culpable de esta situación no tú.

Harry sabía que su tutor había actuado sin pensar mucho en las consecuencias, solo guiado por el amor a su hijo, y ya había sido suficientemente castigado por sus acciones al seguir separado de él.

—Yo solo quiero que nadie más muera por mi culpa. — Harry cerró los ojos y suspiró, dejando que su cuerpo se relajara. — Quisiera una vida tranquila y estar con mis amigos — murmuró sin abrir los ojos.

— Y lo conseguiremos — le animó su tutor.

Pasaron los días sin noticias de Voldemort y todos estaban inquietos, intentando disimular para no aumentar la evidente angustia de Harry.

Era de noche y Harry salía del baño de su habitación cuando encontró a Voldemort tranquilamente sentado en una de las butacas, Habib yacía inconsciente en el suelo.

— Solo duerme — comentó Voldemort, al ver la mirada preocupada que dirigió hacia el joven en el suelo. — Ven, siéntate, quiero hablar contigo.

Harry revisó primero a Habib que, por suerte, había caído sobre la mullida alfombra y no tenía daño alguno. Colocó un cojín bajo su cabeza y se acercó a Voldemort, sentándose en el lugar que le indicaba.

— Es difícil encontrarte solo— empezó a hablar. — Siempre tienes a alguien a tu alrededor.

— ¿Puedes saber también cuando estoy solo o acompañado? — preguntó preocupado, mirando nuevamente aquellos dichosos brazaletes que tanto dirigían su vida.

— Puedo saberlo todo y en todo momento, pero no he venido a hablar de eso. He encontrado un lugar donde te aceptan para que realices los exámenes de sexto curso con la discreción que se les ha pedido.

— ¿Dónde?

— No necesitas saber el lugar, uno de mis hombres vendrá a buscarte y te llevará. Tú solo tienes que ocuparte de sacar las mejores calificaciones, no espero menos después del esfuerzo que me ha requerido tu petición. Permanecerás en aquella escuela mientras duren los exámenes.

— ¿Mi tutor vendrá conmigo?

— No, iras solo.

— ¿Y las cincuenta millas?

— Se anulara momentáneamente. Cuando termines tus exámenes vendrás una semana conmigo, ese será el pago por mi esfuerzo.

— ¿QUÉ? — Harry se levantó de la butaca, nervioso —. No voy a ir contigo a ninguna parte, ya puedes quedarte tu escuela y tus esfuerzos, no haré ningún examen y no voy a ir contigo.

El crucio hizo que Harry cayera al suelo y no pudiera seguir argumentando su negación.

— Tú harás lo que yo diga, ahora eres mío.

— Yo no soy tuyo, no soy de nadie — gruñó sin levantarse del suelo, con el dolor de su cuerpo todavía muy vivo.

— Estate preparado mañana a las seis, alista tus cosas, estarás dos semanas fuera.

Y sin darle tiempo a contestar, Voldemort desapareció dejando a Harry llorando de rabia en el suelo.