Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya, sin ánimos de lucro.
Capítulo XII (Final).
Sadiq se mantuvo callado por un largo rato. Era difícil tomar una decisión bajo esas circunstancias, para ser completamente sincero. Es decir, por un lado, estaba enfadado con aquel. No solamente por el asunto con el francés, sino por todo en general. Aún le costaba trabajo aceptar que estuviera ahí, sentado sobre el mismo sofá que él. De hecho, aún pensaba que se trataba de una especie de sueño.
Sin embargo, cuando levantó la mirada, ahí estaba: Sentado y con los ojos puestos encima de él.
Dejó escapar un suspiro. Le costaba trabajo perdonarle. Le había destrozado cuando se había ido. Sinceramente, pensó que sería el momento perfecto para contarle el infierno por el que le había hecho pasar. ¿Qué más daba? Podía esperar un poco más, ya que unas cuantas horas no se comparaban en lo absoluto a los dos años en los que no había encontrado ninguna respuesta para la repentina desaparición del griego.
—¿Sabes que incluso fui a la facultad donde trabajabas? —murmuró después de un largo rato de silencio. Se había dicho a sí mismo que nunca contaría lo que él había pasado en aquellos momentos. Sin embargo, creyó que Heracles debía saberlo. El recordar lo mal que había pasado en esos meses, francamente le hacía resucitar todos esos sentimientos que se había prometido a sí mismo encerrarlos, para que nadie supiera de ellos.
El griego ladeó su cabeza, ya que no comprendía qué quería decir con eso. No estaba respondiendo su pregunta. ¿Acaso estaba a punto de ser rechazado? Porque eso era lo que parecía. Arqueó una de sus cejas, desconfiado.
Pero en cuanto se dispuso a levantarse de ahí, el turco le agarró de la mano. Lo hizo con tanta fuerza, que no fueron necesarias las palabras para comprender que no quería que se fuera de su lado. De hecho, debido a tal acción, ambos quedaron a muy poca distancia, uno del otro.
—¿Qué…? —No estaba seguro de qué era lo que pretendía. Sin embargo, el hecho de que lo quisiera tan cerca, significaba que quería confesarle algo importante, por lo que decidió darle el beneficio de la duda.
—Sólo cállate y escucha —le exigió. A pesar de que aún tenía sus dudas, decidió contarlo antes de que se arrepintiera de ello. Dado que Heracles se había tomado la molestia de contarle todo lo que necesitaba saber, entonces él haría lo mismo. Aunque dejar de lado su orgullo, era realmente difícil.
Horas después de la partida de Heracles, Sadiq regresó a su piso. Estaba agotado y quería quejarse del trabajo. Respiró profundamente. Miró la hora en su móvil, aún faltaba para que el griego regresara pero de todos modos, deseaba que estuviera allí.
Al principio, no se había dado cuenta de que algo faltaba. Ni siquiera se percató de que la casa estaba mucho más vacía que cuando había salido esa misma mañana. Se limitó a arrojar todas sus pertenencias sobre la mesa de la sala y se recostó sobre el sofá. Cerró sus ojos por un momento y luego volvió a abrirlos.
Se levantó y miró a su alrededor. La librera, en donde solían estar esos enormes y aburridos libros de filosofía de Heracles, estaba completamente vacía. No había un solo rastro de ellos. Sucedía lo mismo con algunas pinturas y jarrones que el otro había comprado: Se habían desvanecido por completo.
Para asegurarse de que no estaba alucinando, corrió hacia al dormitorio. Si bien todas las fotografías de ambos estaban en el lugar donde siempre habían estado, sabía que incluso el dormitorio lucía vacío. Abrió las cómodas y los roperos, para encontrar que todas las ropas del griego habían desaparecido, mientras que aquellas que le pertenecían, se hallaban en el mismo sitio de siempre.
Sacó su móvil de su bolsillo y comenzó a llamar a Heracles. Pero cada vez que lo hacía, iba directamente al buzón de voz. No entendía qué estaba pasando. ¿En qué momento había ocurrido esto? ¿Y por qué, repentinamente, su pareja se había desvanecido de ésa manera? No le entraba a la cabeza que algo así pudiera suceder.
No, no podía ser. Esto no podía estar ocurriendo. Salió de su piso, sin importar que la puerta estuviera abierta y corrió hacia la facultad en donde aquel enseñaba. Alguien debía saber qué estaba sucediendo. Quizás alguno de sus colegas podría darle alguna respuesta para tal repentina desaparición.
Pero fue inútil. Por más que preguntara y preguntara, parecía que nadie tenía la menor idea qué le había pasado. Sin embargo, uno de los profesionales le había indicado que Heracles había renunciado a su puesto un par de semanas atrás. No hace falta decir que esto tomó por sorpresa a Sadiq.
¿Qué más podía esperar ahora? Heracles se había ido sin avisarle en lo absoluto. El turco simplemente no podía creerlo. Gritó al cielo con todas sus fuerzas, sin importarle lo que las personas que pasaban por allí pudieran pensar. Estaba realmente enojado. Su pareja de toda la vida se había de su lado y nunca se había percatado de una señal. ¿Cómo había podido ser tan idiota?
Se sintió como la persona más estúpida del mundo y ciertamente, la traición le había calado fuerte. Su corazón estaba a mil por horas y podía sentir cómo cada pedazo del mismo se iba resquebrajando. Se agarró del pecho y se sentó sobre la fuente. Realmente no podía creer que algo así pudiera estar sucediendo. Simplemente se negaba a aceptar que el griego se hubiera marchado de ésa manera de su vida.
Los próximos meses continuó buscándolo sin tener mucha pistas. Incluso había contratado un detective privado pero siempre llegaba tarde, ya luego de que Heracles se hubiera marchado de la ciudad. Lentamente, fue resignándose de que era una causa perdida y que aquel había decidido marcharse para no volver más. Sentía que le habían arrebatado una parte de su ser y que no regresaría, por más que buscara a alguien que lo sustituyese.
No podía evitar preguntarse qué había hecho mal. Sí, había estado consciente de que quizás no había sido la relación más perfecta. De hecho, en los últimos tiempos, él mismo se había dado cuenta de que habían entrado en una aburridísima rutina. Sin embargo, había creído que encontrarían algún modo de solucionarlo. Nunca se le había pasado por la cabeza que el griego pensó que sería mejor irse de allí, antes de hablar con él.
Intentó e intentó salir adelante. Debía reconstruir y continuar con su vida. La mejor, y única, manera que había encontrado era olvidar o pretender que Heracles nunca hubiera existido. Ya no importaba otra cosa y estaba seguro de que no volvería a abrirse así con alguien. Y pensó que esa traición, esa horrible traición, era imposible de olvidar.
En ese mismo instante, Sadiq detuvo la narración y miró a su ex. Sus ojos no demostraban furia, sino abandono. No era de esos hombres sensibles, que se ponían a llorar por cualquier tontería que les ocurriera. En lo absoluto. De hecho, era prácticamente lo contrario. Sin embargo, había permitido que el griego conociera su vulnerabilidad en ese instante.
Se contuvo por un momento. Temía que el otro se burlase de él. Sin embargo, ya no había vuelta atrás. Había comenzado a sincerarse con él y debía hacerlo completamente. Respiró profundamente, ya no le importaba si aquel no conseguía entender lo que realmente sentía. Era la prueba de fuego y si el griego en verdad quería estar con él, entonces comprendería completamente lo que en ese momento sentía.
—¿Cómo sé que no volverás a irte de la manera en que lo hiciste? —le preguntó mientras que bajaba la vista. Se secó un poco la frente, ya que de los nervios, había comenzado a sudar. Incluso ambas manos temblaban, ya que estaba ligeramente ansioso. Sus ojos rehuían del otro, porque no quería saber si lo estaba juzgando o cómo lo estaba haciendo. Prefería darle la espalda o pretender que no le importaba.
Pensaba en cómo le respondería o qué haría al respecto. Sin embargo, Sadiq no quería emocionarse en lo absoluto. Era, o al menos intentaba ser, realista. Tampoco quería exigirle cosas que no estaban a su alcance. Aunque tenía la seguridad de saber de qué no era un cualquiera en la vida del griego, se preguntaba si éste quería divertirse con otros. Quizás se había quedado con las ganas de continuar en lo que había dejado con el francés.
Su cabeza estaba trabajando a mil por horas. Podía imaginarse todo lo que podría pasar. Inclusive que el otro se marchara. En ese caso, sabía que lo dejaría escapar nuevamente. No porque no lo quisiera, sino que el orgullo no se lo permitiría.
Pero contrariamente a lo que estaba pensando, el griego se levantó y le agarró del mentón, para poder mirarle a sus ojos verdes. No sabía en qué estaba pensando el turco y tampoco le interesaba. Su rostro indicaba determinación. Fuera lo que fuera que tuviera en la cabeza, estaba determinado a que estaba completamente equivocado sobre él. Estaba cansado de que no viera sus esfuerzos o que no los valorara. No obstante, eso ya se había acabado.
Ambos tenían veintisiete años. Ya no estaban en condiciones de andar con esos juegos dignos de una telenovela adolescente y para ser sincero, ya era momento de actuar de una vez por todas.
Quizás pasaron segundos o minutos en los cuales ambos se quedaron completamente en silencio. Ninguno de los dos se tomó la molestia de averiguarlo de todas maneras. Simplemente, Heracles creyó que ya había sido suficiente y posó sus labios encima de los del turco. Iba a reclamar lo que era suyo, lo que tontamente había abandonado y dejarle en claro que estaba de regreso, para quedarse definitivamente.
Sadiq abrió los ojos como si fueran un par de ventanales a la mañana, pues no estaba seguro de lo que estaba pasando. Sin embargo, no echó al griego. En cambio, su primera reacción fue atraerlo hacia sí, con una mano sobre la cintura de aquel. No quería que se alejara de él por nada del mundo, tal y como si se tratara de una posesión muy valiosa. Bueno, era la persona más importante de su vida, así que no podía permitir que volviera a escaparse de sus manos.
El griego fue un poco más y se sentó sobre el regazo de Sadiq. Siguieron sin intercambiar palabras. Los ojos del primero recorrieron el rostro del segundo. A pesar de que habían estado juntos en los últimos días, era como verlo por primera vez. Sonrió levemente, pese al tiempo que había transcurrido, no había cambiado en lo absoluto y le gustaba que fuera así. Luego posó una de sus manos sobre el pecho del turco, específicamente en el lado izquierdo.
Heracles no pudo evitar hablar en ese instante:
—No me iré —dijo totalmente determinado y le agarró de las mejillas, para que lo mirara directamente a los ojos. Quería dejar bien en claro su posición al respecto —Todo lo que necesito… Está aquí —murmuró. Tenía bien en claro que había dicho una cursilada de aquellas, pero no estaba preocupado por ello, porque estaba siendo completamente franco. Aunque quizás no fuera suficiente para el otro.
La única respuesta a esa declaración, fue el beso que le proporcionó el turco. Un beso dominante, exigente, que dejaba completamente al descubierto los sentimientos de éste. Ésa era la mejor contestación que se le ocurrió. ¿Cómo podría decir o explicar con palabras lo que le pasaba en el interior? Solamente con acciones era capaz de hacerlo.
Los recuerdos de la adolescencia comenzaron a regresar a su cabeza. La primera cita, la primera vez que se habían besado, la primera vez que habían estado juntos… Inclusive su paso por la universidad y de cuándo habían compartido habitación en el campus de la misma. ¿Acaso iba a dejar que todo se fuera por este problema? No estaba dispuesto a renunciar a tanto.
Aunque el rencor de lo que hizo el otro le había dado duro en el corazón, no era capaz de dejar tanto atrás. Hay cosas que simplemente se quedan en la vida de uno, pese a todo.
A partir de ése momento, se dejaron llevar por el instinto de ambos. Abandonaron cualquier pensamiento que pudiera arruinar lo que estaban haciendo y simplemente se entregaron al acto por completo.
Las ropas rápidamente cayeron al suelo y el sofá pronto comenzó a hacer cierto ruido. Ambos se miraron, una vez más, a los ojos. Para ambos, era como saciar una sed que se venía acumulando desde hacía dos años y finalmente, haber encontrado el oasis. Las manos del turco recorrían con prontitud el cuerpo del griego, asegurándose de cierta manera de que era el mismo que le había dejado tiempo atrás.
Los jadeos comenzaron a intensificarse. El sudor corría por el pecho desnudo del turco, mientras que éste llenaba de besos y caricias al torso del otro. Besos que se habían guardado y que finalmente, conseguían ver la luz del sol. Su frente se hallaba apoyada contra el hombro de Heracles, quien se había entregado por completo a ese momento, olvidando por completo el pasado o el futuro de la relación. Lo más importante era el presente y planeaba disfrutarlo tanto como se lo permitiese.
Si la chispa entre ambos alguna vez se hubiera extinguido, ahora parecía que había revivido y con mucha mayor fuerza. Heracles estaba un poco sorprendido, porque aunque quizás se debía a que se habían extrañado, pero podía experimentar una pasión que se había dormido tiempo atrás y que había regresado, esta vez para quedarse defintivamente.
Si bien le costaba pensar, dado lo que estaba pasando, Heracles intentó al menos echar un vistazo a lo que estaba sucediendo en realidad. Quería… Quería recordar cada momento de ese instante. Porque no entendía o no recordaba cómo había sido capaz de renunciar a todo eso. Ciertamente, estaba seguro de que no volvería a cometer ese mismo error.
Los jadeos, la excitación, el sudor, la desnudez del turco, el nerviosismo de ambos, la tensión que iba desapareciendo poco a poco… Todos estos factores contribuían a que se volviera completamente loco. Dejó atrás el hecho de que lo hubieran hecho el amor mil veces o que se supiera de memoria cada rincón, cada marca del cuerpo de Sadiq. Era muy parecido a la primera vez que habían estado juntos. Aunque, ciertamente, mucho más gratificante que ya no estaban buscando exclusivamente ese placer físico o explorar el cuerpo del otro.
Se trataba de algo mucho más profundo, que solamente podía encontrarse de ésa manera.
Ninguno de los pudo determinar cuánto tiempo había transcurrido desde que habían empezado a atacarse con esos besos y caricias que parecían llegar profundamente al alma. Pero el clímax llegó y sucedió como nunca lo habían experimentado. Una experiencia que los llenaba hasta al punto de sentirse uno, tan placentera que parecía que nunca se iba a acabar.
El cansancio hizo que ambos se recostaran sobre el sofá. Estaban agotados, la energía se había ido por completo en ese esfuerzo que habían realizado. Ambos estaban cara a cara, con las narices rozándose por las puntas. El mundo había dejado existir en ese momento. Todo lo que había pasado hasta ese preciso instante, fue olvidado.
Sin embargo, el griego no se había olvidado de lo que le había preguntado y sacó de inmediato el tema. Era ahora o nunca.
—¿Me das otra oportunidad, cabeza dura? —Sus ojos verdes no dejaban de ver al otro.
Sadiq respiró profundamente y luego miró al otro, como si le hubiera cuestionado algo que era obvio. Como estaba un poco agotado, decidió que sería lo más conciso para que el otro lo entendiera de una vez por todas.
—Si te vuelves a ir, gato pulgoso, te arrastraré de las orejas hasta que regreses, ¿entendido? —dijo, como si fuera una especie de orden.
Y el pequeño gato gris, desde el dormitorio, maulló.
No quería que fuera demasiado explícito porque ya he tenido problemas por ello -.-
Más adelante, le voy a añadir un epílogo.
¡Muchas gracias por leerlo!
