Inuyasha, Sesshomaru, Kikyo y demás personajes son propiedad de la autora Rumiko Takahashi.

Inuyasha abrió los ojos sobresaltado y segundos después sintió que estaba recostado sobre algo suave y cálido; el sol ya brillaba en lo alto del cielo y los pájaros silvestres entonaban sus melodías. El híbrido volteó a mirar sobre lo que dormía y se dio cuenta de que era piel blanca. Al sentarse sobre ella, concluyó que en realidad era la estola de piel que Sesshomaru siempre traía consigo, quizás por ser parte de su cuerpo más que un simple adorno. Justo como esperaba, su hermano estaba a un metro de él, reclinado hacia atrás sobre el tronco de un árbol, mientras miraba al frente en silencio. Un dolor punzante comenzó a molestar su brazo, así que Inuyasha volteó a mirarlo para descubrir las marcas de colmillos del tigre de la pelea de la noche anterior. Fue entonces cuando él recordó todo: la masacre de los tigres por sus propias manos y su insaciable sed de sangre. A pesar de la forma tan sanguinaria en que actuó, él sintió que su fuerza se había incrementado considerablemente en ese estado; por eso mismo, comenzó a cuestionarse qué tan poderoso podría ser si fuese una bestia pura, y no un híbrido con herencia de humanos, aunque también lo perturbó el hecho de que no pudo controlarse a sí mismo.

—¿Por qué desobedeciste cuando te ordené que te marcharas? —interrumpió Sesshomaru sus pensamientos.

Inuyasha volteó a verlo de inmediato, pero su maestro no parecía enojado; de hecho, ni siquiera lo miraba: sólo seguía sentado ahí, con la mirada fija al frente. Inuyasha no sabía qué responder pero no tuvo necesidad de hacerlo, ya que Sesshomaru volvió a hablar.

—Es mejor que vayas a buscar tu comida.

—Sí —asintió Inuyasha.

Él se puso de pie y fue a recorrer la zona; encontró algunos animales pequeños que atrapó como alimento y también bayas silvestres comestibles. Después de saciarse, decidió recolectar algunas más para llevarle a Sesshomaru: a pesar de lo que su terco hermano mayor decía, era necesario que se alimentara bien para sanar pronto.

También pensó en llevarle agua; pudo oler la fresca humedad de un río y se dirigió hacia allá, donde aprovechó primero para lavar su herida del brazo y refrescarla. Estaba a punto de usar una hoja grande para llevar agua cuando se detuvo: el ambiente en su mayoría tenía olores relacionados con los árboles, el agua del río y animales salvajes, pero entre todos esos olores típicos se filtró un agradable aroma, débil pero perceptible. Inuyasha quedó sorprendido y fascinado con este nuevo aroma, similar a un perfume para él. La curiosidad fue mayor y decidió seguir el rastro.

Caminó entre los árboles y sus pies descalzos pisaron la hierba fresca. Él caminó tras la pista hasta que ésta comenzó a hacerse más fuerte. Casi al llegar a su destino se ocultó entre unos arbustos, debido que al frente se dibujaba un camino de tierra hecho por los humanos, y un grupo de estos humanos estaba abordando una carreta de madera de la cual tiraba un animal. Su instinto le pidió volver de inmediato por donde había llegado, pero los deseos de conocer la fuente de ese "perfume" eran mayores, así que se acercó con sigilo lo más que pudo sin ser detectado. Finalmente y gracias a su esfuerzo, él pudo divisar una fina silueta de cabello largo y negro como la responsable de emanar ese aroma, pero tuvo que esconderse de último momento cuando un hombre pasó cerca de donde él estaba mientras daba instrucciones en voz alta. Cuando pudo volver a mirar, la carreta ya se alejaba por el camino, y el aroma con ella.

Inuyasha no pudo evitar sentir decepción, así que regresó sobre sus pasos, recuperó las bayas, usó la hoja grande como recipiente para llevar agua, y regresó con Sesshomaru. Al volver con su maestro colocó la comida a su lado. Para su buena suerte, en esta ocasión él no la rechazó; si bien no había tomado nada, tampoco había emitido algún comentario negativo al respecto.

Ambos pasaron el resto del día en silencio: Sesshomaru se recuperaba lentamente de sus heridas con los ojos cerrados e Inuyasha miraba hacia el paisaje, distante; a su nariz volvía de vez en cuando el recuerdo del aroma, y con ello aumentaba su curiosidad, pero luego ese recuerdo era reemplazado con los pensamientos sobre la supuesta guerra del Oeste y su futuro reclutamiento en el ejército que dirigía Sesshomaru. No le agradaba del todo la idea de luchar en una guerra, pero adquirir la capacidad de pelear como lo había hecho contra los tigres era una posibilidad que se había vuelto real, al menos por unos instantes, y que ya comenzaba a considerar como algo atractivo: de dominar un poder así sin perder el control, podría volverse tan fuerte como su hermano. Definitivamente, su vida ya no sería igual a partir de ese momento: los últimos eventos lo habían marcado de forma permanente.

Al anochecer, Inuyasha se acercó a la estola de piel blanca de Sesshomaru, cual aún estaba acomodada sobre el pasto; la miró con duda, principalmente por ignorar si su maestro le había permitido usarla como lugar de descanso sólo por una ocasión especial. Inmóvil y de pie, el híbrido miraba a su maestro, quien aún tenía los ojos cerrados; la mente del niño se debatía sobre preguntar o no cuando Sesshomaru abrió los ojos y volteó a mirarlo.

—¿Te quedarás ahí parado toda la noche?

—¿Uh? —dudó Inuyasha, para luego negar rápidamente con la cabeza—. No.

Él entonces se aventuró a hacer un experimento: se inclinó a la altura de la estola y la tocó con su mano derecha, en espera de una respuesta. Sesshomaru sólo lo miró unos segundos, luego volvió a acomodar su cabeza sobre el tronco del árbol en que estaba recostado y cerró los ojos. Inuyasha interpretó ese gesto como una autorización de su parte, así que acercó su cuerpo con confianza a la estola, se acostó sobre ella dándole la espalda a Sesshomaru y cerró los ojos.

A la mañana siguiente, Inuyasha se despertó en cuanto detectó movimiento de parte de Sesshomaru y se puso rápidamente de pie; en esa ocasión, su maestro también se levantó.

—Ya fue suficiente descanso —justificó con su forma habitual, lo cual Inuyasha aprobó.

—Quiero seguir buscando demonios para entrenar —respondió el híbrido con firmeza y un tono de seguridad en su voz.

Sesshomaru decidió que era hora de quitarse los rastros de sangre seca de su cuerpo y ropas, así que se dirigió al río cercano que Inuyasha había encontrado. Mientras él se aseaba, un par de demonios parecidos a los Kappa aparecieron atraídos por la sangre que se diluía en el agua. Sesshomaru no tuvo necesidad de mover un dedo: Inuyasha se lanzó de inmediato a atacarlos con ferocidad. Mientras eso sucedía, su maestro detectó un cambio importante: inicialmente Inuyasha sentía terror por otros monstruos y aprendió a pelear con ellos por necesidad, pero en esta ocasión parecía como si él disfrutara la pelea; era como si el niño temeroso finalmente hubiera dejado de reprimir su lado "bestial" para permitirle salir libre. La prueba fue la sonrisa de satisfacción que mostró y la frase que dijo al terminar.

—Qué fácil. Debe haber oponentes más fuertes por aquí que sí me ayuden a entrenar en serio.

Esta actitud de alguna forma complacía a Sesshomaru: si Inuyasha seguía así, se convertiría en un elemento de gran utilidad para su ejército y él mismo no tendría que ensuciarse tanto las manos para derrotar a un grupo de felinos que, a su parecer, sólo eran un estorbo. Ese sentimiento de complacencia tenía también una pizca de orgullo, bastante similar al de un padre al ver los logros de sus hijos.

—Al parecer, tu idea de entrenar al híbrido no fue tan mala, padre —pensó Sesshomaru, mientras en su rostro se dibujó apenas una sonrisa, por primera vez en todos los años que llevaban juntos.

Inuyasha logró encontrar otro par de víctimas más, un grupo de bestias en forma de castores gigantes, y les dio muerte con sus filosas garras de una forma cada vez más salvaje y cada vez menos humana con cada monstruo que eliminaba. Luego, al chico se le antojó comer carne de "castor" así que eso llenó su estómago para el almuerzo y cena. Al momento de acostarse, Inuyasha obtuvo el permiso definitivo para dormir sobre la estola de piel, lo que resultó ser un alivio para las frías noches de invierno venideras.

Este estilo de lucha y mentalidad salvaje terminó por definir la personalidad de Inuyasha con el paso de los días, semanas, meses y años. Sesshomaru era testigo de primera mano del lento pero constante progreso de su hermano menor.

Con este capítulo se cierra un ciclo de la historia con la intención de abrir el siguiente. Actualizaré de nuevo en cuanto la escuela y el trabajo me lo permitan, aunque confío en que eso no me tome demasiado tiempo. ¡Saludos a todos!