Eran ya cerca de las doce de la noche cuando Claire Dilthey se encontró subiendo las escaleras que llevaban hasta su apartamento de dos en dos, totalmente invadida por la alegría, sin apenas poder creer que uno de sus primeros días en Roma hubiera resultado ser tan increíblemente perfecto. Había llegado a casa más tarde de lo que esperaba, tras pasar por la modistería de la señora Berneri a devolver el traje, y no había podido ni hacer la compra, lo que probablemente significaba que esa noche se iría a la cama sin cenar, pero en ese momento no le importaba: a decir verdad, la periodista se veía totalmente incapaz de hacer otra cosa que no fuera repasar mentalmente todo lo que había sucedido.

La joven entró en su nuevo apartamento, cerrando la puerta tras de sí inmediatamente, y apoyándose en la misma, aún repasando todas las situaciones que había vivido ese día, situaciones que incluso en ese momento le parecían más propias de un sueño o de unos planes irrealizables sólo esbozados en su cabeza que de la misma realidad. Pero de vez en cuando la vida también daba sorpresas agradables. Claire esbozó una sonrisa emocionada, totalmente maravillada de que, después de tantas dudas y miedos, todo se hubiera solucionado de una manera tan sumamente fácil: siempre había deseado aclarar las cosas con Patrick, pero nunca hubiera imaginado que esa conversación fuera realmente a tener lugar alguna vez, porque dudaba mucho de sus caminos volvieran a encontrarse... Echando la vista atrás, se alegraba enormemente de haberse decidido a aceptar la invitación de Chartrand; de no haberlo hecho, su mente estaría aún inquieta por los "y si..." en vez de la sensación de alivio y alegría que sentía en esos momentos.

Cuando se preocupaba por algo, su madre siempre le había dicho que las cosas suelen ser mucho mejores de cómo las imaginamos en nuestra mente, y una vez más había tenido razón. No había sido tan terrible como ella había imaginado en un principio, ni mucho menos, había sido muy fácil.

Se había quitado un gran peso de encima al tener esa conversación con Patrick McKenna, aunque ella misma había analizado sus propios sentimientos durante aquellos cinco meses y había llegado a una conclusión sobre los mismos, no era lo mismo que hablar de ello con la otra persona implicada. De un modo u otro, siempre había pensado que siempre se quedaría con la duda de qué pensaba realmente Patrick sobre todo aquello, de que siempre tendría ese asunto sin resolver, pero ahora que todo parecía haber quedado aclarado de la mejor de las maneras posibles, Claire Dilthey no podía sentirse más dichosa. Patrick y ella iban a salvar lo único posible de su relación: su amistad, ese entendimiento mutuo, y ese apoyo que habían supuesto el uno para el otro en unos momentos tan terribles. Eso no iban a perderlo, iban a ser amigos, y eso era mucho más de lo que había pensado unos meses atrás.

- Bueno, se acabó – se dijo a sí misma la joven, quitándose el abrigo y la bufanda, colgándolos en el perchero más cercano: de repente se sentía mucho más ligera, mucho más relajada. Ahora que absolutamente todo había terminado no tendría que preocuparse ni una vez más por aquel asunto. Punto final.

Dirigió sus pasos al cuarto de baño, donde esperaba darse una ducha de agua caliente antes de irse a la cama, cuando súbitamente recordó la otra cuestión que tanto la preocupaba últimamente y que había olvidado casi por completo a lo largo del día: la extraña sensación de que estaba en Roma únicamente para perder el tiempo y la poca paciencia que le quedaba, ya que la supuesta cadena italiana seguía sin dar señales de vida, y Claire estaba convencida de que ése no era un comportamiento normal. A decir verdad, todo era tan irregular que la periodista ya no sabía qué pensar. Nunca antes había sido destinada a un país extranjero totalmente sola, y que fuera precisamente en aquella ocasión cuando se presentaban los problemas...

Pasados unos instantes en los que la joven se dedicó a pasear por la estancia con la mano apoyada ligeramente en el mentón, estudiando concienzudamente sus posibilidades, decidió descolgar el teléfono y llamar a la única persona que podía echarle una mano en una situación como ésa: Chinita Macri.

A Chinita siempre se le había dado muy bien eso de enfrentarse a los jefes cuando había algo que no cuadraba, mucho más de lo que se atrevía a hacer Claire, puesto que la antigüedad de Chinita en la BBC no era la misma que la de Claire, ni mucho menos: Chinita Macri llevaba siendo ya muchos años una de las trabajadoras más valoradas en la cadena británica cuando una Claire recién salida de la universidad entró a formar parte de la plantilla como becaria. Era la mejor amiga que Claire tenía en el trabajo, siempre le había echado un cable cuando lo había necesitado, confiaba en ella, y por no mencionar el hecho de que aguantar a Gunther durante la mayor parte de la jornada laboral une mucho. Si tenía que apostarlo todo por una sola persona que pudiera ayudarla en esos momentos, Chinita Macri sería la vencedora indiscutible.

Sujetaba el teléfono entre el oído y el hombro mientras se desabrochaba los botones de la manga de la camisa cuando, al oír el cuarto tono de marcación, la periodista reparó en una cosa: dirigió la mirada a una pequeña mesita que había junto al sofá y vio que las manecillas del reloj de mesa que se encontraba allí marcaban las doce y veinte de la noche. Claire se apresuró a colgar el teléfono antes de poder oír el quinto tono de llamada: estaba tan absolutamente absorta en sus propias divagaciones que no había caído en que eran más de las doce de la noche. La joven maldijo entre dientes y, lanzando el móvil al sofá, rezó por no haber despertado a Chinita.

Nadie diría que era tan tarde, pensó Claire mientras miraba por la ventana del pequeño salón: la gente, mayoritariamente turistas, seguían yendo de aquí a allá, entre animadas charlas en diferentes idiomas, algunos vestidos de verano en pleno invierno, y con las bolsas cargadas de recuerdos de la Ciudad Eterna. La joven no pudo evitar pensar en Hogganfield al ver esa extraña estampa: en el pueblo de sus padres la gente tampoco solía acertar con el tipo de ropa que necesitaban más según el clima de la zona y la época del año. Claro que Hogganfield no era, ni de lejos, tan frecuentado como lo era Roma.

De repente, el teléfono móvil de Claire comenzó a sonar encima del sofá, distrayéndola de sus propias distracciones. La joven abandonó el marco de la ventana para dejarse caer justo al lado del teléfono que no paraba de sonar con el nombre de Chinita reflejado en su brillante pantalla.

- ¿Chinita? - dijo Claire contestando al teléfono.

- La misma que viste y calza – oyó decir a una relajada Chinita al otro lado de la línea. - Acabo de ver tu llamada, ¿qué tal tus primeros días en Roma?

- Increíbles... - contestó la joven con una ligera ironía mientras se quitaba los zapatos: si había un adjetivo que pudiera definir sus dos días de extraña estancia en Roma y todo lo que le había pasado, incluyendo el encuentro con Chartrand, el reencuentro con Patrick y el hecho de que aquellos periodistas italianos no se dignaran a hacer aparición, ése era increíble. - Ay, lo siento mucho, ¿te he despertado?

- No te preocupes, sólo son las once y media, y aún así sigo en el curro... - se lamentó Chinita mientras parecía ahogar un bostezo.

Claire volvió a mirar el reloj que había en la mesita más cercana: marcaba exactamente las doce y media de la noche, pero... La joven cerró los ojos y se pasó la mano por la frente de forma cansada: la diferencia horaria entre Londres y Roma, una hora menos allí, lo había olvidado; pero con todo lo que había ocurrido ese día, Claire se sorprendía de haberse acordado hasta de dónde vivía.

- ¿Sigues en la redacción? ¿Ha pasado algo? - se interesó la joven.

- Qué va, nada de particular, sólo que esta mañana he tenido un problema con la cámara y estoy comprobando que no haya salido nada mal en la grabación... - Chinita hizo una pequeña pausa y añadió - Pero no creo que me hayas llamado por eso, rubita...

La joven esbozó una pequeña sonrisa al oír de nuevo el apodo que Chinita le había adjudicado hacía ya unos cuantos años, cuando llegó a la redacción: al parecer, todos sus compañeros habían tenido su peculiar bautizo al empezar a trabajar en la BBC, y teniendo en cuenta que a Gunther lo llamaba "su girasol" por su, según ella, asombroso parecido con Van Gogh, Claire pensaba que había salido bastante bien parada: Gunther no soportaba su mote y enrojecía hasta las orejas cada vez que Chinita lo llamaba así con su voz cantarina.

- No, la verdad es que... - comenzó a decir Claire, intentando decidir cómo decírselo a Chinita: no quería sonar preocupada, ni asustada, tampoco parecía que no podía sacarse las castañas del fuego ella sola, pero la verdad era que en esos momentos necesitaba ayuda urgente - Chinita, ¿sabes si es normal que la cadena italiana aún no se haya pronunciado sobre mí?

Aunque esperaba oír el típico chasquido de lengua que Chinita usaba siempre que oía algo que no tenía la menor importancia o algo de fácil remedio, Claire no oyó nada más que un pequeño silencio al otro lado de la línea, lo que hizo que se preguntara durante unos breves instantes si acaso Chinita no la había oído bien.

- ¿Qué quieres decir con eso de "no pronunciarse sobre tí"? - quiso saber Chinita: en su tono de voz no había nada que invitara a la calma. - Lo normal es que te reciban en el aeropuerto y...

- Sí, en eso estamos de acuerdo, pero no estaban, Chinita – dijo Claire recostándose levemente el sofá mientras sentía que los nervios volvían a apoderarse de ella, pero esta vez era distinto: no llevaba la carga ella sola, sino que estaba planteando a su amiga lo que le estaba ocurriendo y muy probablemente juntas encontrarían la solución, que sería mucho menos complicada de lo que habían pensado, y todo volvería a la normalidad. O al menos eso esperaba de todo corazón. - La verdad es que estoy muy preocupada.

- Y, ¿dónde estás ahora? - preguntó Chinita, elevando un poco el tono de voz.

- Tranquila, que no sigo en el aeropuerto – bromeó la periodista, intentando que el tono de conversación no se volviera demasiado apocalíptico: el hecho de que Chinita no parecía no tomarse en serio el asunto ya era preocupante, tratándose de ella. - Estoy en el apartamento de Roma, al menos en ese aspecto no he tenido problemas...

- Claro que no – respondió su compañera de inmediato – Porque eso dependía de nosotros, de la BBC... Malditos italianos, ¿cómo pueden ser así de poco profesionales?

La indignación de Chinita hizo que Claire dejara escapar una pequeña sonrisa: había notado que ese último apunte sobre los italianos sí había sido para quitarle hierro al asunto y hacer que ella no se preocupara tanto; conocía a Chinita demasiado bien, después de todo ya llevaban unos cuantos años trabajando codo con codo y aguantando a Gunther Glick y a sus pretensiones. Apenas llevaba un par de días en Roma y ya echaba de menos esas tardes haciendo la clase de reportajes por las que Gunther se quejaba continuamente, insistiendo en un reportaje sobre un periquito que hacía cabriolas en verano eran pasos de cangrejo hacia el Pulitzer. Probablemente era cierto, pero Claire pensaba que los artículos que Gunther Glick había escrito para el British Tattler antes de aterrizar en la BBC, como la supuesta vida secreta de la Reina y sus escarceos con alienígenas, tampoco suponían ningún avance periodístico meritorio si el Pulitzer era tu meta profesional.

- No te metas con ellos, Chinita, recuerda que uno de ellos va a ser tu futuro marido – le recordó finalmente Claire a su compañera, que ahogó una carcajada al otro lado del teléfono.

- Y bien que os vais a morir todos de envidia en la redacción cuando me lo traigas, rubita... - tras pausa, Chinita suspiró y siguió hablando – En fin, Claire, no quiero que te preocupes por nada. Preguntaré a los jefes, moveré mis hilos y te haré una llamada por la mañana... Mientras tanto, tómate unas mini-mini-mini-vacaciones...

A Claire le hubiera gustado decirle que llevaba ya demasiado tiempo de "mini-vacaciones", pero no quiso preocuparla ni tampoco pagarla con ella, después de todo había salido en su ayuda cuando la había necesitado, como siempre hacía. La joven rubia agradeció a su compañera su ayuda y finalmente colgó el teléfono. Permaneció unos instantes meditando todo lo que pasaba a su alrededor, y la verdad es que nunca antes se había encontrado en una situación tan rara: prácticamente cinco meses sin trabajar y ahora esto...

Sólo esperaba que la situación no se alargara, necesitaba volver a coger el ritmo normal de su vida como el respirar. Dirigió una última mirada hacia el cielo estrellado italiano que veía tras la gran ventana del salón, y decidió irse a la cama: Chinita había dicho que le daría una respuesta al día siguiente, y de nada le iba a servir preocuparse durante dos o tres horas más cuando ahora la pelota estaba en el tejado de su compañera. Dejó escapar un suspiro de cansancio y se incorporó del sofá para dirigirse finalmente hacia el cuarto de baño.

Una ducha de agua caliente y luego a dormir, le prohibía terminantemente a su cerebro traer ninguna preocupación más a su cabeza. Al menos hasta el día siguiente.


No demasiado lejos de donde Claire Dilthey no podía evitar seguir divagando sobre todo lo que estaba ocurriendo desde que había llegado a Roma, el comandante Chartrand, aún en su despacho del cuartel de la Guardia Suiza, seguía estudiando a conciencia todos los documentos que había en el escritorio de Gennaro Scialo en el momento de su fallecimiento. Algo dentro de su conciencia le decía que no estaba bien fisgonear en las cosas de un muerto, pero había muchas cosas que al joven suizo no le cuadraban en toda aquella situación: recordaba haberse tropezado con Scialo hacía poco más de una semana, y no mentiría si dijera que nunca le había visto tan alterado por nada. Chartrand sólo llevaba tres años en el Vaticano, pero en esos tres años había visto a Scialo lidiar con situaciones muy tensas y nunca parecía sentir la presión del trabajo o de las muchas horas que pasaba en la sala de prensa vaticana...

Chartrand dejó escapar un suspiro de cansancio y se frotó los párpados con la mano, intentando disipar el sueño que le estaba nublando la mente poco a poco. Miró el reloj: eran casi las dos y media de la madrugada, tendría que ir marchándose ya si no quería parecer un muerto viviente al día siguiente, y al pensar en aquella cuestión, el muchacho no pudo evitar pensar en Patrick McKenna. A decir verdad, él también estaba bastante raro últimamente: nunca había sido una persona débil que se dejara vencer fácilmente por las adversidades, sino todo lo contrario, y estos días parecía tan débil y enfermizo. El cardenal Strauss le había dicho que le habían recetado pastillas para dormir, y que, aunque el camarlengo Baggia no quisiera afirmar o desmentir ningún rumor, padecía algún tipo de terror nocturno. Por supuesto nada de todo eso salía a la luz, sino que era como un gran secreto compartido por muy poca gente en el Vaticano, tan solo el nuevo camarlengo, el cardenal Strauss y él mismo.

En fin, todo eso no tenía nada que ver con lo que le había ocurrido a Gennaro Scialo, pero no el joven no podía haber evitado la comparación de la actitud de ambos, pero era sólo una mera coincidencia, era de lo único que estaba seguro en todo ese asunto. Quizás no debería preocuparse tanto por el asunto Scialo, después de todo, unos médicos del Policlínico Gemelli habían certificado que la muerte del veterano cardenal había sido natural... Y los restos de piel que creía haber visto bajo sus uñas podría muy bien ser la tuya propia, al rascarse una herida o algo similar... No había manera de que Chartrand pudiera volver a examinar el cuerpo, ya que estaba siendo repatriado al país natal de Scialo, así que lo único que le quedaba al joven comandante eran esas primeras impresiones y ese montón de folios que tenía sobre el escritorio en aquellos instantes.

Por no hablar de ese número. 2899 parecía ser lo último de lo que Gennaro Scialo había dejado constancia en la Tierra, y el hecho de que la caligrafía fuera movida confirmaba las sospechas de Chartrand de que probablemente fue lo último que escribió antes de morir. Pero, ¿qué significaba? Por lo que a él respectaba podría tratarse de cualquier cosa: un código de teléfono móvil, de una cuenta bancaria, una fecha... No, no tenía sentido, al menos no para él, quien en 1999 no tenía más que once años. Chartrand dejó caer el bolígrafo sobre el garabateado folio de Scialo y siguió revisando el resto de papeles, sin ponerles excesiva atención: era una soberana tontería que se estuviera preocupando tanto por algo que eran meras suposiciones suyas, sin ninguna base real; era una pérdida de tiempo, y hacía horas que tendría que estar en la cama.

Se disponía a dejar la serie de documentos de Scialo para marcharse a dormir y olvidar todas las elucubraciones que había hecho en su mente, cuando uno de los papeles de Scialo llamó a gritos su atención: parecía tratarse de algún tipo de fax, pero no era eso lo que había llamado su atención... El corazón de Chartrand dio un vuelco y abrió mucho los ojos debido a la sorpresa, disipando todo rastro de sueño existente.

- No puede ser... - murmuró el joven suizo para sí.

Volvió a repasar todos los datos del documento tres o cuatro veces para cerciorarse de que sus ojos no le estaban jugando una mala pasada debido al cansancio, y cada vez que recorría con ellos la dirección del destinario y el asunto por el cual enviaba el fax, no pudo evitar que un pequeño escalofrío le recorriera la espalda. Miró a su alrededor frenéticamente, como si esperara encontrar algo en aquella pequeña estancia que le revelara algo nuevo, pero fue en vano: nada había cambiado, y sin embargo ese fax lo había cambiado todo en la mente del joven suizo. No era posible que todo fuera una coincidencia, no después de eso.

Durante unos angustiosos instantes, Chartrand pensó en avisar a Patrick McKenna de inmediato, pero algo le detuvo: no sabía el alcance de todo lo que estaba pasando, no era que sospechara de su amigo, ni mucho menos, pero quería atormentarle con aquello cuando su mente ya estaba de por sí atormentada. Decidió no decirle nada a él ni a nadie hasta que no tuviera datos más concretos sobre lo que estaba ocurriendo... Eso sí, sí tendría que informarle al día siguiente de lo que acababa de encontrar entre los documentos que manejaba Scialo antes de morir, aunque no le comunicara sus sospechas en torno a la muerte del sacerdote. Y, desde luego, a partir de ahora tendría que echarle un ojo a Claire Dilthey.


El cabello rubio aún le caía sobre los hombros en pequeñas ondulaciones, después de llevarlo todo el día anterior fuertemente sujeto en un recogido imposible, cuando despertó súbitamente debido al sonido irritante del teléfono móvil sobre su mesilla de noche. Mientras se desperezaba, durante unos dulces momentos había olvidado todo lo que preocupaba a su mente el día anterior, pero entonces empezó a recordar paulatinamente a medida que el sueño la abandonaba, y recordó la conversación con Chinita. Tras dar un pequeño brinco, se apresuró a contestar la llamada, rezando todo lo que sabía porque fuera Chinita y le trajera buenas noticias.

- ¿Sí? - preguntó Claire, llevándose el móvil al oído de inmediato.

- ¡Buenos días! - oyó decir a la alegre voz de Chinita: bueno, al menos sus plegarias habían sido escuchadas en el primer punto, ahora le quedaba mantener los dedos cruzados por su segunda petición. - ¿Has conseguido dormir algo?

Claire giró la cabeza hacia la mesilla de noche, donde reposaban los dos despertadores, uno con la hora de Roma y otro con la hora de Londres. Dejó escapar un pequeño suspiro y contestó, a la vez que buscaba con los pies las zapatillas de andar por casa:

- Son las diez aquí en Roma, yo diría que he dormido de más... ¿Sabes algo nuevo?

Chinita Macri, sentada en su escritorio de la sala de redacción de la BBC en Londres, no pudo contener una pequeña risita al comprobar que, ni recién levantada, su compañera era capaz de dejar que sus preocupaciones a un lado: desde que la conocía, Claire siempre había sido así, cuando tenía un problema no descansaba tranquila hasta que quedaba totalmente solucionado, era incapaz de quitarlo de su mente ni un solo segundo. Por esa razón, la periodista no podía estar más contenta de resolver esa problemática situación:

- Tranquila, rubita, he hecho mis deberes... - comenzó a decir Chinita, mientras seguía con la mirada a Gunther Glick, que acababa de hacer aparición en la sala y la había saludado con un leve gesto de la cabeza. - De hecho, todos hemos hecho parte de esos deberes, la verdad es que los jefes estaban muy asombrados cuando les conté lo que había pasado y se pusieron a hacer unas cuantas llamadas a Roma...

- ¿Y? - le apresuró Claire a seguir hablando, a la vez que se paseaba nerviosamente por la casa, dirigiendo de cuando en cuando la mirada a la nublada mañana italiana que se podía ver desde las ventanas. - Por favor, Chinita, ve al grano...

- Lamento no poder ir al grano con esto, Claire, créeme, necesita de su explicación... Dios, Claire, lo que no te pase a tí, es muy fuerte... - terminó diciendo la afroamericana, haciendo especial hincapié en la penúltima palabra.

La joven rubia dejó escapar un suspiro de frustración y se dirigió hacia una de las ventanas, aún con el teléfono sujeto entre la oreja y el hombro: estaba claro que Roma había despertado mucho antes que ella, y no pudo evitar preguntarse si la ciudad realmente dormía alguna vez, tan invadida que estaba por turistas de todas partes del mundo. Toda esa gente estaba tan despreocupada, sumergida en su propia y cómoda rutina... Aquello hizo pensar a Claire que, a juzgar por el tono despreocupado en la voz de Chinita, todo estaba más que resuelto, lo único que tenía que hacer era relajarse y dejar que le terminara de contar lo que tuviera contarle.

- Muy bien, Chinita, tú ganas – murmuró Claire, apoyándose en el marco de la ventana y observando distraídamente a la gente que paseaba por la calle. - Créeme cuando te digo que soy toda oídos.

- Genial – respondió su compañera de inmediato con la misma emocionada inquietud que hubiera tenido al comunicarle cualquier cotilleo relacionado con Gunther – Pues escucha Claire, al parecer todo está en regla, no hay de que preocuparse...

- Chinita, si no tengo nada por lo que preocuparme, ¿qué hago a las diez de la mañana aún en pijama? - la interrumpió la joven: todo el ánimo que Chinita parecía tener y los rodeos que estaba dando para decirle lo que supiera la estaban sacando de quicio.

Claire, controla esos nervios, que no te hacen ningún bien... - prosiguió diciendo Chinita, como si la cosa no fuera con ella. Aunque su tono de voz aparentaba normalidad, la verdad es que estaba algo preocupada por cómo su amiga se tomaría lo que tenía que decirle... Tras hacer una breve pausa que aprovechó para reflexionar, decidió no contarle todo lo que sabía al respecto: eso sólo haría que Claire se preocupara más. - A lo que iba, al parecer el responsable de prensa que tramitó tu contrato extravió tu contrato y no llegó a los jefes hasta esta misma mañana...

- ...¿Qué? - dijo Claire interrumpiendo a Chinita casi de inmediato: a decir verdad, había esperado que la explicación de toda aquella situación fuera algo parecido a lo que le acababa de decir su compañera, pero no creía que tal nivel de descoordinación fuera posible en cuanto a administración se refería.

- Muchacha, no tienes por qué ponerte así... - se apresuró a decir su compañera de trabajo al otro lado de la línea telefónica. - Después de todo, está todo solucionado, así que vamos a lo que cuenta...

En esos momentos, Claire Dilthey tan sólo la escuchaba a medias: las palabras de Chinita Macri parecían llegar a ella muy lentamente, como si ella se encontrara realmente muy lejos y ella metida dentro de una burbuja insonorizada. Pasados unos instantes, la joven rubia dejó escapar un suspiro de cansancio y volvió a pasear la mirada por la calle a la que daba la ventana más cercana: qué estúpida era, estaba visto que si no tenía una sola preocupación en la mente no se quedaba tranquila... Justo en ese momento, pasó por la calle una joven adolescente que iba llamando la atención de los viandantes. Tenía el cabello color castaño muy muy claro, ligeramente ondulado y recogido en una larga coleta, y prácticamente avanzaba por la calle dando pequeños brincos como si danzara: debía de estar realmente muy contenta y despreocupada: igual acababa de salir de un examen particularmente difícil o algo así, sin ninguna otra preocupación en su cabeza; benditos dieciséis o diecisiete años... Alentada por aquella visión de lo que parecía la tranquilidad personificada, Claire decidió dejar de atormentarse por tonterías: lo suyo del trabajo había tenido solución y eso era lo que contaba. Sintiendo cómo el último peso que llevaba sobre sus espaldas se desvanecía por momentos, la joven rubia se desperezó levemente y contestó a su compañera:

- ¿Entonces todo eso se traduce en...?

- En que ya puedes estar moviéndote, rubita, o llegarás tarde justo el primer día, y no sabes lo mal que queda eso... - dijo Chinita con una leve nota de diversión en la voz, como si esperara la reacción que iba a ocurrir a continuación.

- ¿P-primer día, hoy? - exclamó la periodista al otro lado de la línea. - Por el amor de Dios, Chinita, eso es lo primero que se dice... Aún ni siquiera sé adónde debo ir...

La joven activó el manos libres y arrojó el móvil al sofá mientras ella corría a su habitación a buscar ropa para cambiarse. De lejos, oyó las risitas de Chinita Macri:

- Eso, será mejor que ensayes ese vocabulario, que te va a hacer falta...

- Y ahora, ¿qué quieres decir con eso? - preguntó Claire mientras urgaba furiosamente en el armario, invadida por la prisa. - Por Dios, Chinita, deja de torturarme y dime todo lo que sepas de una vez...

- Tú misma, Claire, lo único que te voy a decir es que quizás convendría que te sentaras...


Estaba sentado al otro lado de su escritorio, y Chartrand aún no tenía demasiado claro que acudir a Patrick McKenna hubiera sido una buena idea. No porque sospechara nada de él, por supuesto que no, pero en el fondo lo único que tenía eran unas cuantas suposiciones personales y unos hechos nada alentadores. En cualquier otro tiempo, aquello hubiera sido más que suficiente para él y hubiera acudido a su amigo con toda la confianza del mundo, pero aquellos tiempos, como tantas otras cosas parecían haberse acabado hacía mucho. Sabía que había algo que no iba bien con Patrick, aunque su camarlengo se estuviera esforzando mucho en que la gente no hiciera suposiciones ni dentro ni fuera del Vaticano, sólo un ciego no apreciaría que el joven no estaba pasando por su mejor momento.

Al otro lado del escritorio, Patrick McKenna esperaba que el comandante de la guardia suiza comenzara a explicarse, pero no parecía que estuviera con sus cinco sentidos puestos en ello. Mantenía apoyada la mejilla en una mano mientras hacía grandes esfuerzos por mantener los ojos abiertos y al mismo tiempo trataba de que aquel esfuerzo no resultara demasiado evidente al joven suizo. Al verle así de agotado, Chartrand pensó que quizás no sería buena idea cargar con sus propias preocupaciones a una mente ya de por sí atormentada, pero sabía que no había nadie en todo el Vaticano en quien confiara más que en Patrick McKenna.

- Si... ¿Sigue sin poder dormir? - preguntó finalmente el comandante Chartrand, cuidadoso de no cometer un error al hacer esa pregunta: sabía muy bien la respuesta que le iba a dar su amigo tanto como lo estaba de que esa respuesta no iba a ser sincera.

- No, no es eso, es que estos últimos días no he parado... - dijo Patrick a la vez que se pasaba las yemas de los dedos por los párpados, que tenían una tonalidad ligeramente violácea, en un gesto de visible agotamiento. - Me encuentro muy bien, así que no os hagáis ilusiones...

Bromeaba sobre ello, como tanta otra gente bromeaba sobre cosas graves que les ocurrían para no preocupar a quienes tienen cerca. Ese gesto le honraba y formaba parte de su carácter, pero por una vez, aunque sólo fuera por esa vez, a Chartrand le hubiera gustado que Patrick confesara qué era aquello que le atormentaba tanto y que no le dejaba dormir, y que cuando lo lograba siempre le hacía despertar en medio de terribles pesadillas a las pocas horas. Pues eso sí lo sabía, había oído al nuevo camarlengo comentárselo al cardenal Strauss cuando se dirigía al despacho papal para tratar unos asuntos sobre la guardia suiza con Patrick. Los ancianos hablaban con tal secretismo del asunto que Chartrand no tardó en adivinar que era de los pocos privilegiados que conocían la verdad sobre la salud de Patrick, y que ésta era lo suficientemente preocupante como para que dos ancianos, que ya tenían sus propios achaques de la edad, consideraran que la situación era cuanto menos extraña. Y, sin embargo, ante todo esto, Patrick seguía negando la evidencia. Muchas veces Chartrand se preguntaba qué pensaría de verdad su amigo de todo lo que le estaba pasando y por qué no parecía tener confianza para decírselo.

- ¿Y bien? - dijo finalmente el joven sacerdote, alzando el rostro y pasándose la mano por la frente. - ¿Qué es eso que querías decirme?

- Pues... - comenzó a decir el guardia suizo, poniendo sus ideas en orden en su mente y cuidadoso de no expresar sus preocupaciones de un modo que invitara al desosiego y la intranquilidad. - Bueno, yo... Seguro que habrá oído lo que le ha ocurrido a Gennaro Scialo...

- Sí, claro que lo he oído... - afirmó Patrick, a la vez que tomaba aire de manera imperceptible y se perdía brevemente en sus propios pensamientos. - Es horrible, no lo ví venir... Hablé con él hace relativamente pocos días y me pareció que se encontraba totalmente sano...

Ahí estaba: si en algún momento tenía que confesar sus sospechas, era en ése, sin lugar a dudas, pero Chartrand seguía teniendo dudas sobre cómo a explicarse y si realmente debía hacerlo, después de todo. Respiró profundamente y separó los labios, dispuesto a comenzar a hablar, pero se vio interrumpido por su amigo de tantos años.

- Por cierto, antes de que se me olvide, ayer me encontré con Claire Dilthey... - comenzó a decir el sacerdote. - Fue después de la audiencia, estaba esperando que la acompañaras a casa, ¿por qué no me dijiste que vendría?

- Bueno, ni yo mismo lo sabía – razonó Chartrand, mientras seguía manteniendo firmemente sujetos contra sí los documentos que había encontrado en el escritorio de Scialo. - Erika me dijo que no venía, fui a cancelar su reserva y me la encontré por la calle... Le pregunté si quería venir y, para que lo sepas, dudó mucho hasta decirme que sí...

Patrick se quedó mirándole extrañado durante un par de segundos hasta que finalmente una divertida sonrisa asomó a unos labios que parecían haber olvidado cómo sonreír hacía mucho tiempo.

- ¿Por qué me dices que dudó mucho sobre si venir o no?

El guardia suizo se encogió levemente de hombros, tratando de parecer lo más inocente posible, aunque sabía que no iba a servirle de mucho: posiblemente era la única persona dentro del Vaticano, aparte de Patrick, por supuesto, que conocía el hecho de que, durante unas cuantas horas, la relación entre Patrick McKenna y Claire Dilthey traspasó los límites de la amistad por ambos lados: Claire le había confesado que estaba enamorada y Patrick no hacía falta que lo hiciera, lo conocía lo bastante bien como para adivinar lo que le pasaba por la cabeza cada vez que oía mencionar el pasado día 24 de Junio y, aunque habían sido una gran conmoción para todos, no se trataba precisamente de los atentados de los Illuminati. Sabía que, en algún rincón de su mente, la imagen de la reportera de la BBC que confió en él cuando nadie más lo hacía no se había desvanecido del todo.

- No importa – dijo Patrick como si le estuviera leyendo el pensamiento, como si le estuviera tratando de convencer de que realmente no le importaba lo más mínimo. - Ha sido estupendo volver a verla... Como ha sido estupendo volver a ver a Robert Langdon y a Vittoria Vetra. Es fantástico saber que, después de todo lo que pasó, todos ellos se encuentran perfectamente. Gracias por decirle que viniera...

El joven veinteañero negó con la cabeza y esbozó una media sonrisa: no sabía qué era exactamente lo que habrían hablado Patrick y Claire el día de ayer, pero se alegraba de que su amigo volviera a mencionarla. Después de todo, en esas pocas horas en que sintieron que todo estaba perdido, ambos habían supuesto un consuelo mutuo el uno para el otro, y a pesar de que otra cosa entre ellos fuera imposible dadas las circunstancias, no quería que Patrick dejara de sentir esa sensación de apoyo que aquellos momentos parecía necesitar más que nunca. Y aunque en un principio no hubiera acudido a Patrick para hablar de Claire Dilthey, sabía que el tema iba a salir en la conversación y no únicamente por que ésta hubiera acudido a la audiencia del día de ayer.

- Creo que vamos a verla mucho por aquí, Patrick...

- Bueno, tanto como mucho... - dijo el sacerdote dirigiendo la cansada mirada hacia la ventana y tragando saliva levemente. - Creo que mencionó que se iba a quedar en Roma este año, pero no significa que vayamos a verla mucho más de lo que la vimos ayer...

- Yo creo que sí... - mencionó Chartrand sintiendo cómo se iba acercando poco a poco al tema inicial que casi le había quitado el sueño y había conducido sus pasos hasta el despacho papal aquella mañana de noviembre. - De hecho, lo que quería comentarle tiene relación con la señorita Dilthey.

Patrick McKenna apartó la ojerosa mirada de la ventana y se giró hacia el joven suizo, no muy seguro de lo que sus oídos habían escuchado fuera verdad: puede que realmente la falta de descanso y tranquilidad estuvieran haciendo más mella en él de lo que estaba dispuesto a admitir. Chartand tragó saliva casi imperceptible y comenzó a depositar con cuidado una serie de documentos sobre el escritorio del joven sacerdote.

- No se lo he enseñado a nadie, pero quería que lo vieras... - dijo Chartrand una vez que hubo colocado el último folio mecanografiado sobre la mesa.

- ¿Qué es todo esto? - quiso saber Patrick mientras paseaba la mirada por cada uno de los documentos que el joven suizo había dejado sobre el escritorio: algunos de ellos estaban escritos completamente a ordenador, otros a mano; algunos estaban casi en blanco y otros en cambio parecía que faltaba espacio. No comprendía nada de nada y el hecho de que hubiera dormido apenas cuatro horas en dos días no ayudaba a que su mente se esclareciera.

- Son documentos que había en el escritorio de Gennaro Scialo cuando éste murió – explicó el guardia suizo de carrerilla: sabía que cuanto más rápido lo dijera, menos le costaría hacerlo y así dejaría un tiempo a Patrick para pensar.

Tal como había previsto, las ideas llegaron con tanta rapidez a la mente del joven sacerdote y eran tan sumamente inesperadas que Patrick necesitó un tiempo para sopesar lo que Chartrand le había dicho: se llevó la mano al mentón y observó nuevamente la serie de documentos como si realmente hubiera algo que escapara a su comprensión. Finalmente, el sacerdote abrió mucho los ojos y se dirigió hacia el comandante de la guardia suiza.

- Chartrand, ¿cómo has conseguido todo esto? - quiso saber Patrick totalmente sorprendido. - ¡Esto es una propiedad privada! Has cometido un grave error si has tomado esto de los aposentos de Scialo sin una orden...

- Lo sé, pero si los vieras con detenimiento, sabrías que hay algo en todo esto que no es normal – se apresuró a explicarse el joven suizo.

- ¿Cómo que en todo esto? - le miró el sacerdote sin comprenderle. - ¿A qué te refieres con "todo esto", a la muerte de Scialo?

Ante esta pregunta retórica, Chartrand calló: sabía que lo que estaba a punto de plantear era un asunto muy grave que no podía ser tratado de cualquier forma, sino que debía ser enormemente respetuoso y cauteloso con cada palabra que dijera al respecto. Ojalá supiera exactamente cómo hacerlo.

- Tengo mis motivos para pensar que no todo es lo que parece respecto a su muerte... - acabó admitiendo con cautela el joven suizo, para asombro de su superior.

- Chartrand, si no te explicas como es debido ahora mismo... - le interrumpió Patrick, empezando a sentir de nuevo cómo la ansiedad se iba apoderando de él. - ¿Cómo puedes hacer una acusación tan grave sin pruebas?

El comandante de la guardia suiza se inclinó sobre el escritorio y señaló un folio que estaba prácticamente en blanco a excepción de un garabato esbozado sin ton ni son en mitad del papel.

- Esto es... Este número, el 2899, creo que es lo último que escribió antes de morir... - explicó el joven suizo, ante la mirada atónita de Patrick McKenna.

El sacerdote lo miró y bajó la mirada hacia el papel, al que no prestó ni mucho menos la misma atención que le había dedicado anteriormente el comandante Chartrand.

- Eso es una suposición tuya, y en caso de que tuvieras razón no veo ningún tipo de peligro en un número que podría significar cualquier cosa... - afirmó Patrick firmemente. - Podría haber estado apuntando un número de teléfono...

- ¿Qué empieza por el número dos?

- Chartrand, no significa nada, no veo nada por lo que preocuparse... - insistió el joven sacerdote, quien sentía sus cansados ojos más irritados que nunca debido a la falta de sueño: quizás cuando Chartrand se marchara intentaría dormir un rato, si es que no recibía ninguna visita inesperada.

- Entonces creo que debería echarle un vistazo al documento que se encuentra justo al lado... - dijo finalmente el joven suizo.

Patrick McKenna parecía encontrarse al límite de su paciencia y de sus fuerzas, pero aún así cerró los ojos durante unos breves instantes, intentando disipar el cansancio, y volvió a concentrarse en el documento que Chartrand le señalaba. Ya estaba a punto de decirle que estaba cometiendo un grave error cuando sus ojos repararon en un nombre que no tenía por qué estar ahí. De hecho, volvió a leer para asegurarse de que no había sido una traición de su mente, pero cuando vio que ese nombre seguía tan firmemente impreso como antes, alzó la mirada hacia el comandante de la guardia suiza.

- ¿Qué es esto?

- Lo que quería decirte, Patrick – explicó con cautela Chartrand, y por alguna razón, decidió que sería mejor bajar la voz, a pesar de que se encontraban solos en la estancia. - Lo último que Gennaro Scialo hizo en vida fue derrochar una pequeña fortuna en traer de vuelta a Roma a Claire Dilthey... Al Vaticano.

El sacerdote negó con la cabeza y volvió a dirigir la mirada hacia el documento, sin poder creer las palabras de Chartrand y la misma evidencia de las palabras impresas. Ahí estaba, por alguna razón desconocida, lo último que había hecho Scialo antes de abandonar el mundo era asegurarse de que Claire Dilthey volvía a encontrarse entre los muros del Vaticano.

- Pero, ¿por qué? - preguntó Patrick alzando de nuevo la mirada hacia Chartrand. - No... No lo logro entenderlo, él nunca llegó a conocerla...

- Y aún en el caso de que lo hubiera hecho, y hubiera considerado que la señorita Dilthey era apropiada para trabajar en la sala de prensa del Vaticano... - dijo Chartrand, comenzando a explicar todos sus temores. - Lo que es mucho suponer, porque los dos sabemos muy bien el tipo de gente que tenemos trabajando en prensa... ¿Por qué hacer esto? ¿Por qué ofrecer unas condiciones tan absolutamente difíciles de ser ignoradas?

Aún no tenía mucha idea de lo que estaba ocurriendo, pero comenzaba a sentir la misma preocupación que parecía haber estado atormentando a Chartrand durante las últimas horas, ahora lamentaba haberlo reprendido: comenzaba a encontrar mucha lógica en todos sus temores.

- Crees... ¿Crees que alguien pudo obligar a Scialo a hacer esto? - preguntó finalmente Patrick.

- Eso es precisamente lo que creo... - admitió el joven suizo, aunque sabía lo mucho que le gustaría equivocarse su instinto no solía fallarle. - Del mismo modo en que creo que su muerte está relacionada con este modo de actuar tan extraño...

Patrick McKenna asintió lentamente con la cabeza, pero esta vez no miró los folios que había expandidos sobre su mesa: no quería mirarlos, no quería acabar de creer que hubiera sucedido algo tan terrible en unas circunstancias tan extrañas... Pero no podía negar la evidencia, Chartrand hacía hecho bien en acudir a él...

- ¿Le has contado esto a alguien más?

- No – dijo Chartrand tajantemente.

- No lo hagas – se apresuró a decirle Patrick. - No hasta que sepamos más y estemos seguros de lo que ha ocurrido.

El comandante de la guardia suiza asintió con la cabeza a la vez que comenzaba a recoger de nuevo todos los papeles de Scialo, y por su parte Patrick se encontraba inmerso en una serie de nuevos pensamientos que el día anterior había tenido la suerte de ignorar. Dios santo, ¿cuánto más podría aguantar? Si creía que estaba al límite de sus fuerzas tan solo con sus pesadillas y apariciones, ¿cómo podría hacer frente a todo esto? Sintió que el vaso estaba a punto de desbordarse, no podía más, no estaba seguro de que pudiera soportar una nueva carga de ese calibre. Tuvo la certeza de que todo eso iba a terminar matándole.

- Procura averiguar qué significa el número 2899... Y Chartrand... - comenzó a decir Patrick McKenna de nuevo, cuando Chartrand ya se apresuraba a abandonar el despacho. - Cuando venga aquí, por favor, no le quites un ojo de encima a Claire Dilthey... Al menos hasta qué sepamos de forma totalmente segura lo que está pasando.