-¿Señor veinticinco centímetros?- indaga mi chico del pan absolutamente confundido, intrigado y expectante. Johanna rompe en carcajadas y se sostiene del hombro de Flavius, el cual la mira aterrado- ¿A qué te refieres Johanna?- mas carcajadas. Cuando por fin se recupera, se que esta lista para soltar la respuesta.

-¿Pues no es obvio?- le pregunta a su vez la chica que, brevemente, fue un árbol cuando la conocí. Como Peeta mantiene su expresión perturbada la leñadora se dispone a ir al grano. Piensa, Katniss, piensa. ¡Maldita desgraciada va a hablar! - Me refiero a…

-¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Me duele!- comienzo a chillar como si me estuviesen matando y me abrazo el bandullo para indicar que el dolor -inexistente- proviene de allí. Peeta se me asoma presuroso y me rodea con sus brazos para luego hacer que me siente. Toda la sala se ha puesto de pie y se ha reunido a mí alrededor. El único que permanece alejado y bebiendo es Haymitch que sonríe con aprobación y levanta su copa a mi salud. Es evidente que él sí sabía de lo que hablaba Johanna, por lo tanto me cubrirá. Es como esa vez en el vasallaje de los veinticinco, en las entrevistas con Caesar Flickerman, en el que Peeta mintió diciendo que yo estaba embarazada. Mi madre, notablemente preocupada, corre a por su bolso más pequeño y saca un estetoscopio color gris. Presiona el objeto sobre mi vientre y lo desplaza con semblante serio. Respiro profundamente, frunzo el ceño en miles de expresiones de dolor, ejerzo mas fuerza de la necesaria sobre la mano de Peeta…

-No es nada…- a final dice mi madre sonriendo aliviada- tienes cinco meses, hija, debe de estar cambiando de posición, lo sé por los movimientos- Peeta suspira como si se hubiese quitado un gran peso de encima, pero yo no estoy tranquila. Si lo que acabo de fingir es normal… y si pasa cerca de los cinco meses… ¡Voy a estar retorciéndome sin parar en cualquier momento sin necesidad alguna de simular!

-Todo está bien- musita riendo Peeta – solo está algo incomoda, ya se acomodará.- Mi chico de pan besa mi frente y yo dirijo una mirada furtiva a Haymitch. Ya no sonríe, pero formula una frase que apenas alcanzo a leer en sus labios "Has soportado peores dolores" Es cierto, lo hice. Podré con esto.

-De todas formas deberías descansar- señala mi madre y guarda su estetoscopio. Peeta obviamente me acompaña hasta nuestro cuarto, sin embargo no puedo permitirme dejarlo volver con Johanna allí abajo. Cuando me abre las mantas y me ayuda a recostarme, me aferro a su cuello y me preparo para seguir la actuación.

-No te vayas…- susurro lastimeramente- tengo miedo de que vuelva a dolerme.

-Te prometo subir más veloz que un rayo si es así- me besa- pero no podemos dejar a las visitas allí abajo.

-Peeta, por favor…

-No te comportes como niña pequeña- se ríe y me aparta pero no sin antes volver a besarme- ¿quiere que llame a tu madre?- No, a mi madre no. Si bien hablar con ella me serviría para prepararme en lo que respecta al futuro, tengo otra opción de alejar a Peeta de Johanna.

- No- respondo- ¿Podrías decirle a Johanna que venga?

-¿Johanna?- se sorprende, es obvio- ¿Por qué?

-Porque ella ha criado recientemente a el hijo de Finnick junto con Annie, está más actualizada con el tema de los bebes.

-Te aseguro que tu madre sabrá más que Johanna.

-Pues trae a mi madre, pero trae a Johanna también y si quieres a Effie, para que no se sienta mal.

-¿Y venia y Octavia?

- Ellas prefieren estar contigo, te lo aseguro.

-Bien, llamaré a ese trío extraño que has pedido- se ríe y corre en busca de las tres mujeres. Genial, todo marcha bien. Con suerte el día pasará rápido, todos se irán y no tendré que darle detalles a Peeta de porqué es que Johanna sabe cuánto mide su… ¡Ya saben!

Buttercup aparece para hacerme compañía. Entra por la ventana, camina con pasos mullidos, salta a la cama y se sienta en mis piernas, con la cabeza sobre mi vientre. Lo acaricio mientras espero a que todos lleguen. Tras un momento, la puerta se abre pero no es Effie, ni Johanna, ni mi madre, es Haymitch.

-Vaya, preciosa. Buen Show- se ríe.

-¿Qué haces aquí?

-El baño de abajo está ocupado y el chico me dijo que subiera a uno de los de arriba.

-Pero no al nuestro.

-No, pero da igual no quiero ir al servicio.

-Vienes a fastidiarme- se encoje de hombros y reprime la risa ante mi afirmación.

-Con que veinticinco, ¿Eh? Menudo muchacho. Dime ¿Tiene problemas para encontrar ropa interior de su talla? Porque seguro todo se le quedará pequeño.

-¡Cierra la boca!- grito exasperada. Siento todo el rubor en mis mejillas mientras Haymitch se dobla de risa. Entonces me doy cuenta de que no me dejará en paz y que mi única opción es volverme como él y Johanna- ¿Por qué lo preguntas Haymitch? ¿Te da envidia?- su sonrisa socarrona se borra ante esas palabras. Creo que es la primera vez que gano.

-Vaya, vaya preciosa.- masculla- eso no lo esperaba de ti.

-Ya ves que no he perdido la capacidad de sorprender a la gente. Menos a ti.- se encoje de hombros. He ganado, no puedo creerlo.

-y dime- oh no, eso no puede ser bueno ¿Con cual me saldrá ahora?- Esos gritos que resuenan en toda la aldea…¿Te los provoca con sus veinticinco o con más de veinticinco?- se parte de risa, está hablando de la erecciones de Peeta. Borracho del demonio.

-¡No pienso responderte eso! ¡Largo!- le lanzo tres almohadones pero los esquiva fácilmente. Cuando me quedo sin municiones, tomo al gato por el lomo y se lo lanzo también. Buttercup bufa terriblemente molesto y saca a arañazos a mi mentor. Piensa que me ha hecho daño. Cuando termina con el ebrio molesto, vuelve a su anterior posición. Escucho las maldiciones sobre el gato que dice Haymitch cuando se cruza con alguien en el pasillo. Posteriormente, entran mi madre, Johanna y Effie.

-¿Querías vernos, descerebrada?- pregunta Johanna.

-Sí, bueno. No quería tener que estar sola aquí arriba- digo evitando añadir: "mientras tú estás abajo diciéndole a Peeta lo que significa ese apodo que le diste"- Necesito consejos sobre maternidad, ya que en su momento algunas me los dieron sobre matrimonio- logro formar una sonrisa al recordar a mi madre diciendo que si algún día nos enojábamos debía dejar que pase el tiempo y luego hablar tranquilos puesto que si no, podríamos dar lugar a una horrible disputa. También recuerdo a Effie decirme que si Peeta se comportaba mal que no se lo reprochase, que lo dejara pasar y que cuando estuviera de ánimos se lo mencionase para que viera su error al descubierto (nunca necesité usar eso, Peeta jamás hace algo mal). Annie me había dicho que si lo veía decaído no le preguntase nada con palabras, debía ser cariñosa y comprensiva y él solo terminaría diciéndome el problema. Y Johanna… Johanna es Johanna. Me dijo que evitara moverme cuando estuviéramos con Peeta en el acto porque me dolería el doble.

-Bien- dijo mi madre sentándose a mi lado- Pues ante todo, debes tener paciencia- a este paso ya voy perdiendo. La dejo continuar- Porque el día en que nace tu hijo, dejas de vivir para ti. Vives para él- Con tiempo y paciencia todo se aprende. Pronto aprenderás a reconocer porque llora el bebé, que es lo que necesita. Si por casualidad tiene dolores de estomago (los peores para un pequeño) puedes darle un té de manzanilla, es casero y efectivo.

-También existe el factor AG pediátrico- añade Effie- una o dos gotas y cesan los dolores por un par de horas.

- Y recuerda- prosigue mi madre- muchas madres primerizas se preocupan por el cambio de pañales. Grave error: esa es la menor de las preocupaciones.

-¿Cómo calmar su llanto?, ¿Cómo hacerlo sonreír? ¿Cómo dormirlo rápido? ¿Cómo evitar comidas que le hagan mal? Porque claro, debes darle el pecho y todo lo que ingieras irá a su leche. Evade la papa y las patatas, sustitúyelas con berza y lombarda.- si no estuviese recostada, me habría caído de culo al suelo. La que hablaba era Johanna. Se encoje de hombros ligeramente y acaricia las flores de plástico del jarrón de la mesa de noche- Aprenderás a cambiar pañales. Lo difícil es cuidar del cordón umbilical hasta que se caiga, no debes sobrepasarte con los desinfectantes o arderá mucho. Y tú, que tienes buena voz, deberías cantarle, eso los relaja.

-Gracias- logro articular por la sorpresa y luego sigo contemplándola mientras Effie y mi madre se desasen en palabreríos. Intercambian opiniones y debaten. Effie parece estar bien informada de la situación a pesar de que nunca ha sido madre. Sin embargo yo solo puedo pensar en Johanna tan ruda y fiera, tan molesta y sugerente que parece. Ella es solo una mujer como cualquiera y seguro que si se le presentase la oportunidad, sería una madre excepcional. Apuesto a que debió dolerle horrores alejarse del hijo de Finnick y Annie. Apuesto a que prácticamente era su hijo.

Mi madre parece haber reparado en la presencia de Buttercup. Tan pronto como se dio cuenta de ello, lo apretujó y le sujetó al cuello un horripilante lazo color violeta. Mientras las cuatro continuamos hablando, el gato se volvió un manojo de nervios. Tiraba del lazo con fuerza y no podía quitárselo, era realmente gracioso. Mi madre creía que solo jugaba y que su regalo le había encantado pero las demás sabíamos la verdad.

Ya entrada la noche, los invitados comenzaron a marcharse. Flavius, Venia y Octavia me comentaron que sus nuevos trabajos los mantenía ocupados y por tanto no podían permitirse una visita de más de un día. Al parecer entre los tres habían abierto un exitoso centro de estética. Todos los ciudadanos excéntricos del capitolio acudían al lugar para arreglarse al estilo Tributo. Es claro que, para ellos, los juegos son solo un antiguo deporte, nada de gran relevancia. Seguro que ya aparecerán disfraces para fiestas basados en mis vestidos o en los trajes de tributos. Para los distritos recordarnos a todos tan bellos con las creaciones de los estilistas en un martirio.

Johanna se hospedará en mi antigua casa, la que se encuentra a veintitrés metros de la de Peeta. Cuando decidimos convivir elegimos la de él por cuestión de recuerdos. Mi casa asignada por el Capitolio me resulta sumamente dolorosa. En fin, la chica del distrito siete estará aquí unas cuantas semanas.

Mi madre se quedara en unas de las habitaciones de nuestra casa obviamente. Planea estar aquí hasta que nazca el bebé. No quiere perderse nada del embarazo. Me cuidará y me ayudara con los controles médicos.

La que me sorprende es Effie. Estará con nosotros unas nueve semanas pero no se quedará con Johanna en la otra casa, ni con nosotros, ni en un hostal. Effie se quedará con Haymitch.

-Hay que controlar a ese ebrio- había dicho- además supe que ha llegado un cargamento de alcohol nuevo y alguien debe de cuidar de sus gansos.

-Los gansos se cuidan solos, Effie- rebatió Peeta.

-No irá mal un poco de ayuda glamorosa- dijo ella restándole importancia al asunto de esa extraña convivencia. La vi reprimir una risita.

-¿Hay algo entre ustedes que ignoro?- inquirió Peeta sonriendo con astucia y complicidad. Effie se escandalizó.

-¡Como crees! Peeta, acabas de sorprenderme. Se me ha caído un héroe.

-Calma, Effie. No era para que te pusieras tan nerviosa- Peeta abrazó a nuestra escolta de juegos y ella se dejó llevar vencida.

-No pasa nada- advirtió- enserio.

-Sí. Claro, como digas- aceptó mi chico del pan y le tomó las manos.

-Enserio- gruñó ella volviendo a reprimir una risa mientras hacía precio en los dedos blanquecinos de mi diente de león.

Cuando todos finalmente se marcharon, mi madre se instaló en una de las habitaciones y Peeta se encerró en el cuarto de la niña para pintar. Yo me quedé fregando platos y abriendo los diferentes regalos del Capitolio. Pequeñas remeritas, pantaloncillos largos y cortos a juego, escarpines y zapatitos, baberos, mordillos, chupones y biberones, juguetes electrónicos y simples. Todo en rosa, blanco, rojo, lila, morado y gris o azul. Esos colores (que escasean en los regalos) deben de ser para que hagan juego con los ojos de la niña. Pero como nadie sabe si tendrá ojos azules o grises han enviado de ambos. Ruego al cielo porque sean azules. No azul cielo, no azul mar, no azul neón ni nada raro. Azul Peeta, ese azul único e inigualable que jamás he visto en otro lado que no sean en su rostro y el de su padre.

Luego de un par de horas, entro a la habitación y veo el amanecer plasmado en una de las paredes. Al otro lado, hay una nueva creación magnifica. No es un atardecer, como esperaba. Es un diente de león en primavera, en todo su esplendor. Los rayos amarillos saltan en todas direcciones y el tallo fornido se pega al suelo y suelta raíces por todo el piso de la habitación hasta llegar a la ventana, donde hace unos diecisiete meses había colocado tres macetas con dientes de león, para que Peeta se sintiese inspirado cuando pintaba sus cuadros. Es la primera vez que me doy cuenta que esos receptáculos son los únicos objetos que Peeta no ha llevado a la buhardilla.

Bajo el diente de León, sobre el pasto verde que lo sostiene, Peeta ha pintado en amarillo una única palabra, esa que me dio vida: Real.

Se voltea a verme con una sonrisa y yo me acerco y le quito el pincel de las manos. Vuelvo a mancharlo de color amarillo y con ayuda de una escalerilla logro subir hasta la parte superior de la pared. En el principio de la misma escribo la palabra Juntos. Porque con esa palabra fue que comenzó todo.

Vuelve a tomar el pincel y, de forma vertical, escribe cuatro letras: Siem. Las anota sobre el tallo el diente de león. Él mismo me entrega el pincel y yo- tras descender de las escaleras- me acercó a la pared para agregar tres letras más: pre.

Siempre.