Capítulo 10

Hacía mucho tiempo que Candy no descansaba tan bien. Intentó moverse, pero el poderoso brazo de Albert, agarrado posesivamente a su cintura, se lo impedía. Parpadeó varias veces mientras imágenes de la noche anterior venían a su mente una y otra vez. Se sonrojó y escondió su rostro entre las manos. No podía creer que prácticamente le suplicara a Albert que la tomara. Tenía tanta vergüenza que sintió la necesidad de escapar de su lado antes de enfrentarse al azul de sus ojos. ¿Con sus ruegos para que la acariciara y acciones desinhibidas le habría dado la razón con respecto a sus pensamientos sobre ella? ¿Pensaría aún más que actuaba como una mujer libertina? Definitivamente, no estaba preparada para enfrentarse a él.

Fue desplazándose sobre el jergón con cuidado, con movimientos lentos y pausados, atenta a la respiración de su marido y a cualquier indicio de estar despertándose. Cuando por fin pudo abandonar la cama, después de mucho esfuerzo, se vistió en silencio y salió de la habitación. Apenas hubo cerrado la puerta, cuando se dio la vuelta se encontró de bruces con Akir, que la miró con cara de malas pulgas.

—No deberíais haberos levantado de la cama, mi señora.

—Me encuentro mejor —pestañeó con inocencia y utilizó su tono de voz más dulce para convencerlo—. ¿Me acompañaríais hasta donde esté Dorothy?

Akir, por toda respuesta, le ofreció su brazo y la ayudó a llegar al salón.

El hombre la guio entre las mesas hasta que la dejó sentada al lado de la ventana, lejos del barullo de los aldeanos que desayunaban y de los hombres de los Andrew. No hizo falta llamar a la posadera, la mujer en cuanto reparó en la presencia de Candy se acercó solícita a interesarse por su salud. Charló animadamente con ella hasta que la mujer se disculpó para seguir sirviendo el desayuno, no sin antes prometerle que le prepararía algo especial para que repusiera fuerzas.

Esperó impaciente a que Dorothy apareciera, pero parecía habérsela tragado la tierra. Animó a Akir a salir en su búsqueda, pero este desistió de dejarla sola. Tomó cuenta de parte del copioso desayuno y se disponía a abandonar la posada para buscar a la mujer, cuando Desmon entró y sonriendo se encaminó hacia ella.

—Pero, preciosa… —Candy abrazó a su tío y se dejó mimar— No tendrías que haberte levantado de la cama aún, nighean-bràthar.

—Llevo tres días acostada, no soportaba estar encerrada por más tiempo.

Desmon sonrió.

—¿Te apetece un paseo?

—¡Me encantaría! —repuso emocionada.

—Acompáñame, pues. —Tendió una mano, que Candy aceptó de inmediato, y salió a la luz del sol por primera vez en días. Hubo de parpadear varias veces hasta que sus ojos se acostumbraron y emprendieron el paseo, despacio, sin prisa, pues Candy todavía se sentía débil.

—Tenía ganas de hablar contigo a solas.

Candy temía ese momento, pero si su tío seguía siendo como ella lo recordaba, era de esperar un interrogatorio.

—Lo imaginaba.

Desmon sonrió y rodeó los hombros de su sobrina. Caminaron en silencio hasta que comenzaron a adentrarse en el bosque. Titubeó, nerviosa por los recuerdos que la asaltaron de nuevo, y lo miró asustada.

—Estás conmigo, el pueblo está vigilado y tu esposo ha ordenado que se rastreen los alrededores mañana, tarde y noche. No tienes nada que temer. Jamás dejaría que te sucediera nada malo.

Nunca había sido una cobarde y no iba a empezar a serlo ahora. Asintió y se adentró con su tío en la frondosa arboleda. Tuvo que descansar varias veces antes de llegar al riachuelo y sentarse sobre una roca.

—¿Eres feliz en tu matrimonio, Candy? Lo miró con tristeza y desvió la mirada al río.

—A veces lo soy. Cuando puedo ser yo misma.

—Quizá te obligaron a casarte con el Andrew equivocado…

—¿Qué insinúas? —preguntó sorprendida.

—He visto cómo el menor de los Andrew se preocupa por ti. Cómo te defiende.

—Con Anthony siempre he tenido una conexión especial, pero mi corazón está ocupado por otro hombre e intuyo que el suyo también tiene dueña.

—Sin embargo, el colgante sigue prendado de tu cuello.

Candy acarició la joya y la encerró entre sus dedos.

—Que lo ame no significa que él lo merezca. Madre me dijo que solo debía entregarlo al hombre que de verdad mereciera mi corazón, me amara por sobre todas las cosas, igual que yo a él. Como había hecho mi padre con ella.

—Entiendo. —Desmon tomó una piedra y la lanzó al río. Estuvieron unos minutos en silencio hasta que decidió continuar con su interrogatorio—. ¿Camille amaba a Albert Andrew también?

—Nunca quiso hablar conmigo de sus sentimientos. A veces me daba a entender que no, sin embargo, no se negó a contraer matrimonio con él. —Subió las rodillas a la piedra y las rodeó con sus brazos—. Ahora ya no tiene sentido pensar en ello.

—Ahí es justo donde yo quería llegar. No tiene sentido que te atormentes pensando si él la amaba, si ella le correspondía o lo que hubiese podido ocurrir. Ahora su esposa eres tú. Eres la mujer del laird Andrew y como tal debes actuar.

—No puedo evitar sentirme la última opción de Albert.

—La última o la única, no importa. Aprovecha la situación y vuélvela a tu favor. Al final te has casado con el hombre que querías y tienes la posibilidad de ser feliz. La vida no suele dar segundas oportunidades.

Candy estudió el perfil de su tío. Su cabello largo y rizado ondulaba con el viento sobre sus hombros y el sol resaltaba sus reflejos cobrizos. Pero lo que más le impresionó fue la amargura de sus ojos verdes.

—¿Has amado alguna vez?

Sabía por las cartas que enviaba a su padre que no había contraído matrimonio en todos estos años, pero eso no impedía que alguna mujer se hubiese ganado su corazón.

—Pobre del hombre que no lo haya hecho. —La miró con ternura y se acercó hasta la roca donde estaba sentada—. Fue hace mucho tiempo, Candy. No es momento de remover el pasado. Te he traído aquí porque quiero que sepas que, pase lo que pase, no volveré a desaparecer. Estaré aquí para ti, siempre. ¿Me has entendido?

Candy asintió, emocionada, y rodeó el cuello de su tío con los brazos. Sea como fuere, ya no estaría sola. Desmon correspondió a su abrazo, cerró los ojos y aspiró con fuerza. Había llegado el momento de asumir las responsabilidades que le correspondían como laird de su clan y de volver a reconstruir el que fuera su hogar.

Albert caminaba inquieto por el salón de la posada. Todavía no podía creer que Candy hubiese salido de la habitación sin que él se hubiera dado cuenta. Aunque Akir le había dicho que estaba acompañada por Desmon, no estaría tranquilo hasta que la tuviera de vuelta.

—Laird —lo interrumpió Gregor.

—Dime, amigo.

—Los hombres están inquietos, preguntan cuánto tardaremos en regresar a Lakewood y si lo haremos inmediatamente después del regreso de Anthony

—Si mi esposa está recuperada, partiremos mañana. Según mis cálculos, mi hermano llegará al anochecer. Házselo saber y que vayan preparando nuestra marcha.

—Así lo haré —suspiró aliviado y se retiró para informar a los hombres del clan.

Poco quedaba ya en Carlisle que hacer y muchos de sus guerreros habían dejado a sus mujeres e hijos en casa. Las ausencias prolongadas los volvían más irascibles, al tiempo que la apatía los hacía más descuidados. Había llegado la hora de volver.

Tomó asiento y se dispuso a esperar. Escuchó su risa mucho antes de verla entrar en la posada. Bebió un trago de su jarra de cerveza sin apartar la mirada de la puerta, y simuló no estar tan impaciente ni asustado por su retraso.

Candy tardó unos segundos en acostumbrar sus ojos a la oscuridad del salón. Entró cargada con flores que había recogido en el bosque y charlando animadamente con su tío, hasta que vio a Albert y su particular forma de mirarla la hizo recordar la intimidad de la noche anterior.

—Hasta que por fin llegas, esposa —la reprendió con suavidad.

—Hoy me levanté más repuesta y decidí bajar al salón a desayunar. No quise molestaros… —se excusó mientras caminaba hacia las escaleras, más nerviosa que de costumbre ante su presencia.

—¿Así que os sentó bien la noche?

Candy enrojeció hasta las orejas y se volvió, incrédula, a mirarlo. Todos los ojos de los clientes de la posada estaban fijos en ella. La mayoría de los hombres sonreían y se daban codazos, excepto su tío Desmon, que parecía tener las mismas ganas que Candy de golpear a Albert.

Irguió la cabeza y, aunque azorada, no se dejó ningunear.

—No más que a vos, que dormíais tan plácidamente que ni siquiera os habéis percibido de mi ausencia.

Detrás de ella dejó carcajadas, una expresión de satisfacción en el rostro de Desmon y una promesa de venganza en los astutos ojos de Albert, que divertido la vio marchar. En cuanto desapareció de su vista, y tras la jarra de cerveza, se permitió sonreír. Era evidente que su esposa se encontraba mejor.

Encerrada en su habitación, Candy se movía inquieta de un lado a otro esperando a que Albert entrara en cualquier momento para cobrarse su insolencia. ¿La castigaría? Si lo hacía, esperaba que fuera agotándola de la misma manera que la noche anterior. El solo pensamiento de revivir las caricias, los besos y la intimidad con él le produjo un agradable cosquilleo y una sonrisa traviesa se coló entre sus labios. No obstante, cuando oyó que llamaban a la puerta, el nerviosismo se apoderó de ella, palideció y se sentó en la cama porque las piernas ya no la sostenían. Apenas pronunció el permiso para abrir la puerta cuando Dorothy entró en la estancia y cerró tras de sí.

—¿Suspiráis de alivio o de cansancio, mi señora? —por la sonrisa traviesa de la mujer, entendió que en el salón seguía la chanza sobre su guerra dialéctica con Albert.

—De ambas cosas, supongo.

—Entonces hacedme caso, tumbaos y descansad. Todavía no estáis recuperada del todo y mañana emprenderéis el camino hacia vuestro nuevo hogar.

Candy se incorporó en la cama de inmediato. ¿Tan pronto partirían? Recién acababa de reencontrarse con el único miembro de su familia y ya la separaban de él.

—¿Quién os lo ha dicho?

—No hay otro tema de conversación en la aldea, mi señora.

—No quiero separarme de mi tío, ni de vos. Ahora tendréis que volver con el obispo… Por cierto, os he mandado a buscar y no os encontraban.

Dorothy empujó con suavidad a Candy para que se recostara y poder curar así la herida de su cabeza. Gracias a Dios tenía buen aspecto y parecía cicatrizar con rapidez.

—Mi señora, estaba resolviendo unos asuntos —respondió enigmática—. Con respecto a lo que comentabais, tengo una noticia que espero sea buena, y otra que no os agradará.

—Decidme la mala primero.

—Ciertamente ha llegado la hora de separaros de vuestro tío. —Candy se propuso expresar su disconformidad cuando Dorothy la calló de nuevo—. Vuestro esposo es el laird de su clan, debe regresar para tomar las riendas de su hogar y de las familias que viven en él. No ha permitido la marcha hasta que ha comprobado que estáis suficientemente recuperada. Pero ahora, ya nada le retiene aquí y debe regresar con su esposa al lugar al que pertenece.

Las sabias palabras de la doncella la hicieron recapacitar. El padre de Albert y Anthony se hallaba solo, no muy bien de salud, al frente de los Andrew, Y ella ahora, tal y como le dijo Desmon, era la señora del laird y debía empezar a asumir responsabilidades. A regañadientes, dejó las objeciones a un lado.

—Contadme la buena nueva ahora, por favor.

—Vuestro esposo solicitó al obispo que yo pasara a servir a los Andrew en especial a vos.

—Durante mi enfermedad, supongo —suspiró resignada.

—No, mi señora. Vuestro esposo ha insistido en que me traslade a vivir con vos a Lakewood. Seré vuestra doncella particular si así lo deseáis.

¿Desearlo? Candy saltó sobre los brazos de Dorothy y la abrazó con fuerza. La mujer no pudo evitar una carcajada ante el entusiasmo de la joven.

—¿Pero, y vos? ¿Dejaréis vuestro hogar para venir conmigo? ¿Nada os retiene en Scone?

—Perdí a mi esposo y a mi hija de fiebres hace mas de 6 años. Me quedé sola, sin familia, y me abandoné. Prácticamente viví en la indigencia a la espera de que la muerte me encontrara. Pero ya veis, el destino me tenía preparado otro propósito. Me encontró el sacerdote de Perth y me llevó a la abadía de Scone. Allí trabajé de cocinera, de costurera y de lo que se terciara. —Dorothy acarició con cariño el cabello de Candy—. Ahora sé que la vida me deparaba otra oportunidad. Y era cuidar de vos.

Emocionada por las palabras de la mujer, la estrechó entre sus brazos. Ambas estaban solas, habían estado solas, y ahora formaban parte de una familia.

—Me hace muy feliz poder contar con vos.

—Y a mí, mi niña —Dorothy sonrió y terminó de realizar las curas antes de dejar a su señora descansando.

Anthony llegó más pronto de lo que Albert había planeado. Todavía no había caído la noche cuando entró en la posada, visiblemente cansado, acompañado de una quincena de hombres. Lo primero que hizo el laird fue preocuparse por la salud de su padre, que aunque no muy halagüeña, parecía que se mantenía. Se pusieron al corriente de los últimos acontecimientos y Albert ordenó que se retirara a descansar puesto que su intención era partir al alba al día siguiente.

Agotado como estaba, Anthony no puso ningún impedimento. Albert se retiró a ultimar los detalles de su marcha y a hablar con Desmon; pero él, antes de dejarse caer en la cama no podía dejar de visitar a Candy. Llamó despacio a la puerta de su estancia y esperó su permiso para entrar. Aunque Albert le había dicho que estaba bastante recuperada, no esperaba encontrarla en tan buen estado. Sus ojos parecían haber recobrado su brillo habitual y sus mejillas tenían un adorable color rosado.

En cuanto Candy vio a Anthony corrió a sus brazos.

—Menudo susto nos disteis, pequeña.

Candy lo miró con arrepentimiento.

—Lamento haber sido tan necia.

—No fue culpa vuestra —sonrió con cariño—. Aunque quizá sí que sois culpable de la salida de algunos cabellos blancos a mi hermano debido a la preocupación. Pero eso no os lo voy a recriminar. Le restan atractivo y me hacen ser mejor partido.

—¡Vuestro hermano no tiene ni un solo pelo cano!

—No os habréis fijado bien…

—Anthony Andrew, dejad de mofaros de mí. Vuestro hermano está igual que siempre y sigo importándole lo mismo que cuando aceptó desposarse conmigo. Es decir, nada.

—¿Será cierto aquello que dicen que compartir jergón vuelve al matrimonio de la misma opinión? Os habéis vuelto tan ciega como él.

—No picaré el anzuelo de nuevo y no os preguntaré si creéis que los sentimientos de Albert han cambiado.

—Lo acabáis de hacer —se carcajeó.

—No espero, ni quiero, una respuesta. Si habéis venido a enfadarme, ya podéis volver por donde habéis entrado —fingió enfurruñarse.

—He venido para daros un regalo. Uno que espero guardéis a buen recaudo y en secreto, puesto que nuestras vidas dependen de vuestro silencio.

Con curiosidad, observó cada uno de los movimientos de Anthony hasta que este sacó de su espalda una pequeña espada, ligera, de empuñadura delgada y punta afilada.

—Es vuestra, mi señora. —Estiró los brazos y se la ofreció teatralmente.

La emoción de Candy no se podía disimular, saltó como una niña pequeña y tendió las manos para que Anthony le diera su regalo. Acarició el filo y la movió con cuidado de un lado a otro. Le encantó el silbido que produjo al cortar el aire y sonrió complacida.

—Se acabó el juego. Si entrara mi hermano en cualquier momento, me arrancaría con ella cierta parte de mi anatomía que aprecio considerablemente. Mejor dádmela y yo mismo la guardaré hasta que lleguemos a Lakewood y empecemos vuestro adiestramiento. —Ante la cara de disgusto de Candy, Anthony se mostró inflexible—. No es negociable.

—¡Oh! Está bien. —Le devolvió la espada y se despidió de su cuñado con un sonoro beso en la mejilla.

De nuevo sola en la estancia. Esperó el regreso de Albert durante horas, se sobresaltó con la llegada de la posadera para preparar su baño, más tarde con la joven que tanto le recordaba a Camille que traía la cena, y por último con la visita de Dorothy con su infusión. Finalmente el sueño la venció antes de que Albert regresara al lecho junto a ella. ¿Sería ese su castigo? ¿Que lo añorara?

Al día siguiente, se despertó sobresaltada, no recordaba haberse quedado dormida, ni el regreso de Albert. Fuera, el ajetreo que producía la inminente partida se escuchaba a través de su ventana, que daba al huerto. Miró al otro lado de la cama y comprobó que Albert no había dormido allí. Confusa, se levantó y se vistió antes incluso de que Dorothy entrara a ayudarla. Bajaba la escalera acompañada de Akir, cuando lo vio apoyado en la barra sonreír a la hija de la posadera. Mentiría si no admitiera que después de dejarla abandonada toda la noche, ahora no le molestaba encontrarlo descansado y sonriente junto a la joven, una joven que le recordaba a su hermana. Ese dato en especial la hizo sentir todavía más insegura. Esperaba verlo agotado, sudoroso y sucio por los preparativos de su marcha, y precisamente esa hubiese sido la excusa para no acudir a sus aposentos. Pero era evidente que no era el caso.

Cuando Albert la vio fulminarlo con la mirada, tuvo que reprimir una sonrisa taimada. Había dormido en otra habitación porque no estaba seguro de poder controlar las ganas de volver a hacer el amor con ella, y tras el duro viaje que les esperaba y en su estado, no hubiese sido lo más recomendable. Dejó a la joven y se acercó hasta su mujer. Despidió con un gesto de cabeza a Akir, pero como siempre, este no se movió hasta que Candy le dio permiso. Una vez solos, la sujetó del codo y la acomodó en una mesa. Con un gesto pidió su desayuno y centró la atención en el rictus enfadado de su esposa. Apretaba sus carnosos labios y fruncía el ceño de manera adorable.

—¿Has descansado bien?

—Ha sido un placer tener toda la cama para mí —mintió descarada—Veo que al final habéis convenido que mejor tener habitaciones separadas. Estoy pensando que disfrutaré del mismo privilegio en Lakewood.

—Piensas mal, pues. —Se acercó tanto a ella que Candy sintió su aliento en el cuello—. Si no he acudido junto a vos esta noche es porque no he querido cansaros para el viaje. Pero en Lakewood no habrá nada que impida que os vuelva a hacer mía, mi señora.

Sin más, se retiró para que sirvieran el desayuno, llamó a Dorothy para que se sentara junto a ella y salió de la posada. Candy quedó tan afectada que apenas pudo seguir la conversación de su dama de compañía.

Emprendieron el camino a Lakewood después de acudir a las tumbas de su familia, tal y como Albert le había prometido que harían. Depositó flores y derramó de nuevo lágrimas por su pérdida. A su lado, Desmon y Albert la flanqueaban. No fue menos amarga la despedida de su tío, aunque este insistió en que se verían mucho antes de lo que ella pensaba. Lo abrazó con fuerza y dejó que fuera él quién la montara a lomos del corcel que Albert le había asignado. Candy miró por última vez el castillo de su familia y se despidió de los años felices vividos allí. Ahora empezaba su nueva vida, en un nuevo hogar.

Llevaban varias horas de viaje. Candy cabalgada escoltada por Akir y tres guerreros más. Apenas veía más allá del trasero del equino que la precedía. Nadie hablaba, procurando hacer el mínimo ruido y desplazarse con discreción, hasta que Albert llegó junto a ella y con un solo gesto los dejaron solos.

—¿Cómo te encuentras?

—Estoy bien. —Comenzaba a sufrir otra vez dolores de cabeza, pero no quería que la comitiva tuviera que detenerse por su culpa—¿Demoraremos mucho en llegar?

—Pararemos a comer y a descansar dentro de poco. Si lo prefieres, puedo detener ahora a mis hombres.

—No. Cuando decidáis me parecerá bien.

—Como desees.

Albert espoleó a su semental y se puso a la cabeza del contingente. Al momento los hombres que la custodiaban volvieron a ocupar su sitio, pero esta vez, Anthony también se puso junto a ella.

—Estoy seguro de que Lakewood os encantará —comenzó a hablar para distraerla.

—¿Y yo? ¿Gustaré a vuestra gente?

—¿Estáis preocupada por el recibimiento que os den?

—¿Tengo que preocuparme?

Anthony pareció dudar, estaba seguro de que Eliza no le pondría las cosas fáciles a Albert, mucho menos a Candy. Finalmente, ante la mirada preocupada de la joven, sonrió y negó con la cabeza para tranquilizarla. Él se encargaría de velar personalmente de que su cuñada no tuviera problemas y de alertar a Albert en el caso de que la criada se propasara.

Horas después, pararon a comer, pero la esperanza de que el dolor de cabeza remitiera desapareció en cuanto volvió a montar y reemprendieron la marcha.

Días después, el dolor de cabeza seguía presente. Candy se sentía a punto de desfallecer. Solo cuando se oyeron los cuernos de las almenas de Lakewood supo que su agonía estaba llegando a su fin. Albert se colocó a su lado y la miró preocupado.

—¡¿Por qué no me has avisado, mujer?!

Apretó los ojos con fuerza tras el atronador tono de voz de su marido. Lo escuchó lanzar una maldición, que no pudo descifrar, y al momento se sintió transportada cuando sus poderosos brazos la rodearon por la cintura y acabó sentada sobre su caballo, recostada sobre su pecho. El hecho de no tener que hacer ningún esfuerzo para mantenerse erguida hizo que se fuera relajando hasta prácticamente quedarse dormida.

Escuchó voces a lo lejos, el ruido de los goznes de las puertas que se abrían a su paso, el repiquetear de las botas sobre el suelo y de repente silencio, calor y la suavidad del lino bajo su piel. Estaba demasiado cansada siquiera para abrir los ojos, reconoció las manos diestras y fuertes de Albert desnudándola. Hizo intento de detenerlo, pero él no la dejó.

—Descansa. Tan solo quiero que estés cómoda. No puedes dormir vestida.

—Llamad a Dorothy…

—¿Dudas de mis habilidades para desnudarte? —la reprendió con suavidad.

Ella no contestó, ni siquiera tenía fuerzas para ello. Se dejó hacer vagando entre la semiinconsciencia hasta que pudo sentir la suavidad de las pieles cubrir todo su cuerpo.

Cuando estuvo totalmente desnuda, Albert no pudo evitar recrearse ante la visión de su cuerpo. La deseaba de nuevo, la necesitaba como nunca había sentido la necesidad de estar físicamente con una mujer. Y lo hacía desde que había descubierto el placer que supuso conquistar su piel virgen de besos y caricias, y su entrega mientras la hacía suya. Su estado de excitación era tal que temía arder en cualquier momento. Ir desenvolviendo el cuerpo de Candy de las capas de ropa que la cubrían, tirar de las cintas de su corpiño, deshacerse de su camisola y deslizar las calzas por sus níveas piernas había sido una deliciosa tortura. Acarició con devoción el contorno de su cuerpo hasta que decidió que no podía seguir por más tiempo en la habitación. Cogió las pieles que había a los pies de la cama, la cubrió y salió precipitadamente.

Cuando llegó al salón principal, los hombres lo esperaban para la cena, ya dispuesta sobre las gruesas mesas de madera. Se acercó a Dorothy y le dijo que su mujer descansaba, pero que llevara algo de comida a sus aposentos, alguna infusión por si se despertaba, y se quedara con ella. Él subiría en cuanto terminara. Se sentó entre su padre y su hermano, en el sillón asignado al laird del clan, y empezaron a dar buena cuenta de la abundante comida.

—He pensado enviar una invitación formal a los Gordon para que vengan a visitarnos.

Anthony levantó de golpe la cabeza y miró a su hermano como si se hubiese vuelto loco.

—¿Y eso por qué?

—Porque Bruce quiere tantear a los clanes del norte. Sabe que nuestras rencillas con los Gordon pueden crear problemas y me ha pedido que intente solucionarlas antes de los juegos que tiene previsto organizar, aquí en Lakewood, dentro de unos meses.

—¿Cuándo dijo Bruce que tenía intención de hacer unos juegos? Yo no escuché nada —preguntó Anthony sorprendido.

—La noche en que me reuní con él para hablar sobre Desmon.

—Me parece buena idea, hijo —les interrumpió su padre—. Los Gordon no podrán rechazar nuestra invitación si no quieren desairar a los nobles. Ha sido muy astuto por parte de Bruce.

—No aceptarán —sentenció Anthony.

—Les guste o no, deberán posicionarse, y la mayoría de los clanes de las Highlands apoyaremos a Bruce en su camino al trono.

—No he dicho que no se posicionen, he dicho que no aceptarán la invitación. A los juegos quizá sí, pero ninguno de los Gordon aceptará pisar este castillo antes.

—En cualquier caso, enviaré un emisario para invitar a los clanes de los alrededores con la excusa de realizar una fiesta por mi matrimonio, y los Gordon estarán invitados. Además, si nuestras intenciones de relajar los ánimos no funcionan, Bruce propondrá un enlace matrimonial a Douglas Gordon que no querrá desechar.

—¿Pretende casar al viejo? —se mofó Anthony

—No. Pero a su hija sí. Y la opción más ventajosa es que la prometa con Desmon White. Uniría nuestros clanes indirectamente y se aseguraría su alianza.

—No lo veo claro —objetó Anthony con rapidez.

—Pues es evidente, hijo. Desmon se desposará con una Gordon para sellar una nueva alianza. Además contará en su lecho con una joven vigorosa… —comentó su padre como de casualidad, pero atento a la reacción de su hijo menor.

—No tengo más hambre —Anthony empujó su plato, apuró la jarra de cerveza y se levantó de malos modos—. Necesito descansar.

Padre e hijo lo observaron abandonar el salón.

—Quizá así también averigüemos por qué se tienen tanta inquina mi hermano y nuestros vecinos.

—Quizá.

El viejo Andrew se encogió de hombros con gesto de indiferencia y siguió bebiendo. Durante la ausencia de sus hijos había intentado hacer indagaciones sin un resultado satisfactorio. Sin embargo, nadie podría quitarle de la cabeza la idea que le rondaba desde ya hacía algún tiempo.

Después de la cena, y agotado como estaba, se despidió de su padre y subió a ver cómo estaba su esposa, apenas había terminado de subir el tramo de escalones, cuando se encontró de bruces con Eliza.

—¡Por fin llegasteis, mi señor! Os he echado mucho de menos —se acercó insinuante e intentó colar sus manos por debajo de la camisa de Albert

—Compórtate —la reprendió al tiempo que la sujetaba por las muñecas para evitar que lo tocara—. Mi esposa, tu nueva señora, me espera en nuestros aposentos.

—Pero no era con ella con quien os ibais a unir; la otra, la que decíais amar, murió. A esta no os une ningún sentimiento, no le debéis respeto y yo puedo satisfaceros como siempre. No tiene por qué suponer un estorbo.

Albert la sujetó con fuerza por el codo.

—Que sea la última vez que mancillas la memoria de Camille refiriéndote a ella en ese tono. Y con respecto a Candy, es la señora de esta casa y la respetarás. Asume de una vez tu lugar en mi castillo o tendré que buscarte otro hogar.

La soltó y caminó con paso airado hasta su habitación. Una vez dentro, Dorothy le dijo que Candy no se había despertado ni una sola vez. Descansaba tranquila y no había rastro de fiebre. Ahora solo tenía que recuperar fuerzas. Albert asintió y envió a la mujer a descansar. Se sentó al lado del fuego, era casi verano, pero en el norte las temperaturas por la noche caían en picado y era necesario caldear las habitaciones. Colocó un par de troncos más y se quitó las botas. Se calentó junto a la chimenea con la mirada perdida en las llamas y los pensamientos ocupados por la mujer que dormía plácidamente en su cama.

Candy despertó de madrugada, cuando el sol empezaba a despuntar y a bañar de luz la estancia, sorprendentemente recuperada y sin rastros de dolor de cabeza. Se estiró en la cama y al hacerlo rozó con sus brazos el cuerpo desnudo de Albert. Apartó la mano de inmediato y sujetó la sábana contra su pecho. No esperaba encontrarse a su marido allí, pensaba que tras haberla dejado instalada, él habría ocupado otros aposentos. Empezó a moverse lentamente y salió de la cama con cuidado de no despertarlo. Tiró suavemente de una de las pieles para envolverse con ella. Cuando creyó que había conseguido su objetivo y sus pies rozaron la mullida piel del suelo, la mano de Albert la sujetó por un brazo.

—Es demasiado temprano. Vuelve a la cama.

Candy tragó saliva. Al incorporarse para detenerla, el cobertor se deslizó y dejó apenas cubiertas sus caderas, quedando a la vista su musculoso y bien torneado pecho desnudo.

—¿Es esta nuestra habitación? —dijo ella cubriéndose la desnudez.

—Lo es.

Tiró de ella hasta dejarla acostada boca arriba, se colocó encima encajando su cadera con la de ella y le sujetó los brazos sobre la cabeza.

—Entonces eso significa que dormiremos en el mismo lecho.

—Puedes apostar a que sí. Ni loco abandonaré esta habitación y ni loco permitiré que lo hagas.

—No sois un hombre de palabra —fingió sentirse ofendida cuando en realidad estaba más que satisfecha con la aseveración de su esposo.

Albert meneó un poco la cadera rozando la entrepierna de Candy y arrancándole un involuntario jadeo de placer.

—Nunca te di mi palabra de que tendrías tu propia habitación porque nunca lo consentiré. Soy el laird de mi clan, uno de los más poderosos de toda Escocia, y por nada del mundo permitiré que mis hombres piensen que mi mujer y yo no compartimos lecho. Si alguna vez eso sucede, será porque yo, Albert Andrew, así lo he decidido —le dijo, divertido, en tono prepotente. Sabía cuánto la enfadaba que tuviese esa actitud.

—Sois un petulante, un soberbio, un vanidoso y un…, un…

Albert soltó una carcajada al tiempo que rozaba con su nariz el cuello de Candy y aspiraba su aroma.

—Ya os dije cómo serían las cosas. Sois demasiado insolente, contestona e inconformista, esposa —la reprendió en tono juguetón—. Al igual que me permito recordaros, señora Andrew, que una vez os dije que os metería en vereda por mis propios medios.

Bajó la cabeza y la besó hasta que Candy se entregó por completo a su contacto. Acarició la parte posterior de sus muslos hasta llegar a la nalga y la presionó contra su cuerpo. A regañadientes, abandonó sus labios para ir descendiendo por su cuello hasta llegar al lunar, besarlo con devoción y posteriormente adueñarse de la cima de su pecho. Meneó un poco más la cadera hasta rozar su sexo abultado y palpitante con el de Candy. Cuando notó que sus brazos se relajaban y empezaba a moverse debajo de él buscando placer, hizo lo más difícil que había hecho en su vida: salió de la cama y se puso los calzones.

—Pero será cuando yo quiera.

—¡Además sois un mentiroso! —Se incorporó mientras intentaba cubrir su cuerpo y repitió las palabras que le dijo antes de partir de Carlisle—. «Os prometo que cuando lleguemos a Lakewood nada impedirá que os haga mía de nuevo». ¡Embustero!

—Cuidado, esposa, o pensaré que añoráis en demasía mis atenciones.

Terminó de vestirse y salió cerrando la puerta rápidamente para esquivar un zapato de Candy que volaba en su dirección. Las carcajadas de Albert. todavía se oían desde la habitación mientras bajaba hacia el salón. Nada había deseado más que hacerla suya, pero en el último momento recordó que tenía una reunión importante. Además, quizás así, podría conseguir doblegarla. ¿Pero a qué precio? El de su frustración, seguro. Aunque cuando cayera la noche, nadie impediría que ambos disfrutaran el uno del otro de nuevo.

Candy se sentía tremendamente frustrada y, una vez más, enfadada consigo misma por la facilidad con la que Albert era capaz de llevarla a su terreno. Aunque debía reconocer que, muy en el fondo, estaba encantada por ver el lado juguetón y distendido de su marido.

Al momento llamaron a la puerta y Dorothy apareció para ver cómo se encontraba.

—Tenéis muy buen aspecto, niña. Si no fuera por el enfado que veo en vuestros ojos…

—Estoy mucho mejor, creo que podré bajar a desayunar al salón. El enfado se debe al autoritario de mi marido.

—Los hombres, jovencita, siempre quieren tener el control. Nuestra mayor virtud es hacerles creer que lo tienen, pero hacer lo que queramos.

—Albert jamás cederá.

—Es posible que a sabiendas, no. Pero, querida, vos tenéis un arma muy poderosa de la que todavía no sois consciente. Todo llegará.

Candy dejó que Dorothy la ayudara a vestirse mientras pensaba en lo que le acababa de decir. Tendría que descubrir qué era aquello que le permitiría doblegar la voluntad de su marido. Observó el vestido verde que había sobre la cama, tenía un escote exuberante adornado con ribetes dorados y el bajo bordado con flores del mismo hilo. Era precioso, y digno de la mujer del laird. De repente, se sujetó el estómago para calmar los nervios.

—¿Qué os sucede? —se preocupó Dorothy.

—Estoy un poco nerviosa. Hoy conoceré a la gente del clan y se me presentará como su señora. Ayer no es que diera una imagen demasiado buena... Me vieron casi inconsciente en brazos de Albert.

—Saben que estuvisteis enferma. Lo comprenderán perfectamente.

—¿Y si no sé hacerlo bien? ¿Y si me quedo allí de pie sin saber qué decir?

Dorothy la sujetó por los hombros.

—Sois la hija de uno de los lairds más famosos de Escocia. Habéis sido educada y formada para desempeñar el papel que hoy vais a hacer, sois una mujer de recursos. Lo haréis perfectamente. Además–se acercó hasta abrazarla y susurrarle al oído—, me tenéis a mí para ayudaros en lo que necesitéis.

Candy sonrió satisfecha. Cuadró los hombros, inspiró y salió de su dormitorio. Descendió las escaleras intentando tranquilizarse mentalmente, pero toda la fuerza de voluntad que había estado alimentado murió cuando, al llegar al salón, se quedó parada observando a la gente, su gente de ahora en adelante. Era la primera vez que veía el castillo de Lakewood por dentro y se fijó en cada detalle de la estancia. Frente a las puertas principales, y a su izquierda, sobre dos escalones, se hallaba la mesa principal. Encima de ella, colgado de la pared, el escudo de los Andrew dominaba la estancia. Debajo del emblema del clan, llamaba la atención la claymore más grande que había visto nunca. La miró curiosa, era imposible que un hombre pudiera cargar con semejante espada.

—Candy… —escuchó la voz grave de Albert. Sobresaltada, reparó en él, apoyado en la enorme chimenea que había al otro lado del salón, frente a ella, hablar con Gregor.

Hasta ese momento no se había dado cuenta de que el silencio se había apoderado de la estancia, ni de que todas las miradas estaban fijas en ella. Dorothy la empujó suavemente para que fuera al encuentro de Albert, que se aproximaba a ella con su habitual expresión fría y distante, sin embargo reconoció en sus ojos un brillo de aprobación que ayudó a templar sus nervios. Al llegar junto a ella, colocó una mano en su cintura y la acompañó hasta la mesa. Antes de que tomaran asiento, su marido se dirigió a su clan.

—Candy Andrew, de ahora en adelante este es tu hogar y tu clan. Te respetará, honrará y defenderá con su vida como su señora que eres. Palabra de Andrew.

Todos los guerreros que desayunaban en el salón se levantaron en el acto como muestra de respeto y repitieron el juramento. Candy se sorprendió por el gesto y se movió nerviosa, dudando de si debía dedicarles unas palabras o simplemente asentir. Todas las miradas estaban fijas en ella, hasta las mujeres encargadas de servir el almuerzo se habían detenido a la espera de alguna reacción. El tiempo avanzaba y azuzaba su inquietud. Las náuseas que la invadieron en la habitación volvieron con igual o más fuerza, los oídos comenzaron a zumbarle y tuvo que apoyar las manos sobre la mesa para sujetarse. Notó un nudo de emociones que oprimía su pecho y temió derrumbarse, pero un ligero movimiento captó su atención y se encontró con la providencial mirada de Dorothy, Su sonrisa, la confianza que depositaba en ella y los gestos que le indicaban que tomara aire y se tranquilizara la sacaron del trance en el que se encontraba. Carraspeó, levantó la cabeza y habló.

—Es… —Se aclaró la garganta de nuevo para ganar tiempo y retomó la palabra— Es un honor para mí ser vuestra señora. Llevaré los colores de nuestro clan con orgullo y seré justa merecedora de vuestro respeto.

El salón seguía en silencio hasta que uno a uno, los guerreros levantaron sus jarras y brindaron por ella. Con un movimiento de cabeza agradeció el gesto y se dejó caer en la silla con un suspiro nada discreto, que levantó sonrisas entre las mujeres del castillo y los hombres más cercanos a la mesa.

—Muy bien, preciosa —susurró Anthony en su oído.

—¿He sido correcta? —murmuró en voz baja.

Anthony sonrió y asintió de nuevo.

—¿A que soy capaz de adivinar vuestros pensamientos? Ahora mismo desearíais salir corriendo, montar en vuestro caballo y perderos un rato.

Albert gruñó a su lado algo, pero Candy todavía estaba lo suficientemente enfadada con él por su desplante como para ignorarlo y seguir hablando con Anthony.

—¿Podré hacerlo? —preguntó esperanzada.

—No —contestó rotundo su marido.

—Ya me encuentro mucho mejor, un paseo me vendrá bien y así conoceré el castillo y sus alrededores.

—Puedes pasear por dentro de las murallas cuanto quieras, pero olvídate de traspasar los muros porque no lo vas a hacer. No hay más que hablar.

—Anthony podría acompañarme.

Antes de que su hermano respondiera y la ira del laird cayera sobre ellos, Anthony se adelantó.

—Albert tiene razón en esto, Candy. No es seguro y todavía estás convaleciente.

—Pero…

—Candy, se acabó —la cortó de manera taxativa su marido—. No discutas conmigo ni cuestiones mis órdenes delante de mis hombres.

—Solo intentaba dialogar para llegar a un acuerdo. ¿Acaso no tengo derecho a hablar y expresar mis deseos?

—Candy… —Candy acercó su rostro hacia ella y vio en el azul de sus ojos la clara advertencia de guardar silencio.

—¿Deseáis algo más, mi señor? —les interrumpieron.

Candy se volvió ante la melosa y aterciopelada voz que escuchó a su espalda. Miró de arriba abajo, sin disimulo, a la mujer que se inclinaba sobre su marido y le mostraba su generoso escote. Su largo cabello rojo caía acariciando su busto y enmarcaba sus facciones. Un rostro redondeado de carnosos labios y fríos ojos ambarinos que la miraron un segundo para dedicarle una media sonrisa que no le gustó nada, antes de volver su atención hacia su marido.

—No. Puedes retirarte —la despachó Albert con rapidez.

—Como deseéis, si me necesitáis no tenéis más que mandarme a llamar. —Al retirarse, aprovechó para acariciar el brazo de Albert con descaro—. Como siempre.

Candy abrió los ojos como platos y observó cómo la mujer se marchaba contoneándose.

—¿Sarah no ha regresado aún de visitar a sus familiares? —preguntó Anthony visiblemente incómodo a su hermano.

—Parece ser que no —contestó Albert molesto por las confianzas de la criada.

—¿Quién es Sarah? ¿Y quién es esa mujer? —se interesó Candy.

—Sarah es el ama de llaves —aclaró Albert.

Candy quedó a la espera de una explicación sobre quién era esa exuberante mujer, pero nadie se pronunció al respecto. Miró a los dos hermanos, pero ambos esquivaron la mirada. Siguieron comiendo en silencio con el sonido de fondo de las conversaciones de los demás miembros del clan mientras ella seguía dándole vueltas a las confianzas de aquella sirvienta.

Una vez terminado el almuerzo, Albert se despidió y se retiró con los demás guerreros para entrenar en la liza. Sentada a la mesa, comprobó que Willian Andrew no le quitaba ojo de encima.

—Sentaos junto a mí, muchacha.

Obediente, se acercó al padre de Albert.

—Veo que estáis recuperada, hija —sonrió satisfecho por su buen estado de salud.

—Sí, me siento mucho mejor —le dedicó una sonrisa radiante—. ¿Y vos? ¿Cómo os encontráis?

—Mi salud mejora y empeora según el momento del día en que me lo preguntéis —se lamentó—. Siento haberme perdido vuestro enlace con mi hijo. Bueno, lo que en realidad me apena, es no haberle visto la cara cuando le informaron de que debería desposarse con vos.

Empezó a reír a carcajadas, pero de inmediato un acceso de tos lo hizo doblarse sobre la mesa. Candy le tendió el vaso y apoyó una mano sobre la espalda del hombre para calmarlo.

—Ya está. Ya pasó. —Inspiró hondo y se apoyó en el respaldo de la silla—. Debéis tener paciencia con mi hijo.

—Me he dado cuenta, mi señor.

—Nunca había visto a Albert tan preocupado por alguien. Me han contado que no se ha separado de vuestro lado durante toda vuestra convalecencia.

—Anthony también acompañó a Albert durante mi convalecencia.

—Sí. Eso también me lo han dicho. ¿Qué sentís por mi hijo?

Candy enrojeció y se movió inquieta.

—¿Por Albert?

—¿Por quién si no? —La miró con dureza— ¿Acaso Anthony también despierta sentimientos en vos? He visto la complicidad con la que departís.

—Anthony es mi amigo. Es más fácil hablar con él que con Albert —se defendió.

—Eso esperaba oír. Bueno, supongo que mi hijo no está acostumbrado a tener una debilidad, en este caso una de preciosos ojos verdes. Y según qué tipo de palabras, lo abruman. Con el tiempo se le pasará y acabará aceptando lo que todos vemos.

—¿Y qué veis? —preguntó curiosa Candy.

—Creo que en cuestiones de afectos es mejor que no me inmiscuya.

—Pues no os lo habéis pensado hace un momento cuando me habéis asaltado para preguntarme por mis sentimientos.

Willian volvió a reír con ganas.

—A esta casa le hacía falta alguien como vos. Lo supe desde el primer momento que os vi. Sed bienvenida a mi hogar y sabed que contáis con todo mi apoyo.

Se levantó y abandonó la mesa sonriente.

Sola, en el salón, suspiró. No sabía qué hacer ni hacia dónde dirigirse, Albert ni siquiera le había enseñado las estancias del castillo. Pero ahí estaba Dorothy que la animó a recorrer la fortaleza para familiarizarse con las dependencias y conocer el funcionamiento de su nuevo hogar. Candy consintió, más por curiosidad de volver a encontrarse con la solícita sirvienta que acariciaba a Albert con familiaridad, que por aprender su papel de señora. Bajaron los escalones hasta la cocina, desde las escaleras ya se escuchaban las risas de las mujeres mientras trasteaban y recogían los platos del desayuno.

—…y ahí estaba, de pie, sin saber qué decir al lado del laird, avergonzándolo delante de todo el clan.

—La señora es muy joven. Además tengo entendido que salió del paso muy bien.

Candy se quedó parada al otro lado de la puerta, mirando por la pequeña rendija a las dos mujeres que acaparaban la conversación. Una algo mayor y entrada en carnes, y la otra la que andaba buscando.

—Bueno, por esta vez, pero estoy segura de que tendrá más de un problema con Albert por su ineptitud e insolencia. —Candy observó a la misma sirvienta que se había acercado a Albert en el salón.

—Demasiado presupones tú. Ella ahora es la señora del castillo y deberías tenerlo presente. No te tomes demasiadas confianzas con el laird si no quieres tener problemas —le advirtió una tercera.

—¡Bah! La confianza me la da haber calentado su lecho durante mucho tiempo y el saber que se desposó con ella por obligación. A esta no la ama. Por eso continuaré acudiendo a su lecho todas las noches.

Dorothy sujetó del brazo a su señora e intentó alejarla de allí, sin embargo, Candy parecía anclada al suelo.

—No. Haremos lo que hemos venido a hacer. —Se soltó del agarre de Dorothy empujó la puerta y se abrió paso en la cocina. La presencia de Candy acalló a las mujeres, que se sintieron observadas con interés por la nueva señora.

—Mi nombre es Candice Andrew—Miró directamente a la que había sido, o era, la amante de su marido y con toda la fuerza que le dio el despecho que sentía aclaró—: Y soy la señora de este castillo.

Vio como la mujer palidecía para al momento volverse roja como la grana.

—Es un placer conoceros, señora. —Se acercó una mujer menuda y oronda para romper el tenso silencio —. Soy Agnes, la cocinera del castillo.

—Encantada, Agnes —Candy le dedicó una amable sonrisa—. El desayuno estaba exquisito, espero con ansia vuestro almuerzo.

La mujer sonrió satisfecha y dio un paso atrás. Al momento otra de las mujeres se acercó, y así, una tras otra, todas fueron presentándose hasta que quedó solo una.

—¿Y tú? —preguntó Candy directamente a la doncella insolente—¿Quién eres?

—Mi nombre es Eliza —respondió altiva.

—Señora —puntualizó Candy—. Mi nombre es Eliza, señora. Así es como debes dirigirte a mí. Como lo que soy, la señora de este castillo y de su laird.

Se dio la vuelta para abandonar la estancia, pero giró sobre sus talones y mirándola por encima del hombro añadió:

—Y por cierto, buscaos otro lecho, en el mío solo cabemos mi marido y yo. Un placer conoceros. A casi todas.

Empezó a subir las escaleras igual que había entrado, con el porte de una reina. Dorothy la seguía con orgullo y una sonrisa de satisfacción en el rostro. Por fin empezaba a vislumbrarse la joven que ella siempre había intuido debajo del dolor y el sentimiento de pérdida de su familia. Ahora parecía despertar de ese letargo, y no cabía duda de que este resurgir daría que hablar.

Sin embargo, Candy no se sentía ni mucho menos fuerte y poderosa. Ahora era un mar de inseguridades y celos que amenazaban con romper la coraza que se había construido; poco había faltado para olvidarse de la promesa que le había hecho a Albert de comportarse como la señora del castillo, la esposa de un laird como él. Ahora mismo toda ella clamaba por salir a la liza y gritarle qué consideraba ella una falta de respeto. ¿O acaso soportar a la amante de su esposo en su propia casa no era una humillación? Cuanto más lo pensaba, menos capacidad de control sobre sus emociones sentía. Salió por la puerta principal y se encaminó hacia las almenas, necesitaba tomar aire antes de ir en busca de Albert y enfrentarse a él de nuevo.

Continuara...