12
El hechizo
—Usted sabe que ese hechizo está diseñado para sacar toda la magia del cuerpo y sobrecargar a la otra persona —murmuró—, nadie puede vivir con exceso de magia, Dumbledore, pero ningún mago puede vivir sin ella. El señor de las Tinieblas morirá, pero Potter también. Aún si se midiera en la cantidad de magia que tiene que escapar de su cuerpo, las posibilidades de que lograra controlar la cantidad o incluso decidir cuándo es suficiente son…
—Ínfimas —completó Dumbledore, y cerró los ojos con dolor—. Pero confío en Harry, Severus, y creo que es hora de que tú también confíes en él —Snape soltó un resoplido, al tiempo que una lágrima se desprendía de los ojos del director, y resbalaba con gracia por su arrugada mejilla.
Harry se tambaleó. Se sujetó del borde del sillón, y se deslizó hasta el suelo. El contacto con la fría alfombra lo hizo estremecerse.
—¿Potter? —llamó Snape con voz fría, y Harry alzó la mirada, como si recién acabara de reparar en la presencia del aquel hombre.
—¿Es verdad? —preguntó con una voz que no parecía la suya—. ¿Es eso lo que debo hacer? ¿Es lo que Dumblendore quiere que haga?
Snape lo miró fijamente, y Harry le sostuvo la mirada. El verde y el negro se encontraron durante unos momentos, antes de que Snape rompiera el contacto visual al hablar con voz calmada, sin siquiera despegar los labios.
—Así es, Potter —afirmó, y Harry bajó la mirada—. Me pidió que te lo mostrara o dijera, solo cuando fuera necesario.
Harry asintió con la cabeza, y cerró los ojos. Inspiró profundamente antes de preguntar con voz inexpresiva:
—¿Por qué no me lo contó él?
—¿Cómo dices, Potter? —vaciló Snape.
—¿Por qué quería que me lo mostrara usted?
Snape guardó silencio durante unos segundos.
—Creo que Dumblendore confiaba en no tener que revelarte esto jamás.
Harry sacudió la cabeza, y una sonrisa débil se formó momentáneamente en sus labios.
—En el pensadero… Dumblendore dijo que de solo saber que podía hacerlo, podré lograr. ¿Cómo es que eso es posible?
—Es un hechizo, terriblemente complicado desde un punto de vista teórico y físico, pero muy fácil de realizar —explicó Snape, y se paseó por delante de Harry, haciendo ondear su túnica—. Te lo explicaré de este modo. Nos diferenciamos de los Muggles por que poseemos magia, eso es obvio —siseó Snape—, esta magia está dispersa en nuestro cuerpo en distintos puntos, y a medida que el mago madura, se concentra en lo que se llama núcleo de magia. Las personas más diestras en las artes oscuras tienen su magia concentrada mucho antes que la mayoría de los magos. Es por esta razón que los jóvenes magos muchas veces no pueden controlar sus poderes y terminan haciendo magia sin pretenderlo —Harry asintió con la cabeza, siguiéndolo con la mirada—. Teóricamente, un buen mago, puede canalizar su poder a través de cualquier objeto y no solo de una varita. Lo que logra este hechizo es que no se necesite un objeto —hizo una pausa.
—No entiendo —admitió Harry.
—Este hechizo lo que logra es encontrar el punto donde la magia es más abundante, y atrae hasta allí toda la magia que pueda estar dispersa en el cuerpo del mago. Una vez localizado, en vez de retener esta magia para canalizarla a través de algo, la suelta. La magia se libera del cuerpo al no tener nada que la contenga, y libera todo su poder y potencial.
—Pero nadie sobrevive sin magia —completó Harry en voz baja.
—Exacto. Todos los magos se mantienen vivos gracias a la magia que poseen. Aunque no se use, no se puede hacer desaparecer. La magia, una vez liberada y dirigida hacia su objetivo, regresa a su fuente. El problema es que el tiempo que tarda en regresar es proporcional a la cantidad de magia que se libera —Snape se detuvo y lo miró—. El cerebro no sobrevive sin oxígeno más de tres minutos, tiempo en el cual las neuronas comienzan a morir. Si la magia regresa a tu cuerpo para hacer que el corazón, los pulmones y los demás órganos vuelvan a funcionar, no habrá secuelas. Si la magia regresa más tarde, por lo contrario, no volverán a funcionar.
—Y el mago acaba por morir —asintió Harry con un hilo de voz.
—Así es, Potter. Muy pocos magos han logrado controlar la cantidad de magia que liberan, y muy pocos sobreviven más de un minuto sin ella.
El silencio los envolvió a ambos. Snape miraba fijamente a Harry, y el moreno intentaba esquivar su mirada.
—¿Cómo es el hechizo? —preguntó Harry. Tenía los ojos clavados en su varita mágica.
—Lo reconocerás. Muchos magos tienen la posibilidad de realizarlo, pero muy pocos lo reconocen. Tú sabés que deberás sentirlo cuando llegue el momento, y ahí lo liberarás. Sabrás cómo hacerlo, Potter —dijo Snape con frialdad.
—No hay manera de reconocer más que por intuición cuándo es suficiente, ¿verdad?
—No, Potter.
Ni Harry ni Snape dijeron nada por un rato. Luego de lo que pareció una eternidad, Snape hizo un movimiento brusco con el brazo izquierdo, y se arremangó la oscura túnica que lo tapaba. Se giró para que Harry no viera la Marca Tenebrosa, que había quedado descubierta en su brazo.
—Lo saben —sentenció—. Le van a avisar al Señor Tenebroso —torció una mueca—. Quieren que yo lo haga. Tendré que convencerlos de que no lo llamen, porque sino…
—¿Qué debo hacer? —preguntó Harry, poniéndose de pie.
—Regresar a la celda, Potter, y hacer como que estuviste allí todo el tiempo.
—¿Y cuándo volveré? —volvió a preguntar Harry.
—El tono, Potter —advirtió Snape—.Te llevarás tu varita. ¿Debo confiar en que no serás tan idiota como para perderla, Potter? —torció una sonrisa—. Espera hasta que los mortífagos te vean y se convenzan de que estuviste allí todo el tiempo. Luego, apenas tengas la oportunidad, desaparece, escápate —lo miró fijamente—. Vete lejos y asegúrate de que no te sigan. ¿Me has entendido, Potter?
Harry asintió con la cabeza.
—Desapareceremos juntos —dijo, y asió su varita mágica. Su voz seguía siendo imperturbable—. Toma mi brazo, Potter —ordenó.
Harry obedeció rápidamente, y la sensación de ahogo lo invadió por unos segundos. Cayó, jadeante, frente a la puerta que daba al sótano.
—Dentro, Potter, rápido —lo apuró Snape sin mover los labios, y con un movimiento de la varita abrió la puerta. Harry trastabilló hacia dentro.
—¿Profesor? —llamó. Snape ya tenía una mano en la puerta, lista para sellarla.
—¿Sí, Potter?
—Gracias.
Snape lo miró durante unos momentos, antes de cerrar la puerta firmemente. En el sótano oscuro, Harry oyó como Snape agitaba la varita para cerrarla mágicamente.
¡Hola! Sí, sé que es cortísimo, intentaré que el próximo sea más largo :$ ¡Espero sus reviews, para que me cuenten qué les pareció!
Muchas gracias por leer :3
Cam
